Doce anillos
Capítulo 11
Nunca se había sentido tan dolorido, enojado y ruin; KarlJosef hubiera querido salir de su propia piel y pisotearla durante largo rato con sus pesados y despiadados zapatos. ¿Por qué ha sucedido esto? ¿Por qué se ha comportado así? ¿Por qué ahora está solo en este bosque blanco bajo la luz de la luna?
«Weil ich die unglückliche Liebe habe»[87] hubiera querido decirle a su anciano mentor, que en este instante le miraba con remordimiento mudo desde la luna, o quizás desde el más cercano nido de lechuza. El mentor era un fanático de la galantería; durante mil años había estado enseñando a sus alumnos que la galantería es, en realidad, sinónimo de europeización, y que para representar dignamente lo austríaco debían recordarlo siempre y en todas partes, en cualquier circunstancia. El mentor murió hace muchos años, pero ahora estaba mirando a Karl-Josef, uno de sus mil discípulos: quiere que éste se justifique de alguna manera.
«Weil ich die unglückliche Liebe habe», repitió KarlJosef, con firmeza, para que le dejara en paz. Las últimas dos palabras casi rimaban. Estas dominaron durante largo rato su andar cojeante; al cabo de un rato, saliendo ya del bosque y todavía ardiendo de vergüenza y amor, Karl-Josef seguía dándole vueltas a esta mediocre y humillante pareja (Liebe habe, Lieb-hab, Liebehabe). ¿Acaso esto no justificaba nada, señor mentor del instituto?
El mentor le persiguió un rato más. Se le apareció en el puente, o simultáneamente en ambos lados de la carretera: aquí y allí; era evidente que no podía estar satisfecho con aquella respuesta, así que, al llegar a la
bifurcación, en el lugar donde la corriente desemboca en el Río, Karl-Josef cortó decididamente el aire con su mano y dijo: «¡Bueno, bueno, soy culpable, no soy ningún europeo, sino un cerdo borracho!». Fue suficiente para que el mentor finalmente le dejase de perseguir. Autocrítica: ¡esto era lo que quería! Karl-Josef giró a la derecha, subió por la orilla de la corriente y de repente habló con Roma, porque se trataba de ella.
—¿Por qué me seguías, por qué corrías por la pendiente, por qué estuvimos juntos? —preguntaba Karl-Josef sin esperar ninguna respuesta
—. ¿Por qué mencionaste aquella luna? —exigía la verdad Karl-Josef—.
Porque si uno, en plena noche, le habla a otro sobre la luna, esto significa intimidad, ¿no? Porque cuando dos miran la luna desde abajo, entre ellos surge algo más, ¿verdad? Nunca he hablado de la luna con nadie que me fuese indiferente. Nunca he corrido tras alguien que me fuese indiferente.
Roma permanecía en silencio: no tenía palabras.
—Y si es así —continuaba con su línea lógica Karl-Josef—, entonces debería empezar por el principio. Porque los encuentros en hoteles y en casas ajenas, los mensajes secretos cifrados y los signos convencionales no podían continuar así para siempre. Unos cuantos años más de tal languidez y nos hundiremos en la vejez, y entonces ya será demasiado tarde. Todo lo que te pedía era claridad. ¿Acaso no hemos merecido una relación abierta?
Si tan sólo una vez, una única vez hubieras dicho basta, no quiero más, me habría alejado de ti y nunca más me habría acercado. ¡Pero no lo hiciste!
Karl-Josef estaba en lo cierto: verdaderamente, nunca había oído su basta. Al mismo tiempo, la estaba engañando a ella y, sobre todo, se estaba engañando a sí mismo cuando afirmaba que la habría dejado. Era poco probable que hubiera sido capaz de hacerlo. Lo más probable era que la siguiese como un perro apaleado y continuase solicitando los visados ucranianos para sus siguientes encuentros secretos. Pero en este instante, cubierto hasta el gorro por una ola de alcohol, estaba dispuesto a creer en su renuncia valiente. Lo más importante es que Roma no se atrevía a replicarle, y había que aprovechar su silencio culpable.
—Sí, parece que te haya dicho lo peor de todo lo que hubieras podido escuchar de mí —al cabo de un rato KarlJosef volvió a hablar aún más patéticamente; hasta las piedras cayeron de debajo de sus zapatos decididos
—. Perdona, de verdad: te he ofendido. Pero tú tampoco te has sentido ofendida; al contrario, has pedido mi mano. ¡Me has pedido que te diera mi mano! —Karl-Josef se quedó clavado delante del tronco de un pino—. ¡Tú!
¡Has pedido! ¡Que yo! ¡A ti! ¡La mano! ¿Dime cómo tenía que haberlo entendido?
El pino, como Roma, callaba, así que Karl-Josef continuó cojeando hacia adelante.
—Porque cuando en el bosque, en plena noche, alguien da su mano a otro —continuó más tranquilo—, ¿no es esto intimidad? De acuerdo, puede que no entienda alguna de vuestras costumbres. Por ejemplo, vosotros os besáis en los labios al conoceros, bailáis con las parejas de otros y os pegáis demasiado a ellas, no conocéis la privacidad del espacio íntimo, respiráis uno en la cara del otro y lleváis las faldas demasiado cortas. ¡Pero ahora lo que me importa es que me has dado tu mano! Esto es otra cosa; ya no es un gesto, es una invitación.
También en esto Karl-Josef tenía razón sólo en parte: es poco probable que hubiese tenido motivos para encontrar, en la petición de Roma de ayudarle a salir del fango, algún sentido metafórico superior. En el fondo de su alma también él lo entendía. Pero en el fervor del ataque estos argumentos resultaron adecuados; lo más importante era que Roma estaba callada, lo más importante era que ella no estaba a su lado.
Y por eso pudo permitirse una confesión más, o mejor dicho, una impertinencia más.
—Conozco un poco vuestra vida —decía él—, resbalando sobre las piñas y las pinochas, la conozco un poco, sí. Estoy convencido de que aquí hay decenas de mujeres y chicas que querrían estar en tu lugar. Básicamente sueñan con escapar a Occidente; todas estas agencias matrimoniales, celestinas profesionales, el negocio de las modelos, la prostitución, etc.
Vale, tú eres diferente, aún espero que seas diferente; pero, en realidad, no sé cómo eres. Y tampoco sé lo que quieres. Pero me has dado tu mano.
Zumbrunnen se cogía a lo último que le quedaba. La mano, la mano dada por ella: no tenía más argumentos. Se agarró a esta mano con todas sus fuerzas, y luego se cansó.
Porque luego empezó aquel ruido continuo en su cabeza: la lucha en silencio, la incontrolada determinación de su eros agotado por una espera infinitamente larga, el intento de aproximación que se había convertido en brutalidad, la primera bofetada de su vida, el crujido de la barrera, la caída vertiginosa de dos cuerpos aterradoramente hostiles al quinto infierno.
Quedamos así: aquél no era yo, y aquélla no eras tú, dijo Karl-Josef Zumbrunnen para despedirse de Roma, soltándola finalmente, al tiempo que soltaba su mano.
Esta despedida tuvo lugar poco tiempo antes de que él llegara a aquella knajpa abierta las 24 horas, en el kilómetro trece, un lugar en el que ya había estado anteriormente mientras exploraba los alrededores en busca de objetos futuros. Aquella vez recordó todo lo requerido: el pabellón de aluminio y plástico en un montículo (Karl-Josef no sabía que según las costumbres de este país se suele llamar flotador o, más rebuscado, acuario a los edificios como éste), las escaleras encementadas y absolutamente derruidas, la terraza delante de la puerta de entrada, también encementada, en la que, por lo visto, colocan mesas en verano, etcétera, incluso las barbacoas abandonadas y esparcidas por los alrededores, las setas en la glorieta del jardín, los restos de las hogueras y los contenedores repletos de basura. «Nada extraordinario», pensó entonces Karl-Josef, que había visto decenas de sitios parecidos durante sus últimos vagabundeos por los Cárpatos Orientales. «Esta gente —ya lo había escrito en una de sus cartas
— siente pasión por montar juergas en el campo, pero no es lo mismo que lo que en nuestro mundo se llama picnic. Los terrenos montañosos y forestales que había conocido en los últimos tiempos estaban increíblemente sucios, con los restos de las farras más alegres que uno pueda imaginar: cristales rotos, latas vacías, papel y trapos viejos que no permiten un disfrute normal de la belleza circundante. De una manera tragicómica, casi por todos lados, se unían a todo esto pancartas propagandísticas, de las que os invitan con una rima (¡!) a conservar las riquezas populares. Aunque, por otro lado, es difícil culpar de esto a la gente: desde niños, el sistema les había acostumbrado a que todo estaba permitido. Por cierto, aquí hay una paradoja casi ejemplar: todo les está
permitido a los esclavos. Así que la superación de esta inercia será una cuestión de honor para las nuevas generaciones».
Así escribía una vez, sin imaginarse que las nuevas generaciones ya habían empezado a superar aquella inercia, sin esperar las recomendaciones de forasteros gilipollas. También este chiringuito, construido en los tiempos en que en el pastizal vecino gobernaba Malafei, aquel obstinado promotor de los deportes de invierno, también éste, primero pensado como restaurante especializado en truchas, para leñadores y visitantes de la región (su ubicación encima de la Corriente parecía favorecer esta idea, apoyada también por su original nombre: Las Fuentes Plateadas; aunque todo esto sólo conllevó varias crisis financieras y que estuviera cerrado durante muchos años), también este chiringuito encontró a sus verdaderos dueños. Una familia, ¿cómo decirlo?, muy ramificada, alquiló el lugar al propietario-empresario I.I. Vartsábych, y éste montó un negocio abierto las veinticuatro horas del día. Claro que la cosa ya nada tenía que ver con las truchas; tanto los leñadores como los visitantes de la región enamorados de la naturaleza amada, al encontrarse sin truchas, caían en esta trampa para borrachos en la que, sin apenas darse cuenta, se gastaban toda la pasta.
Y por esta puerta, entre las once y las doce de la noche, entró el siguiente visitante de la región.
Avanzando inseguro entre las mesas y las sillas de aluminio en la penumbra iluminada por luces discotequeras, Karl-Josef recordaba que debía una botella, y que lo primero que tenía que hacer era comprarla.
Dentro, se divertía un grupo de jóvenes (esto es, con trajes deportivos, mallas y «me llamabas el rayo de sol»[88]); varias veces le clavaron los codos, mientras se abría paso hacia la barra pasando entre los que bailaban («¡joder!, ¡qué fiestaza la noche de jueves a viernes santo!», pensaría otro, y se sorprendería), pero a Karl-Josef ya hacía tiempo que no le sorprendía nada, como tampoco le sorprendía que, encallado en aquel bar por unas olas internas sofocantes, no conseguía atraer la atención de la dueña, que en aquel momento estaba ocupada coqueteando con alguien mucho más próximo y querido, o, más exactamente, con dos tipos a los que por enésima vez se negaba a mojarles el bigote. Karl-Josef no encontraba que aquello tuviera ningún sentido, ninguno de ellos llevaba bigote, pero gracias a la
pausa supo componer mentalmente su pedido (no sabía qué era más correcto, una botella o un frasco, en diferentes ocasiones había oído ambas palabras); así pues, al cabo de unos cinco minutos, intentando que su voz sonara más fuerte entre el griterío y la música a todo trapo («mi pequeña, te echo de menos»[89]), pronunció con falsete su «pog favog..., vodka paga mí». A la tercera, la dueña, una señorita demasiado maquillada de su misma edad, le oyó, y finalmente le mostró su cara y no su culo bajito, y respondió algo parecido a «siéntese, ahora le tomarán nota». Karl-Josef reflexionó un buen rato sobre si lo había entendido bien («¿le timarán?»), pero la única interpretación posible le decía que se apartase y se sentase en la primera mesa libre desde donde empezó a observar a las bailarinas. Allí nadie le necesitaba, era un hombre solitario en una fiesta ajena, un forastero; pero finalmente la más desesperada de las oraciones fue escuchada y un joven en camiseta de béisbol, tal vez el hijo de la dueña (aunque de hecho no tenía porque ser su hijo: simplemente tenía el culo igual de bajo que ella) se le acercó. «Dígame, buenas tardes», dijo el joven un poco irritado, y al oír de Karl-Josef aquél: «vodka..., una botella, pog favog», se alejó sin decir palabra.
Karl-Josef pensaba que ninguno de ellos tenía motivos para tratarle de una manera tan hostil. Pero enseguida se acordó de la lente rota: ¿tal vez por eso...? Al quitarse las gafas, por si acaso, su vista se disolvió entre manchas y destellos. Aquello era horrible, no menos horrible que lo anterior: estar sentado en este foso centelleante, entre este amasijo de olores de frituras, escuchar cómo unos desconocidos cantaban al ritmo del radiocassette y a coro un torpe «y yo conocí a otra», [90] ¡y él sin poder ver nada! Pasaron unos minutos, y sólo entonces, encima de Karl-Josef, apareció una cabeza cubierta de destellos verdes y rojos. Esta vez era la cabeza de una chica con una voz bondadosa («¿ha pedido ya?»); al ponerse las gafas, resultó que sus ojos eran igual de bondadosos, y ella puso delante de KarlJosef un vaso de vodka.
—¡No —dijo éste—, no, vaso no! Por favor... una botella. Una...
La chica le preguntó algo parecido a «¿para llevar?», pero Karl-Josef no entendió la pregunta («¿para llenar?, ¿por qué para llenar?»), así que le indicó con un ademán que no se llevase el vaso, y le dio las gracias.
«¿Quiere un shashlik?», [91] preguntó ella, compasiva, pero él se limitó a darle las gracias de nuevo. Según parece, aquella chica buena se encogió de hombros y se alejó.
El vertió en su interior unos cuantos tragos asquerosos y pensó que ya tendría tiempo de conseguir aquella botella que había perdido. Sólo había que acostumbrarse a todo lo que pasaba aquí y articular como era debido su petición. Además, los primeros tragos funcionaron perfectamente en la levadura vieja, y Karl-Josef sintió inmediatamente que se relajaba (en algunos cuarteles se ordenó levantarse de sus puestos a unos guardias demasiado sensibles), dejó de avergonzarse y, junto con el calor, acogió interiormente el ruido, el pataleo y la música. Se relajó hasta tal punto que ya no sentía las dos miradas desde una mesa lejana (¿no serán los mismos tipos con los que estaba gorjeando aburridamente la dueña en la barra cuando él entró?). Pero cada vez se sentía más relajado, y nada sabía de aquellas miradas.
Al cabo de diez minutos había madurado lo suficiente como para acercarse de nuevo a la barra y pedir otro vaso. Esta vez, era el dueño quien la gobernaba. A Karl-Josef le pareció que se trataba del padre de aquella chica de ojos y voz bondadosos, porque al pasarle el vodka le preguntó, igual que ella, si quería un shashlik. Este negó con la cabeza (estos gigantescos trozos carbonizados de carne cruda y cebolla no le entrarían por la garganta, pero, para no ofender al dueño, sacó de su interior algo parecido a «pog favog, una naganja». El dueño no entendió su petición («¡ja, ella me había convencido de que Apfelsinn era naranja en su idioma!») y después de una breve vacilación le dio un Snickers.
Karl-Josef regresó a su sitio con el vaso y el estúpido Snickers en la mano, y se sorprendió de la suavidad y la habilidad con que se movía; logró coger de tal modo el ritmo, que resultó ser un verdadero «tango de la mariposa blanca», [92] que los otros bailarines incluso se volvieron para admirar su plasticidad. Había que aprovecharaquel éxito; así pues, tras vaciar el vaso con tres ávidos tragos, KarlJosef se levantó de su mesa y gritó: «Achtung, Achtungl». Ellos no dejaron de bailar su «mariposa blanca cerca del fuego abierto», [93] pero todos le miraron a la vez: los chavales, las chicas, el dueño del bar, con sus ojos bondadosos, su hija de buen corazón,
desde la cocina, y, claro está, los dos hombres sin bigote; todos le miraban, y veían cómo echaba la cabeza adelante y hacía el pino...
El abismo se balanceó y lo arrastró hacia sí; había sillas cayendo por todos lados, y después no había nada: unas manos le llevaban a través de los destellos rojos y verdes y, cuando pudo ver de nuevo, descubrió muchas manchas en forma de cabeza encima de él. Sin embargo, por alguna razón, no había música. El estaba sentado cerca de su mesa, los otros estaban cuchicheando algo («va ciego perdido», «¿que quiere decir perdido?»), y la hija del dueño le puso las gafas sobre la nariz. Karl-Josef se echó a reír: aquella gente le gustaba una barbaridad. Y como habían tenido cuidado de él, quiso animarles, dio una palmada y con el grito «Go dance!»[94] les ordenó que se apartaran.
En realidad, le abrieron el paso, y como si fuera por deseo de KarlJosef, pusieron la música y él volvió a quedarse solo. Una extraña y dulce somnolencia se había apoderado de él, y desde aquellas profundidades observaba como continuaban bailando, cómo bebían y se besaban animosamente, bebían y se besaban, bebían y se besaban..., y así durante mucho y mucho más tiempo. El incluso tiró el Snickers sobre uno de ellos, pero fingieron no darse cuenta. Entonces, el cabecilla calvo en chaqueta de piel anunció el último baile para la cumpleañera (« was, eigentlich, solí das bedeuten, diese[95] la cumpleañera?»), después de lo cual sonó una canción terriblemente tierna: El cumpleaños es la fiesta de la infancia. [96] Dieron vueltas a su alrededor durante un rato terriblemente largo; Karl-Josef consiguió dormirse y volver a despertarse decenas de veces, y ellos seguían dando vueltas y la volvían a poner desde el principio, y todos cantaban algo como «no puedes huir de él, huir de él, huir de él», [98] pero en ese instante la chica en el centro del círculo se puso histérica, tiró un vaso contra el suelo y el cabecilla de piel la abofeteó sin piedad, («va ciega perdida, ciega perdida», volvieron a cuchichear ellos, gracias a lo que Karl-Josef entendió que era un tipo de conjuro contra la desgracia: «va ciega perdida, va ciego perdido»).
Cuando volvió a abrir los ojos, el grupo estaba saliendo ruidosamente de la knajpa; unos tomaban la última copa, otros se daban el último beso, a la cumpleañera la llevaban en brazos hacia la puerta, Karl-Josef logró
distinguir las chorreras sucias de vómitos en su blusa blanca, aún gritaron fuera durante un rato, uno regresó, pagó algo a la dueña, luego arrancaron los jeep y los niva, y finalmente KarlJosef depositó su cabeza extenuada sobre la mesa.
Sin embargo, antes de hacerlo, arrastró sus pies a lo largo de la barra, sintiendo las miradas mayoritariamente reprobadoras y burlonas de los cuatro miembros de la familia de dueños (en realidad, entre estas miradas había una compasiva), se arrastró hacia un recodo del local, hacia un pasillo donde tenían que estar los servicios. Se agarraba tanto como podía a las paredes, que se acercaban y se alejaban; el techo, con una única bombilla oscura, se venía abajo, el suelo se encabritaba y se venía contra él. Abrió de una patada la puerta cuya cerradura arrancada colgaba y entró en el lavabo, donde no vio ninguna taza, sólo un agujero encementado con dos huellas, también encementadas, en forma de pies del cuarenta y tres. Pero esto no era lo más importante: Karl-Josef vio en primer lugar aquel culo desnudo, el pantalón deportivo bajado hasta las rodillas, las acometidas rítmicas de las caderas; más allá, un cuerpo femenino inclinado hacia adelante que respondía a las acometidas siguiendo el mismo ritmo, agarrándose con las manos convulsamente de las costillas del radiador.
—¿Quién va? —dijo ella, moviendo la cabeza.
—Espera, espera —contestó ahogadamente el cuerpo masculino.
Y mientras Karl-Josef expulsaba algo extraordinariamente oscuro de sus entrañas en aquel agujero encementado (le gustaba sostener en sus manos aquel pene tan macizo, tan grande, tan pesado), ellos seguían alborotando, soltando toda clase de barbaridades. Pero, en cuanto KarlJosef paró, el culo masculino se puso tenso por última vez y finalmente se detuvo.
—Eso es... —dijo el propietario del culo, poniéndose el pantalón—.
Ahora tú.
Señaló con la cabeza a Karl-Josef, y después de darle una palmada en el hombro salió al pasillo.
La chica se levantó, se volvió hacia Karl-Josef con el pecho asomándose por su camisa abierta y se sentó sobre el radiador.
—¿Quieres? —le preguntó sin ninguna entonación.
El se acercó a ella, y sin saber que éste sería el último regalo de aquel tipo en su vida empezó a recorrerla con los labios y los dedos con una ávida desesperación, hundiendo su lengua en la cavidad bucal de la chica, que apestaba a alcohol, como si de verdad aquella fuese su última vez. La chica se escabulló de entre sus brazos y abrió las piernas, empujándole hacia sí.
El empezó a descender lentamente al suelo y de repente se dio cuenta de que estaba francamente cansado, igual que su gran miembro, que ya nadie solicitaba. Ella, quizás, lo comprendió todo exactamente así, porque aflojó un poco el nudo de las piernas, abrió la cerradura de sus pies detrás de la espalda de KarlJosef y luego volvió a cerrarlos, mientras acariciaba con sus manos la pobre cabeza de éste, exactamente igual que lo hacía Roma en otro tiempo y en otras circunstancias. Entonces él hundió la cabeza entre las rodillas de ella y se adormeció. La chica se soltó y desapareció sin que él lo notase.
Y en aquel instante una mano empezó a sacudirle el cogote cada vez con más insistencia. Karl-Josef, sin levantar la cabeza, intentaba quitársela de encima (y de esta manera demostraba a Roma que ya no necesitaba sus caricias tardías), pero Roma no le dejaba en paz, su mano era grande y dura, cubierta con una piel terriblemente áspera y rugosa, los dedos eran gordos y cortos, así que de repente, cruzada hasta la mitad la distancia que separa el sueño y la realidad camino de ésta última, Karl-Josef se dio cuenta de que no se trataba de Roma, porque su mano no podía ser tan fuerte y descuidada como la de un hombre (y todas aquellas cremas que le había regalado,
¿dónde estaban?, ¿dónde estaba su acción revitalizante?), entonces él despegó finalmente su cabeza de la superficie pegajosa y fría del aluminio.
A su mesa estaban sentados dos tipos calvos; los mismos, claro. Eran aproximadamente de la misma edad, o sea, entre los treinta y los cuarenta, aunque en este país, como ya había podido observar Karl-Josef en su tiempo, era muy fácil equivocarse juzgando la edad de una persona por su aspecto. Pues eso: el aspecto de ambos no era el mejor. Y lo más importante: ¿por qué llevaban aquellos casquetes de piel sobre sus cabezas?
Karl-Josef lo vio todo claramente (los casquetes de piel y las jetas hinchadas y, en general, su aspecto) en cuanto se puso sus gafas rotas por
segunda vez. Aquello fue suficiente para que uno de ellos, con un diente podrido en medio de la boca, dijera:
—¡Oye, paisano, pide cien más!
Karl-Josef estaba callado y les miraba a través del cristal agrietado. No le gustaban.
Y parecía que a ellos tampoco les gustaba su silencio, porque el otro, con los dedos cubiertos de estupideces tatuadas, dijo en un tono un poco más brusco que el primero:
—¿Tú qué? ¿Estás atontado o qué? Tráenos, a Dushman y a mí, dos de cien, ¿entendido?
En realidad, Karl-Josef no entendió nada. Lo único que podía hacer era pedir vodka. Echó una mirada alrededor del local, a aquellas horas ya completamente vacío y en silencio. Alguien realmente estaba durmiendo en la barra; lo más probable era que fuese el dueño.
—¿Queréis... beber vodka? —preguntó Karl-Josef.
Los calvos se miraron. Mientras digerían la información nueva, KarlJosef gritó en dirección a la barra su «¡vodka, pog favog... tres veces!». Los calvos se miraron de nuevo, y el de los dedos tatuados decidió aclarar:
—Tú qué, ¿eres empresario?
Karl-Josef entendió que hablaban de una empresa, tal vez le hubieran confundido con alguien. Porque Karl-Josef no había trabajado ni un solo día de su vida para ninguna empresa, cosa de la que, incluso, se sentía orgulloso. Así pues, sólo hizo que no con la cabeza.
—¿Y por qué coño hablas así? —preguntó el de los dedos tatuados.
—Con acento —precisó el diente podrido.
A Karl-Josef le pareció que empezaba a entender de qué le hablaban.
—Soy extranjero —explicó él, recordando de milagro que en aquel idioma eso se llamaba extranjero—. Soy austríaco.
Aquel chico con aspecto de lobo en camiseta de béisbol se acercó y puso sobre la mesa tres vasos de vodka.
—¡Y shashlik! —pidió el de los dedos tatuados—. Uno para mí y otro para Dushman.
—¿Quién paga? —el de la camiseta no quería dejarse engañar.
—Paga él —Shujir señaló con su dedo tatuado a KarlJosef. Y se aseguró—: ¿No es cierto, paisano?
Karl-Josef meneó la cabeza. No le gustaba pelearse con nadie. Todo indicaba que se trataba de unos desgraciados, quizás sin hogar, y evidentemente hambrientos. «¿Y por qué no les compro algo de comida?».
Y empezó a recordar cómo se llamaban los platos de aquí, para intentar pedirles algo; sin embargo, no supo recordar nada más que: «Banusch ist eine typisch huzulische Speise». Pero el de la camiseta ya se había ido y cada uno cogió su vaso. Karl-Josef extendió el suyo hacia los otros dos.
Tintineó el cristal. Dushman hizo una mueca con los labios, exprimiendo una sonrisa, y Shujir no se molestó ni en exprimir una sonrisa.
Karl-Josef, como de costumbre, sólo dio un par de tragos. Sus nuevos conocidos vaciaron sus vasos y alargaron simultáneamente las manos hacia el roñoso paquete de tabaco.
—¡Vatga! —reconoció Karl-Josef—. Tengo... en mía casa... un paquete de Vatga!
—¿ Quieres fumar? —Dushman no le entendió y le pasó el paquete mientras derramaba unas sucias migas de tabaco por la mesa.
—No —dijo Karl-Josef, pero al mismo tiempo pensó: «why not?», [98] y rectificó—: Venga, uno...
Volvía a sentirse mejor, el mundo se le hacía bastante más agradable, incluso Shujir consiguió mostrar un amago de sonrisa mientras ordenaba, en dirección a la barra:
—¿Y por qué estamos en silencio, eh? ¿Se ha acabado la música o se ha muerto el ejecutante?
La mujer del culo bajo bostezó ruidosamente desde el otro lado de la barra, y con las palabras «¡que Dios te de salud!», se arrastró hacia el radiocassette, del que enseguida empezó a surgir la misma mierda de música.
Karl-Josef aspiró el denso y soso humo del cigarrillo húmedo que olía a bolsillo de Dushman. Se imaginó cómo los mechones grises de humo penetraban en su cuerpo, llenaban la región torácica, cubrían los pulmones y el corazón, creando en ellos una infinidad de tumores mórbidos, de burbujitas mortíferas. Aquella fantasía le hizo gracia, pero no alteró su
rostro; aún recordaba que aquellos dos le estaban observando todo el rato por detrás de la cortina de humo.
—Así que, ¿cómo te llamas? —preguntó Shujir. O quizás Dushman: Karl-Josef no se enteraba muy bien de quién era quién.
— Chaglie —respondió al espesor de humo.
—¿Charlie Chaplin, o qué? —volvió a preguntar Shujir, y Dushman se echó a reír, lo que le permitió a Karl-Josef reírse junto con él, imaginándose aquellas burbujitas pequeñas en sus pulmones. «No me querías vivo: pues aquí me tienes muerto», se dirigió mentalmente a Roma con una satisfacción malévola.
Mientras tanto, la chica de ojos bondadosos trajo el shashlik de Shujir.
Los trozos de carne bien nutrida cubiertos de ketchup parecían moverse en el plato.
—Tres vodkas... nochmals bitte[99] —se le ocurrió pedir a Karl-Josef.
Le gustaba pedir a aquella chica.
—Oye, Charlie —intervino Shujir— pide una botella entera y ya está.
Justo para tres... ¡Estamos jugando como unos mocosos: que si dos de cien, que si tres de cien!...
De todo esto, Karl-Josef distinguió sólo la palabra botella, pero le bastaba; por eso, echando desde abajo una mirada culpable a la chica, rectificó:
—Eine Flasche bitte...
—¿Y pagar, quién pagará? —gritó aquella mala mujer, que, según parece, ya hacía rato que les estaba escuchando desde la barra.
—Oye —dijo Dushman conciliador—, dale algo y que la folien.
Karl-Josef pilló fantásticamente el contexto aquí también. Así pues, sobre la mesa apareció su billetero con una extraña palabra grabada en la piel: gshnaa-ass!!! (¿será el regalo que le hizo Eva-María por las Navidades del noventa?) y entre muchos otros billetes sacó a la luz uno verde de veinte.
—¡Mamaíta, veinte pavos! —gritó la chica buena en dirección a la barra, a lo que la mala zumbó su «echa». KarlJosef, burlándose para sus adentros de su precaución, volvió a guardar el billetero en el bolsillo. Pero Dushman y Shujir ya estaban satisfechos con lo que acababan de ver.
Media hora después (¿pero quién podía contar aquel tiempo?) todo se volvió loco de nuevo, giró, centelleó: las cabezas con casquetes de piel, los mentones sin afeitar, las nueces, las mandíbulas, la mesa manchada de oscuro vodka de nueces, el tintineo de los vasos chocando uno contra otro por enésima vez, los restos de shashlik sin masticar en el plato, junto con los montones de ceniza y cuatro colillas deshechas, los tres últimos pelmeni[100] en la espesa grasa enfriada de otro plato, las cortezas de pan, las migas, las monedas austríacas esparcidas por todos lados, los vasos: vacíos y medio vacíos; los mechones de humo amargo que ya no llegaban a desvanecerse y que cubrían aquella mesa con una masa cada vez más espesa, casi inmóvil, como una pared, tan gruesa que incluso aquella estúpida música atravesaba con dificultad. Karl-Josef distinguía sólo tres acordes, quizás porque de todos lados se le echaban encima, mezclándose y discutiendo terriblemente, las desgarbadas historias de sus interlocutores: cada uno intentaba hacerse más interesante que el otro, meterse a este austríaco en los dos bolsillos, porque en uno no sería suficiente, y de todo esto salía una mezcla increíble, una verdadera papilla: «Y yo hostias en Afgán el puto capitán que le den por culo mamón puta mierda y el cabrón de capitán nos dice dónde cojones os metéis por las minas gilipollas yo nada pongo mi rifle pues follaron a un marica por el culo en el cuartel hijoputa que igual te la van a meter doblada como sea y al blindado le prendieron fuego íbamos a palmarla jodíos (Karl-Josef quería levantar la mano y gritar su Achtung! para que se callaran un minuto y escucharan su propia historia; aún no sabía sobre qué, así que buscaba lentamente en su memoria los principales acontecimientos de su vida, pero no le salía nada, estaba sentado así, con la manos caídas, cabizbajo, sin poder parar aquel torrente cada vez más incomprensible) todos firmes el papeo al váter el trullo petado joder cucos de mierda todo ardiendo que te cagas el cabrón del Conan a dar órdenes el garitero detrás ven paca capullo por dos paquetes de té no llegaba pa todos él mismo tiró contra los blancos y el cabrón con la siria te vas a la trena guay no te jode trae pacá por dos paquetes de té fíjate tú a disparar coño y se quedó en la enfermería el puto georgiano se pegó las quemaduras hasta el culo hijoputa mamón por tres pitillos se abrió las venas una putada». Eran historias de hombres normales y corrientes, cada uno
quería atraer con ellas la atención del forastero, explicarle toda la verdad, pero de todo aquello salían sólo fragmentos, exclamaciones continuas, miembros auxiliares de la oración: pimpam-joder-hostiaputa-dabuten-cagoento-coroco-kapepe-esekaese-tuputamadre»; ambos se callaron casi al mismo tiempo, Dushman se persignó por alguna razón y Shujir se llevó las manos a la cabeza.
Entonces, desde el radiocassette sonó de nuevo algo, unas voces femeninas repetían sin cesar «qué quieres, qué quieres». [101] Karl-Josef decidió que aquello era un nombre, que ella se encorvaba en medio de la knajpa en su sarafán[102] ruso, agitaba su trenza gruesa por todos lados y meneaba sus caderas inalcanzables, una tal Quequieres, una mujerona de las estepas lejanas; Karl-Josef la atraía con la mano, pero ella fingía no verle y cerraba extasiada los ojos, hasta que él se hartó, y todo acabó, mientras Quequieres, tras hacer una reverencia, se retiró tras los bastidores acompañada de los aplausos de toda la sala.
—Compro... una botella... para mí —anunció Karl-Josef—, vodka de nueces... un.
Había conseguido finalmente no confundir nada en esta pérfida combinación de palabras. Pero lo que no consiguió fue levantarse de la silla, y puso el billetero sobre la mesa.
—Compra. Para mí —se dirigió a uno de ellos, j Dushman fue a la barra, regateó algo desganada y lentamente con el dueño somnoliento, destripó el billetero -en la barra, contó los billetes: dólares, marcos, grivnas,
[103] todo se mezclaba, presidentes, hetmanes, [104] personalidades de la cultura, tipos de cambio, márgenes; los dos estaban contando algo, se equivocaban y se peleaban en voz baja. Finalmente, Dushman regresó con una botella encorchada, Shujir se la quitó de las manos y la guardó en el bolsillo interior de su chaqueta.
—Para mí —sonrió astutamente Karl-Josef.
—¿Y para nosotros? —preguntó Shujir.
—Ya os he comprado una —les recordó Karl-Josef.
La verdad es que hubiera querido volver, llegar al balneario y beberse aquella botella de vodka con el marido de Roma, y decirle cómo la quería, y
luego quedarse dormido en su habitación, pero tan profundamente que no se despertarse hasta pasado un centenar de años.
—¿Y para nosotros? —volvió a preguntar Shujir.
A Karl-Josef, este Shujir le resultó desagradable desde el principio. Por eso no le dejó su billetero con el grabado gsch-na-a-ass!!!, y se lo dio en cambio a Dushmán:
—Para usted.
—¿Toda la pasta? —Dushmán, al principio, no lo entendió.
—Se la doy —explicó con firmeza Karl-Josef.
Dushmán se quedó boquiabierto, inmóvil e indeciso, pero Shujir era más práctico:
—Si una persona te da algo, cógelo. ¿Por qué lo miras como si fuese un piojo?
Y Dushmán cogió el billetero. Karl-Josef extendió su mano en dirección a Shujir. Quería obtener su botella perdida en la apuesta.
—Te la llevaré yo —le tranquilizó Shujir—. Podrías romperla.
Karl-Josef pensó que tenía razón. En fin, ¿por qué no llevarles a ambos al balneario? Así, como mínimo tendrá con quien pasar el rato, sobre todo si todos duermen...
—¿Vas muy lejos? —preguntó Shujir.
—A Dzindzul —Karl-Josef señaló hacia arriba con la cabeza, tan bruscamente que por poco pierde las gafas. Los dos silbaron.
—Vaya lugar de mierda —dijo Dushmán.
—Es la mar de fácil ir —le replicó Shujir.
Karl-Josef se extrañó de que incluso él supiera que hace millones de años el mar llegaba hasta aquí.
—Sí: mag —confirmó Karl-Josef, y se levantó haciendo un esfuerzo.
Pensó en el baño y empezó a buscar con la mirada enturbiada aquel mismo pasillo. Pero Shujir leyó su pensamiento y levantándose no muy seguro, dijo entre dientes:
—Mearás fuera. Debemos irnos.
—Why not? —obedeció Karl-Josef, contoneándose hacia la salida.
Cuando alcanzó la puerta, se volvió hacia la barra. Le pareció que el dueño estaba muy tenso. ¿Por qué sonríen con tan poca frecuencia? Karl-
Josef hizo un ademán de despedida (el dueño ni se inmutó) y entró en la noche.
Caminaban en fila india por la senda encima de la Corriente: Dushmán iba por delante, unos pasos detrás de él iba Karl-Josef, y, por detrás, Shujir arrastraba los pies y silbaba •algo parecido a «quequieres» Shujir. Se desviaba del camino, se detenía con frecuencia, se quedaba rezagado, se volvía para observar el desierto de la luna y pensaba cómo engatusaría a este austríaco inocentón para no devolverle la botella.
Por el camino, Karl-Josef decidió no quedarse hasta el domingo. Subiría hasta allí, se lo bebería todo hasta la última gota, metería los Klamotten[105]
en la maleta..., y hasta siempre. Pero en aquel instante pensó en la foto: eso es, se reservaba el derecho a guardar su foto pequeña, una simple foto de carnet; porque él, sin saber porqué, nunca, ni una sola vez le había tomado una foto. Entonces, Karl-Josef se abrió paso entre el ruido de la Corriente y el de su propia cabeza y gritó a la espalda de Dushmán:
—¡Tú! ¡Devuélvemela! —Dushmán se volvió sin entender nada—.
Mío... —frunció Karl-Josef, recordando la palabra—. ¡Te lo he dado yo!
Se acercó a Dushmán con la mano extendida.
—¿Qué quieres? —le cortó Dushmán.
Karl-Josef finalmente se acordó de la palabra:
—¡El billetero!
Pero aquello era imposible: en medio de aquel ruido tan terrible, con aquel dolor de pecho y de cabeza, formular una frase larga e insoportablemente compleja de que en su billetero estaba su (de quién:
¿también hay que explicarlo?) foto; sólo quería coger su foto, el resto se lo devolvería; les había regalado aquel dinero, no le importaba, pero no les podía dejar aquella foto.
Alargó su mano hacia el bolsillo de Dushmán, y en este instante recibió un puñetazo en la cara. Las gafas se rompieron del todo, un dolor agudo en el caballete de la nariz lo paralizó todo excepto la sensación de terrible injusticia, de incomprensión estúpida y salvaje, así que se echó hacia adelante a tientas, agarró con las manos los faldones de la chaqueta de Dushmán, pero no pudo mantenerse en pie. Dushmán cedió, pero Karl-Josef
resbaló, el abismo volvió a su encuentro («va ciego perdido», susurró KarlJosef tratando de ahuyentar la desgracia, pero ya era demasiado tarde); por detrás ya le había alcanzado Shujir, y su mano, la de Shujir, más pesada gracias a la botella oscura, voló hacia arriba en un instante y cayó como una piedra en la estúpida y dolorida cabeza del forastero, incluso antes de que éste se hubiera revolcado en la gruesa arena de la orilla.
Ya no había ni destellos, ni líquido pegajoso de nueces mezclado con sangre, ni trozos de cristal, ni ningún grito lánguido. Sólo había abulia, el deslizamiento de aquel cuerpo pesado por las piedras, por el enredado y resbaladizo ramaje, por el follaje de las coniferas, las piñas, los salientes calcáreos; y, finalmente, las aguas de la corriente recibieron al gran pez del Danubio con su idea secreta de no regresar jamás.
«Ninguno de nosotros sabe exactamente qué es la vida. Pero lo peor es que tampoco sabemos nada de la muerte», leyeron sus amigos en una de sus cartas.
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