Doce anillos
Capítulo 12
Algunos años más tarde, Artur Pepa recordará aquel día como uno de los más largos de su vida. A pesar de todo, realmente le pareció un día terriblemente largo. Claro que esto sólo ocurrirá en caso de que Artur Pepa siga con vida. Pero si, con todo, sigue vivo, entonces seguro que lo recordará.
Indudablemente, entre sus recuerdos ha de quedar un lugar para el viento templado, casi caliente, como esos bajo los cuales se cortan las cabezas. Y también para el deshielo general y repentino, el escurrimiento sonoro, el zumbido, el goteo de miles de pulsos y la masa de nieve quebrada y sucia por dentro, bajo sus pies. Y, claro, allí estará aquella habitación a la que le habían llevado, ruinosa, con las chorreras del deshielo en las paredes, los trozos de estucado gris desprendido, los cubos y jarros que se llevaban por el pasillo y que volvían a entrar ya vacíos y eran colocados bajo los chorros de agua que caían del agrietado techo hinchado por la humedad. En sus recuerdos, Artur Pepa estará sentado en un taburete en medio de esta habitación, sufriendo un ataque de taquicardia, a lo cual se añadirán unas punzadas sordas bajo el plexo solar, la prueba de que el golpe con la culata del fusil no había sido un sueño. También tendrá las marcas de las esposas en las muñecas, inicialmente pálidas pero que, a medida que pase el tiempo, comenzarán a llenarse de sangre y a enrojecerse, pulsando al ritmo constante del golpeteo del deshielo.
Pero incluso si no hubiera ocurrido nada de eso, Artur Pepa igualmente no hubiera podido dudar de que se había metido en un lío tremendo. Era
suficiente el ir y venir de uno, luego dos, y a veces incluso tres maderos vestidos de paisano que giraban alrededor de su taburete, se acercaban, se alejaban, desaparecían y otra vez volvían a girar, pero de tal manera que en la habitación siempre se quedaba al menos uno. Más tarde comprendió que precisamente ése era aquí el Primero, aunque entonces Artur Pepa no se daba cuenta de nada de todo aquello, y sólo escuchaba atentamente el balanceo de su temblor cardiovascular. Lo que más deseaba era levantarse del taburete y sentarse directamente en el suelo; en el caso de una nueva caída al vacío, sería mucho más seguro así. Además, le hubiera gustado echarse boca arriba en aquel húmedo suelo de madera, mirar al cielo, buscar con la boca los sucios chorros de agua; de ese modo, quizás en una horita o dos se encontraría mejor. Pero sólo podía soñar con todo aquello: ¿desde cuándo el interrogado se echa y los investigadores bajan cariñosamente sus cabezas sobre él, como si fuesen hermanos de la caridad sobre el héroe muerto?
Artur Pepa comprendió con prístina claridad que aquí él era el interrogado, y que era precisamente de él de quien se requería la mayor parte de las respuestas: «¿nombre y apellidos?», ¿domicilio?», «¿lugar de trabajo?» (esta última era una pregunta que siempre había odiado, porque no hay nada más estúpido que declararse poeta delante de gente desconocida) y «¿qué tipo de trabajo es ése?». Recurrió a su táctica habitual; nada en particular, un truco inocente, una mezcla insignificante de hechos: todos somos, en términos generales, unos escritorzuelos, así que ha declarado ser periodista, lo que conlleva inevitablemente a una aburrida e insoportable aclaración: «¿a qué periódico representa?». Desmoronándose interiormente por el pateo cada vez más intenso y demoledor, mascullaba algo sobre una colaboración por Internet y unas emisoras de radio; recordó su estatus de corresponsal independiente («¿qué quiere decir independiente?, ¿eventual?»); pues bien, ellos mismos encontraron una palabra mejor: eventual, así que él asentía con la cabeza a la respuesta de este eventual suyo, pero no consiguió aprovechar aquel breve alivio.
Resultaba igual de imposible tantear con los hombros algún soporte: respaldo, pared, tierra firme, alguna cosa; ¡no, los taburetes no tienen respaldos! Lo mismo con los policías de investigación: no te dejan respirar
ni un segundo, especialmente cuando cada vez queda menos aire en tu interior. «Es la cabeza —entendía Pepa—, es el oxígeno que no llega a donde debe», y ellos, en este mismo instante, claro, quieren saber qué temas precisamente, y sobre qué, y cuánto se cobra actualmente en esas emisoras de radio, y quién financia esos programas, etcétera; y por eso uno de ellos se desliza, pasando hábilmente entre dos chorros de agua de la pared, allí, en el mismo extremo del espacio visual de Artur. Porque en primer plano está aquél, el que luego resultará ser el Primero, o sea, su cabeza inclinada demasiado cerca, toda cubierta de heridas microscópicas del afeitado, y
«¿adonde se dirigía, qué hacía aquí?».
—«Taberna «En la luna» —responde alguien desde el cuerpo de Artur
—. Es un balneario. En Dzindzul. Me invitaron. Vivo allí. Ya hace unos días. Una especie de conferencia.
Pero en ese momento Artur se da cuenta de que aquel otro dentro de su cuerpo manipula los hechos con sus respuestas; estúpido, porque a la pregunta: «¿qué conferencia, qué tema, sobre qué, qué tipo de, características?», no tenía nada que contestar (y, en realidad, ¿cómo se llamaba todo aquello, qué coño ponía en aquella invitación?). La cabeza del Primero se da cuenta de su incapacidad («¡qué rara su conferencia! ¡Usted mismo no sabe qué hace allí!»); es evidente que no se conforma con lo conseguido:
—¿Quién más está con usted en Dzindzul?
Artur enumera sus nombres lentamente, aunque cada vez falta alguien.
La cuarta vez empieza desde el principio, dejando a Roma para el final, pero ellos: el Primero, y el Segundo (este último, en este preciso momento, salta de detrás de las espaldas de Artur) la emprenden al unísono contra el austríaco:
—¿Quién es ese fotógrafo? ¿Desde cuándo se conocen? —y luego, de repente—: ¿Por qué lleva la cabeza vendada?
Artur (¿o quizás aquel otro?) dice algo sobre un duelo de espadas, y esto suena como una última muestra de su estúpida impotencia.
—¿De espadas? —Artur oye desde el lado de la puerta—. ¿Tenía intención de matarle con una espada?
Ah, vale, ya ha vuelto el Tercero; y no viene solo, sino con un papelito.
—No, en absoluto, todo aquello no era más que una broma, mejor dicho: una estupidez... Un duelo de espadas...
Artur consigue exprimir una excusa nada satisfactoria, a lo que el Primero, tras leer atentamente el papelito, le replica:
—Unas personas tan respetables, tan conocidas, ¿y hacen este tipo de estupideces? Han venido a una conferencia, y ¿a qué se dedican?, ¿a las espadas, a la esgrima?
—Era una idea estúpida.
El otro dentro de Artur hace que el asunto fracase totalmente.
—¿Bebe mucho? —se agarra a sus palabras el Primero—. ¿Fue usted quien firmó en su momento esta carta?
Artur no entiende de qué carta hablan, y aparta de su cabeza la idea de la irreversibilidad de sus síntomas: la tensión en el lado izquierdo del pecho, la alocada carrera del músculo cardíaco, el aumento del nerviosismo («¡oye, tú: ahora no, ahora no, ahora no, te lo suplico!»); así pues, la carta, la carta abierta que hacía referencia a aquel reportero fisgón asesinado... Es poco probable que pueda, aquí y ahora, explicárselo todo como es debido:
—...digamos que existe una forma de reacción no violenta a ciertas peligrosas tendencias sociales... («qué mal dicho está, no, no es eso, simplemente me asusta ver cómo este don nadie se permite jugar con nosotros y llevarse por la noche a nuestros mejores hombres, esparciéndolos a lo largo de la vía férrea»); sí, la he firmado («está claro que desde ahora irán a muerte y sólo espero no mearme cuando me desmaye»).
Para conseguir este objetivo no se detendrán ante nada; así que, discutiendo a ladridos, el Segundo y el Tercero atacan desde flancos opuestos:
—Y, por cierto..., este, este fotógrafo..., este, para que lo sepa, esos objetos industriales, ¿entendido? Y los militares también, ¿entendido?
Espionaje, ¿entendido? Datos confidenciales: ¡eso es!
El Primero le miró directamente a los ojos (esta vez, muy de cerca, ¿con qué coño se afeita?):
—¿Se encuentra mal? ¿Por qué está tan blanco? ¿Tiene resaca? ¿Dónde ha pasado la noche? ¿Por qué se opuso a la detención?
(«Qué decir a todo esto, tienen tantas preguntas, y yo, estoy solo aquí,
¡si estuviéramos aquí las doscientas personas que firmamos las cartas abiertas!»).
—Tengo que echarme un rato en algún sitio —Artur (¿o, quizás fuera el otro?) apenas si movía la lengua—, dejadme un cuarto de hora, normalmente se me pasa, enseguida me encontraré mejor, contestaré a todas vuestras preguntas, pero no, así no, de golpe, no. Tengo que respirar aire fresco.
Ya no sabía si había pronunciado al menos la mitad de todo esto, o si sólo intentaba pronunciarlo: los ruidos internos le impedían oír sus propias palabras. Pero en ningún caso debía decir nada sobre lo de mearse, porque seguro que se aprovecharían, y entonces no le dejarán ir a ninguna parte.
—¿Podrá caminar? —le preguntó uno de ellos, desde un lado, y desde muy de lejos.
—Sí —Artur se pasó la lengua por los labios y se levantó del taburete.
—¿Quiere que le llevemos del brazo? —le dijo otra voz, también desde un lado, pero esta vez desde muy cerca.
—Puedo yo solo.
Hizo un ademán con la mano y en este instante se vio a sí mismo echarse boca arriba, fuera, en medio del patio, sobre aquella nieve pantanosa, con el cogote sobre el fango sucio y viscoso, sobre todos los arroyos primaverales habidos y por haber, a un lado de la cerca de color caqui y de la torre de observación vacía y chirriante que se balancea sobre las patas traseras bajo el ahogante y tenaz viento, en este territorio despoblado del antiguo cuerpo de guardianes adonde le habían arrastrado hace unas horas (en realidad, no ha pasado más de una hora, pero recordemos lo largo que le pareció aquel día). Así, se echó sobre aquella nieve y se durmió hasta que la nieve se derritió del todo.
Ahora arrastraba sus pies por aquel pasillo igual de desaliñado y húmedo, con las mismas chorreras y manchas secas de agua en las paredes, con el mismo hedor a hongos. Le colocaron en medio de aquel triángulo, por lo que las esperanzas del carguen, apunten quedaron enterradas enseguida: de todas formas, era imposible escapar de allí. Aunque había unas puertas de metal con las ventanas enrejadas, tres o incluso cuatro
puertas a ambos lados: todo aquello era una señal de una herencia eterna; en estas cámaras habían estrujado los huevos a más de uno de los nuestros, porque no era sólo una celda de arresto; ¿qué hacía aquí una celda de arresto?, y de dónde podía haber salido, así, sin más, en los tiempos de la guerra fría; no, esto olía a los años cuarenta, aquí mataban de un balazo en la nuca, y esto aún podía considerarse una manifestación de misericordia suprema, tras todos aquellos ciclos anteriores poblados de alambre espinoso, clavos calientes y zapatos repletos de sangre. Y he aquí un breve curso de historia de las aulas adaptadas de la región de los Cárpatos, una novela muerta antes de tiempo.
Artur Pepa, en cuanto pudo, apuntó hacia la otra puerta, la de entrada, detrás de la cual ya se adivinaba el patio y el viento, pero allí estaba uno de los maderos, el del kalashnikov, o quizás fuera otro, pero también llevaba un kalashnikov; estaba fumando en el umbral, y en cuanto vio en el pasillo a todos los mandos civiles junto con el sospechoso, tiró la colilla al viento, dio un portazo e hizo sonar las llaves con diligencia («a la izquierda, a la izquierda», uno de los de atrás consiguió penetrar en la oreja de Artur y le apartó de la puerta de entrada, obligándolo a dirigirse a otro pasillo). El siguiente madero, que iba por delante, hizo rechinar las llaves sin orden ni concierto en algunas puertas más; finalmente la cerradura cedió y empujaron a Artur al interior de una habitación relativamente más seca, donde sobre dos escritorios desgarbados puestos juntos, estaba, cubierto hasta la cintura con restos de sacos viejos, el cuerpo de Karl-Josef Zumbrunnen.
—¿Sabe quién es? —la voz del Primero resonó en sus heridas.
«¿Neva o Sputnik, Sputnik o Neva?», habría preguntado Pepa a todas aquellas heridas, en pentámetro yámbico, pero en otras circunstancias; entonces sólo dio dos o tres pasos en dirección a la pared, donde había una pila de periódicos viejos y amarillentos amontonados en el suelo. Tuvo que echarse hacia delante para no caer. Se apoyó en la pared con una mano.
—¿Sabe quién es? —se alzaron dos voces más—. ¿No oye lo que le están preguntando? ¿Por qué no dice nada? ¿Por qué palidece? ¿Sabe o no sabe quién es?
Pepa sólo sabía las dos cosas que normalmente se dicen de los muertos: o parece una persona totalmente distinta, o es igual que cuando estaba vivo. Pero ahora no podría decir ni una cosa ni otra, y, claro está, no era porque no llevara las gafas sobre su cara alargada, quizás demasiado alargada.
—Es él —dijo Artur Pepa.
Su mano se deslizó pared abajo, pero el Segundo y el Tercero le cogieron por los codos y le obligaron a enfrentar el cadáver de Zumbrunnen.
—¿Quién es? —el Primero no se conformaba—. ¿Puede decirnos su nombre articulando correctamente las palabras? ¿Conoce a esta persona?
—Zumbrunnen —Artur oyó su voz como si viniera desde muy lejos—.
¿Por qué está muerto?
—¿Por qué está muerto? —volvieron a preguntar los tres, casi al mismo tiempo, pero cada uno acentuando una palabra diferente: por qué, está, muerto. Y entonces, como si se tratara de la más astuta de las trampas, los dos, el Segundo y el Tercero, en las dos orejas de Artur, le preguntaron:
—¿Y usted no sabe por qué?
Las reservas de aire en los pulmones y el cerebro se agotaban con cada vez más celeridad; la sensación de infortunio se dejaba caer sobre su cabeza cada vez más ensordecedoramente y nublaba el trabalenguas sincopado del Primero, del cual Pepa sólo pillaba algunas señales: «llamada anónima...
cuerpo en la orilla... según los datos anteriores... ciudadano extranjero...
numerosos traumas... muerte llegó aproximadamente a las... lámina de plata con el nombre... habitante de la ciudad de Wien... Viena, capital de Austria... como resultado del golpe con un objeto pesado... no descartamos que... de siete a doce horas en el agua... sin duda, un homicidio...», y algo más que había entre estas palabras y que, seguramente, les añadía un sentido y un orden mucho más densos.
Y sólo entonces, cuando el Primero cambió bruscamente de entonación y le clavó el dedo en el pecho («¡sospechamos de usted!, ¡sospechamos de usted!, ¡sospechamos de usted!»), Artur Pepa finalmente se dio cuenta de que precisamente éste era el Primero aquí, y que, por lo tanto, no tenía
sentido mover la cabeza desgreñada hacia todos lados, resistiéndose a sus
«confiese», sino que era necesario conseguir que aquel Primero oyese su...
—...¿cómo se llama?..., ¡coartada! , una coartada: tengo una coartada, yo también entiendo algo de novelas policíacas, aquella noche estaba durmiendo, mi mujer estaba a mi lado, en la misma cama, pero dónde está ahora, me encuentro mal, abrid la ventana, ella os lo confirmará todo,
¿adonde la habéis metido?
—¿Coartada? —al Primero, esta palabra le hizo una gracia tremenda—.
¡Claro: coartada! ¡Así se llama! Pero ¿por qué les siguió? Porque aquella noche les siguió, ¿verdad? ¿Es esa su coartada?
«Si no fuese por este golpeteo que surge de mi interior —pensó Pepa—.
Si no fuese por este deshielo, por esta catástrofe climática, por estas trescientas treinta pulsaciones por minuto...». Dio dos pasos hacia atrás, sobre aquellos periódicos amarillos, y topó con los hombros contra la pared.
Aquello le dio fuerzas:
—Bueno, si soy yo, entonces, ¿por qué motivos? («¡ motivos!, ¡ motivos!,
¡la palabra exacta!»), digan, por qué motivos, ¡mediocres!
Pero el Primero ya lo estaba esperando, porque enseguida empezó a contar mostrando los dedos: «Una borrachera cotidiana, un pique entre borrachos, el impulso natural de alardear delante de aquel extranjero, los celos, ¿no le parece suficiente?». ¡Porque a ellos les será más que suficiente!
—¡Celos! —Pepa intentó reírse, pero no pudo—. ¿Qué celos? ¿Por qué razón? (sí, claro: razón, la palabra exacta: ¡ razón!).
Sin apartar su mirada melancólica del cadáver grisáceo dispuesto sobre las mesas juntas, el Primero contestó:
—Pues, por lo menos, por la razón de que su mujer ha compartido cama con este pobrecillo durante unos cuantos años. Compartir cama, ¿lo entiende? Eran amantes. Y todos lo sabían. ¿Acaso usted no lo sabía?
¡Nadie creerá que no lo sabía!
«¡Nadie le creerá! —en los ojos de Pepa saltaron el Primero, el Segundo y el Tercero, o más exactamente, sus bocas y sus pómulos—: «¡Decenas, centenares de personas lo sabían, todos lo sabían, sólo hablaban de ello, sí!».
Los periódicos se deslizaron por debajo de sus pies. Le hubiera gustado echarse boca arriba, de la manera más silenciosa posible, para no enfadar al otro que llevaba en su interior. Pero allí había una pared.
—¿No puede hablar? ¿Le traigo agua? ¿Tiene miedo a los cadáveres?
¿A la muerte? ¿Quizás fue usted quien la provocó? ¿Por qué se queda callado? ¿Qué hizo anteayer noche? ¡Los ojos! ¿Por qué ha puesto los ojos en blanco? ¡Confiese, se sentirá mejor!
Saltaban el uno delante del otro con sus preguntas; no, eran las preguntas las que saltaban de ellos, pero, sobre todo, de ellos saltaba aquel
«confiese», e incluso ya no el «confiese», sino su más profesional «canta», como si en cada uno hubiese penetrado un Oleg Skrypka, y todos juntos repetían «canta, canta», y también: «finge un accidente». Entonces trajeron a Roma Vorónych. Su aparición fue calculada al minuto: la hicieron esperar en el pasillo lo justo para llevar el asunto hasta el final; así que ahora ella estaba aquí, pero se quedó suspendida en medio, casi en el aire, extendiendo una mano hacia la frente vendada, y la otra hacia los párpados de Zumbrunnen... Careo... , así, por lo visto, debería de haberse llamado, aunque en realidad era sólo una exclamación muda, ahogada en un sollozo.
Así pues, perdiendo el conocimiento, le dio tiempo a dirigirse por último a Alguien: «Oye, Tú, te había pedido: ¡ahora no, ahora no!», y luego, deslizándose en su soledad y su aislamiento absolutos, ante su
«canta» incesante y monótono, ante la mano que Roma le tendía, sintiéndose pesado y contraído, consiguió alzar el dedo medio delante de sus narices, como si quisiera acentuar algo. El Segundo y el Tercero se apartaron, él (¡por segunda vez en un solo día!) cayó ruidosamente con todo su cuerpo, esta vez sobre el montón de periódicos, sobre su amarillez crujiente y cubierta de polvo, sobre todos estos retratos, artículos de fondo, telegramas conmemorativos y cartas de trabajadores.
Pero esta vez la negrura que le engulló tenía expresividad propia. Le llevó por un túnel hasta algún lugar más allá de la envoltura derretida de aquel mundo, del goteo de las aguas desheladas, de la primavera montañesa insoportablemente lánguida; se encontró llevando unas mangas anchas de lana, de manera que el choque del cuerpo con las paredes blandas no le
hacía ningún daño, hasta que finalmente unos desconocidos sistemas neumáticos dispararon contra él, como si de un cañón de aire comprimido se tratara, y salió volando hacia fuera, a alguna parte..., a otros pasillos, con otra luz, donde trajinaban un montón de solicitantes tras las puertas cerradas de los despachos. Entre ellos se cruzaban continuamente palabras sobre algo, pero Pepa no podía distinguir ninguna, excepto que todos querían entrevistarse con Ilko Ilkóvich. Luego consiguió oír su propio nombre, pronunciado por la voz megafónica del operador, y entendió que le estaban llamando.
Entonces los otros se apartaron disgustados, le dejaron un paso estrecho y, empujado por fuertes corrientes de aire en la espalda y el culo, cruzó a trompicones el umbral de la sala de máquinas, donde desde el fondo, desde un tablero de mando rodeado por todos lados de decenas de pantallas encendidas, le miró un centelleo amarillento, encerrado en los contornos imprecisos e inestables de una figura humana. Artur Pepa empezó a frotarse con fuerza los ojos para poder ver por lo menos algo de aquella emisión, pero aún fue peor.
—¡Bienvenido! —dijo la figura amarilla con voz masculina, de la cual de repente salió un pijo comunista, socialmente activo y eternamente joven, peinado con raya y con la corbata torcida hacia un lado—. Por desgracia, no he podido encontrar el momento de visitarles a todos en Dzindzul. ¿Sabe?, me ocupo de demasiadas cosas, y la fiesta está al caer. Y tengo que acabarlo todo a tiempo.
Señaló las pantallas con la cabeza: se podían ver decenas y centenares de películas, argumentos, clips, cambios de plano fulminantes, contornos y diafragmas que temblaban y muecas que giraban sin parar.
—¿Es usted Vartsábych? —Pepa había adquirido la capacidad de adivinar.
—Pues sí. Tengo demasiados nombres para poder anunciar aquí la lista completa. Pero ¿para qué los quiere? Espero que esté un poco mejor.
¿Cómo respira?
Artur Pepa sentía realmente un alivio indescriptible; había olvidado su taquicardia en alguna parte, en el abandonado envoltorio corporal sobre el montón de periódicos amarillentos.
—Tengo que expresar mi admiración por su esposa, la ciudadana Vorónych —continuó el anfitrión—. Me pidió defenderle..., y no pude negarme.
—¿De qué me habla? —pidió explicaciones Pepa.
—De la telefonía móvil.
El anfitrión centelleante señaló de nuevo con la cabeza en dirección a las pantallas, donde las voces de unos payasos demoníacos empezaron a chillar de repente algo así como: «¡Comunícate Libremente... Vive Móvilmente!». Y entonces, desde todas las pantallas a la vez, mirándose los unos a los otros, gritaron: «¡Comunícate Sabiamente... Vive Locamente!
¡Comunícate
Dignamente...
Vive
Frígidamente!
¡Comunícate
Elegantemente... Vive Estúpidamente! ¡Comunícate honestamente... Vive honestamente!», después de lo cual toda esta hampa de pantallas se echó a reír como loca y continuó riéndose hasta que el anfitrión agitó su rayo de color amarillo saturado.
—Por suerte, su mujer llevaba este juguete encima. De hecho, no era el suyo, sino el del pobre Karl-Josef. ¿Quizás esperaba que él le llamara a su propio móvil? Aunque por aquellas montañas nuestras es difícil llamar a nadie, ¡también es cierto! Pero, ¿y por qué no desde el más allá? En cualquier caso, me parece muy bien que ella hubiera pensado llevar consigo este trasto, y aun mejor que hubiera conseguido extraer de la memoria mi (me refiero al de Vartsábych, Ilko ílkovich) número de teléfono.
—Todo esto es una vil mentira —chapurreó Pepa.
—Yo no diría eso —le replicó su anfitrión, un tanto ofendido—. Cuando los llamados defensores de la justicia la llevaron al interrogatorio para esclarecer lo antes posible lo que ellos llamaban «el molesto asunto del cadáver del austríaco», ella, igual que usted, no sabía nada del asesinato.
Pero sabía que tenía que salvarle a usted. Le habían golpeado a usted en el pecho con un fusil, como si fuese un bandido, y usted cayó sobre la nieve.
Eso fue todo lo que ella vio, luego la llevaron a lo que ellos llaman la dacha (una antigua clínica psiquiátrica para mujeres), donde la encerraron en una celda fría, y entonces tuvo tiempo de acordarse oportunamente de mí. Tardó un buen rato en recordar mi número, y luego se le ocurrió que Karl-Josef debía tenerlo en la memoria del teléfono; y lo tenía, pero no en la W, ni en
la V, sino en la B, como si me llamara Bartstábych... Pero ¿qué sentido tiene hablar de esto?, ¡este Karl-Josef Zumbrunnen era una persona sumamente despistada!... Menos mal que un día ella le había copiado su código de acceso personal... Usted comprenderá que sus relaciones eran bastante íntimas...
El comunista pijo se estaba convirtiendo disimuladamente en una chismosa señora mayor ocupada con sus propios trabalenguas y suposiciones.
—Ella le llamó, ¿y?... —Pepa le recordó el hilo de la historia, sacando al comunista de detrás de aquella chismosa.
—Y dijo... —sonó el teléfono y él comenzó a hablar imitando la voz telefónica de Roma—: «Señor Vartsábych, no le conozco y usted tampoco me conoce a mí, pero nos han cogido a mi marido y a mí. Somos sus invitados, ¿no hará nada por nosotros? Quizás ellos le obedezcan, están pegándole, le matarán...». Ella lo pronunció así, con su voz trémula y femenina —continuó aquella cosa, poniendo fin a su imitación de Roma—, y no dejó de hablar de mi omnipotencia hasta que le dije: «Está bien, haré lo que pueda».
Esta palabra probablemente ya no podía pertenecer a la señora chismosa, de modo que apareció de nuevo el hombre público con la raya a un lado.
—Entonces rompió a llorar; y muy oportunamente— continuó él—, porque precisamente en aquel instante llegó una mujer, que resultó ser mayor del distrito, para registrarla. Entonces le quitaron el móvil, pero por culpa de su bajísimo nivel de conocimientos profesionales no supieron cómo desbloquearlo: los especialistas más listos habían montado su propio negocio, algunos se habían ido al extranjero, porque ¿quién soy yo para que se deslomen por veinte pavos al mes? (Pepa notó cómo, por momentos, Vartsábych se convertía en un genio informático que pretendía burlar los códigos de la manera más brutal), era por eso que miraban aquel móvil como si fueran esquimales. ¡Y pensar que ya le consideran el asesino, estos Pinkerton[106] de mierda! ¡Es una parodia de la parodia! ¿Qué clase de asesino sería usted?
—Yo también me lo pregunto —suspiró Pepa, y de repente ante él empezaron a abrirse otras facetas de aquella historia—. Todos somos un poco asesinos. Pero ¿quién?, ¿quién lo hizo en realidad?
De la pantalla izquierda de la sexta fila superior le miró un enorme ojo turbio atravesado por unas vetas rojizas. Luego la cámara se echó hacia atrás, y el ojo resultó pertenecer a una jeta arrugada y barbuda. De hecho, había dos jetas de éstas, atemorizadas y babeantes, que corrían de un lado a otro por el espacio de los monitores, como si trataran de salir de allí.
—Ya los han cogido —sonó el comentario de Vartsábych, que esta vez era una mezcla entre bull terrier y gorila—. Dos pringados de los alrededores; nadie, mierda malcagada, quinquis y yonquis. La pasta les volvió locos, les pareció un montón, ¡venga a por las pavas, fiesta! Un hijo de puta, ya lo conoces, les sopló la dirección y los teléfonos de Lilka y Marlenka. Entonces los dos, por aquí y por allí, luego una marcha loca, luego una de las chavalas vio, de pura casualidad, que Dushmán llevaba la cartera de este Karlushi y se acordó de que era la cartera de Karlushi, bueno, mira, de pura casualidad: era una cartera de categoría, buena marca, pues pensó que igual se la habían robado o la habían encontrado por la calle, fíjate tú. Y ya borrachos, los pringados se pusieron de mala leche, empezaron a discutir y a putear a las pavas, y dale que te pego, los muy jodidos pillaron a Marlenka y venga a estrangularla entre los dos, la pobre por poco no la palma; entonces Lilka se echó a correr, llamó a mis muchachos y les dijo que unos pringados que iban tirando pasta extranjera se habían puesto chulos. Los míos fueron pitando, dieron una paliza a aquellos gilipollas, toma ya, luego les obligaron a cantar, ¡jo!, los pringados habían matado a un guiri, me cago en la leche... ¿Sabes?, mi gente no se mete en estos líos, los han entregado a la pasma, que los hagan cantar a su manera. Y ahora ya están cantando; hay que tener cojones para cargarse a uno de mis huéspedes...
—Y es que lo liquidaron, literalmente —dijo el niño prodigio que, saltando entre aquel centelleo amarillo, se había colado delante del silencioso bull terrier—. El cuerpo cayó en la Corriente..., y se hizo líquido.
En estos casos la etimología nunca ha trabajado en interés de la semántica:
le golpearon en la cabeza y le liquidaron. Aunque en realidad ellos sólo son un instrumento.
En la pantalla izquierda de la sexta fila superior centellaban las huellas dactilares, los rostros deformados de los interrogados y de los que interrogaban, el temblor de las manos, los gemidos, la rabia y el rechinar de los dientes.
—Aunque en realidad ellos son un mero instrumento —repitió aquella primera voz: Vartsábych-i.
Y el resto (la señora chismosa, el banquero comunista pijo, el bull terrier, el hacker virtuoso) corroboraron desde el centelleo amarillo:
—En realidad, son un mero instrumento.
Artur Pepa se quedó un rato en silencio, mirando el centelleo de las pantallas. Le pareció estar en el interior de un misterio a punto de ser descifrado.
—¿Para qué necesitabais su muerte? —preguntó Pepa de forma inesperada incluso para él mismo.
—¿Y para qué sirve de hecho la muerte? —le contestó el maníaco inventor desde la silla de ruedas.
—¡Para la eterna renovación! —se echó a reír maliciosamente un liliputiense de circo con una barba que le llegaba hasta las rodillas.
—Para el homenaje a Antónich —recordó el niño prodigio—. Para su regreso eterno.
—Pues para que su hija..., perdón, su hijastra se libre finalmente de la opresión de su virginidad —de nuevo apareció la señora chismosa delante de todos.
—Y para que su mujer, la ciudadana Vorónych —el comunista pijo se abría paso a codazos entre el resto—, a la hora de elegir entre usted y su amante, finalmente se decidiera por usted y no, digamos, por Orfeo...
—¿Por quién has dicho? —volvió a preguntar Pepa sintiendo cómo se le secaba la garganta.
—¡Por Orfeo! —gritaron todos a la vez: el comunista, el bull terrier, el niño prodigio, el inventor maniático, el liliputiense, la señora mayor, el hacker virtuoso, la tía, la bruja, la puta vieja con la nariz de garfio, la loba, la corneja, e incluso el sueño, porque todos ellos eran Vartsábych, o más
precisamente, aquella sustancia de color amarillo intenso que estaba en el panel de control.
—¿Y usted no se ha dado cuenta? —preguntó aquello desde allí.
—¿Quiere decir que fue un asesinato ritual? —Pepa se aprovechó de aquel rayo de luz.
—Todos los asesinatos son rituales —dijo aquello.
—Pero tiene razón en que por mi parte fue un acto de libertad artística.
—¿Es usted el diablo? —preguntó directamente Pepa, aunque de tanto que se le había resecado todo no estaba seguro de que le hubieran oído...
—Soy el autor —dijo aquello alegremente, como burlándose—. O, por lo menos, el propietario de los derechos de autor. Y precisamente ahora ha llegado mi turno en la función. O sea, ahora me convertiré en el Deus ex machina. ¿No recordará usted el número de teléfono de Zumbrunnen?
Pero Pepa no se acordaba de nada semejante: tenía la mirada clavada en la última pantalla de la derecha de la fila trece inferior, en aquella habitación, aquel ajetreo de los maderos, en el cuerpo cubierto hasta la cintura y puesto sobre las mesas de oficina; Roma y otro cuerpo: su propio e inconsciente cuerpo.
—Bueno, yo mismo lo puedo recordar sin su ayuda— aquello se estremeció de risa desde las pantallas y se puso a marcar una serie digital larguísima.
Algo sonó en la pantalla, y el Primero agarró de la mesa el teléfono decomisado a Roma durante el registro. Su «diga» sonó entre cauteloso y sorprendido.
—¿Comandante Voshyvlyuk? —empezó a oírse desde el tablero de mando—. Aquí Vartsábych Ilko ílkovich. ¿Me conoce?
Al Primero se le cortó la respiración; no obstante, supo pronunciar, disciplinado, su: «Así es, Parshyvlyuk al habla», después de lo cual se encorvó, cada vez más aturdido por la retahila del Propietario desde el más allá.
—Parshyvlyuk, ¿cómo va? ¿Bien, eh? ¿Qué tal su humor en vísperas de la fiesta? ¿Normal? ¿Problemas? ¿Y quién no los tiene hoy en día?
Vorshyvlyuk, escucha, te llamo porque tus hombres se esfuerzan demasiado: han cogido a dos de mis huéspedes por nada, un hombre y una
mujer, bueno, como si hubieran matado a alguien, a un austríaco o algo así.
Pues eso, mis chicos han descubierto por casualidad a los verdaderos. No, a los que le han matado de verdad. No, ya os los hemos entregado para que procedáis. Ya están cantando, Profanyuk. Así que date prisa, deja libres a mis huéspedes, ¿eh? ¿Me has entendido, comandante?
Aquél supo inclinarse más abajo todavía, y luego repitió tres veces su:
«Ningún problema, Ilkóvich».
—Pues bien —dijo satisfecho el Deus ex machina—. Deja libres a mis huéspedes; les enviaré un coche, ¿entendido?
Y vete a casa, hoy es sábado, ¿sabes?, hay que bendecir el pastel, los huevos, etcétera. Y yo a ti también, Zashyblyuk, venga, relájate, nos llamamos durante la semana.
Las pantallas se fueron apagando una tras otra, de arriba abajo y de izquierda a derecha; desaparecieron todas las películas, argumentos y clips del mundo, se congelaron todas las historias prenavideñas con los planos torcidos, las muecas y los gestos humanos.
—¿Artur Pepa? —retronó desde el mando.
—Yo mismo —dijo aquél, retrocediendo hacia la salida.
—Es libre. Puede irse. Hasta la vista.
—Espasmo coronario —oyó Artur Pepa por encima de su cabeza.
—Prestad atención a la transpiración —añadió alguien más.
—Sí, está mejorando —dijo otro que conocía el tema.
Roma estaba más cerca, le quitó con cuidado aquella venda grisácea, luego le empapó la frente y las sienes con una esponja húmeda y él regresó finalmente a aquella habitación, la más seca de todas. Y aunque entonces era tremendamente difícil definir por el color de la piel cuál de aquellos dos hombres estaba más muerto, Artur Pepa sintió de verdad que le habían dejado (la negrura que se diluía y se tornaba cada vez más clara, la aparición de los primeros contornos y colores, la desaparición del zumbido en los oídos, el ruido de desagüe detrás de la ventana abierta de par en par, el descubrimiento por parte de sus pulmones de la capacidad dichosa de respirar aire y —lo que más le satisfizo en aquel momento— el sudor
abundante de alivio, señal de su salvación: ¡ahí va una prórroga más, estúpido!).
Luego todos salían y volvían a entrar. A veces se quedaban a solas, Zumbrunnen y él; luego Roma dijo que el coche les estaba esperando.
—¿Podrá usted levantarse y marcharse? —preguntó con compasión el Primero.
Artur Pepa se levantó del suelo, los periódicos pegados a su espalda cayeron ruidosamente, luego le dieron su capa y su huevo pintado, incautado durante el registro. Lo puso mecánicamente dentro del bolsillo, en el corredor. Aquél mismo, el del kalashnikov, el madero de guardia, le cogió con cuidado por el brazo, pero, en cuanto cruzó el umbral, Pepa se liberó impacientemente de su tutela y se echó a correr hacia la esquina del edificio. Empezó a mear entusiasmado y durante un buen rato taladró con su chorro de un color increíblemente claro alguna cosa parecida a una brecha en el blando barro recién liberado de la nieve. Tras hacer lo que tocaba, el viento caliente huyó a algún sitio lejano; la primavera estallaba por todas partes con nuevos olores cada vez. Pepa se subió la cremallera; por la espalda le alcanzaban las últimas recomendaciones, un tanto culpables, del Primero («yo, en su lugar, iría al médico, ¿sabe?, esos dos minutos inconsciente no son ninguna broma»), partió por los patios de la antigua mazmorra, esto es, la celda de arresto, en dirección a la valla y a la salida por el lado de la carretera. Y ya cerca de una ventana que estaba medio abierta y que colgaba torcida de las bisagras, alcanzó a Roma y le preguntó:
—¿De verdad te acostabas con él?
Resulta curioso que el mismo automóvil todoterreno, con el mismo motor militar kraz, les estuviera esperando fuera. El conductor también parecía el mismo: orejas grandes, cogote fuerte, chaqueta negra de piel. Y
sobre todo, aquella pancarta con aquella misma inscripción: PROGRAMA HUMANITARIO «DE LOS HÉROES DE LOS NEGOCIOS A LOS HEROES DE LA CULTURA».
Y ahora los dos estaban sentados dentro, al fondo, lejos del chico que iba al volante, los verdaderos héroes de la cultura, la señora Roma Vorónych y su marido, Artur Pepa.
El camino presentaba cada vez más baches: empezaron a salir despedidos de sus asientos traseros, Roma miró varias veces a su marido con ansiedad, por ambos lados de la carretera vagabundeaban los lugareños con sus cestas de fiesta en las manos. El conductor de orejas grandes adelantaba todo lo que veía, los transeúntes se arrimaban asustados a las zanjas y los bordes rocosos, se ponían a salvo de los chorros sucios que salían por debajo de sus ruedas, no quedaba ni una sola huella de la nieve derretida: sólo los postes rotos y los árboles testimoniaban el escándalo nocturno. Pero precisamente cuando cruzaron otra vez el cauce enfurecido del Río y avanzaron por el camino hinchado del bosque, Roma se agarró a la manga de su capa.
—¿Por qué lo preguntaste?
Pepa se despertó de su entumecimiento y respondió, no tanto a ella como al bosque detrás de la ventana, a todas aquellas ramas que rozaban inquietas las ventanillas del coche.
—Quería saber qué se siente al hacerlo.
Roma no entendió nada, pero él tampoco quiso explicarle nada sobre el cuerpo que hacía el amor con ella, sobre su contemplación estando ya muerto, sobre la inmovilidad y las viejas mesas de oficina puestas juntas.
No tenía palabras para explicar aquello.
Las mujeres siempre lloran cuando miran a un muerto. Pepa tenía experiencia.
—Yo soy la culpable de todo —dijo Roma poco después—. Tienes que dejarme. Traigo la muerte. Él es el segundo, ¿sabes?
—Lo sé. Por eso no te dejaré. Quiero ser, al menos, el tercero.
Ella no apreció su broma, si es que aquello era una broma.
Tuvo que pasar un rato para que Pepa se atreviera a soltar aire:
—¿Aún le quieres?
—Me sabe mal que ahora esté solo. Nosotros nos quedamos aquí, y mañana es fiesta, y él ya no estará.
—Nosotros nos quedamos aquí, pero no por mucho tiempo —le recordó Pepa.
La cogió por el codo y, tras abrirse paso hacia su oreja a través del último resquicio entre el primer sollozo y el primer estremecimiento del
hombro, exhaló lo único que pudo:
—Aunque no sabemos nada sobre esto.
Es extraño, pero ella se tranquilizó.
Luego se quedaron solos en medio del bosque: el chofer temerario de orejas grandes, como si fuese un especialista, hizo un trompo en el mismo calvero y les dejó bajar entre las anémonas marchitadas. Al despedirse, balbuceó algo parecido a «tienen que ir allí, a unos ocho kilómetros, en un par de horas estarán, mañana a partir de las tres enviarán el helicóptero; hagan las maletas y esperen: les vendrán a buscar para llevárselos antes del incendio», y tras cerrar precipitadamente la puerta, se largó en la misma dirección por donde había llegado. Muy lejos, arriba, en la luz casi crepuscular y cubiertos de manchas de nieve, estaban esperando su regreso Dzindzul y el balneario, aquel punto inexpresivo en la misma cima.
Caminaban cuesta arriba, se daban de vez en cuando la mano y se apoyaban en la pendiente resbalosa. Tras alcanzar los arbustos de enebro más bajos, se detuvieron a descansar un rato. Pepa miró alrededor, observó las cimas inmóviles y dijo lo primero que se le pasó por la cabeza:
—En realidad, todo puede ser mucho mejor de lo que nos imaginamos.
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