Doce anillos

Yuri Andrujovich · Capítulo 21 de 27

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Doce anillos

Capítulo 9

en cuánto bajara al valle paradisíaco de los humanos, lleno de quioscos. Al Petros partimos después de pasar una noche alérgica en las clases universitarias de la facultad de biología en los Kvasy (es aquí donde tenéis la autentica vegetación mediterránea: ¡todo ciprés y pino apenino!). Taras nos llevó por la ruta más fácil, que en realidad no era nada fácil, dejando a la derecha el monte Sheshul que habíamos coronado la tarde anterior. «Si un pastizal en las montañas puede llamarse Sheshul —pensé— ¿por qué no podría llamarse Dzindzul?». Cierto sabio me había enseñado que todos los orónimos de los Cárpatos son de origen tracio (y, por lo tanto, órfico).

El descenso del Petros hasta Yasynya resultó ser mucho más desesperado que su ascenso. Nos perdimos en unas pendientes llenas de bayas, sus lazos verdes se enroscaban en nuestras piernas aunque la inercia del descenso nos empujaba cada vez más rápido hacia abajo. «La muerte en un campo de bayas», profetizó Mónica.

También recuerdo cómo finalmente encontramos el camino en el bosque y luego seguimos todo el rato a lo largo de uno de los afluentes del Tysa, cuya agua (¡otra vez!) parecía tan verde y limpia que apenas podía combatir mis instintos infantiles. También recuerdo un montón de presas a lo largo de la corriente. Precisamente a partir de este momento, Karl-Josef Zumbrunnen, mi héroe, sobre todo se deleitó sumergiéndose en los numerosos riachuelos de montaña y echándose recogidamente en ellos mirando hacia arriba, al despejado abismo azul oscuro.

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A pesar de todas las profecías llegamos a Yasynya aquella misma tarde, pero ya prácticamente todos estábamos extenuados. Había sido una buena