Doce anillos

Yuri Andrujovich · Capítulo 7 de 27

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Doce anillos

Capítulo 7

Puede que aquel mismo día, o quizás fuera el siguiente, toda la compañía se reuniera a desayunar en el comedor grande. El grande es el que está ubicado en la parte noroeste del balneario, en la segunda planta, con la ventana que da al pastizal; aquél, de cuyas paredes cuelgan bodegones de Flandes, cuernos de ciervo y platos de diferentes tipo y uso, desde los de cerámica hasta los de cobre, a la memoria de una orquesta de viento desconocida.

Cabe, quizás, imaginarse donde estaba sentado cada uno de ellos. Así pues, a la cabeza de la mesa rectangular, el uno frente al otro, se sentaron, evidentemente, el encomiástico profesor Doctor y, por algún motivo, Yárchyk, el creador de videoclips. A la izquierda del profesor (y por tanto, a la derecha de Volshébnyk) estaba toda la familia: la señora Roma, Artur Pepa y su hija Kolomea. A la derecha del profesor, todos los demás, o sea, Karl-Josef Zumbrunnen (curiosamente frente a la señora Roma), y también Lilia la Morena y Marlena la Rubia.

Había dos tipos más del personal; ambos, claro, llevaban el pelo corto, jersey negro y el móvil en el cinturón. De hecho, podemos ignorarles, porque no decían nada, sólo traían los platos de la comida, el café y el té de la cocina, y luego desaparecían con los platos usados en las bandejas.

El dueño, como siempre, no estaba; pero este hecho ya no sorprendía a ninguno de los presentes. Uno de ellos, sin embargo, se interesó tímidamente por él, pero se encontró con la respuesta expeditiva

—«Vendrá» —del sirviente silencioso. Y con esto acabaron con el tema.

La atmósfera silenciosa de la casa se transmitió involuntariamente a todos los huéspedes. Karl-Josef, que a causa de la barrera lingüística prefería no decir nada, buscaba las miradas de la señora Roma y sin que los otros lo percibieran, temblaba cuando al coger en su vis a vis el siguiente plato o ensaladera, tocaba un instante su mano, su muñeca o su manga. La señora Roma, segura de sí misma y, por lo tanto, increíblemente sexy, con el cabello aún mojado tras la ducha, hacía oportunamente su trabajo de traductora, anunciando especialmente para Zumbrunnen «Wurst!» o

«Káse!», o «Frühlingssalat!», [55] como si él mismo no pudiera verlo. Lilia, que se había adelantado a su amiga y se había puesto al lado del fotógrafo extranjero, en aquel momento estaba pensando con vehemencia cómo empezar a seducirlo. Marlena no pensaba en nada, aunque poco a poco se alegraba de que su amiga no consiguiera una mierda con esta seducción.

Kolia las observaba disimuladamente, criticando para sus adentros aquel horrible maquillaje. Pero al cabo de un rato se aburrió y se introdujo en lo más profundo de sí misma, como sólo saben hacerlo las chicas de su edad.

El director Volshébnyk comía mucho. Artur Pepa disimulaba reconcentrado una borrachera que le daba un aire irónico; su cuchillo se deslizaba una vez y otra, como hecho a propósito, por el sombrero de las setas, y rechinaba desagradablemente por el plato, a lo que la señora Roma contestaba con una miraba de reojo irritada. Y sólo el profesor Doctor, sonriendo dulcemente, de vez en cuando interrumpía este manjar parco en palabras con reflexiones en voz alta, como ésta:

—Estimados señores, por favor, presten atención a los objetos aquí presentes. ¡Qué extraño y verdadero refinamiento! Sí, aún para nuestros abuelos y abuelas existían la «casa», el «pozo», una torre que les era familiar y, finalmente, su propio (él decía «plopio», pero casi todos entendían que quería decir «propio») atuendo y su abrigo. Casi todo les servía de vasija de la que cogían lo humano y en la que conservaban lo humano. Y un día desde América irrumpen en nuestro territorio cosas vacías, indiferentes, cosas-fantasma, la falsa apariencia de la vida. Las cosas animadas, que han sobrevivido a nosotros, las cosas, nuestras cómplices, desaparecen y no pueden ser reemplazadas por nada. Somos, quizás, los últimos que las hemos conocido.

O:

—En este sentido, no es casual el llamamiento de Nietzsche a la figura del antiguo profeta iraní Zarathustra. Las individualidades creativas de Rudyard Kipling y Joseph Conrad engendraron el embate de la así llamada

«literatura exótica» en Gran Bretaña. Una variedad absolutamente particular de la exótica simbólica nos la presentó el célebre poeta iberoamericano Rubén Darío, cuya obra es un tejido quimérico de motivos antiguos, medievales y locales, es decir, indios y afroamericanos.

O de repente:

—Bogdan-Igor Antónich, cosa del todo comprensible, tampoco podía quedarse al margen de estas sintomáticas búsquedas tan características de su tiempo. Cuando uno lee algunas de sus frases, su imaginación recrea los antiguos mapas marinos en los que desde la profundidad y las olas de los espacios oceánicos se divisan unas criaturas abominables y quiméricas, unos monstruos e híbridos espantosos, equidnas, dragones y «obispos de mar», todo un bestiario marino que será el prólogo no sólo de los fantasmas de la pintura surrealista, sino de la producción de películas de terror que Hollywood patentará posteriormente.

—¡Coño! —reaccionó inesperadamente Pepa, y resolló sobre su plato.

—¿Ya? —le miró de reojo la señora Roma, que se avergonzaba de su marido.

—¿Ya, qué? —le devolvió la pregunta un Artur delatado.—. ¿Qué quieres decir, golondrina?

—Ya estás borracho —le aclaró la señora Roma, a la que la comparación con la golondrina no la tranquilizaba nada; más bien, la ponía nerviosa.

—¡Qué va! ¡Qué dices! Todavía no he mamado a nadie aquí —declaró Pepa con ironía hamletiana, según su parecer, y guiñó el ojo a Lilia, que estaba frente a él.

Lilia no se turbó y pensó que este hombre tampoco estaba mal.

—Tiene toda la razón del mundo —dijo el profesor, sonriendo personalmente a Pepa—, cuando contradice mi última tesis. La utilicé aposta a modo de provocación intelectual. Su reacción es exactamente lo

que me hacía falta para radicalizar nuestra discusión. Pero, ¿acaso se puede negar el hecho de que Antónich utiliza con una frecuencia asombrosa imágenes oceánicas?

—Pero si nadie le ha contradicho, señor —se defendió Pepa, tan irónicamente como pudo—. ¿Sois hermanas? —preguntó a Lilia y Marlena al mismo tiempo.

— Banusch —informó la señora Pepa en voz alta—, ist eine typisch huzulische Speise, eine Speziahtát sozusagen etwas wie italienische Polenta... [56]

—Habla en cristiano —comentó Pepa con voz nasal.

—Conozco el banusch —aseguró apresuradamente Karl-Josef, que a veces conseguía decir algunas frases en ucraniano.

—¿Hermanas? —volvió a preguntar Lilia.

—Algo por el estilo —asintió Marlena.

Pepa cogió su mano precisamente en el mismo instante en que ella tendía la suya para coger la tetera, y silbando, casi resollando, exclamó:

—¡Vaya uñas! ¿Para qué necesitas unas uñas tan negras, golondrina?

—¡Artur! —le gritó autoritariamente su mujer, tirando el vaso de zumo, esta vez vacío, con la manga de su camisa de lino.

—¿Artur? —volvió a preguntar Pepa, pero luego asintió—. Sí, soy Artur. Hace treinta y siete años que soy Artur.

«Es viejo, pero no está mal», pensaron al mismo tiempo Lilia y Marlena, y la última pudo soltar su mano.

—No le haga caso —le dijo fríamente la señora Roma, en lugar de las obligatorias disculpas en estos casos.

—¿Caso? —dijo Pepa—. ¿De qué caso hablas? ¿Del genitivo?, ¿o del acusativo? Tú sí que eres un buen caso. Unas chicas guapas, ¿no?

La señora Roma fingió que la pregunta no estaba dirigida a ella y comenzó a levantarse ruidosamente de la mesa. De hecho, ¿cuánto tiempo más se podía seguir desayunando? Se acercó a la ventana, por la que aquel día sorprendentemente transparente se podía ver un buen trozo de aquel país montañoso y las cimas cubiertas de nieve en la parte ucraniana.

Las dos amigas se entendieron con una mirada, y el profesor Doctor apareció enseguida.

—Es fantástico que usted respete tanto la palabra, señor Pepa —dijo él entusiasmado—. Esto revela a un poeta extraordinario en su interior.

Recuerde a Antónich: ¿«Luego las palabras rápidas y oportunas, / como si fuesen cuchillas, las cruzo con truenos»?

—¡Qué dice, señor! Pepa rechazó modestamente su elogio—. ¡Qué va!

¿Con qué truenos? Aunque por sí solos tales cruces a veces me interesan, debo confesar...

Pero esta vez no consiguió cruzar la mirada con Lilia ni con Marlena; en cuanto se enteraron de que aquel tío colocado no era más que un poeta, lo único que se les vino a la cabeza fue: «Que se vaya a hacer puñetas». En la escuela les obligaban a aprender de memoria los nombres de los poetas, cosa que no les hacía ninguna gracia. «Que os vayáis a tomar por el culo, catetas de mierda», pensó para sus adentros Pepa, y encendió uno de aquellos Priluki brutales que, como esperaba, le colocaría aún más o, hablando en otros términos, le ampliaría la mente.

Karl-Josef miraba hacia la ventana; tenía unas ganas enormes de acercarse a Roma y poder ver ese algo que sólo ella podía ver.

—Es ist heute so unglauhich sonning, dass wir dort auf der Terrasse sitzen konnten[57] —pronunció la señora Roma sin pensar en las consecuencias.

Pero la palabra Terrasse la entendieron también los otros. Lilia y Marlena la asociaron de inmediato con sus bikinis maravillosamente breves.

Artur Pepa pensó que no estaría mal echarse en una tumbona y beberse a morro la media botella de vodka de nueces que tenía escondida bajo la bañera. Kolia apenas pudo contenerse y no decir en voz alta: «El cuarto anillo son los abrazos del viento templado, los giros de la energía». Y

Yárchyk Volshébnyk, el profesional, tras hacerse el séptimo bocadillo enorme de ternera fría, queso, rodajas de tomates, lechuga, mayonesa, sardinas y ketchup, preguntó de repente al profesor Doctor:

—¿Y usted..., esto..., decía que estaba mirando una producción de Hollywood? Tengo aquí un cassette con mi..., bueno, mi nuevo clip... Sobre este suyo... El viejo Antónich se llama... ¿Quiere verlo conmigo?

—Yo sólo decía que toda película debe reflejar un sentimiento profundo

—le respondió el profesor con una sonrisa benévola—, y profundo significa

«raro» y, a su vez, raro quiere decir «desconocido» e «ignoto». Para que una obra artística sea inmortal debe sobrepasar los límites de lo humano.

—Ajá —asintió el director—, correcto. ¿Y usted, señor Artur? Su opinión también me..., bueno, eso mismo...

—Trátame de tú, viejo —le permitió Pepa.

Luego todos se quedaron callados de nuevo, incluso el profesor Doctor, quizás fuera para no irritar a los tipos severos del personal y no molestarles mientras recogían mecánicamente de la mesa todo lo que media hora antes podía haberse denominado desayuno.

En la gigantesca pantalla de plasma Telefunken parpadeaban unas imágenes en blanco y negro, o más bien sepia oscuro, que se asociaban enseguida con diferentes estilos de moda, sobre todo con el retro y el underground. En sí mismo, este artefacto no representaba ninguna innovación: legiones de creadores de cine lo habían empleando hasta la saciedad, desde Bergman y Tarkovski hasta la reciente Moulin Rouge. Lo nuevo era que todo tenía lugar en Lviv: a cada segundo aparecía un fondo nuevo con el siguiente rinconcito: un patio viejísimo, un basurero, un laberinto subterráneo; una vez, el edificio del ayuntamiento, trompetista incluido, se inclinaba bruscamente y por poco no caía sobre los espectadores; otra vez, a causa de una explosión, se derrumbaba la torre de la Pólvora, luego el piloto de un ala delta caía vertiginosamente sobre las ruinas industriales de Pidzamche.

[58] y sus alas artificiales se despegaban y caían golpeándose contra las chimeneas de las fábricas y los esqueletos de las grúas. Todo esto debía interpretarse como una serie de señales: el espíritu de la catástrofe dominaba en todo el mundo, el fin de los fines, el sabor del Apocalipsis.

Yárchyk Volshébnyk hizo aquel videoapoclip para la canción El viejo Antónich que interpretaba el grupo La Coneja Real, un hit local con el aire típico de la independización de Lviv, en la línea del conjunto de tendencias y corrientes musicales surgidas en la última década. Es por eso que en la pantalla aparecían sobre todo los músicos, encabezados por el líder del grupo, bisexual, con una corona de endrino plástico sobre la cabeza. Los

músicos aparecían con sus instrumentos, sin ellos, en las habitaciones cutres de una mansión abandonada, en la escalera de una catedral arruinada o por debajo de una muralla medieval cubierta con inscripciones blasfemas en inglés. Y cantaban algo parecido a esto:

El viejo Antónich sigue vivo

Todavía no ha muerto y tiene arritmia

Tiene jazz y bebe mucho

Su amooooor es dulce como una puta.

Después de esto repitieron dieciséis veces un estribillo que consistía en sólo dos palabras: «¡Viejo Antónich!». En la pantalla, varios mutantes se besaban, unas putas, con la cara cubierta de polvos blancos, entraban a tropel en unas enigmáticas limusinas con los cristales ahumados, explotaba el champán, alguien se colocaba sobre el manchado suelo de azulejos de los lavabos públicos, aparecía la fachada del Grand Hotel con unas ranuras y unas lianas exageradas y un tropel de vagabundos bailaba alrededor del fuego frente a la Opera. Esta imagen alegró particularmente a Artur Pepa, que en la pausa entre el desayuno y el estreno había tomado un trago de vodka de nueces y ahora taconeaba al compás de la música, captando sólo palabras sueltas cómo:

El viejo Antónich deambula por la noche

De un bar a otro y no tiene sueño

Ya son trescientos años que las lechuzas y los mochuelos Vuelan encima de él, quién no le conoce.

Pues allí estaba el tal Antónich, un viejecito de cuerpo largo, con sombrero y capa y pendientes en las orejas, una especie de espectro urbano; caminaba por la ciudad abriendo a patadas las puertas de los bares subterráneos e introduciéndose en aquellos infiernos como si hiciese su propia ronda de patrulla («y este actor, ¿cómo se llama?», preguntó la señora Roma en voz baja, a petición de Karl-Josef), luego hacía el amor, sin quitarse ni capa ni sombrero, con una belleza medio muerta y tatuada, y a su alrededor serpenteaba el título «MY NAME IS FANNIE, I´M REALLY FUNNY». Las

incrustaciones de colores en el sucio cuadro general en blanco y negro podrían considerarse un descubrimiento relativamente interesante del ingenioso Volshébnyk. Así, cuando Antónich bebía de una copa de vino, el líquido era rojo; igual de rojo pasaba por el esófago de su amante transparente. También había flores amarillas en el vertedero humeante bajo un monumento envuelto con una tela. Estaba también el polvo dorado de las estrellas, que caía sobre la ciudad opaca como si fuese nieve, pero esto fue más tarde, cuando un Antónich ahora solitario desaparecía bajo la luz de la luna («quizás no le conoce, es un aficionado», respondió el creador del clip, también en voz baja).

Mientras tanto, la acción se acercaba a su término. De todos lados llegaban corrientes de agua subterráneas; la ciudad, con todos sus pecadores y pecadoras, se sumergía en las negras profundidades. En el ruido de las aguas se arremolinaban pájaros muertos, condones, jeringas, viejos discos de vinilo de gramófono; quedaban sólo los músicos en el escenario de aquel club, o teatro de la Opera, despoblado. El líder del grupo se arrancaba su efímera corona de la cabeza y la tiraba desesperado al agua. La cámara se alejaba rápidamente, creando una perspectiva espacial totalmente metafísica con la pequeña mancha del escenario en medio de aquel diluvio universal; el resto de la letra fue interpretado en la oscuridad total y bajo el acompañamiento sordo de unos violoncelos, como si sonara dentro de una aula medio inundada o surgiera de un cassette estropeado por el tiempo: El viejo Antónich camina por la tierra

De la vieja ciudad, del maldito lugar

Sus niñas aún son muy pequeñas

Y su muerte aún mira hacia la luz lunar

Fue el final. Todos los presentes ñiparon durante la presentación. Artur Pepa no pudo evitar ser el primero en hablar, porque él era siempre el primero al que se le iba la lengua, y dijo:

—Sabes, Yarko, todo sería fantástico si no fuese por la última rima.

¿Qué quiere decir «lugar-lunar»? Sería mucho mejor «hogar-vulvar»...

Pero en lugar de las carcajadas homéricas de toda la compañía, con las que contaba, sólo obtuvo una observación de Roma:

—¡Muy inteligente!

—Aquí, en la cinta hay aún..., esto..., unas explicaciones, bueno..., una especie de comentario... —le respondió Volshébnyk, y tras rebobinar un poco la cinta, la detuvo en el episodio donde él mismo, arrellanándose en una butaca en medio del estudio, explicaba al público televisivo su idea.

—...y algo más. Pasé varios años aproximándome a este trabajo —decía el doble televisivo de Yárchyk en la pantalla, liberado de todos sus «pues»

y «bueno» gracias a un celoso montaje televisivo—. Me atraía una historia universal sobre un ídolo siempre vivo, por ejemplo, un poeta. Ahora los productores de ntv y de mvt se interesan por nuestro trabajo. Me alegra que La Coneja Real..., cómo decirlo (esta vez los desconocidos editores del vídeo se permitieron un descanso), haya encontrado esta imagen para mí.

Entonces apareció en la pantalla el líder de La Coneja Real. Esta vez se presentó en forma de una chica, con una botella de cerveza y un cigarrillo en las manos. La grabaron en uno de los lugares del casco antiguo, delante de aquella misma muralla con las inscripciones en inglés.

—Cuando éramos niños, nos asustaban a todos con el viejo Antónich —

explicaba ella, entrecortándose con sus frecuentes tragos y caladas—.

Recuerdo que cuando mis padres creían que me portaba mal, me decían:

«Vendrá el viejo Antónich y te llevará al sótano oscuro». Parece ser que un día, en nuestra ciudad, enterraron a una persona así, y que luego se aparecía por todos lados. Todas las familias lo sabían. El vivía en unos sótanos, recogía botellas vacías y papeles sucios, y llevaba una capa larga. Hablaba el idioma de antes de la guerra, con todas aquellas palabras. Algunas veces le había tenido miedo de verdad, otras no tanto. Un día estaba yo dibujando en la arena, cerca de nuestra casa, unos signos secretos que yo misma me inventaba y luego aniquilaba, o sea, los borraba de la arena. Dibujé un signo de ésos, y cuando estaba a punto de borrarlo sentí que había alguien encima de mí. Era él, el hombre de la capa larga. Primero me asusté, porque me dijo: «Me has invocado con este signo. ¿Qué quieres?». Entonces, empecé a excusarme, a balbucear unas estupideces tales como que había sido por casualidad, que no lo sabía, etc., y él suspiró y se fue. Ahora pienso que fue un sueño. Pero tampoco puedo olvidarlo. En cuanto al nombre de nuestro segundo álbum...

Aquí la grabación se detuvo, y la pantalla se llenó con una silbante masa gris-blanca. Sin embargo, todos se quedaron en sus sitios; en parte, porque la señora Roma aún estaba traduciéndole a Zumbrunnen, sin orden ni concierto, el contenido de aquella historia. Aunque la historia no tenía ningún sentido para él, lo más importante era que ella, Roma, se dirigía a él.

Y con esto él tenía más que suficiente.

«Una tía muy interesante —pensaba Artur Pepa de la chica con la cerveza—. No ha pestañeado. Sería necesario que... —pero le daba pereza llevar más lejos sus fantasías sobre cómo se conocerían, fumarían y beberían, hablarían de poesía, música, mística, sexo, etc.—...es lo de menos: no es interesante.

Así, pues, ¿qué le parece, señor profesor? —intervino Volshébnyk, mientras sacaba el cassette del reproductor.

—Según mi modesta opinión, precisamente aquí tenemos una sutil penetración en el mundo de los arquetipos— empezó a hablar alegremente Doctor, por lo que Volshébnyk enseguida lamentó haberle preguntado—.

Precisamente estos arquetipos, según Jung, crean el significado del así llamado inconsciente colectivo. Su aspecto natural, que nos sorprende en sueños y fantasías, tiene mucho de individual, de incomprensible e incluso de inocente. El arquetipo es, de hecho, el significado inconsciente que se reemplaza en el proceso de maduración con lo consciente, lo sensual y demás, siguiendo la línea de la consciencia individual en la que se presenta.

—Muchas gracias —meneó su cabeza pelada Volshébnyk.

—Este extraño amante de la luna —no se detuvo el profesor—, este misterioso desconocido déla capa es, sin duda, un arquetipo que está siempre presente, en la frontera de lo inconsciente y lo consciente, en el universo de las fantasías de cualquier chica, acompañando a la flor femenina medio abierta que precisamente en ese momento se encuentra en el estadio de su espera individual y febril.

El profesor Doctor pronunció estas últimas palabras mientras deslizaba su mirada sonriente por las piernas, como siempre abiertas, de Kolomea, deteniéndose en el rostro de ésta, un poco sonrojado. Y esta vez ella apenas pudo contenerse.

—¿No sería mejor continuar en la terraza? —preguntó enérgicamente la señora Roma, a la que no le había gustado algo en todo esto.

Pero en la terraza no continuó nada, ni nadie; aquella pereza irresistible e infinita que aparece sólo con el sol de primavera acabó por desmadejarlos a todos. Por consiguiente, la inmersión en el sueño, la llegada de la primavera, la languidez somnolienta de las almas y los cuerpos, el beatífico estado de nirvana que parte de algún sitio en los huesos más finos, se apodera de todos los tejidos sin excepción, ralentiza la sangre y el corazón, y, en cambio, moviliza los receptores; la sensibilidad de nuestra piel y de las fosas nasales nos asemeja a los homeotermos: ¡tantos tactos y olores, y ninguno de ellos tiene nombre!

¿Qué pasa con el tiempo? ¿Por qué en este lugar, famoso sobre todo por sus ciclones, por sus incesantes y penetrantes vientos, por la lucha entre la naturaleza y los frentes atmosféricos, hoy el tiempo ha sido tan cálido, claro, apacible y transparente? ¿Por qué la temperatura del aire ha alcanzado los veintidós grados al sol? ¿Por qué el viento no ha sido viento como se entiende aquí, en el pastizal, sino —sólo los poetas nacionales consignan esta palabra excesivamente bella— céfiro? ¿Por qué todo alrededor —el perfil rocoso de la sierra, las cimas blancas de los dosmiles, y las montañas pétreas— era tan expresivo, perfilado y extraordinariamente visible? ¿Por qué de todos los posibles sonidos y zumbidos guardados en el fondo de este silencio, quedaba sólo el goteo y la filtración uniformes del agua deshelada y el clamor de los pájaros? ¿Cómo era posible? ¿Cómo era posible que incluso el profesor Doctor no pronunciara en voz alta: «El silencio es la lengua con la que Dios habla al hombre»?

Sea lo que fuere, todo aquello no podía durar eternamente. El silencio de aquel mundo fue interrumpido por la pesada carrera escaleras arriba de un cuerpo humano dejado a su propio albedrío: apareció Artur Pepa, con un tablero de ajedrez en las manos.

—¡Ah, estáis todos aquí! —gritó, evaluando con la mirada la disposición de aquella dispersión humana—. ¡Y todos estáis tan bien! ¿Y

por qué no conversáis, os divertís? ¿Qué pasa, habéis venido aquí a morir?

—¡Artur! —le detuvo la señora Roma, que despertaba de su duermevela. Estaba sentada en la tumbona y tenía ganas de quitarse por la cabeza su áspera camisa de lino y enseñar sus hombros. («¿Por qué, pero por qué no he cogido el bañador?», pensaba enojada, en su duermevela, hasta que aquel estúpido, estúpido, estúpido le interrumpió).

—Sí, soy yo —respondió su estúpido. ¿Te apetece una partida de ajedrez?

—¿Qué ajedrez? —maulló la señora Roma sin abrir los ojos—. ¿De qué maldito ajedrez me estás hablando? Y después de pronunciar estas palabras, aquella duermevela la conquistó con fuerzas renovadas y se vio a sí misma aproximadamente desde aquella distancia donde estaba sentado en el parapeto, jugando con la cámara, Karl-Josef; de manera que, con decisión, se quitó por la cabeza su camisa, alarmantemente impregnada de desodorante y sudor, y la arrojó de una manera elegantísima a algún lugar lejano. La cámara hizo clic en el mismo momento en que ella llegaba a tiempo de cubrirse los grandes pechos con las manos, pero todo aquello era la duermevela, un sueño, sueño (soñó con unos pechos mucho más grandes de los que en realidad tenía).

—Viejo, quizás, ¿a ti? —Artur tocó a Volshébnyk—. Alfil, torre, reina...

—Pues no..., esto... —balbuceó desde la cama plegable el velludo, pero Pepa ya se dirigía al par de gatitas en bikini que estaban tomando el sol en unos colchones, no muy lejos de allí.

—¡Vaya deportistas! —silbó Pepa—. ¿Una partida atres?

Tanto Lilia como Marlena levantaron disgustadas la cabeza y, dándose la vuelta igual de disgustadas, cambiaron de postura, colocándose boca abajo. Les parecía que aquel cabrón siempre borracho les tapaba del extranjero que tenía tantas ganas de tomarles fotos en bañador.

—¿No tenéis miedo de quemaros? —insistía Pepa—. ¡Venga, dejadme que os ponga crema! ¿Tenéis crema bronceadora?

—Quieto —respondió una de ellas, también medio dormida.

—Entendido —se tranquilizó Pepa, y desistió, pero sólo por un instante.

La verdad es que pasó del profesor y esquivó de lejos su sillón de mimbre. Tampoco ofreció jugar a Kolomea; primero, porque por lo general evitaba quedarse a solas con ella, y segundo, porque ella estaba protegida

por el quinto anillo de la primavera: su verde virginidad. Quedaba el austríaco del parapeto, y Artur, después de agitar el tablero de ajedrez en el aire y de que las todas las figuras resonaran a madera, le preguntó:

— Shakhshpilen? Eine klaine shakhshpilen, eh? [59]

Karl-Josef dejó la cámara en el parapeto y dio un salto.

—Pues, bien —dijo de la manera más sencilla que pudo, porque expresar la negación, y encima con algún giro educado, le era casi imposible. Además, aquel borracho al que nadie necesitaba le daba un poco de lástima.

— Yavol? [60] —volvió a preguntar Artur y enseguida pensó: «¿Para qué diablos necesito este ajedrez?, si no sé jugar».

Al cabo de un par minutos, los dos se encontraban sentados en sus taburetes y colocaban las figuras. Y entonces empezó el juego, el transcurso del cual se podría juzgar sólo por las exclamaciones no siempre oportunas de Artur («¡caballo!, ¡peón!, garde! , ¡alfil!, ¡jaque!, Zeitnot!, Zugzwang! ,

¡dama!, ¿ verstehen: dama?»[61]). Pero Zumbrunnen permanecía en silencio.

Le tocó jugar con las blancas; su adversario había insistido, porque «tú eres nuestro huésped, ¿de acuerdo?». Al fin y al cabo, a Zumbrunnen le daba igual con qué figuras jugar; tiempo atrás, se había dedicado al ajedrez, había ganado torneos locales, se carteaba con estudiantes, como él, de la escuela de Víktor Korchoi y resolvía con facilidad los ejercicios de las revistas especializadas. En el cuarto minuto de la partida, Artur Pepa dijo:

«Endspiel!, kaputt!»[62] y propuso jugar otra:«pero ahora yo con las blancas, ¿de acuerdo?».

Claro que ésta también la perdió, y durante la siguiente media hora perdió otras cuatro partidas más, y sólo entonces sacó su arma secreta, en forma de último cigarrillo Priluki, de la pitillera, llena, para variar, de una mezcla de cannabis de bastante buena calidad. Tras la primera calada, la partida adquirió una comprensión pausada, y Karl-Josef, agitando enérgicamente las fosas nasales, preguntó:

— Hasch?

—Vollen? [63] —Pepa le guiñó un ojo y le pasó el cigarrillo.

—Nicht schlecht! [64] —hizo su valoración Karl-Josef, tras dar una calada.

—¡Y qué te pensabas! —confirmó Artur.

Al poco tiempo, llegó a la conclusión de que podía saber con mucha antelación cual sería el desarrollo de los acontecimientos sobre la tabla de ajedrez. No tenía sentido mover las figuras; todo, sin más, lo encaminaba hacia la victoria. Podía adivinar sin vacilaciones todas las jugadas de los siguientes cien años. Tanto las suyas como las de su adversario. Porque se había convertido en un Centro Cerebral compacto, en esto es en lo que se había convertido él, Artur Pepa. Era un Centro Cerebral doble: uno estaba dentro de él y el otro era simplemente Artur Pepa, así es como se llamaba.

Esta idea le aterrorizó un poco.

—Oye, ¡hemos hecho tantas cosas aquí! —dijo Pepa preocupado—. ¡La tierra arde bajo nuestros pies!

Miró hacia el cielo y vio que el sol desaparecía detrás de una cortina de cimas lejanas. Artur Pepa no sabía demasiado bien qué era una cortina, pero estaba seguro de que entonces el sol desaparecía precisamente detrás de una cortina. También vio unas cabezas a su alrededor; todo el grupo se había acercado a la tabla de ajedrez, discutiendo, agitados, la situación, y señalando con sus dedos gruesos como troncos las figuras que aún quedaban en la tabla.

— Schlechtersmainkopfblaiben!

Straichmalwiderzurik

und

bruchschlaifenwanderndzusammen! [65] —dijo agresivamente Karl-Josef.

Artur Pepa sonrió con astucia y, con gesto decidido, tiró todas las figuras de la tabla.

Pero aquel mismo mediodía, o tal vez el siguiente, el duelo continuó. La verdad es que esta vez no tuvo lugar en la terraza sino en la torre situada al sudoeste del balneario, adonde todos se habían desplazado siguiendo el recorrido del sol. Arriba, en la torre, había una plazoleta de observación redonda desde la que se descubrían todas las partes del mundo, incluso la transilvana; y resultaba que este mundo estaba hecho mayoritariamente de montañas. Y resultaba también que lo más interesante en este mundo era observar cómo por las montañosas cimas medio cubiertas por la nieve se movían las sombras de las nubes. Porque, a mediodía, aparecieron las nubes.

Y observándolas a través de las lentes oscuras de sus gafas de sol Giorgio Armani, el director Yárchyk Volshébnyk pensaba en cómo lo haría todo: «Le meteré en, este..., en uno de los sillones...: allí hay unos preciosos..., un verdadero, este..., bueno, un trono. Con un fondo muy lujoso: papel de pared, unos tapices... Una estará de rodillas delante de él...,

¿o mejor a cuatro patas?.., bueno, da igual, de rodillas..., ya veremos. Otra por detrás..., detrás del respaldo de este... trono. ¿Qué podría hacer?...

¿Abrazarlo?... ¿Quizás no hace falta por detrás?... Entonces no habrá vertical... Así, una súper vertical: cuerpo número uno, luego él mismo, cuerpo número dos...».

En definitiva, Yárchyk Volshébnyk no era el único que en aquel instante era presa de las ideas. La observación de las montañas y las nubes inducía a la introspección. Intercambiando las primeras exclamaciones entusiastas respecto a los paisajes, todos se quedaron callados, soñando, quizás, con recobrar el nirvana perdido en la terraza.

Pero la nueva aparición de Artur Pepa les arrojó desde las nubes a la tierra, o al menos a la torre.

—¡Ajá! —gritó Pepa—. ¡Otra vez estoy aquí: cebo para los chacales!

Llevaba en la cabeza una boina ladeada. Pero lo importante no era la boina, lo importante era que en cada mano llevaba una espada. Eran espadas de combate de verdad, un poco desafiladas y melladas, cierto, pero cada una de un metro de longitud (en realidad, un metro y siete centímetros, o al menos así pareció a todo el mundo). Estas espadas ya eran en sí mismas peligrosas, pero lo más peligroso era lo que Pepa recitaba en pentámetro yámbico:

«¡Toma la espada, austríaco perverso! Sé que me has ganado al ajedrez:

¡veremos ahora cómo manejas las espadas! Todo el mundo sabe que el ajedrez es una diversión... de reyes. Y en la de los caballeros, ¿eres un señor? ¡Toma a espada!».

Y con estas palabras tiró una de las espadas (por suerte, con la lámina hacia abajo) hacia Karl-Josef, a quien no le quedó más remedio que cogerla (por cierto, con bastante maestría) por la empuñadura.

—¡Así que aceptas el desafío! —se complació Pepa, y sacudió la espada en el aire.

—¡Artur! —intervino la señora Roma con voz seca.

—Ofelia, reza por mí —le dijo Artur. Y tú, nuestro huésped austríaco,

¡defiéndete!

Y Pepa atacó resueltamente a Karl-Josef, haciéndole enseguida replegarse hacia la barandilla de metal, detrás de la cual ya no había nada más que precipicio. Sólo entonces Zumbrunnen se dio cuenta de que no bromeaba.

—¿Alguien puede detenerlo? —la señora Roma palideció de golpe—.

Os lo ruego, haced algo...

Sólo pudo dirigir su súplica a Volshébnyk, el único entre los presentes que pertenecía a la categoría de «hombre». Con el profesor Doctor de momento no contaban porque, según todos los indicios, pertenecía al sexo opuesto («viejos, mujeres y niños»), al cual pertenecían también Lilia y Marlena, francamente atraídas por la nueva diversión («¿qué, está de broma?»), la princesa Kolomea Primera, arrancada de su profundo entumecimiento Tolkieniano («el sexto anillo es el anillo de metal de un duelo de gigantes»), y la misma Roma Vorónich («¡Dios mío: se van a matar!»).

Pero Volshébnyk no tenía prisa en arrojarse con las manos desnudas sobre los adversarios; la situación le gustaba, sobre todo visualmente, y lo único que hizo fue acercarse unos pasos mientras preparaba la cámara («¡esta imagen no está nada mal!»).

Tras aceptar el duelo, Zumbrunnen repelió el ataque con dos o tres mandobles (saltaron chispas de las espadas) el ataque del adversario. En su momento, había sido un apasionado de la esgrima, e incluso había recibido clases de combate caballeresco en la hermandad Teutonia, aunque luego se vio obligado a dejarlo a causa del empeoramiento de su vista. Sin embargo, por lo que a técnica se refería, su cuerpo había conservado algo en la memoria celular. Al dominar de manera excelente el inexperto ataque de Pepa (la boina, demasiado grande, por poco no caía sobre el ojo de Artur), él mismo pasó a la ofensiva y, para acabar con todo, aquello lo antes posible, dio con certeza y desde abajo en la manga de su enemigo. La espada de Artur cayó de su mano, y después de dibujar un arco mortífero sobre las cabezas de los presentes aterrizó sobre el cemento de la plazoleta

que tenían a sus espaldas. A todo esto, Karl-Josef no pudo calcular bien la fuerza del golpe: levantando por inercia la espada, su filo finalmente se detuvo en la cabeza de su adversario, que se había asomado peligrosamente, marcando su frente y dejando un rasguño que, como si fuese un surco vital más, enseguida se llenó de sangre.

—¡Estoy acabado, el austríaco ha vencido! —gritó Pepa, y cayó aparatosamente de espaldas.

Karl-Josef apartó con cuidado su espada y fue el primero en inclinarse sobre Pepa, que estaba empapado de sangre. La segunda fue Roma que, repitiendo sin cesar:

¡Estúpido, estúpido!, ¡qué estúpido descerebrado!, ¿y si te hubiera dado en el ojo?», se lanzó a detener la hemorragia, primero con la dichosa boina, luego con su pañuelo, y después (llegó a tiempo Kolia, igual de pálida, con el botiquín) con los tampones de algodón.

—Todos los detalles de este cuadro —aseguró razonablemente el profesor Doctor— constituyen una extraordinaria concentración de sentidos, y son de una veracidad artística indiscutible.

—¿Acaso no me moriré? ¿Seguiré vivo? —preguntó Artur Pepa, permitiendo obedientemente que su mujer le vendara su estúpido coco.

—¡Cállate ya, estúpido idiota! —respondió a regañadientes Roma, y se echó a reír impetuosamente (¿o frenéticamente?).

Karl-Josef, por si acaso, volvió a apartarse en dirección a la barandilla; de esta manera, el boxeador que había enviado a su adversario al knock-out tenía que esperar el final o la continuación en su, pongamos, esquina azul.

Desde allí, observaba culpable a Roma: sus esfuerzos salvadores, su pañuelo manchado de rojo y su risa (todos los demás también reían). Se avergonzaba de sí mismo, y finalmente pronunció:

— Pegdón.

—No pasa nada —se apresuró a decir Roma y se echó a reír de nuevo.

—¿Cómo que no pasa nada? —replicó Pepa, un poco ofendido, poniéndose en pie—. Sí que pasa. Pasa... Pasa lo que tenía que pasar. ¡Que los cuatro capitanes me acompañen abajo! —exigió obstinadamente con un yambo.

Pero ninguno de los capitanes se acercó a él, y tuvo que caminar sin comitiva, silbando, sin embargo En las cimas de los Cárpatos, allí es donde viviría.

—De verdad, vámonos ya de aquí —propuso la señora Roma—. Hace algo de frío.

—«Y haya contra haya, como los bueyes de las cavernas, saltan rabiosos, / sólo la plakhta[66] purpúrea del sol les hará hervir la sangre» —

citó oportunamente el profesor, y partió hacia la salida.

—¿Usted también nos va a hacer unas fotos? —se interesó íntimamente Lilia mientras todos bajaban las estrechas escaleras de caracol, muy cerca los unos de los otros; porque resultó que Karl-Josef, este deprimido poseedor de las simpatías del público, estaba entre ella y Marlena.

—¿Fotos nuestras? ¿Lo hará? —matizó Marlena adelantándose a su amiga.

—No lo hará —les prometió firmemente la señora Roma Entredoshombres.

No, esto no podía acabar bien; aquella misma tarde (o, pongamos, la siguiente), cuando todo el grupo se reunió para tomar el té en el comedor pequeño, Artur Pepa se inventó una nueva apuesta.

—Tradúcele —quiso que lo hiciera Roma—, dile que me puedo beber una botella de vodka entera. ¡Yo sólo!

—¡Ni pensarlo! —le atajó su mujer—. Ya lo sabe.

—Traduce que quiero apostar que puedo beberme una botella entera de vodka —repitió Pepa—. ¡De un trago!

—¡Tranquilízate y para ya! —no cedía Roma.

—Bueno, lo haré yo —el combatiente vendado hizo un gesto con la mano—. Charlie, oye. Yo. Bebo. Solo. Botella. Flasche. Vodka.

—Warurn denn? [67] —preguntó Karl-Josef.

Zumbrunnen se sentía cada vez más solo. Cuanto más tiempo permanecía sentado allí, menos comprendía lo que estaba pasando. No eran sólo las palabras pronunciadas en una lengua mal entendida. Se trataba también de ella, de la mujer a la que durante el último año había propuesto tres veces que lo dejara todo y que se fuera con él a Viena. «Los sábados,

podrás enseñar ruso y alemán en el colegio —la intentó convencer las tres veces—. Ahora hay muchos rusos que compran viviendas en el primer distrito y pagan muy bien las clases. Yo publicaré mi gran álbum. Ganaré lo suficiente para los dos. ¿Por qué no podemos estar juntos para siempre?

¿Por qué no se lo decimos todo tal y como es?». Roma le pidió las tres veces que esperara. Y le decía algo que él no entendía, aunque lo hacía en alemán. Ahora, cuando todo tenía que resolverse, Karl-Josef se hundía en su madriguera de incomprensión e incertidumbre, totalmente alejada de todo y revestida por todos lados de un fieltro opaco, como si le hubieran tapado con algo pesado y sofocante; y en esta trampa terriblemente densa y alargada como un saco sólo oía el refunfuño exterior del marido de Roma:

—Mira. Das ist eine flasche. [68] Yo digo: yo la beberé. Trinken. ¿De acuerdo? Tú dices: nein. Yo digo: beberé. Tú, luego: nein. ¡Apuesta!

—Wie so? [69] —preguntó Karl-Josef.

—So-so— dijo Pepa—. ¡O no so! ¡Eso no! ¡Mira!

Puso ante él dos vasos y los llenó hasta los bordes de un vodka de nueces opaco. Era la última botella que habían traído y Artur Pepa se lo jugó todo a una carta. Roma se cubrió la cabeza con las manos.

La primera en salir del comedor fue Kolia. Detrás de ella, encogiendo los hombros y sonriendo con tristeza, se arrastró el profesor Doctor.

—No sé qué tal vosotros, pero yo me tengo que marchar ya —dijo.

Aunque mientras se alejaba no pudo dejar de citar:

—«Hoy, nosotros dos sobramos aquí. Y ambos somos unos cabezotas».

—«Mañana morirás tú, corazón» —advirtió Roma.

—¿Morir? —Pepa puso los ojos en blanco—. Morir es un verbo intransitivo. ¡Charlie!

Alargó la mano a Zumbrunnen. Sin entender nada, aquél le dio la suya.

Pepa la estrechó fuertemente y de ésta manera ambos se quedaron inmóviles, estrechando las manos y con las miradas cruzadas.

—Corta —dijo Pepa a Volshébnyk.

—No es necesario —Roma detuvo su sombra peluda sobre la mesa y cortó ella.

—¡Gracias, golondrina! —Pepa le guiñó un ojo y se levantó—.

¡Charlie! ¡Y todos vosotros! ¡Ahora veréis!

Luego hizo aquello para lo que se había estado entrenando media vida, y que había practicado continuamente con pretexto o sin él. Cogió el vaso con los dientes, levantó el brazo y se colocó el vaso en el ángulo que formaba su propio brazo doblado, luego echó la cabeza (ahora vendada) bruscamente hacia atrás, de modo que el líquido marrón oscuro corrió lentamente hacia dentro. Sólo trabajaba la nuez de su cuello, ese masculino adorno de Adán. Pero esto no fue el final: después de vaciar el vaso, Pepa, no menos bruscamente (trabajaba la mandíbula inferior), lo echó hacia arriba, al aire, y lo cogió impecablemente con el mismo brazo doblado.

—¡Súper! —aplaudieron, sin poderse contener, Lilia y Marlena, a quienes ya había medio conquistado.

Roma volvió a llevarse las manos a la cabeza. Durante los momentos como éstos, se sentía orgullosa de su marido, pero no lo demostraba.

—Ahora se le subirá a la cabeza —dijo ella.

Pero Artur Pepa no pensaba lo mismo. Inspirando profundamente varias veces, y escuchando cómo se dispersaba en su interior aquel líquido de nueces caliente, quiso («¡contad en voz alta, chicasl»), después de hacer un salto con bastante profesionalidad, hacer el pino. Y sólo cuando ambas chicas se equivocaron en la cuenta, saltándose la séptima decena, Artur Pepa volvió a la postura debida y se puso de nuevo de pie. Fue su triunfo; Lilia y Marlena le aclamaban y chillaban, Yárchyk Volshébnyk tamboreaba con las palmas en la mesa, y la señora Roma, finalmente, dejó de llevarse las manos a la cabeza. Sólo lo estaba mirando, y nada más.

Y sólo entonces Karl-Josef se dio cuenta de que debía hacer lo mismo o, en caso contrario, perdería. Sólo entonces se dio cuenta de que aquello era un reto, al cual no podía dejar de responder. Preso en su apartada cámara de fieltro, empezó a agitarse, a revolcarse, y cogió con la mano el otro vaso lleno.

—Aber du sollst das nicht, Karl! —intentó detenerlo la mujer por la cual todo esto ocurría—. Sei klüger, du bist doch kein Idiot, Karl! [70]

Sin embargo, él no hizo ni caso y se quitó las gafas; y entonces, disminuido a las dimensiones de su sonrisa mediocre, al trigésimo tercer intento consiguió finalmente colocar el vaso sobre el brazo doblado.

«¿Acaso nunca en la vida he bebido de vasos como éste?», se dijo a sí

mismo, y aproximó sus dientes al borde deslizante. Ya en el segundo trago cuando la palabra Zumbrunnen no significaba más que «lengua, paladar y garganta» le asaltó la idea de que «sería de noche cuando moriría en Ucrania por culpa del vodka». Así que, sin querer morir antes de tiempo, su cuerpo se rebeló, bloqueó la inyección suicida, devolvió los restos de la mezcla cáustica, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas y sus mandíbulas se debilitaban y se abrían; el vaso medio lleno se le escurrió y cayó sobre el sordo vacío de fieltro, y en consecuencia (oh, misterio) se hizo añicos en el suelo. Se desprendió un olor de alcohol y nuez, y sólo una de las amigas soltó una carcajada estúpida; y luego, todo quedó en silencio. Y en mitad de este silencio, Karl-Josef pensó que no tenía ningún sentido hacer el pino.

Se sintió aún más solo. Allí, en algún sitio, detrás de los márgenes del saco en el que habían metido su cabeza, se arrastraban, tropezando la una con la otra, sus voces guturales («beber vodka no es amargo, beber vodka amargo de nueces»); [71] todas, menos una, porque faltaba su voz: Roma estaba callada. Pero Karl-Josef no tenía fuerzas para mirarla.

—¡Joder! —dijo Karl-Josef, y se levantó de la mesa—. Me voy.

—Yo compro. Noch eine Flasche. [72] ¡Vodka para ti!

Y señaló con el dedo delante de él. Donde tenía que estar sentado Artur Pepa sólo se movió una mancha del color nuez oscuro.

—¡Vaya movida! —respondió algo, con la voz de Artur, del lado de la mancha, aunque Karl-Josef no sabía cómo entenderlo. O sea, él entendía ambas palabras, pero no encontraba que fuera una combinación razonable.

No era la primera vez que le pasaba en este país.

Finalmente, Karl-Josef salió a la terraza, donde durante un tiempo insoportablemente largo estuvo buscando, sin encontrarlo, el interruptor y, en una oscuridad cada vez más densa (más insoportable, durante mucho más tiempo) su chaqueta y sus zapatos Salamander. Por alguna razón, todos le siguieron hasta la terraza; y Roma estaba entre ellos. Mientras un KarlJosef insoportablemente lento se ataba los cordones de los zapatos Salamander, los otros comentaban algo insoportablemente rápido-, era una discusión terrible, terrible porque en realidad él ya no podía entender nada («¿en este estado? ¿Solo? ¿Y quién ha perdido? ¡Entonces, iré con él!»),

nada, a excepción de las palabras «el kilómetro 13» repetidas mil veces, pero él ya sabía sin ayuda de nadie que en el mundo existía un lugar como aquél, el kilómetro 13; Zumbrunnen lo había señalado en todos sus mapas secretos, porque allí y sólo allí, en el kilómetro 13, siempre venden vodka de nueces normal y corriente.

Así que, como de milagro, dominó la cremallera de su chaqueta, y luego las tres cerraduras de las puertas, y se fue al encuentro de aquel camino que ya había pisado una vez. Para que llegara la oscuridad absoluta faltaba casi una hora, tiempo suficiente para bajar por el pastizal y cruzar el bosque.

¡Cómo queráis! —exclamó Roma Vorónych, descolgando de la percha la primera chaqueta que encontró y corriendo tras él. «Que así sea —

pensaba ella— que así sea». Empezó a correr pendiente abajo por donde se había ido Zumbrunnen, pero aquello seguía resonando en ella como si se tratara de un machacón préstamo del turco: «queseaasí, queseaasí, queseaasí»...

—¡No entiendo nada! —se ofendió Artur Pepa, quien finalmente había alcanzado su punto de embriaguez—. El vodka se ha acabado, mi mujer se ha ido, ¿qué voy a hacer?

Y decidió dormir un poco, hasta que aquellos dos le trajeran la botella que había ganado.

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