Doce anillos

Yuri Andrujovich · Capítulo 18 de 27

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Doce anillos

Capítulo 5

(descendiente lejano del primero), cae en (precisamente así, dentro) el entretenimiento del más allá, localizado en la Mansión de Chortopil, con los grifos, para (según le parece) sacar de allí a su Eurídice-Amaltea, pero, en realidad, para pasar por un rito iniciático contra la muerte y liberarse, por lo menos temporalmente, de su enfermedad incurable. Otto von F. en su Moskoviada moscovita no sólo considera la traducción de los «Sonetos de Orfeo» de Rilke la mejor de todas las que conocía, sino que él mismo, al fin y al cabo, se encuentra, sin excepción, en todos los infiernos estratégicos moscovitas del inconsciente colectivo, y su Eurídice esta vez se llama Galya.

Stas Perfetsky (Spas Orfeiski) es otro cantar. Su muerte, probablemente ficticia y fingida, me llevó a la convicción de que la siguiente, en esta novela, debía ser verdadera.

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Así pues, Orfeo. Así pues, la muerte.

La muerte mitológica de Orfeo es bastante horrorosa: las ménades, impetuosas y encolerizadas, lo despedazaron. Es curioso, ¿en qué parte de mundo podía ocurrir algo así? Se sabe, por ejemplo, que la cabeza de Orfeo, que reclamaba incesantemente a Eurídice incluso después de ser separada de su cuerpo, fue arrastrada hasta las orillas de Lesbos por una ola marina, y hasta el mar, por las aguas del río Hebro. Será en algún lugar de Tracia, o quizás en Escitia. En cualquier caso, ocurrió en algún lugar de la parte bárbaronororiental del mundo. Pero, como en cada descripción del Hebro (Hebrus) se menciona una corriente rápida, orillas rocosas, bancos de arena