Doce anillos
Capítulo 12
América resultó ser el país de las oportunidades. Incluso pude aprovechar unas cuantas. En enero de 2001 en Pensilvania nevó mucho e hizo mucho frío. Entonces se presentó la oportunidad de ir al océano, a Florida. El traslado desde el frío enero a los subtrópicos hizo temblar todas las membranas de mi cuerpo. La novela empezó a llenarse con datos concretos, a adquirir nombres, caracteres y combinaciones de la trama. La contemplación del océano concedía un sentido especial a todo. La temperatura del agua alcanzaba los veinticinco grados centígrados.
Entonces me prometí a mí mismo empezar a escribir en cuanto regresáramos. En el avión entre Fort Lauderdale y Pittsburg estuve dibujando el plano de la región: la carretera, el Río, el puente sobre el Río, el bosque virgen, el balneario en el pastizal, la frontera transilvana...
El 1 de febrero creé el fichero secreto doci.doc y tecleé el comienzo de la primera frase: «En sus cartas desde Ucrania, Karl-Josef Zumbrunnen escribía...».
Intenté continuarla en vano durante tres días enteros.
12
Desde el principio mismo aquello fue un combate. No he conocido una escritura tan difícil. En ello influyeron no sólo motivos personales, sino también sociales: el cuerpo descabezado de un compañero que causó una revolución. En lugar de escribir frases novelescas, retorcidas, intensas y multidimensionales, me pasaba horas en Internet, contestando a los correos, firmando cartas abiertas, copiando y enviando reportajes y proclamas.
(Venga, vanaglóriate, cariño, con tu aportación al gran asunto del derrocamiento de un régimen no derrocado. En realidad, sencillamente te