"E" de Evidencia

Sue Grafton · Capítulo 11 de 25

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"E" de Evidencia

Capítulo 10

A la una de la tarde del día siguiente había localizado a Lyda Case por teléfono en el salón–bar del aeropuerto de Dallas/Fort Worth, lugar desde donde, al tiempo que atendía a un cliente, me colgó con tal violencia que pensé seriamente en acudir a un otorrino. En mayo me había visto obligada a disparar sobre un individuo desde el interior de un cubo de basura y desde entonces me silban los oídos. Lyda no me los curó, en particular porque antes de colgar me soltó una palabrota realmente grosera. Tenía un cabreo fenomenal. Me había costado Dios y ayuda localizarla y encima me colgaba.

Había empezado llamando a las diez de la mañana a la Filial 498 del Sindicato de Cocineros y Camareros, donde se negaron a proporcionarme el menor dato. He advertido que últimamente las organizaciones se ponen maleducadas cuando se trata de estas cosas. Antes se llamaba directamente, se contaba un cuento convincente y se obtenía la información deseada en un par de minutos. Ahora no dan ni nombres ni direcciones ni teléfonos. Ya no hay manera de obtener antecedentes laborales, saldos bancarios o la corroboración de un empleo. La mitad de las veces ni siquiera conseguimos que se nos confirme lo que ya sabemos. Llamar a las escuelas nacionales, a la Seguridad Social o a la cárcel es perder el tiempo. No quieren decir palabra.

«Eso es confidencial», dicen. «Lo sentimos, pero eso es violar la intimidad de nuestro cliente.»

Me revienta el tono oficial que adoptan los funcionarios y las secretarias. Les encanta no dar la información que se les pide. Y han espabilado. Hace un par de años se les contaba la historia de siempre y colaba. Es demasiado cabreante para decirlo con palabras.

Volví al trabajo. Cuando todo falla, siempre queda el registro de la propiedad, la biblioteca municipal o la Dirección General de Tráfico. Aquí sí que hay voluntad de servicio. A veces hay que desprenderse de algún billete, pero ¿qué más da?

Me dirigí a la biblioteca y consulté las últimas guías telefónicas, retrocediendo año por año, hasta que di con Hugh y Lyda Case. Apunté la dirección, consulté el callejero y averigüé quiénes habían sido vecinos suyos hacía dos años. Los fui llamando uno por uno con el primer pretexto que me vino a la cabeza. Al final di con uno que incluso reconoció que sabía cómo había muerto Hugh y que creía que la viuda se había mudado a Dallas.

Durante un minuto me preocupó la posibilidad de que Lyda Case no figurara en la guía, pero resolví la incógnita llamando a Información de Dallas, donde me dieron su teléfono inmediatamente. Aquello funcionaba.

Llamé al número en cuestión y respondieron al tercer timbrazo.

—Diga.

—Por favor, ¿podría hablar con Lyda Case?

—Yo misma.

—¿De verdad? —pregunté, asombrada ante mi habilidad.

—¿Quién es? —Hablaba sin inflexiones.

Como en el fondo no esperaba dar con ella, no me había preparado una excusa verosímil y no tuve más remedio que decirle la verdad. Craso error.

—Soy Kinsey Millhone, detective privada de Santa Teresa, California…

Bang. Dejé de oír bien a diez metros. Volví a llamar, pero no quiso responder.

A estas alturas necesitaba saber dónde trabajaba, pero no me podía permitir el lujo de llamar a todos los bares de la zona de Dallas/Fort Worth, si es que seguía trabajando en lo mismo. Volví a llamar a Información y me dieron el número de la Filial 353, con sede en Dallas, del Sindicato de

Hostelería y Restauración. Tenía ya el índice en el disco del teléfono cuando me di cuenta de que debía inventarme algo.

Medité un momento. Me sería útil saber el número de la Seguridad Social de Lyda Case, ya que daría verosimilitud a la pesquisa. Pero que a nadie se le ocurra preguntar algo así en la Seguridad Social misma. A los funcionarios de esta entidad les encanta tanto frustrar a la gente que casi compiten con los bancos. Tendría que averiguarlo por algún registro público.

Cogí el bolso, la cazadora y las llaves del coche y me fui a los juzgados.

La Oficina del Censo Electoral se encuentra en el sótano, al que se llega por una escalera de peldaños anchos de baldosas rojas y con un pasamano confeccionado con una soga histórica, gruesa como una boa.

Seguí la indicación de los rótulos, que me condujeron por un pasillo corto que había a la derecha, y entré en las oficinas por una puerta de vidrio.

Detrás del mostrador había dos funcionarios trabajando, pero ninguno me prestó la menor atención. En el mostrador había una terminal de ordenador y tecleé el nombre de Lyda Case. Cerré los ojos y durante unos segundos recé a los dioses tutelares de la burocracia. Si Lyda se había inscrito en el censo electoral durante los últimos seis años, su número de cartilla de la Seguridad Social no figuraría, dado que ese requisito se había suprimido en 1976.

Apareció el nombre en una sucesión de líneas de caracteres verdosos.

Lyda Case se había inscrito en el censo el 14 de octubre de 1974. El número de la declaración jurada figuraba en la última línea. Lo apunté y se lo entregué a la funcionaria que se había acercado al ver que necesitaba ayuda.

Se perdió en un pasillo del fondo, donde estaban los archivos antiguos.

Volvió a los pocos minutos con la declaración jurada en la mano. El número de la cartilla de la Seguridad Social de Lyda Case figuraba allí con toda claridad. Copié también la fecha de nacimiento, como propina. Me eché a reír. La funcionaria sonrió y por la mirada que cambiamos supe que pensaba igual que yo a propósito de ciertos temas. Me encanta enterarme de todo. A veces me creo una arqueóloga que se pone a excavar con su ingenio y su

bolígrafo para desenterrar datos y hechos ocultos. Seguí tomando notas mientras canturreaba por lo bajo.

Por fin estaba en situación de trabajar en serio.

Regresé a casa, cogí el teléfono y volví a llamar al Sindicato de Camareros de Santa Teresa.

—Filial cuatro noventa y ocho —dijo la mujer.

—Ah, hola —dije—. ¿Con quién hablo, por favor?

—Soy la auxiliar administrativa —dijo con toda seriedad—. ¿Tendría usted la bondad de identificarse?

—Disculpe, claro que sí. Soy Vicky, de la Cámara de Comercio. Estoy mandando las invitaciones para la cena anual de la junta de Inspección y llamaba para que me diera usted su nombre, si es tan amable.

Hubo una pausa de buena educación.

—Rowena Feldstaff —dijo, y a continuación lo deletreó.

—Gracias.

Llamé otra vez a Texas. Sonó cuatro veces el timbre al otro extremo del hilo mientras escuchaba de fondo la conversación que sostenían dos jovencitas que comentaban entre risas cristalinas el ambiente del Inky Void.

Cogieron el teléfono.

—Filial tres cinco tres del Sindicato de Hostelería y Restauración. Soy Mary Jane. Dígame. —Tenía la voz dulce y un poco de acento tejano. Le eché unos veinte años.

—Hola, Mary Jane —dije—. Soy Rowena Feldstaff, de Santa Teresa, California. Auxiliar administrativa de la Filial cuatro noventa y ocho de Camareros y estoy actualizando los datos de Lyda Case. C–A–S–E…

Le canturreé la fecha de nacimiento y el número de cartilla de la Seguridad Social como si tuviera delante su expediente.

—Dame tu teléfono y te llamo dentro de un rato —dijo la superprudente Mary Jane.

—De acuerdo —dije y le di el teléfono de mi casa.

Me llamó al cabo de unos minutos. Descolgué diciendo que era la Filial 498 de Camareros y Mary Jane, con toda amabilidad, me dijo dónde

trabajaba actualmente Lyda Case, la dirección y el teléfono. Estaba en una de las cafeterías del aeropuerto de Dallas/Fort Worth.

Llamé a la cafetería y una camarera me dijo que Lyda llegaría a las tres, hora de Dallas, es decir, a la una, hora de Santa Teresa.

Volví a llamar a la una y fue entonces cuando perdí más decibelios de capacidad auditiva. ¡Jo, qué mujer! A este paso iba a tener que llevar una corneta pegada a la oreja.

Si trabajase en una empresa y ésta corriera con mis gastos, me habría contratado a mí misma en el aeropuerto de Santa Teresa y habría cogido el avión de Dallas. No tengo empacho en ser manirrota con el dinero ajeno, pero con el mío tengo que pensarlo dos veces porque soy una tacaña de cuidado.

Subí al coche y me dirigí a jefatura. Jonah Robb, mi fuente habitual de información extraoficial, estaba fuera. Le suplía el sargento Schiffman, pero era hombre lento y en el fondo le disgustaba ir contra las ordenanzas, por lo que opté por prescindir de él y llamé directamente a Emerald, la funcionaria negra de Archivos e Identificación. En teoría no me podía proporcionar la información que me hacía falta, pero suele mostrarse servicial cuando nadie la vigila.

Me acodé en el mostrador y esperé a que terminase de mecanografiar un memorando. Tardó un rato en atenderme, intuyendo sin duda que iba a proponerle algo turbio. Es cuarentona y tiene la piel más o menos del color de los cigarros puros. Lleva el pelo muy corto, que es de un negro brillante, tanto que parece húmedo, con rizos grises en las puntas. Le sobran veinticinco kilos, que se le han concentrado para toda la eternidad en la cintura, el estómago y las nalgas.

—Hola —dijo cuando me puse ante ella. Dado su volumen, tenía una voz insólitamente aguda y con un dejo nasal y un ligerísimo asomo de ceceo—. Qué quieres? Casi me da miedo preguntártelo.

Vestía el uniforme prescrito por las ordenanzas, falda azul marino y una blusa blanca de manga corta cuya sobriedad y pulcritud destacaban sobre el color tabaco de los brazos. La insignia de la manga decía jefatura de Policía de Santa Teresa, aunque en realidad es funcionaria civil.

—Hola, Emerald. Cómo te va la vida?

—Con mucho trabajo. Ahórrate saliva y dime qué quieres.

—Quisiera que consultaras unos datos.

—¿Otra vez? El día menos pensado me van a echar por tu culpa. ¿De qué se trata? —La suave sonrisa que le formaba sendos hoyuelos en las mejillas desmentía la seriedad de su tono.

—De un suicidio, hace dos años —dije—. Se llamaba Hugh Case.

Se quedó mirándome fijamente.

«Huyuyuy!», pensé.

—¿Conoces el caso? —añadí.

—Pues claro. Lo raro es que no lo conozcas tú.

—No entiendo. ¿Quieres decir que no fue un caso normal?

Se echó a reír.

—No, querida, noooo lo fue. El teniente Dolan aún da un respingo cada vez que oye el nombre.

¿Por qué?

¿Por qué? Porque desaparecieron las pruebas, por eso. Incluso expulsaron a dos empleados del St. Ferry por este asunto.

El St. Ferry es el hospital Clínico de Santa Teresa; allí está el depósito de cadáveres.

—¿Qué pruebas desaparecieron? —pregunté.

—Las muestras de orina, de sangre, de piel, todo. Y no sólo las de Case.

Las recogió el mensajero para llevárselas al juez de instrucción y nunca más se supo de ellas.

Jesús. ¿Y el cadáver? ¿Por qué no se volvieron a tomar las muestras?

Emerald sacudió la cabeza.

—Ya se había incinerado al señor Case cuando se descubrió que habían desaparecido. La señora Case hizo que tiraran las cenizas al mar.

—Oh, mierda, ¿bromeas?

—No, señora. El doctor Yee, que se encargó de la autopsia, ya había enviado el cadáver a la funeraria. La señora Case no quiso que hubiera entierro y mandó incinerarlo.

Desapareció del mapa. Empezaron los cabreos, las broncas y los ataques de nervios. El doctor Yee puso el St. Ferry patas arriba. No reapareció ni una sola muestra. El teniente Dolan estaba que mordía a todo el mundo. Por eso dicen que cambiaron las normas sobre seguridad. Ahora está todo supercontrolado.

—Pero ¿qué se cree que pasó? ¿Que se las llevaron deliberadamente?

¿Que fue un robo?

—A mí no me preguntes. Ya te he dicho que desaparecieron más cosas al mismo tiempo y en el hospital no supieron aclararse. A lo mejor fue una equivocación. A lo mejor las tiró un empleado sin darse cuenta y no se atrevió a decirlo.

—¿Por qué se había encargado Dolan del caso? Fue un suicidio, ¿no?

—Sabes muy bien que la causa y el modo de un fallecimiento no se determinan hasta que se tienen los informes.

—Sí, ya —dije—. Lo pregunto por si el teniente tenía dudas de entrada.

—El teniente siempre tiene dudas. Y tendrá muchas más si te pilla metiendo las narices en el asunto. Ahora discúlpame pero tengo trabajo. Y

no cuentes lo que te he dicho…

Me dirigí al Departamento de Patología del St. Terry, donde estuve unos minutos hablando con una técnica del laboratorio con la que había tratado en otra ocasión. Me confirmó lo que me había contado Emerald y me proporcionó algunos detalles sobre la mecánica del incidente. Según dijo, el mensajero había salido del juzgado con un vehículo de seguridad para hacer un recorrido rutinario por los laboratorios y dependencias de Interior y justicia. Las muestras que tenía que recoger se precintaban, se etiquetaban y se metían en cajas frigoríficas esterilizadas, como las provisiones cuando la gente se va a merendar al campo. Estas «fiambreras» se guardaban en la cámara frigorífica del laboratorio hasta que se presentaba el mensajero. La encargada del laboratorio cogía entonces tal o cual fiambrera. El mensajero firmaba la hoja de entrega y se iba. El «material» de Hugh Case, que así se le llamaba con no poca cursilería, no volvió a verse una vez salido del laboratorio. Se ignoraba si había desaparecido por el camino o después de entregarse en el juzgado. La empleada del St. Terry juró que se lo había

entregado al mensajero, y para demostrarlo enseñó la hoja de entrega firmada por éste. Según ella, la fiambrera había llegado a su punto de destino, tal como venía ocurriendo diariamente desde hacía años. El mensajero recordaba haberla metido en el vehículo y supuso que estaría entre el material entregado al final del recorrido. Se descubrió que había desaparecido al cabo de unos días, cuando el doctor Yee se quejó de que se retrasaban los resultados de los análisis toxicológicos. Por entonces, irremediablemente, tal como había señalado Emerald, los restos de Hugh Case se habían reducido a cenizas y el viento los habría llevado muy lejos.

Fui a uno de los teléfonos públicos que había en el vestíbulo del hospital y llamé a mi agencia de viajes para preguntar por el primer avión que salía para Dallas. Quedaba una plaza libre en el vuelo de las tres, de Santa Teresa a Los Angeles, que llegaría al Aeropuerto Internacional de Los Angeles a las 3,35. Dos horas después podía coger un avión de United Airlines que me dejaría en Dallas a las 10,35 de la noche, hora local. Si Lyda fichaba a las tres y hacía jornada de ocho horas, saldría a eso de las once. Un retraso en cualquier punto del camino me impediría llegar con tiempo suficiente para abordarla. De todos modos no podría volver a Santa Teresa hasta la mañana siguiente porque el aeropuerto de aquí se cierra a las once de la noche. Iba a terminar pasando una noche en Dallas. El pasaje de avión costaba casi doscientos dólares y sólo de pensar que encima tendría que pagar el hotel casi me hacía temblar de inquietud. Como es lógico, siempre podía dormir hecha un ocho en las sillas de plástico del aeropuerto, pero la perspectiva me ponía aún peor. Por otra parte, no sabía muy bien cómo me las apañaría para comer con los 10 dólares en metálico que me sobrarían. Seguramente no tendría ni para sacar el Cucaracha del garaje cuando volviera.

Lupe, la encargada de la agencia de viajes, resoplaba en mi oído con paciencia mientras yo hacía los cálculos que acabo de mencionar.

—Millhone, no quiero meterle prisa, pero hace ya seis minutos que no dice usted ni que sí ni que no.

Consulté la hora. Eran las dos y diecisiete.

—Maldita sea —dije—, de acuerdo, adelante.

—Perfecto —dijo.

Me hizo las reservas. Aboné el importe con la tarjeta United, cuya cuenta había saldado hacía muy poco. «Hay que joderse», pensé, «pero no me queda más remedio». Lupe me dijo que al llegar al aeropuerto recogiera los billetes en el mostrador de la compañía. Colgué, abandoné el hospital y me dirigí al aeropuerto.

Para viajar aquel día me había puesto un atuendo precioso, a saber, unos tejanos raídos, las botas de siempre y un suéter azul marino de algodón con las mangas demasiado grandes. En el asiento trasero del coche llevaba un anorak viejo. Por suerte hacía tiempo que no lo utilizaba para limpiar el parabrisas. En dicho asiento trasero llevo también una bolsa de viaje con un cepillo de dientes y unas bragas limpias.

Subí al avión cuando faltaban doce minutos para despegar y metí la bolsa de viaje debajo del asiento que tenía delante. El avión era pequeño y estaban ocupadas las 15 plazas de que disponía. Una cortina separaba a los pasajeros del piloto. Como me encontraba a dos asientos de la cortina, veía todo el tablero de instrumentos, que no me pareció más complicado que el cuadro de mandos de los nuevos Peugeot. La azafata me pilló fisgando y corrió del todo la cortina, como si el piloto y el copiloto estuvieran haciendo algo de lo que más valía no enterarse.

Los motores zumbaron igual que cortadoras de césped y me acordé de los sábados de mi adolescencia, cuando me levantaba tarde y oía a mi tía cortar la hierba. Los altavoces resultaron inútiles a causa del ruido. No entendí ni palabra de lo que dijo el comandante, aunque sospecho que nos recitó la alarmante letanía de instrucciones a seguir en el caso «improbable»

de que cayéramos al agua. Casi todos los aviones se dan el castañazo en tierra firme. Ya tenía otra cosa de que preocuparme. Además, aquello de que el cojín del asiento se hinchaba y se convertía en chaleco salvavidas era puro cuento. Yo lo tenía debajo de las posaderas y ni siquiera me protegía del refuerzo metálico del asiento. Mientras el comandante seguía con su cantinela eché una ojeada al vistoso plano del avión que había en una tarjeta de plástico. Un gracioso había trazado dos equis en el diagrama. Una decía:

«Usted está aquí». La otra, en la punta del ala, decía: «El lavabo está aquí».

Como el vuelo duró sólo 35 minutos, la azafata, que vestía algo que parecía un uniforme de Girl Scout, no tuvo tiempo de servirnos las bebidas gratis de rigor. Pese a todo tuvo el detalle de recorrer el pasillo a toda velocidad ofreciendo chicles a los pasajeros. Me pasé todo el viaje tratando de destaparme los oídos; cualquiera que me viese pensaría sin duda que tenía un tic en la mandíbula.

El avión de United despegó a su hora. Ocupé mi plaza en la sección de no fumadores acariciada por los trinos de un berreante dúo infantil. La cena consistió en un trozo de pechuga de pollo y una cucharada de arroz, todo ello cubierto por una capa de una sustancia parecida al engrudo. De postre nos dieron una porción de tarta bañada en un azúcar quemado que olía a amianto. Me lo comí todo y me guardé la bolsa de galletas en el bolso. Dios sabe cuándo lograría comer otra vez.

Cuando aterrizamos en Dallas, cogí mis bultos, me puse en la cola, y me apresuré hacia la parte delantera del avión en espera de que la escalerilla se pegase a la puerta. La azafata nos dejó ir como si fuéramos colegiales alborotadores y desfilé hacia la salida. Cuando llegué a la terminal eran ya las once menos cinco. La cafetería que me interesaba se encontraba en otro vestíbulo, todo lo lejos que alguien se pueda imaginar. Eché a correr mientras bendecía la constancia cotidiana que me mantenía en forma.

Llegué a la cafetería a las once y dos minutos. Lyda Case se había marchado. La había perdido por cinco minutos y no tenía que volver hasta el fin de semana. No quiero repetir lo que dije.

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