"E" de Evidencia
Capítulo 14
Me tomé un par de Tylenoles y me quedé como un tronco, sumida en un sueño profundo y sin imágenes que me calmó los agotados nervios y me devolvió el optimismo. Me levanté a las seis, preparada para correr como todos los días. No vi el coche de Daniel en mi acera. Hice unas flexiones de calentamiento sujetándome a la valla del jardín y me dirigí hacia el bulevar Cabana.
La carrera me sentó de maravilla. El cielo era de color gris perla con franjas rosadas. A mi derecha, las olas gris marengo se lanzaban sobre la arena compacta, dejando a su paso un encaje de rizos blancos como la nieve. El muelle se reflejaba en los charcos resplandecientes que quedaban al retroceder las olas. Se habría dicho que las aguas mandaban callar a los pájaros que chillaban en lo alto. Era el último día del año y corrí con el entusiasmo que infunde siempre el advenimiento de otro. Ya encontraría la manera de solucionarlo todo: Lance, las sospechas de Mac sobre mí, incluso la súbita aparición de Daniel ante mi puerta. Estaba viva, sana y físicamente en forma. El local de Rosie volvería a abrirse el lunes. Seis días después regresaría Henry. Tenía el atrevido vestido verde que me había regalado Olive y, si ésta cumplía lo prometido, podía contar con una invitación para la Nochevieja. Hice los cinco kilómetros de costumbre y, para refrescarme, durante el último trecho de vuelta reduje la marcha y seguí a paso normal.
Me duché, me enfundé unos tejanos, como siempre, y me puse a disfrutar de la mañana. Para entonces ya eran las siete, pero aún era
demasiado temprano para telefonear. Me tomé un tazón de copos de cereal y leí el L.A. Times mientras tomaba un par de tazas de café. En el rincón estaba la guitarra de Daniel, dando mudo testimonio de la reaparición de su propietario en mi vida, aunque apenas le presté atención.
A las siete y treinta y cinco llamó Darcy desde La Fidelidad de California. Había registrado a conciencia el despacho de Andy y no había encontrado nada.
—Mierda —dije—. ¿Ni siquiera una máquina de escribir? En última instancia esperaba que apareciese algo que cotejar con el informe falsificado del cuerpo de bomberos, pero no vi ninguna máquina en su piso.
—A lo mejor la tiene en el maletero del coche.
—Muy bien pensado, oye. Ya encontraré la manera de averiguarlo.
Mientras tanto, mantente ojo avizor. Puede que aparezca algo. Andy tiene que estar relacionado de algún modo con esta historia. Interesaría saber a quién conoce en Wood/Warren. ¿Miraste en su Rolodex?
—Será inútil. Conoce a esa gente porque la asignación era suya. Está obligado a tener su teléfono a mano. Echaré un vistazo de todos modos.
Puede que me entere de alguna otra cosa. —Y colgó.
A las ocho puse una conferencia a Texas para hablar con Lyda Case. Su compañera de piso me dijo que estaba fuera de la ciudad, tal vez en California, aunque no estaba segura. Le di mi teléfono y le dije que si Lyda la llamaba, que por favor le transmitiera el recado.
Llamé a mi colega de la oficina de crédito bancario, pero no tenía previsto volver hasta el lunes. Me dio la impresión de que el resto del día iba a ser igual. Estábamos en Nochevieja. Al igual que en el día de Nochebuena, las oficinas y comercios hacían sólo media jornada y el personal se perdía de vista a mediodía. Olive me llamó a las diez para decirme que trataba de organizar a toda prisa una pequeña fiesta.
—Para la familia y los amigos más íntimos. La mitad de los que he llamado ya tenían plan. ¿Tú estás libre? Nos encantaría que vinieras, si no tienes otro compromiso.
—No, no tengo compromiso —dije—. Estoy deseando ir. —Me fastidió que se me notara la ansiedad, pero es que estaba realmente deseosa de
acudir. No quería estar sola aquella Nochevieja. Nunca se sabe, me podía empezar a picar el gusanillo de Daniel—. ¿Quieres que lleve algo?
—La verdad es que no nos vendría mal que nos echaras una mano —
dijo—. El ama de llaves tiene libre el fin de semana y tengo que encargarme de todo. Con mucho gusto aceptaría cualquier ayuda.
—Bueno, no sé cocinar, pero sí picar carne y remover la sopa. ¿A qué hora?
—¿A las cuatro y media te viene bien? Volveré del supermercado a esa hora. Ash dijo que vendría a eso de las cinco, también para echar una mano.
Los demás empezarán a llegar hacia las siete. La fiesta durará hasta que se acaben el alcohol y la comida.
—Genial —dije—. ¿Me pongo el vestido verde?
—Más te vale. La fiesta la doy yo, o sea que no quiero verte sin él.
Llamé a Lance. No me apetecía reanudar el contacto con aquel hombre, pero quería oír su versión sobre lo que le había sucedido a Hugh Case. En cuanto se puso al habla le hice un resumen de lo que me habían contado. Se produjo un largo silencio.
—¿Lance?
—Estoy aquí —dijo. Dio un suspiro sonoro—. Maldita sea, no sé cómo resolver esto. ¿Qué diablos pasa? Ya me dijeron en aquella época que esa mujer iba diciendo que yo había tenido algo que ver con la muerte de su marido. No es verdad. Es totalmente falso, pero no lo puedo demostrar.
Además, ¿por qué tendría que hacerlo? ¿Y qué podía ganar yo matando a aquel hombre?
—¿No iba a marcharse de la empresa?
—De ningún modo. Habló de marcharse. Dijo que quería fundar una empresa propia. Incluso lo comunicó oficialmente, pero mi padre lo llamó entonces y hablaron largo y tendido. Le ofreció el cargo de vicepresidente y un aumento sustancioso, y el otro se puso más contento que unas pascuas.
—¿Cuándo fue eso?
—No sé. Un par de días antes de su muerte.
—¿Y no le pareció raro?
—Desde luego que sí. La viuda juró que el marido no se había suicidado y yo la creí. No era de los que se deprimen y tenía un montón de proyectos. Pero no sé por qué, a ella se le metió en la cabeza que lo había matado yo. Yo no haría daño a nadie. Tiene usted que creerme. Esto es obra de alguien que se ha propuesto quitarme de en medio.
—Por cierto, ¿ha tenido noticias de La Fidelidad de California?
Le cambió el tono.
—Sí, ayer. Han presentado una denuncia.
Noté que se me encogía el estómago.
—¿En serio? ¿Acaso tienen pruebas suficientes?
—No lo sé. Espero que no. Oiga, tengo que hablar con usted en privado, pero no aquí. Es importante. ¿Se le ocurre dónde nos podemos encontrar?
Le dije que a partir de media tarde estaría en casa de Olive y quedamos en vernos allí, aprovechando la circunstancia. No me apetecía que me vieran con él, pero me había parecido preocupado y, tal como se hallaban las cosas, no creí que pudieran empeorar. Yo no estaba confabulada con nadie y me sentía cansada de comportarme como si participase en una conspiración. La inquietud me oprimía el pecho con fuerza y tenía que moverme para despejarme.
Salí a comprar unos zapatos de tacón alto y a medida que avanzaba el día el nerviosismo se me trocaba en ansiedad. El aislamiento de aquella semana me había hecho tomar conciencia de mis instintos gregarios: son pocos, mal alimentados y están enterrados bajo una montaña de cautela, pero forman parte de mí.
Era como vestirme de largo para estar con los chicos más crecidos y pensaba en la ocasión con entusiasmo. Había empezado a sentir mucha simpatía por Olive, cuyo estilo de vida se me había antojado superficial y caprichoso hacía apenas veinticuatro horas. ¿Quién era yo para juzgar? Su manera de conciliarse con el mundo no era asunto mío. Su vida consistía en jugar al tenis e ir de compras, pero de tarde en tarde se acordaba de hacer obras de caridad, y eso era más de lo que yo podía decir de mí. Olive tenía razón en una cosa: los que hacen el mal en este mundo son los que se sienten maltratados y privados de sus derechos. Las personas satisfechas (en
general) no falsifican cheques, ni atracan bancos, ni matan a sus conciudadanos.
Pensé en ir al gimnasio, pero deseché la idea. No había hecho ejercicio desde el martes, pero me daba igual. A mediodía hice un par de recados y dormí la siesta.
A las tres me di un largo baño de sales…, bueno, utilicé jabón del lavavajillas, pero produjo suficiente espuma. Me lavé la cabeza y me peiné, para variar. Me puse una crema en la cara que a mi juicio podía pasar por maquillaje. El vestido era soberbio y me quedaba genial, incluso producía un frufrú como el que se había puesto Olive la noche anterior. La verdad es que en aquel capítulo de la vida femenina jamás había tenido a quién imitar.
Mis padres murieron cuando tenía cinco años y me había educado una tía soltera que no tenía experiencia en cosas femeninas. Había pasado la infancia entre libros y pistolas de traca, aprendiendo a valerme por mí misma, cosa que para ella era de capital importancia. Al empezar el bachillerato elemental era una inadaptada total, y cuando comencé el instituto ya estaba en una banda de chicos con mala pinta que soltaban tacos y fumaban hierba, dos impulsos que aprendí a dominar desde muy joven. A pesar de que en lo tocante a la vida social soy un cardo borriquero, mi tía me inculcó la sólida serie de valores que aún rige mi vida.
Me enmendé cuando me gradué, y ahora soy una ciudadana modelo que respeta el Código Civil, artículo más, artículo menos. En el fondo siempre he sido una moralista cursilona. La investigación privada no es más que mi manera de ponerlo en práctica.
A las cuatro y media estaba ante la casa de los Kohler, escuchando el eco del carillón de la puerta. Daba la sensación de que no había nadie. El buzón estaba lleno y en el felpudo, junto al periódico, había un paquete envuelto en papel marrón. Escruté por uno de los alargados paños de vidrio que había a ambos lados de la puerta. El vestíbulo estaba a oscuras y no vi ninguna luz al fondo. Lo más seguro era que Olive no hubiese vuelto aún del supermercado. La gata, con su cara aplastada y su abrigo de pelo blanco, apareció por la esquina. Le adjudicaba sexo femenino, pero en el
fondo no sabía si era gato o gata. Le dije un par de cosas en el lenguaje de los mininos, pero ni se inmutó.
Oí un claxon. La puerta electrónica osciló hacia atrás y por el sendero de entrada avanzó un Mercedes 380 SL blanco. Olive me saludó con la mano y me dirigí al garaje. Bajó del coche y lo rodeó por detrás con una elegancia realzada por el abrigo blanco de piel.
—Siento llegar tarde. ¿Hace mucho que esperas?
—Cinco minutos.
Abrió el maletero, cogió una bolsa de comestibles y trató de levantar otra.
—Espera, deja que te ayude.
—Gracias. Terry no tardará en llegar con las bebidas.
Cogí la bolsa y, ya que estaba en ello, me apoderé de otra. Quedaban dos más en el maletero y veía otras dos en el asiento delantero.
—Pero ¿a cuánta gente has invitado?
—A unos cuarenta. Lo pasaremos bien. Vamos a entrar esto y que Terry se encargue de lo demás. Tenemos mucho trabajo.
Se dirigió a la puerta principal y fui tras ella.
Oí el típico crujido que producen los neumáticos al pisar la grava y vi que entraba Terry con un Mercedes de color gris plateado. «Tiene que ser fabuloso», pensé. Se cerró la puerta del jardín. Esperé mientras Olive vaciaba el buzón y metía el correo en la bolsa. Recogió el periódico, lo metió asimismo en la bolsa y fue a coger el paquete.
—¿Te ayudo? Puedo llevar más cosas.
—No, ya está. —Puso el paquete en lo alto de la bolsa y lo sujetó con la barbilla mientras buscaba la llave.
La gata avanzaba a paso cansino hacia el camino del garaje con la cola peluda en alto. Oí el tintineo de las botellas cuando Terry dejó las bolsas en el suelo de cemento. Se puso a recoger una manguera que el jardinero había dejado tirada en mitad del camino.
—Tropiezas con esto y te rompes el cuello —dijo. Olive giró la llave y empujó la puerta. El teléfono empezó a sonar. Me giré y vi que Olive dejaba caer el paquete en la consola del vestíbulo.
Lo que sucedió a continuación fue demasiado rápido para apercibirme de los detalles. Hubo un relámpago, se produjo una explosión ensordecedora que inundó mi radio visual como si hubiera reventado el sol y a continuación una nube tremenda de humo blanco. Del centro de la explosión brotó un chorro de metralla que partió en todas direcciones a la velocidad del rayo. Una bola de fuego recorrió la entrada entre sacudidas, como el agua de una presa cuando revienta un dique, escupiendo lenguas de fuego hacia el césped. Todo lo verde que encontró a su paso se volvió negro. Al mismo tiempo, un trueno demoledor de baja frecuencia me elevó por los aires y me arrojó al jardín de cualquier manera. Me vi sentada, con la espalda apoyada en un árbol, igual que una muñeca de trapo, sin zapatos y con los dedos de los pies apuntando al cielo. Vi que Olive pasaba volando junto a mí como si la hubiera atropellado un tren, trazando una curva grotesca hasta un seto, donde cayó hecha un guiñapo. La vista se me nublaba y aclaraba como en un espectáculo pirotécnico de la retina, contrapunteado por los trepidantes martillazos que me daba el corazón. El cerebro, insensible a causa del asombro, sólo fue capaz de percibir el olor fuerte y picante de la pólvora negra.
La explosión me había dejado sorda, pero no sentía miedo ni sorpresa.
Las emociones dependen del entendimiento, y yo había registrado los hechos empíricos, pero sin analizarlos ni interpretarlos. Si hubiera muerto entonces, no habría tenido ni tiempo de lamentarlo. Comprendí lo liberadora que puede llegar a ser la muerte repentina. Sólo había experimentado sensaciones, sin el menor juicio implícito.
La fachada de la casa había desaparecido y se había abierto un cráter donde estuviera la consola. El techo del vestíbulo había saltado y no quedaban más que coronas periféricas de yeso y madera quemada que ardían alegremente. Escamas gigantes de color azul claro y beige estaban flotando como si fueran copos de nieve. Los comestibles se habían esparcido por todo el jardín, que olía ya a cebollitas en vinagre, encurtidos y whisky. Me había percatado de las imágenes y los sonidos, pero la maquinaria de la valoración no se me había puesto en marcha todavía. No tenía ni la menor idea de lo que había pasado. No recordaba lo que había
sucedido segundos antes ni qué relación guardaba lo ocurrido con los acontecimientos precedentes. Personas y cosas habían cambiado de lugar, pero ¿cómo?
Puesto que veía la luz de manera distinta, supuse que me había quedado sin cejas ni pestañas y alcanzaba a percibir que me había chamuscado el pelo y que tenía quemaduras superficiales. Levanté una mano y me asombró comprobar que los miembros me respondían. Sangraba por la nariz, sangraba por los oídos, donde sentía ya un dolor agudo y penetrante.
Vi a mi izquierda que Terry movía la boca, pero sin llegar a pronunciar palabra. Había tenido que golpearle de refilón algún objeto porque la sangre le corría por la cara. Parecía retorcerse de dolor, pero la película era muda, como si se hubiera estropeado el descodificador de la banda sonora. Me volví para ver dónde estaba Olive.
Durante un momento de confusión me pareció ver un montón de zorros cuyo pellejo ensangrentado viniera a confirmar lo que Olive había dicho el día anterior. «Es verdad», pensé, «esos animales se destrozan entre sí todos los días». Las chillonas salpicaduras rojas destacaban en la blanca suavidad de la piel de un modo que se me antojó obsceno y fuera de lugar. De pronto comprendí lo que veía. La explosión la había despanzurrado, y le había dejado al descubierto jirones de carne ensangrentada, cuajarones de grasa amarillenta y astillas de hueso en toda la espalda. Cerré los ojos. El olor de la pólvora había quedado eclipsado ya por la hedentina del humo y la fetidez de la carne socarrada. Me puse a hacer un balance cuidadoso de la situación.
Olive tenía que estar muerta, pero Terry parecía indemne, incluso pensé que al cabo de unos instantes se me acercaría para ayudarme a ponerme de pie. «Sin prisas», pensé. «Por el momento estoy cómoda.» El árbol me servía de apoyo, lo que no me venía mal porque estaba molida. Me pregunté, aunque sin venir a cuento, dónde habrían ido a parar los zapatos.
Oí ruido y cuando volví a abrir los ojos vi caras perplejas que me observaban. No se me ocurrió qué decir. Había olvidado ya lo que había pasado, salvo que tenía frío.
Tuvo que transcurrir algún tiempo. Hombres con impermeable amarillo apuntaban a la casa con sendas mangueras y vi chorros de agua que surcaban el aire y penetraban entre las llamas. Delante de mí había personas agachadas que movían la boca con cara de preocupación. Qué curioso. Al parecer no se daban cuenta de que no decían palabra. Tan serios, tan agitados, tan preocupados. Labios y dientes se movían con esa intención, pero sin el menor resultado perceptible. De pronto me vi echada de espaldas, mirando hacia las ramas de los árboles que iban de un lado a otro de mi campo visual mientras me transportaban. Cerré los ojos otra vez, deseando que el balanceo del mundo se detuviera antes de que me marease.
Temblaba a pesar del fuego.
OceanofPDF.com