"E" de Evidencia

Sue Grafton · Capítulo 22 de 25

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"E" de Evidencia

Capítulo 21

Tardé casi dos horas en encontrar la grabadora de activación oral.

Resultó que la habían escondido en el porche que antiguamente unía la casa principal con el garaje reconvertido que era entonces mi vivienda. Ignoraba cómo se las había apañado Daniel para entrar. Puede que forzara la cerradura; es lo que yo habría hecho. La cinta estaba al principio, lo que significaba que Daniel había estado allí hacía muy poco para quitar la cinta gastada y colocar la nueva. No conseguía recordar lo sucedido al aparecer Daniel. Al pensar en las charlas telefónicas que habrían quedado registradas en los últimos días se me pusieron los pelos de punta. Porque habían tenido que grabarse hasta los mensajes del contestador automático, y no digamos la larga conversación que a propósito del caso había sostenido con él. Había manifestado mucha curiosidad y con qué astucia me había hecho preguntas.

Me había prestado tanta atención que incluso me había sentido halagada. En ese momento me daba cuenta de que, a su manera, había intentado advertirme. No había parado de hablar acerca de lo embustero que era. ¿Y

si me había estado contando una mentira tras otra? Me senté en el escalón de la puerta y me puse a dar vueltas al asunto. ¿Quién habría apretado las clavijas a Daniel? Podía haber sido Lyda Case, incluso Ebony. Cualquiera de las dos había podido encontrarse casualmente con Daniel, con Daniel el amoral, Daniel el promiscuo, el aburrido, el inestable, el inquieto, el asqueado de la vida. ¿Acaso le importaba traicionar a quien fuese? Ya me había traicionado antes.

Una vez más importaba poco en el esquema supremo de las cosas. Me desesperaba al pensar en toda la información que había podido reunir con sólo atar cabos mientras me oía hablar por teléfono. Puede que Andy Motycka hubiera deducido de este modo que Darcy y yo andábamos tras él.

Porque estaba claro que algo le había obligado a huir. Los periódicos nada habían dicho sobre la muerte de Olive hasta el día siguiente de su desaparición. ¿Sabía acaso lo que iba a ocurrir? Tenía que encontrar a Daniel.

Cogí la guitarra, el transmisor y la grabadora, lo puse todo en el asiento trasero del coche y me puse a recorrer el barrio por si veía su Rent–A–Ruin.

Vivo a una manzana de la playa en un barrio de moteles y bungalows californianos con solera. Comencé la búsqueda en el bulevar Cabana y fui rodeando una manzana tras otra, mirando los coches de cada motel e inspeccionando el parking de todos los restaurantes que flanquean la playa.

No había el menor rastro de Daniel. Seguramente me había mentido en todo, incluso en lo relativo al motel donde pensaba hospedarse.

A las cinco me di por vencida y volví a casa. Como de costumbre, no tuve más remedio que aparcar a unas cuantas casas de distancia. El intenso calor reinante durante las horas diurnas cedía el paso a una temperatura más benigna y todo indicaba que íbamos a tener una noche cálida. El sol se ponía ya y entre el ocaso de enero y el clima estival me sentía confusa y con los nervios a flor de piel. Iba a entrar en el jardín cuando percibí el olor.

«Perro muerto», pensé. Era un olor fétido, a podrido. Me volví para mirar la calzada, pensando que vería algún animalejo aplastado en el asfalto. Pero lo que me llamó la atención fue el vehículo cubierto por la funda de algodón azul que estaba estacionado delante de mi casa. Titubeé durante unos segundos y me acerqué. El olor se hizo más intenso. La boca empezó a llenárseme de saliva de manera involuntaria. Me la tragué y me despuntaron las lágrimas; es una de mis maneras de reaccionar ante el miedo. Levanté la funda con cautela para dejar al descubierto la parte delantera y escrutar a través del parabrisas.

Aparté la mano con violencia y emití uno de esos sonidos que no se pueden traducir al lenguaje humano.

La cara abotargada de Lyda Case se apoyaba en la ventanilla del acompañante; tenía los ojos dilatados, y la lengua, que le sobresalía por entre los labios hinchados y amoratados, tan gorda, tan negra y tan cilíndrica como la de un periquito. Tenía medio clavada en la carne fofa del cuello un pañuelo decorado alegremente con un motivo de surf. Volví a cubrir el parabrisas, fui directamente al teléfono, llamé al 911 y notifiqué el hallazgo del cadáver. La voz me salió ronca y exenta de emociones, pero las manos me temblaban con violencia. La cara de Lyda seguía bailoteando ante mis ojos, fantasía de muerte indisolublemente vinculada al olor de la putrefacción. El funcionario de servicio me informó que ya estaban en camino.

Volví a la calle. Me senté en el bordillo de la acera para esperar a los polis y para velar el cadáver de Lyda igual que un perro fiel. Apenas habían transcurrido cuatro minutos cuando el coche patrulla dobló la esquina a toda velocidad. Me incorporé y avancé hacia el centro de la calzada con el brazo extendido igual que un agente de tráfico.

Los dos policías de uniforme que salieron del coche me resultaron conocidos, Pettigrew y Gutiérrez, macho y hembra. Sabía que habían visto espectáculos peores que el que ofrecía Lyda Case —¿qué patrullero no los ha visto?—, pero en aquél había algo particularmente repugnante. Era como si la hubieran colocado en esa postura para aumentar el horror al máximo.

Era un mensaje dirigido a mí…, una burla altanera y macabra, una manera de intensificar las relaciones entre el asesino y yo. No me había tomado la muerte de Olive en un sentido personal. La había lamentado, pero en ningún momento había pensado que el blanco pudiera ser yo. Mi presencia en el lugar de la explosión había sido puramente circunstancial.

Aquello era distinto. Aquello iba dirigido a mí. El asesino conocía mi domicilio. Y se había tomado la molestia de dejar el cadáver delante de mi puerta.

Durante dos horas no hice otra cosa que presenciar trámites policíacos, rutinarios y tranquilizadores y tan organizados como un baile. Todo lo que entrañaba responsabilidades se remitía a otras personas. Llegó el teniente Dolan. Respondí a sus preguntas. Resultó que aquel coche también era de

alquiler, no de Rent–A–Ruin esta vez, sino de Hertz. Si la memoria no me fallaba, había reparado en el vehículo aquella misma mañana. No, no lo había visto antes. No, no había visto personas desconocidas por los alrededores. Sí, sabía quién era la difunta, pero no se había puesto en contacto conmigo. No, no sabía ni cuándo ni por qué se había presentado en Santa Teresa, sólo que había dicho a Terry Kohler que tenía algo que contarle. Como el propio Dolan había estado con nosotros de plantón en el Refugio de los Pájaros, sabía que la mujer no había acudido a la cita. Era probable que ya estuviera muerta por entonces, porque la carne empezaba a cocérsele en el microondas del coche cerrado.

Vi por el rabillo del ojo que el forense hacía un examen preliminar del cadáver. Las portezuelas del vehículo estaban abiertas de par en par y el barrio entero olía al perfume putrefacto que exhalaba el cuerpo. Ya era noche cerrada y los vecinos de toda la calle se mantenían a una distancia prudencial del escenario del crimen, que contemplaban desde el porche respectivo. Algunos llevaban aún la ropa del trabajo. Muchos se cubrían la cara con un pañuelo para neutralizar el hedor. Los agentes de Policía que trabajaban en contacto directo con el cadáver llevaban mascarillas de protección. Se habían instalado focos y los expertos en huellas cubrían de polvillo blanco hasta el último centímetro del vehículo. La manija de las portezuelas, las ventanillas, el cuadro de mandos, el volante, el eje del volante, la funda de plástico de los asientos. Dado que era un coche alquilado y lo normal era que se limpiara entre un servicio y otro, había bastantes probabilidades de que las huellas que se encontraran, en el caso de que se encontrara alguna, fueran decisivas. De fácil cotejo en última instancia.

Pettigrew había entrado en mi casa para llamar por teléfono al director de Hertz.

Metieron a Lyda en una bolsa del depósito de cadáveres. Los gases que se le habían acumulado bajo la epidermis parecían haberla engordado veinticinco kilos de manera inesperada, y durante una fracción de segundo me pasó por la cabeza la grotesca idea de que podía reventar. De repente,

me puse de pie y entré en casa. Me serví un vaso de vino y lo engullí como si fuese agua. El agente Pettigrew terminó de hablar y colgó el teléfono.

—Quisiera darme una ducha —dije—, si no hay inconveniente. —No esperé a oír su contestación. Cogí una bolsa de basura de la cocina, me encerré en el cuarto de baño, me desnudé y metí en la bolsa todo lo que había llevado puesto, zapatos incluidos. Cerré la bolsa y la dejé junto a la puerta del cuarto de baño, en la parte de fuera. Me duché. Me lavé la cabeza. Al terminar, me envolví en una toalla y para tranquilizarme me busqué la cara en el espejo. No podía exorcizar las imágenes. Los rasgos de Lyda parecían haberse superpuesto a los míos y su hedor trataba de imponerse al aroma del jabón y el champú. Nunca había experimentado un contacto tan directo con la muerte. Mi yo, incapaz de contemplar su propia nada, sufrió una contracción. Nada impresiona y ofende tanto al alma como la constatación de que llegará el día en que dejará de «ser». Es esto lo que dota a las religiones de medidas consoladoras que yo no podía aceptar.

A eso de las nueve, el barrio volvió a estar despejado. En el coche, que se había remolcado hasta el depósito de la Policía, se habían obtenido algunas huellas, incluso una de un fragmento de una mano.

El director de Hertz había acabado por personarse y el experto en dactiloscopia le tomó las huellas, lo mismo que a mí, con objeto de compararlas. Los técnicos limpiarían el coche como una cuadrilla de mujeres de la limpieza, a continuación darían comienzo al laborioso proceso de analizar todas las partículas obtenidas.

Me sentía demasiado inquieta para quedarme en casa. La inclinación de la cara de Lyda, que parecía observar mi puerta, había destruido de un plumazo el sentido de la seguridad que hasta entonces había atribuido a mi apartamento. Me enfundé en una cazadora de naylon, cogí el bolso y al salir dejé la ropa contaminada en el cubo de la basura de Henry. Volví a inspeccionar el barrio, en busca del coche de Daniel, recorriendo los mismos parkings y moteles que la vez anterior. Aún tenía su guitarra en el asiento trasero y estaba convencida de que era incapaz de irse de la ciudad sin recogerla.

La suerte me sonrió en el motel Beach View, aunque la verdad es que desde allí sólo se veía la parte posterior del motel contiguo. El coche alquilado de Daniel se encontraba delante de la habitación 16, planta baja, parte trasera. Al lado mismo había un pequeño Alfa Romeo, rojo y descapotable. Vencida por el desasosiego, no le pude quitar la vista de encima mientras aparcaba. Cerré el coche con llave y me entretuve buscando en la guantera del Alfa la documentación del vehículo. No me sorprendió comprobar que el coche era de Ashley Wood. ¡Caramba, caramba, caramba!

Llamé a la puerta de la habitación 16. Las luces estaban encendidas, pero tuve que esperar un rato. Empezaba a pensar que a lo mejor se habían ido a dar una vuelta a pie cuando se abrió la puerta y Daniel asomó la cabeza. Iba descalzo y sin camisa, pero se había puesto unos tejanos descoloridos. Era liso de caderas y tenía el cutis bronceado, y llevaba el pelo revuelto, como si hubiera estado durmiendo. Tenía las mejillas encendidas y le habían desaparecido las ojeras. Mi presencia, por lo visto, no le sorprendió en absoluto.

—¿Puedo pasar? —dije.

Titubeó durante una décima de segundo y se hizo a un lado. Entré en la habitación y, al hacerlo, advertí, con una mezcla de diversión y malhumor, que la puerta del cuarto de baño estaba cerrada. El aroma almizcleño de la sexualidad flotaba todavía en el aire, igual que el ozono después de la lluvia.

—Tengo la guitarra en el coche.

—No hacía falta que te molestaras. Ya te dije que pasaría a recogerla.

—No ha sido molestia. Además, quería hablar contigo otra vez. —Paseé por la habitación y vi las pinzas de fumar canutos, la negra colilla del porro en el cenicero.

—Te ha faltado tiempo, ¿eh? —dije.

Me miraba con actitud vigilante. Me conocía lo suficiente para comprender que estaba de un humor de perros.

—¿Qué te preocupa? No puedo hacer nada, estoy atado de pies y manos..

Esbocé una sonrisa mientras me preguntaba si lo habría dicho en sentido literal. El sadomasoquismo nunca había figurado en su menú erótico, pero no estaba al tanto de los gustos sexuales de Ash.

—He encontrado el transmisor. La grabadora está en el coche, con la guitarra. Al principio pensé tirarlo todo al mar, pero soy demasiado buena.

Eres de lo que no hay, Daniel. Hace falta tener los huevos de plomo para volver a llamar a mi puerta con una sonrisa en los labios y traicionarme otra vez.

Le cambió la expresión de la cara, pero por lo menos tuvo la honradez de no negarlo.

Me dirigí al cuarto de baño y abrí la puerta.

Nada más ver a Bass experimenté algo semejante al dolor, seguido de una especie de liberación de todo sentimiento. Ni siquiera sentí rabia en aquel instante de comprensión. Recordé la última vez que los había visto juntos… Bass cumplía veintiún años y había organizado una fiesta en el club deportivo.

La banda de jazz en que estaba Daniel había tocado para celebrarlo. A mí también me habían invitado porque conocía a Ash. Dos semanas más tarde, Daniel desaparecía de mi vida prácticamente sin despedirse. Por fin comprendía el motivo. Me pregunté quién había seducido a quién. Daniel era trece años mayor que Bass, aunque el detalle carecía de importancia. La pasión había ionizado el aire de la habitación. Me sentía medio mareada.

Bass se había liado una toalla a la cintura. Sin darme cuenta, me puse a observar aquel cuerpo que Daniel prefería al mío. Era pálido, de pecho hundido, pero se movió con dignidad cuando me rozó al cruzar la puerta.

—Hola, Kinsey. —Se detuvo ante el cenicero y recogió la colilla del canuto. Ladeó la cabeza y la encendió con un Bic no recargable. Aspiró una bocanada de humo y le pasó la colilla a Daniel, que declinó la invitación con un leve movimiento capital. Se miraron con tal ternura que tuve que bajar los ojos.

Bass se volvió a mí.

—¿Por qué has venido?

—Lyda Case ha muerto.

—¿Quién?

—Vamos, Bass, no me jodas. Estaba casada con Hugh Case, un antiguo empleado de Wood/Warren. Seguramente no lo habrás olvidado tan pronto.

Bass se deshizo del porro y se acercó a la cama. Se tumbó en ella con los brazos cruzados detrás de la cabeza. Tenía negro y sedoso el vello de las axilas y le vi marcas de mordeduras en el cuello. Cuando habló, lo hizo en tono suave y relajado.

—No hace falta que te pongas desagradable. Hace años que no voy por allí. Este asunto nada tiene que ver conmigo —dijo—. Pero contigo sí.

—¿Conmigo? ¡Eso es mentira! Fue La Fidelidad de California quien me metió en el caso.

—Eso dicen. La fiscalía del distrito se puso en contacto con mi madre.

Te acusan de estafar a una compañía de seguros.

—Y tú te lo has creído —dije con desánimo.

—Pero si lo entiendo… Lance se metió en un problemilla económico y necesitaba dinero. Incendiar el almacén era mejor que pedir un préstamo a un banco. Lo único que necesitaba era que le echases una mano.

—¿En serio? Estás muy bien informado para no tener que ver con la empresa. ¿Quién te lo ha contado?

—¿A ti qué te importa?

—No se puede dar crédito a todo lo que se dice, Bass.

A veces ni siquiera se puede creer lo que se ve. Aquí se cuece algo y ninguno de nosotros ha sido lo bastante inteligente para descifrar el misterio.

—Seguro que se te ocurre algo. Tengo entendido que eres muy competente en tu profesión.

Miré a Daniel.

—¿Y tú? Cómo te has dejado tentar? ¿O he elegido mal la palabra?

Como Daniel no supo qué decir, Bass respondió por él.

—Teníamos que saber qué estaba pasando. Tú no ibas a decírnoslo, como es lógico. Por lo tanto teníamos que movernos por nuestra cuenta. El objetivo es entregar las cintas a la fiscalía del distrito, por supuesto.

—Oh, sí. Desde luego. ¿A quiénes te refieres cuando hablas en plural?

—Será mejor no tocar ese tema por si te picara el gusanillo de la revancha —dijo Bass—. La cuestión es que yo conocía a Daniel, Daniel te conocía a ti y me pareció el modo más lógico de informarme.

—¿Y Andy Motycka? Cómo entra en esto?

—No conozco todos los detalles. Por qué no me lo dices tú?

—Bueno, yo tampoco conozco todos los detalles. Yo creo que le han obligado a meterse en esta historia.

Puede que se pusiera nervioso al darse cuenta de que Darcy y yo andábamos tras él. O tal vez se enterase de lo de la muerte de Olive y pensara que se trataba de un lío más gordo de lo que le habían dicho. En fin, parece que se ha ido de la ciudad; a no ser que también esté muerto. ¿No te afecta la muerte de Lyda Case?

—¿Y por qué? No la conocía personalmente. Bueno, sí, lamento que haya muerto, pero yo nada he tenido que ver.

—Bass, ¿cómo sabes que no vas a ser el próximo? ¿O Daniel? Ya que Olive te trae sin cuidado, medita por lo menos acerca de tu vulnerabilidad.

Te enfrentas con alguien que cada vez tiene menos que perder.

—¿Por qué crees que Bass sabe de quién se trata? —preguntó Daniel.

—¿Y por qué crees tú que no lo sabe? —le solté.

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