"E" de Evidencia

Sue Grafton · Capítulo 13 de 25

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"E" de Evidencia

Capítulo 12

Nada notable me ocurrió durante el viaje de vuelta. Estuve hora y media con Lyda y el resto de la noche lo pasé en la terminal del aeropuerto, con sus alfombras rojas, su elevado techo de vidrio, sus árboles de verdad y un pájaro de carne y hueso que iba y venía sin dejar de piar. Fue como estar en el campo, pero sentada y sin salchichas que poner al fuego. Tomé notas de la conversación que había sostenido con Lyda, que engrosarían mis archivos cuando llegara a casa. Hasta cierto punto yo aceptaba la posibilidad de que Hugh Case hubiera sido asesinado, pero ignoraba cómo, por qué y por quién. También me inclinaba a creer que su muerte estaba relacionada con lo sucedido últimamente en Wood/Warren, pero era incapaz de adivinar cuáles eran los puntos de conexión. Lyda había prometido llamarme si se acordaba de algo digno de interés. En términos generales, no había sido un viaje inútil. Me había suscitado más preguntas que respuestas, pero me bastaba con eso. Mientras haya pistas que seguir, me siento activa. Pero empiezo a sentirme frustrada cuando los hilos se interrumpen de pronto y cuando descubro que los caminos que sigo son callejones sin salida. En lo tocante a Hugh Case, intuía que había dado con una de las piezas angulares del rompecabezas. Ignoraba cómo sería la imagen final de conjunto, pero por lo menos tenía ya un lugar por el que empezar.

Subí al avión a las cuatro y media de la madrugada y llegué al Aeropuerto Internacional de Los Ángeles a las seis menos cuarto.

Tuve que esperar hasta las siete para utilizar el puente aéreo a Santa Teresa y, cuando metí mi pobre culito en casa, estaba más muerta que viva.

Llegué, como digo, una hora después, miré si había mensajes en el contestador (ninguno), me quité las botas y, sin desnudarme siquiera, me envolví en los pliegues del edredón.

A eso de las nueve llamaron a la puerta. Me levanté tambaleándome y fui a abrir como una sonámbula, arrastrando conmigo el edredón igual que un vestido de novia. Tenía mal sabor de boca y un pelo tan de punta como el de un punki, sólo que más sucio. Escruté por la mirilla, no fuera a ser un ratero matutino que quisiera pillarme desprevenida. Pero quien estaba ante la puerta era mi segundo ex marido, Daniel Wade.

—Mierda —murmuré.

Para convencerme volví a pegar el ojo a la mirilla. Sólo podía verle la cara truncada y de perfil, con el pelo rubio y rizado coronándole la testa como una aureola. Daniel Wade es, con toda probabilidad, el hombre más guapo que haya visto en mi vida, lo que de por sí es mala señal. Los hombres guapos suelen ser homosexuales o insoportablemente narcisistas.

(Lamento generalizar, amigos, pero es la verdad.) Me gustan las caras bonitas, las caras interesantes o las caras con carácter, pero la perfección escultórica de Daniel resultaba empalagosa: nariz recta y proporcionada, pómulos altos, mandíbula fuerte, barbilla orgullosa. Tenía el pelo del color de la paja, los ojos de un azul llamativo y pestañas negras. Tenía la dentadura blanquísima y perfecta y sonreía con cierta picardía. ¿Cogéis el cuadro?

Abrí la puerta.

—¿Sí?

—Hola.

—Hola. —Lo fulminé con la mirada, esperando que desapareciera. Es alto y delgado y, coma lo que coma, no engorda ni a tiros. Llevaba unos tejanos descoloridos y un niqui rojo oscuro con las mangas subidas. Tenía la piel bronceada y curtida, de un tono dorado, y las mejillas algo brillantes.

Simplemente otro latoso niño bonito californiano. El vello de los brazos lo tenía blanco de tanto tomar el sol.

Llevaba las manos en los bolsillos, cosa bastante normal. Es pianista de jazz y tiene los dedos largos huesudos. De lo primero que me enamoré fue de sus manos; luego me fijé en otras cosas.

—He estado en Florida. —Y una voz agradable, además, por si sus restantes virtudes no bastaran. Aflautada y suave. Canta como los ángeles y toca seis instrumentos.

—¿Y por qué has vuelto?

—No sé. Nostalgia, quizás. Un amigo venía para aquí y me apunté a la excursión. ¿Te he despertado?

—No, suelo ir por ahí con esta pinta.

Entonces una ligera sonrisa, perfectamente cronometrada. Parecía indeciso y nervioso, cosa infrecuente en él. Me miraba a los ojos, en busca (tal vez) de algún indicio de mi antigua personalidad.

—Me gusta el peinado que llevas —dijo.

—Muy gracioso. A mí también me gusta el tuyo.

—Sospecho que te he cogido en mal momento. Perdona.

—Uf, Daniel, ahorrémonos los chistes. Me he acostado hace una hora y me encuentro fatal.

Saltaba a la vista que había ensayado lo que iba a decir, pero mi reacción, lejos de parecerle grosera, se le antojaba cariñosa.

—Quería que supieras que ya estoy limpio —dijo—. Desde hace un año. Ya no bebo ni tomo drogas. No ha sido fácil, pero me he reformado de verdad.

—Genial. Estoy emocionada. ¿Ahora es la época de la sangre?

—Te importaría no ser sarcástica?

—Desde que te fuiste es mi manera normal de expresarme. A los hombres les encanta.

Se balanceó sobre los talones y desvió la mirada hacia el patio.

—Supongo que la gente no logra una segunda oportunidad contigo.

No me molesté en contestarle. Volvió a la carga.

—Me estoy analizando con una psiquiatra que se llama Elise. Es ella quien me ha sugerido que ate los cabos sueltos que he ido dejando a lo largo de mi vida. Cree que también tú podrías salir ganando.

—Oh, eso es estupendo. Dame su dirección y le escribiré una carta de agradecimiento.

—¿Puedo pasar?

—¡Pues claro que no, maldita sea! ¿Es que aún no te has dado cuenta?

Hace ocho años que no nos vemos y resulta que no es suficiente.

—¿Por qué te muestras tan hostil después de todo este tiempo? Yo no te guardo rencor.

—¿Por qué tendrías que guardármelo? Yo no te hice nada.

Me di cuenta de que le hacía daño. Su confusión me parecía sincera.

Hay personas que primero le toman el pelo a una y luego se quedan sin saber qué hacer, aturdidas por el dolor que han causado. Se apoyó en la otra pierna. Al parecer las cosas no salían como se había figurado. Alzó la mano para arrancar una astilla del dintel.

—No sabía que estuvieras resentida. Has cambiado mucho, Kinsey. Lo pasamos fenomenal, fueron unos años estupendos.

—Año. En singular. Once meses y seis días, para ser exactos. Voy a cerrar la puerta, o sea que será mejor que apartes la mano o te la aplastaré.

Apartó la mano.

Cerré de un portazo y volví a la cama.

Al cabo de unos minutos oí chirriar la puerta del jardín.

Estuve un rato dando vueltas en la cama, pero era evidente que no volvería a dormirme. Me levanté, me cepillé los dientes, me duché, me lavé la cabeza y me afeité las piernas.

En otra época solía fantasear con su regreso. Me inventaba largos monólogos para desahogar mi rabia y mi tristeza. Pero en los últimos tiempos deseaba que volviese para cantarle las cuarenta. Cuando a una la rechazan se siente jodida. Se le queda dentro una amargura que tiende a desahogar con el primero que encuentra. No sólo se siente traicionada, sino que además se vuelve antipática y desagradable. Jonah había sabido comprender mi mal genio. Se había dado cuenta de que nada tenía que ver con él. Era tan obtuso que no le ofendían las pequeñas brusquedades. Yo creía seriamente que estaba en paz con el pasado hasta que lo había visto en persona.

Llamé a Olive Kohler y quedamos en vernos aquella misma tarde. Me senté a la mesa y escribí a máquina las notas que había tomado. A mediodía salí para hacer unos recados. Vi a Daniel en el coche aparcado detrás del mío. Estaba recostado en el asiento del copiloto, con las botas encima del tablero de mandos y con un sombrero de cowboy echado sobre la cara. El coche era un Pinto de hacía diez años, azul oscuro, abollado y oxidado; se le habían caído los cuatro tapacubos. La funda de piel de los asientos parecía de bayeta. Según la pegatina que llevaba en el parachoques lo había alquilado en Rent–A–Ruin.

Daniel tenía que haberme oído salir porque giró la cabeza y se echó atrás el sombrero con indolencia. A veces adopta una actitud de adolescente arrepentido. «Va, venga, tú, ya está bien.»

Abrí el coche, subí, puse en marcha el motor y arranqué. No volví a casa en todo el día. Ya no recuerdo ni la mitad de lo que hice. Sobre todo me dediqué a perder el tiempo y a repetir con los dientes apretados que no sólo me habían expulsado de un despacho sino que además me prohibían volver a mi propio domicilio.

A las cinco, con la ayuda de un plano, encontré la casa de los Kohler, que estaba en Montebello, en un callejón perdido y lleno de árboles. La propiedad se escondía tras un seto de tres metros de altura, y para entrar había que cruzar una verja de hierro forjado y de apertura controlada electrónicamente. Aparqué en la calle y entré por una puerta de madera, rodeada de arbustos. La casa era de dos plantas, de estilo Tudor, con tejado a dos aguas, muy empinado, buhardillas de madera y ladrillo, y una bonita sucesión de vigas verticales a lo largo de la fachada. La finca la cabeza era grande y la sombreaban sicómoros y eucaliptos tan lisos y grises como columnas de cemento. Por todas partes crecían enredaderas de color verde oscuro. Un jardinero, licenciado por la Facultad de Arquitectura Paisajística Walt Disney, se dedicaba a podar los arbustos, dándoles forma de animales.

El periódico estaba en el felpudo de la puerta. Lo cogí y llamé al timbre.

Esperaba que me abriese una doncella, pero lo hizo Olive en persona, enfundada en una bata de raso gris y calzada con unas chinelas, igualmente de raso. Las había visto sobre todo en las películas de Joan Crawford y

estaba convencida de que para llevarlas había que cogerles el truco. Me imaginé chancleteando por mi casa con unas iguales… Fumando con boquilla larga. Con una cascada de bucles en el pelo. ¿Y por qué no me perfilaba las cejas como una ojiva?

—Hola, Kinsey. Pasa. Terry está al llegar. Me olvidé de decirte que habíamos quedado a las seis con unos amigos. —Se alejó de la puerta y entré en la casa tras ella.

—Si te viene mal podemos hablar en otro momento —dije. Le di el periódico.

—Gracias. No, es igual. Aún falta una hora y de todos modos no hemos de ir muy lejos. Tengo que terminar de vestirme, pero podemos charlar mientras tanto. —Miró el periódico por encima y lo dejó junto al correo que había en la consola del vestíbulo.

Echó a andar por el pasillo de baldosas oscuras en dirección al dormitorio principal, que estaba en el fondo de la casa.

Olive era delgada y tenía una espesa mata de pelo rubio que le llegaba hasta los hombros. A veces me preguntaba si Ash sería la única hermana que no se teñía el pelo. Los ojos de Olive eran de color azul brillante, las pestañas negras y la piel de un tono dorado. Tenía alrededor de treinta y tres años, no era tan intransigente como Ebony, pero carecía de la simpatía de Ash. Mientras andaba giraba la cabeza para hablarme.

—Hace diez años que no nos vemos. ¿Qué es de tu vida?

—Estoy montando una agencia particular— dije.

—¿Estas casada? ¿Tienes hijos?

—No a ambas cosas. ¿Tienes hijos tú?

Se echó a reír.

—Dios no lo permita.

El dormitorio en que entramos era muy grande. Techo de vigas, chimenea de piedra, puertaventanas que daban a un patio interior con terraza, donde había una bañera Yakuzi rodeada de helechos. Una gata de angora blanda yacía enroscada en una tumbona con la cara hundida en el penacho de la cola.

El suelo del dormitorio era de teca pulimentada y había varias alfombras de lana de pelo largo, seguramente de yak. La pared que había tras el respaldo de la cama estaba totalmente cubierta de espejos y me pasó por la cabeza una escena sexual con Terry Kohler como protagonista. ¿Qué miraría Olive mientras Terry se contemplaba en los espejos? Miré al techo por si había algún rótulo como el que tiene mi ginecólogo en el consultorio:

«Sonríe y tendrás la cara ocupada en algo». A mí no me hace la menor gracia.

Me dejé caer en un sillón y observé a Olive, que entró en un vestidor del tamaño de un garaje de dos plazas. Se puso a mirar loa vestidos de gala que había en un perchero y vi que descartaba trajes de lentejuelas, vestidos largos de organdí, chaquetillas de abalorios conjuntados con faldas largas.

En un anaquel de la pared había una serie de cajas de plástico transparente, todas ellas con zapatos y, al final del perchero, un surtido de abrigos de piel de distintos tamaños y modelos.

Eligió un vestido informal de tirantes y hasta la rodilla y volvió al dormitorio para verse en el espejo. El vestido era de color Verde aguacate y le despertaba reflejos cetrinos en la piel.

—¿Qué te parece? — dijo, con los ojos aun en la imagen que le devolvía el espejo.

—Demasiado verde.

Entornó los ojos para observarse con actitud crítica.

—Tienes razón. Toma. Te lo regalo. La verdad es que nunca me gustó.

— Echó el vestido encima de la cama.

—Yo no llevo vestidos así — dije yo con un poco de inquietud.

—Quédatelo. Vamos a dar una fiesta en Nochevieja y podrás ponértelo entonces. —Cogió un vestido negro de tafetán, de escote recto. Se lo puso por los pies y se subió la cremallera de la espalda con un movimiento de ajuste que lo puso todo en su sitio. Era tan delgada que no alcanzaba a comprender cómo podían ser suyos aquellos pechos tan voluminosos. Igual se había sometido a una intervención quirúrgica y le habían injertado un par de pelotas de béisbol. Abrazar a una mujer así tenía que dejar marcas.

Se sentó en la banqueta del tocador, se puso unos pantis negros y acto seguido unos zapatos de igual color y con un tacón de diez centímetros por lo menos. Estaba fabulosa con sus múltiples curvas, su piel inmaculada y aquel pelo pajizo que le acariciaba los hombros desnudos. Rebuscó en el joyero y cogió unos pendientes de clip en forma de ramitas de plata con fruta de diamantes.

Volvió al armario y reapareció con un abrigo blanco de piel, de la misma longitud que el vestido. Se lo puso sobre los hombros. Parecía una exhibicionista engalanada con un zorro blanco.

Esbozó una semisonrisa al ver cómo la miraba.

—Sé lo que piensas, querida, pero ya estaban muertos cuando fui a la peletería.

Su suerte no habría cambiado en absoluto aunque no me lo hubiera quedado.

—No se matarían zorros si no hubiera mujeres deseosas de lucir abrigos como el tuyo —dije.

—No digas bobadas. En el bosque, los animales se matan entre sí todos los días. Hay que conservar la belleza, igual que las obras de arte. El mundo es cruel, no tengo por qué fingir que lo ignoro. Y no me lleves la contraria

—dijo con resolución—. Has venido para hablar. Habla, pues. —Se quitó el abrigo, lo dejó encima de la cama, se sentó en la banqueta y cruzó las piernas. Se descalzó a medias un zapato y con ayuda de los dedos se dio unos golpecitos en la planta con el talón de aquél.

—¿Hasta qué punto conoces la situación en que se encuentra Wood/Warren?

Hizo un ademán de impaciencia.

—Me aburre la economía. Suelo forrar la cama del gato con la página de finanzas del periódico.

—¿No te preocupa el cisma que hay en tu familia?

—¿Qué cisma? ¿Lo dices por Lance? A mí tanto me da un bando como el otro. Ebony y él no acaban de ponerse de acuerdo y ella quiere que la apoye. Desde su punto de vista voy a salir ganando. A Lance le dará un ataque, pero qué le vamos a hacer? Ya ha tenido su oportunidad.

—¿Vas a apoyar a Ebony?

—No lo sé. Es probable. Ebony es más inteligente que Lance y ya es hora de renovar la dirección. Lance se pasa la mitad del tiempo con la cabeza bajo el grifo.

—No te entiendo.

—Permíteme que te cuente la verdad sobre mi hermano, niña inocente.

Es un vendedor nato. Cuando le conviene es capaz de conseguir que te bajes las bragas sin darte cuenta. Es un fanático de todo aquello que le interesa, pero le interesan muy pocas cosas. Las cifras le marean. No quiere saber nada al respecto. No le gustan los despachos y es incapaz de ajustarse a un programa. Tiene ideas e iniciativas, sabe emprender cosas, pero es un desastre para gestionarlas. Fin del mensaje.

—¿Sabes todo esto por experiencia propia o es que Ebony te lo ha dicho?

—Todos los días me entero de lo que sucede en la fábrica. Terry es un obseso del trabajo y casi siempre habla de lo mismo.

—¿Cómo se llevan Terry y Lance?

—Están siempre discutiendo. Terry es de ideas fijas. Le saca de quicio que los demás la caguen, y perdón por el término filosófico. Lance carece de criterio. Lo sabe todo el mundo. Si no me crees, échale un vistazo a la mujer con la que se casó.

—¿Y el resto de la familia? ¿No podéis controlarle entre todos?

—No. Entre todos poseemos sólo el cuarenta y nueve por ciento de las acciones. Ebony quiere ponerle entre la espada y la pared, pero no puede obligarle a dimitir. Yo creo que lo que Ebony quiere en el fondo es que salga corriendo.

—Como Bass vive en Nueva York, supongo que estará al margen de esto.

—A veces participa en las reuniones del consejo de administración. Le gusta hacerse el potentado, pero es bastante inofensivo. Se lleva muy bien con Lance.

—¿Y Ash? ¿Por quién tomará partido?

—Por cualquiera de los dos, no está claro aún. Ebony, como es lógico, cree que podrá convencernos a todos.

—¿Qué dice vuestra madre? Es imposible que le guste esta situación.

—Más bien le disgusta. Ella prefiere que Lance siga en su puesto. No porque sea competente, sino porque es menos conflictivo.

—¿Crees que es un hombre honrado?

—¿Lance? ¿Bromeas? En absoluto.

—¿Cómo te llevas con él?

—No le aguanto. Siempre está en tensión y es muuuuuy paranoico.

Prefiero estar lejos de él. Me pone nerviosa. Es mi hermano y le quiero, no me malinterpretes. Lo que pasa es que no simpatizo con él. —Frunció la nariz—. Siempre huele a ajo y a sudor, y a esa colonia apestosa que se pone, Brut. Yo no sé por qué se la ponen los hombres. Dan ganas de salir corriendo.

—¿Has oído algún comentario sobre el incendio del almacén?

—Sólo lo que me ha contado Terry. ¿Sabes que Lance pidió un préstamo hace dos años con la empresa como garantía? Ahora no tiene ni un céntimo. Le vendría muy bien medio millón de dólares.

—Sí, es lo primero que me contaron.

Se encogió de hombros con indiferencia.

—Quiso invertir en el ramo editorial, pero por ahí no se va a ninguna parte. Dicen que la manera más rápida de arruinarse es invertir en artes gráficas y en restaurantes. Es una suerte que se le haya incendiado el almacén. ¿O es ése el punto conflictivo?

—¿Por qué no me lo dices tú?

Apoyó el codo en la rodilla y dejó descansar la barbilla en el puño.

—Si buscas respuestas, acaban de agotárseme. Lance me tiene sin cuidado. Para serte sincera, también Wood/ Warren me tiene sin cuidado.

Las rivalidades familiares me entretienen a veces en las series de la tele, en Dallas, en Dinastía, pero en la vida real son muy aburridas.

—¿Qué es lo que te interesa entonces?

—El tenis. Los viajes. La ropa. El golf. ¿Hay algo más en la vida?

—Por lo visto, te lo pasas en grande.

—Pues sí. Procuro divertirme. Hago obras de caridad cuando tengo tiempo. Algunos piensan que soy una lagarta consentida y perezosa, pero tengo lo que quiero. No todo el mundo puede decir lo mismo. Son los frustrados e insatisfechos los que se quejan y piden venganza. Yo soy una auténtica reina.

—Mejor para ti.

—Pero como suele decirse, todo tiene un precio, y a mí también se me exige, no te creas.

Comprendí lo agotador que debía de ser.

Oímos la puerta y un rumor de pasos en el pasillo. Cuando Terry Kohler entró en el dormitorio se quitaba ya la chaqueta y la corbata.

—Hola, Kinsey. Olive me dijo que vendrías. Voy a darme una ducha y enseguida estoy contigo. —Miró a Olive—. Prepáranos una copa, ¿quieres?

—añadió en tono apremiante.

Olive no cumplió la orden con diligencia militar precisamente, pero ésa es la impresión que me dio. Puede que su papel no fuera tan sencillo como me figuraba. Yo no habría hecho aquello por nadie.

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