"E" de Evidencia
Capítulo 16
Parecía cansado. «Un síntoma de mejoría», pensé. Se sentó a los pies de la cama y vi reflejados en todos sus poros los cuarenta y dos años que tenía.
—Lo que voy a decirte no te va a hacer la menor gracia —dijo—, pero la doctora no te dará el alta mientras no cuentes con alguien que te cuide.
Algo muy parecido al pánico me formó una pelota en el pecho.
—Mañana estaré como nueva. No hace falta que me cuiden. No lo soportaría.
—Eso pensé yo, pero es lo que ella me ha dicho.
—Pues a mí no me lo ha mencionado.
—No ha tenido ocasión. Estabas medio grogui. Me ha dicho que hablaría contigo cuando te tocara la siguiente visita.
—No pueden retenerme aquí. Es indignante. Me volvería loca.
—Ya se lo dije. Sólo quería que supieras que puedes contar conmigo. Si firmo, podría sacarte de aquí y llevarte a casa. No haría falta que me quedase. Además, tu casa parece más bien pequeña y no creo que haya sitio para más de uno. Pero podría visitarte un par de veces al día para hacer los recados que necesites.
—Déjame pensarlo —dije a regañadientes. Menudo lío. Henry en otro estado, Rosie de vacaciones, Jonah fuera de la ciudad y yo más sola que la una. La verdad es que estaba para el arrastre. El cuerpo no me obedecía ni a tiros.
Los ancianos, los paralíticos y los minusválidos tienen que sentir la misma exasperación, la misma perplejidad. Por una vez, mi determinación funcionaba al margen de mi capacidad. El solo hecho de incorporarme me agotaba y sabía muy bien que no llegaría a tanto en casa. Quedarme en el hospital me resultaba inconcebible. Los hospitales son peligrosos. Hay equivocaciones. Sangre de otro grupo, medicamentos que no corresponden, operaciones por error, análisis defectuosos. Tenía que largarme de allí «por piernas».
Daniel me pasó la mano por la cabeza.
—Haz lo que quieras. Volveré más tarde.
Se fue antes de que pudiera protestar.
Llamé a la sección de enfermeras por el interfono.
Respondió una voz sepulcral.
—¿Sí?
—¿Puede recibir visitas el señor Kohler, habitación tres–cero–seis?
—Que yo sepa, sí. —Me dio la sensación de que me hablaba con una lata vieja en la boca, y había toses y rumores de fondo.
—¿Me pueden traer una silla de ruedas? Me gustaría ir a verle.
Tardaron veinte minutos en encontrarme una. Mientras esperaba me di cuenta de que la muerte de Olive me había producido una depresión que se iba apoderando de mí. No nos habíamos tratado mucho ni en profundidad, pero era una persona que durante muchos años había estado en la periferia de mi vida. La había conocido en el instituto, al mismo tiempo que a Ash, pero se había marchado poco antes de que comenzara uno de los últimos cursos. A partir de entonces, más que una persona de carne y hueso, había sido una entidad envuelta en rumores…, la hermana que siempre estaba en otra parte: en un pensionado, en Suiza, esquiando en Utah con amigos. Creo que hasta la víspera de su muerte sólo habíamos hablado de cosas sin importancia, pero había bastado aquel breve encuentro para que la opinión que tenía de ella empezara a modificarse.
La muerte la había aplastado como a un insecto, de un manotazo tan brusco como el que acaba con una mosca en el alféizar de la ventana. Me había producido un efecto desolador y aún no me había recuperado del
golpe emocional. Sin darme cuenta me puse a barajar imágenes en la cabeza para comprender el sentido de tanta desgracia. No me habían consultado al respecto y estaba en contra de lo sucedido. La muerte es agresiva y desdeñosa y me resentía de su aparición inesperada igual que cuando nos visita sin avisar un familiar pesado y latoso. Sospechaba que el nudo que tenía en el pecho seguiría allí durante mucho tiempo; no el dolor en cuanto tal, sino la garra inflexible de las lamentaciones.
Recorrí el pasillo con la silla de ruedas hasta llegar a la habitación 306.
La puerta estaba cerrada y Bass se encontraba en el pasillo. Se volvió con indiferencia al oír que me acercaba. Tenía tan buen aspecto y un porte tan sereno como un retrato del siglo XVIII. De rostro ovalado e infantil, no tenía arrugas en la frente y sus ojos eran de un castaño apagado. La boca era sensual, el porte aristocrático. Con chaleco de raso, chaquetilla, calzón corto y polainas habría sido The Blue Boy (El muchacho de azul), ya un poco en decadencia. Tenía el pelo negro y fino, con entradas en las sienes, un poco largo y ligeramente estropajoso en el punto en que la línea del pelo se adentra en la frente. Sólo le faltaba un afgano junto a sí, un animal de orejas aterciopeladas y hocico largo y elegante.
—Hola, Bass. Soy Kinsey Millhone. ¿Te acuerdas de mí?
—Desde luego —dijo. Me hizo una ligera reverencia y me dio en la mejilla el consabido beso de saludo, con más ruido que contacto. Tenía la desolación pintada en la cara. Se produjo un tiempo muerto, uno de esos momentos incómodos que se prolongan sin que a ninguno de los interlocutores se les ocurra qué decir. Su hermana había muerto. No era el momento más indicado para mostrarnos efusivos, pero la torpeza del encuentro me resultó desconcertante.
—¿Dónde está Terry?
Miró hacia la puerta.
—Le están cambiando el vendaje. Ya deberían haber terminado. Se irá a casa en cuanto el médico firme los papeles. ¿Cómo te encuentras? Me dijeron que estabas en este mismo pasillo.
—Estoy bien. Siento lo de Olive —dije, y era verdad que lo sentía.
—No sé qué habrá pasado, pero ha sido realmente lamentable.
—¿Cómo le ha sentado a vuestra madre? ¿Ha sabido encajarlo?
—No tardará en recuperarse. Es gata vieja. Ha sido un golpe muy duro, pero tiene el espinazo de hierro. Ash está destrozada. Se derrumbó totalmente cuando se lo dijeron. Ella y Olive eran carne y uña —dijo—. ¿Y
tú? Parece que te hubieran dado una paliza.
—Estoy bien. Pero es la primera vez que me levanto y me siento mareada.
—Por lo que me han contado, es una suerte que estés con vida.
—La suerte me ha ayudado, es verdad. Iba a recoger el paquete yo misma cuando llegó Olive con el coche y fui a ayudarla con las bolsas de la compra. ¿Te hospedas en casa de tu madre?
Asintió con la cabeza.
—Llegué el jueves por la noche, Olive me llamó ayer y me dijo que iba a dar una fiesta. Es como si hubieran pasado años desde entonces. Antes de vestirme estuve nadando un rato, entonces apareció Ebony y se detuvo al borde de la piscina. No acababa de entender qué le pasaba. Ya sabes cómo es Eb. Siempre tan metódica, ni un cabello fuera de su sitio. Bueno, parecía una salvaje. Salí de la piscina, me senté en el borde y me dijo que había estallado una bomba en casa de Olive y que nuestra hermana había muerto.
Pensé que era una broma, que se lo había inventado, y me eché a reír.
Me pareció tan traído por los pelos que no pude evitarlo. Me hizo callar de una bofetada y entonces me di cuenta de que hablaba en serio. ¿Qué ocurrió? Terry no se acuerda de nada y la Policía no creo que nos diga gran cosa.
Le conté hasta donde pude, pasando por alto los espantosos detalles relativos a las heridas de Olive. El simple hecho de contárselo me produjo escalofríos. Cerré la boca y apreté los dientes con fuerza para calmarme.
—Perdona —dije.
—La culpa es mía. No debería habértelo preguntado —dijo—. No era mi intención obligarte a revivir aquellos momentos.
Negué con la cabeza.
—No te preocupes. Estoy bien. La verdad es que tampoco a mí me han contado gran cosa. Sinceramente, creo que es mejor así. La amnesia es
desesperante. —En mi interior buscaba un esquema cronológico para ir encajando los fragmentos. Nada recordaba de aquella noche. Todo lo ocurrido después de las cuatro y media se había borrado de mi memoria.
Titubeó un segundo y siguió contándome lo que había sucedido a continuación. Ash no estaba. Iba camino de la casa de Olive para ayudarla a preparar la fiesta. En cuanto Bass oyó lo de la explosión, se vistió a todo correr y subió al coche con Ebony. Cuando llegaron, metían a Terry en la ambulancia. En aquellos momentos, yo estaba semiinconsciente y me colocaban en una camilla. Olive se encontraba aún al pie del seto, tapada por una manta.
El recuento de Bass fue tan impersonal como una crónica periodística.
Estaba tranquilo y se expresaba con monotonía. No me miró a los ojos. Yo miraba hacia el fondo del pasillo, donde un médico de cara sombría hablaba con una pareja de ancianos que estaba sentada en un banco. Tuvo que haberles dado una mala noticia, porque la mujer se puso a manosear el bolso que tenía en el regazo.
Me acordé entonces de que había visto a Bass, aunque sólo había sido una de las muchas caras que me observaban inclinadas sobre mí como sendos globos sujetos por un cordel. Por entonces estaba bajo los efectos de la conmoción y, a pesar de las mantas con que me habían tapado, temblaba de pies a cabeza, sin poder contenerme. De Ebony no me acordaba. Puede que la hubieran retenido junto a la carretera para que no viese la carnicería.
La bomba había hecho pedazos a Olive. En algunos setos se habían encontrado jirones de carne que colgaban como carámbanos.
Me entraron ganas de llorar y me llevé una mano a la cara. Bass me palmeó el hombro con desmaña y se puso a murmurar tonterías, acongojado por haberme acongojado y preguntándose seguramente cómo escapar de aquella situación. Se me pasó la emoción y tragué una profunda bocanada de aire para tranquilizarme.
—¿Son graves las heridas de Terry?
—No mucho. Tiene un corte en la frente. La explosión lo lanzó contra el suelo del garaje y se le rompieron dos costillas querían que se quedara para que siguiera en observación, pero parece encontrarse perfectamente.
Oí rumor de actividad a nuestras espaldas y vi que se abría la puerta de la habitación de Terry. Salió una enfermera con una jofaina de acero inoxidable, llena de vendas sucias. Parecía rodeada de olores, a alcohol desnaturalizado, a tintura de yodo y al inconfundible que emana del esparadrapo.
—Ya pueden entrar. El doctor ha dicho que el paciente puede irse cuando quiera. Cuando esté preparado, le mandaremos una silla de ruedas.
Bass entró primero. Le seguí con la silla. Una ATS ponía orden en la mesita de noche que había utilizado la enfermera. Terry estaba sentado en el borde de la cama y se abrochaba la camisa. Vi las vendas que tenía en el pecho por entre los faldones de la camisa y aparté la cabeza. Tenía el torax totalmente blanco y lampiño, un torax estrecho y sin musculatura.
Las enfermedades y las lesiones tienen algo que las hace muy privadas.
Yo no quería conocer los detalles de su fragilidad.
Parecía abatido, con una costura negruzca en la frente, donde le habían puesto los puntos. Tenía una muñeca vendada, por los cortes tal vez, o por las quemaduras. Su cara estaba pálida, el bigote de punta y el pelo moreno revuelto. Parecía encogido, como si la muerte de Olive le hubiera deshinchado.
Ebony apareció en la puerta y de un vistazo se percató de lo que ocurría.
Titubeó, esperando a que terminara la ATS. La habitación parecía llena hasta los topes. Me hacía falta tomar el aire.
—Vuelvo enseguida —murmuré. Salí empujando las ruedas. Ebony me siguió hasta la sala de las visitas, una estancia amueblada con un sofá tapizado en tela de mezclilla verde, dos sillones que hacían juego, una palma artificial y un cenicero. Se sentó y buscó el tabaco en el bolso.
Encendió un cigarrillo y aspiró el humo como si se tratara de oxígeno.
Parecía totalmente serena, pero estaba claro que la atmósfera del hospital la ponía nerviosa. Se quitó una bolita de pelo de la parte delantera de la falda.
—No entiendo nada —dijo con brusquedad—. ¿Quién habrá querido matar a Olive? Jamás le había hecho daño a nadie.
—El blanco no era Olive. Era Terry. El paquete con la bomba iba dirigido a él.
Clavó los ojos en los míos y se quedó mirándome fijamente. En la palidez mortal que le cubría la cara le despuntó un asomo de rubor. La mano que sostenía el cigarrillo sufrió una sacudida, como si estuviera dotada de voluntad propia, y la ceniza le cayó en el regazo. Se levantó con presteza para sacudírsela.
—Eso es absurdo —bramó—. La Policía dice que después de estallar no quedó nada del paquete. —Apagó el cigarrillo.
—Bueno, han quedado restos —dije—. Además, yo lo vi. El nombre que figuraba en él era el de Terry, no el de ella.
—No te creo. —Un rizo de humo ascendió de la colilla aplastada. La cogió y le decapitó la brasa con la punta de los dedos. Se puso a destripar lo que quedaba del cigarrillo. Las hebras de tabaco tenían un aspecto repelente.
—Yo te cuento lo que vi. Puede que el blanco fuera Olive, pero el paquete iba dirigido a él.
—¡Mentira! ¡Ese cabrón! No me digas que Olive murió porque cogió el paquete por él. —Los ojos se le inundaron de lágrimas y se esforzó por dominarse. Se puso de pie y se paseó con nerviosismo.
Giré un poco la silla de ruedas para darle la cara.
—¿De qué cabrón hablas, Ebony? ¿A quién te refieres?
Se sentó con brusquedad y se apretó el pulpejo de las manos contra los ojos.
—A nadie. Perdona. No lo sabía. Pensé que habían querido matarla a ella, lo que tampoco deja de ser horrible. Pero, ¡ Dios mío!, morir por equivocación. Por lo menos no sufrió. Dicen que murió instantáneamente.
—Lanzó un sollozo. Juntó las manos a modo de tejado y comenzó a jadear con la cara oculta por ellas.
—¿Sabes quién la mató?
—¡Claro que no! ¡Rotundamente no! ¿Acaso crees que soy un monstruo? Mi propia hermana… —Abandonó el tono ofendido y se echó a llorar en serio. Quería creerla, pero no acababa de convencerme. Estaba cansada, demasiado cerca de los acontecimientos para distinguir lo verdadero de lo falso. Alzó la cara y vi que la tenía bañada en lágrimas.
—Olive me dijo que no pensaba apoyarte en la empresa —dije, para ver qué respondía.
—¡Pero qué puta eres! —dijo chillando—. ¿Cómo te atreves? ¡Aléjate de mí!
Bass apareció en el vano de la entrada y me miró con desconcierto.
Sujeté una rueda con firmeza para dar la vuelta a la silla y avancé por el corredor, pasando ante una habitación donde una persona pedía ayuda en voz baja y desesperada.
Un tubo transparente de plástico salía de entre las sábanas y terminaba en un orinal grande colocado debajo del lecho. El líquido tenía el mismo color que la limonada.
Era Olive quien por lo general recogía el correo. El día de la tragedia había visto que lo dejaba con despreocupación en la consola del vestíbulo.
Cabía pues la posibilidad de que la víctima elegida fuera ella, aunque el paquete estuviera dirigido a él. En realidad no recordaba a quién me había dicho que pensaba apoyar en la lucha por el poder que se había entablado entre Ebony y Lance. A lo mejor lo había hecho éste para meter en cintura a los demás.
Cuando volví a mi habitación, Darcy me estaba esperando.
—Andy se ha ido —dijo.
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