"E" de Evidencia
Capítulo 24
Nos acomodamos en la habitación, junto a las puertaventanas de vidrio que comunicaban con un balcón que daba al mar. El viento impregnado de sal agitaba los visillos. Los muebles del dormitorio eran negros y antiguos, una nutrida colección de reliquias que ella y Woody habían conservado porque pertenecían sin duda a su primera época de casados: un tocador con desconchados en el barniz, un juego de lámparas deformes con pantalla de seda granate. Me recordó esas tiendas de artículos de segunda mano que tienen el escaparate lleno de cachivaches de otras personas. En aquel dormitorio nada merecía el calificativo de «coleccionable» y menos aún el de «antigüedad».
Tomó asiento en una mecedora tapizada con crin, deshilachada y raída, cogiéndose del tejido de los brazos del mueble. Tenía un aspecto espantoso.
La muerte de Olive le había pasado una mano de cal por la piel de la cara y tenía las mejillas moteadas de manchas biliosas y surcadas de venas.
Parecía haber adelgazado en los últimos días, la carne le colgaba formando pliegues en la mitad superior de los brazos y los huesos se le transparentaban como en una clase de anatomía con cadáveres vivos. Hasta las encías se le habían encogido como si el envejecimiento se le hubiera vuelto tan perceptible como en una foto con exposición a intervalos. Parecía atribulada por una emoción todavía inconcreta que le hubiera enrojecido los ojos y borrado el brillo. Estaba convencida de que no sobreviviría al desenlace, fuera éste cual fuese.
Había avanzado con torpeza por la habitación, con la silla de ruedas que en ese momento sujetaba con mano temblorosa.
Yo había tomado asiento junto a ella, en una silla de respaldo recto.
—Usted está al tanto de lo que sucede, ¿verdad? —dije en voz baja.
—Me temo que sí. Tendría que haber hablado antes, pero esperaba que en el ínterin se demostrara lo infundado de mis sospechas. Creía que habíamos sepultado el pasado. Creía que habíamos avanzado. Pero no es así. No hace falta sembrar más vergüenza. El mundo ya es vergonzoso de por sí. —La voz se le quebró y le temblaron los labios mientras se debatía con alguna advertencia formulada en su interior—. Prometí a Woody que no volvería a hablar de ello.
—Tiene que hacerlo, Helen. Ya ha habido demasiadas muertes.
Un relámpago de vitalidad iluminó sus ojos oscuros durante un instante.
—Lo sé —dijo. La energía le duró poco, tanto como el chisporroteo de una cerilla cuando se enciende—. Hacemos lo que creemos oportuno —
prosiguió—. Tratamos de conducirnos con justicia. Suceden cosas y procuramos salvar lo que queda.
—Nadie la acusa.
—Yo me acuso. La culpa es mía. Debí haber abierto la boca en el instante mismo en que las cosas empezaron a ir por mal camino. Sabía dónde estaba la relación, pero, estúpida de mí, me negaba a creerlo.
—¿Tiene que ver con Woody?
Negó con la cabeza.
—¿Con quién entonces?
—Con Lance —murmuró—. Con él empezó todo.
—¿Lance? —dije con desconcierto. Era el nombre que menos esperaba oír.
—Pensamos que el pasado puede diluirse, que no va a tener fuerza suficiente para afectarnos después de tanto tiempo.
—¿Cuánto tiempo ha transcurrido?
—Uno de estos días hará exactamente diecisiete años. —Cerró la boca con fuerza y volvió a negar con la cabeza—. De adolescente era muy díscolo, rebelde y retraído. El y Woody se peleaban cada dos por tres, pero
a todos los Jóvenes les ocurre. Lance estaba en una edad en que era lógico que quisiera afirmarse.
—Ash dice que por entonces tuvo un par de tropiezos con la ley.
Se removió con impaciencia.
—Siempre se metía en líos. Para desahogar los conflictos internos. Es lo que ahora se dice. Pero yo no pensaba que fuera un mal chico. Y no he cambiado de opinión. Pero tuvo una adolescencia problemática… —Se interrumpió para tragar una profunda bocanada de aire—. No quiero andarme con rodeos. Lo hecho, hecho está. Woody lo mandó a la Academia Militar y luego ingresó en el Ejército. Apenas supimos de él hasta que se presentó aquella Navidad. Le habían dado permiso. Se había hecho mayor.
Había madurado. A los dos nos trataba con serenidad y educación. Se interesó por la marcha de la empresa. Habló de licenciarse y aprender el oficio. Woody no cabía en sí de gozo. —Metió la mano en el bolsillo para sacar un pañuelo, que se llevó a los labios para limpiarse el rocío de sudor que se le había formado.
Hasta ahí nada me había dicho que yo no supiera.
—¿Y qué pasó?
—Aquel año…, cuando Lance volvió a instalarse en casa y todo iba bien…, aquel año…, fue el primero de enero. Recuerdo que me sentía muy contenta por el buen cariz que habían tomado los acontecimientos. Entonces llegó Bass y nos contó una historia absurda. No sé, pero en mi interior creo que siempre le he responsabilizado a él. Fue quien lo estropeó todo. En el fondo todavía no le he perdonado, aunque a duras penas puede decirse que fuera culpa suya.
Bass tenía trece años entonces. Era tímido. Ya sabía lo que era la maldad y disfrutaba practicándola.
«Aún lo hace», pensé.
—¿Qué les contó?
—Dijo que había sorprendido a Lance. Había venido directamente a contárnoslo con su típica mirada furtiva, fingiendo turbación cuando en el fondo sabía muy bien de qué se trataba. Woody no quiso creerlo al principio.
—Había sorprendido a Lance, ¿haciendo qué?
Se produjo una pausa y cuando volvió a hablar lo hizo en voz tan baja que no tuve más remedio que acercarme a ella.
—Le había sorprendido con Olive —murmuró—. Les había sorprendido a los dos. A Lance y a Olive. En la cama, en la habitación de ella. Olive tenía entonces dieciséis años y era adorable. Creí que me moría de vergüenza, de turbación y de asco. Woody se puso como loco. La rabia le devoraba. Lance juró que era inocente, que Bass se había confundido, pero negarlo era una insensatez. Creerle resultaba ridículo. Woody le dio una paliza espantosa. Pensé que iba a matarlo. Lance nos juró que sólo había ocurrido una vez. Nos juró que nunca más le pondría la mano encima y cumplió su palabra. Sé que la cumplió.
—¿Fue entonces cuando metieron a Olive en el pensionado?
Asintió con la cabeza.
—¿Quién más se enteró?
—Nadie más. Sólo nosotros cinco. Lance, Olive, Bass, Woody y yo.
Ebony estaba en Europa. Ash supo que había pasado algo grave, pero nunca se lo dijimos.
Se produjo una pausa. Helen pasó la mano por el tejido deshilachado que cubría el brazo de la mecedora, para alisar las hebras que ella misma había estado estirando. Me miró. En sus facciones parecía haberse retratado la culpa, al igual que en la conducta de la perra entrada en años que ha orinado en un rincón que el amo no ha visto todavía.
Aún había más, algo que no se atrevía a confesar.
—Cuénteme lo que falta —dije.
Negó con la cabeza mientras en las mejillas se le formaban manchas de color rosa.
—Vamos, Helen, cuéntemelo. Ahora carece de importancia.
—No, sigue teniéndola —murmuró. Se había echado a llorar. Vi que se esforzaba por dominarse, por devolver las emociones al hermético receptáculo donde las había tenido escondidas durante todos aquellos años.
Esperé tanto que me dio la impresión de que no tenía intención de continuar. Las manos empezaron a temblarle con ritmo desigual, como si
bailaran un rock and roll nervioso y desasosegado.
—Lance nos había mentido. Se habían estado viendo durante años.
Woody nada supo de esto, pero yo lo sospechaba.
—¿Sospechaba usted que Lance abusaba de su hermana y no intervino?
—¿qué podía decir? No tenía pruebas. Los mantenía alejados siempre que podía. Cuando él se fue al campamento de verano, ella se quedó con unos amigos que teníamos en Maine. Nunca les dejaba solos en la casa.
Confiaba en que fuera una etapa, una relación que se extinguiría por sí sola.
Pensaba que si lo sacaba a relucir…, ya no sé ni qué pensaba. Era nefando.
Ninguna madre se pondría a hablar con su hijo de estas cosas. No quería sonsacarles y Olive desmentía cualquier sugerencia de anormalidad. Si me lo hubiera contado, yo habría tomado cartas en el asunto. Desde luego que lo habría hecho, pero nunca me dijo una palabra. Por lo que sé, pudo ser ella quien empezase la relación.
—¿Cuánto tiempo duró? —Me costaba lo indecible no emitir juicios, pero tenía miedo de que cerrara el grifo de las confidencias si se daba cuenta de la indignación que me bullía por dentro.
—Lance estaba obsesionado por ella casi desde la infancia. Tenía cinco años cuando nació Olive y al comprobar que no estaba celoso de ella, lo que son las cosas, sentí como si me quitaran un peso de encima. Hasta el nacimiento de Olive, Ebony había sido su única hermana. Lance había sido el pequeñín de la familia y me alegró mucho ver que la trataba con cariño.
Seguramente empezó como la típica curiosidad infantil hasta que se convirtió en otra cosa. Terminó radicalmente cuando se les descubrió.
Durante estos últimos años apenas podían estar juntos en la misma habitación, pero ya no había manera de reparar el daño. Olive tenía problemas muy serios.
—Problemas sexuales, supongo.
Asintió con la cabeza, las mejillas encendidas.
—Y depresiones muy fuertes que le duraban meses enteros. Lo único que hacía era correr, correr sin parar. Cualquier cosa que la alejara de sus propias emociones. Jugar, gastar dinero. Gastar dinero, jugar. Así vivía.
Repasé a toda velocidad lo que me había contado al tiempo que incorporaba al proceso los detalles secundarios que había ido sabiendo por mi cuenta.
—Olive me dijo que ella y Bass tuvieron un roce cuando él vino a Santa Teresa para el día de Acción de Gracias. ¿De qué se trató?
—Fue una tontería. Ni siquiera recuerdo de qué discutieron. Fue una de esas peleas absurdas que se organizan cuando se bebe demasiado. Bass estaba furioso y quería vengarse, pero por nada en concreto. El mal carácter, eso es todo.
La observé con atención y dejé la mente en blanco para que el significado de toda la información recibida se filtrase a la superficie.
Primero Lance, luego Wood/Warren, más tarde rumores de relevo y, por último, pruebas de estafa contra una compañía de seguros. Habían tendido una trampa a Lance y yo había caído en ella con todo el equipo. Al morir Olive pensaba aún que tenía algo que ver con la empresa que había sido una casualidad.
Se había hecho para que pareciese así, pero no era verdad. Fue como si la solución me diera una bofetada, tan evidente era cuando caí en la cuenta de lo sucedido.
—Mierda —dije—. Bass se lo contó a Terry, ¿verdad?
—Imagino —dijo Helen con voz apenas audible—. Creo que Terry no es como nosotros. No es bueno. No me parece un hombre honrado. Cuando se conocieron parecía… no sé, «anormal». Pero estaba loco por Olive.
—«Obsesionado», según dicen algunos —dije—. Besaba el suelo que ella pisaba.
—Sí, la adoraba, de eso no cabe la menor duda. Era precisamente lo que a ella le convenía y pensé que todo saldría bien. Olive había tenido desde siempre una opinión pésima de sí misma. Hasta que apareció Terry no había podido tener una relación estable con nadie. Pensé que merecía un poco de felicidad.
—Se refiere usted a que era una «mercancía estropeada», ¿verdad?
Mancillada por lo que Lance había hecho.
—Bueno, estaba mancillada. ¿Quién sabe qué apetitos animales había despertado Lance en ella?
—No creo que fuera culpa de ella.
—Por supuesto que no, pero ¿crees que si se hubiera hecho pública la verdad la habrían mirado los jóvenes normales? Terry fue como un regalo del cielo.
—Y entre las dos decidieron no decirle nada a Terry.
—Nosotras nunca hablamos del tema —dijo con acritud—, así que difícilmente habríamos podido hablar con él. ¿Por qué sacar a relucir los problemas cuando todo iba perfectamente?
Me levanté con brusquedad, me acerqué al teléfono y marqué el número del teniente Dolan, de la Policía de Santa Teresa. La telefonista dijo que pasaba la llamada y esperé a que sonase el aparato de Dolan. Helen tenía razón. Lo hecho, hecho estaba. No tenía sentido acusar a Bass. En todo caso, la culpa la tenían Helen y Woody. Olive había muerto porque Helen había sido demasiado remilgada para afrontar la verdad.
—Dónde está Terry en este momento? —pregunté a Helen volviendo la cabeza.
Lloraba a moco tendido. Era un poco tarde para las lágrimas, pero me callé.
—Estuvo aquí hasta hace un rato. Ha vuelto a su casa.
Cuando Dolan se puso al habla, me identifiqué y le conté con pelos y señales todo lo que sabía.
—Voy a hacer que lo traigan para interrogarle —dijo Dolan—.
Solicitaremos una orden judicial para registrar su domicilio. En algún sitio tuvo que montar la bomba.
—Puede que lo hiciera en el trabajo.
—Lo comprobaremos —dijo—. Un momento. —Tapó el auricular con la mano y oí que ordenaba a alguien no sé qué. Volvió a ponerse al habla—.
Escucha lo que hemos averiguado por aquí. Hicimos un análisis de las huellas que encontramos en el coche de alquiler en que se halló el cadáver de Lyda Case. Pertenecen a un sujeto que se llama Chris Emms y que hace veinte años fue acusado de haber matado a su madre adoptiva. La pulverizó
con un paquete bomba enviado por correo. Tras el juicio, el jurado dictaminó locura temporal.
—Oh, mierda, entiendo. Entonces no fue a la cárcel.
—Exacto. Se le internó en el hospital estatal de Camarillo, de donde se fugó al cabo de año y medio.
—¿Y no lo cogieron?
—Desde entonces ha estado libre como un pájaro. He hablado con uno de los médicos del hospital y van a desenterrar los expedientes antiguos para ver qué más se sabe de este individuo.
—Pero gestaba realmente loco o lo fingía?
—Un tío que hace una cosa así tiene que estar loco.
—Podrían comunicárselo a la familia en cuanto lo detengan?
—No te preocupes. Mandaré a alguien ahí mientras tanto por si se le ocurre volver.
—También convendría reforzar la seguridad en Wood/Warren. Puede que vaya en busca de Lance.
—Perfecto —dijo Dolan. Y colgó.
Dejé a Helen acurrucada en la mecedora. Bajé en busca de Ebony y le conté lo que pasaba. En el momento de salir vi que subía la escalera para ver a su madre. De qué iban a hablar, no tenía ni la menor idea. Durante una centésima de segundo volvía ver a Olive surcando los aires rumbo al reino del olvido. No me podía quitar la imagen de la cabeza. Volví a casa con el ánimo por los suelos, un estado que se me había vuelto crónico durante las últimas jornadas. Estoy harta de revolver la mierda ajena. Harta de saber más de la cuenta acerca de los demás. El pasado nunca es agradable.
Cuando se desentrañan los secretos nunca salen a relucir gestos nobles o actitudes desinteresadas. Jamás se remata una cosa con un apretón de manos o una conversación sincera. Raro es el día en que la humanidad no me parece una broma de mal gusto; y no sé cómo se espera que reaccionemos los demás.
Las quemaduras me escocían bajo las vendas, me quemaban con latidos insistentes y sordos. Me observé en el espejo retrovisor. Sin cejas y con el flequillo chamuscado tenía cara de susto, como si a esas alturas no estuviese
preparada para afrontar la conclusión del caso. Una verdad como un templo.
No había tenido tiempo de procesar los hechos. Pensé en Daniel y Bass.
Quería cerrarles las puertas mentalmente, pero en mi fuero interno era como un capítulo inacabado y no me gustaba la sensación. Quería esconderme, retirarme a descansar. Quería recuperar la paz de espíritu.
Crucé la puerta del jardín y al pasar recogí la correspondencia. Entré en el apartamento y tiré el bolso encima del sofá cama. Me moría de ganas de tomar un baño, aunque fuera simbólico. Sólo eran las cuatro de la tarde, pero me frotaría con papel de lija y a continuación aporrearía la puerta del establecimiento de Rosie. Estábamos a martes y ya tenía que haber vuelto La taberna de mi barrio suele abrir a las cinco, pero a lo mejor convencía a la propietaria de que me dejara entrar antes. Necesitaba una comida húngara de las pesadas, un vaso de vino blanco y un espíritu maternal que me regañara.
Me acerqué a la mesa y puse en marcha el contestador automático. No había mensajes. El correo era un puñado de cartas inútiles. Con algo de retraso me di cuenta de que la puerta del cuarto de baño estaba cerrada. Yo no la había dejado así al salir. Nunca lo hago. Mi apartamento es pequeño y la luz que entra por la ventana del cuarto de baño lo ilumina un poco. Me volví y se me erizaron los pelos de la nuca. El tirador se giró y la puerta se abrió de par en par. Aquel sector del cuarto estaba a oscuras, dada la hora, pero pude distinguir la silueta de una persona. La columna se me congeló y el frío se me transmitió a los miembros, que no tenía ni voluntad para mover. Terry salió del cuarto de baño y rodeó el sofá. En la mano derecha tenía una pistola con la que me apuntaba directamente al estómago. Las manos se me levantaron de manera automática, palmas hacia fuera, la típica actitud de rendición que las armas parecen inspirar.
—Oh, caramba, me has sorprendido —dijo Terry—. No esperaba estar aquí cuando volvieses.
—¿Qué haces aquí?
—Te he traído un regalo. —Señaló hacia la cocina.
Como en trance, me volví para ver lo que señalaba. En los mármoles había una caja de zapatos envuelta en papel navideño con varios JA JA JA
estampados en blanco sobre fondo verde oscuro; sobre cada A cabalgaba un Rey Mago. En la tapa habían pegado un lazo de raso rojo, preparado de antemano. Sorpresa, sorpresa. Terry Kohler quería regalarme una caja llena de muerte.
—Muy bonita —me las arreglé para decir, aunque tenía la boca seca.
—¿No vas a abrirla?
Negué con la cabeza.
—Prefiero dejarla donde está. Si se estropeara, no me lo perdonaría.
—Tiene un reloj incorporado.
Desencajé la mandíbula, pero no conseguí pronunciar palabra. ¿Dónde habría puesto la pistola? Tenía la cabeza totalmente en blanco. Me incliné sobre la mesa, apoyada en la punta de los dedos. Las bombas hacen ruido.
Es un final rápido. Me aclaré la garganta.
—Perdona por haberte interrumpido —dije—. No quisiera que perdieras el tiempo por mi culpa.
—Me puedo quedar un ratito. Podríamos charlar y todo.
—¿Por qué quieres matarme?
—Me pareció una buena idea —dijo con amabilidad—. Pensé que preferirías despedirte de este mundo a lo grande y no… de ese otro modo que ya sabes.
—Me asombra que no lo hayas intentado ya con Lance… —En el coche tengo un paquete para él que es exactamente igual que el tuyo.
«Seguramente en el bolso», pensé. La había puesto allí porque quería llevarla a una armería. Pero ¿y si la había metido en el maletín que tengo en el asiento trasero del coche? Si estaba en el coche, ya podía juntar las manos y poner cara de angelito.
—¿Te molesta que me siente?
Inspeccionó rápidamente la zona para asegurarse de que no iba a tener fusiles, vergajos ni cuchillos de carnicero al alcance de la mano.
—Por supuesto que no.
Me acerqué al sofá y me dejé caer sin quitarle los ojos de encima.
Acercó la silla que había junto a la mesa y tomó asiento con las piernas cruzadas. Era un hombre de aspecto agradable, moreno y magro, tirando a
esbelto. Nada en su comportamiento revelaba que estaba como un cencerro.
«Pero ¿hasta qué punto está como un cencerro?», pensé. «¿Hasta qué punto se le puede abordar con la razón? ¿Me perdonaría la vida si le dejara practicar conmigo alguna perversión sexual? Seguro, ¿por qué no?»
Me costaba valorar la situación. Me encontraba en mi casa, donde, según la lógica convencional, debía estar a salvo. Ni siquiera era de noche.
Tenía ganas de mear, pero seguro que le parecería otro truco. Os juro por Dios que tenía miedo de contarle mi necesidad. Parecía más aconsejable tratar de entablar conversación, una de esas conversaciones que se entablan para despertar la simpatía ajena.
—¿Cuánto falta?
Consultó la hora.
—Unos diez minutos. La bomba está preparada para estallar a las cuatro y media. Tu tardanza empezaba a preocuparme —dijo—. Podría cambiar la hora, pero es que no quiero estropear el envoltorio.
—Lo comprendo —dije. Miré la hora en el reloj que tengo encima de la mesa: las cuatro y veintidós minutos. Notaba en la sangre el líquido secretado por las glándulas de la adrenalina. Terry no se mostraba inquieto.
—Estás muy tranquilo —observé.
Sonrió.
—Es que no estaré aquí cuando esa jodida cosa estalle. Estos cacharros son peligrosos.
—¿Y cómo me obligarás a que me quede? Tendrás que pegarme un tiro.
—Te ataré. Tengo una cuerda. —Advertí entonces que en el suelo de la cocina había una cuerda de tender la ropa.
—Has pensado en todo —dije. Quería hacerle hablar. No quería que me atara porque entonces no tendría salvación. No podría echar a correr por sorpresa ni abrirme paso hasta la calle a fuerza de mamporros. Ni hacerme con un vaso roto para cortar las ligaduras. Ni cuchillos ni estratagemas ni milagros.
—¿Y si explota antes de tiempo?
—Sería una pena —dijo en son de burla—, pero ya sabes lo que dijo Dylan Thomas: «Después de la primera muerte no hay otra».
—¿Qué tenía que ver Hugh Case en todo esto? No te molestará que te lo pregunte, ¿verdad? Sólo quiero saberlo para que me cuadre la información.
—No, si no me molesta. No tenemos otro tema de conversación.
Cuando Woody pujó por cierta contrata de la administración, nombró a Hugh encargado de seguridad. Tenía que investigarnos a todos, pero el tipo se pasó de la raya. Formularios, entrevistas, preguntas y más preguntas. Se lo tomó realmente en serio. Al principio creí que se trataba de un juego, pero poco a poco me di cuenta de que sus preguntas eran cada vez más incisivas. El sabía. Quiso tomarme las huellas dactilares, como es natural.
Me hice el remolón todo lo que pude, pero era imposible negarse. Tuve que matarle para que no contase a Woody un montón de detalles sórdidos.
—Sobre tu madre.
—Madre adoptiva —me corrigió.
—¿No habría averiguado lo mismo cualquier otro?
—Se me ocurrió una manera de escurrir el bulto, pero para que funcionara tenía que quitarle de en medio.
—Pero en el fondo no sabías si te había descubierto o no.
—Oh, lo sabía, lo sabía, y él también. Destruí el fichero que guardaba en el trabajo, pero tenía una copia en casa. Se habló de filtraciones —dijo
—. Se ha sabido hace muy poco.
—Lyda encontró la copia.
—Por culpa tuya. A raíz de tu viaje a Texas, se puso a revolver los papeles que había empaquetado y encontró todos los datos acumulados sobre Chris Emms. Lyda no sabía de quién se trataba, pero supuso que era alguien que trabajaba en la fábrica. Me llamó desde Dallas para decirme que poseía cierta información que Hugh había descubierto. Le dije que me gustaría echar un vistazo a los papeles y la estimulé a que adivinase qué había que hacer con ellos. Me obligó a jurarle que no le diría nada a Lance, porque sospechaba de él.
—Estupendo dije—. Entonces, sus amenazas… ¿te las inventaste?
—Premio.
—Y el día que esperamos en el Refugio de los Pájaros, ¿estaba ya muerta delante de mi casa?
—Esta vez te ha tocado el gordo —dijo.
—¿Cómo mataste a Hugh?
Se encogió de hombros con indiferencia.
—Con cloral. Luego me dejé caer por el laboratorio y me llevé las muestras de sangre y orina para que no pudieran identificarlo.
—Qué temple —dije.
—Había que hacerlo y la razón estaba de mi parte. No podía permitirle que me estropease la vida. Lo que me cabreó fue que después supe que todo había sido inútil. Olive tenía un pasado tan lamentable como el mío. Ya no necesitaba protegerme. Habría podido negociar con ella, pecado por pecado, si me lo hubiera contado todo.
—Ahora que ha muerto, seguramente te sientes mejor. Supiste darle su merecido.
La cara se le ensombreció.
—Habría tenido que matar a Lance y dejarla a ella con vida. Yo habría sabido hacerla desgraciada.
—¿No la hiciste desgraciada?
—Bueno, sí, pero no lo suficiente. Ahora está fuera de circulación.
—Ella te quería —dije.
—¿Y qué?
—Tú sabrás. Me da la sensación de que el amor te trae sin cuidado. —
Los ojos se me fueron solos al reloj. Las cuatro y veinticinco.
—Únicamente cuando se basa en mentiras y engaños —dijo piadosamente—. Habría tenido que contarme la verdad.
. Nunca me dijo lo que había sucedido. Hizo que creyera que yo era el único responsable de nuestra vida sexual. Me hizo creer que no servía cuando la culpa era de ella, desde el principio. A veces imagino a Lance con la boca pegada a la carne de Olive, babeándola como una sanguijuela, chupándola centímetro a centímetro. Qué asco.
—Eso fue hace mucho tiempo.
—No tanto.
—¿Y Andy Motycka? ¿Cómo lo convenciste de que te ayudara?
—Con dinero y amenazas. El palo y la zanahoria. Janice le robaba todo lo que tenía. Le di diez de los grandes. Cada vez que se ponía nervioso, le recordaba que si me fallaba tendría muchísimo gusto en contarle a Janice lo de Lorraine.
—¿Cómo supiste que tenía una amante?
—Hace años que nos conocemos todos. Antes de que se casara con Janice, fuimos los cuatro juntos a la universidad. Fue después de adoptar mi nueva identidad, como es lógico. Una vez que tuve preparado el plan de ataque, no me costó mucho saber que era la persona ideal para colaborar conmigo.
—¿También lo has matado?
—Me habría gustado, ¿sabes? Ha ahuecado el ala, pero ya encontraré la manera de hacerle volver. No es muy listo.
A pesar de que me silbaban los oídos, habría jurado que oía el alegre tictac del mecanismo de relojería de la bomba. Me humedecí los labios.
—¿De verdad hay un reloj en el paquete? ¿Es así como funciona?
Se volvió a mirar los mármoles de la cocina.
—Es una bomba sencilla. La de Olive fue más complicada, pero es que tenía que explotar al recibir cualquier golpe.
—Es increíble que no me matara a mí también.
—Habría simplificado las cosas —dijo.
Entonces recordé que se había agachado para recoger la manguera que había en el sendero. Un pretexto para no estar al alcance de la onda expansiva. Empezaba a sentirme extrañamente libre. Quedaba poco tiempo, pero por lo visto se estiraba y dilataba como un chicle. ¿Y verdad que resultaba absurdo malgastar mis últimos minutos de vida hablando de naderías con el individuo que me iba a dar el pasaporte? Bueno, y ¿por qué no? Una vez más, me vi salir despedida del porche delantero de la casa de Olive mientras ella cruzaba el aire como un pájaro. Una muerte así apenas se siente. Lo que me aterraba era sobrevivir, quedarme paralítica y llena de quemaduras, vivir lo suficiente para ser testigo de mi propia desintegración.
«Ha llegado la hora de hacer algo», pensé, «sin considerar las
consecuencias». Cuando se está en peligro de muerte, ¿qué más se puede perder?
Fui a coger el bolso.
—Necesito un calmante. ¿Te importa?
Se había sobresaltado y agitó la pistola sin dejar de apuntarme.
—Déjalo donde está.
—Terry, tengo un ataque de nervios. Necesito un Valium. Átame después, si quieres.
—No —dijo con malignidad—. No lo toques. ¡Hablo en serio!
—Vamos. Déjame. A ti te es igual.
Cogí el bolso, abrí la cremallera y me puse a revolver lo que contenía hasta que toqué las cachas de marfil de la empuñadura de mi querida 32 y le quité el seguro. Terry no podía creer que le hubiera desobedecido, pero por lo visto no sabía qué decisión tomar.
En el momento en que se levantó le disparé a través de la base del bolso, a una distancia de tres metros, sin el menor efecto visible. Dio un salto como si le hubiera echado aceite hirviendo en los calzoncillos, pero no vi sangre ni se desplomó en el suelo, como rogué que ocurriese.
Por el contrario, dio un rugido de vitalidad y se lanzó sobre mí como un perro rabioso. Saqué la pistola del bolso para volver a disparar, pero se me vino encima y me arrastró al suelo con él. Vi que su puño corría a toda velocidad hacia mi cara y me eché a la derecha. El golpe me pasó rozando la oreja izquierda, y el oído me empezó a campanillear de dolor. Me arrastré hacia el sofá y me apoyé en él para incorporarme. No sabía adónde había ido a parar mi pistola, pero Terry me apuntaba ya con la suya. Cogí el bolso y lo balanceé. Le di en la cabeza. El golpe le hizo caer de lado.
Como me bloqueaba el camino de la puerta, eché a correr hacia el cuarto de baño. Cerré de un portazo nada más cruzar el umbral, eché el pestillo y me dejé caer al suelo. Disparó dos veces y los proyectiles atravesaron la puerta silbando como abejorros. No tenía escapatoria. La ventana del cuarto de baño estaba justamente en la línea de fuego y no veía cosa alguna con la que defenderme. Se puso a dar patadas, golpes tremendos que astillaban la puerta. Vi que atravesaba la hoja de madera con
el pie y descargó otra patada. Metió la mano por el agujero y tanteó en busca del pestillo. Desgajé la tapa de la cisterna y le di un golpe. Lanzó un aullido y la mano desapareció a toda velocidad. Se puso a disparar otra vez mientras vomitaba obscenidades. De pronto apareció su cara por el agujero y me buscó con ojos desquiciados. El ojo de la pistola me observó con fijeza. Lo único que se me ocurrió fue protegerme con la tapa de la cisterna, sosteniéndola delante de mí como un escudo. El proyectil rebotó con un sonido metálico, pero el impacto fue tan fuerte que me arrebató la tapa de la cisterna y la partió en dos. Terry pateaba la puerta otra vez, aunque los golpes habían perdido ímpetu.
Le oí caer al suelo. Me quedé de piedra, aterrada, sin aliento. No había tiempo para comprobar si fingía o no. Quité el pestillo y empujé la puerta, pero no pude moverla. Me arrodillé y miré por el agujero. Estaba boca arriba y tenía la pechera de la camisa empapada en sangre.
Por lo visto le había alcanzado al primer disparo, pero había tardado una eternidad en surtir efecto. La sangre le brotaba como si fuera un neumático gastado que ha sufrido un pinchazo. El pecho le subía y le bajaba como un fuelle. Por encima de su respiración jadeante distinguía el tictac del paquete como si fuera un reloj de péndulo.
—¡Apártate de la puerta! ¡Muévete, Terry!
No respondió. El reloj de mi escritorio señalaba las cuatro y veintinueve.
Empujé con todas mis fuerzas, pero no hubo manera de moverle. Tenía que salir de allí. Recorrí el cuarto de baño con ojos frenéticos y cogí uno de los pedazos de la tapa rota de la cisterna. Lo arrojé contra la ventana. La lluvia de cristales aterrizó en el patio, pero dejó unos cuantos puñales en el marco. Cogí una toalla, la puse encima del alféizar sembrado de astillas y me aupé.
La onda expansiva me hizo salir por la ventana igual que Supermán.
Aterricé en el césped con un golpe que me dejó sin aliento. Durante un segundo experimenté el terror de la inmovilidad, mientras me preguntaba si sería capaz de volver a respirar. Los escombros llovían a mi alrededor. Vi un pedazo de techo planear sobre mi cabeza igual que un platillo volante.
Tembló, se agitó y cayó a plomo por entre las ramas de un árbol. Se levantó una nube de polvo blanco que se dispersó al instante. Alcé los ojos para mirar la pared que tenía a mis espaldas y que por lo visto había quedado incólume. El sofá cama había aterrizado en el sendero del jardín con los cojines desordenados. Encima de uno de los brazos estaba el bonito helecho aéreo como si hubiera saltado por sí solo para encaramarse allí. Toda la pared del frente de mi apartamento había saltado por los aires, el interior estaba hecho una ruina y todas mis pertenencias habían quedado destruidas.
«Suerte que tengo pocas cosas en este mundo», pensé.
Me había quedado sorda otra vez, pero ya empezaba a acostumbrarme.
Por fin, con gran esfuerzo, me puse de pie y volví al interior para ver si quedaba algo de Terry.
Cuando Henry Pitts volvió a casa se encontró con un cráter donde había estado el inmueble que me alquilaba. Se mostró más consternado por lo que me había sucedido durante su ausencia que por los daños sufridos en la casa, que estaba asegurada. Ahora planea construirme otro estudio y anda ya en tratos con un arquitecto. Por suerte, se había salvado algo de ropa, mi vestido multiuso, por ejemplo, y mi chaleco preferido. ¿De qué podía quejarme? En cuanto fui capaz de andar me reincorporé al trabajo. Mac ordenó que se adecentara otra vez mi despacho de La Fidelidad de California para compensarme por la expulsión temporal. Andy Motycka fue despedido y acusado oficialmente. En la fiscalía del distrito probablemente se limitaron a borrar mi nombre y a insertar el suyo. Daniel se fue con Bass dos días después de la explosión. No puedo decir que lo lamente en exceso.
Después de todo lo que había pasado, su traición se me antojaba insignificante.
Al repasar los hechos, advertí que quedaba un punto por aclarar. Hablé en privado con el teniente Dolan a propósito de los 5.000 dólares que Terry había ingresado en mi cuenta. Me aconsejó que tuviera la boca cerrada y le obedecí.
Atentamente,
Kinsey Millhone.
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- "E" de Evidencia
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
Terminaste "E" de Evidencia
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