"E" de Evidencia

Sue Grafton · Capítulo 21 de 25

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"E" de Evidencia

Capítulo 20

El lunes me levanté a las seis de la mañana y corrí ocho lentos y dolorosos kilómetros. No estaba en forma y no tenía trabajo, pero no lo podía remediar. Probablemente habían sido las peores Navidades de mi vida y el nuevo año, por lo visto, no presentaba mejor cara. Estábamos ya a 3 de enero y tenía ganas de que mi vida volviera a ser lo que había sido antes.

Con un poco de suerte, Rosie reabriría el establecimiento aquel mismo día y Jonah regresaría de Idaho. Henry tenía que volver el viernes. Invoqué al cielo mientras corría, sin prestar atención a los dolores corporales, ni al hecho de no tener despacho ni a la nube de sospechas que aún se cernía sobre mí.

El cielo estaba despejado y soplaba una brisa apática. El día era anormalmente cálido, incluso a aquella hora, y me pregunté si no estaríamos sufriendo un clima semejante al de Santa Ana, donde sopla un viento racheado del desierto, tórrido como el de un horno. No estábamos en la estación en que esto ocurre, pero el aire dejaba en la piel la misma sensación seca y polvorienta. El sudor de la cara se me evaporaba casi en el instante mismo de brotar, y la camiseta se me pegaba a la espalda como un trapo de cocina caliente. Cuando volví a mi barrio, la tensión me había desaparecido en parte. Kinsey Millhone, la eterna optimista. Llegué trotando a la puerta de casa e invertí unos minutos en refrescarme y recuperar el aliento moviéndome a paso normal. El coche de Daniel había desaparecido.

En su lugar había un automóvil que no había visto en mi vida, un utilitario a juzgar por la forma, anónimo y sin rasgos bajo la funda de algodón azul claro que lo cubría. Los espacios para aparcar están limitados en la zona y no abundan los garajes. Si alguna vez me compro otro coche, me haré con una de estas fundas de protección. Me apoyé en la valla del jardín y estiré los músculos de las pantorrillas, como se debe, antes de meterme en la ducha.

A las ocho me llamó Lance Wood. El ruido que se oía de fondo era esa mezcla hueca que producen el fragor del tráfico y la resonancia propia de las cabinas telefónicas.

—¿Dónde está? —le pregunté en cuanto supe quién era.

—En Colgate, en un cruce de calles. Sospecho que me han pinchado el teléfono de la oficina.

—¿Ha hecho que lo comprueben?

—Bueno, la verdad es que no sé cómo abordar un problema así y me sentiría como un idiota si solicitara una revisión a la compañía telefónica.

—No hace falta que lo jure —dije—. Sería como pedir a la zorra que cuidara del gallinero. ¿Qué motivos tiene para pensar que se lo han pinchado?

—Pues que pasan cosas raras. Sostengo una charla telefónica y antes de que me dé cuenta ya sabe todo el mundo qué he dicho o he dejado de decir.

No me refiero a los típicos chismorreos laborales. Es algo más sutil, por ejemplo comentarios que he hecho a clientes de otro estado y que los de Santa Teresa deberían desconocer.

—¿Y si es alguien que se dedica a escuchar detrás de las puertas? En su empresa hay muchos empleados que pueden acceder a los teléfonos.

—A mi línea privada no. No es que nos dediquemos a traficar con secretos de estado, pero todos decimos cosas que a lo mejor no nos gusta que se difundan. En este asunto hay alguien que me quiere desacreditar.

¿No podría usted hacer alguna averiguación al respecto?

—Puedo intentarlo —dije—. ¿Y si fuera el aparato telefónico? ¿Ha probado a desenroscar el auricular?

—Desde luego, pero no sé qué aspecto tienen por dentro los auriculares sin intervenir. Lo único que sé decirle es que no oigo ruidos raros ni chasquidos.

—Si la intervención se ha hecho bien, no tiene por qué oír ruidos extraños. Un buen pinchazo es prácticamente indetectable. Pero podría tratarse de otra cosa —dije—. A lo mejor le han puesto micrófonos ocultos en el despacho.

—Tanto me da. ¿Sería usted capaz de localizarlos?

—Tal vez, con un poco de suerte. Hay aparatos electrónicos para detectar estas cosas. Veré si puedo comprar uno antes de salir para Colgate.

Dentro de un par de horas me reuniré con usted en la fábrica. Ahora tengo que solucionar un par de detalles.

—De acuerdo. Gracias.

Invertí una hora en pasar a máquina las notas que había tomado y recorté lo que decía el periódico sobre la explosión para incluir la noticia en el expediente. Llamé a Texas, al teléfono de Lyda Case, por si acaso su compañera de piso había tenido noticias de ella. Me habría sido muy útil saber la manera de localizarla en Santa Teresa.

A las nueve y diez sonó el teléfono. Era Darcy, me llamaba desde La Fidelidad de California y hablaba como si se protegiera la boca con la mano ahuecada.

—Lío y gordo —dijo.

El corazón me dio un vuelco.

—Cuenta, cuenta.

—Si cambio de tema sin más ni más, será la señal de que Mac ha entrado —murmuró—. Le he oído hablar con Jewel sin que se diera cuenta.

Le ha dicho que la Policía ha recibido una llamada anónima acerca del inventario del almacén. Por lo visto, Lance Wood trasladó toda la mercancía antes de que se declarase el incendio. La mercancía por la que quiere que se le indemnice no era en realidad más que un montón de chatarra sin valor.

—Eso es mentira —dije—. Yo misma vi parte del material. Inspeccioné cinco o seis cajas cuando estuve en el almacén.

—Bueno, cabe la posibilidad de que dejase unas cuantas cajas de mercancía auténtica entre las falsas. Van a acusarle oficialmente, Kinsey.

De incendio provocado y estafa, y a ti de complicidad. Mac le ha pasado todos los papeles al fiscal del distrito esta misma mañana. Pensé que te gustaría saberlo por si necesitaras consultar con un abogado.

—¿Qué planes tienen? ¿Lo sabes?

—El señor Motycka no está, pero le puedo dejar una nota en la mesa —

dijo.

—¿Ha entrado Mac?

—No nos dijo la hora exacta, pero le esperamos hoy. Ya. Entiendo. Así lo haré. Muy bien, gracias —dijo, y colgó.

Llamé a Lonnie Kingman y le conté lo que pasaba. Me dijo que consultaría con la fiscalía del distrito para saber si iba a dictarse alguna orden de detención. Me aconsejó que me presentara voluntariamente a la Policía para evitar la vergüenza y la confusión que producen las detenciones en público.

—No puedo creer que esto me esté ocurriendo a mí —dije.

—Bueno, aún no ha pasado nada. Preocúpate cuando yo te lo diga, no antes —dijo.

Cogí el bolso y las llaves del coche y me dirigí a la puerta. Había vuelto a desenchufar las clavijas de las emociones. Dejarme vencer por la ansiedad carecía de sentido. Subí al coche y me dirigí a un establecimiento de artículos eléctricos que hay en Granita. Sospechaba que mis conocimientos sobre inspección electrónica debían de estar anticuados, ya que se limitaban a cuatro datos aprendidos en un cursillo acelerado que había seguido en la Academia de Policía hacía casi una década. La tecnología a escala liliputiense había tenido que revolucionar el campo desde entonces, pero sospechaba que lo fundamental tenía que basarse en principios idénticos.

Micrófono, transmisor y grabadora, sin duda activada oralmente en la actualidad. La instalación la puede realizar cualquier técnico disfrazado de empleado de la compañía telefónica, de empleado de la compañía de gas, de instalador de televisión por cable.

La vigilancia electrónica cuesta mucho dinero, es ilegal salvo que la autorice un juez, y es mucho más sencilla en las películas de la tele que en la vida real. Detectar micrófonos es otra historia. Claro que siempre cabía la posibilidad de que todo fuera fruto de la imaginación de Lance Wood, aunque lo dudaba.

El pequeño receptor que compré en Granita tenía más o menos el tamaño de un transistor. No cogía todas las bandas de frecuencias, pero sí la mayoría de las empleadas para estos menesteres, entre 30 y 50 megahercios y entre 88 y 108 megahercios. Si el micrófono oculto estaba conectado a un cable, tendría que dar con el cable por mis propios medios, pero si era inalámbrico, el receptor emitiría un pitido en cuanto se pusiera a su alcance.

Puse rumbo a Colgate con las ventanillas bajadas; el aire tórrido entraba a raudales y caldeaba el interior del VW como si fuese un horno de convección. El hombre del tiempo que hablaba por la radio del coche parecía tan aplatanado como yo. El asfalto brillaba y temblaba a causa del calor, igual que si estuviéramos en agosto. En Santa Teresa, el mejor mes suele ser enero. Todo reverdece y florece, y la temperatura, suave y agradable, baja a veintitantos grados.

El rótulo del banco que indicaba la hora y la temperatura decía que estábamos a 31 grados centígrados, y eso que aún no era mediodía.

Aparqué delante de Wood/Warren y entré en la, fábrica. Lance salió de su despacho; vestía una camisa vieja y se había subido las mangas.

—¿Tenemos que ir con cuidado con lo que digamos al entrar? —me preguntó, señalándome la puerta del despacho.

—No hace falta. Es mejor que sepan que estamos al tanto de sus maniobras. A lo mejor se desconciertan y todo.

Antes de poner manos a la obra, hice una rápida inspección de las paredes del despacho y el antedespacho por si acaso se había instalado un micrófono inalámbrico entre los paños de la pared o en el interior de alguna puerta hueca cuyo panel hiciera las veces de diafragma transmisor del sonido.

El despacho de Lance estaba situado en el extremo derecho del edificio, formando ángulo con la fachada. Las dos paredes que lindaban con el

exterior eran de piedra y hormigón; habría sido difícil ocultar allí un micrófono, ya que habrían tenido que perforar la piedra con un taladro. Uno de los tabiques interiores lindaba con recepción, donde no habría sido fácil esconder un micro. La cuarta pared estaba limpia.

Los empleados nos miraban con indiferencia mientras llevábamos a cabo la etapa preliminar de rastreo. Ninguno parecía inquieto por la presencia manifiesta del detector de micrófonos.

Entramos en el despacho. Inspeccioné primero el teléfono: quité la lámina de la parte inferior y desenrosqué los dos extremos del auricular. A juzgar por lo que vi, nada sospechoso había en el aparato.

—No está en el teléfono, ¿verdad? —dijo Lance.

—Nunca se sabe. Podría encontrarse en cualquier punto de la línea —

dije—. Igual hay una conexión directa en el tendido, pero no sé la manera de comprobarlo. Tenemos que partir de la base de que el micrófono se encuentra en el despacho. La cuestión es dar con él.

—Pero ¿qué buscamos exactamente? —preguntó Lance.

Me encogí de hombros.

—Un micrófono, un transmisor. Si quien le espía es el FBI o la CIA, lo más seguro es que no encontremos nada. Tienen un personal muy eficaz.

Pero si quien le vigila es un aficionado, cabe la posibilidad de que el aparato sea rudimentario.

—¿Qué trasto es ése?

—Un receptor manual —dije—. Detectará cualquier sonido que produzca el micrófono y emitirá un pitido. Primero lo buscaremos con el receptor y, si no lo encontramos, desmontaremos el despacho pieza por pieza.

Encendí el receptor y fui sintonizando las frecuencias habituales mientras me movía por la estancia igual que un zahorí. Nada.

Metí el receptor en el bolsillo exterior del bolso y me puse a buscar con rapidez, siguiendo la periferia del despacho y avanzando a continuación hacia el centro para peinar la estancia con un recorrido reticular que no pasara por alto ni un solo centímetro cuadrado.

Nada.

Me detuve unos instantes, llena de confusión, mientras recorría con los ojos el techo, las paredes y el suelo. ¿Dónde estaría aquel cacharro? Me quedé mirando un enchufe telefónico que había a la derecha de la puerta.

—¿Qué es eso?

—¿El qué? Ah. Hice cambios en el despacho y trasladé el teléfono a otro sitio. Estaba ahí antes.

Me arrodillé e inspeccioné el enchufe. Parecía del todo normal. Cogí el destornillador y levanté la tapa. Faltaba un fragmento de zócalo. Empotrada en el hueco había una grabadora del tamaño de una baraja.

—Ajajá —dije. La cinta avanzó medio carrete y se detuvo. Desconecté el microsensor auditivo y puse la grabadora encima del escritorio. Lance se dejó caer en la silla giratoria. Intercambiamos una larga mirada.

—¿Por qué? —dijo con abatimiento.

—No tengo ni idea. Dígamelo usted.

Sacudió la cabeza.

—No sé ni qué decir. Que yo sepa, no tengo enemigos.

—Pues parece que sí los tiene. Y no sólo usted. Hugh Case está muerto y Terry también lo estaría de haber sido él quien cogiera el paquete y no Olive. ¿Hay algo que tengan los tres en común?

—Nada. Se lo juro. Los tres estamos relacionados con Wood/Warren, pero ni siquiera desempeñamos la misma actividad. Fabricamos hornos de hidrógeno. Es lo único que hacemos. Y Hugh falleció hace dos años.

Así pues, ¿por qué? Si se trata de alguien que quiere hacerse con la empresa, ¿por qué elimina a las personas clave?

—Puede que no sea ése el motivo. A lo mejor nada tiene que ver con el trabajo. Piénselo detenidamente. Yo hablaré con Terry y le diré que haga lo mismo. Puede que hayamos pasado algo por alto.

—Tiene que ser eso —dijo. El acaloramiento y la tensión se le notaban en la cara. Dio un golpecito con el dedo a la grabadora—. Gracias por el servicio.

—Sea prudente. Podrían haber escondido otro. A lo mejor han instalado éste en un sitio fácil de descubrir para que dejemos de buscar. —Cogí el

bolso, me dirigí a la puerta y me detuve en el umbral—. Llámeme si se le ocurre algo. Y si tiene noticias de Lyda Case, comuníquemelo.

Al cruzar recepción me desvié a la derecha. John Salkowitz alzó los ojos del diagrama que tenía en la mesa.

—¿Deseaba alguna cosa?

—¿Sabe dónde está Ava Daugherty?

—Acaba de irse. Tenía unos encargos pendientes, pero volverá enseguida.

Saqué una tarjeta y la dejé en el escritorio de Ava.

—Por favor, dígale que me llame, si no es molestia.

—Se lo diré.

Llegué a casa a eso de las tres. Me sentía sucia y acalorada de tanto escudriñar debajo de los muebles. Crucé la puerta y tiré el bolso encima del sofá. Sufrí un sobresalto al oír el pitido y volví a coger el bolso. Saqué el detector de micrófonos del bolsillo exterior y lo apagué. Jesús, qué susto me había dado. El silencio me sentó de maravilla. Me quedé inmóvil, con el corazón aún a cien por hora, respirando el aire fresco generado por el repentino brote de sudor. Me palmeé el pecho y vacié los pulmones. Me acerqué a la cocina cabeceando. Me sentía seca, con ganas de tomarme una cerveza. El piso estaba tan húmedo y herméticamente cerrado como una sauna. Inspeccioné el frigorífico. Ni siquiera había una lata de Pepsi light.

Me detuve en seco y giré la cabeza muy despacio. Cerré la puerta del frigorífico y volví al sofá. Cogí el detector de micrófonos, lo encendí y recorrí la estancia. Los pitidos rasgaron el silencio como una alarma antirrobo.

Me acerqué al rincón y me detuve con los ojos clavados en el suelo. Me agaché y, con mucho cuidado, metí la mano en el agujero de la caja de resonancia de la guitarra de Daniel. El transmisor tendría el tamaño de una caja de cerillas y lo habían pegado con cinta adhesiva. Sentí un escalofrío a lo largo de toda la columna. Daniel estaba metido en aquel asunto.

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