"E" de Evidencia

Sue Grafton · Capítulo 24 de 25

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"E" de Evidencia

Capítulo 23

Me dirigí a la comunidad de propietarios donde vivía Andy, contenta porque no iba a tener que redactar el acostumbrado informe que resumía los acontecimientos de la jornada. La cosa es que no había preparado plan ni estrategia algunos con los que orientar el caso. Tampoco tenía el menor indicio informativo sobre lo que estaba pasando en realidad. Así pues, iba de un extremo a otro de la ciudad más bien a ciegas, con la esperanza de encontrar lo que fuese. Por otra parte, no quería volver a mi casa, en cuya puerta imaginaba que estarían ya los gendarmes con una orden de detención. Andy era uno de los eslabones perdidos. Una persona, quienquiera que fuese, había ideado un plan perfecto para desacreditar a Lance y eliminar a dos ingenieros clave de Wood/Warren. Andy había facilitado la trampa incriminadora, pero, una vez que Olive había abandonado el mundo de los vivos, sin duda había decidido, por su parte, abandonar la ciudad. Si conseguía demostrar que había una conexión entre Andy Motycka y la persona que le había metido en el asunto, probablemente estaría en situación de adivinar el desenlace de la historia.

Las puertas electrónicas de The Copse estaban abiertas y las crucé sin que se me echaran encima perros rabiosos ni guardias jurados. Una señora alta y rubia, ataviada con un chándal, paseaba a un caniche de color albaricoque, pero ni se fijó en mí. Aparqué el coche en la plaza que Andy había dejado vacía. Troté hasta el rellano del primer piso y entré con la llave

que, a raíz de mi primera visita, sabía que estaba sobre el dintel de la puerta principal.

Confieso que nada más cruzar el umbral olisqueé el aire con aprensión, por si Andy hubiera acabado igual que Lyda Case. El piso olía bien y el polvo que se había acumulado en las estanterías vacías confirmaba que nadie había estado allí en los últimos días.

Efectué una inspección rápida del lugar para asegurarme de que estaba totalmente vacío. Abrí la puerta corredera de la parte de atrás, eché un vistazo a los dormitorios y volví a la sala de estar para descorrer las cortinas de la fachada. Me puse a curiosear con ayuda de la luz del sol. Andy vivía en unas condiciones tan espartanas que la casa tenía que parecer vacía incluso con Andy en ella. El abandono, sin embargo, producía en ese momento la misma impresión que un garaje sin vehículos; la moqueta estaba cubierta de papelitos. En situaciones semejantes siempre echo de menos lo evidente: mensajes cifrados, facturas de motel, rutas comentadas que informan sobre el posible paradero de los desaparecidos. Los pedacitos de papel que alfombraban el suelo nada tenían que ver con los ejemplos de más arriba y no aumentaron mis conocimientos sobre el caso después de ponerme a cuatro patas para leerlos. La investigación privada es un oficio lleno de situaciones humillantes.

Habían vaciado el botiquín del cuarto de baño. El champú, el desodorante y los trastos de afeitar habían desaparecido. Andy, dondequiera que estuviese, olería bien y estaría recién afeitado. También había desaparecido toda la ropa sucia de su dormitorio y las cajas de plástico azul se habían vaciado. No habían dejado más que un calzoncillo barato, con chabacanos signos de admiración estampados en púrpura. Siempre me ha llamado la atención la ropa interior de caballero. ¿Qué mujer sería capaz de adivinar que debajo del sobrio traje de tres piezas se esconden tales adminículos? Andy se había dejado la bicicleta, el remo gimnástico y las cajas de embalar sobrantes. Unas sábanas mal dobladas en el armario y una caja de pizzas pequeñas en el frigorífico.

Se había llevado la botella de aguardiente y las barritas de Milky Way, previendo tal vez que la vida al volante iba a ser una sucesión de

chocolatinas y cogorzas.

La mesa camilla seguía en su sitio, coronada por el contestador automático y rodeada con el mayor desorden por las sillas playeras de metal, como si hubiera estado con unos amigos, invitados a compartir con él un banquete a base de congelados de régimen. Tomé asiento, apoyé los pies en la silla contigua e inspeccioné el improvisado despacho de Andy.

Había dejado unos lápices, un tubo líquido corrector ya pastoso y un puñado de facturas pendientes de pago. Advertí que el contestador automático era de la misma marca que el mío. Alargué la mano y abrí el casillero lateral donde se apuntan los teléfonos de uso más frecuente. De las dieciséis casillas con que contaba, sólo se habían rellenado seis. Andy tenía un cerebro rebosante de imaginación. Bomberos, Policía, La Fidelidad de California, su ex mujer, una tienda de bebidas alcohólicas y una casa de pizzas que las entregaba a domicilio sin recargo.

Me quedé mirando la minipantalla del contestador, pensando en las características de aquel modelo. Con no poca cautela, apreté el asterisco que había junto al botón del 0. En el mío, el * vuelve a marcar el último número al que se ha llamado. El suyo hizo lo mismo mientras emitía una serie de notas musicales y en la pantalla aparecía el número en verde. Me resultaba lejanamente conocido y tomé nota de él. Comenzaron los timbrazos. Tres.

Cuatro.

Lo cogieron. Oí un zumbido, hubo una pausa y al otro extremo de la línea se activó otro contestador automático.

«Hola. Este es el número 555–3282, le habla Olive Kohler. En este momento no podemos atenderle. He tenido que ir al supermercado, pero estaré de vuelta hacia las cuatro y media. Si quiere dejar un recado y dar su número de teléfono, le llamaré en cuanto vuelva. Si llama para confirmarnos su asistencia a la fiesta de Nochevieja, diga su nombre y ya nos veremos esta noche. Adiós.»

El corazón me latía con fuerza. Desde la muerte de Olive, no se había cambiado el mensaje y era como si ella volviese a estar allí, inmovilizada para toda la eternidad en el 31 de diciembre, grabando un mensaje antes de

ir al supermercado para comprar lo que hiciese falta para la fiesta que no iba a celebrarse.

Con espíritu perverso, apreté otra vez el botón del asterisco. Cuatro timbrazos y Olive volvió a responder con una voz tan hueca como llena de vida. De nuevo estaba a punto de salir a comprar, de nuevo solicitaba el nombre, el teléfono y el recado del interlocutor. «Adiós», repitió. Podía llamar cientos de veces y cientos de veces diría «Adiós» sin sospechar hasta qué punto era definitiva la despedida.

De modo que la última llamada de Andy había sido para Olive, pero

¿con qué objeto? La memoria me dio un zarpazo. Vi, como en cámara rápida, a Olive en el momento de abrir la puerta principal de su casa, a Olive, cargada con las bolsas de la compra y con el paquete bomba, dirigido a Terry, encima de ellas. En el instante de abrirse la puerta se había puesto a sonar el teléfono; por eso se había desembarazado del paquete con precipitación. Puede que Andy supiera que el paquete se encontraba en el umbral y que hubiera llamado para advertirles.

Salí de la casa, subí al coche y volví a la ciudad, sin detenerme más que para engullir un plato combinado. Mi siguiente objetivo lógico era la casa de los Kohler, pero sentí una descarga de ansiedad en cuanto me adentré en el camino de acceso. Como es natural, no había estado allí desde la explosión de la bomba y no me entusiasmaba la idea de revivir la experiencia. Aparqué delante mismo y crucé con aprensión el espacio vacío del seto donde antes estuviera la puerta. Sólo había quedado en pie el marco metálico, doblado por donde la onda expansiva había arrancado de las bisagras la maciza puerta de madera. Había sitios donde la explosión había dejado los arbustos completamente sin hojas.

Me acerqué a la casa. El hueco donde estuviera la puerta principal lo habían cerrado con tablas de conglomerado y listones. Una de las columnas del porche se había partido por la mitad y en su lugar habían puesto una viga gruesa. El sendero de la entrada estaba chamuscado, con islotes de césped renegrido. Habían puesto caballetes y rótulos que recomendaban utilizar la puerta trasera. Volví a percibir el penetrante aroma de las

cebollitas en vinagre que se habían desparramado por el jardín como un collar de perlas.

Una fuerza desconocida me obligó a mirar el lugar donde Olive había aterrizado, convertida en un montón de carne ensangrentada. Recordé entonces que, puesto que iba tan cargada, me había ofrecido a llevarle el paquete. Su negativa me había salvado. La muerte nos roza en ocasiones de este modo, con un guiño, un ademán y la obscena promesa de que volverá a visitarnos en otra ocasión. Me pregunté si Terry se sentiría tan culpable como yo por el hecho de que Olive hubiera muerto en nuestro lugar.

Me di cuenta de que contenía la respiración y abrí los brazos igual que un atleta en mitad de la carrera mientras avanzaba hacia la parte posterior del edificio. Llamé a la puerta trasera y me hice pantalla con las manos mientras pegaba la nariz al cristal para ver si Terry o el ama de llaves se encontraban en casa. No parecía haber nadie. Aguardé y volví a llamar. En el ángulo inferior derecho de la ventana de la cocina había una pegatina de una empresa de alarmas antirrobo; en la parte inferior había una frase que decía «Alarma conectada». Retrocedí para tener una perspectiva más amplia. En la tapa de la alarma había una luz roja encendida. Si la luz hubiera sido verde, cualquier ladrón habría sabido que podía ponerse a trabajar sin peligro. Saqué una tarjeta del bolso y garabateé unas palabras para decir a Terry que me llamase en cuanto volviera. Subí al coche y puse rumbo a la casa de los Wood. O mucho me equivocaba o Terry estaba aún allí.

La luz vespertina bañaba la deslumbrante fachada blanca. El césped estaba recién cortado, tan denso y verde como una alfombra de lana. El océano, al otro lado de los peñascos, era de un azul marino intenso y las cabrillas que rizaban la superficie señalaban la presencia del fuerte viento que agitaba las aguas. A mi espalda soplaba el viento tórrido del desierto y las palmeras se sacudían sin parar allí donde los dos coincidían. El pequeño deportivo rojo de Ash estaba aparcado en el sendero circular, al lado de un BMW. No vi el menor rastro del Mercedes de Terry. Rodeé el edificio para acceder al largo y achaparrado porche que daba al mar y llamé al timbre.

Me abrió la criada y me dejó en el vestíbulo mientras iba a buscar a la señorita Ebony. Yo había preguntado por Ash, pero tampoco estaba el horno para bollos. Habría dado cualquier cosa por tener una teoría, pero seguía dando palos de ciego. Ya no podía estar muy lejos de la verdad, pero seguía sin tener una idea clara de la solución. Dadas las circunstancias, sólo se me ocurría insistir, machacar, repetir los pasos que ya había dado. Bass era el único de la familia a quien quería eludir. No es que a esas alturas me importase, pero una tiene su orgullo. ¿Hay alguna mujer en el mundo a quien le guste charlar con el amante de su ex marido? Tenía que tener cuidado, no fuera que el resentimiento me obnubilase y me impidiera descubrir qué papel jugaba en el asunto.

—Hola, Kinsey.

Ebony estaba al pie de la escalera, preparada, sin que se le reflejase la menor emoción en el pálido rostro ovalado y de cutis tan liso como una cáscara de huevo. Llevaba un vestido negro de seda, de cuerpo entallado como una blusa, que le realzaba los hombros anchos, las caderas lisas y las piernas largas y bien torneadas. Los zapatos rojos que calzaba tenían unos tacones de diez centímetros por lo menos.

Se había depilado los pómulos. Las manchas rojas que lucía en las mejillas se debían a la tensión y no a la buena salud que tradicionalmente significan. En la mitología familiar, Ebony era la buscadora de emociones fuertes, la adicta a los deportes peligrosos: practicaba la caída libre, esquí con helicóptero y escalaba la pared lisa de las montañas más difíciles.

Puede que, en la dinámica familiar, estuviese destinada a vivir temerariamente, del mismo modo que Bass vivía rodeado de vanidad, ocio y caprichos.

—Quiero hablar contigo —dije.

—¿De qué?

—De la muerte de Olive. —Y añadí—: Lyda Case también ha muerto.

—Sí, ya me lo ha dicho Bass.

Esbocé una sonrisa amarga.

—Oh, Bass. ¿Cómo es que se ha metido en esto? No sé por qué, pero tengo la impresión de que llamaste a Nueva York para hablar con él.

—Es verdad.

—Ebony, eso es jugar sucio.

Se encogió de hombros con indiferencia.

—Tú tienes la culpa.

—¿Yo?

—Te pregunté qué pasaba y no quisiste decírmelo. Es mi familia, Kinsey. Tengo derecho a saberlo.

—Entiendo. ¿Y a quién se le ocurrió involucrar también a Daniel?

—A mí, pero fue Bass quien lo buscó. Estuvieron liados hace años, hasta que Bass cortó. Pero quedaba algún rescoldo pendiente. Daniel se volvió loco de alegría y no tuvo inconveniente en secundarle; era una oportunidad para reavivar el fuego.

—Y durante la operación me traicionasteis —dije.

Esbozó una ligera sonrisa, pero siguió mirándome con seriedad.

—Si te hubiéramos consultado, habrías dicho que no.

Algo pendiente debías de tener tú también, de lo contrario no habrías picado tan fácilmente.

—Eso es verdad —dije—. Fue una maniobra inteligente. Dios, me engañó como a una tonta. Os lo habrá contado todo, ¿no?

—Todo no.

—¿De veras? ¿Os falló el plan? ¿Quedó algún detalle en el aire?

—Aún no sabemos quién mató a Olive.

—Ni a Lyda Case —dije—, aunque es probable que el motivo no haya sido el mismo. Sospecho que de algún modo adivinó lo que estaba pasando.

Puede que volviera a mirar los papeles de Hugh y encontrase algo significativo.

—¿Por ejemplo?

—Eh, eh, si lo supiera, seguramente sabría también quién la ha matado,

¿no crees?

Se removió con inquietud.

—Tengo cosas que hacer. ¿Por qué no me dices lo que quieres?

—Veamos. Mientras daba vueltas por la ciudad se me ocurrió que podía ser interesante saber quién va a heredar las acciones de Olive.

—¿Qué acciones?

—El diez por ciento que le da el derecho al voto. Está claro que no pensaba dejárselas a alguien ajeno a la familia. ¿A quién se las ha legado entonces?

Advertí que por una vez se ponía nerviosa en serio. El rubor que le tiñó las mejillas parecía real.

—¿Tanta importancia tiene? La bomba iba dirigida a Terry. Olive murió por casualidad, ¿no?

—No lo sé. ¿Murió por casualidad? —retruqué—. ¿Quién se beneficiaba con su desaparición? ¿Tú? ¿Lance?

—Ash —dijo una voz—. Olive dejó su paquete de acciones a su hermana Ashley.

La señora Wood estaba en lo alto de la escalera. Levanté la vista y vi que se sujetaba a la barandilla para acercar la silla de ruedas con el cuerpo tembloroso a causa del esfuerzo.

—Madre, no tienes por qué preocuparte por estas cosas.

—Yo creo que sí. Ven a mi cuarto, Kinsey. —La señora Wood desapareció.

Miré a Ebony, la aparté con el codo al pasar y subí.

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