"E" de Evidencia

Sue Grafton · Capítulo 7 de 25

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"E" de Evidencia

Capítulo 6

El martes, a las seis de la mañana estaba ya en el gimnasio. Puesto que me había quedado sin oficina, podía haber ido más tarde, pero me gusta el ambiente que hay a esa hora. Está silencioso y medio vacío y, en consecuencia, no nos peleamos por el equipo. Los discos y las pesas están en su sitio. Los espejos están limpios y el aire no huele a los calcetines de la víspera. Las poleas constituyen un fenómeno curioso, ya que en realidad son máquinas ideadas para imitar el trabajo de negros del que nos libró la revolución industrial. Levantar pesas es como una sesión de meditación trascendental: hay momentos de actividad concentrada y momentos de descanso. Es una buena ocasión para pensar, ya que nada más puede hacerse. En primer lugar hice abdominales: treinta y cinco, luego treinta y finalmente veinticinco. Me senté en el banco de un Nautilus, me enganché a las poleas y me puse a hacer ejercicios de brazos, tres series de diez movimientos, con dos discos. Los hombres levantan entre diez y veinte discos como si nada, pero yo, con menos peso, me canso igual y en el fondo no se trata de prepararse para el campeonato regional de culturismo. Me puse a pensar en los detalles de la trampa que me habían tendido… Una encerrona astuta, basada en la combinación cronológica de los acontecimientos. El informador anónimo de Mac tenía que ser Ava Daughert, pero ¿por orden de quién? Estaba claro que no había maquinado aquel embrollo ella sola. Alguien había metido la mano en el expediente Wood/Warren; cabía la posibilidad de que las llaves del despacho me las

hubieran cogido del bolso; pero quién de Wood/Warren sabía lo suficiente para falsificar un informe del cuerpo de bomberos? Tenía que haber sido una persona que estuviera al tanto de los procedimientos habituales de La Fidelidad de California.

Las investigaciones de las compañías de seguros suelen seguir una pauta. Era imposible que una persona ajena a estos trámites supiera que podía cambiarlos en un momento concreto. Darcy podía haberlo hecho. Y, puestos a pensar en posibilidades, Andy también; incluso Mac. Pero ¿por qué?

Seguí trabajando los bíceps y los tríceps. Puesto que corro seis días a la semana, voy al gimnasio sobre todo para fortalecer el ABC —abdomen, brazos y culo— en una serie de ejercicios en los que invierto cuarenta y cinco minutos tres veces a la semana. Hacia las siete y cuarto había terminado. Fui a casa a ducharme y volví a salir, esta vez con los tejanos, el suéter de cuello de cisne y las botas. Darcy entraba a trabajar a las nueve, pero a esa hora, día sí y día no, me la encontraba tomando un café con un bollo de hojaldre relleno en la cafetería que había al cruzar la calle.

Aprovechaba la ocasión para chismorrear, leer el periódico y pintarse las uñas.

No había la menor señal de ella cuando entré en la cafetería a las ocho en punto. Compré un periódico y me senté en el reservado del fondo donde normalmente se instala. Se me acercó Claudine y le pedí algo para desayunar. A las ocho y doce minutos entró Darcy con un abrigo ligero de lana. Se detuvo en seco al verme, modificó el rumbo y se introdujo en un reservado vacío. Cogí mi café y me acerqué a ella; me encantó la cara de vinagre que puso al percatarse de mis intenciones.

—¿Te molesta que me siente contigo? —pregunté.

—Bueno, la verdad es que preferiría estar sola —dijo, evitando mi mirada.

Llegó Claudine con el bacon y los huevos revueltos, humeantes todavía, y los puso delante de mí. Claudine es una cincuentona con voz de trueno y las pantorrillas surcadas de varices.

—Buenos días, Darcy. ¿Qué va a ser hoy? Se nos han acabado los hojaldres rellenos de queso, pero te puedo traer uno de cereza, si te apetece.

—Sí, está bien. Y un zumo de naranja pequeño.

Claudine apuntó el pedido y se guardó el cuaderno en el bolsillo del delantal.

—Enseguida te traigo el café.

Desapareció antes de que Darcy pudiera protestar. Vi que miraba a todas partes, en busca de un asiento vacío. La cafetería se llenaba con rapidez y parecía sentirse acorralada.

Mientras desayunaba la observé de un modo que quería ser molesto. Se quitó el abrigo y por lo menos estuvo un año de pie para doblarlo tal como ella quería. Es una de esas mujeres cuya «remodelación» constituiría un desafío para las expertas en el «háztelo–tú—misma» de las revistas de modas. Tiene un pelo, finó como el de una niña, que se niega a aceptar las permanentes, ojos azul claro y una frente alta y protuberante. Su piel es lechosa y transparente, y a través de la misma se ve un encaje de venas que recuerda las etiquetas de las lavanderías. Me habían contado que su novio era cartero y que trapicheaba con drogas, y me pregunté si repartiría las papelinas al mismo tiempo que el papelerío. Lo cierto es que a ella le estaba jodiendo el día y saberlo me abría el apetito.

—Supongo que ya sabes que estoy metida en un lío.

—Lo difícil sería no enterarse —dijo.

Abrí una porción individual de jalea de uva y vertí la mitad en media tostada triangular de pan integral de trigo.

—¿Se te ocurre quién puede haber sido?

Volvió Claudine con la cafetera, una taza y un platito. Darcy, con gran prudencia, se abstuvo de todo comentario mientras le llenaban la taza y rellenaban la mía. Cuando Claudine se hubo ido, la cara se le estiró y el color de la tez le cambió del tono lástima al matiz melancolía. Dicha mutación, en el fondo, no carecía de atractivo. Le encantan las tonalidades pastel, sin duda porque imagina que los colores desteñidos le sientan mejor que los sólidos. Por ejemplo, llevaba un suéter del mismo color amarillo

que las muestras de orina de los enfermos de diagnóstico dudoso. El rubor, sin embargo, le devolvió un poco de sana vitalidad.

—Yo no te he hecho nada —dijo adelantando el tórax.

—Genial. Podrías echarme una mano entonces.

—Mac nos ha dicho que no te dirijamos la palabra.

—¿Por qué?

—Pues está claro, no quiere que te contemos cosas que no tienes por qué saber.

—¿Por ejemplo?

—No quiero discutir contigo.

—¿Sabes lo que pienso? —dije en tono amistoso. Medio esperaba que se taponara los oídos con los dedos y se pusiera a canturrear para no oírme, pero me di cuenta de que hasta cierto punto le picaba la curiosidad y me aferré a ello—. Yo creo que es Andy quien está detrás de todo esto. No sé qué busca, pero seguro que tiene que ver con el dinero. Puede que se lo hayan propuesto o que le hayan obligado. También me ha pasado por la cabeza que podrías ser tú, pero ahora pienso que no. Si hubieras sido tú estarías muy simpática conmigo, aunque sólo fuera para convencerme de tu inocencia.

Abrió un sobre de azúcar, llenó media cucharilla y lo echó en el café.

Seguí hablando, como si Darcy fuera amiga mía de toda la vida y tuviera intención de ayudarme.

—LFC suele recurrir a investigadores que no son de la casa, de manera que me imagino que cualquiera de nosotros podría haber sido implicado. La mala suerte ha querido que me tocase a mí. Lo que no impide que Andy obtenga una cierta satisfacción. Nunca le he caído bien y siempre le ha sentado como un tiro que Mac me deje estar en uno de los despachos de la empresa. Lo que Andy quiere es derribar la pared para quedarse él con mi espacio.

Sea como fuere, pienso que el complot gira alrededor de Lance Wood, aunque aún no sé por qué. Creo que voy a indagar por ambos lados para ver dónde se cruzan los hilos. Tiene que ser divertido. Nunca había trabajado

para mí y estoy deseando hacerlo. Además, ser clienta de una misma ahorra muchos trámites.

Esperé a ver cómo reaccionaba. Sus ojos claros estaban fijos en los míos y comprendí que su engranaje mental estaba funcionando.

—Vamos, Darcy —la insté—, échame una mano. ¿Qué puedes perder?

—Ni siquiera me caes simpática.

—Tampoco tú me caes simpática a mí. Pero ésa es otra historia. Las dos detestamos a Andy. Eso es lo importante. Ese tío es una almorrana, una esponja culera.

—En realidad lo es.

—Mac nada ha tenido que ver con esto, ¿verdad que no?

—Creo que no.

—¿Quién, entonces?

Carraspeó para aclararse la garganta.

—Andy se ha dedicado últimamente a rondar mi mesa.

Lo dijo en voz tan baja que tuve que acercar el oído.

—Sigue.

—Empezó el día en que Jewel se fue de vacaciones y Mac le dijo que continuara lo que ella estaba haciendo. Fue Andy quien te propuso para que investigaras la reclamación de Wood/Warren.

—Seguramente pensó que sería más fácil engañarme a mí.

Claudine se acercó con el zumo de naranja y el hojaldre relleno de cereza. Darcy troceó el hojaldre y fue untando los pedazos con mantequilla y metiéndoselos en la boca. Jesús, quizá me convidara a un trozo.

Al parecer le estaba cogiendo gusto a lo de meterse con Andy Motycka, que por lo visto la tenía tomada con las dos.

—Lo que me fastidia —dijo— es que tuve problemas con Mac porque Andy le dijo que el expediente había estado en mi mesa muriéndose de risa durante tres días. Y, ¿sabes?, mentira cochina. Andy se lo llevó a su casa. Vi que lo metía en su maletín el martes, cuando llegó el informe del cuerpo de bomberos.

—¿Se lo contaste a Mac?

—Pues no. ¿Para qué? ¿Para que crea que me lavo las manos y que quiero colgarle el mochuelo a Andy?

—Tienes razón. Yo me vi en un brete parecido —dije—. Mira, si Andy falsificó el informe del cuerpo de bomberos, seguramente hizo el trabajo sucio en casa, ¿no crees?

—Es muy probable.

—Tal vez encontremos alguna prueba si echamos un vistazo. Si tú te encargas de su despacho, yo husmearé en su casa.

—Se ha mudado. Ya no vive en la casa. Se está separando de Janice.

—¿Va a divorciarse formalmente?

—Sí, hace meses que lo prepara. Ella también le jalea por su parte, no creas.

—No me digas. Qué interesante. ¿Y dónde vive ahora?

—En una de esas comunidades de propietarios que hay cerca de Sand Castle.

Conocía el complejo residencial de que hablaba: 160 viviendas enfrente de un campo público de golf llamado Sand Castle y situado en el pequeño municipio de Elton, nada más pasar Colgate.

—¿Y su oficina? ¿La puedes registrar o hay algún inconveniente?

Sonrió por primera vez.

—No te preocupes. Lo haré. Se lo merece.

Me dio su teléfono y le dije que ya la llamaría. Pagué la cuenta de las dos y me fui porque no me pareció prudente que nos vieran salir juntas.

Ya que estaba en el centro, me dejé caer por la oficina de crédito bancario y cambié unas palabras confidenciales con una amiga que está a cargo de una máquina codificadora. Hacía unos años me había encargado que investigase los antecedentes de un amigo de lo ajeno que quería limpiarle ciertos chorrillos. Había echado mano del bolso para pagarme, pero se me ocurrió que las dos saldríamos ganando si hacíamos un trueque;

«cortesías profesionales», como suele decirse. En la actualidad, me dedico a investigar a cada nuevo novio que tiene, y ella a cambio me fotocopia algunos listados. Hay un inconveniente, y es que tengo que esperar a que el banco central de datos se ponga al día, cosa que suele ocurrir una vez por

semana. Le pedí que me facilitara toda la información que tuviera sobre Lance Wood y me dijo que le diese un plazo de 24 horas. Movida por un impulso, y ya que estaba en ello, le pedí también que mirase todo lo que hubiera sobre Andy Motycka. Para conseguir información financiera sobre Wood/Warren tendría que recurrir a los colegas locales Dun&Bradstreet. Mi principal fuente de información iba a ser, sin embargo, la misma Fidelidad de California, dado que Lance Wood había tenido que rellenar un sinfín de impresos al solicitar el seguro. Esperaba contar con la ayuda de Darcy para este cometido. Incluso yo estaba asombrada de lo bien que me caía ahora que estaba en mi equipo. Fui en busca del coche.

Justo en el momento en que salía del parking que hay detrás del edificio, vi que el coche de Andy se detenía junto a la máquina de la entrada y que su propietario cogía el ticket que salió por la ranura. Hizo como que no me veía.

Volví a casa. Nunca me había detenido a pensar en lo mucho que significaba para mí aquel despacho. El cuarenta por ciento del trabajo lo hago sentada en la silla giratoria, con el auricular del teléfono clavado en el cuello y los ficheros y archivadores a mano. El sesenta por ciento del tiempo suelo pasarlo al volante, pero no me gusta sentirme desconectada de mi base de operaciones. Me sitúa en una posición un tanto desventajosa.

No eran más que las diez y cinco, o sea que tenía todo el día por delante. Por costumbre, cogí la Smith–Corona portátil y puse en limpio las notas que había tomado. Cogí luego unos impresos y preparé la minuta de un par de clientes que aún no me habían pagado, hecho lo cual limpié y ordené la mesa. Detesto quedarme con los brazos cruzados. En particular cuando podría estar buscándome la vida por ahí. Llamé a Darcy, a LFC, y me proporcionó la nueva dirección y el nuevo teléfono de Andy. Me confirmó que nuestro hombre se encontraba en su despacho en aquellos momentos.

Llamé a su casa de todos modos y me quedé más tranquila al oír que respondía el contestador automático. Me puse unos pantalones de color azul grisáceo con una franja blanquecina a lo largo de la costura y una camisa azul celeste con el emblema de los Southern California Services cosido en

una manga. Me calcé unos zapatos negros que conservaba de la época en que había estado en el servicio de tráfico de la Policía de Santa Teresa, desenterré un llavero de macarra dotado de una larga cadena, cogí un cartapacio, las ganzúas y un juego de llaves maestras. Me miré en el espejo.

Tenía toda la pinta de una funcionaria de uniforme que está a punto de realizar una inspección rutinaria… pero que no me pregunten sobre qué. Se me notaba en la cara que sabía leer contadores y tomar notas importantes.

Que sabía comprobar instalaciones subterráneas y movilizar equipos de reparación a través del teléfono portátil de mi vehículo de mantenimiento propiedad del condado. Subí al Cucaracha y puse rumbo a la comunidad de propietarios donde vivía Andy, en busca de un poco de emoción y aventura.

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