"E" de Evidencia

Sue Grafton · Capítulo 19 de 25

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"E" de Evidencia

Capítulo 18

Dije a Darcy que se marchara. Cuando se trata de hablar con la gente, prefiero actuar sola, sobre todo si no sé muy bien con quién voy a vérmelas.

Es más fácil entenderse con los demás cuando no hay público delante; queda más espacio para la improvisación y más espacio para negociar.

El edificio era de estilo colonial español y seguramente se remontaba a los años treinta. El tejado de tejas rojas había adquirido el color del óxido y el yeso se había vuelto de un tono cremoso. En la parte delantera había macizos de picudas Strelitzias. Un pino enorme, de unos veinte metros de alto, cobijaba el jardín entero con su sombra. Las buganvillas crecían a lo largo de los aleros y sus racimos de flores purpúreas se descolgaban por las cañerías igual que la guajaca. Todas las contraventanas eran de madera pintada de marrón oscuro. Hacía frío en el soportal, que olía a tierra húmeda.

Llamé al apartamento D. Aunque no había visto el coche de Andy en la calle, cabía la posibilidad de que estuviera en la casa. No sabía qué iba a decir si él me abría la puerta. Eran casi las seis, los vecinos ya preparaban la cena y el pasillo olía a cebolla, apio y mantequilla. Se abrió la puerta y me quedé de piedra. La mujer que tenía ante mí era la ex esposa de Andy.

—¿Janice? —dije, con incredulidad.

—No, yo soy Lorraine —dijo—. Usted busca a mi hermana.

Nada más abrir la boca empezó a difuminarse el parecido. No tendría menos de cuarenta y cinco años y los encantos comenzaban a marchitársele.

Tenía el pelo rubio de Janice y el mismo mentón puntiagudo, pero sus ojos eran mayores y la boca más generosa. Lo mismo le pasaba al cuerpo. Tenía mi estatura, pero unos cinco kilos más y estaba claro dónde se le habían acumulado. Se había pintado de negro los ojos castaños y se había puesto unas pestañas postizas tan espesas que parecían brochas. Vestía un pantalón corto de sarga muy ceñido y una camiseta corta y ajustada. En otra época había tenido las piernas bonitas, pero los músculos habían adquirido ese aspecto fibroso que produce la falta de ejercicio. Tenía la piel bronceada, pero con esa uniformidad que sólo se obtiene en los institutos de belleza: las playas eléctricas.

Andy tenía que estar en la gloria. Hay hombres que se enamoran siempre del mismo tipo de mujer, aunque las similitudes no se vean a simple vista. Lorraine y Janice se parecían como dos gotas de agua. La diferencia estribaba en que todo lo que Lorraine tenía de voluptuoso, la antigua señora de Motycka lo tenía de mezquino, encogido y seco. A juzgar por la carta de Andy, Lorraine manifestaba sus sentimientos con más espontaneidad que Janice. Y encima le hacía cositas que le metían hipo a la sintaxis. Me pregunté si se habría liado con Lorraine antes o después del divorcio. Tanto en un caso como en el otro, las relaciones eran peligrosas.

Si Janice las descubría, los culpables lo pagarían con creces. Me pasó por la cabeza la posibilidad de que alguien se hubiera aprovechado de la situación para asegurarse la colaboración de Andy.

—Busco a Andy —dije.

—¿A quién?

—A Andy Motycka, su cuñado. Soy de la compañía de seguros donde trabaja.

—¿Y por qué viene a mi casa? Andy y Janice están divorciados.

—Andy me dio esta dirección por si alguna vez se presentaba una urgencia.

—¿En serio?

—¿Por qué cree que estoy aquí, si no?

Me miró con suspicacia.

—¿Conoce usted mucho a Janice?

Me encogí de hombros.

—En realidad no. La vi algunas veces en las fiestas de la empresa antes de que se separaran. Cuando ha abierto usted la puerta, pensé que era ella, se parecen muchísimo.

Meditó aquello y lo digirió.

—¿Para qué busca a Andy?

—Desapareció ayer y por lo visto nadie sabe dónde está. ¿Le dijo a usted algo?

—No.

—¿Puedo entrar? Quizás entre las dos nos hagamos una idea de lo que ha pasado.

—Está bien —dijo a regañadientes—. Espero que esto no tenga consecuencias. A mí no me ha dicho que le haya dado a alguien esta dirección..

Se hizo a un lado y entré en la casa. El minúsculo recibidor de suelo embaldosado terminaba en dos escalones, por los que se accedía a una sala de estar espaciosa. Todos los muebles de la casa, nuevos, bonitos e impersonales, parecían alquilados. Encima de la mesita de servicio, de vidrio y latón, había un abeto de unos treinta centímetros de altura, adornado con pirulíes y barritas de caramelo; era la única señal de que la Navidad había pasado por aquel piso.

Lorraine apagó el televisor y me indicó que tomara asiento en un sillón.

El tapizado poseía el tacto correoso y duro que dejan los quitamanchas e impermeabilizadores. Ni las lágrimas ni la sangre ni el alcohol que se derrama podían traspasar aquella cota de malla. Al sentarse dio un tirón a la entrepierna de los pantalones para que la costura no se le clavara en las partes íntimas.

—¿Ha dicho usted que trabajaba para Andy?

—Para él exactamente no, pero sí en la misma empresa. ¿Cuándo fue la última vez que lo vio?

—Hace tres días. Hablé con él por teléfono el jueves por la noche. Iba a quedarse con los niños en Nochebuena y no teníamos que vernos hasta mañana por la noche, aunque siempre me llama, quedemos como

quedemos. Por eso, como esta mañana no llamó, fui a su casa, pero no estaba allí. ¿Por qué necesita usted verle el día de Año Nuevo?

Me ceñí a la verdad hasta donde pude, le dije que el viernes por la mañana se había marchado sin decir adónde iba.

—Tenemos que consultar un expediente. —Y añadí—: ¿No le ha hablado de la reclamación que le han asignado? Hace una semana hubo un incendio en Wood/Warren y creo que se encarga de una parte de las gestiones.

Se produjo un silencio inesperado y las barreras volvieron a alzarse.

—¿Perdón?

—¿No se lo ha contado?

—¿Cómo ha dicho que se llama usted?

—Darcy. Soy la recepcionista. Creo que hemos hablado alguna vez por teléfono.

Adoptó una actitud reservada y formal.

—Entiendo. Bien, Darcy. Andy no me habla de su trabajo. Sólo sé que se siente muy a gusto en la empresa y que conoce su oficio.

—Totalmente —dije—. Y goza de muchas simpatías, por eso nos quedamos preocupados cuando se fue sin decir palabra. Pensamos que podía tratarse de algún asunto familiar. ¿No le dijo si pensaba estar fuera unos días?

Negó con la cabeza.

Por su manera de comportarse, estaba casi segura de que lo sabía todo.

Y estaba igualmente convencida de que no iba a darme el menor indicio que lo corroborase.

—Me gustaría ayudarla —dijo—, pero nunca me cuenta nada. Y si no es molestia, le agradecería que me avisara cuando dé señales de vida.

Compréndalo, me ha inquietado usted.

—No se lo reprocho —dije—. Puede llamarme a este teléfono y si me entero de algo se lo comunicaré enseguida. —Garabateé el nombre de Darcy y a continuación el teléfono de mi casa.

—Espero que no haya pasado algo malo. —Era el primer comentario sincero que le oía.

—Pues claro que no —dije. Habría apostado lo que fuera a que Andy había puesto pies en polvorosa porque estaba muerto de miedo.

Hacía un rato que no dejaba de mirar mi cara quemada y sin cejas.

—No quisiera ser indiscreta, pero ¿ha sufrido usted algún accidente?

—El calentador del agua, que es de gas y me explotó en la cara —dije.

Emitió un murmullo compasivo y deseé que la mentira no se volviera contra mí—. Bueno, disculpe por haberla molestado en un día de fiesta,

¿eh? La llamaré si me entero de algo. —Me puse de pie, ella hizo lo mismo y me acompañó hasta la puerta.

Volví a casa andando por calles que acusaban el avance del anochecer, aunque ni siquiera eran las ocho. El sol de invierno se había puesto ya y la temperatura había bajado con él. Estaba agotada y por dentro deseaba volver al hospital para pasar allí la noche. Había algo en las sábanas limpias y blancas que me atraía. Además, estaba hambrienta y por una vez me habría gustado comer algo más nutritivo que las galletas sin sal con crema de cacahuete, que era lo que me esperaba en casa.

El coche de Daniel estaba ante mi puerta. Eché un vistazo al interior, esperando a medias verlo dormido en el asiento trasero. Entré en el jardín, recorrí el flanco del edificio y accedí al patio de Henry. Daniel estaba encaramado en el muro de piedra artificial que separaba la casa de Henry de la del vecino de la derecha. Daniel, con los codos en las rodillas, interpretaba una melodía lenta y quejumbrosa con una armónica tenor. Con las botas de vaquero, los tejanos y la cazadora azul de algodón, era como si estuviese en el campo viviendo al aire libre.

—Ya era hora de que aparecieras —observó. Se guardó la armónica en el bolsillo y se enderezó.

—Tenía trabajo.

—Siempre trabajando. Deberías cuidarte.

Abrí la puerta de mi casa, entré y encendí la luz. Dejé el bolso en una silla y me dejé caer en el sofá. Daniel se dirigió a la cocina y abrió el frigorífico.

—¿Nunca haces la compra?

—¿Para qué? Nunca estoy en casa.

—Señor. —Sacó la tarrina de la mantequilla, huevos y un pedazo de queso que llevaba allí tantos días que los bordes parecían de plástico negro.

Se puso a mirar en todos los armarios y fue reuniendo los productos más heterogéneos. Me recosté, apoyé la cabeza en el respaldo y puse los pies en el escabel. Estaba harta de borderías y ya no podía ni enfadarme. Antaño había estado enamorada de aquel hombre y, aunque había desaparecido la pasión, quedaba cierto sentido de la familiaridad.

—Pero ¿por qué huele a pies esta casa? —dijo por decir algo. Estaba picando cebollas y no podía tener los dedos quietos. Tocaba el piano igual, con habilidad nerviosa.

—Es el helecho aéreo. Me lo regalaron para que me hiciera compañía.

Cogió por la punta un sobre de bacon y olisqueó el contenido con desconfianza.

—Esto está más seco que la mojama.

—Así durará más —dije.

Se encogió de hombros, cogió las tres lonchas que quedaban en el sobre y las echó en la sartén, donde aterrizaron con un ruidito metálico.

—¿Sabes? Uno de los inconvenientes de desengancharte de las drogas es que la comida te sabe fatal —dijo—.

Cuando estás colgado, comas lo que comas te sabe a gloria. Es muy útil cuando estás sin blanca o por ahí, de viaje.

—¿De verdad has dejado las drogas duras?

—Me temo que sí —dijo—. He dejado el tabaco, he dejado el café. De vez en cuando me tomo una cerveza, pero veo que no tienes ninguna. Antes iba cinco veces por semana a las reuniones de Alcohólicos Anónimos, pero esas historias acerca de una fuerza superior al final empezaron a tocarme las narices. No hay fuerza superior a la del caballo, eso te lo puedo asegurar.

Empecé a amodorrarme. Se puso a canturrear una canción que recordaba vagamente y que se mezcló con el aroma de los huevos y el bacon. ¿Hay algo que huela mejor que una cena que prepara otra persona?

Me zarandeó con suavidad y nada más despertarme me puso en el regazo un plato con una tortilla a la francesa. Me incorporé inmediatamente; volvía a tener un hambre de lobo.

Daniel se había sentado en el suelo con las piernas cruzadas. Se comió los huevos con un tenedor mientras hablaba.

—¿Quién vive en la casa?

—Mi casero, Henry Pitts. Está en Michigan.

—¿Tienes algún rollete con él?

Dejé de masticar.

—Tiene ochenta y un años.

—¿Y piano?

—Pues creo que sí. Un piano vertical, seguramente desafinado. Lo tocaba su mujer.

—Me gustaría verlo, si es que se puede entrar en la casa. ¿Crees que le importará?

—En absoluto. Es más, tengo la llave. ¿Quieres decir esta noche?

—Mañana. Esta noche tengo que ir a un sitio.

La luz le bañaba la cara de tal modo que le acentuaba las patas de gallo.

Había vivido con intensidad y no envejecía bien. Estaba ojeroso y demacrado, y parecía anémico.

—No acabo de creerme que seas detective —dijo—. Me suena raro.

—Pues no es muy diferente de cuando era poli —dije—, sólo que ahora no estoy dentro del aparato burocrático. No llevo uniforme y no ficho cuando empiezo a trabajar. Cobro más, pero sin la regularidad de antes.

—También es un poco más peligroso, ¿no? Cuando eras policía, nadie te puso ninguna bomba, que yo recuerde.

—Bueno, pero me agredían de mil maneras distintas. En tráfico, cada vez que paraba un coche me preguntaba si el coche sería robado o si el conductor llevaría una pistola. La violencia doméstica es peor. Gente que bebe, gente que se droga. Gente a la que le es igual darte un navajazo a ti que al vecino. Cuando llamas a una puerta nunca sabes con lo que te vas a encontrar.

—¿Y cómo es que te has complicado ahora con un homicidio?

—Las cosas no empezaron por ahí. Por cierto, tú conoces a la familia —

dije.

—¿Yo?

—Los Wood. ¿Te acuerdas de Bass Wood?

Titubeó.

—Vagamente.

—La mujer que murió era su hermana Olive.

Dejó el plato en el suelo.

—¿La tal señora Kohler era su hermana? No tenía ni idea. ¿Qué diablos está pasando?

Le hice un resumen de lo que sabía. Si en aquellos momentos trabajase para un cliente, no habría podido contarle nada, pero en el presente caso no perjudicaba los intereses de nadie. Únicamente los míos. Estuvo bien porque aproveché la oportunidad para esbozar una teoría general con sus más y sus menos. Daniel sabía escuchar y sólo me hizo preguntas justificadas. Fue como en los viejos tiempos, los buenos tiempos en que hablábamos durante horas de lo que nos apetecía.

Al final nos quedamos callados. Tenía frío y me sentía en tensión. Tiré del edredón y me tapé los pies.

—¿Por qué me dejaste, Daniel? Nunca lo he entendido.

Evitó la seriedad al contestar.

—No fue por ti, pequeña. No fue algo personal.

—¿Había otra mujer?

Se removió con nerviosismo, tamborileó con el tenedor en el borde del plato. Puso a un lado el tenedor. Estiró las piernas ante sí, se echó hacia atrás y apoyó los codos en el suelo.

—Me gustaría saber responderte, Kinsey. No es que no te quisiera, es que quería algo más, eso es todo.

—¿El qué?

Me observó con atención.

—Cualquier cosa. Todo. Cuanto se me pusiera por delante.

—Tú no tienes conciencia.

Desvió la mirada.

—No. Por eso somos tan incompatibles. Yo no tengo conciencia y tú tienes demasiada.

—No es verdad. Si yo tuviera conciencia, no contaría tantas mentiras.

—Ya. Las mentiras. Lo recuerdo. Era lo único que teníamos en común

—dijo. Volvió a posar los ojos en mí. Sentí un escalofrío al ver la expresión de su mirada, transparente y vacía. Recordé lo que era desearle. Recordé lo que era mirarle y preguntarme si habría en el mundo un hombre más bello.

No sé por qué, pero por entonces me habría sorprendido muchísimo que las personas que yo conocía destacaran por su capacidad o sus méritos. Me presentaron a Daniel y lo menosprecié hasta el instante en que le oí tocar.

Estaba tan asombrada que no tuve más remedio que fijarme en él seriamente; fue entonces cuando me flechó. Pero se trataba de un callejón sin salida. Daniel estaba casado con su música, con la libertad, con las drogas y, de un modo superficial, también conmigo. En efecto, yo era la cuarta en su lista de prioridades.

Me removí con inquietud. De su piel parecía brotar un efluvio sexual tangible que me acariciaba el rostro como el viento que nos hace oler el humo de la leña que arde a un kilómetro de distancia. Cuando una se acuesta con más de un hombre se produce un fenómeno extraño pero verdadero, y es que cuando una está ante un hombre con el que se acostaba antes, de nada sirven los planteamientos de entonces. Condicionamiento funcional. Daniel había sabido habituarme. Después de ocho años aún era capaz de hacer lo que mejor hacía: seducir. Carraspeé y me esforcé por romper el hechizo.

—¿Qué rollo era ese que me contaste sobre tu analista?

—Ningún rollo. Es psiquiatra. Cree que puede curarme.

—¿Y esto forma parte de la terapia? ¿Reconciliarte conmigo?

—Cada cual tiene sus fijaciones. Ella tiene ésta, entre muchas otras.

—¿Está enamorada de ti?

—Lo dudo.

—Porque estáis en los preliminares —dije.

Se le formó el hoyuelo y la cara se le iluminó con una sonrisa, pero carente de alegría, evasiva; tanto que me pregunté si no habría puesto el dedo en alguna de sus llagas. Le salió el espíritu inquieto y se puso a mirar el reloj.

—Tengo que hacer una cosa —dijo de pronto. Cogió los platos y los cubiertos y los llevó a la cocina. Había fregado mientras cocinaba, una antigua costumbre suya, y no había mucho que hacer. A eso de las nueve se había ido ya. Oí el ronroneo y el rugido del coche cuando lo puso en marcha y arrancó.

El apartamento parecía oscuro. Extraordinariamente silencioso.

Eché el pestillo de la puerta. Me di un baño, procurando que no se me mojaran las quemaduras.

Me envolví en los pliegues del edredón y apagué la luz. Al estar con él había reencontrado los fósiles del sufrimiento, las pruebas petrificadas de mi antigua vida emocional. Analicé las sensaciones como lo hacemos con las especies extinguidas, en las que nos fijamos aunque sólo sea por curiosidad.

Estar casada con un drogadicto es la experiencia que más se parece a la soledad. Añádase a esto la infidelidad y se obtendrá un sinfín de noches de insomnio. Hay hombres que deambulan de noche en busca de lo que sea, que rondan al acecho y que no reaparecen hasta después de muchas horas.

Sola en la cama, te dices que estás preocupada por si se le habrá vuelto a estropear el coche, por si estará borracho o entre rejas. Te dices a ti misma que te preocupa la posibilidad de que le hayan vaciado los bolsillos, de que le atraquen al doblar una esquina, de que le claven una automática, de que se haya inyectado una sobredosis. Pero lo que de verdad te preocupa es que pueda estar con otra mujer. Las horas avanzan con lentitud. De vez en cuando oyes que se acerca un vehículo, pero nunca es el suyo. A las cuatro de la madrugada tienes la cabeza a punto de estallar y sólo deseas que vuelva o que te comuniquen que ha fallecido.

Daniel Wade fue la persona que me enseñó a valorar la soledad. Lo que soporto en la actualidad no tiene ni punto de comparación con lo que soporté cuando estaba con él.

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