"E" de Evidencia

Sue Grafton · Capítulo 23 de 25

Páginas del PDF

"E" de Evidencia

Capítulo 22

Al volver al apartamento encendí todas las luces exteriores de la casa de Henry e iluminé su patio posterior como si fuera un campo de prisioneros.

Comprobé la cerradura de todas sus puertas y ventanas y a continuación revisé las mías. Limpié y comprobé el funcionamiento de mi pequeña semiautomática y le puse ocho cartuchos en el cargador. Me fastidiaba que no tuviese punto de mira. Una pistola no protege cuando no se pueden controlar los disparos. Me la guardé en el bolso. La llevaría a una armería por la mañana. Me pregunté si alquilarían pistolas en estos establecimientos.

Me cepillé los dientes, me lavé la cara y comprobé el estado de las quemaduras, los chichones y los cortes de menor importancia. Me sentía hecha una mierda, pero me dije que era mejor prescindir de los calmantes.

Tenía miedo de quedarme dormida como un tronco; me podían dar un susto en el momento menos pensado. También tenía miedo de que Lyda Case se me apareciera en sueños sin avisar.

El reloj digital proseguía su parpadeante camino nocturno. El viento era tórrido y seco en el exterior y sacudía las ramas de las palmeras, que susurraban como conspiradores. La atmósfera de mi apartamento era sofocante y el calor amortiguaba los ruidos. Dos veces me levanté y fui a la ventana del cuarto de baño para espiar la calle con la luz apagada. Los árboles se combaban con violencia a causa del viento. Las hojas se

deslizaban a toda velocidad por el asfalto. El polvo se arremolinaba y ascendía en espirales vertiginosas.

Pasó un coche despacio y las luces de los faros acariciaron el techo del cuarto de baño. Imaginé a Daniel refugiado en el arco protector del cuerpo de Bass y sentí envidia de su seguridad. En lo más profundo de la noche, la seguridad personal se nos antoja más importante que lo que poseemos.

Finalmente me dormí, mientras las tinieblas empezaban a retroceder ante la suavidad grisácea de la aurora. El viento había amainado y el silencio subsiguiente resultaba tan inquietante como los crujidos ocasionales de la encina que crecía en el patio de mi vecino. Desperté sobresaltada a las ocho y cuarto, desorientada y con la sensación de haber perdido todo el día. Quería hablar con Ava, la de Wood/ Warren, en cuanto abriesen la fábrica, lo cual significaba que tendría que saltarme la sesión de jogging. Y no iba a tener más remedio que acostumbrarme al miedo latente que se me había metido en los huesos. El ejercicio es la mejor medicina para estas cosas. Recelaba que, sin la sesión de jogging, la ansiedad aumentaría. Me arrastré hasta la ducha, me vestí, preparé a toda prisa una cafetera de café fuerte, la vacié en un termo y me fui bebiendo el brebaje mientras recorría los 16 kilómetros que había hasta Colgate.

No se esperaba la llegada de Lance hasta pasadas las diez, y a Terry le habían concedido unos días de vacaciones, pero Ava estaba ante su mesa con cara de circunstancias y de muy pocos amigos. Se había arreglado la uña rota, que había cambiado del rojo ofensivo al malva, y en la punta de todas ellas se había pintado un acento circunflejo de color marrón oscuro.

Llevaba un jersey morado con una franja transversal roja que resultaba mareante.

—Ayer le dejé mi tarjeta. Esperaba que me llamase —dije, tomando asiento en la silla metálica que había junto a su mesa.

—Disculpe. Estamos sobrecargados de trabajo. —Me miró con fijeza.

De sus facciones desapareció la dureza y en su lugar vi preocupación. La señora se sentía comunicativa—.

Esta mañana he oído en la radio lo de Lyda Case. No comprendo lo que ocurre.

—¿La conocía usted?

—No mucho. Habíamos hablado un par de veces por teléfono, pero yo también estuve casada con un hombre que se suicidó y sé lo deprimente que puede ser.

—Sobre todo cuando no es posible averiguar la verdad —dije—. ¿Sabía que todo el trabajo que estaba haciendo en el laboratorio desapareció al cabo de unos días?

—Sí, eso dijeron, pero no sabía que fuese cierto. El suicidio es difícil de aceptar. La gente hace cosas que no quiere. ¿Qué le pasó a Lyda? La radio sólo dijo que habían encontrado su cadáver. No puede usted imaginarse cómo me sentí. Es horrible.

Se lo conté, casi sin escatimar detalle. Por lo general los trivializo, ya que no me gusta satisfacer el ansia que siente la mayoría por los pormenores escabrosos de las muertes violentas. En el caso de Ava, me pareció que la realidad de la situación podía contribuir a aflojarle la lengua.

Me escuchaba con malestar, con el nerviosismo pintado en sus ojos oscuros.

—¿Le importa que fume? —preguntó.

—En absoluto. Adelante.

Abrió el último cajón del escritorio y sacó el bolso. Las manos le temblaban mientras sacaba un Winston del paquete y lo encendía.

—He intentado dejarlo, pero no puedo. Al venir pasé por el estanco y compré un paquete. Me fumé dos en el coche. — Dio una calada profunda.

Uno de los ingenieros miró a su alrededor cuando el humo llegó a su mesa de dibujo. Como Ava estaba de espaldas, no vio su gesto de fastidio.

—Volvamos a la muerte de Hugh —dije.

—Es poco lo que puedo decirle. Entré a trabajar en la empresa unas semanas antes de su muerte, así que apenas le conocía.

—¿Había antes otro jefe de personal?

Negó con la cabeza.

—Yo inauguré el cargo, lo que quiere decir que esta oficina era un desastre. Nadie hacía nada. Los expedientes por clasificar llegaban hasta aquí. Sólo había una secretaria. Heather era la recepcionista, pero del trabajo cotidiano se encargaba el mismo Woody o uno de los ingenieros.

Tardé seis meses en ordenarlo todo. Los ingenieros pueden ser obsesivos, pero no cuando se trata de ordenar papeles.

Dio otra calada y sacudió la ceniza que se había acumulado en la punta del cigarrillo.

—¿Cómo era el ambiente entonces? ¿Había tensiones? ¿ Discusiones de trabajo? ¿Alguna pelea, de la clase que fuese?

—Que yo sepa, no. Woody había pujado en una subasta de la administración y nos estábamos preparando.

—¿Y qué suponía eso?

—El trabajo típico de oficina. Formularios que rellenar, certificados, cosas así.

—¿Qué pasó con la subasta?

—Nada. No obtuvimos la contrata. Woody sufrió un ataque al corazón, falleció y Lance se olvidó del asunto.

—¿Por qué se pujaba exactamente? Puede que tenga algo que ver.

—Ya no me acuerdo. Espere un momento. Lo preguntaré.

Se volvió y oteó la oficina. John Salkowitz, que al parecer se dirigía a la parte trasera de la fábrica, la cruzaba en aquel momento; llevaba una fotocopia en la mano.

—¿John? ¿Puedo hacerte una pregunta relacionada con la empresa?

Cambió de rumbo para dirigirse hacia nosotras. Al percatarse de mi presencia puso cara de preocupación.

—¿Qué le ha pasado a Lyda Case? Mi mujer acaba de llamar y me ha dicho que han hablado de ella en las noticias.

Le conté una versión resumida y le expuse lo que me interesaba saber.

—Todavía no sé cómo relacionarlo con lo de Lance, pero tiene que haber una conexión por algún lado.

—Lo de acusarle de estafar a la compañía de seguros no irá en serio,

¿verdad?

—Eso parece. A mí también me acusan, dicho sea de paso.

—Es horrible —dijo—. Bueno. No veo qué relación puede tener con la contrata por la que pujamos, pero la pondré al corriente. Recibíamos un periódico comercial que se llamaba Commerce Daily y que publicaba la

administración. Hugh se encargaba de buscar contratas por las que pudiéramos pujar. En el apartado de equipos calefactores vio que se aceptaban ofertas a propósito de un horno para procesar berilio; sirve para fabricar bombas nucleares y combustible para cohetes. Es un trabajo peligroso. Habríamos tenido que construir un sistema de ventilación totalmente nuevo para acondicionar la empresa, pero si lo hubiéramos hecho, habríamos estado preparados para pujar por futuras contratas. En opinión de Woody, valía la pena invertir en la reconversión de la maquinaria. No todos estábamos de acuerdo con él, pero era hombre astuto y había que confiar en su instinto. En cualquier caso, nos interesaba.

—¿Cuánto le habría costado a la compañía?

—Un cuarto de millón de dólares. Quizá medio millón. A largo plazo más, desde luego, si queríamos pujar por contratas futuras.

—¿En qué situación estaba la oferta de la compañía cuando murió Hugh?

—No lo sé. Supongo que estaríamos gestionándola. Sé que había ido a Los Angeles para recoger los documentos. Como la subasta la había convocado el Ministerio de Defensa, teníamos que acreditar tanto la transparencia de la empresa como la del personal. La muerte de Hugh no cambió mucho las cosas, pero cuando encima se murió Woody, nos desanimamos.

—¿Habría podido continuar la empresa con el proyecto tras la muerte de ambos?

—Seguramente, pero Lance acababa de tomar el timón y no daba pie con bola. Supongo que perdimos la oportunidad, pero la cosa no pasó de ahí. Éramos una empresa insignificante. No habríamos podido pujar a la baja, por lo tanto todo es pura especulación.

—¿Y qué ha pasado con las subastas desde entonces?

—Es una faceta a la que no hemos prestado mucha atención. En la situación actual, estamos desbordados de trabajo la mitad del tiempo.

La miré estupefacta.

—¿Y no cree usted que eso es importante?

—Si lo es, ignoro en qué sentido.

—Gracias por dedicarme su tiempo. Quizá vuelva a necesitarle.

—Desde luego —dijo.

Ava y yo estuvimos charlando un rato, pero la conversación no tuvo mayor interés, excepto por un detalle. Dijo de pasada que Ebony había estado en el entierro de Hugh Case.

—Creía que estaba en Europa, casada con un playboy llamado Julian.

—Y allí estaba, pero los dos venían a Estados Unidos cada seis meses, más o menos.

—¿Cuánto tiempo estuvo en Santa Teresa? ¿Lo sabe usted?

Había puesto cara inexpresiva.

—No sabría decirle. Llevaba muy poco tiempo aquí para saber qué era o dejaba de ser normal en esa familia.

—Quizá pueda averiguarlo —dije—.Gracias por su ayuda.

Me di de puntapiés mientras volvía a la ciudad. Había supuesto equivocadamente que ni Ebony ni Bass habían tenido algo que ver con la muerte de Hugh, ya que ambos se encontraban entonces fuera de Santa Teresa; Ebony en Europa y Bass en Nueva York. En ese momento no estaba segura.

Paré junto a una cabina telefónica y llamé a casa de los Wood. Se puso la criada. Yo quería hablar con cualquier miembro de la familia, pero por lo visto no iba a ser fácil. La señora Wood estaba descansando y había dado orden de que no se la molestara. Ebony y Ashley habían ido a la marmolistería a mirar lápidas para la tumba de la señorita Olive. Bass volvería en cualquier momento. ¿Tendría yo la bondad de dejar mi nombre y número de teléfono? Opté por darle largas en esto. Dije que volvería a llamar y colgué sin identificarme. Busqué más calderilla en el bolso y llamé a Darcy, a la oficina. Nada nuevo tenía para contarme. La puse al tanto de mis últimas averiguaciones y nos lamentamos brevemente de los espacios en blanco que estábamos tratando de rellenar. Dijo que me dejaría un mensaje en el contestador si sucedía algo. «Una posibilidad entre un millón», pensé.

Volví al coche y me senté en el bordillo de la acera. Vertí en el vaso del termo el café caliente que quedaba y me lo tomé a sorbos. Me estaba

acercando a la verdad. Lo notaba en los huesos. Me sentía como si estuviera dando vueltas y los círculos se fueran estrechando a medida que me aproximaba al centro. A veces bastaba un pequeño tirón para que todo encajara. Pero era difícil mantener el equilibrio, y si el tirón era demasiado violento podía pasar por alto lo evidente.

Tampoco tenía que sacudir tantos árboles. Enrosqué el vaso en la boca del termo y lo arrojé al asiento de atrás. Puse el coche en marcha y volví a Santa Teresa. Quizá la amante de Andy había tenido noticias suyas. Podría ser útil. Quince minutos después estaba en la puerta de su casa, llamando con educación. No sabía si trabajaba o no. Estaba en casa, pero cuando abrió la puerta no pareció emocionarse mucho al verme.

—Hola —dije—. Todavía estoy buscando a Andy y pensé que a lo mejor había sabido usted algo.

Negó con la cabeza. Hay personas que creen que pueden mentirme de esa manera, sin expresar la mentira con palabras.

Parece que forma parte de una creencia general: si no se miente en voz alta, no se va al infierno.

—¿En ningún momento se ha preocupado de hacerle saber que está bien?

—Acabo de decírselo, ¿no?

—Qué raro —comenté—. Tenía la esperanza de que le enviase una nota o que le diera un toque por teléfono.

—Pues no —dijo.

Nos quedamos un momento en silencio. Aquella mujer estaba impaciente por cerrar la puerta y perderme de vista.

—¿Cómo consiguió el cliente? —pregunté.

—¿Qué cliente?

—Wood/Warren. ¿Conocía mucho a Lance o a algún otro miembro de la familia?

—Lo ignoro. Además, Andy es el director de reclamaciones. Que yo sepa, no fue él quien vendió la póliza.

—Ah. No sé por qué, pero yo pensaba que sí. Me pareció verlo en uno de los formularios que procesamos. Puede que fuera cliente suyo antes de

que lo ascendieran a director de reclamaciones.

—¿Suele ir por ahí haciendo preguntas? —dijo en tono cortante.

—Oh, bueno, en realidad no. ¿Conocía Andy personalmente a alguno de los Wood? Eso creo que no me lo ha dicho.

—¿Cómo quiere que sepa yo a quién conocía?

—Sólo era una idea —dije—. Me choca que no esté usted preocupada.

Hace…, ¿cuatro días?, que no tiene noticias de él. Yo estaría con los nervios de punta.

—Supongo que ésa es la diferencia que hay entre las dos —dijo.

—Puede que vaya otra vez a su casa. Nunca se sabe. A lo mejor ha vuelto para recoger la ropa y el correo.

Se me quedó mirando. Estaba claro que no teníamos más que decirnos.

—Bueno, me voy con viento fresco —dije con jovialidad—. Ha sido usted muy amable.

Su despedida fue parca. Una sencilla frase de cuatro vocablos: que me fuera a un sitio que empezaba por «m». Se conoce que su mamá no le había enseñado a ser una señora; a mí tampoco. Decidí regresar al domicilio de Andy porque, la verdad sea dicha, no se me ocurría algo mejor que hacer.

OceanofPDF.com