"E" de Evidencia

Sue Grafton · Capítulo 8 de 25

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"E" de Evidencia

Capítulo 7

The Copse at Hurstbourne, tal era el fabuloso nombre que se había dado a una urbanización reciente de pisos en propiedad que se encontraba en las afueras. Copse significa «espesura, boscaje, floresta». Hurst quiere decir

«altozano, loma, montículo». Y bourne es «riachuelo o torrente». Todas las maravillas botánicas y geológicas mencionadas se daban cita, al parecer, en las 20 parcelas de la urbanización, pero no acababa de comprender por qué ésta no se llamaba sencillamente Tierras Sombreadas, dado que no era otra cosa. Por lo visto, la gente no estaba dispuesta a pagar 150.000 dólares por una casa que no afirmara su raigambre anglosajona. Estas viviendas, a menudo totalmente utilitarias, jamás se bautizan con un nombre judío o mexicano. Quien quiera perder su inversión en un abrir y cerrar de ojos, que trate de vender un Rancho Feinstein. O un Paco Sánchez Park. Los estadounidenses de clase media quieren tener postín, es decir, equipararse, ridículamente, a los caballeros y hacendados británicos. Sin ir más lejos, acababa de dejar atrás el Cerro de Essex, el Monte Stratford y la Serranía de Hampton.

The Copse at Hurstbourne estaba rodeada por un elevado muro de mampostería y contaba con un portalón de acción electrónica para mantener a distancia a los plebeyos. El nombre de los vecinos podía verse en un panel que había junto a un portero automático dotado de interfono, muchos botones y auricular tipo góndola. Cada vecino tenía un código particular de acceso, que había que saber para poder entrar.

Lo sé porque probé distintas combinaciones al azar y la puerta no se abrió. Me quedé a un lado del camino y esperé hasta que apareció otro coche. El conductor marcó su código. Cuando la puerta se abrió oscilando hacia atrás, pegué mi coche al suyo y entré. No se disparó alarma alguna.

No se me echaron perros encima. Las medidas de seguridad de la urbanización, al igual que su pedigrí, estaban sobre todo en la imaginación de la división de ventas de la inmobiliaria.

Habría en total unos veinte edificios, cada uno con ocho viviendas, armazón de madera gris con cenefas blancas estilo Cape Cod, ángulos por todas partes, ventanas maineladas y balcones de madera. Aún quedaban sicómoros y eucaliptos para adornar el terreno. Había dos caminos serpenteantes que discurrían en direcciones opuestas, pero saltaba a la vista que iban a parar a un mismo aparcamiento, situado en la parte trasera y bordeado de colgadizos. Vi una plaza libre, aparqué en ella y consulté el directorio del edificio, en el que figuraba también un plano detallado de las viviendas.

La de Andy Motycka era la número 364 y por suerte se encontraba en el punto más alejado de la urbanización. Cogí el cartapacio y una linterna, y adopté el porte más administrativo que pude. Pasé ante las instalaciones deportivas, el balneario, la lavandería, el gimnasio y la oficina de ventas.

No había señales de niños. A juzgar por las plazas vacías del aparcamiento, supuse que muchos inquilinos trabajarían en la ciudad. Fenómeno.

Cualquier banda de rateros podía colarse y limpiar la urbanización en cosa de medio día.

Esquivé una serie de cubos de basura estilo Cape Cod y subí por la escalera exterior a la primera planta del edificio número 18. El descansillo de la vivienda contigua a la de Andy estaba atractivamente decorado con macetas de ficus y otras plantas que llegaban hasta el hombro. El de Andy estaba vacío. Por no haber, no había ni felpudo. Las persianas estaban subidas y no había ninguna luz encendida en el interior. No se oía ningún televisor, ni equipo de música, ni cisterna del lavabo. Pulsé el timbre.

Esperé un rato prudencial y retrocedí un poco para no perder de vista la

puerta de los vecinos. Ni el menor indicio de actividad. Al parecer estaba sola en todo el edificio.

La cerradura de la puerta era una Weiss. Miré las ganzúas que llevaba y probé un par, pero no hubo suerte. Se tarda la hostia en forzar una cerradura y no tenía ganas de estar allí fuera todo el día. Podía pasar alguien y preguntarse por qué hurgaba en el ojo de la cerradura con una varilla metálica mientras lanzaba tacos en voz baja. Movida por un impulso, me alcé de puntillas y pasé la mano por la parte superior del dintel. Andy me había dejado allí la llave. Abrí y entré.

Me chifla estar donde no debo. Sé identificarme con los cacos, los ladrones y los desvalijadores, y experimentar, como me han contado que les pasa a algunos, una subida de adrenalina capaz de tensar al máximo las cuerdas sexuales. El corazón me iba a cien por hora y me sentía extraordinariamente alerta.

Hice una rápida inspección general y eché un vistazo a los dos dormitorios, a los armarios y los dos cuartos de baño para convencerme de que no había nadie más registrando el piso. Volví al dormitorio principal, abrí la puerta corredera y el cancel y salí al balcón, que comunicaba ambos dormitorios, para preparar una salida de urgencia en caso de que Andy se presentara de pronto. Pegada al muro, al doblar la esquina de la derecha, había una reja ornamental de madera a cuyos pies hacía poco habían plantado una buganvilla. Si me veía apurada, bajaría por allí como una orangutana y pondría pies en polvorosa.

Volví al interior y empecé el registro. El suelo del dormitorio de Andy estaba alfombrado por una gruesa capa de ropa sucia, aunque se había abierto un estrecho sendero. Avancé entre calcetines, camisas y calzoncillos con estampados vulgares. En vez de guardar la ropa limpia en una cómoda, la había metido en una torre formada por cuatro cajas de plástico azul marino, de las que sirven para envasar la fruta.

Por lo visto, la soltería recién conquistada le había hecho volver a su época de estudiante. No encontré nada de interés en las cajas. Malgasté quince minutos metiendo la mano en los bolsillos de todas las chaquetas, pero sólo encontré borra, un pañuelo lleno de mocos secos y un resguardo

de tintorería por una cantidad de ropa que aún no se había recogido. El otro dormitorio era más pequeño. Apoyada en la pared estaba la bicicleta de Andy, con un neumático deshinchado. Vi también un aparato gimnástico para remar y ocho cajas de cartón, de las que se utilizan en las mudanzas, sin ninguna etiqueta y todavía cerradas con cinta adhesiva. Me pregunté cuánto tiempo llevaba separado.

Había visto a Janice, la mujer de Andy, en un par de fiestas organizadas por el personal de La Fidelidad de California, pero no había vuelto a acordarme de que existía hasta que vi que había dejado a Andy prácticamente con lo puesto. La buena señora le había sacado hasta las entretelas. Andy se había quejado siempre de su extravagancia, pero para que todos supiéramos que compraba en las mejores tiendas de la ciudad.

Que la mujer gastase a manos llenas era, por supuesto, una prueba del éxito social del marido. En ese momento estaba claro que Janice había ido por todas. Andy sólo se había quedado con una mesa camilla, cuatro sillas metálicas de asiento de lona, un colchón y unos cuantos cubiertos y cacharros con lo que antaño tuvo que ser el monograma de la madre. Janice, por lo visto, los había tenido dentro del lavaplatos durante lustros enteros porque los cubiertos habían perdido el brillo y a las asas de los cacharros se les había ido el baño de plata.

En los armarios de la cocina había platos de cartón y vasos de plástico, amén de un surtido lacrimógeno de latas de comestibles. Aquel tío comía peor que yo. Como la urbanización era de construcción reciente, los electrodomésticos eran modernos y estaban superlimpios: cocina antiadherente, frigorífico gigante (totalmente vacío, exceptuando dos paquetes de seis botellas de cerveza sin marca) con congelador aparte, lavaplatos, microondas, compactados de basura y eliminados de desperdicios.

El congelador estaba abarrotado de envases de comidas de régimen. A Andy le gustaban los espaguetis y el pollo a la cazadora. También vi una botella de aguardiente escandinavo y una bolsa de barritas congeladas de Milky Way, duras como las piedras, y que eran una invitación a romperse un diente.

El comedor era una prolongación de la reducida sala de estar y se hallaba separado de la cocina por un ventanuco de portezuelas plegables pintadas de blanco. En cuanto a muebles, era bien poco lo que había. La mesa camilla parecía hacer las veces de mesa de comedor y escritorio doméstico. Allí estaba el teléfono, conectado al contestador automático, que no delataba la presencia de ningún mensaje registrado. Estaba llena de accesorios mecanográficos, pero no había ninguna máquina de escribir a la vista. El frasco de líquido corrector se estaba quedando tan seco como un esmalte de uñas al cabo de un mes. La papelera estaba vacía.

Volví a la cocina y abrí la tapa del compactador de basura, que, aunque poco compacta, llegaba hasta el borde. Me puse a escarbar con una mueca de repugnancia y en el tercer estrato di con unos papeles arrugados. Quité la bolsa y puse otra nueva. Andy no recordaría si había tirado la basura o no.

Seguramente se había acostumbrado a que de casado se lo hicieran todo y supuse que daría por hechas las faenas domésticas, como si por la noche se le colara en casa un pelotón de hadas y duendes para limpiar las salpicaduras de orina del borde de la taza si no las limpiaba él. Consulté el reloj. Llevaba ya treinta minutos allí y no quería desafiar a la suerte.

Cerré y eché el pestillo de la puerta corredera, hice una inspección final por si se me olvidaba algo y salí por la puerta principal con la basura en la mano.

Hacia mediodía estaba otra vez en casa, en el patio de Henry y rodeada de la basura de Andy como en una merienda campestre de mendigo.

En realidad no tenía tan mal aspecto y no creí necesario vacunarme contra el tétanos para revolverla. Al parecer compraba cantidades industriales de encurtidos, aceitunas, anchoas, pimientos jalapeños y otras conservas en que era imposible que sobrevivieran los microbios. No había posos de café ni mondaduras de naranja. Ningún indicio, en suma, de que Andy comiera productos frescos y naturales. Latas de cerveza en abundancia. Seis bolsas de plástico de congelados de régimen, montones de correo comercial, seis reclamaciones de pago con los márgenes de color rojo o rosa, un folleto informativo de un establecimiento local a propósito de un tostador Toastmaster, un anuncio de un lavacoches y una carta de

Janice que había debido de ponerle muy furioso porque la había arrugado hasta formar una bolita y encima le había propinado un mordisco. El papel estaba húmedo y se notaba la huella de los dientes. Janice le importunaba a propósito de un cheque en concepto de manutención que otra vez se retrasaba; el adverbio estaba subrayado dos veces y comentado con varios signos de admiración entre paréntesis.

En el fondo de la bolsa vi las guardas de un talonario de cheques con el nombre del banco y el número de cuenta impresos con claridad y, sujeto con un clip, un fajo de hojas de ingreso. Me lo quedé para una consulta futura. Había puesto a un lado los papeles arrugados que había encontrado en mitad de la bolsa. Me dediqué a alisarlos; se trataba de seis versiones distintas de una misma carta dirigida a una persona a la que Andy calificaba de «ángel», «amada mía», «luz de mi vida», «querida» y «queridísima». Por lo visto se acordaba de la anatomía de la destinataria con un detallismo encantador que pasaba por alto cualquier referencia a su intelecto. La vehemencia sexual de la susodicha le inflamaba todavía y al parecer le impedía escribir bien a máquina, ya que había montones de tachaduras en los párrafos en que Andy rememoraba su «tiempo juntos», que inferí había sido en Nochebuena o alrededor de este día. Al evocar la experiencia no parecía tener adjetivos suficientes en el tintero, aunque los verbos hablaban por sí solos.

—Andy, viejo pícaro —murmuré.

Decía que tenía unas ganas locas de que ella le mamara la no sé qué de su xxxxxxxx…, todo tachado. Deduje que había querido hacer una metáfora floral y que no había encontrado el término botánico apropiado. O eso o que la idea en cuestión le había provocado una dislexia repentina. Además, no acababa de decidirse en cuanto al estilo. Oscilaba entre lo rastrero y lo reverencial. Acerca de los pechos de ella decía unas cosas que me hicieron reflexionar sobre la conveniencia de que se sometiera a una operación para reducirlos. Fue una lectura embarazosa, pero me esforcé por no olvidarme de mis responsabilidades.

Al terminar, junté todos los papeles. Los pondría en una carpeta aparte hasta que viera si me eran útiles o no. Volví a meter la basura en la bolsa y

eché ésta en el cubo de Henry. Entré en casa y rebobiné la cinta del contestador automático. Había un recado.

«Hola, Kinsey. Soy Ash. Hablé ayer con mi madre sobre el asunto de Lance y me dijo que le gustaría charlar contigo, si te parece bien. Cuando llegues, me das un toque y quedamos. Hoy mismo por la tarde, si no tienes inconveniente. Gracias y hasta pronto.»

Llamé a la casa de la familia, pero comunicaba. Me puse los tejanos y me preparé algo para comer.

Cuando conseguí hablar con Ash, la madre descansaba y no se la podía molestar, pero me invitaron a tomar un té a las cuatro.

Me entraron ganas de subir al desfiladero, al campo de tiro, para practicar con la pequeña 32 que guardo en el cajón superior de la mesa, dentro de un calcetín viejo. Metí la pistola, el cargador y una caja de 50

cartuchos en una bolsa de deportes que puse a su vez en el maletero del coche. Me detuve en una gasolinera para repostar y a continuación me dirigí al norte por la 101, hasta el empalme con la 154, y subí la falda de la montaña por la empinada carretera que ascendía en zigzag. Hacía frío.

Había llovido inesperadamente durante varios días y la vegetación se había puesto de un verde oscuro que a lo lejos se fundía con un azul marino intenso. Las nubes que surcaban el cielo eran masas de algodón de las que colgaban carámbanos informes y semejantes a los jirones de las fundas de los antiguos colchones de muelles. Según subía la carretera, la niebla se condensaba y dispersaba y el tráfico disminuía la velocidad para adaptarse a la visibilidad fluctuante. Reduje dos veces la marcha y puse la calefacción.

Al llegar a la cima giré a la izquierda por una carretera secundaria que apenas tenía dos carriles de anchura y que, siempre en sentido ascendente, zigzagueaba a lo largo de un kilómetro atravesando un bosque. Rocas enormes recubiertas de musgo flanqueaban la carretera, y los árboles de ramas bajas impedían el paso de la luz del sol. El tronco de los robles virginianos estaba forrado de líquenes que tenían el mismo color que el cardenillo de los techos de cobre. Percibía el aroma del brezo y el laurel y la suave fragancia de la leña que ardía en las cabañas empotradas en la falda de la montaña. Por el flanco de la carretera que se abría al abismo veía los

desfiladeros anegados en niebla blanca. El ancho portalón del club de tiro estaba abierto, recorrí los últimos setecientos metros y me detuve en el aparcamiento alfombrado de grava, donde no había más que un cinco puertas solitario. Aparte del encargado y yo, no había absolutamente nadie.

Aboné los 4 dólares y seguí al encargado hasta el cobertizo de piedra artificial donde estaban los servicios. Abrió el candado del almacén y sacó un rectángulo de cartón adosado verticalmente a un bastidor de listones y que ostentaba una diana.

—No se ve muy bien con esta niebla —me advirtió.

—Me arriesgaré —dije.

Me miró con recelo, pero acabó por entregarme la diana, una grapadora y dos dianas de recambio.

Hacía meses que no practicaba y era una delicia tener el campo de tiro para mí sola. El viento volvía a soplar y la niebla avanzaba por entre las paredes de hormigón de las galerías subterráneas, como en las películas de miedo. Coloqué la diana a unos veinte metros. Me introduje unos tapones de plástico blando en los oídos y a continuación me puse los auriculares de protección. Todos los ruidos exteriores quedaron reducidos a un susurro lejano y oía mi propia respiración dentro de la cabeza como si estuviera debajo del agua. Metí ocho cartuchos en el cargador de mi 32 y empecé a disparar. Los tiros sonaban como globos que estallaran por allí cerca, acompañados por ese rebufo característico cuyo olor a pólvora me gusta tanto.

Me acerqué a la diana para ver dónde le había dado. Arriba y a la izquierda. Señalé los ocho agujeros con rotulador fosforescente, volví a la línea de tiro y cargué el arma otra vez. A mis espaldas había un rótulo que decía: «Las armas sirven aquí para solaz y entretenimiento, pero el más leve descuido o imprudencia puede desembocar en tragedia». «Amén», pensé.

El terreno apisonado que discurría ante mí estaba sembrado de casquillos como un campo de batalla. Como por mi parte no quería tirar el dinero, recogía las vainas tras cada serie de disparos y las introducía en el ladrillo de poliestireno que se destinaba a este fin.

Hacia las tres y cuarto sentí frío y había gastado la mayor parte de mi munición. No puedo afirmar que mi pequeña semiautomática sea infalible a 25 metros, pero por lo menos había vuelto a familiarizarme con su uso.

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