"E" de Evidencia
Capítulo 11
Hice que la llamaran por los altavoces. Había pasado ante una oficina del Servicio de Viajeros, un escritorio en forma de ele donde estaba instalado el equivalente para aeropuertos de un cilindro giratorio de confitería. Tras él había una cincuentona con una cara asombrosamente fea, demacrada, sin barbilla y un ojo torcido. Vestía el uniforme del Ejército de Salvación con sus botones metálicos y charreteras. Ignoraba para qué estaba allí. Puede que las madres consternadas de los niños extraviados y los extranjeros necesitados de Kaopectate acudieran allí en busca de consuelo espiritual y ayuda práctica. Estaba cerrando ya la oficina y al principio no pareció hacerle gracia que solicitase sus servicios.
—Escuche —dije—, acabo de llegar de California para hablar con una mujer que está abandonando la terminal en estos momentos. Necesito ponerme en contacto con ella antes de que llegue al parking y no sé por qué puerta va a salir. ¿Hay alguna manera de llamarla?
Me clavó un ojo mientras con el otro miraba la hoja del directorio que tenía encima de la mesa pegada con cinta adhesiva. Sin decir palabra, cogió el teléfono y marcó un número.
—¿Cómo se llama? —me preguntó.
—Lyda Case.
Murmuró el nombre por el auricular y al cabo de unos instantes oí que avisaban a Lyda Case por los altavoces para que se personase en la oficina del Servicio de Viajeros de la Terminal 2. Le di un millón de gracias, pero
por lo visto le traía sin cuidado el agradecimiento de los demás. Terminó de cerrar, se despidió con una palabra y se fue.
No sabía si Lyda Case iba a aparecer o no. Podía haber abandonado la terminal antes de que la llamaran. O a lo mejor estaba demasiado cansada y derrengada para hacer caso del aviso. Movida por un impulso, rodeé la mesa y tomé asiento en la silla. Pasó un hombre con una maleta de ruedas que tenía tantas ganas de ir tras él como un perro camino del veterinario.
Consulté la hora. Habían transcurrido ya doce minutos. Abrí el cajón superior de la mesa. Lápices, cuadernos de notas, tubos de aspirinas, Kleenex, un diccionario inglés–español. Leí las expresiones de primera necesidad que figuraban en la parte interior de la cubierta trasera. «Buenas tardes», murmuré. «Buenas noches. Buenas nachos»,'` repetí agotada. Me moría de hambre.
—¿Me han llamado? Me pareció oír mi nombre por los altavoces. —
Lyda Case tenía acento tejano. Se había plantado ante mí con la pelvis ladeada y una mano en la cadera. Bajita. Sin maquillaje. Salpicada de pecas y de pelo rizado. Vestía pantalón oscuro y chaleco conjuntado, saltaba a la vista que era uno de esos uniformes universales de camarera que se suelen comprar al por mayor en la fábrica misma. Tenía bordado el nombre encima del pecho izquierdo. Llevaba un reloj con piedras incrustadas y con la mano derecha sostenía un cigarrillo encendido que tiró al suelo y aplastó con el pie—. ¿Qué pasa, nena? ¿He venido al lugar equivocado?
A medio camino entre los treinta y los cuarenta. Cara despierta. Nariz pequeña y recta, y barbilla afilada y arrogante. Tras la sonrisa se le veían los colmillos deformes y los huecos que tenían que haber llenado las primeras muelas. Seguro que sus padres nunca se habían endeudado por llevarla al dentista.
Me puse de pie y le di la mano. —Buenas noches, señora Case. ¿Cómo está? Apoyó su mano en la mía durante un par de segundos. Sus ojos eran de ese color azul irreal y obsesivo que suelen tener las lentillas. Tenía la desconfianza pintada en las facciones…
—Ah, ¿nos conocemos?
—La llamé desde California. Usted me colgó dos veces.
Se le fue la sonrisa
—Creo que le dejé bien claro que no me interesaba. Espero que no haya hecho el viaje por mí
—La verdad es que sí. Cuando llegué a la cafetería usted acababa de irse. Quisiera que me concediese unos minutos. ¿Hay algún sitio donde podamos hablar?
—En mi pueblo esto se llama hablar — me espetó.
Quiero decir en privado.
—¿De qué?
—Necesito saber algunas cosas relacionadas con la muerte de su marido.
—¿Es usted periodista o algo así?
—Detective.
—Ah, sí. Me lo dijo por teléfono. ¿Para quién trabaja?
—Por ahora para mí. Antes para una compañía de seguros. Investigaba un incendio que se había declarado en un almacén de Wood/Warren y salió a relucir el nombre de Hugh. Pensé que usted podría informarme sobre las circunstancias de su fallecimiento.
Advertí que, tentada por el tema, se debatía consigo misma.
Seguramente se le había convertido en la típica fantasía reiterativa a que recurre la gente cuando no puede conciliar el sueño. Me la imaginé entre las dos y las tres y la madrugada, quejándose sin parar, a propósito siempre de las mismas cosas. Creo que todos tenemos en el cerebro un bichito que despierta a esas horas y por lo general con ganas de charla.
—¿Qué tiene que ver Hugh con eso que usted dice?
—Tal vez nada. No lo sé. Pero me pareció chocante que desaparecieran del laboratorio las muestras que le habían tomado.
—¿Y por qué se interesa usted? Nadie más lo ha hecho.
—Pues ya va siendo hora, ano le parece?
Me dirigió una mirada larga y valorativa. Su expresión pasó de la hostilidad a la simple impaciencia.
—Hay un bar aquí cerca. Me esperan en casa y antes tendré que llamar.
Treinta minutos. No voy a dedicarle más tiempo. Hoy he trabajado como
una negra y quiero poner los pinreles en remojo. —Echó a andar y corrí tras ella para alcanzarla.
Nos sentamos a una mesa junto al ventanal. El cielo nocturno estaba cubierto por nubes bajas y amenazadoras. Me sobresalté al darme cuenta de que llovía. El vidrio del ventanal estaba cruzado por la estela de las gotas que, a causa del viento que soplaba, se estrellaban en diagonal. La gravilla alquitranada brillaba como el hule negro y las luces de las pistas se reflejaban en la superficie pulida del asfalto moteado de gotas. Había tres DC–10 alineados en sendos accesos consecutivos. La zona estaba llena de tractores, vehículos de suministro, camiones con grúa y hombres enfundados en monos amarillos. Una vagoneta motorizada pasó a toda velocidad arrastrando una serie de remolques llenos de equipaje. Justo mientras yo miraba se cayó una bolsa de lona, que quedó en el suelo mojado sin que nadie se diera cuenta. Alguien iba a pasar aquella noche una hora de cabreo rellenando los impresos de reclamación de «Equipajes Extraviados».
Mientras Lyda llamaba por teléfono, pedí un vino blanco con soda para mí y un Bloody Mary para ella, tal como me había indicado. Estuvo hablando un buen rato. La camarera sirvió las bebidas junto con una lata de galletitas saladas Eagle Snack.
—Lyda quería algo para picar y traigo esto —dijo.
—¿Le importa si pagamos ahora?
—No, en absoluto. Me llamo Elsie. Si queréis algo más, me dais un grito.
El tráfico terrestre comenzaba a despejarse y vi que retiraban la escalerilla del avión que teníamos más cerca. Por la pista que había más allá arrancó con pesadez un L–1011 con el flanco punteado de ventanillas iluminadas. El bar comenzaba a vaciarse, pero el humo seguía suspendido en el aire como una mancha en una fotografía. Oí que se acercaba un taconeo y reapareció Lyda. Se quitó el chaleco y se desabrochó la blusa blanca hasta la mitad de los pechos. Los tenía pecosos como un huevo de pájaro y en conjunto parecía que estuviese bronceada.
—Siento haber tardado —dijo—. Tengo a la compañera de piso en medio de una crisis nerviosa, por lo menos es lo que ella dice. —Se sirvió del tallo de apio para disolver la nube clara de vodka en el zumo de tomate con pimienta. A continuación destapó la lata de las galletitas saladas—.
Venga, alarga la mano y come —dijo. Le tendí la mano abierta y me la llenó de galletitas. Tenían forma de pagoda china y estaban rociadas con sal. Se le había ido la animadversión. Ya había presenciado el fenómeno en otras ocasiones: la desconfianza adopta al principio la forma de agresividad y se opone a una resistencia tan infranqueable como un muro, hasta que de pronto se abre un portillo. En ese momento quería hablar conmigo y le parecía absurdo mostrarse grosera. Además, pagaba yo. Con 10 dólares en el bolsillo me podía permitir treinta minutos de copas, pero más no.
Había sacado una polvera y con la frente fruncida se inspeccionaba el maquillaje..
—Dios, estoy hecha un asco. —Puso el bolso encima de la mesa y rebuscó en su interior hasta que encontró un estuche de cosmética. Abrió la cremallera y sacó varios productos. Se humedeció la cara con una base líquida y se la extendió para taparse las pecas, las arrugas y las manchas de la piel. Luego cogió el lápiz de ojos, trazó una línea en ambos párpados y a continuación se pasó rímel por las pestañas.
Los ojos le quedaron muy saltones, como a punto de salírsele de las órbitas. Se embadurnó ambas mejillas con abundante colorete de tono muy subido, se perfiló la boca con lápiz granate y luego se pasó un lápiz de tono más claro por la parte carnosa de los labios. Transcurrieron menos de dos minutos, pero cuando volvió a prestarme atención le habían desaparecido las aristas y rugosidades y resplandecía con todo el encanto de un anuncio de revista—. ¿Qué te parece?
—Impresionante.
—Eres un cielo. Yo te podría transformar en un minuto. Deberías cuidarte un poco más. Tienes una pelambre que parece el culo de un perro.
Me eché a reír.
—Si no me has concedido más que treinta minutos, será mejor que vayamos al grano cuanto antes.
Agitó la mano con despreocupación.
—Olvídalo, he cambiado de idea. Betsy se ha tomado una sobredosis y no me apetece encerrarme en casa todavía.
—¿Se ha tomado una sobredosis tu compañera de piso?
—Lo hace cada dos por tres, pero no escarmienta. Se compró un folleto de la Sociedad de la Cicuta y desde entonces come la mitad de lo que necesita. Luego llego yo a casa y pago las consecuencias. Estoy harta de ver enfermeros que entran y salen después de medianoche. Todos de veintiséis años y de un pulcro que da náuseas. Suele quedar con ellos para salir. Dice que es la única manera de ligarse a hombres con posibilidades.
Se zampó de un trago la mitad del Bloody Mary.
—Háblame de Hugh —dije.
Sacó una cajita de chicles y me ofreció uno. Le dije que no con la cabeza, quitó el envoltorio del que había reservado para sí, se lo metió doblado en la boca y se puso a masticar. A continuación encendió un cigarrillo. Me esforcé por adivinar a qué sabría la mezcla…, menta y tabaco. La idea me resultaba desagradable, incluso en cuerpo ajeno. Hizo una bolita con el envoltorio del chicle y la puso en el cenicero.
—Yo era una cría cuando nos conocimos. Diecinueve años. Trabajaba en un bar. El día en que cumplí los dieciocho, cogí el Greyhound de California y me matriculé en una academia de camareros de Los Angeles.
La broma me costó seiscientos dólares. Igual me vieron la cara y me cobraron de más. Aprendí a hacer combinados, pero también habría aprendido con un manual. En cualquier caso encontré un empleo en el Aeropuerto Internacional de Los Angeles y desde entonces trabajo en cafeterías de aeropuerto. No me preguntes por qué. Ha sido así y ya está.
Hugh apareció una noche, nos pusimos a charlar y antes de que me diera cuenta me enamoré de él y nos casamos. Yo tenía diecinueve años, él treinta y nueve y estuvimos juntos dieciséis. Lo conocía bien. No se suicidó. No me habría hecho una cosa así.
—¿Por qué estás tan segura?
—¿Por qué estás tú tan segura de que el sol saldrá por el este mañana y todos los días? Lo sabes y ya está, ¿no? Pues del mismo modo en que se
confía en esas cosas, yo aprendí a confiar en él.
—¿Crees entonces que lo mataron?
—Desde luego. Fue Lance Wood, tan cierto como que estoy aquí, lo que pasa es que no lo admitirá ni dentro de un millón de años, y su familia tampoco. ¿Has hablado con esa gente?
—Unas palabras —dije—. Yo no sabía nada de la muerte de Hugh hasta que me lo contaron ayer.
—Siempre he creído que sobornaron a los polis para que tuvieran la boca cerrada. Tienen montañas de dinero y conocen a todo el mundo en la ciudad. Fue una cortina de humo.
—Lyda, estás hablando de personas respetables. No transigirían con un asesinato y no encubrirían a Lance si creyeran que tuvo algo que ver.
—Chiquilla, si piensas eso es que eres más tonta que yo. Fue un asesinato y punto. No habrías venido a Los Ángeles si no lo creyeras tú también.
—No sé qué pensar. Por eso te pregunto.
—Bueno, pues no fue un suicidio. No estaba deprimido. No era de los que se suicidan. ¿Por qué iba a hacerlo? Es una estupidez. Ellos lo conocían. Sabían la clase de hombre que era.
La observé con atención.
—Me han dicho que pensaba dejar la empresa y fundar una propia.
—Sí, eso decía. Decía muchas cosas. Trabajó para Woody durante quince años. Hugh era tan leal como el que más, pero todos sabían que el viejo iba a dejarle la empresa a Lance. A Hugh le parecía una locura. Decía que Lance era un cretino y que no quería quedarse para ver cómo se iba a pique todo.
—¿ Discutieron ellos dos?
—No estoy segura. Sé que lo comunicó y que Woody le convenció de que no lo hiciera. La administración iba a concederle una contrata importante y necesitaba a Hugh. Hugh dijo que se quedaría hasta que se supiera con seguridad si Woody la obtenía o no. Dos días después, al volver del trabajo, fui al garaje y me lo encontré allí. Parecía que se hubiera
quedado dormido en el coche, pero tenía la piel roja como una cereza.
Nunca lo olvidaré.
—¿No hay algo que permita pensar que fue un accidente?
Se echó adelante con vehemencia.
—Te lo he dicho antes y te lo repetiré ahora. Hugh no se suicidó. No tenía motivo y no estaba deprimido.
—¿Cómo sabes que no te ocultaba algo?
—Dicho de ese modo, es imposible saberlo.
—Es que resulta absurdo pensar en un homicidio.
Lance ni siquiera estaba entonces al frente de la empresa y no iba a matar a un empleado sólo porque quisiera marcharse. Es ridículo —añadí.
Se encogió de hombros, impávida ante mi escepticismo.
—Puede que Lance temiera que, al marcharse, Hugh se llevara consigo a la clientela.
—Bueno, aparte de que aún no se había marchado, eso me parece una exageración.
Se puso un poco tensa.
—Me has preguntado qué pienso y te he dado mi opinión.
—Ya veo que lo crees, pero necesito algo más para convencerme. Si lo mataron, también cabe la posibilidad de que lo hiciera otra persona, ¿no?
—Lógico. Yo creo que fue Lance, pero no puedo jurarlo. En cualquier caso no hay evidencias de ello. A veces pienso que no vale la pena seguir dándole vueltas. Ocurrió y ya nada puede hacerse.
Cambié de tema.
—¿Por qué lo mandaste incinerar tan pronto?
Me miró fijamente.
—¿Acaso crees que yo intervine en ello?
—Yo no sé nada. Por eso te hago preguntas.
—El pidió ser incinerado. Ni siquiera fue idea mía. Llevaba muerto cuarenta y ocho horas. El forense envió el cadáver a la funeraria, el dueño me sugirió que cumpliéramos lo estipulado y seguí su consejo. Habla con él, si no me crees —dijo—. Yo creo que lo drogaron. Apostaría cualquier
cosa a que fue así como lo consiguieron. Robaron las muestras del laboratorio para que nadie viera el resultado de los análisis.
—Puede que estuviera borracho —le insinué—. A lo mejor entró con el coche en el garaje y se quedó dormido.
Negó con la cabeza.
—No bebía. Había dejado el alcohol.
—¿Había tenido problemas al respecto?
—Durante una época —dijo—. Recuerda que nos conocimos en un bar.
A las dos de la tarde de un día laborable. Ni siquiera iba a coger el avión.
Decía que le gustaba verlos aterrizar. Habría tenido que darme cuenta entonces, pero cuando te enamoras, ya se sabe. Ves lo que quieres ver.
Tardé años en descubrir a qué extremos había llegado. Hasta que le dije que le abandonaría si no se enmendaba. Se apuntó a una organización, no a Alcohólicos Anónimos, sino a una parecida. Se curó y dejó la bebida para siempre.
—¿No cabe la posibilidad de que hubiera vuelto a beber? A veces ocurre.
—Con el tratamiento que seguía, imposible. Habría vomitado hasta la primera papilla.
—¿Estás segura de que no abandonó la medicación?
—Yo misma le administraba los comprimidos de Antabús. Era como un juego. Todas las mañanas, con un vaso de zumo de naranja. Me extendía la mano, le daba los comprimidos y veía cómo se los tragaba. Quería que comprobara personalmente que no me engañaba. El día en que dejó de beber me juró que no volvería a probar ni gota.
—Cuántos sabían lo del Antabús?
—No lo sé. Hugh no hablaba mucho al respecto. Si estaba con amigos y éstos bebían, él sólo decía «No, gracias».
—¿Qué pasó la semana en que murió?
—Nada de particular. A mí me pareció una semana normal y corriente.
Habló con Woody. Dos días después había muerto. Después del entierro hice las maletas, lo metí todo en el coche y volví a casa. Y aquí estoy desde entonces.
—¿Había entre sus pertenencias alguna cosa que permitiera pensar que pasaba algo? ¿Alguna carta? ¿Una nota?
Negó con la cabeza.
—Registré su mesa el día en que murió y no vi nada.
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