"E" de Evidencia
Capítulo 17
Me acomodé en la cama mientras Darcy me ponía al corriente de los detalles. Andy había llegado corriendo a la oficina a eso de las diez de la mañana del día anterior. Mac se había empeñado en que se hiciera la jornada normal hasta las cinco, a pesar de que era el día de Nochevieja.
Andy tenía previsto asistir a una comida de trabajo y además a una cita a las dos con un vicepresidente de la casa. Según Darcy, Andy estaba muy asustado. Fue a comunicarle los recados y mensajes telefónicos, pero la interrumpió, entró como una tromba en su despacho y se puso a guardar sus efectos personales, incluido el Rolodex, en un maletín. Cuando Darcy se dio cuenta, Andy había desaparecido.
—No sabría explicártelo, fue algo rarísimo —dijo Darcy—. Nunca había hecho algo similar. ¿Y por qué el Rolodex? Yo ya lo había mirado y no había encontrado nada, pero ¿por qué se le ocurrió a él?
A lo mejor tiene poderes paranormales.
—Eso debe de ser. En cualquier caso, no volvimos a verle en todo el día; al salir por la tarde, cogí el coche y me fui a su casa.
—¿A Elton? También son ganas.
—No me gustó su comportamiento. Parecía que le hubieran metido una mecha en el culo y quería saber qué pasaba. No vi su coche en las proximidades de su casa, me acerqué y eché un vistazo por la ventana. El piso estaba hecho una pocilga y se habían llevado todos los muebles. Creo que en la sala de estar habían dejado una mesa camilla, pero nada más.
—Es que no tiene más muebles —dije—. Janice, por lo visto, le ha sacado hasta las entretelas y clama por más.
—Que clame todo lo que quiera, Kinsey, el tipo se ha esfumado. El vecino de al lado me vio fisgando por la ventana y me preguntó qué quería.
Le conté la verdad. Le dije que trabajaba con Andy y que todos estábamos preocupados porque se había ido sin más ni más cuando tenía un par de citas pendientes. El vecino dice que le vio ayer por la mañana arrastrando por las escaleras dos maletas grandes. Alrededor de las nueve y media.
Seguramente fue directo a la oficina, recogió sus cosas y se largó. Anoche lo estuve llamando cada dos horas y esta mañana también. Sólo responde el contestador.
Medité aquello.
—¿Ha aparecido en la prensa lo de la muerte de Olive?
—Esta mañana, pero Andy ya se había ido.
Sentí por dentro un brote de energía, mezcla de inquietud y miedo.
Aparté las frazadas y me senté en el borde de la cama.
—Tengo que salir de aquí.
—¿Seguro que estás bien?
—Seguro. No hay problema. No sé si Daniel me ha traído ropa o no, mira en el armario, ¿quieres? —El vestido verde había desaparecido, junto con mis bragas baratas, probablemente bajo las tijeras quirúrgicas de quien me atendiera en Urgencias la noche anterior.
—Sólo hay esto —dijo Darcy enseñándome el bolso.
—Genial. Bueno, es suficiente. Tengo ahí las llaves y ya cogeré lo que sea al llegar a casa. Espero que hayas venido con el coche.
—Puedes irte sin permiso de los médicos?
—Tengo permiso. La doctora le dijo a Daniel que podía irme si él se responsabilizaba de mí y Daniel dijo que de acuerdo.
Me observó con incertidumbre, adivinando sin duda que la mitad de lo que le decía era mentira.
—Vamos, Darcy, deja de preocuparte. Largarse de un hospital no es delito. Estoy aquí voluntariamente, no porque me haya condenado el juez.
—¿Y la factura?
—¿Quieres no ser tan cabezota? El seguro se encarga de todo, yo no les debo un céntimo. Además, tienen mi dirección. Ya me buscarán si lo creen necesario.
Aunque no la había convencido, cosa que saltaba a la vista, se encogió de hombros, me ayudó a instalarme en la silla de ruedas y me condujo por el pasillo hasta los ascensores. Una ATS se quedó mirándonos al pasar, le dije adiós con la mano y creo que quedó convencida de que no necesitaba inmiscuirse.
Al llegar a la planta baja, Darcy me puso su abrigo y me dejó en la entrada mientras iba por el coche. Me quedé a la espera, con el abrigo prestado, las zapatillas y el bolso en el regazo. No habría sabido qué hacer si hubiera pasado la doctora. Los que cruzaban el vestíbulo me miraban por encima, pero nadie me dijo palabra. Estar enferma es asqueroso. Yo tenía cosas que hacer.
A las tres y cuarto entraba por fin en mi casa, que había cogido ya el típico olor mohoso de los lugares deshabitados. Había estado ausente un día, pero parecía que habían sido semanas. Darcy entró detrás de mí y puso cara de culpable cuando vio que temblaba al ponerme de pie. Me instalé en el sofá, bañada de pronto en un sudor frío, y procedí a vestirme.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
Acabé de ponerme los tejanos.
—Vamos a la oficina, a ver si Andy se ha dejado algo —dije. Me puse una camiseta y me dirigí al lavabo para cepillarme los dientes. Me miré en el espejo. Donde antes tuviera las cejas tenía ahora pintada la estupefacción.
Y parecía que me hubiera dado una insolación en las mejillas. Vi arañazos y cardenales, pero de escasa importancia. Hasta cierto punto me gustaban los ricitos que me habían hecho delante, donde antes había estado mi pelo.
Abrí el botiquín y cogí mis leales tijeras de las uñas. Corté el esparadrapo que me sujetaba el vendaje del brazo derecho, aparté la gasa y miré lo que había debajo. No tenía mal aspecto. Además, las quemaduras se curan mejor al aire libre. Me tomé un calmante por si acaso y di un manotazo en el aire al verme otra vez en el espejo. Me sentía perfectamente.
Cogí la carpeta con los papeles que había sacado de la basura de Andy.
Me puse unos calcetines gruesos y unas bambas y al salir cogí una cazadora. En Santa Teresa suele hacer frío cuando se pone el sol y no sabía cuánto tiempo iba a estar fuera.
La temperatura exterior era más propia de agosto que de enero. El cielo estaba despejado y el sol brillaba en las alturas. No soplaba ni una brisa y las aceras se comportaban como las placas solares, absorbían la luz y emitían calor. No vi el menor rastro de Daniel, menos mal. Seguramente me habría reprochado que hubiera salido del hospital de aquel modo. Descubrí mi pequeño VW a dos casas de distancia y me alegré de que alguien se hubiera preocupado de devolvérmelo. No estaba para conducir todavía, pero me tranquilizó saber que el vehículo estaba allí.
Darcy puso en marcha su coche y nos dirigimos a la oficina de Andy.
Había muy poco tráfico. El centro estaba vacío, como si hubiera habido una guerra nuclear. El aparcamiento estaba absolutamente vacío, salvo unas botellas de cerveza amontonadas cerca de la caseta del encargado, restos de alguna jarana de Nochevieja.
Subimos por la escalera de atrás.
—¿Sabes? Hay algo que no entiendo —dije mientras subíamos.
Darcy abrió la puerta del edificio.
—¿El qué? —preguntó volviendo la cabeza.
—Supongamos que Andy está metido en la conspiración. No tenemos pruebas, pero es lo más evidente, ¿no?
—Eso parece.
—Bueno, pues no entiendo sus motivos. Hablamos de una estafa por todo lo alto. Pero se trata de su trabajo, de su único medio de subsistencia.
¿Qué gana si lo cogen?
—Le habrán prometido dinero a cambio —dijo Darcy—. Si Janice le ha dejado sin blanca, es lógico que necesite dinero con urgencia.
—Es posible —dije—. Lo cual significa que alguien le conocía muy bien y le consideraba susceptible de corrupción. Andy ha sido siempre un cretino, pero en el fondo no creía que fuese un maleante.
Llegamos ante las puertas de vidrio de La Fidelidad de California.
—No sé adónde quieres ir a parar —dijo Darcy mientras abría y entrábamos. Encendió las luces generales y dejó el bolso en una silla.
—Yo tampoco. Es que creo que en este embrollo hay algo más. Andy, por el empleo que tiene, está en situación de manipular a su antojo las reclamaciones, pero aun así es grande el riesgo que corre. ¿Y por qué estaba tan asustado? ¿Qué ha salido mal?
—A lo mejor no contaba con la muerte de Olive —contestó—. Alguna explicación ha de haber.
Entramos en el despacho de Andy. Darcy me observó con curiosidad mientras practicaba un registro sistemático. Los archivadores del trabajo parecían estar intactos, pero habían desaparecido todos sus efectos personales: la foto de los niños que tenía en la mesa, la agenda encuadernada en piel, el cuaderno de direcciones, el Rolodex, incluso los premios por sus actividades conseguidos unos años antes y que había hecho enmarcar. Se había dejado un retrato de Janice, una foto en color de 13x18
centímetros realizada en un estudio, y en la que aparecía con el pelo rubio ahuecado, con su cara en forma de corazón y su barbilla puntiaguda. Tenía una expresión desdeñosa, incluso sonreía con ironía a la cámara. Andy le había ennegrecido uno de los dientes incisivos y le había pintado unos pelos preciosos que le salían de la nariz.
Como además le había ensanchado un poco las aletas, parecía una cerda. El superserio Andy Motycka nos decía lo que opinaba de su ex mujer.
Me senté en su silla giratoria y eché un vistazo general al despacho mientras me preguntaba cómo me las apañaría para echarle el guante.
¿Dónde había ido? ¿Y por qué se había esfumado de aquel modo? ¿Había preparado él la bomba? Darcy estaba en silencio, no deseaba interrumpir mis procesos mentales.
—¿Tienes algún teléfono de Janice? —pregunté.
—Sí, en mi mesa. ¿Quieres que la llame y le pregunte si sabe dónde está Andy?
—Exacto. Invéntate una excusa y no sueltes prenda. Si no sabe que se ha largado, no lo hagamos público por el momento.
—Muy bien —dijo. Fue a recepción. Cogí la carpeta que había llevado conmigo y saqué todos los papeles. Saltaba a la vista que Andy estaba en serios apuros económicos. Entre la bronca de Janice a propósito del cheque que se había retrasado y las reclamaciones de pago con los márgenes rojos, era lícito pensar que se encontraba entre la espada y la pared. Volví a leer los borradores de la carta de amor que había escrito a su adorada. Era casi seguro que se habían visto en Nochebuena. A lo mejor se había fugado con ella.
El calendario de mesa seguía encima del borde del papel secante, abierto como un misal y con las hojas de ambos lados sujetas por ganchos curvos para que al pasarlas quedaran planas. Se había llevado la agenda de piel, pero se había dejado el calendario. Por lo visto tenía la costumbre de apuntar las citas en ambos para que la secretaria supiese dónde localizarle en todo momento. Pasé las páginas de la semana anterior. En la hoja del viernes, 24 de diciembre, había trazado una circunferencia alrededor de las
«9 noche» y escrito a lápiz la inicial L. ¿Sería su amada? Pasé las páginas de los últimos seis meses. La inicial se repetía a intervalos regulares, pero sin seguir una pauta identificable.
Me fui a recepción con la carpeta y el calendario.
Darcy, a juzgar por lo que oí, charlaba con Janice por teléfono.
—Ya. Bueno, de eso yo no sé nada. No lo conozco hasta ese punto. Ya.
¿Qué te ha dicho el abogado? Sí, puede que sea verdad, pero no sé qué sacas con eso. Oye, Janice, voy a tener que colgar. Hay gente esperando y que también quiere telefonear. Ya, pues te lo agradecería y ya te contaré lo que oiga por aquí. Seguro que se ha ido a pasar fuera el fin de semana y nada más; lo que pasa es que se olvidó de decírnoslo. Muchas gracias. Otro para ti. Hasta luego.
Colgó y exhaló una bocanada de aire.
—Dios mío, ¡cómo habla esta mujer! Suerte que la he cogido en buen momento, porque me lo ha contado todo. Está que muerde. Andy tenía que pasar anoche por su casa para llevarse a los chicos, pero no se presentó.
Janice lo tenía todo preparado para irse y ha tenido que cancelar sus planes.
No la ha llamado ni para pedirle disculpas. Está convencida de que ha huido de la ciudad y quiere avisar a la Policía.
—Hasta que no pasen setenta y dos horas no le harán caso —dije—. Lo más seguro es que se haya encerrado en cualquier sitio para follar con una amiguita de la que está enamorado. —Le enseñé las cartas que había cogido de la basura de Andy.
Se puso a leerlas con una sonrisa y fue asombroso porque inmediatamente esbozó una mueca de asco.
—Oye, ¿tú dejarías que este tío te comiera el… eso?
—Bueno, si me lo espolvoreo antes con arsénico, ¿por qué no?
Arrugó el entrecejo.
—Y ella tiene que tener unas cantimploras de campeonato. Andy no encontró con qué compararlas.
Miré por encima de su hombro.
—Con balones de rugby, pero lo tachó. Seguramente no le pareció romántico.
Guardó los papeles en la carpeta.
—Pues si le pica que se rasque. Uf, encima me salen chistes malos. ¿Y
ahora qué hacemos?
—No sé. Se llevó la agenda, pero he encontrado esto. —Pasé las páginas del calendario de mesa y le enseñé la inicial a lápiz que aparecía de vez en cuando. Me di cuenta de que se ponían en marcha los engranajes mentales de Darcy.
—¿No le habrá llamado aquí alguna vez esta novia? —dijo—. Lo lógico es que lo haya hecho, ¿no te parece?
Abrió el cajón superior de la derecha de su mesa y sacó el cuaderno de las llamadas que se recibían. Era de un modelo especial, sin papel carbón, y consistía en una serie de hojas blancas, perforadas y rasgables, sobre una copia continua de color amarillo. Si llamaban de fuera para hablar con un empleado, Darcy tomaba nota del día, la hora, el nombre de quien llamaba, su teléfono, y ponía una cruz junto a cualquiera de las tres posibilidades que figuraban a la derecha: «Llamar», «Volverá a llamar», «Recado». A
continuación se rasgaba la hoja superior y se entregaba al destinatario.
Darcy empezó a mirar a partir del 1 de diciembre.
No tardamos en dar con ella. Cotejando las llamadas que había recibido Andy con las páginas de su calendario de mesa, vimos que había una persona que daba un número de teléfono, pero ningún nombre, y cuyas llamadas se producían siempre un par de días antes de las citas consignadas por aquél en el calendario… en el caso de que, efectivamente, fuesen citas.
—¿Tenéis aquí guía telefónica? —pregunté—. Me refiero al tomo ordenado por números.
—Creo que no. Antes sí, pero hace meses que no lo veo.
—Yo tengo el del año pasado en el despacho. Vamos a comprobar a qué abonado pertenece este número. Esperemos que no sea una empresa.
Saqué las llaves del bolso al tiempo que echaba a andar delante de Darcy.
¿No tenías que haber devuelto las llaves? —dijo en tono de reproche.
—¿De veras? No lo sabía.
Abrí la puerta, me dirigí al archivador y saqué el tomo de los números del cajón de abajo. El número, por lo menos durante el año anterior, estaba a nombre de una persona apellidada Wilding, Lorraine Wilding.
—¿Crees que es ella? —preguntó Darcy.
—Sé cómo averiguarlo —dije. La calle en que vivía la abonada estaba sólo a un par de manzanas de mi casa, hacia la playa.
—¿Seguro que estás bien? En tu estado, no creo que te convenga ir correteando por ahí.
—Tranquila, estoy perfectamente —dije.
No estaba tan radiante, la verdad sea dicha, pero tampoco quería poner a descansar esta cosa redonda que tengo sobre los hombros hasta haber solucionado unas cuantas incógnitas. Había abierto el grifo de la adrenalina (una fuente de energía nada despreciable) y cuando se me acabara, como es natural, estaría hecha una mierda; pero, mientras tanto, lo mejor era estar en movimiento.
OceanofPDF.com