"E" de Evidencia
Capítulo 3
Tardé tres horas en inspeccionar el lugar de los hechos. Terry se puso a abrir la puerta principal, pero tal como estaba el almacén me pareció más bien una broma. El exterior del edificio seguía en pie en su mayor parte, pero la primera planta se había venido abajo y los escombros calcinados casi imposibilitaban la entrada. Las ventanas de la planta baja habían reventado a causa del calor. Las cañerías habían quedado al descubierto y muchas de ellas se habían doblado al desplomarse las paredes hacia dentro.
Los objetos identificables que habían sobrevivido no eran más que masas informes, desprovistas de color y detalles.
Cuando se puso de manifiesto que iba a tener que estar allí un buen rato, Terry murmuró una disculpa y volvió a la fábrica. Como era la víspera de Navidad, iban a cerrar antes de lo habitual. Me dijo que volviera a la fábrica si la inspección no me entretenía demasiado, que me invitaba a tomar un ponche y unas pastitas. Yo ya había sacado la cinta métrica, el cuaderno de notas, el cuaderno de dibujo y los lápices, y preparaba mentalmente el plan de ataque. Le di las gracias y, cuando se fue, apenas me di cuenta.
Rodeé el edificio, medí la superficie de las partes más afectadas y revisé el marco de las ventanas de la planta baja por si había indicios de forzamiento. Ignoraba cuándo se presentaría el equipo de limpieza y descombro, y como no había el menor indicio de que el incendio hubiera sido provocado, La Fidelidad de California, a mi juicio, no estaba en situación de seguir posponiendo los trámites.
El lunes por la mañana investigaría la situación económica de Lance Wood para cerciorarme de que el incendio no le beneficiaba; era una simple formalidad, porque el jefe de bomberos había ya descartado en su informe la posibilidad de que fuera provocado. Como seguramente no contaría con otra oportunidad como aquélla, lo fotografié todo; gasté dos carretes de 24
fotos cada uno.
A mí me dio la sensación de que el incendio se había originado en algún punto de la pared norte, lo que casaba con la hipótesis del fallo eléctrico.
Tendría que consultar el diagrama de la instalación, aunque sospechaba que ya lo había hecho el jefe de bomberos. Las superficies de madera presentaban esas protuberancias que se denominan «piel de cocodrilo», y era en aquel sector de la parte trasera donde podían apreciarse las quemaduras más profundas y las resquebrajaduras más diminutas y sutiles.
Puesto que los gases calientes suben y el fuego tiende a propagarse hacia arriba, por lo general se puede ver el curso que han seguido las llamas, que ascienden hasta que tropiezan con un obstáculo y se desvían horizontalmente, en busca de otras verticales de escape.
Buena parte del interior se había reducido a cenizas. Las paredes maestras seguían en pie, negras y frágiles como la carbonilla. Avancé con cuidado por entre los escombros y tracé un plano detallado de las ruinas, constatando el grado de incineración, el aspecto general y la cantidad de objetos totalmente carbonizados. Todas las superficies que vi estaban manchadas de esa claridad cenicienta que producen las temperaturas muy elevadas. Todo olía como tenía que oler: a madera quemada, a hollín, a material aislante empapado, a la hedentina química de los materiales corrientes que se han descompuesto en elementos simples. Había otro olor además, pero no supe identificarlo. Sin duda tenía que ver con las mercancías almacenadas. Al llamar a Lance Wood durante la víspera, le había pedido una copia del inventario. Ya la repasaría para ver si averiguaba la causa de aquel olor.
No me hacía gracia haber inspeccionado el almacén antes de formalizar la entrevista, pero no había tenido más remedio, dado que mi hombre había optado por desaparecer. A lo mejor volvía para la celebración navideña; de
ser así, le obligaría a concertar otra cita para el lunes por la mañana a primera hora.
A las dos en punto de la tarde cerré el cuaderno de dibujo y me sacudí los tejanos. Mis bambas se habían puesto casi blancas a causa de la ceniza y seguramente tendría la cara tiznada. Pese a todo, me sentía bastante satisfecha del trabajo realizado. Wood/Warren se pondría a hacer cálculos con los abastecedores y las estimaciones resultantes se remitirían a LFC
junto con mi juicio favorable a la reclamación. Según las reglas, la empresa percibiría unos quinientos mil dólares, más lo que valiese la mercancía destruida.
La fiesta estaba en pleno auge. El núcleo principal se encontraba en las oficinas, alrededor de la ponchera instalada en una mesa de dibujo. Se habían despejado los escritorios y los habían cubierto de bandejas con fiambre, queso, galletas saladas, tartas de fruta troceada y pastas caseras. La empresa tenía unos sesenta empleados, en consecuencia había bastante alboroto y el ambiente se fue relajando y animando a medida que se iba consumiendo el ponche de Champagne. Por los altavoces se oía a todo volumen una selección de villancicos a ritmo de reggae.
Todavía no había señales de Lance Wood, aunque vi a Heather al otro extremo de la sala, con las mejillas encendidas de tanto beber. Terry Kohler me divisó y empezó a abrirse paso hacia mí. Cuando llegó a mi lado, pegó su boca a mi oído.
—Recupere el bolso de mano antes de que esto se desmadre —dijo.
Asentí con exagerados movimientos de cabeza y poco a poco fuimos avanzando hacia el vestíbulo y de allí pasamos al despacho de Lance. La puerta estaba abierta y la mesa del jefe se había convertido en un bar.
La superficie estaba totalmente llena de botellas, cubos de hielo y vasos de plástico; un grupo de empleados se dedicaba a vaciar las primeras y a comprobar la calidad de los muebles. El bolso me lo habían empotrado entre un archivador metálico y una estantería repleta de manuales técnicos.
Guardé la cámara y el cuaderno de dibujo y me colgué el bolso del hombro derecho. Terry me preguntó si quería un poco de ponche y, tras vacilar un segundo, le dije que sí. «¿Por qué no?», pensé.
Tenía intención de marcharme en cuanto pudiera escabullirme sin parecer grosera. No me siento a gusto entre las multitudes y en aquel lugar no conocía a nadie. Pero me quedé porque en realidad no tenía que ir a ningún otro sitio. Y puesto que ya estaba allí, me dije que podía aprovechar la ocasión y celebrar la Navidad por mi cuenta. Acepté el ponche, me serví queso y galletas saladas, comí unas pastas espolvoreadas con azúcar verde y rosa, esbocé una sonrisa de simpatía y en términos generales traté con cordialidad a cuantos me rodeaban. Hacia las tres de la tarde, la celebración se había convertido en una juerga, murmuré una disculpa y me dirigí hacia la salida. Nada más pisar la acera oí que me llamaban por mi nombre. Me volví. Heather avanzaba hacia mí con un sobre en la mano que ostentaba el logotipo de Wood/Warren.
—Menos mal que la he alcanzado —dijo—. Es para usted, de parte del señor Wood. Recibió una llamada en el último momento y tuvo que ausentarse. Me dejó esto en la bandeja de los papeles.
—Gracias. —Abrí la solapa y miré el contenido: se trataba del inventario—. Ah, estupendo —dije, asombrada de que se hubiera acordado en plena operación esfumadora—. Volveré a llamar el lunes, a ver si me concede otra entrevista.
—Lamento lo de hoy —dijo Heather—. ¡Felices Pascuas! —Se despidió con la mano y volvió a la fiesta. Habían dejado la puerta abierta y por ella salían gritos y humo de tabaco a partes iguales.
Vi que Ava Daugherty nos había estado mirando y que tenía los ojos clavados en el sobre que Heather acababa de entregarme y que guardé en el bolso. Fui en busca del coche y volví a la ciudad.
Al dirigirme a la oficina vi que estaban apagadas todas las luces de La Fidelidad de California. Como era la víspera de Navidad, LFC, al igual que muchas otras empresas, había cerrado antes de lo habitual. Abrí la puerta del despacho, dejé el expediente encima de la mesa y miré a ver si tenía algún recado en el contestador. Llamé al jefe de bomberos para una verificación rápida de la información que yo había recogido, pero tampoco estaba. Di mi número a la persona que me atendió y ésta me dijo que probablemente el jefe no me llamaría hasta el lunes.
Para las cuatro, estaba de regreso en el apartamento con el puente levadizo alzado. Y allí me quedé todo el fin de semana.
El día de Navidad lo pasé sola, pero no triste.
El día siguiente era domingo. Limpié la casa, hice la compra, me preparé varias tazas de té y leí.
El lunes, 27 de diciembre, volví a la rutina y con un humor sensible a cualquier influencia me enfrasqué en la ardua tarea de convertir las notas recogidas en el almacén incendiado en un informe coherente y legible.
Sonó el teléfono. Supuse que sería la señora Brunswick, la del banco, y que me llamaba para decirme que ya se había resuelto lo de los 5.000
dólares.
—Investigaciones Millhone —dije.
—Hola, Kinsey. Soy Darcy, tu vecina. ¿Puedo pasar ya a recoger el expediente?
—Darcy, ¡no son más que las diez y cuarto! Estoy trabajando en ello,
¿vale? —Ojo: no dije m… porque sé que se ofende.
—Está bien —dijo—, pero no tienes por qué hablarme así. Ya le dije a Mac que aún no estaría listo el informe, pero es que antes quiere echar otro vistazo al expediente.
—¿Antes de qué?
—No lo sé. ¿Cómo quieres que lo sepa? Te he llamado porque me han dejado una nota en la mesa, en la bandeja de urgencias.
—Oh, cielos, tu bandeja de «urgencias». Haberlo dicho antes. Anda, ven y llévate esta maldita cosa de una vez.
El mal genio y la intuición no se llevan bien. Aunque había algo que no acababa de comprender, era imposible concentrarse con Darcy encima. Lo primero que había hecho aquella mañana había sido rellenar una solicitud dirigida el Centro de Prevención de Delitos contra las Compañías de Seguros para que se hiciera una investigación informática de Lance Wood.
Lo que me fastidiaba era la posibilidad de que hubiera presentado en el pasado otra reclamación por un incendio. Hasta pasados diez días no tendría los resultados de la comprobación informática, pero por lo menos me habría
puesto a cubierto. Ajusté los tabuladores de la máquina, escribí el nombre del asegurado, el domicilio, el día y la hora del siniestro.
Cuando se presentó Darcy para llevarse el expediente, le hablé sin apartar los ojos de lo que estaba haciendo.
—Al venir dejé los carretes en Speedee–Foto. Tendrán las fotos hacia mediodía. Aún no he podido hablar con Lance Wood ni con el jefe de bomberos.
—Se lo diré a Mac —dijo con frialdad.
«Fabuloso», pensé. «De todos modos ella nunca me ha caído bien.»
Como no había casilla ni espacio en blanco para consignar las corazonadas inconcretas, el estilo del informe me salió del todo neutral.
Cuando lo terminé, lo saqué del carro, lo firmé, puse la fecha y lo dejé a un lado. Como faltaba una hora para recoger las fotos, completé el croquis de la planta del almacén y lo adjunté al informe con un clip.
Sonó el teléfono. Esta vez era Andy.
—¿Te importaría pasar por el despacho de Mac? Será sólo un momento.
Contuve mi irritación, ya que no valía la pena insultar al director de reclamaciones de LFC.
—De acuerdo, pero no tendré las fotos hasta dentro de una hora.
—Nos hacemos cargo. Trae lo que tengas.
Colgué, cogí el informe y el plano, cerré el despacho y me dirigí a las oficinas contiguas. «¿Qué es esa mierda de "nos" mayestático?», pensé.
En cuanto entré en el despacho de Mac, supe que algo no marchaba.
Conozco a Maclin Voorhies desde que empecé a trabajar para La Fidelidad de California, hace casi diez años. Es ya un sesentón y tiene una cara enjuta y muy seria. Los pocos pelos grises que le quedan le coronan la cabeza como si fuera pelusilla de diente de león; tiene unas orejas enormes, de lóbulo colgante, nariz bulbosa y unos ojitos negros debajo de unas cejas blancas y rebeldes. Físicamente parece mal hecho: piernas largas, cintura pequeña, hombros estrechos y brazos demasiado largos para las mangas de las camisas normales. Es listo, capaz, parco en elogios, sin sentido del humor y católico ferviente, lo que quiere decir que lleva casado treinta y cinco años con la misma mujer y que tiene ocho hijos, todos ya mayores.
Nunca le he visto fumar, aunque le gusta chupetear colillas de puro, motivo por el que tiene los dientes del mismo color que las tazas viejas de retrete.
Me di cuenta de que pasaba algo, no tanto por su expresión, tan sombría como siempre, cuanto por la de Andy, que se encontraba a su izquierda.
Andy y yo nunca nos hemos llevado bien, ni siquiera en las mejores circunstancias. Tiene cuarenta y dos años, es un lameculos y siempre trata de manipular las situaciones para quedar como Dios. Tiene cara de torta, el cuello de la camisa le queda demasiado estrecho y me revienta todo lo que es y todo lo que hace. Hay gente que me cae así, lo siento. Estaba intranquilo y a la vez con cara de suficiencia, y eludió mi mirada adrede.
Mac hojeaba el expediente. Se volvió a Andy con cara de pocos amigos.
—¿No tienes nada que hacer?
—¿Qué? Ah, sí, claro. Pensaba que usted quería que estuviera presente.
—Ya me encargo yo de esto. Estoy seguro de que estás sobrecargado de trabajo.
Andy murmuró no sé qué para que pareciese que irse era una genialidad suya. Mac cabeceó y dio un ligero suspiro cuando se cerró la puerta. Vi que desplazaba la colilla de puro a la otra comisura de la boca. Levantó la vista con sorpresa, como si acabara de percatarse de que yo estaba allí.
—¿Te importaría explicarme qué pasa con este asunto?
Le conté lo que había averiguado hasta la fecha, pasando por alto la circunstancia de que antes de llegar a mis manos el expediente había estado tres días en la mesa de Darcy. No me callé porque quisiera protegerla. Lo que pasa es que en el trabajo es más prudente no hablar mal de los compañeros. Le dije que había llevado a revelar dos carretes de fotos, que aún no se había hecho ningún presupuesto y que la reclamación, a mi juicio, parecía de lo más normal. A punto estuve de hablarle del gusanillo que me roía por dentro, pero descarté la idea antes incluso de que se presentara la ocasión. En realidad no sabía de qué se trataba y me pareció más sensato ceñirme a los hechos.
El ceño se le frunció a los treinta segundos de comenzar mi exposición, pero lo que me alarmó fue el silencio que se creó cuando hube terminado.
Mac es un hombre que bombardea a preguntas. Le gusta saberlo todo. No
suele quedarse mirando de hito en hito a su interlocutor, como en el presente caso.
—¿Le importaría decirme qué ocurre? —pregunté.
—¿No viste la nota que había en la cubierta del expediente?
—¿Qué nota? No había ninguna nota —dije.
Me enseñó un típico memorando de la casa, una hoja de unos siete centímetros por doce; la caligrafía ostentaba los ringorrangos y florituras propios de Jewel. «Kinsey, creo que algo huele mal en este caso. Ahora no tengo tiempo para darte más detalles, pero en el informe del jefe de bomberos está todo muy claro. Dijo que si querías consultarle, estaba a tu disposición. J.»
—Esta nota no estaba en el expediente cuando me lo dieron.
—¿Y el informe de los bomberos? ¿Tampoco estaba en el expediente?
—Pues claro que estaba. Fue lo primero que leí.
Parecía ofendido. Me extendió el expediente, abierto por el informe del cuerpo de bomberos. Eché un vistazo al impreso. Los detalles circunstanciales coincidían con lo que yo recordaba. La descripción de los hechos nada tenía que ver con lo que yo había leído. El jefe de bomberos, John Dudley, resumía las investigaciones con una inequívoca sospecha de que el incendio era provocado. El recorte de prensa adjunto en ese momento al expediente decía al final más o menos lo mismo.
Noté que se me encendía la cara y que las heladas uñas del miedo me arañaban las tripas.
—Este no es el informe que yo vi —dije. Apenas fui capaz de reconocer mi propia voz. Alargó la mano y recuperó el expediente.
—Me han telefoneado esta mañana —dijo—. Alguien afirma que quieres sacar tajada de este asunto.
Lo miré de hito en hito.
—¿Qué?
—¿Tienes algo que decir?
—Que es absurdo. ¿Quién le llamó?
—Dejemos eso para más tarde.
—Vamos, Mac. Se me acusa de un delito y quiero saber quién lo hace..
Guardó silencio, pero vi en su cara la típica tozudez que le caracteriza.
—Está bien, dejémoslo para más tarde —dije. Me pareció más práctico enterarme primero del argumento y preocuparme después por los personajes
—. ¿Qué le dijo el informador anónimo?
Se retrepó en el sillón y se quedó mirando el apagado tapón de ceniza que remataba la colilla del puro.
—Dijo que la secretaria de Lance Wood te dio un sobre y que tú lo cogiste.
—Mentira. ¿Cuándo?
—El viernes pasado.
De pronto recordé a Heather llamándome en el momento en que yo salía de la fábrica.
—Era el inventario. Le dije a Lance Wood que me consiguiera una copia y me la dejó en el antedespacho.
—¿Qué inventario es ése?
—Está ahí, en el expediente.
Se puso a hojearlo mientras sacudía la cabeza. Desde donde yo estaba vi que sólo había dos o tres hojas perforadas y sujetas con clip a una de las tapas. No había nada que se pareciera al inventario que yo había perforado e insertado en las guías de la carpeta. Me miró.
—¿Y la entrevista con Wood?
—Aún no se la he hecho. Se presentó una urgencia y desapareció. Hoy tenía que concertar otra cita.
—¿A qué hora?
—La verdad es que no lo sé. Aún no le he llamado. Primero quería acabar el informe. —No podía evitar el carácter defensivo de mi tono.
—¿Es éste el sobre? —Me enseñó el sobre que ya conocía y que ostentaba el logotipo de Wood/Warren, sólo que en ese momento había unas palabras garabateadas en él: «Espero que sea suficiente por el momento. Ya le abonaré el resto como convinimos».
—¡Maldita sea, Mac, usted no habla en serio! Si me hubiera dejado sobornar, ¿cree que habría dejado eso en el expediente?
No hubo respuesta. Lo intenté otra vez.
—¿De veras piensa que Lance Wood me ha sobornado?
—Yo sólo pienso que el asunto merece una investigación a fondo. Por tu bien y por el nuestro.
—Si me han sobornado, ¿dónde está el dinero?
—Tú sabrás, Kinsey, a mí no me lo preguntes. Si ha sido en metálico, no creo que hayas tenido problemas para esconderlo.
—Tendría que ser idiota para hacer una cosa así. Yo tendría que ser retrasada mental y él también. Si pretendía sobornarme, ¿cree que sería tan estúpido como para meter el dinero en un sobre y escribir una nota diciéndolo? Todo esto me parece un plan preparado desde el principio.
—¿Ideado por quién? —Había abandonado el talante acusador y parecía sinceramente desconcertado—. ¿Quién se atrevería a llegar a este extremo?
—¿Cómo quiere que lo sepa? A lo mejor he caído en la trampa por casualidad. Puede que el blanco sea Lance Wood. Usted sabe que jamás he hecho una cosa así. Le enseñaré el saldo de mi cuenta corriente. Revise el movimiento de mi cuenta. Busque debajo de mi colchón, si quiere… —Me interrumpí, vencida por el aturdimiento.
Vi que movía la boca, pero no oí lo que dijo. Sentí que se cerraba la trampa y algo adquirió sentido de pronto. En el correo de la mañana había visto una circular del banco en la que me notificaban que habían ingresado 5.000 dólares en mi cuenta. Creo que fue entonces cuando me percaté de lo que pasaba.
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