"E" de Evidencia

Sue Grafton · Capítulo 2 de 25

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"E" de Evidencia

Capítulo 1

El lunes 27 de diciembre me hallaba en el despacho tratando de serenarme, ya que me sentía de muy mal humor, de un pésimo humor, de un humor de perros compuesto por un cincuenta por ciento de cabreo y otro tanto de intranquilidad. El cabreo se debía a que acababa de recibir una carta del banco, uno de esos sobres con ventanilla rectangular, por la que se ve un fragmento de papel cebolla de color amarillo. Al principio pensé que me había quedado en números rojos, pero lo que saqué del sobre fue un extracto, con fecha del viernes 24 de diciembre, que me notificaba que se habían ingresado 5.000 dólares en mi cuenta.

«Pero ¿qué pasa aquí?», me dije.

El número de cuenta era el mío, pero el ingreso no lo había hecho yo. Sé por experiencia que los bancos son las entidades menos serviciales y atentas del mundo, y la idea de interrumpir lo que estaba haciendo para aclarar el malentendido me resultaba casi insoportable. Puse a un lado el extracto y traté de concentrarme otra vez. Estaba pasando a máquina un informe preliminar que me habían solicitado a propósito de un seguro, y Darcy, la secretaria que trabaja en La Fidelidad de California, acababa de darme un toque para decirme que Mac lo quería ya mismo. Mentalmente le dije a Darcy lo que podía hacer con el informe, pero mantuve la boca cerrada, con lo que hacía gala (pensé) de un admirable dominio.

Volví a sentarme ante la Smith–Corona portátil e introduje en el carro un impreso para solicitar una lista de propiedades aseguradas y siniestradas.

Mis ágiles dedos se prepararon para empezar el tecleo mientras repasaba las notas que había tomado. Pero me quedé atascada. Me pasaba algo raro y no acababa de comprender qué era. Volví a echar una ojeada al extracto bancario.

Casi enfocándolo desde el lado cómico, llamé al banco con la esperanza de que la pausa me ayudase a despejar lo que no acababa de ver claro en el caso Wood/Warren, empresa local que se dedicaba a fabricar hornos industriales de hidrógeno. El 19 de diciembre se había declarado un incendio que les había destruido un almacén.

—Brunswick, Servicio de Información al Cliente, dígame.

—Acabo de recibir un extracto —dije—, según el cual ingresé cinco mil dólares en mi cuenta el viernes pasado, pero se trata de un error, porque yo no he efectuado ningún ingreso. ¿Podrían hacer la rectificación oportuna?

—Dígame su nombre y número de cuenta, por favor.

—Kinsey Millhone —dije y le di el número de mi cuenta, pronunciando despacio y con claridad.

Me hizo esperar mientras realizaba las consultas pertinentes con su terminal. Me dediqué a escuchar en el ínterin la música ambiental del banco, una versión de El buen rey Wenceslao, que, por cierto, no he entendido en mi vida. Por ejemplo, ¿qué es la Fiesta de Esteban? La señora Brunswick se puso otra vez al habla.

—Señorita Millhone, no acabo de comprender dónde estriba el problema, lo cierto es que obra en nuestro poder un ingreso en efectivo en la cuenta cuyo número acaba usted de darme. La operación se hizo al parecer a través del cajero nocturno y se tramitó durante el fin de semana.

—¿Todavía existen los cajeros nocturnos? —pregunté sin poder contener el asombro.

—Pues sí —dijo—, en nuestra agencia del centro.

—Bueno, pues se trata de una equivocación. Ni siquiera sabía que existiera ese cajero nocturno.

Cuando tengo que hacer una operación y los bancos están cerrados, utilizo la tarjeta y los cajeros automáticos. En fin, dígame usted qué hago ahora.

—Podría obtener una copia de la hoja de ingreso —dijo con escepticismo.

—Sí, por favor. El viernes no hice ningún ingreso y mucho menos por valor de cinco mil dólares. Puede que la persona que lo hizo se equivocara al escribir el número de cuenta en la hoja de ingreso; en cualquier caso, ese dinero no es mío.

Apuntó mi número de teléfono y dijo que me llamaría. Estaba claro que iba a efectuar y recibir un sinfín de llamadas hasta que las cosas volvieran a la normalidad. ¿Y si alguien se ponía a extender cheques a cuenta de los 5.000?

Volví a lo que estaba haciendo, medio en Babia todavía. No acababa de concentrarme. El expediente relativo a la reclamación por el incendio de Wood/Warren había llegado a mis manos cuatro días antes, el jueves 23.

Ese día había quedado con mi casero, Henry Pitts, para tomar una copa de despedida a las cuatro de la tarde y llevarle a continuación al aeropuerto. Se iba a Michigan, a pasar las fiestas con la familia; tiene parientes que son ya nonagenarios, pero respiran una vitalidad y un optimismo realmente envidiables. Henry sólo tiene ochenta y un años, un chiquillo, como quien dice, y, en efecto, estaba tan entusiasmado como un niño ante la perspectiva del viaje.

Aquella tarde me encontraba en el despacho, acababa de poner al día todo el papeleo y no tenía nada que hacer. Salí al balcón (estoy en un primer piso) y me puse a contemplar la V del océano Pacífico que se extiende a la derecha, al final de la calle State, diez manzanas más abajo. Esto es Santa Teresa, California, 150 kilómetros al norte de Los Ángeles. Aquí los inviernos son fabulosos, mucho sol y temperatura agradable, buganvillas de un púrpura subido, brisas que no molestan y palmeras que agitan la copa para saludar a las gaviotas que las sobrevuelan.

Faltaban dos días para Navidad y los únicos indicios de su cercanía eran las guirnaldas de oropel que decoraban las calles principales. Las tiendas, como es natural, estaban atestadas de clientes y en Deck the Halls había un trío de músicos del Ejército de Salvación dándole a la trompa. Para no

aguarme la fiesta, me dije que lo mejor era hacer planes para las cuarenta y ocho horas siguientes.

Cualquiera que me conozca os dirá que me gusta la soltería. Soy mujer, me he divorciado dos veces, no tengo hijos ni parientes cercanos. Me dedico profesionalmente a la investigación privada. En términos generales estoy satisfecha de hacer lo que hago. Unas veces tengo que invertir muchísimas horas en un caso, otras no me despego del volante y otras, en fin, me encierro en casita y me paso los días leyendo. Cuando se acercan las fiestas, sin embargo, tengo que aguzar un tanto el ingenio para que la soledad no me deprima en exceso. El día de Acción de Gracias lo había pasado bien; había estado con Henry Pitts y algunos de sus compinches, que se habían dedicado a cocinar, a beber cava, a reír y a contar anécdotas del tiempo de Mari Castaña; se habían divertido tanto que me habían entrado ganas de cambiar mis treinta y dos años por los suyos.

Pero Henry se iba de vacaciones; incluso Rosie, que lleva el cochambroso bar del barrio en que como a menudo, iba a cerrar hasta el 2

de enero sin querer decir a nadie lo que pensaba hacer durante las fiestas.

Rosie tiene sesenta y dos años, es húngara, bajita, cabezona, marimandona y con frecuencia brusca, o sea que no iba a echar demasiado de menos nuestros chismorreos confidenciales. Que fuera a cerrar su casa de comidas no era más que otro desagradable motivo para recordar que estaba sola en el mundo y que más me valía buscarme la vida por mi cuenta.

El caso es que había consultado el reloj y había pensado que ya era hora de volver a casa. Conecté el contestador automático, cogí la cazadora y el bolso, y estaba a punto de cerrar cuando Darcy Pascoe, la recepcionista de la compañía de seguros que tengo al lado, asomó la cabeza.

Antaño había trabajado en exclusiva para La Fidelidad de California, investigando reclamaciones por incendios y defunciones poco claras. En la actualidad nos une un acuerdo informal. Estoy más o menos a su disposición y les hago unos cuantos servicios, los justos y necesarios, a cambio de un despacho céntrico que de otra manera no me podría permitir.

—Guau —dijo Darcy—, menos mal que te localizo. Me ha dicho Mac que te dé esto.

Me entregó un expediente, al que automáticamente eché una ojeada. El impreso en blanco que contenía me indicó que querían que hiciera una inspección del lugar del incendio, la primera desde hacía meses.

—¿Mac? —Mac es el vicepresidente de LFC y no me lo imaginaba entregando papeles de trámite.

—Bueno, Mac se lo dio a Andy y Andy me dijo que te lo diera a ti.

Grapado a la cubierta había un memorando fechado tres días antes y con la indicación de URGENTE. Darcy vio que lo miraba y se sonrojó un poco.

—Me lo dejaron en la mesa, debajo de un montón de papeles, de lo contrario te lo habría dado antes —dijo. Darcy se aproxima a los treinta a pasos agigantados y está un poco flaca. Me dirigí al escritorio y dejé el expediente encima de otros con, los que estaba trabajando. Ya me encargaría de él al día siguiente por la mañana. Darcy adivinó mis intenciones y se entretuvo en la puerta.

—¿No lo puedes mirar hoy mismo? Es que Mac quiere que vaya alguien enseguida. Tenía que haberse encargado Jewel, pero ha cogido quince días de vacaciones y Mac dijo que a lo mejor lo podías hacer tú.

—¿Qué se reclama?

—En Colgate, un incendio en un gran almacén. Seguramente lo verías en la tele.

Negué con la cabeza.

—He estado en Los Angeles.

—Bueno, en el expediente hay algunos recortes de prensa. Creo que quieren que vaya alguien lo antes posible.

Me aturdía tanto apremio, pero volví a abrir la carpeta de cartulina marrón y miré el informe del siniestro, que figuraba en primer lugar.

—¿Wood/Warren? —dije.

—¿Conoces la empresa?

—Conozco a los Wood. Fui al instituto con la hija menor. Estábamos en la misma clase.

La noticia pareció tranquilizar a Darcy como si le solucionase un problema personal.

—Estupendo. Le diré a Mac que irás esta misma tarde.

—Darcy, ¿te importaría dejar de insistir? —dije—. Tengo que llevar a una persona al aeropuerto. No te preocupes. Llamaré y concertaré una cita lo antes posible.

—Magnífico, pasaré una nota para que sepan que ya estás en ello —dijo

—. Tengo que volver a mis teléfonos. Avísame cuando tengas el informe y pasaré a buscarlo.

—Vaaaale —dije. Tuvo que darse cuenta de que ya me había presionado bastante porque murmuró una disculpa y se fue pitando.

En cuanto Darcy desapareció, y sólo por quitármela de encima, llamé a Wood/Warren y concerté una cita con el presidente, Lance Wood, para las nueve de la mañana del día siguiente, que era Nochebuena.

Mientras tanto, como ya eran las cuatro menos cuarto, me guardé el expediente en el bolso, cerré la oficina, bajé por las escaleras de atrás y me dirigí al aparcamiento donde tenía mi VW. Diez minutos después estaba en casa.

En el curso de nuestra breve celebración prenavideña, Henry me regaló la última novela de Len Deighton y yo le regalé una bufanda de muaré, de color azul hierbadoncella, que había tejido yo misma: una tiene sus pequeñas habilidades.

Nos acomodamos en su cocina, nos comimos media sartén de rollos de canela que había preparado él especialmente y tomamos Champagne en el juego de copas de cristal que le había regalado el año anterior.

Sacó el pasaje de avión y volvió a mirar la hora de salida con las mejillas rojas por la ilusión que le producía la perspectiva del viaje.

—Me gustaría que vinieras conmigo —dijo. Se había puesto la bufanda, cuyo color realzaba el de sus ojos. Tenía el pelo blanco y suave, peinado hacia un lado, y la cara enjuta y bronceada por el sol de California.

—Ojala pudiera, pero acaban de encargarme un trabajo con el que pagaré el alquiler —dije—. Saque muchas fotos y ya me las enseñará cuando vuelva.

—¿Y el día de Navidad? No lo pasarás sola, ¿verdad?

—Henry, deje ya de preocuparse. Tengo muchos amigos. —Lo más probable es que pasara sola el día de Navidad, pero no quería entristecerle.

Alzó un dedo.

—Espera, casi me olvidaba. Tengo otro regalito para ti. —Se dirigió al banco de mármol que había junto al fregadero y cogió una planta en una pequeña maceta. Me la puso delante y se echó a reír al ver mi expresión.

Parecía un helecho y olía a pies.

—Es un helecho aéreo —dijo—. Vive del aire. Ni siquiera hay que regarlo.

Me quedé mirando aquel montón de hojas rizadas, de un verde casi luminoso y con el aspecto de algo que podía crecer muy bien en el espacio exterior.

—¿No hay que alimentarla?

Negó con la cabeza.

—Vive del aire, o sea que déjalo a su aire.

—¿He de vigilar la luz solar? ¿Y si se le secan las puntas? —pregunté, como si comprendiera el significado de lo que estaba diciendo. La verdad es que no soy en absoluto buena con las plantas, y durante años me he negado a tener alguna.

Nada. Es para que te haga compañía. Ponla en la mesa. Alegrará un poco la casa.

Alcé la maceta e inspeccioné el helecho por los cuatro costados, sintiendo el típico e inquietante calorcillo que produce el deseo de posesión.

«Debo de estar peor de lo que imaginaba», pensé.

Henry sacó del bolsillo un manojo de llaves y me lo entregó.

—Por si necesitas entrar en mi casa —dijo.

—Genial. Le recogeré el correo y los periódicos. ¿Quiere que haga algo mientras está usted fuera? Puedo cortar el césped.

—No hay necesidad de que lo hagas. Ya te he dado el teléfono al que me puedes llamar si viene el Gordo. No se me ocurre otra cosa. —El Gordo al que se refería era el superterremoto que veníamos esperando desde que sufriéramos el último seísmo, en 1925. Consultó la hora—. Será cuestión de ponerse en camino. El aeropuerto está lleno hasta los topes en esta época.

—Su avión no salía hasta las siete, o sea que nos quedaba hora y media para recorrer el trayecto de veinte minutos que había hasta el aeropuerto, pero no

tenía sentido discutir. Hombre adorable. Ya que tenía que esperar, prefería hacerlo allí, cotorreando alegremente con los demás pasajeros.

Me puse la cazadora mientras él recorría la casa e invertía unos segundos en bajar al mínimo la calefacción y en comprobar que todas las ventanas y puertas estaban cerradas. Cogió el abrigo y la maleta y nos pusimos en marcha.

Cuando volví a casa eran las seis y cuarto y aún notaba un nudo en la garganta. Odio despedir a la gente y odio ser la que se queda. Estaba anocheciendo y la temperatura lo acusaba. Entré en casa. Mi estudio había sido el garaje monoplaza de Henry.

Tiene unos cinco metros de lado y un recodo profundo a la derecha que me sirve de cocina. Tengo lavadora y un cuarto de baño compacto. El espacio se ha diseñado y distribuido con inteligencia para crear la ilusión de que hay una sala de estar, un comedor y, cuando abro el sofá cama, un dormitorio. Para lo poco que poseo dispongo de espacio más que suficiente.

La contemplación de mi reino de juguete me suele llenar de satisfacción, pero como seguía peleando con un asomo de depresión navideña, en aquel momento me pareció claustrofóbico y desolado. Encendí un par de luces. Dejé la maceta en el escritorio. Con mi optimismo habitual comprobé si me habían dejado algún mensaje en el contestador, pero no había ninguno. El silencio empezaba a inquietarme. Encendí la radio: Bing Crosby cantaba a propósito de una de las muchas Navidades blancas que había conocido. Yo nunca había visto unas Navidades blancas, pero capté la onda. Apagué la radio.

Me senté en el taburete de la cocina y repasé mis síntomas vitales. Tenía hambre. Otra ventaja de vivir sola: una come cuando quiere. Para cenar aquella noche me preparé un bocadillo de pan integral con queso de pimiento y aceitunas. Fue un consuelo que el queso de pimiento y aceitunas que compro tenga exactamente el mismo sabor que cuando lo comí por vez primera, a los tres años y medio si mal no recuerdo. Me puse inmediatamente a pensar en otra cosa, ya que aquel tema estaba en relación con mis padres, que habían fallecido cuando yo tenía cinco años. Corté el bocadillo en cuatro pedazos alargados, como siempre hacía, me serví un

vaso de vino blanco, me fui con la bandeja al sofá y abrí el libro que me había regalado Henry. Miré la hora.

Eran las siete de la tarde. Iban a ser dos semanas muy largas.

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