E-Pack Bianca octubre 2020

Varias Autoras · Capítulo 13 de 49

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E-Pack Bianca octubre 2020

Cap�tulo 12

Capítulo 12

TRES AÑOS después, Pascal disfrutaba de la dulzura de otro perfecto día de Navidad.

Los Dolomitas se alzaban imponentes frente a él y creía sentirlos incluso en la oscuridad. A veces, incluso le parecía sentirlos en Roma.

Se volvió al oír que su esposa entraba en la habitación, iluminada por la chimenea y un árbol de Navidad.

Él había construido aquella casa para ella, fuera del pueblo, al pie de la montaña, para poder ver juntos el valle.

Los habitantes del pueblo hablaban entre dientes de los ricos y sus casas, pero a Pascal no le importaba con tal de que trataran a su esposa como debían. Y lo hacían, ya que Cecilia era uno de los suyos, a pesar de ser la señora Furlani. Y a cada nueva visita, Pascal les caía un poco mejor.

A Pascal, antes, no le importaba la opinión ajena. Pero a Cecilia le importaba mucho, por lo que a él también.

No había nada que no hiciera por ella.

–Ven –dijo tendiéndole la mano–. He encendido la chimenea.

Ella sonrió, lo tomó de la mano y él la atrajo hacia sí antes de acercarse al fuego.

–Dante me ha dicho que no tenía sueño y que no pensaba dormir en toda la noche –dijo ella riendo–. Y se ha quedado frito antes de apagar la luz.

Dante ya tenía ocho años y era tan obstinado como su padre.

Pascal sonrió.

–¿Y Giulia? –preguntó sonriendo aún más al pensar en su querida hija de dos años.

–Dormida como un tronco.

Pascal la abrazó y se tumbaron en la alfombra, frente al fuego. Cecilia suspiró.

Los años habían pasado, pero la chispa entre ellos seguía saltando y se transformaba en llamas con una simple caricia. A veces bastaba una mirada.

Pascal había aprendido a trabajar menos, pero ella lo hacía más. El primer año, incapaz de permanecer ociosa, había creado una organización benéfica de alcance mundial para niños huérfanos.

Eso implicaba que, a veces, era Pascal el que iba de adorno de su brazo, lo que a él le encantaba.

Además, le entretenía verla enfrentarse a los tiburones del consejo de administración de su empresa y a la prensa, que un día los adoraba y al siguiente los odiaba.

Y a él lo había convertido en alguien mucho mejor de lo que se merecía ser. Y él se esforzaba cada día para que no se arrepintiera de la decisión de no haberlo abandonado.

La noche anterior, en la Misa del Gallo, la madre superiora le había sonreído con afecto, como hacía últimamente, y lo había llamado «hijo».

Pascal prefería morirse antes de reconocer lo mucho que le había gustado.

«El miedo siempre miente. El amor siempre dice la verdad», había afirmado ella. «No sabes la alegría que me produce ver que vives siguiendo ese lema».

«Todos los días», había respondido él. « Y lo haré siempre».

Todos los días recordaba las cosas que había pensado que deseaba ese día en aquel campo, que ahora veía desde la ventana en los días claros, mientras miraba correr por la hierba helada al niño que aún no lo conocía.

Recordaba que le parecía estar mirando algo inmenso y sentir la esperanza de hallar el modo de conseguirlo y de hacerlo funcionar.

«El amor no deja de crecer», pensó con Cecilia tumbada a su lado. Ella se volvió y lo besó.

Sonrió contra su boca mientras él le acariciaba los costados y el vientre en el que había llevado a sus hijos.

Y sabía que ella guardaba un secreto que le diría cuando estuviera segura.

Calculaba que pasarían siete meses antes de que dieran la bienvenida a otro miembro de la familia. Pero estaba contento de tardar en desvelar los

secretos de ella, uno tras otro, hasta que los dos fueran como las montañas que sentía en la oscuridad, que hacían guardia frente al paso del tiempo.

El amor y la esperanza, eternamente jóvenes.

Como lo serían ellos, pasara lo que pasara.

–Te quiero –susurró Cecilia.

–Te quiero –contestó él.

Y ese amor seguiría creciendo el resto de su vida y pasaría a sus hijos, brillante como la luz que iluminaba la noche, una luz que continuaría brillando siempre, como la Navidad.

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