E-Pack Bianca octubre 2020
Cap�tulo 4
Capítulo 4
CAPRICHOSA. Inmadura».
No era la primera vez que Alex escuchaba esas palabras, pero había intentado borrarlas de su mente. Su madre, Alyssa, las había utilizado a menudo cuando ella había rechazado cualquier forma de reconciliación.
En boca de Vincenzo sonaban certeras, y dolían. Pero aun peor fue la decepción que intuyó subyaciendo a la mirada de rencor. Tampoco ayudaba el hecho de que se sintiera particularmente frágil después de acudir al funeral de su madre y de su padrastro.
Había contado con el enfado de Vincenzo. Massimo le había advertido que se incrementaba con el paso de los días. Y ella lo había atribuido a la arrogancia y crueldad de un hombre que probablemente no conseguía lo que quería por primera vez en su vida. Alejada de su impactante presencia le había resultado fácil olvidar que también él tenía ciertas expectativas respecto a ella y que, desde su punto de vista, que hubiera descubierto su verdadera identidad y sus actuaciones contra los Brunetti no influía en lo que él sentía respecto a su matrimonio.
«Huir de los problemas solo los empeora», fueron las sabias palabras de su padre biológico cuando le suplicó que le dejara ir a vivir con él después de otra de sus peleas con su madre. Pero, finalmente, Carlos había accedido y, en consecuencia, se había abierto un distanciamiento oceánico entre ella y Alyssa.
¿Estaba actuando de la misma manera que entonces? ¿Qué le debía a un hombre que la había atrapado en una telaraña de mentiras?
Y aun así, Vincenzo no había ganado nada casándose con ella.
«Me casé contigo porque, por primera vez en mi vida, quise algo al margen de mi deseo de venganza».
A Alessandra le ardieron las mejillas, pero sostuvo la mirada de Vincenzo porque desviarla habría sido tanto como admitir su culpabilidad.
–Si me disculpara no sería sincera –dijo finalmente–. La única opción que me dejaste fue irme.
–¿Y ahora, bella? –Vincenzo reposó sobre el escritorio, atrayendo la atención de Alex como si fuera un imán y él su verdadero norte–. ¿Cuál es el motivo de que hayas vuelto?
Teniéndolo tan cerca, la determinación de Alex flaqueaba.
El poder y la arrogancia irradiaban de él como una armadura con la que la mantenía a distancia. Pero en Bali no había sido así. Había sido un hombre distinto. O quizá eso solo había sido la ingenua percepción que ella había tenido al creer que vivía un cuento de hadas.
Lo extraño era que no hubiera visto las similitudes con Leo y Massimo.
El corte de sus facciones, la capacidad de distinguirse entre la masa, el afecto con el que hablaba de su madre… se parecía tanto a sus hermanastros. Era un Brunetti de los pies a la cabeza.
Pero Alex sabía que odiaría esa comparación. La conquista de la seguridad en sí mismo y del poder solo le habían llegado tras un arduo esfuerzo personal.
En aquel momento, unas profundas ojeras oscurecían sus eléctricos ojos grises cuyas pobladas pestañas le habrían hecho resultar femenino de no ser por un firme mentón y una nariz aguileña que perdía algo de su aire aristocrático por dos marcadas cicatrices. Y mientras el labio superior fino apuntaba a un sarcasmo que Alex no había percibido con anterioridad, la voluptuosidad del inferior era el reflejo de la sensualidad que ocultaba bajo aquella máscara de fiereza.
Alex se estremeció a pesar de la agradable temperatura ambiente. La camisa abierta dejaba a la vista una uve de piel dorada que ella había besado y acariciado numerosas veces, y sus manos cosquillearon con el deseo de repetir ese contacto: recorrer sus esculturales músculos, deslizar la mano por su vientre hacia sus muslos y…
–¡Alessandra!
Perdida en el esplendor del hombre del que creía haberse enamorado locamente, Alex preguntó a su vez con voz ronca:
–¿El motivo de qué?
Vincenzo parpadeó con impaciencia.
–La razón para volver. ¿Te prometió Greta salvarte del lobo feroz? ¿Te han dicho Leo y Massimo que te protegerán del malvado hombre que te ha engañado?
–No necesito que nadie me defienda –saltó Alex, alegrándose de que la indignación aplacara el deseo que la estaba distrayendo de su objetivo–. Me encuentro en una situación por la que…te necesito.
Como si hubiera sacudido una varita mágica, la química en la habitación cambió radicalmente. Igual que cuando se habían visto en Bali por primera vez, se produjo una inmediata conexión entre ellos. Una carga eléctrica que no tenía nada que ver ni con la venganza ni con sus retorcidas consecuencias. El gris luminoso de los ojos de Vincenzo adquirió un destello salvaje que aceleró el pulso de Alex.
¿Podía ser tan estúpida como para todavía alegrarse de provocar esa reacción en él? ¿Cuándo aprenderían su corazón y su cuerpo que Vincenzo no les pertenecía, que todas las caricias que le había dedicado tenían un objetivo?
–¿Para qué me necesitas, bella? Ya he cometido una vez el error de confiar en ti ciegamente y no volveré a repetirlo.
La arrogancia de aquellas palabras rompió la magia. Alex rio.
–Eso mismo podría decir yo –pero lo cierto era que lo necesitaba, y por una buena razón–. Necesito la apariencia de este matrimonio –anunció rotundamente, sosteniéndole la mirada.
Vincenzo la miró con rabia.
–Mi madre y mi padrastro… He venido directamente desde el funeral –
Alex tragó el nudo de su garganta–. Murieron en un accidente de coche hace dos semanas –no esperó a que Vincenzo le ofreciera sus condolencias porque temía desmoronarse–. Mi padrastro ha dejado una fortuna enorme a mi hermanastro, Charlie. Solo tiene siete años y sus tíos paternos se pelean por su custodia para poder controlar su fortuna.
Alex parpadeó y se volvió para contener las lágrimas.
–Lamento que te hayas enfrentado a una situación tan terrible –oyó la voz de Vincenzo aproximarse–. No tenías por qué haber estado sola, Alessandra.
La ternura de su tono exigió de ella una enorme fortaleza para no refugiarse en sus brazos, para no dejarse llevar por la pena. Se volvió para mirarlo.
–Ha sido inevitable –dijo vehementemente, negándose a caer en la tentación de aceptar cualquier forma de confort que Vincenzo le ofreciera–.
Llevo sola toda mi vida.
Vincenzo abrió la boca, pero la cerró con gesto de frustración.
–Alessandra –dijo finalmente–. He calculado mal hasta qué punto lo que yo…
–Quiero tener la custodia de Charlie –le cortó ella. Era demasiado tarde para disculpas–. Quiero educarlo yo; que tenga la familia afectuosa que merece y la seguridad que yo siempre anhelé de niña. Me niego a dejar que sus tíos luchen por él como si fuera un objeto.
Miró a Vincenzo y vio que le prestaba toda su atención. Alex continuó:
–He hablado con un bufete de abogados y me han informado de que es muy difícil que me den la custodia con mi «estilo de vida» actual. Todo el mundo cree que sigo soltera y que viajo por el mundo sin la mínima estabilidad. Además, he aparecido mucho en la prensa últimamente, y mi ruptura con Javier consiguió varios titulares. Los tíos de Charlie van a usar toda esa munición contra mí para demostrar que no soy la persona adecuada para cuidar de él. Ahí es donde entras tú.
–¿Dónde? –preguntó Vincenzo con una aspereza que habría amilanado a cualquier otra persona–. Hasta ahora solo he entendido que has vuelto a mí porque no tenías otro remedio; que te ha pasado algo dramático; que tus votos de matrimonio no significan nada para ti. Así que, dime, bella,
¿dónde encajo yo en todo esto?
Su comportamiento, resumido tan sarcásticamente, avergonzó a Alex.
Pero enterró ese sentimiento al instante.
–Ya había decidido dejar el trabajo de modelo. Quiero demostrar que puedo ser una figura estable y segura en la vida de Charlie. Pienso luchar por su custodia y ganarla. Por eso tengo que terminar algunos contratos y fijar una residencia permanente junto a mi marido.
–¿Eso es todo? –preguntó Vincenzo fríamente.
–Sí –replicó Alex, súbitamente superada por el agotamiento–. Y puesto que ya tengo un marido, he pensado que podía acudir a él.
–¿En lugar de hacer qué?
–En lugar de librarme del actual y ponerme a buscar uno nuevo –contestó ella, poniendo los ojos en blanco. La falta de descanso empezaba a provocarle dolor de cabeza–. No estoy bromeando.
–¿Debo creer que eres sincera, bella?
–Me lo debes, V.
Él arqueó una ceja con arrogancia.
–¿Te debo algo, princesa?
–Sí. Te casaste conmigo sin decirme toda la verdad. Has olvidado convenientemente todos los errores que has cometido y me culpas por la farsa que es nuestro matrimonio.
–Lo he dicho y lo vuelvo a repetir: nuestro matrimonio no es para mí ninguna farsa.
–No te estoy pidiendo un final feliz, V –dijo Alex, volviendo a componer una expresión severa–. Ya no creo en ellos. Solo te pido que ya que estamos atados legalmente, me ayudes a asegurar la felicidad de un niño que ha perdido a sus padres y que se encuentra en medio de una guerra entre adultos que solo buscan sus propios intereses. Si de verdad fuiste el niño que tuvo que luchar contra todo para sobrevivir, comprenderás por qué quiero salvar a Charlie.
Después del culebrón que había sido su vida recientemente, Vincenzo había tenido la convicción de que ya nada lo sorprendería. Pero el fuego que ardía en la mirada de Alessandra, su actitud combativa, lo consiguió.
Aquella era la mujer de la que se había enamorado, vulnerable y fiera, frágil y fuerte.
En ella había encontrado a la mujer que lo apoyaría, que lucharía por reparar las injusticias a las que él se había enfrentado. Una mujer, su esposa, que se pondría de su lado contra una familia que no lo era de sangre.
Pero no iba a dejarse engañar por ella de nuevo. No podía permitir que su corazón dominara a su cabeza. No iba a olvidar que, a pesar de su aparente determinación del presente, lo había abandonado sin decir palabra. Peor aún, que no habría vuelto si las circunstancias no le hubieran forzado a ello.
Pero a pesar de sus reservas, no podía permanecer impasible ante el dolor que reflejaba su mirada, la culpabilidad cada vez que mencionaba a su madre, la angustia al contar la situación de Charlie.
–¿Eres consciente de la enorme responsabilidad que asumes al pedir la custodia de Charlie? –preguntó.
–Sí –replicó ella con calma.
–Dado que eres voluble, ¿no será esta una de tus reacciones impulsivas?
–Eso no es justo –contestó ella, tocando nerviosamente la tira de su bolso.
–He aprendido mucho de ti mientras has estado escondida, cara. Por lo visto, tiendes a tomar decisiones irreflexivamente.
Caminando en tensión, Alex se acercó al escritorio y se sirvió un vaso de agua.
–No sé a qué te refieres.
–Te hiciste modelo solo porque sabías que tu madre no lo aprobaba, rompiste un contrato millonario con una compañía de cosmética porque te enteraste de su dudosa ética laboral, te escondiste en Bali, que es donde te encontré. Ahora quieres dejar de ser modelo. Y te casaste conmigo por despecho a tu ex… Javier, ¿no? Ya ves de todo lo que me ha informado Massimo, supongo que a modo de venganza.
–¿Venganza?
–Sabía lo furioso que estaba por tu huida, así que me ha dado unos cuantos golpes bajos para poder torturarme.
Vincenzo había descubierto que Massimo lo encontraba fascinante, como si fuera un jeroglífico que el genio de la tecnología quisiera descifrar. Era complicado odiar a un hombre que pasaba a menudo por su despacho para charlar como si fueran amigos de la infancia, peor aún, hermanos que acabaran de reencontrarse. Pero Vincenzo no habría admitido que Massimo despertaba su curiosidad ni bajo tortura.
–¿Es verdad que te casaste conmigo por despecho, princesa?
Alex aleteó las pestañas en un gesto cómico de estar pensando la respuesta.
–Es posible. Solo eso explica la locura transitoria que se apoderó de mí en Bali. Mi vida había colapsado y de repente apareciste tú, el Príncipe Azul, a rescatarme… Excepto que resultaste ser un sapo.
Vincenzo apretó los dientes y Alex supo que lo había provocado. Se irguió cuando él se acercó y con voz engañosamente dulce, dijo:
–Acabas de sufrir un duro golpe. La pena y la culpabilidad no deberían ser la razón para implicarte en la vida de un niño. No es algo que puedas
devolver a una tienda cuando te aburras.
La súbita vuelta a aquel tema tan serio y que hiciera un comentario tan sensato, dejaron de piedra a Alex. Las variadas facetas de aquel hombre no dejaban de sorprenderla.
Él sonrió con frialdad.
–¿Te asombra que un hombre como yo piense en el bienestar de un niño, vea más allá de nuestras mezquinas diferencias?
–No, sí… No pensé que fueras a ser tan racional –Alex se encogió de hombros–. Me hace pensar que no estoy arrastrando a Charlie de una situación horrible a otra.
–¿Eso era lo que creías?
–Claro. Me mentiste; ya no confío en ti. Me lo he pensado mucho antes de venir.
–¿Y a qué conclusión has llegado?
–Mi primer paso es conseguir la custodia de Charlie. Cuando lo logre y este matrimonio solo represente un lastre, me…
–¿Te librarás de mí? –preguntó Vincenzo con una sonrisa burlona.
Alex se encogió de hombros y esbozó una sonrisa.
–Algo así.
Vincenzo la miró pensativo. Alex casi podía ver su mente trabajando.
– Bene, interpretaré el papel que me pides, pero con condiciones.
–Lo suponía. Pero no te pido que te conviertas en una figura paterna permanente.
–Entonces, ¿qué pretendes? ¿Qué finjamos ser una amorosa pareja hasta que, una vez obtengas la custodia de tu hermanastro, te escapes con él y te olvides de tu pobre marido?
No había lugar en el mundo donde Alex creyera posible olvidar a Vincenzo.
–¿Cuál es el precio, V? –preguntó altanera.
Él le obligó a mirarlo a los ojos alzándole la barbilla.
–El mismo de siempre, Alessandra.
–Sé más preciso.
–Quiero lo que siempre he querido: la esposa que me prometiste ser, el matrimonio que nos comprometimos a construir. Quiero que estés a mi lado mientras yo alcanzo los objetivos por los que he luchado toda mi vida.
–Esas promesas se basaban en asunciones falsas. Tú no eres el hombre que creía que eras. Y jamás traicionaré a Leo y a Massimo.
–No los subvalores. Ellos pueden cuidar de sí mismos. Charlie no. ¿Por qué no concentras tus energías en él?
–Lo dices como si fuera sencillo, como si las cosas encajaran en distintos compartimentos…
–Hay algo esencial que no pareces comprender. Aunque no me hubiera encontrado contigo en Bali, aunque no hubiera roto todas mis reglas casándome contigo cuando jamás había salido con nadie más de dos meses, este iba a ser mi camino, Alessandra. Habría hecho lo necesario para arruinar la vida de los Brunetti.
–Y yo preferiría morirme a dejar que me uses contra ellos –replicó Alex.
Vincenzo la observó entre la admiración y el orgullo.
Por el retrato que Massimo hacía de ella y por sus propias reacciones en las últimas semanas, Vincenzo se había cuestionado la cordura de su proceder, preguntándose si se había dejado llevar por la belleza de Alex y por el deseo. Pero en aquel instante supo que había tomado la decisión correcta. Quería en su vida a aquella Alessandra que luchaba con tanta ferocidad por quienes amaba. Quería esa lealtad para sí.
El destino le ofrecía una nueva oportunidad. La determinación de Alessandra de ocuparse de su hermanastro le proporcionaba la ocasión de obligarla a pasar tiempo con él, de conseguir que viera las cosas desde su punto de vista, de convertir un acuerdo temporal en el matrimonio permanente en el que él seguía creyendo.
–Muy bien, acepto. Fingiremos ser una pareja feliz ante el mundo. Te ayudaré a conseguir la custodia de Charlie. Después de un periodo de prueba de tres meses.
–¿De prueba de qué?
–De que sabes comportarte.
–¡Cómo te atreves a…!
–Escucha, Alessandra. Dices que ya no confías en mí. Yo tampoco en ti.
De hecho, princesa, eres la única persona en la que he confiado y tú has pisoteado mi confianza sin darle el menor valor.
La réplica quedó congelada en los labios de Alex. Lo miró y por primera vez vio emerger una verdad: su matrimonio había significado algo para Vincenzo. Quizá no lo mismo que para ella, pero algo. Y había
experimentado su huida como… ¿un abandono? ¿Una traición? ¿Habrían sido sus votos verdaderamente sinceros?
–No puedo permitir que traigas a un niño a nuestras vidas sin estar seguro de que eso es lo que quieres de verdad, que no huirás de la responsabilidad que asumes a la primera dificultad. Durante tres meses no tomes decisiones irreflexivas, supera el dolor por la muerte de tu madre y decide lo que quieres hacer con tu carrera.
Alex odiaba que fuera él quien sonara tan sensato.
–No tengo que superar nada, V.
–Acabas de perder a tu madre, princesa.
–No se puede perder lo que nunca se ha tenido.
Vincenzo fue a tomarle la mano, pero Alex dio un paso atrás.
–No huyas –dijo él–. Quédate. Demuéstrale al mundo que eres estable.
Demuéstrame que te tomas este compromiso en serio, y empezaremos los trámites para solicitar la custodia.
–Pero Charlie…
–Entretanto, visítalo, acaba con tus compromisos previos. Tres meses no es nada si lo que le ofreces es un hogar estable para el resto de su vida.
–Pero es una eternidad para un niño que lo ha perdido todo. Solo actúas así para castigarme.
–No, Alessandra. Lo hago para que los dos estemos seguros esta vez del compromiso que asumimos. Los dos sabemos bien el daño que podríamos hacer a Charlie si actuamos irreflexivamente. No podemos…
–¡Pero no puedo dejarlo solo, desprotegido! –dijo Alex con la voz quebrada.
–Muy bien, princesa –dijo Vincenzo. Y en actitud concentrada, preguntó–: ¿Tenía tu madre algún amigo que Charlie conociera bien?
¿Alguien en quien confías?
–Sí. Una pareja con un hijo de la edad de Charlie. Los conocí cuando fui a visitarlo en su último cumpleaños.
–Creía que tu madre y tú no os relacionabais.
Alex se encogió de hombros
–Y es verdad. Pero eso no significa que estuviera dispuesta a perder todo contacto con Charlie. He asistido a todos sus cumpleaños y le he escrito regularmente.
–Haré algunas llamadas. Puede que consigamos que esté con esa familia hasta que empiece el proceso legal por su custodia. Así estará con gente a la que quiere y tú y yo tendremos tiempo de organizarnos.
Alex asintió, su agradecimiento acallando cualquier palabra que pudiera quebrantar la tregua. Al menos en aquel tema había acertado al confiar en Vincenzo. Además, él estaba en lo cierto: ella había tendido a huir de sus problemas en el pasado. Pero ya no volvería a hacerlo.
A partir de entonces, se enfrentaría a ellos, y a Vincenzo, de cara Iba a quedarse a su lado e intentar detener la destrucción de los Brunetti usando cualquier arma a su alcance. Pero nunca olvidaría lo cruel que podía ser, ni lo creería capaz de amar.
–Yo también quiero poner una condición –dijo impulsivamente.
–¿Cuál? –preguntó él, acercándose como un depredador a punto de atacar.
Alex permaneció inmóvil, negándose a desvelar hasta qué punto la afectaba.
–No voy a acostarme contigo. Este ya no es un matrimonio de verdad.
–Ah… Massimo tenía razón.
Alex se quedó sin aliento cuando él le tomó un mechón de cabello y lo retiró de su frente.
–¿Sobre qué?
–Dijo que no te conozco bien. Pero ni siquiera él sabe hasta qué punto puedes ser cruel, ¿verdad, princesa?
Alex se humedeció los labios y contestó
–Te equivocas. Así fue como me atrapaste. Eres demasiado bueno en la cama.
Los ojos de Vincenzo centellearon con malicia.
–Eso es por la conexión que hay entre nosotros, bella. Una conexión de la que insistes en huir.
–El buen sexo, aunque sea tentador, no puede ser el único cimiento de un matrimonio.
–Desafortunadamente para mi cuerpo, estoy de acuerdo –Vincenzo frunció los labios–. ¿Puedo proponer una enmienda a tu condición?
–¿Cuál?
–Que podamos intentar seducirnos. Si lo consiguiera y te entregaras a mí, no podrías echármelo en cara.
–No pienso entregarme a ti. Y no pienso seducirte.
Vincenzo ladeó la cabeza.
–Entonces no tienes de qué preocuparte –dijo. Y le susurró al oído–.
Aunque espero que cambies de opinión respecto a lo de seducirme.
El corazón de Alex se aceleró.
–¿Por qué?
–No hay nada más excitante que una mujer hermosa y fuerte decidida a conseguir lo que quiere. De hecho, creo que así es como me atrapaste, princesa
Aunque no la tocaran, Alex sintió el fuego de sus labios en el lóbulo de la oreja cuando le susurró:
–Sentirse deseado por ti es una experiencias más poderosa que la de cualquier droga.
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