E-Pack Bianca octubre 2020
Cap�tulo 10
Capítulo 10
HESTER… Hester, ¿estás despierta?
–¿Mm?
Abrió los ojos y logró enfocar. Alek estaba en la puerta, tan guapo con unos vaqueros negros ajustados, camisa también negra y relucientes botas negras.
–¿Qué hora eso?
–Media mañana –sonrió, apoyado en el quicio de la puerta.
¡Había dormido como un tronco! Ni siquiera recordaba haber ido a la cama o que él estuviese con ella. Qué desilusión. Y ella que pensaba que podía desearla de nuevo para que aquello fuese una luna de miel de verdad… miró hacia la mesa. Su caja estaba en el centro. Debía haberla puesto allí para que fuera lo primero que viera al despertar y no se preocupara.
–He pensado que quizás te gustaría montar.
–¿A caballo?
La pregunta se le escapó antes de que pudiera darse cuenta de sus implicaciones.
–Eh… sí, a caballo –sonrió él.
–Pues…
–¿Acaso te da miedo probar algo por si no se te da bien? –la desafió.
Había intentado encontrar una excusa para decir que no, pero decidió ir a por todas.
–Pues no. Lo que pasa es que tengo miedo de todo.
Sobre todo de que lo que había pasado entre ellos no fuese a volver a ocurrir. Mientras hablaba con él la noche anterior, tuvo la sensación de que
habían entrado en otro nivel. Al abrirse a él, creía que su conexión se había transformado en algo más fuerte que los fuegos artificiales del intercambio físico. Había desarrollado fe en él y sus propias barreras se habían derrumbado. Tan relajada estaba en su compañía que se había quedado dormida en mitad de la conversación. Jamás había estado así de relajada con otra persona. Nunca.
–No te creo.
–Pues es cierto.
–Entonces eres más valiente de lo que creía, porque lo haces de todos modos. Aun estando muerta de miedo, haces lo que sea necesario hacer.
–Sí, pero afortunadamente no me parece necesario subirme a lomos de un animal enorme.
–Necesario, no. Divertido –la animó con su irresistible sonrisa–. Vamos, Hester, no es más que otra pequeña aventura, y parece que se nos dan bien juntos, ¿no crees?
No podía decirle que no. No sabía hacerlo. Ni siquiera supo el día que le propuso aquella locura.
–Voy y te veo cómo lo haces.
–¡Vale! Nos vemos abajo en cinco minutos.
Se vistió con vaqueros y una camiseta, y de camino se llevó un bollo que había sobre la mesa, pero al ver los dos inmensos caballos que los esperaban, a punto estuvo de ahogarse con el cruasán.
–Eh… no sé, no estoy segura.
–Bess es muy viejecita y buena –le aseguró, acariciando a la yegua.
–¿Y el otro? –preguntó, refiriéndose a una criatura negra como la tinta y enorme.
–Es mío.
–Está bien –suspiró–. Lo voy a intentar.
–Hester…
Ella lo miró.
–No vuelvas a esconderte. Conmigo, no. Ahora, no.
–¿Esconderme?
–Acabas de ponerte el traje de serenidad. Es tu modo de mantenerte a distancia. Conmigo ya no necesitas hacer eso. Sé la verdad.
–¿La verdad?
¿Sabía lo mucho que lo deseaba?
–Ya me has dicho que estás asustada.
Para evitar mirarlo a los ojos y revelar la otra verdad, avanzó hacia el animal. Podía hacerlo. Mucha gente montaba, así que tan difícil no podía ser. Miró a la yegua y se encaramó al taburete que había. A continuación, se agarró a la silla, agarró las riendas y se preparó, pero de pronto el animal se movió, el pie se le salió del estribo, perdió el equilibrio y cayó. Qué duro estaba el suelo.
–¿Estás herida? –preguntó Alek. Estaba a su lado.
–No –contestó, frotándose el trasero–. Y ni se te ocurra darme un beso para que me sienta mejor. ¡Tiene que pasarme precisamente a mí! –se lamentó.
–Yo he perdido la cuenta de las veces que me he caído –se rio.
–¡Es que yo ni siquiera me había subido!
–Quédate aquí sentada un momento. ¡No pasa nada! –dijo, mirando hacia un lado–. Estamos bien.
¡Ay, Dios! No estaba hablando con ella.
–¿Hay gente mirando? ¿Me han visto caerme? ¡Genial!
Alek sonrió.
–Creía que no te importaba lo que la gente pudiera pensar.
–¡Pues claro que me importa! Yo intento que no se me note y casi todo el tiempo funciona, pero a veces no, y… y como sigas mirándome así, no voy a saber lo que digo –se frotó la frente. Qué calor y qué vergüenza.
¿Serenidad? No quedaba ni una pizca.
–¿No viste la otra noche la cicatriz que tengo en la nalga? –le preguntó, y se echó a reír al ver que ella enrojecía todavía más–. Cuando tenía siete años, me caí del modo más tonto de mi poni sobre un palo afilado. Todo el mundo se rio de mí.
–¿Todo el mundo?
–Mis padres, el personal… es una buena cicatriz. Debiste verla. ¿O
quieres que te la enseñe?
–¡No! –mintió, y se echó a reír–. Imagino que vas a querer que vuelva a intentar subirme al caballo, ¿verdad?
–No estoy convencido de que haya alguien capaz de obligarte a hacer algo si tú no quieres. ¿Y si montas conmigo?
–¿En Bess?
–No, en Júpiter –sonrió–. El nombre se lo debe a su talla.
–Ya lo veo –suspiró–. Si no soy capaz de subirme a Bess, ¿cómo crees que me voy a subir en este gigante?
–Yo te ayudo.
Y le ofreció la mano para que se pusiera en pie.
Alek cambió el taburete de sitio ante la mirada de preocupación de Hester y, tomándola firmemente por la cintura, la subió al caballo. Ella se agarró a las riendas con nerviosismo y él saltó para subir con una agilidad sobrehumana.
–Ya puedes soltarlo. Lo tengo yo. Os tengo yo –se corrigió, rodeándola con los brazos y empujándola suavemente por el vientre para que se pegara a él.
Hester respiró hondo. Aquello le parecía extremadamente íntimo y peligroso. Estaban muy altos.
–No te preocupes. Empezaremos despacio.
Cerró los ojos un instante y se vio mágicamente transportada a la noche en que él la hizo darse la vuelta en sus brazos para hacerle sentir todas aquellas cosas increíbles, pero los abrió al oírle chasquear. El animal se puso en movimiento.
Alek se echó a reír al notar lo tensa que iba, y la rodeó con firmeza por la cintura hasta que Hester dejó de resistirse y se apoyó en él. Iba hablándola sin parar, diciéndole los nombres de los caballos que había en la pradera, aunque ella no habría sido capaz de repetir ni uno. Eso sí, su voz estaba teniendo un efecto calmante.
–Estas islas son de origen volcánico –explicó Alek cuando el camino comenzó a estrecharse para entrar a una zona boscosa–. Aunque no parece haber riesgo de erupción, tenemos algunos fenómenos interesantes.
–¿Ah, sí?
–Espera y verás.
Estar así en sus brazos estaba haciendo crecer su lujuria de un modo exponencial. No le costaría nada volver la cara y besarlo. De hecho, lo que le estaba costando un triunfo era no hacerlo.
Alek animó a Jupiter a avanzar un poco más deprisa. Quería llegar al bosque. Tener a Hester así era una tortura. Se había pasado horas aquella mañana paseando por delante de la casa esperando a que se despertara, porque no quería molestarla. Estaba agotada. Y ahora la tenía en sus brazos, pero no del modo que quería de verdad. La batalla que se había librado en
su interior la había perdido hacía tiempo ya. Quería estar con ella, y al diablo las consecuencias.
–Te pido disculpas por haber traído a tus primos a Triscari –dijo de buenas a primeras.
–Yo quería ser princesa por un día, una princesa de cuento. Solo por un momento. Una vez. Pero sigo estando dolida. Es una idiotez, ¿verdad?
–No. Yo creo que es normal –contestó. Entendía que quisiera probarse ante ellos–. Yo siempre he deseado no ser príncipe por un día, así que te entiendo.
–¿Y lo has conseguido? ¿Alguna vez has tenido ese día?
–Ahora lo tengo.
Hester se quedó callada un momento.
–Cuando todo esto acabe –continuó–, quiero que todo el mundo piense que soy yo la que te deja. No quiero volver a ser la víctima. Prefiero ser vista como la loba que te partió el corazón. ¿Crees que tu ego podrá con algo así?
–Por supuesto.
Pero no quería pensar en el final. No quería imaginarse el momento en que se alejara para no volver jamás pero, al mismo tiempo, quería que ella sintiera el poder que buscaba.
–No se lo van a creer, desde luego, pero puedo fingirlo.
–Te creerán. No les sorprenderá enterarse de que soy un cerdo.
–No has sido tan malo. Solo buscabas un poco de diversión. Una canita al aire. Hay que tener en cuenta que no habías tenido ni un solo día de descanso.
No se arrepentía de sus actos en el pasado, pero tampoco sentía deseos de repetirlos. La idea de estar con otra persona le era repulsiva. ¿Cómo podían haber cambiado tanto las cosas en tan poco tiempo? Animó a Jupiter a avanzar más rápido y aprovechó la excusa para abrazarla más. En el bosque todo era quietud, y parecían estar en un lugar más íntimo. La imagen del mar no tardó en aparecer.
–La vista es increíble, ¿verdad?
–Sí que lo es.
–Y además, esto.
Su lugar favorito en el mundo.
–¿Eso es vapor? ¿Es una poza termal?
–Sí –sonrió. Chica lista. Guio a Jupiter para que se acercase.
–¿Podemos bañarnos?
–Sí. Nadie más viene aquí. Es totalmente privado.
–Y esas rocas, son impresionantes.
–Sí. Contienen obsidiana, cristal volcánico.
–Son del color de tus ojos –murmuró–. Esto es como un lugar de cuento de hadas. Es increíble, Alek. Pura fantasía. No hay nada más, ¿verdad? El palacio, el castillo, la casa de campo y ahora esto…
–No hay lugar en el mundo mejor que este –resumió. Se sentía feliz de poder compartir su secreto y el amor que le inspiraba–. Eso creo yo.
–¿Y ahora voy a tener que bajarme del caballo?
Él se rio.
–No ha sido tan malo, ¿verdad?
Insoportable. Había sido insoportable sentir su sexualidad cruda emanando de su cuerpo. Echaba más vapor que la poza termal, tanto que no había sido capaz de resistirse al deseo de apoyarse en él, de dejar que su calor le traspasara la piel, de dejarse rodear por la seguridad que le imbuía su abrazo y la presión de sus muslos. Todo ello la había excitado sobremanera y, para colmo, la había llevado a aquel lugar, un paraíso del que no querría salir.
–Espera un segundo.
Con toda facilidad desmontó del caballo y tendió los brazos para ayudarla. Aterrizó pegada a su pecho. Alek le pasó las manos por la espalda reteniéndola así un instante.
–Hester
Ella no contestó, ni se movió, ni abrió los ojos.
–Mírame.
Ni su instinto de lucha ni el de huida estaban activos. Se había congelado con la peor emoción de toda: el deseo.
–Hester…
Abrió los ojos y lo miró. Había creído, inocentemente, que una vez hubiera saciado la curiosidad, todo terminaría. Que había sido precisamente la curiosidad lo que la había empujado a sus brazos, pero había descubierto que quería más. Había un millón de cosas que deseaba hacer con él, hacerle a él. Nunca se habría imaginado que querría compartir una parte de sí misma de aquel modo.
–Sabes que puedes practicar tus destrezas de amazona conmigo siempre que quieras –le susurró.
Dios, aquel hombre era pura tentación.
–¿Como si fueras un semental que necesitase ser domado? –musitó ella.
–Podría ser. Y tú eres una yegua nerviosa que necesita una mano delicada para depositar su confianza.
–Puede que la mano que necesite no deba ser tan delicada.
Su sonrisa se desvaneció, dejando solo cruda intensidad.
–Y puede que yo no necesite control.
La electricidad chisporroteaba entre ellos. ¿Por qué tenía que ser tan difícil? ¿Por qué no podía tomar sin más lo que deseaba? Había estado aislada y sola durante tanto tiempo que, aunque sabía que aquello no iba a durar, ¿por qué no disfrutar de todo lo que aquel acuerdo suyo podía proporcionarle?
Y lo besó, aferrándose a él para dar rienda suelta a la necesidad que la obligaba a no dejar que se separara ni un centímetro. Lo besó como si no hubiera un mañana. Pero él se separó un instante.
–Necesito… eh… necesito ocuparme de Jupiter. Será solo un instante –le dijo, y se separó de ella, aunque Hester vio que le temblaban las manos.
Una intensa sensación de liberación se apoderó de ella al acercarse a la poza. Se quitó la camiseta, los pantalones y la ropa interior. Quería sentirse libre. Con cuidado entró en las aguas, dejando que su suavidad y su calor calmasen su cuerpo.
–¿Hester?
Estaba al borde del agua, quieto, mirándola, y un instinto primario se apoderó de ella, haciéndola incorporarse, segura de su propia sensualidad mientras salía del agua. No llevaba vestido de diseño, ni maquillaje. Era Hester sin más. Completamente desnuda. Pero el modo en que él la estaba mirando, revelaba que la consideraba hermosa. La deseaba. Sentía por dentro el mismo anhelo que ella.
El orgullo y el poder explotaron dentro de ella.
Por primera vez en la vida no tenía miedo de tomar lo que quería. No solo podía tomarlo, sino que él quería que lo hiciera, quería que encontrase la libertad para explorar, para reclamar, incluso para conquistar.
Le desabrochó la camisa con una destreza que no sabía que poseía y él la ayudó quitándose las botas. A continuación le desabrochó los pantalones,
liberándolo para su mirada, para sus caricias, para su exploración total. Y lo besó por todas partes.
Lo empujó y él se tumbó, y Hester se colocó sobre él, saboreando la sensación de tener su fuerza entre las piernas, reclamando lo que él le ofrecía, bebiendo de aquella fuerza ardiente y húmeda. No podía seguir conteniendo su deseo, que se había desatado por completo y estaba hambriento, ya que había crecido con cada momento que pasaba con él.
Quería ponerle punto final a aquella necesidad rabiosa, una necesidad que la dejaba sin aliento, hasta tal punto que se quedó inmóvil.
Alek tomó su cara entre las manos.
–No pares. Haz lo que quieras.
–Te quiero a ti.
–A mí ya me tienes, Hester.
El modo en que pronunció su nombre acabó de deshacerla y se hundió en él, llevándolo hasta su alma. Oyó sus gemidos, unos gruñidos que la animaban a ir más rápido, más fuerte, la catapultaron más allá de sus propios límites, hasta que con un aullido hizo que su mundo explotase.
Aturdida, se dejó caer sobre él. Nunca había sentido algo parecido a aquella clase de agotamiento o satisfacción.
–Hester –susurró–. Hester, Hester, Hester –se estremeció y la abrazó de nuevo–. ¿Qué es lo que me haces?
La abrazó contra su pecho. Aquella experiencia le había llegado a lo más hondo. Ni siquiera sabía si su ritmo cardiaco recuperaría la normalidad. No quería que aquella conexión tan frágil pudiera cercenarse cuando Hester se retirara de nuevo tras sus murallas emocionales, de modo que volvió a besarla, la tomó en brazos y con cuidado entró en la poza. Las aguas termales los calentarían y los mimarían. No podía dejar de besarla, de apretarla contra sí. Su cuerpo volvió a enardecerse y se hundió de nuevo en ella. Los dos se movían al mismo ritmo hasta que el placer se derramó entre ellos, libre y brillante.
Un buen rato después, salieron del agua, y mientras Alek esperaba a que ella saliese de la poza, algo se le clavó en el talón. Era un pequeño pedazo de obsidiana, que sopesó en su palma durante un instante. Podía ofrecérselo para que lo guardase en su caja y que pudiese recordar aquel momento cuando ya se hubiera marchado de Triscari. Cuando lo dejara.
Guardó el pedazo de obsidiana en el bolsillo y se vistieron en silencio.
De ese mismo modo volvieron a lomos de Jupiter hasta la casa. No era el momento de hablar del contrato que los unía, sino de seguir teniéndola entre sus brazos.
Pero el mundo lo estaba esperando. Su asistente lo aguardaba junto al ama de llaves. Hester se tensó. Obviamente también ella había comprendido lo que aquel comité de bienvenida significaba.
–Alteza –lo saludó su asistente–, ha surgido algo. Debemos volver al palacio de inmediato.
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