E-Pack Bianca octubre 2020

Varias Autoras · Capítulo 27 de 49

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E-Pack Bianca octubre 2020

Cap�tulo 5

Capítulo 5

ALESSANDRA tenía que admitir que incluso en los momentos de mayor sosiego en Bali, había dudado si dejar de ser modelo era lo correcto.

Un desfile seguido de otro, saltar de ciudad en ciudad de país a país, trabajar ochenta horas a la semana sin tiempo para tener una vida personal, todo ello había acabado agotándola.

Claro que inicialmente lo había pasado bien, cuando con dieciséis años tuvo el mundo a sus pies; pero con el paso de los años, el despiadado glamour había mostrado su verdadero rostro y ella se había sentido cada vez más infeliz.

Fotógrafos que solían trabajar encantados con ella, habían empezado a acusarla de frívola e incumplidora. Había llegado tarde a las citas para las pruebas, buscando siempre una u otra excusa. En una ocasión, se presentó en un desfile a pocos minutos de tener que salir a la pasarela, con el maquillaje y peinado del desfile anterior, y al enfrentarse al mar de rostros ansiosos que la rodearon sintió náuseas.

Aquella noche, había confesado a Javier que ya no tenía fuerza para continuar. Él se había burlado de ella. Desde ese momento, las discusiones se habían sucedido hasta la total destrucción de la relación.

Y entonces había descubierto las espantosas condiciones laborales de la casa de cosmética a la que representaba y, horrorizada, la había criticado en una entrevista, además de cancelar su contrato con ella.

Se había tratado de un paso comprometido e irreflexivo, y su representante la había criticado por arriesgarse a perder una reputación que lo era todo en la industria. Pero ella ya no podía más y había acabado huyendo a Bali y casándose con el primer hombre que había manifestado

interés en ella. En retrospectiva, la imagen de sí misma que emergía, no era demasiado halagadora.

En aquel momento, mientras permanecía con los brazos en cruz como un maniquí, con el rostro alzado para que pudieran maquillarla al mismo tiempo, Alex se miró en el espejo y sonrió. Sentía un profundo alivio. Por fin todo aquello llegaba a su fin.

A solo unos minutos de empezar el desfile, Alex era consciente de la curiosidad que despertaba su presencia. Los rumores eran la esencia de la industria de la moda, y Alex estaba segura de que su desaparición, seguida de su súbita vuelta, era el tema favorito del momento.

Una mujer se acercó a Isha, la productora del evento y una de las pocas amigas de la industria de Alex. Las dos mujeres hablaron acaloradamente mientras miraban un plano con la disposición de los asientos. Alex se aproximó a su amiga y, dándole un abrazo, preguntó:

–¿Va todo bien?

–Un multimillonario ha aparecido en el último momento y exige un puesto en la primera fila. Por lo visto, está aquí para ver a una modelo en concreto.

Alex se alarmó. Habían pasado dos semanas desde que Vincenzo y ella finalmente habían llegado a un acuerdo. Desde entonces, los dos habían estado muy ocupados y apenas se habían visto.

–¿Tienes idea de quién es?

Isha sacudió la cabeza.

–Céntrate en el desfile, Alex.

La alarma inicial se convirtió en pánico.

–Dímelo, Isha.

–Es ese empresario italiano que ha estado en los titulares toda la semana.

Se ha filtrado que está relacionado con los Brunetti de Milán. Por lo visto, es hijo ilegítimo de Silvio. Se llama…

–Vincenzo Cavalli –concluyó Alex por ella, sintiendo un nudo en el estómago.

Se irguió y avanzó hacia la pasarela, pensando lo apropiada que resultaba la canción que sonaba de fondo, sobre chicas malas que vivían demasiado deprisa y se quemaban pronto.

Ese debía de ser su caso, dado que había hecho un pacto con el mismísimo diablo, que en aquel momento la devoraba con la mirada desde

la primera fila.

Vincenzo acabó de un trago el whisky y subió las escaleras hacia el balcón que ofrecía una vista elevada de la discoteca que había inaugurado recientemente.

En aquel momento era el local de celebración del último desfile de moda.

En los altavoces retumbaba música hip-hop y los camareros deleitaban a los clientes con coloridos cócteles. Pero incluso entre las luces intermitentes moradas, Vincenzo podía localizar a su esposa y deleitarse en su contemplación.

Él siempre había asumido riesgos, había apostado y había ganado. Solo así había podido retar a los Brunetti. Su matrimonio había sido un riesgo, pero al contrario que los demás, no había sido ni estratégico ni económico.

Y acabaría por compensarlo.

Alessandra se movía por la fiesta como una mariposa, volando de flor en flor. Su voluptuoso y firme cuerpo que mantenía con una férrea disciplina lucía en todo su esplendor en un vestido ajustado negro, con un pronunciado escote y una abertura en la falda que llegaba a medio muslo, y que resultaba a un tiempo provocador y elegante.

Y aunque Vincenzo anhelara volver a acariciar ese cuerpo, se recordó con una media sonrisa que debía ser paciente, que tendría que ganarse a su esposa igual que había hecho en su vida con todo lo demás.

Saber que la mujer con la que se había casado era una modelo de reconocimiento internacional era una cosa, verla en acción era otra muy distinta. Vincenzo tenía la sensación de que todos los hombres revoloteaban en torno a ella.

«Todo el mundo adora a Alessandra».

Tenía la prueba ante sus ojos. Y, sin embargo, ella había elegido casarse con él después de tan solo unas semanas de conocerlo.

«No soy un premio, Vincenzo».

Las airadas palabras de Alessandra resonaban en sus oídos, y Vincenzo era consciente de que no debía tener aquella sensación de orgullo cada vez que la veía. Pero sentía en su interior una reacción atávica y una voz que le susurraba: «Mía, solo mía».

Frunció el ceño al ver a un hombre que la seguía con especial tenacidad.

Un hombre fuerte, español, llamado Javier Díaz, dedujo Vincenzo. Los siguió con la mirada por si tenía que intervenir, pero pronto vio que ella lo ahuyentaba con gesto irritado y una mirada centelleante que hizo sonreír a Vincenzo.

Aparte de un leve saludo con la cabeza, Alessandra llevaba evitándolo toda la noche. Y él se lo había permitido.

Tenía que relajarse después de la atmósfera eléctrica del desfile y la presión a la que se había visto sometida. También él. Y sabía que debía embridar sus emociones antes de acercarse a ella.

A pesar de que había pretendido darle y concederse un tiempo para concluir con la obligaciones que tenían pendientes antes de que la prensa anunciara su matrimonio y el correspondiente revuelo que ello causaría, la situación había escapado de su control. Alguien había filtrado a la prensa su relación con los Brunetti. Vincenzo había tenido que acortar su viaje a Pekín para enfrentarse al circo mediático y a la crisis que se había abierto en la junta directiva de BFI.

¿Es verdad que Silvio Brunetti sedujo a una doncella de un hotel y usted fue el resultado?

¿Es usted el hijo ilegítimo de Silvio Brunetti?

¿Cuáles son sus intenciones respecto a BFI?

El bastardo Brunetti había titulado su artículo un periódico sensacionalista.

Al llegar aquella mañana a las oficinas centrales de BFI había tenido que apagar varios fuegos más, y había llegado a preguntarse si habría sido Alessandra quien había filtrado la noticia.

El conflicto creado con los dos miembros de la junta directiva que ya tenía prácticamente convencidos había hecho retroceder las cuidadosas negociaciones a las que había dedicado los dos últimos meses y las especulaciones sobre cómo había ido consiguiendo la participación de Silvio en la empresa, se habían multiplicado.

Había llegado al desfile de moda con los nervios a flor de piel, decidido a enfrentarse a la mujer cuya lealtad debía estar con él y solo con él. Pero

nada más verla en la pasarela, irradiando seguridad, con la mirada brillante, imbuida de un fuego interior, su enfado se había diluido.

Vincenzo estaba seguro de que jamás olvidaría su imagen en un biquini rojo con una parte de arriba que imitaba a un corsé, sobre unos tacones altos y el cabello recogido en un moño que acentuaba sus perfectas facciones.

Aquella mujer tenía demasiado poder sobre él. Lo arrastraba de la rabia a la risa y al deseo como si fuera un muñeco mecánico que pudiera encender y apagar a su antojo.

En ese preciso momento, Alessandra alzó la mirada; las luces moradas iluminaban su esbelto cuerpo y sus ojos brillaban con expresión retadora.

Algo en el interior de Vincenzo despertó con un rugido. Porque aquella mujer que lo retaba, que le hacía pelear por su lealtad, cuya rendición sería deliciosa una vez llegara, conseguía que le ardiera la sangre. Y ya estaba harto de observarla desde la distancia como el resto de sus admiradores. Ya estaba cansado de andar de puntillas para evitar herirla o por un erróneo sentido de culpabilidad. Ya le había dado suficiente tiempo y espacio.

El mundo debía enterarse de que le pertenecía, que ella había apostado por él. La explosiva noticia de que Alessandra Giovanni se había casado con el Brunetti ilegítimo bastaría para recuperar parte del terreno que había perdido en las últimas semanas

Inclinándose sobre la barandilla, Vincenzo le sostuvo la mirada y le indicó con el dedo que subiera. Una carcajada estalló en su garganta al ver la indignación con la que lo miró mientras que él sentía la sangre bullir en sus venas al imaginar esos mismos ojos nublándose de pasión.

Él siempre conseguía lo que quería y conquistaría a la mujer con la que se había casado.

Aparentemente, la prórroga que le había otorgado había llegado a su conclusión. Había sido una ingenua al confiar en que Vincenzo desapareciera discretamente después del desfile.

La miraba desde el balcón fija e intensamente, con una actitud posesiva que le hacía sentirse como si le perteneciera. ¿Cómo se atrevía a reclamarla con un movimiento del dedo?

Y, sin embargo, allí estaba, acudiendo a su llamada.

Cuando volvió de Bali, Greta había perdido la paciencia con ella, acusándola de ingenua por no haber sido capaz de intuir su verdadera naturaleza. Pero lo cierto era que no había dudado de él en ningún momento. Y si había estado expuesta a algo en su vida era a los hombres, que habían intentado ligar con ella, le habían hecho proposiciones, hasta la habían acosado, sin que jamás se dejara atrapar.

Pero Vincenzo había sido distinto a todos. Había algo sólido en él, una consciencia del lugar que ocupaba en el mundo y del poder que tenía a su disposición, y la había tratado con un respeto y una discreción que ella había encontrado fascinantes, especialmente cuando, tras acompañarla a su casa la primera vez, se había marchado sin asumir que tuviera que pasar algo entre ellos.

Y no se había equivocado en cuanto a que era un hombre que sentía profundamente, que albergaba emociones más complejas que nadie con quien hubiera coincidido antes. Pero toda esa emoción llevaba años canalizada hacia la destrucción de aquellos a quienes ella más amaba. Y ella tenía la intención de desviarlo de esa senda…

No era de extrañar que Leo pensara que era una empresa demasiado compleja; o que Massimo hubiera sonreído y le advirtiera que si pretendía remover aquella montaña necesitaría hacerse con dinamita.

Alex subió el último peldaño y se arrepintió al instante de haber abandonado la seguridad de la multitud. Tras Vincenzo había un espacio amplio que quedaba oculto a la vista, en el que había recovecos y tentadores sofás de cuero.

–No eres mi dueño y señor –dijo con aspereza.

–Y, sin embargo, has venido.

–No me ha parecido el mejor momento para discutir.

–Ah, así que sí conoces tus límites.

–¿Qué límites?

–Sabes que ya has tensado la cuerda al máximo, ¿no? –Vincenzo se acercó–. ¿Quieres sentarte?

–No, prefiero quedarme de pie.

–Como quieras, Alessandra –contestó Vincenzo. Una sonrisa lenta curvó sus labios y sus ojos chispearon. Se estaba riendo de ella–. Pareces acalorada, cara mia. ¿Quieres tomar algo frío?

Alessandra se asió a la barandilla.

–Estoy bien. Deja de ser tan…

«Irresistible, guapo, masculino».

–¿Tan qué?

–Tan solícito. Como si… –Alessandra sacudió la cabeza tan bruscamente que el broche con el que se había recogido el cabello cayó al suelo.

Vincenzo se apresuró a recogerlo–. Gracias –dijo ella, extendiendo la mano.

–Déjatelo así –replicó él en lugar de dárselo.

–No quiero –Alessandra recogió el peso de su cabello en la mano–. Es demasiado…

–Puedo soportar que desfiles en un biquini que hace las fantasías de cualquier hombre de sangre caliente, bella –Vincenzo deslizó la mirada por sus senos, por la vena palpitante que temblaba en su garganta, por la lengua con la que ella se humedeció los labios. Luego la miró a los ojos con un deseo que fue como un bálsamo para el ego herido de ella–. Pero no me niegues mis fantasías, Alessandra. Llevo semanas queriéndote en mi cama con el cabello esparcido sobre la almohada, pero ya que eso no va a pasar en mucho tiempo, princesa, podrías contentar a tu marido aun cuando al mismo tiempo le claves un puñal en la espalda.

La fiera posesividad de su voz cargó de electricidad a Alex.

–¿Un puñal? –preguntó susurrante.

–Has sido mala, bella. Has ayudado a los pobrecitos Brunetti.

Alex frunció el ceño.

–No sé a qué te refieres.

Vincenzo la observó pensativo.

–¿Vas a fingir que no has filtrado tú la noticia sobre mis orígenes?

Alessandra lo miró alarmada.

–Lo último que haría en este momento es mentirte. Ya hay bastantes mentiras entre nosotros, ¿no crees?

–Eres maravillosa hasta cuando me atacas, princesa.

–Tú estás guapísimo hasta cuando eres malvado, V.

Él rio y Alex estuvo a punto de cruzar la distancia que los separaba y derretirse en sus brazos para suplicarle que lo dejara todo, que pusiera su relación en primer lugar, su futuro común, a ella.

–Lo creas o no, yo no he filtrado nada, V. Puede que tú hieras a la gente sin pensártelo dos veces, pero ese no es mi estilo.

Él le sostuvo la mirada antes de asentir.

–Entonces ha tenido que ser tu adorable madrastra, Greta.

–No tiene por qué. ¿Estás decidido a verlos a todos como enemigos?

–¿Quién si no se beneficiaría de eso? –apuntó Vincenzo–. Tengo que admitir que ha sido un paso astuto. Me ha retrasado bastante en la consecución de mi objetivo.

–¿En qué sentido?

–He perdido el apoyo de dos miembros de la junta de BFI que iban a votar por mí. El precio de las acciones de Cavalli Enterprises se ha desplomado desde que salió la noticia.

–¿Ha servido de algo, V? –preguntó ella.

–¿Qué quieres decir? –Vincenzo la miró altanero.

–Si ha servido para que te plantearas qué estás haciendo, qué sentido tiene que persigas a dos hombres de negocios de principios, como Leo y Massimo, que quieras destruir una institución reputada como BFI… No deberías al menos pararte a reconsiderar lo que…

–¿Crees que me importa lo que el mundo crea de mí? ¿Crees que después de tantos años algo puede detenerme?

Alex parpadeó como si acabara de caerse al suelo de un golpe seco. Pero se negó a apartar la mirada o a retractarse.

–Si yo puedo dejar de huir de mi vida, tú también…

–¡Se acabó, Alessandra! ¡Déjalo estar!

Vincenzo miró hacia la sala.

–No has tardado nada en romper nuestro acuerdo –dijo.

–Nuestro acuerdo, que fue dictado por ti, fue que no debía tomar decisiones impulsivas en tres meses. Quedarme callada mientras intentas hundir a la gente que quiero… No sería yo si lo hiciera. Además, no tengo munición contra ti, solo palabras.

–Me alegro de que lo veas así –dijo él–. Has estado magnífica en la pasarela. Comprendo que la industria lamente que vayas a dejarlo.

–Ser modelo me dio una dirección cuando estaba desorientada, pero ya he tenido suficiente –Alex carraspeó–. Pensar en dejarlo fue inicialmente una decisión impulsiva, pero la verdad es que estoy cansada de ir de acá para allá, de no tener vida privada, de la soledad tras los focos…

–¿Qué hay de ese? –Vincenzo inclinó la cabeza hacia la pista de baile.

Alex no tuvo que mirar para saber a quién se refería. Por un instante estuvo tentada de mentirle para desestabilizarlo. Pero descartó la idea. Las

mentiras no eran lo suyo.

–Las cosas no iban bien entre nosotros. Cuando le dije que quería dejar la pasarela, me demostró que lo que más le interesaba de mí eran los contactos que podía proporcionarle

Alex se encogió de hombros a pesar de que seguía doliéndole. Había sido una amarga píldora descubrir que Javier estaba interesado en su fama.

Como lo había sido comprobar que para su madre no había sido más que un deber, un castigo por el pecado de haber mantenido una relación extramatrimonial.

–Sigue persiguiéndote.

–Como has dicho, hoy he estado espectacular, así que debe de estar preguntándose si me dejó ir con demasiada facilidad.

–¿Después de esa discusión fue cuando decidiste ir a Bali?

–Sí, pero en ese caso hice lo correcto. Saber que estoy al final de mi carrera, que lo que quiero es retirarme, es precisamente lo que me ha dado esa chispa extra en el desfile de esta tarde. Quiero retirarme en todo lo alto y empezar el nuevo capítulo de mi vida sin mirar atrás.

–Suenas decidida –dijo Vincenzo en voz baja.

–¿Lo bastante como para convencerte de que es verdad?

–Sí –Vincenzo se separó de la barandilla–. ¿Puedo sugerir el primer párrafo del nuevo capítulo? Es hora de que hagamos público nuestro secreto, ¿no crees?

–Supongo.

–¿Qué mejor momento que ahora mismo?

–Ah, vale –Alex barrió con la mirada la enorme y abarrotada discoteca.

Su respuesta a la llamada de Vincenzo no había pasado desapercibida, y el lenguaje corporal de ambos habría bastado para saber que lo que había entre ellos no tenía nada de platónico–. Hay muchos periodistas. ¿Qué has pensado? ¿Hacer una declaración cuando salgamos?

Tras lo que pareció una eternidad, Vincenzo se acercó a ella hasta que sus muslos se rozaron.

Alex se estremeció, cada milímetro de su cuerpo clamaba por pegarse al de él. Los dedos de Vincenzo se detuvieron en su sien para retirarle la mata de cabello. Y entonces apoyó la mano en su nuca con delicadeza, dándole la oportunidad de retroceder.

–He pensado que un beso aquí mismo serviría para crear un poco de revuelo antes de hacer el anuncio.

El contacto íntimo después de meses de sequía, sirvió de chispa para prender la hoguera. Alex iba a decir que sí, lo sabían ella y Vincenzo. Pero no quería ser la primera que cediera, que cerrara los ojos.

–Esto es un castigo por haberme marchado –dijo, frunciendo los labios.

–No sabía que besarme fuera tal castigo, bella.

Alex se acercó para susurrarle al oído.

–No lo es. Es una de las cosas que más me gustan del mundo. Ese es el castigo: recordarme que, aun sin confiar en ti, no soy capaz de resistirme.

–Solo quiero besar a mi esposa después de meses solo en mi cama, deseando que volviera; despertando en mitad de la noche excitado sabiendo que no había alivio posible más que el de mi mano: y preguntándome si no era ficción lo increíble que había sido la primera vez que te poseí en Bali bajo las estrellas.

–Fue increíble –confirmó Alex a la vez que lamentaba no ser más manipuladora, no saber usar a su favor la atracción que Vincenzo sentía hacia ella–. Vamos, adelante.

–Lo dices como si te lanzaras a una batalla.

–¿No crees que la batalla ya está en marcha?

–¿Y según tú, la he empezado yo?

–Sí.

–¿Y también me corresponde a mí acabarla?

–No. La acabaré yo. Pero has de saber que pretendo ganar

–Pero si yo solo quería un matrimonio pacífico con una mujer sumisa –

dijo Vincenzo, fingiendo un suspiro de resignación.

Alex estalló en una carcajada que derritió parte de la tensión de los últimos meses. Aquel era el hombre que la había enamorado, el que la escuchaba y le hacía reír. Y aunque él no rio, sus ojos sí lo hicieron

–Y el premio para quien gane…

–¿Hay un premio?

–Claro. ¿Quieres saber cuál es, princesa? –susurró Vincenzo, acariciando con su aliento los labios de Alex.

Ella posó las manos en su pecho y dejó descansar su cuerpo en él, anhelando perderse en su fuerza masculina.

–¿Cuál? –preguntó con la voz quebrada.

–La rendición.

–Jamás –dijo ella con la misma arrogancia que él.

Deslizó la mano hacia su cuello, enredando los dedos en el cabello de su nuca y alzando el rostro hacia él. Vincenzo dejó el rastro de su aliento en la mejilla de Alex; su aroma despertó en el cuerpo de ella el recuerdo instantáneo de noches de un infinito placer.

–A no ser que…

–¿Que qué?

Lentamente, Alex presionó sus labios contra los de Vincenzo.

–A no ser que te arrastre en la caída conmigo.

–¿Eso es lo que quieres?

–Sí, quiero que te ahogues en mí; hasta que no sepas distinguir el bien de mal. Hasta…

Los suaves labios de Vincenzo atraparon los de ella, Alex los recorrió con su lengua; volver a probar su boca detonó una carga dentro de su cuerpo. Mordisqueó y besó, lamió y jugó con la boca de Vincenzo. Pero nada era bastante.

Después de la montaña rusa que habían vivido los últimos meses, habían vuelto a encontrar lo que los anclaba. Alex devoró a Vincenzo como si su sabor, su respiración contra su piel, pudiera llenar el vacío de su interior.

Como si fuera todo lo que necesitaba.

–Frena, cara. No me voy a ir a ninguna parte –musitó él contra sus labios.

Su tono burlón fue como un jarro de agua fría para Alex, que retrocedió al instante. Pero a pesar de su aparente dominio de sí mismo, vio en la mirada de Vincenzo hasta qué punto estaba alterado.

–Creo que ya vale como anuncio de nuestro matrimonio, ¿no? –susurró ella.

Vincenzo asintió con un gruñido y Alex rio. Pero mientras bajaban contestando las preguntas que les lanzaban desde abajo, mientras sentía el cuerpo de Vincenzo rozar deliciosamente el suyo, Alex se preguntó cómo era posible sentir como un fracaso lo que debía de haber sido una victoria.

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