E-Pack Bianca octubre 2020

Varias Autoras · Capítulo 29 de 49

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E-Pack Bianca octubre 2020

Cap�tulo 7

Capítulo 7

ALEX se encontró con la última escena que podría haberse imaginado tras una agotadora semana en Nueva York para visitar a Charlie. Leo, Massimo y Greta estaban cenando en la terraza, y con ellos, Vincenzo, que alzó la cabeza al verla subir el último escalón.

Sus miradas se encontraron y por un instante Alex olvidó la angustia y la inseguridad de no saber en qué acabaría todo aquello. Cuando miraba a Vincenzo, lo olvidaba todo menos a él.

–¿Qué tal está tu hermano, Alessandra?

La pregunta, expresada en un tono neutro, la sacó de su ensimismamiento.

–Está bien, aunque preferiría que llorara o gritara. Se reprime demasiado para tener solo siete años.

–Ya sabes que los niños nos enseñan que llorar es una debilidad –dijo Massimo con una amargura que encogió el corazón de Alex.

Al ver la cara de incredulidad de Vincenzo, Leo explicó:

–Nuestro padre insultó y maltrató emocionalmente a Massimo durante años.

Vincenzo observó a los dos hermanos y Alex contuvo el aliento, asumiendo que se burlaría de aquellos hombres, que habían tenido el valor de sobreponerse a una difícil infancia. Pero permaneció en silencio y respetó su dolor.

–Charlie me ha contado que un niño ha estado torturándolo. Lo he comentado con su profesora, pero también le he enseñado cómo lanzarle un gancho si vuelve a molestarle.

Los tres hombres aprobaron al unísono la sugerencia, y la tensión se relajó.

–Siéntate, bella, a no ser que vayas a marcharte enseguida –dijo Vincenzo con un leve tono de reproche al tiempo que la abrasaba con la mirada–. Te vas a quedar sin escondites a los que huir.

Ruborizándose, Alex ocupó la silla que él le separó.

–Tenía que ocuparme de los asuntos de mi madre. Su marido tenía un patrimonio enorme. Además, Charlie me echaba de menos. Te mandé un mensaje diciéndote que me iba.

–Ah, sí. Cinco minutos antes de marcharte.

–¿Qué habrías hecho si te hubiera avisado con más tiempo? –preguntó Alex a la defensiva.

–Quizá habría ido contigo, Alessandra.

–¿Por qué? –preguntó ella sorprendida.

–¿Por la sencilla razón de que estás sometida a mucha presión y me habría gustado apoyarte? ¿Porque lo lógico sería que presentáramos un frente común ante la familia y los abogados de Charlie? ¿Para que este vea que también a mí me importa?

Alex se sintió avergonzada porque Vincenzo tenía razón. Pero en parte había necesitado alejarse de él, del torbellino emocional al que la arrastraba con solo mirarla, de la exigencia de que confiara en él sin hacer nada por ganarse esa confianza.

Cuanto más sabía de Vincenzo, más complejo le resultaba. Sus acciones no estaban solo motivadas por venganza, ambición o poder para sí mismo.

Había ayudado a muchos para quienes era un referente moral. Cuanto más quería permanecer ajena a él, más curiosidad sentía por conocerlo.

Inicialmente, había temido el daño que pudiera hacer a Leo, Massimo y Greta, pero desde hacía días, le preocupaba el propio Vincenzo. La amargura que había visto en sus ojos al hablar de su madre; el vacío que lo consumiría una vez alcanzara el éxito material en el que estaba empeñado.

Se frotó los cansados ojos.

–Lo siento. No pensé en ninguna de esas razones.

Vincenzo le apretó la mano.

–No pasa nada, bella.

Ella asintió y retiró la mano Tres pares de ojos los observaban con distintos grados de curiosidad.

–¿Cómo es que finamente has decidido mudarte aquí? –preguntó.

–Me he cansado de dormir solo –dijo Vincenzo sin rodeos.

Greta dejó caer el tenedor sobre el plato.

–Yo le he invitado –dijo Leo, rompiendo el incómodo silencio–. Neha me ha recordado que tú estás atrapada en medio de todo esto. Por eso mismo quiero volver a decirte, delante de él en esta ocasión, que ni Massimo ni yo esperamos que pelees por nosotros. Pero que si nos necesitas para acabar con este matrimonio, haremos lo que haga falta para ayudarte.

La furia que reflejaron los ojos de Vincenzo en contraste con su total inmovilidad hizo que Alex contuviera el aliento.

–Leonardo, que ofrezcas ayuda a mi mujer delante de mí para que me deje, es una temeridad.

La suavidad de sus palabras erizó el vello de Alex. Vincenzo siguió:

–Sobre todo después de todo lo que la pobre Alessandra se ha esforzado para hacerme reconsiderar mis intenciones respecto a vosotros.

Leo no se inmutó.

–Tus amenazas no van a cambiar mis prioridades, Cavalli. ¿Crees que tu vida ha sido difícil? Tú no tuviste a un padre envenenando tu mente cuando apenas tenías uso de razón; no tuviste que desmontar las mentiras tóxicas que te había contado sobre la desaparición de tu madre. Yo tuve que protegerme a mí mismo y a mi familia desde niño. Y Alex forma parte de esta familia desde hace mucho tiempo.

Una vez más, Vincenzo permaneció callado y Alex albergó un destello de esperanza por primera vez en semanas mientras Leo y Massimo empezaban a charlar animadamente sobre las futuras celebraciones del bicentenario de BFI.

–¿Tienes libre esa fecha, Alex? –preguntó Massimo–. Vendrá un fotógrafo para hacer el reportaje sobre la historia de BFI.

–Preferiría no participar en eso –dijo ella.

Vincenzo posó su mano sobre la de ella.

–Claro que vendrá. Los dos estaremos aquí para celebrar el éxito de una institución tan venerable como BFI.

Si Greta percibió el tono de sarcasmo, no lo demostró. Se puso en pie en silencio, presionó el hombro de Alex y se marchó.

La espalda encorvada pero orgullosa de Greta formó un nudo en la garganta de Alex. Los actos pasados de esta y los presentes de Alex habían

creado un abismo entre ambas. Y solo al dejar de tener cerca su implacable pero serena presencia, se había dado cuenta Alex de lo importante que Greta era en su vida.

Massimo y Leo se fueron a continuación. En cuanto se quedaron solos, Alex se volvió hacia Vincenzo, que parecía pensativo.

–¿Qué haces aquí? ¿A qué estás jugando? –preguntó ella.

–Seguir tu dictado –dijo él en tono sibilino.

Alex dejó la copa de vino bruscamente sobre la mesa.

–V, estoy hablando en serio.

–Estoy harto de alojarme en un hotel cuando tengo una encantadora mujer viviendo aquí. Me he dado cuenta de que tenías razón.

–¿Has venido a torturar a Greta en su propia casa?

–Pretender que la trate como si por fin me reuniera con una abuela a la que hubiera perdido hace tiempo, sería un poco excesivo, bella.

Alex sintió las sienes palpitantes.

–Si piensas que vas a conseguir que se arrepienta, te equivocas, V. Para Greta, el pasado es el pasado. Tuvo que enfrentarse a las consecuencias de cada uno de los crímenes que Silvio perpetró, y eso la ha vuelto de piedra.

–Uno de esos crímenes ha marcado mi vida.

–No te pido que la perdones.

– Bene. Porque odiaría decepcionarte.

–¿De verdad? ¿Es esto algo más que un juego para ti?

Alex no podía más. Separó la silla de la mesa y se puso en pie en tensión.

–Me marcho…

–Alessandra…

–Tengo que prepararme. Debo ir a la inauguración de una marca de moda en Milán –dijo, aunque la idea de tener que ponerse ante una cámara en aquel momento fuera lo último que le apetecía hacer.

Vincenzo la siguió.

–He hablado con tu agente y ha cancelado el compromiso.

Alex lo miró indignada.

–¿Cómo te atreves?

–Alessandra, estás exhausta.

–¿Y de quién es la culpa? Llevo toda la semana poniendo en orden las cosas de mi madre. Y cuando vuelvo me encuentro con esto. Sé que no

puedes perdonar a Greta por lo que os hizo a ti y a tu madre. Tampoco yo.

Pero ¿te has planteado que te necesito, que me gustaría apoyarme en ti?

–Por supuesto que sí.

–Soy una idiota. No sé cómo pensé que sería una buena idea que te mudaras aquí. No sé…

Vincenzo la abrazó con tanta fuerza que Alex dejó de temblar.

–Calla, tesoro. Respira.

–A veces me siento tan sola… Da lo mismo dónde vaya o lo que haga, al final siempre estoy sola.

–Mírame, bella. Concéntrate en mí.

Alex lo miró y el pánico que se había apoderado de ella se disolvió.

Respiró profundamente el aroma de Vincenzo y se dejó abrazar por el calor que irradiaba de él.

Una lágrima rodó por su mejilla mientras él la sujetaba como si fuera lo más precioso de su vida.

–No estás sola, Alessandra. Me tienes a mí. Perdóname, no había medido lo mal que lo estabas pasando.

En aquel instante, Vincenzo era el refugio con el que había soñado toda su vida, su Príncipe Azul. Y todo lo que quería era entregarse a él y compartir con él el dolor que a veces la ahogaba.

Pero la niña que había sido tratada siempre por su madre como si fuera un castigo, la niña que siempre se preguntaba qué había hecho mal, cuyo corazón había sido herido profundamente en los últimos meses, alzó la cabeza y le devolvió la cordura.

Obligándose a escapar del embrujo de los ojos de Vincenzo, preguntó:

–¿Por qué?

–¿Por qué, qué?

–¿Por qué actúas como si este matrimonio te importara?

–Porque es verdad –exclamó Vincenzo con firmeza.

Pero aunque le creyera, Alessandra estaba segura de que ni él mismo sabía por qué. Por eso insistió:

–¿Por qué?

–Porque me has hecho atisbar un futuro para mí mismo. Toda mi vida ha girado en torno a la destrucción de los Brunetti. Fui a Bali porque sentía curiosidad sobre cuál era tu papel en esta familia. Pero cuando te conocí…

Nunca me había comportado así con una mujer.

Alex tomó una bocanada de aire. A su alrededor, el aire se perfumó de fragancias; los sonidos y los olores de la vida acompañaron la llama de esperanza que prendió en su pecho.

Vincenzo tenía razón. Manteniéndose al margen no estaba ayudando a nadie. Tenía que decidir. Y quería elegir a Vincenzo, tender un puente entre ellos, confiar en que todo iba a salir bien.

–¿De verdad quieres pasar tiempo conmigo?

–Apenas te he visto desde la boda. O estás cumpliendo con tus compromisos laborales, o salvando a los Brunetti, u ocupándote de Charlie

–Vincenzo le pasó el pulgar por las ojeras–. Me sentiría desatendido si no fuera porque también te estás desatendiendo a ti misma.

Alex se encogió de hombros, pero no se movió. Estaba cansada de luchar.

Quería seguir en los brazos de Vincenzo.

–Los dos tenemos unas vidas muy ajetreadas.

–Te echo de menos, bella. Por eso me he mudado aquí. Quiero… –la mirada de Vincenzo se cargó de deseo–… pasar tiempo contigo.

–¿Te refieres al sexo? –preguntó ella, sintiendo que su espíritu se alegraba a pesar de sí misma.

–Sí –Vincenzo le pasó la mano por el cabello–. Al sexo contigo.

Una descarga eléctrica los envolvió y Alex dejó su cuerpo reposar contra el de él. Vincenzo le presionó las caderas con las manos y rozó sus muslos provocativamente contra los de ella.

–Deja de huir, Alex –susurró. Y acarició con su aliento su barbilla hasta alcanzar la comisura de sus labios. Entonces se detuvo y musitó–: Pero antes, será mejor que descanses, bella. Si queremos ganar el tiempo perdido, vamos a necesitar toda nuestra energía.

Vincenzo cerró la puerta del dormitorio de Alessandra y fue hasta la habitación que usaba como despacho sin poder borrar de su mente la expresión agotada de su rostro.

Desearla era un sentimiento lógico, pero lo que no conseguía comprender era aquella ternura que lo había embargado al verla dormida sobre la cama.

Atendió distraído la videoconferencia que mantuvo con Massimo y con el director financiero de BFI. Cuando este colgó, Massimo cerró su ordenador y dijo con calma:

–No vas a encontrar nada contra él.

–¿Qué? –preguntó Vincenzo, que seguía pensando en su esposa y en el dolor que había visto en su mirada aquella tarde cuando mencionó a su madre.

–No vas a poder sacar trapos sucios de Leo. Tampoco míos.

Vincenzo miró al hombre al que, a su pesar, respetaba cada vez más.

–Escucha, Massimo…

–No insultes mi inteligencia, Cavalli. Sé que estás buscando munición contra Leo. Pero no te das cuenta de que los hombres con lo que intentas aliarte son precisamente aquellos de los que él intentó librarse cuando transformó BFI, los que no creen que en los negocios haya que actuar éticamente y los que no estuvieron dispuestos a invertir una mínima parte de los beneficios en resolver el desastre que dejó Silvio. Pero seguro que lo sabes –Massimo cruzó la habitación hacia la puerta–. Para odiar a los Brunetti, te comportas como el peor de ellos, Cavalli.

Vincenzo exhaló como si acabara de recibir un puñetazo.

–No te atrevas a…

–¿No? La maldición de los Brunetti es acabar precisamente con aquellos que pueden salvarnos. ¿No te enteraste cuando nos investigaste? ¿No te dijo Natalie que casi la pierdo por idiota? ¿No estás actuando tú igual con Alex?

Nuestro padre, sí nuestro padre –dijo Massimo enfático al ver que Vincenzo hacía una mueca– alejó de sí a dos mujeres que podían haberlo salvado de su camino de destrucción. Sigue así y vas a demostrar que eres más digno hijo suyo que Leo o yo.

Aquellas palabras recorrieron a Vincenzo como un ácido corrosivo. El objetivo de su vida había sido destruir a los Brunetti; mucha gente confiaba en que lo consiguiera. Sin embargo, estaba empezando a descubrir que eran unos hombres honorables. Ninguno de los dos le manifestaba el menor rencor a pesar de la agresividad con la que él los había tratado. De hecho, lo habían invitado a su casa, la misma que él planeaba derribar.

Todo apuntaba a que no se preocupaban por sí mismos, sino por Alex.

Vincenzo había tomado aquel camino para rectificar el daño hecho a mucha gente, pero nunca había pretendido hacer daño a inocentes en el proceso. Empezaba a tener la incómoda sensación de estar atrapado entre el pasado y el presente, entre sus promesas y sus deseos. Y la mujer con la que

se había casado, la que lo miraba como si le estuviera rompiendo el corazón, se encontraba en medio del campo de batalla.

Alex estaba en el despacho de BFI que ocupaba Leonardo, abrumada por el paso que iba dar. Pero había decidido que no podía permanecer en un limbo. No después de haber descubierto la existencia de Antonio y de la gente perjudicada por Silvio, y del peso con el que Vincenzo cargaba como el hombre que debía hacer justicia por ellos. Al haber descubierto sus razones, y aunque siguiera pensando que actuaba erróneamente, se había dado cuenta de que no podía dejarlo ni quedarse de brazos cruzados mientras hubiera alguna oportunidad de ayudarlo a sanar.

–¿Lo que dijisteis ayer en la villa era verdad? –preguntó.

Leo y Massimo se volvieron al unísono y la preocupación se reflejó en sus rostros al observar su evidente ansiedad.

–¿Alex, estás bien? –preguntó Leo, acercándose a ella.

Al ver su gesto angustiado Alex se sintió culpable porque Leo ya estaba bastante preocupado con Neha, cuyo embarazo se había complicado por un problema de presión arterial.

–Lo siento. No debía de haber venido –dijo, dando media vuelta.

Massimo la detuvo.

–Alex, no te vayas.

–Claro que hablaba en serio –dijo Leo con convicción. La tomó de los hombros–. Esta no es tu pelea, Alex. No nos debes nada.

Alex suspiró y se volvió. Leonardo siempre había sido justo y generoso.

–¿Qué te pasa, Alex? –preguntó él.

–Sé que no podéis perdonar lo que está haciendo Vincenzo. Pero ahora entiendo sus motivos. Lleva años luchando por hacer justicia en nombre de gente que no puede exigirla por sí misma. Y aunque se equivoca al atribuiros la culpa, no es un monstruo. Pero si pensáis que lo es, no podría seguir casada con él. Sois demasiado importantes para mí: sois mi familia.

–Y eso no va a cambiar nunca, Alex. Sabemos que no es un monstruo –

dijo Massimo–. Natalie se encarga de recordárnoslo continuamente.

–¿Y me perdonaréis si… sigo con él?

Massimo silbó y Leo lo miró enfadado.

–No necesitas nuestro perdón. Alex, es tu vida y tu felicidad. Hagas lo que hagas, seguiremos queriéndote –Leo suspiró–. Siempre que Vincenzo no te haga daño.

–No lo hará –dijo Alex sin saber por qué sentía tal convicción.

Lo cierto era que ya no podía huir más, que debía quedarse y luchar. Su madre no iba a volver, y nunca se perdonaría no haber dado una oportunidad a Vincenzo.

Repitió:

–No me hará daño, Leo. Ahora mismo está cegado por su deseo de venganza, pero merece una oportunidad, y quiero dársela.

Massimo la abrazó como si fuera consciente de hasta qué punto estaba tensa.

–Llevamos preparándonos para lo peor aún antes de que Vincenzo apareciera en nuestras vidas, bella.

–Y aunque nos arruine, nos levantaremos, Alex. Tienes que confiar en nosotros –añadió Leo.

Y Alex sonrió a pesar de las lágrimas que humedecían sus ojos.

¿Cómo no veía Vincenzo lo maravillosos que eran aquellos dos hombres?

¿Cómo no veía que, a pesar de haber sido maltratados por Silvio Brunetti, Leo y Massimo compartían el mismo código de honor que él?

–Los bienes materiales importan poco. Neha y los bebés, Natalie, la gente a la que amamos… seguirán con nosotros aun si Vincenzo nos quita todo lo demás. Así que sigue tu corazón, Alex. Nosotros te apoyaremos –

concluyó Leo.

Alex se echó en sus brazos. Eso era la familia para ella. Algo que Vincenzo nunca había experimentado y que ella iba a construir para él y para Charlie.

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