E-Pack Bianca octubre 2020
Cap�tulo 4
Capítulo 4
MÁRCHATE de aquí», pensó Val.
Sin embargo, Kiara lo hizo primero diciéndole:
–Voy a ver cómo está Scarlett.
Val le había dado instrucciones a su chófer para que aparcara frente al hospital, que era hacia donde Kiara se dirigía, pero él permaneció donde estaba, mirando una de las muchas monedas que había en el fondo del estanque.
¿Se sentía manipulado? Sí. Aurelia se había convertido en un punto de presión y odiaba darle a nadie ventaja sobre él. De niño, había sido débil, lo habían manipulado y lo habían explotado. Se había convertido en un objeto al que controlar y al que mentir. Se había visto abandonado por Niko cuando más lo había necesitado.
Por lo tanto, sí, era un hombre amargado y malevolente. Conseguía aislar aquellos sentimientos y seguir con su vida, pero había convertido en hábito preocuparse muy poco por nada. En el instante en el que empezara a preocuparse por algo más que el dinero o su comodidad más inmediata, se exponía a ser utilizado, acorralado y aplastado.
Sin embargo, ya había empezado a sentir algo hacia su hija. No comprendía la poderosa fuerza que había despertado en él al escuchar su voz, pero algo instintivo dentro de él deseaba proteger a aquella niña de todas las maneras posibles, y mucho más de los depredadores y acosadores que él mismo había experimentado en su propia infancia.
Por supuesto, la mera presencia de Val en la vida de Kiara la expondría al viciado mundo del que él provenía, así que la mejor manera de protegerla sería alejarse de ella. Sin embargo, sus pies se negaban a marcharse.
¿Por qué no? Kiara tenía medios económicos suficientes para ocuparse de Aurelia. Además, estaba demostrando ser lo suficientemente fiera como para enfrentarse a él. Una salvaje excitación se apoderó de él, al ser testigo de lo gloriosa que ella era en su deseo de matar dragones por su hija.
Y el beso… La compatibilidad entre ambos no se había desvanecido en absoluto. El fuego de Kiara y su sinceridad lo atraían tan inexorablemente como la noche en la que se habían conocido.
Se apretó las manos contra los ojos, convencido de que ya era demasiado tarde para convertirse en el hombre que su hija se merecía.
Desgraciadamente, no podía marcharse.
Kiara estaba dispuesta a esperar lo que hiciera falta, por lo que regresó al coche para recoger un bloc y unos lápices de grafito.
Después de hablar brevemente con la persona que atendía el mostrador de información y que le prometió llamar a la maternidad, se sentó en la sala de esperaba y buscó algo que pudiera dibujar. Desgraciadamente, nada la inspiraba. No hacía más que pensar en Val.
Sintió que tenía los ojos húmedos y que se le había hecho un nudo en la garganta. Se sentía estúpida por haber esperado algo. De algún modo, en lo más profundo de su ser, se había convencido de que Niko y Scarlett estaban equivocados. Val no era ningún ladrón o ningún asesino. Cierto que era muy dado a realizar comentarios hirientes y a realizar gestos crueles en el mundo de los negocios, pero no era una mala persona. ¿O sí?
Kiara quería, necesitaba, creer que él tenía corazón y que era capaz de ofrecérselo a su hija. Y, aunque le costaba admitirlo, deseaba que pudiera ofrecérselo a ella también.
Por fin lo comprendía todo. Era un hombre roto, lleno de cicatrices.
Despreciaba a la humanidad y carecía de compasión. Era muy triste… Lo que Val necesitaba era amor incondicional y, si ella no tuviera que proteger el corazón de Aurelia, podría arriesgarse a intentarlo con él.
Sin embargo, Aurelia era primero.
Dios… Sin que ella se hubiera dado cuenta, el lápiz había comenzado a recrear los hombros desnudos de Val y el modo en el que había girado la cabeza cuando le preguntó a Kiara si quería hacer el amor.
Sintió que el corazón le daba un vuelco. El deseo de acariciarle más que con los ojos había sido imposible de resistir. Con las mejillas ruborizadas, miró a su alrededor, pasó la página rápidamente para ocultar lo que había empezado a dibujar.
El sonido de las puertas de entrada al abrirse le hizo levantar la cabeza.
Era Val. Las miradas de ambos se cruzaron y ella sintió que el corazón se le aceleraba al verlo. En ese momento, se escuchó que un timbre sonaba cerca de allí, anunciando la llegada del ascensor.
Incluso antes de que Val mirara en aquella dirección, se tensó como si fuera un animal en estado de alerta. Se oyeron unos pasos acercándose.
Kiara no podía ver de quién se trataba, pero Val giró la cabeza y su expresión se endureció como si fuera de hierro.
Javier.
Kiara había visto fotografías de él antes del ataque, pero sintió que el alma se le caía a los pies al verlo en persona. Era algo más alto y más corpulento que Val y llevaba un parche sobre el ojo. Unas terribles cicatrices rojas resaltaban sobre su rostro y sobre su garganta. La expresión de su rostro era tan rígida como la de Val. Los dos hombres se miraron fijamente. Parecían un par de animales defendiendo su territorio y dispuestas a desgarrarse la garganta cuando el oponente hiciera un movimiento en falso.
Kiara hizo todo lo posible por ignorar el rostro desfigurado de Javier y forzó una simpática sonrisa.
–Javier, encantada de conocerte. Soy Kiara.
Trató de extender el brazo para estrechar la mano de Javier, pero Val se lo impidió. Le agarró la muñeca y la colocó detrás de él, todo ello sin romper el contacto visual con su hermano.
–Por el amor de Dios –murmuró ella–. No va a comerme.
–¿No vas a decir nada? –le preguntó Javier–. ¿No vas a hacer ningún comentario banal como qué es lo que me he hecho en el pelo o alguna otra sandez?
El antagonismo emanaba de Val de una manera tan tangible que ella era casi capaz de saborearlo. Val le impedía moverse con el brazo con tanta fuerza, que ella dejó de resistirse y se asomó por el hombro.
–¿Cómo está Scarlett?
–Está durmiendo.
–¿Ha dado ya a luz? ¿Es un niño o una niña? –preguntó ella con excitación.
–Un niño –respondió Javier, que aún seguía desafiando con la mirada a Val.
–¡Estupendo! ¡Enhorabuena! –exclamó ella mientras pellizcaba a Val para que la soltara–.¿Y ha ido todo bien? ¿Sin complicaciones?
–Ninguna.
¡Hombres! Kiara se inclinó sobre Val para tratar de que él perdiera el equilibrio y rompieran la mirada, pero era como intentar mover una pared de cemento.
–¿Y habéis elegido ya nombre?
–No.
–Me encantaría verlo…
–No –repitió Javier, al que parecía gustarle pronunciar aquella palabra.
Levantó las cejas ligeramente, con lo que pareció señalar que se negaba simplemente para fastidiar a Val.
–Yo me quedaré aquí. Deja que suba –dijo Val de repente.
–No.
Val se tensó aún más, si aquello era posible. Kiara le rodeó con sus brazos y le apretó todo lo que pudo.
–Está bien –declaró ella con firmeza–. Es muy tarde –añadió a modo de excusa–. Estoy segura de que quieres descansar. Por favor, dales un beso de mi parte a Scarlett y a vuestro hijo. Dile que me llame cuando le apetezca charlar un rato.
Javier no prometió transmitir sus mensajes. Se limitó a darse la vuelta y a regresar por donde había llegado.
Val sintió que Kiara dejaba de apretarle con fuerza, pero, a pesar de todo, seguía sintiendo cómo el corazón le latía con fuerza en el pecho. La adrenalina le provocaba un fuerte dolor en los músculos.
–Voy a por mis cosas –dijo ella, soltando un suspiro para liberar la tensión.
Val vio cómo ella regresaba al lugar donde había estado sentada para recoger su bloc y sus lápices de dibujo. Entonces, los dos salieron al exterior.
Debería haberse marchado en vez de haber ido a buscarla. ¿Qué había creído que iba a conseguir? Solo sabía que seguía decidido a casarse con ella y no esperaba que se pusiera a prueba su resolución.
A pesar de que había dicho que Javier no lo afectaba en modo alguno, ver a su medio hermano había despertado una antigua ira en él, a pesar de que el daño que había sufrido el rostro de Javier lo había dejado atónito. Las heridas eran más importantes de lo que le habían dicho, pero Val no iba a sentir pena por Javier. Él seguía siendo el canalla arrogante al que Val prefería no ver siquiera.
Después de todas las veces que Val había rechazado los intentos de Javier por reclamar la autoridad sobre él, aquel día había tenido que permanecer inmóvil y sufrirla. La negativa de Javier a que Kiara fuera a conocer a su hijo había sido pura malicia. Había sido un intento por socavar a Val y lo había conseguido.
Val se sentía furioso al saber que tenía una grieta en su armadura, una grieta que había causado Kiara y que Javier había encontrado fácil y rápidamente. ¿Cómo? No era en realidad que Val hubiera querido que Kiara fuera algún sitio sin él. Javier había conseguido en más de una ocasión que un aliado cambiara de bando en el pasado. Aquella era una de las razones por las que Val ya no confiaba en nadie.
–¿Qué ocurre? –le preguntó Kiara cuando regresó de recoger sus útiles de pintura.
–Scarlett no te necesita. Podemos marcharnos –dijo mientras salían al exterior y abría la puerta del coche para Kiara.
–Pero…
–No te va a dejar verla, Kiara. Vamos a ir a por Aurelia, nos vamos a marchar a Italia y nos vamos a casar.
–¡Yo no he accedido a hacerlo! –exclamó Kiara mientras miraba ansiosamente el rostro de Val como si estuviera buscando una respuesta de algún tipo.
Ella no tuvo que repetir la pregunta. Val la había escuchado muy claramente.
«¿De verdad esperas que yo consienta que mi hija se convierta en alguien como tú?».
–¡No he terminado lo que ese jaguar empezó! –replicó él, furioso–. No he sido yo el que se ha mostrado insolente y se ha negado a que veas a tu
amiga y a su hijo. Tomo nota de la confusión de Aurelia al perder a Niko.
Estoy completamente comprometido.
Kiara se quedó sin aliento, pero siguió sin entrar en el coche.
Val sabía lo que ella estaba esperando: su compromiso para desarrollar un vínculo con su hija. Ser mejor padre de lo que había sido el suyo. Cuando el nivel estaba tan abajo, no podía resultar muy difícil.
–Lo intentaré, Kiara –le prometió mientras sentía que un puño le apretaba con fuerza el pecho–. Es el compromiso más grande que nadie ha podido sacarme en años. Acéptalo como el triunfo que es.
Kiara no se sintió como si hubiera ganado. De hecho, le parecía que estaba perdiendo la poca autonomía que aún poseía.
¿Qué alternativa tenía? Podía pelearse con Val y tal vez ganarle después de una larga y dura batalla, pero eso no le serviría a nadie, y mucho menos a Aurelia. Si Val estaba dispuesto a hacer concesiones por su hija, Kiara también debería hacerlas, ¿no? Aunque la aterrorizara.
Mantuvo la compostura hasta que regresaron al hotel, donde se refugió en la habitación de invitados para refrescarse. En vez de hacerlo, se tiró boca abajo sobre la cama y trató de no gritar de histeria.
Dos veces. Había visto a Val dos veces y, en cada una de esas ocasiones, él había puesto su vida patas arriba. En aquella segunda ocasión lo estaba haciendo más rápida y más completamente que la primera. ¿Qué revelaba aquello sobre la clase de matrimonio que podrían tener? No podía hacerlo.
No podía.
Sin embargo, deseaba hacerlo y aquello la aterrorizaba. Entonces, escuchó que alguien llamaba a la puerta. La voz de Val hizo que se sentara rápidamente sobre la cama.
–¿Qué? –tartamudeó.
Él abrió la puerta.
–Te he dicho que…
El torbellino de sentimientos que estaba experimentando debió de reflejársele en el rostro.
–¿Qué te pasa?
–¿Qué crees tú que me pasa? –le espetó ella mientras se sentaba en el borde de la cama y tomaba un pañuelo de papel. Dos. Tres. Sentía deseos de
llorar solo para aliviar la presión que sentía dentro de ella–. La figura más cercana a la de un padre que he tenido murió hace dos días. Mi mejor amiga ha tenido un bebé que no se me permite ver. Tal vez jamás volveré a hablar con ella. Tú esperas que me vaya contigo a un país desconocido como si fuera tan fácil como darse la vuelta en la cama. ¿Tendré estudio al menos?
¡Porque la culminación de las aspiraciones de toda mi vida va a ocurrir dentro de tres semanas y no estoy preparada!
Las lágrimas comenzaron a amenazar seriamente con quebrar su compostura.
–Tengo muchas cosas en las que pensar –añadió mientras se levantaba y se iba a mirar al espejo.
–Por supuesto que tendrás un estudio –dijo Val a sus espaldas.
Ella se dio la vuelta.
–¿De verdad? Porque para mí es algo fundamental.
Val sonrió de una manera que solo se podía describir como condescendiente.
–No afirmo ser un hombre muy creativo, Kiara. Si mi padre pudo chantajearte con cuatro paredes y un tejado, ¿por qué no iba a utilizar yo el mismo incentivo?
–¿Dónde? –preguntó ella.
–Hay una sala en mi casa que debería ser lo suficientemente grande.
Puedes decorarla como quieras.
–¿De verdad? –replicó ella. No pudo evitar sentir una gran excitación ante la idea. Le encantaba su estudio en la isla, pero había cosas que haría diferentes si pudiera empezar de cero.
–Por supuesto. Quiero que mi esposa sea feliz.
Por alguna razón, esa afirmación le resultó a Kiara muy divertida. Y
empezó a reír a carcajadas.
–¿Por qué es tan divertido?
–No lo sé –admitió ella tras tranquilizarse–. Te agradezco mucho que quieras agradarme, pero… Por mucho que sueñe que podríamos formar una familia por Aurelia, no puedo acceder a casarme contigo, al menos hasta que no tenga una imagen más clara de que tú y yo podríamos intentarlo adecuadamente.
–Vamos a intentarlo –afirmó él con voz dura–. Vas a aceptar un compromiso y vas a cumplirlo pase lo que pase.
–Te parece así de fácil, ¿verdad? ¿Y tú? ¿También te vas a esforzar al máximo sin ocultar nada?
Kiara vio que el rostro de Val se tensaba. No comprendió por qué aquel gesto fue directamente a su corazón, pero así fue. Se agarró con fuerza los codos.
–Estoy dispuesta a llevar a Aurelia a Italia y ver cómo van las cosas. Eso es lo único a lo que me puedo comprometer por el momento.
–Puedes tomarte el tiempo que quieras para pensarlo –dijo él con voz suave después de soltar una sonora carcajada–. Mientras hayas decidido casarte conmigo cuando llegue el día de nuestra boda dentro de quince días.
He venido a decirte que deberías llamar a la casa y decirles que voy a enviar a mi piloto a recoger a Aurelia. Entonces, vendrán a buscarnos a nosotros e iremos a Italia desde aquí.
–¿Cómo has dicho? No. No puedo marcharme desde aquí. Tengo que recoger cosas de mi estudio.
–Haz una lista. Alguien puede empaquetarlo todo y enviarlo.
–No –insistió ella–. Nadie va a entrar en mi estudio, no a menos que yo esté presente y le invite a pasar. Nadie toca mis cosas.
–Te advierto que los berrinches no funcionan conmigo, Kiara –suspiró él.
–¡No estoy bromeando! –exclamó ella–. Me pongo enferma cuando alguien entra y yo estoy allí. Nadie puede entrar y tocar mis cosas.
Val la agarró por la muñeca y miró el modo en el que los dedos de Kiara temblaban.
–Son solo cosas, Kiara –afirmó.
–Son mis cosas y vamos a tener problemas si vas a hacer descabelladas sugerencias como esto de decirme que debo permitir que otras personas toquen mis cosas –replicó ella mientras se zafaba de él–. Sé que no es racional, pero mi estudio es el lugar donde soy… yo misma. Tú no dejas que unos desconocidos entren y toquen tus ropas, ¿verdad?
–Se lo preguntas al hombre equivocado –repuso él–. Yo me desnudo delante de desconocidos todo el tiempo. Lo de decir no siempre me ha funcionado –añadió acercándose y tocándole ligeramente el brazo–. Para evitar problemas, me refiero.
Kiara nunca dejaría de tener problemas con él. Eso lo sabía sin duda alguna. Podría ser que ella tuviera dinero, pero Val siempre tendría la ventaja de la experiencia, el control y menos inversión personal en el
asunto. Tanto si había sido por Niko, por su agente o por los intereses de su hija, Kiara estaba siempre dando, perdonando, permitiendo o soportando.
Excepto en lo que se refería al sexo con Val. La tensión se apoderó de su rostro. Parte de ella era sexual, parte de pura desesperación. Él estaba reaccionando tan inexorablemente como ella y Kiara no creía que pudiera existir un afrodisíaco más potente. Tal vez pudiera ser incapaz de reaccionar al modo en el que él le hacía sentir, pero Val parecía estar teniendo una reacción similar.
De eso estaba totalmente segura.
Su instinto para el trabajo creativo se apoderó de ella, gobernándola mientras daba un paso al frente. Fue la misma compulsión que se apoderó de ella cuando estaba presa del poder que ejercía sobre ella la pintura, cuando ocurría algo inesperado, pero que no era un error.
Sin embargo, aquello podría serlo. Vio cómo la mirada de Val se prendía en sus labios y sintió cómo el anhelo brotaba en su vientre mientras esperaba.
Con una suave maldición, Val bajó la cabeza y cubrió los labios de ella con los suyos, soltando una exclamación de dolor sobre la boca de Kiara mientras lo hacía.
Ella dejó escapar un gemido al mismo tiempo, un gemido que fue tanto señal de bienvenida y de agonía a la vez, al sentir la intensa sensación de los labios de Val frotándose contra los suyos. Un ligero movimiento de la lengua, de ella, y la fricción se convirtió en un suave deslizamiento. El calor fue apoderándose de su cuerpo, de su garganta, de su pecho y de los pezones, haciendo que estos cobraran vida. La mano de Kiara encontró la mejilla de Val y lo animó a seguir. Él enredó los brazos alrededor de Kiara y la atrapó en un firme nudo que le hizo expulsar el aire de los pulmones.
El beso fue devastador. La mano de Val le sujetó la parte posterior de la cabeza y los dedos comenzaron a masajear el cabello de Kiara mientras él adoraba sus labios. Le hizo el amor descaradamente y el ardor fue a prenderse directamente en la entrepierna de Kiara. Ella sintió que las rodillas se le doblaban y se aferró a él con más fuerza, ofreciéndole las caderas, buscando la presión donde más la ansiaba.
Él levantó la cabeza. Su agitada respiración hacía que su pecho se moviera contra el de ella mientras la empujaba hacia la cama.
–¿Vas a decirlo? –gruñó.
–¿El qué?
–La palabra para evitar problemas. Voy a por todas –le advirtió–. A menos que tú la digas.
–¿Yo? –le preguntó ella mientras se sentaba en el borde de la cama al sentir que las rodillas no la sostenían–. ¿Por qué? ¿Para que puedas demostrar que no me puedo resistir?
–Para demostrar que aún te puedo hacer gritar.
Un suave sollozo se le escapó a Kiara de los labios. Siguió aferrada al brazo de Val mientras él comenzaba a desabrocharle los pequeños botones que le cerraban la parte frontal del vestido.
Kiara quería que la volviera a besar, que le borrara el pensamiento para que su propia rendición no fuera tan evidente. Sin embargo, Val le estaba dando todas las oportunidades posibles para ponerle voz a aquella breve palabra que no parecía poder pronunciar. La mano de Val comenzó a invadir su intimida. Se deslizó con seguridad por debajo del vestido, bajo la copa del sujetador, sosteniendo la abundancia de su seno y desnudándolo.
Otro gruñido se escapó de los labios de Val. Entonces, se inclinó sobre ella e introdujo el oscuro pezón entre sus labios, cálidos, húmedos e implacables. Le provocó a Kiara tal oleada de placer, que ella tensó las caderas contra las de él.
Val se movió ligeramente y, sin soltarla, comenzó a subirle la falda del vestido y a trazarle dibujos invisibles por la parte interna de los muslos, mientras ella los apretaba con fuerza para tratar de aliviar la tensión que estaba empezando a sentir entre ellos.
–Esto está ocurriendo demasiado rápido… –murmuró ella agarrándole la cabeza.
–¿Sí? Pues puedo oler lo excitada que estás, Kiara –replicó él, trazándole un círculo imaginario sobre la nariz con la punta de la suya. La columna de su propia excitación se apretó contra el vientre de ella–. ¿No quieres que te toque aquí? –añadió, mientras deslizaba brevemente el pulgar contra la cinturilla de las braguitas, lo que provocó que los anhelantes pliegues se humedecieran un poco más para demostrar lo preparados que estaban–.
¿Con la boca?
Val volvió a deslizar los labios sobre los de ella, turbándolos, pero sin darle el beso que ella estaba deseando recibir, tan solo el ligero contacto de la punta de la lengua.
–Dime lo que deseas –sugirió él–. Dilo y te lo daré. Te lo prometo. No te haré suplicar. Esta vez –añadió con una sensual sonrisa.
Kiara se lo dijo. Le susurró algo terrenal y excitante. Val esbozó una depredadora sonrisa y luego la besó. Entonces, le hizo lo que ella le había pedido. Le recorrió todo el cuerpo con sus labios, bajando, desnudándole el otro seno y levantándole la falda lo suficiente para lamerle el ombligo.
Entonces, le quitó las braguitas y besó la piel que había dejado al descubierto.
La hizo gritar.
Entonces le ordenó:
–Más alto.
Y volvió a hacerlo.
–¿Qué estás haciendo? –le preguntó ella, con la voz pesada por la plenitud que había experimentado, mientras Val la tomaba en brazos.
–Necesito un preservativo…
Si no se hundía dentro de Kiara en los siguientes sesenta segundos, iba a volverse loco.
–Soy demasiado pesada.
–No me insultes…
Abrió la puerta de su dormitorio con el hombro y la colocó encima de su cama, encantado al ver cómo la ropa mal colocada dejaba al descubierto un hombro y un seno. La falda levantada y la seda arrugada contaban su propia historia. El cabello revuelto y los párpados pesados le hacían querer separarle las piernas para darse un nuevo festín sobre su cuerpo.
Se arrancó prácticamente la camisa, pero luego se tomó su tiempo al ver la mirada de lujuria de Kiara. Se desabrochó el botón de los vaqueros y se bajó la cremallera con cuidado, dado que estaba muy excitado y presentaba ya una potente erección.
Kiara contuvo el aliento cuando, con una sola mirada, él le comunicó que deseaba hundirse entre los pliegues que había estado saboreando. Cuando ella se lamió los labios y lo miró con similar deseo, Val tuvo que contenerse para no perder el control. Una sensación de placer mezclada con dolor le estremeció el miembro, recordándole lo cerca que estaba. Sin embargo, no se pudo resistir a preguntarle.
–¿Deseas esto?
Kiara tragó saliva y lo miró. Entonces, asintió.
Val se temía que aquella mujer sería su perdición, pero se acercó a ella y dejó que lo tomara entre sus brazos. Era tan tentadora como lo había sido la primera noche, pero las caricias de la lengua y la ligera succión que aplicaba con los labios era puro paraíso.
Se contuvo todo lo que pudo, pero todo su cuerpo quería capitular a aquel delicado tormento. Sin embargo, la empujó sobre la cama. Él estaba al mando, ¿no?
– Grazie, bella, pero quítate la ropa –le dijo casi sin reconocer su voz–.
Deseo tu cuerpo entero.
La ayudó, deslizando los dedos sobre los suaves hombros. Entonces, la puso en pie de nuevo para que el vestido se le deslizara por el cuerpo hasta aterrizar en el suelo. Ella se desabrochó el sujetador y lo dejó caer también.
Se dio un festín con cada centímetro de su cuerpo. El aroma de su sexo los envolvía a ambos y Val se inclinó sobre ella de nuevo, pero recordó que necesitaba un preservativo. Recogió los vaqueros para sacar la cartera.
–Yo… sigo con la píldora –le dijo ella muy suavemente–. Esta vez es la dosis habitual. Sin embargo, si prefieres utilizar uno… para asegurarte… –
añadió mientras observaba cómo él se colocaba el preservativo.
Val quería estar seguro, pero, cuando la empujó de nuevo sobre el colchón, ya no estuvo seguro de nada.
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