E-Pack Bianca octubre 2020
Cap�tulo 2
Capítulo 2
VAL, NO te precipites –le espetó Evelina–. Pelearemos…
–Recoge tu dinero y vete a casa, madre. Te llamaré cuando esté dispuesto a volver a hablar contigo.
Evelina no se inmutó siquiera, pero el tono de Val hizo que Kiara temblara dentro de sus zapatos de diseño. ¿Matrimonio? De todas las reacciones que había tratado de anticipar… No, no haría algo así. Aún estaba tratando de asimilar el hecho de que él ni siquiera sabía que había estado embarazada. Ese hecho le impedía en cierto modo sentir resentimiento hacia él
–Kiara no puede rechazar el dinero –dijo Davin–. Es de Aurelia. Cuando ella tenga veinticinco años y se haga con el control de toda su fortuna, Aurelia podrá hacer lo que quiera. Hasta entonces, el dinero permanecerá en un fondo para ella. A la señorita O’Neill se le ha asignado una cantidad razonable para que le pueda proporcionar a Aurelia un hogar estable y una buena educación. También hay una asignación para el sueldo de administrador. La señorita Walker iba a ser la responsable…
–¿Estamos hablando de la señorita Walker que, en estos momentos, está pariendo al heredero de mi medio hermano? Diablos, no –afirmó Val.
–Scarlett está dando a luz –replicó Kiara. Se sentía muy preocupada por su amiga–. Y yo iba a ayudarla a hacerlo. Tengo que ir al hospital.
–De ninguna manera –afirmó Val–. La última vez que desapareciste, tenías a mi hija y conspiraste con mis padres para ocultármela durante tres años.
Kiara decidió echar mano del sarcasmo para poder enfrentarse a él.
–¿Acaso hemos tenido relaciones sexuales hoy? No me he dado cuenta.
Recuerdo que eres muy rápido, pero creo que esta vez no ha pasado nada.
Val colocó las manos encima de la mesa, atrapándola con su peligrosa mirada.
–¿Quieres que recite todo lo que yo recuerdo de aquella noche juntos?
Kiara sintió cómo los eróticos recuerdos se le despertaban en el vientre.
El calor fluyó dentro de espacios secretos y sintió que los pezones se le ponían erectos. ¿Por qué había pensado que la seda era buena elección?
Seguramente Val podía ver el efecto que aquellas palabras habían tenido en ella. Después de todo, era un seductor muy experimentado.
No obstante, tal vez tenía derecho a sentirse enfadado. Ella se había sentido herida por su comportamiento, pero ocultarle el nacimiento de Aurelia nunca le había parecido bien. Desde el momento en el que supo que estaba embarazada, había querido decírselo. Hasta aquel momento, su reacción no había sido muy positiva, pero ella siempre había acariciado el sueño de que él terminara enamorándose de su hija.
¿Por qué? ¿Tal vez porque ella había crecido sin padre? No estaba segura.
–No es necesario repetir nada –musitó mientras recogía su bolso–. Tengo que hacer algunas llamadas –dijo, al darse cuenta de que aquella iba a ser su primera noche lejos de su hija mientras Scarlett traía a su propio bebé al mundo–. Os dejo para que ultiméis los detalles.
Davin asintió, pero Val se reunió con Kiara en la puerta.
–Gracias –murmuró ella al ver que él se la abría
Val salió detrás de ella. Parecían saltar chispas entre ellos mientras avanzaban por el pasillo hacia el ascensor
–Hmm… –murmuró Kiara. Iba a preguntarle qué era lo que estaba haciendo, pero resultaba evidente que él también se marchaba.
Val sacó su teléfono para realizar una llamada mientras los dos esperaban el ascensor. Kiara sacó también el suyo y vio los mensajes de Scarlett. Los leyó mientras entraban en el ascensor.
He roto aguas. ¡Ayuda!
Scarlett debió de enviarle aquel mensaje mientras estaba en el cuarto de baño. Kiara se maldijo por haber silenciado el teléfono cuando entró en la sala de reunión.
Acaba de llegar la madre de Javier. ¿Qué hago?
Después:
Javier me va a llevar al hospital. Llámame cuando puedas.
Kiara contuvo un gruñido de desesperación y marcó. A su lado, Val le dijo a su interlocutor:
–Quiero casarme. No, aquí no. En Italia.
Kiara se quedó boquiabierta. Justo en aquel momento, llegaron a la planta baja. Y Scarlett por fin contestó la llamada.
–¿Te encuentras bien? –le preguntó Kiara mientras observaba cómo Val se metía el teléfono en el bolsillo.
Él la miraba fijamente mientras se apoyaba sobre la puerta para bloquearla, atrapándola allí.
–Estoy de parto, ¿cómo crees que me siento? –gruñó Scarlett–. ¡Dios mío! ¿Cómo conseguiste sobrevivir a esto?
–Voy de camino –prometió Kiara mientras apartaba a Val de la puerta para poder salir del ascensor–. Salgo ahora mismo de la reunión.
–Espera… Javier quiere acompañarme…
–Está bien –dijo ella mientras se detenía en medio del vestíbulo–. ¿Y qué quieres tú?
–¡No lo sé! Tuve que decirle todo y ahora cree que tú no deberías estar aquí… por Val.
Val estaba junto a ella y, probablemente, estaba escuchando cada palabra.
–Escucha –le dijo a Scarlett–. Si quieres que sea Javier el que te acompañe, no hay problema. Lo comprendo perfectamente. Si el hecho de que yo vaya al hospital va a causarte más estrés que consuelo, iré a un hotel y esperaré allí. Si decides que quieres que vaya, llámame. No importa si es en medio de la noche. Iré. ¿Te parece bien?
–Gracias –dijo Scarlett sollozando un poco–. Estoy fatal y… ¡Ay! Aquí viene otra… –gritó mientras contenía audiblemente la respiración. Una voz masculina dijo algo y ella replicó con tono indignado–. Estoy respirando.
¿Qué sabrás tú de lo que hay que hacer? ¡Dios mío! Te odio por haberme hecho esto…
La llamada terminó, seguramente porque Javier le quitó a Scarlett el teléfono de la mano. Kiara frunció el ceño con preocupación y se guardó el teléfono en el bolsillo.
–Se tarda dos semanas –dijo Val.
–¿El parto? El mío duró catorce horas.
–El matrimonio –replicó él entornando la mirada–. Lo podemos hacer más rápido en otro sitio, como aquí en Grecia, pero quiero casarme en Italia.
Kiara ignoró aquel comentario y se dirigió al mostrador de seguridad.
–Necesito mi coche y una reserva en un hotel cerca del hospital.
–Mi chófer está aquí –afirmó Val mientras le indicaba un sedán negro que estaba aparcado frente al edificio.
Kiara abrió la boca para protestar, pero él le dijo:
–Aún no hemos terminado, Kiara. De hecho, ni siquiera hemos comenzado.
Kiara tragó saliva con resignación y se marchó con él.
A su lado, Kiara le estaba diciendo a alguien por teléfono que Scarlett se había puesto de parto.
–Se ha adelantado un poco, sí, pero solo una semana más o menos.
Pasaré aquí la noche por si me necesita. ¿Está dormida Aurelia? Llámame cuando se despierte. Te enviaré un mensaje cuando tenga noticias. Gracias.
–¿Dónde está ella? –preguntó Val. Casi no había podido asimilar que tenía una hija. Aún seguía cegado por la conspiración de mentiras y secretos que la habían mantenido oculta para él.
–En la isla. Esa era una de sus niñeras.
Val observó el vestido de seda, el bolso vintage y los zapatos firmados por un diseñador italiano contemporáneo que utilizaba los relojes de pulsera de oro como correa para el tobillo.
–Sé distinguir la alta costura cuando la veo. Y también la culpabilidad –
replicó mientras la observaba con expresión tensa.
–Una madre tiene que cargar con mucha culpa con respecto a su hijo, en especial si trabaja. Si el trabajo no es necesario para la supervivencia, la culpabilidad es doble. Y si el trabajo que haces es creativo y no te reporta un sueldo… En ese caso se necesita un tren para transportarla.
Kiara no estaba excesivamente delgada y no parecía que siguiera una estricta dieta. Su cuerpo era sexy y perfecto. Val había pensado que su reacción ante ella hacía tres años había sido producto de la necesidad de quemar la tensión que sentía por haber decidido casarse con una desconocida. Sin embargo, sentado junto a ella, notando el aroma de su piel,
lo estaba afectando profundamente. Tuvo que rebullirse un poco para hacerle sitio a la entrepierna, que estaba empezando a molestarle. Él no deseaba a ninguna mujer. Disfrutaba del sexo, pero el deseo era un sentimiento que se podía usar para manipular a los demás. A pesar de todo, no pudo evitar mirarle las rodillas y recordar lo suave que era su piel y el modo en el que se calentaba bajo sus caricias y su sabor contra sus labios.
La tensión en la entrepierna se acrecentó.
En ese momento, Kiara se bajó el vestido para cubrirse las rodillas.
Entonces, lo miró para ver si él se había dado cuenta y las miradas de ambos se cruzaron.
–Me siento culpable por haber permitido que mi padre te vista –dijo, observando el vestido color amarillo pálido–. Yo te buscaré colores y estilos que te favorezcan más.
Estudió sus rotundas curvas de arriba abajo.
Ella levantó los senos al contener el aliento y el modo en el que los pezones se irguieron contra la seda provocó que la tensión en los pantalones de él se acrecentara un poco más.
–Niko insistió en que yo necesitaba un guardarropa adecuado –
tartamudeó con ingenuidad–. Dado que he estado yendo y viendo de París, lo compramos todo allí, pero siempre nos llevamos a Aurelia.
–¿Compramos? –repitió él. Su posesiva naturaleza llegó a un nuevo nivel con aquella palabra.
–Scarlett y yo –aclaró ella.
–¿De verdad va a tener un hijo de ese cerdo?
–Sí, Scarlett va a tener el hijo de Javier, sí –respondió ella, tensándose–.
También es mi amiga, así que te agradecería que hablaras más amablemente sobre ella.
–¿Y cómo ha sido eso? Aparte de lo evidente, claro está. ¿Le pagó mi padre para que se quedara embarazada?
–No. ¿De dónde sacas la idea de que todas las mujeres van por ahí quedándose embarazadas por dinero?
–Tal vez no todas las mujeres, pero, en esta familia, es demasiado común.
Yo soy el resultado de esa táctica y Paloma se casó con mi padre y tuvo a Javier porque su familia estaba en la ruina.
–Bueno, yo tomé precauciones que fallaron y Scarlett podrá hablar del tema si quiere hacerlo. Yo no pienso estar chismorreando sobre ella, pero te
pido que tengas algo de empatía con ella. Estas últimas semanas han sido muy difíciles. Su embarazo no ha sido muy fácil. Niko estaba en sus últimos días y supongo que sabes que Javier acaba de salir del hospital.
–Lo vi en la prensa.
Val no se alegraba de que su medio hermano hubiera estado a punto de morir por el ataque de un jaguar. Javier había perdido un ojo si lo que había leído era correcto.
Llegaron a su hotel e, instantes después, observó cómo ella miraba a su alrededor tal y como había hecho tres años atrás, cuando él la llevó a la suite de su hotel de Venecia. Después de observarlo todo, Kiara se quitó la chaqueta y fue a colocarse junto a la ventana.
Sintió deseos de tocarla, pero, en ese momento, Kiara se dio la vuelta y suspiró.
–¿Es esa la razón por la que lo hiciste? –preguntó, sabiendo instintivamente que ella estaba buscando su bloc de dibujo–. ¿Mi padre apoyó tu arte? Vi la pintura del vestíbulo.
Ella separó los labios y la culpabilidad se reflejó en su rostro.
–Yo te ayudé a darte a conocer –le recordó Val.
–Yo podría haber tenido que recurrir a vender esos dibujos si tu padre no me hubiera ofrecido su apoyo, pero así fue.
–¿Cuándo? ¿Estabas trabajando para él cuando nos conocimos?
–No –insistió ella–. Y también te aseguro que no tuve intención alguna de quedarme embarazada. Sinceramente pensaba que estaba protegida.
Cuando me di cuenta, tú estabas ya de luna de miel.
–Y por eso, llamaste a mi madre y le dijiste que tenías intención de abortar.
–¿Acaso me vas a juzgar por eso?
–Te juzgo por haberle dicho a todo el mundo menos a mí que estabas esperando un hijo mío.
–Tu madre fue la única persona a la que se lo dije. Solo la llamé porque me sentía desesperada, financiera y emocionalmente. Yo no tenía familia ni siquiera un grupo de amigos. No tenía ni idea de qué clase de madre podría ser, dado que jamás había planeado serlo. Tenía lo de Venecia pendiente en mi tarjeta de crédito, aparte de otros gastos. No me siento orgullosa, pero tampoco estoy avergonzada. Hasta que me quedé embarazada, el arte era lo único que me importaba. Trabajaba en lo que podía para pagarme la comida
y mis pinturas, y no necesariamente en ese orden. No tenía piso, solo una habitación con una cocina compartida y un cuarto de baño. Esa clase de alojamiento estaba bien para mí, pero sabía que no podía criar a un niño así.
No tenía estudios para conseguir un trabajo mejor. Casi no sé ni escribir sobre el teclado de un ordenador e incluso los diseñadores gráficos tienen que tener conocimientos de informática. Escribir que estaba embarazada en mi currículo no suele reportar muchas ofertas de trabajo. Habría tenido que pedir ayudas del estado durante años para salir adelante. Yo ya me había pasado la mayor parte de mi infancia bajo la tutela del estado. Tenía que explorar todas mis opciones, así que, por muy duro que pueda parecer, llamé a tu madre. Pensé que, dado que ella había estado en una situación similar, podría ofrecerme algo de empatía o tal vez ofrecerme una solución.
–Qué ingenua eres…
La madre de Val había sido la amante de Nikolai Mylonas hasta el día en el que Niko se casó con Paloma. Evelina se quedó embarazada más o menos al mismo tiempo que la esposa de Nikolai. Val había sido el producto de los esfuerzos de Evelina para poder reclamar la fortuna de Niko. Y Niko había tenido dos hijos con dos días de diferencia.
La guerra sobre los derechos de sucesión había estado disputándose desde entonces.
–Tu madre me dijo que si yo tenía un hijo tuyo podría arruinarnos la vida a ti y a mí y que no volviera a ponerme en contacto con ella –recordó Kiara con gesto sombrío–. Sin embargo, debió de llamar a Niko porque Scarlett me llamó a mí unas horas después y se presentó a visitarme al día siguiente.
Me convenció que viniera a Grecia a conocer a Niko. Niko ya estaba en tratamiento y me dijo que sus dos hijos le habían dado la espalda. Quería un heredero y me dijo que tu hijo le valdría perfectamente. Se ofreció a construirme un estudio. Eso fue una oferta que yo no pude resistir. Sin embargo, la razón más importante por la que decidí quedarme fue simplemente que él era el abuelo de Aurelia. Quería que mi hija pudiera disfrutar de él. No te voy a decir que fuera muy cariñoso con ella, pero, a su manera, se sentía muy orgulloso de ella. Me pareció que eso era lo mejor que podía hacer.
–Pensaste que era moralmente correcto permitir que él formara parte de su vida, aunque yo no sabía ni que ella existía. Yo, su padre.
–¡Por lo que yo sabía, tú conocías su existencia y no te importaba! –rugió ella–. El modo en el que has reaccionado hasta ahora solo ha reforzado este pensamiento de que Niko estaba en lo cierto. Me habrías presionado para que me decantara por un lado.
–Y lo hiciste. Te decantaste por el suyo.
–Yo no lo veo así –replicó ella–. A Niko no le quedaba mucho tiempo de vida. Tener a Aurelia en su vida le dio una sensación de paz en sus últimos días.
–Cómo me alegro por él.
–¡Sabías que estaba enfermo! Podrías haber venido a verlo y te habrías enterado de que tenías una hija.
–¿No te parece una racionalización demasiado simplificada por tu parte?
Mi padre sabía que yo no iba a venir y también lo sabía Scarlett.
–¿Por qué lo odiabas tanto?
Tal vez Val podría haber soportado las comparaciones con su hermano, pero nunca le perdonaría a Niko que él hubiera menospreciado la queja que hizo en contra de la administración de la escuela. Niko había decidido que todo había sido una gamberrada por parte de Val y decidió no hablar más al respecto.
Val jamás se había sentido tan indefenso ni furioso en toda su vida. Tan abandonado. Por pura desesperación, había empezado una campaña de peleas, bromas de mal gusto y borracheras hasta que el colegio había decidido echarle para siempre.
–¿Y por qué diablos te caía tan bien a ti? ¿Por qué creíste que se merecía tiempo con mi hija más que yo?
–Se estaba muriendo… Le habían dado el diagnóstico justo antes de…
Venecia. Cuando yo lo conocí, estaba ya bastante enfermo. Débil y asustado. Yo no tenía planeado quedarme en Grecia, pero no podía marcharme.
–Estoy seguro de que fue una elección muy difícil.
–No fue por avaricia…
–Oh, no te culpo por haber aceptado los incentivos que él te ofreció –le aseguró Val–. Si no te hubiera conquistado con la miel del dinero, lo habría hecho con métodos mucho más agresivos y opresivos –añadió mientras se dirigía al bar para tomar una botella de whisky–. Esa es la clase de hombre que yo recuerdo, la clase de hombre que sé que era. Controlador. Exigente.
Yo rechacé su fortuna para no tener que plegarme a él del modo en el que lo has hecho tú. ¿Crees que no veo su mano en todo esto? Te mantuvo en la isla como si fueras una cabra en una granja.
–¡No fue así!
–Claro que era así. Es adorable que pienses que le interesaba su nieta, pero él se estaba vengando de mí por haberme casado con Tina en contra de sus deseos. La paz que parecía estar exhibiendo en sus últimos días le venía del hecho de saber que no tardaría en darme una patada, tal y como lo ha hecho hoy.
–¿De qué patada estás hablando? Tú no querías su dinero.
–Y no lo quiero.
El mejor día de la vida de Val había sido el último que pasó en el internado, cuando por fin se decidió que iban a expulsarlo. Le había dicho a su padre que se metiera su fortuna donde le cupiera y había buscado a Javier para decirle que se quedara con todo, porque él lo necesitaba más.
Javier la había necesitado, efectivamente. La familia de su madre estaba totalmente arruinada y le había correspondido a Javier tratar de sacarlos adelante. Sin embargo, Javier poseía muchas carencias, y una de ellas era el orgullo. Val había sabido que a su medio hermano le dolería quedarse con todo por su renuncia. Tal y como Val había imaginado, Javier no pudo soportarlo y terminó rechazando también todo el apoyo de Niko. Consiguió salir adelante con su propio esfuerzo.
–Niko me dijo en una ocasión que lamentaba mucho cómo había manejado la situación con vuestras madres –dijo Kiara en tono conciliador–. Le habría gustado pelear más por tener una mejor relación con vosotros.
–Si hubiera querido tener una mejor relación con nosotros, no debería haber utilizado sus últimos actos para enemistarnos de nuevo. Y tú no deberías haberte puesto de su parte y haberme mantenido a mí al margen todo este tiempo.
–¿Qué es lo quieres? ¿Una disculpa? Estabas casado. Por lo que yo sé, me dejaste en tu cama para pedirle matrimonio a tu futura esposa.
–Hablé con su padre…
–Sea como sea, resultaba evidente que tú y yo no teníamos un futuro juntos –le espetó ella con expresión dolida en el rostro–. El hecho de que se me pagara por mis servicios no me hizo pensar que a ti te habría gustado
criar a un bebé a mi lado y que era mejor que te dijera inmediatamente que estaba embarazada. Tu madre…
–Espera. Detente. Te dejé el dinero por el dibujo que me llevé.
–Claro, sí… –replicó ella con ironía. Se dio la vuelta para ocultar que, tal vez, se sentía insultada… Incluso humillada.
–Sabías que quería ese dibujo –le recordó con dureza–. ¿Cómo es posible que el hecho de que yo te dejara dinero pudiera convertirse en que tú pensaras que te estaba pagando por el sexo?
Kiara se dio la vuelta para enfrentarse de nuevo a él.
–Te dije que normalmente sacaba treinta o cuarenta euros. Me dejaste quinientos –le espetó ella con los ojos llenos de vergüenza–. Y seguramente que lo tiraste una semana más tarde.
–¿Por eso no te llevaste el dinero? ¿No creías que valieras tanto?
Val estaba hablando sobre su trabajo, pero de repente, un fogonazo de vulnerabilidad pareció vaciarle el alma antes de que Kiara se cruzara de brazos y se dirigiera junto a la ventana.
–Evidentemente, terminé por arrepentirme de eso –musitó.
¿Cuándo? ¿Antes o después de que ella se hubiera convertido en deuda con el padre de Val?
Val se sirvió el whisky del que casi se había olvidado, mientras trataba de asimilar aquella nueva información.
–¿Cuánto te pagan hoy en día? Por tu trabajo –aclaró, al ver que ella se tensaba.
Kiara guardó silencio antes de contestar, de mala gana.
–Unos cuantos cientos, pero son óleos completamente terminados. Por el del vestíbulo me dio dos mil, pero fue nepotismo por parte de Niko. La mayoría no los he vendido todavía. Se los he enviado a mi agente para la exhibición.
–¿En una galería de arte? ¿Dónde?
–En París. Dentro de tres semanas –respondió. Mencionó el nombre, observando cómo reaccionaba él mientras se acercaba con las bebidas–. Mi agente la reservó hace mucho tiempo –añadió mientras aceptaba el vaso que él le ofrecía–. Cuando pensábamos que Niko tenía más tiempo y antes de que Scarlett… Bueno, no puedo beber. Scarlett podría necesitarme. De hecho, debería mantener mi teléfono a mano para no perder otra llamada.
Kiara utilizó como excusa que tenía que buscar su teléfono para poner distancia entre Val y ella. Aún estaba tratando de asimilar que él no la había pagado por el sexo. Otro ladrillo de su muro defensivo que se hacía añicos, haciéndola sentir que se había equivocado. Sin embargo, ¿qué opciones había tenido entonces?
No tenía ninguna notificación en su teléfono, lo que la enojó.
–Es una buena galería –comentó Val mientras se vertía la bebida que ella había rechazado en su propio vaso y se acercaba a ella junto a la ventana–.
¿Quién es tu agente?
Kiara le contestó. Se dijo que solo admiraba sus formas masculinas como artista, pero tuvo que reconocer que el modo en el que el vaquero se le ceñía al trasero era sublime.
–Mi padre se tomó muchas molestias por ti –dijo Val en tono despreciativo mientras tomaba un sorbo del whisky.
–Puedes pensar lo que quieras, Val, pero cuando Niko se enteró de que yo estaba embarazada, su primera reacción fue ofrecerme su apoyo. La tuya fue decirme que era una cazafortunas y decir que ni siquiera querías saber el nombre de tu hija. ¿Quieres ser padre o solo quieres juzgarme por las elecciones que tuve que hacer como madre? ¿Se debe toda esta ira a algo que tiene que ver conmigo y con Aurelia o se trata más bien de los asuntos sin resolver que tienes con un muerto?
Val esbozó una oscura sonrisa en el rostro.
–¿De verdad quieres psicoanalizarme, Kiara? Te estarías metiendo en aguas profundas.
–Me gustaría saberlo –respondió ella. Tomó asiento y agarró un cojín para abrazarlo y deslizar los dedos por el sedoso tejido. Era consciente de que parecería que lo estaba utilizando como escudo, abrazándolo como Aurelia abrazaba a su osito, pero necesitaba algo en lo que apoyarse–. ¿Te gustaría más que yo dependiera de tu dinero en vez de en el de tu padre? ¿O
acaso debería haber aceptado trabajos menores para demostrar qué? ¿Que no necesito ayuda? ¿Acaso ese noble sufrimiento serviría para neutralizar el desprecio que sientes por mí?
–Sería un comienzo…
–¿Sabes lo que me asquea a mí? –replicó ella arrojando el cojín de nuevo sobre el sofá–. Que tuvieras el lujo de rechazar a tu padre y a su dinero y lo
hicieras. ¿Resulta difícil vivir con tu madre? Pues la mía está muerta.
Imagínate escuchar eso a los nueve años.
Kiara no había tenido intención de revelar aquel detalle. Era una angustia muy privada, muy íntima, pero se negaba a que Val la etiquetara de avariciosa y de sicofante.
–Se me adjudicó una cama en una habitación con otras tres chicas más y un único cajón en el que guardar lo poco que se me había permitido que me llevara de mi casa. Durante el resto de mi infancia, tuve que ponerme ropas usadas de una caja que llegaba cuatro veces al año. No era buena estudiante y se me daban muy mal los deportes. No era muy extrovertida ni cantaba bien ni destacaba en nada. Los pocos amigos que hice eran tan desdichados como yo y, en cuanto pudieron, se distanciaron de toda esa vida, incluida yo.
Val no se había movido. Ni siquiera bebía. Solo la observaba como si estuviera sopesando cada una de sus palabras, como si estuviera tratando de averiguar si mentía.
–Sin embargo, tenía mi arte –añadió con la voz quebrada por la emoción–. Al carboncillo no le importa si hueles fatal. Tuve que realizar trabajos horribles para gente horrible y viví en condiciones paupérrimas, pero nunca me importó porque tenía mi bloc, que era mi llave a un mundo mejor. Cuando tú me dejaste ese dinero, lo miré durante mucho tiempo antes de decidir que era una línea que no podía cruzar.
–Te repito que era por el dibujo –insistió él antes de tomar un trago de su copa.
–Cuando me enteré de que estaba embarazada, no me importó por lo que me hubieras pagado –dijo–. Mi vida siempre había sido muy dura y sabía que saldría adelante de un modo u otro, tal vez tratando de ver lo que podía conseguir por los dibujos que tenía de ti, pero tu padre me hizo una oferta que significaba que podía darle a Aurelia la clase de futuro que no incluiría ni chinches en la cama ni padres de acogida pervertidos. Si yo muriera, ella siempre tendría algo. ¿Acaso no te parece que tu hija se merece vivir con comodidad? ¿Tan mala soy por darle lo mejor que yo podía darle?
Kiara estaba temblando. Val la observaba con un cínico gesto de desdén dibujado en la comisura de la boca.
–Si supieras cuántas historias lacrimógenas he tenido que escuchar en boca de mi madre a lo largo de mi vida…
Val se tomó un buen trago de whisky para no tragarse todo lo que ella le había dicho.
–Eso de darle lo mejor a tu hija… He visto ese episodio más veces de las que soy capaz de contar.
Kiara dejó escapar un gemido de dolor, como si él la hubiera golpeado físicamente. Parpadeó rápidamente. Los ojos se le habían llenado de lágrimas.
–Necesito ir al cuarto de baño –susurró.
Val frunció el ceño mientras ella salía corriendo.
Las lágrimas eran una parte más del espectáculo, para venderle lo doloroso que había sido sentirse rechazada y conseguir que él creyera que el sufrimiento que Kiara había estado sintiendo era real. Eso habría sido lo que su madre habría hecho.
«No te lo creas», se advirtió. Kiara era el enemigo. Exactamente lo mismo que el resto de las personas a las que llamaba familia.
Entonces, ¿por qué había dejado ella el dinero aquella noche?
No hacía más que pensar en aquello, en especial a la luz de lo que Kiara le había dicho hacía unos minutos.
Tres años atrás, había considerado que el hecho de que ella dejara el dinero era un gesto encantador, como si ella hubiera decidido regalarle un recuerdo de la noche que habían pasado juntos permitiéndole que se quedara con el dibujo sin pagar.
Por supuesto, él había esperado que ella consiguiera compensación vendiendo sus desnudos, pero, por lo que sabía, Kiara nunca había vendido aquellos dibujos de él. Ni siquiera para mantener a su hija, aunque eso probablemente habría revelado a todo el mundo que la niña era de Val. Por lo tanto, entendía que ella hubiera terminado no vendiéndolos.
Sin embargo, ello le habría permitido pedirle apoyo a Val.
«Lo miré durante mucho tiempo antes de decidir que era una línea que no podía cruzar».
Si Kiara era tan mercenaria como Evelina, ¿por qué no se había llevado el dinero que él le había dejado y por qué no había regresado a por más?
Sin embargo, sí que se había llevado el dinero. Más tarde. De su padre.
Después de tratar de ponerse en contacto con él.
En realidad, ella no había ido a buscar a su padre. Había sido su madre la que había provocado aquella alianza.
¿Por qué le molestaba que ella hubiera apoyado tanto en su padre?
¿Acaso le obsesionaba ganarle la mano a un hombre que ya estaba muerto?
Si Niko y su fortuna no hubieran existido nunca, tampoco habría existido Val.
Kiara regresó. Sin mirarlo, fue a buscar su bolso. Se había retirado el maquillaje del rostro y tenía el cabello húmedo pegado a la frente. Tenía también unas cuantas gotas de agua sobre el vestido.
–Por muy encantadora que haya sido esta reunión –dijo con voz aún temblorosa–, voy a pedir abajo que me busquen otro hotel –añadió, mientras recogía su teléfono–. El hecho de que mi hija tenga capacidad para dejar a un hombre que le quiera cortar las alas es la razón por la que nunca me arrepentiré de haber aceptado el dinero de tu padre.
En ese momento, el teléfono comenzó a sonarle en la mano. Una tremenda vulnerabilidad se le dibujó en el rostro al ver en la pantalla quién la llamaba. Consiguió esbozar una sonrisa mientras tocaba la pantalla para contestar.
–Hola, cielo.
Una alegre y jubilosa voz infantil resonó como respuesta.
–¡Mami!
–¿Te lo estás pasando bien con la niñera? –le preguntó Kiara mientras se sentaba en el sofá.
La vocecita infantil comenzó a balbucear sobre marisoplas en el jardín.
–¿Has visto a Kitty? –le preguntó Kiara.
Val no se pudo resistir. Se acercó a Kiara. Ella le dedicó una mirada de verdadero miedo. Agarró con fuerza el teléfono y tensó el cuerpo.
Val permaneció fuera del ángulo de la cámara, pero pudo apreciar el pequeño rostro ovalado que aparecía en la pantalla. Tenía la piel algo más clara que la de su madre, pero los labios eran los de Kiara. El cabello rizado le enmarcaba el rostro como si fueran los pétalos de una flor. La pequeña estaba señalando hacia otro lado, contándole a su madre una historia que no tenía ningún sentido, pero que él podría haber escuchado atentamente durante horas.
Cuando Kiara volvió a mirar hacia la pantalla, Val vio unos ojos grises, casi plateados, muy parecidos a los de él y sintió algo muy pesado en el pecho. Quería disculparse con ella por haberla mancillado con sus dudas.
La niña era tan natural, frágil y pura…
Aunque sabía que no tenía derecho a mancillar su existencia con la suya, en lo único que podía pensar era en que quería a aquella niña.
¿Por qué? Nunca le habían gustado los niños. Eran revoltosos y llorones y, la mayoría de ellos, meros proyectos de vanidad de sus padres, pero aquella niña… Quería atravesar la pantalla y llevársela. ¿Adónde? ¿Para qué? No lo sabía. Solo sabía que quería tomarla entre sus brazos, estrecharla contra su cuerpo y asegurarse de que nada turbaba la dulzura que comunicaba con tanta naturalidad.
–No, no, cielo. En mi estudio no –le decía Kiara–. ¿Te acuerdas? Me fui en el helicóptero con la tía Scarlett. Tengo que quedarme aquí con ella. Va a tener a su bebé.
–¿Puedo verlo?
–Todavía no, cielo. Muy pronto.
La sonrisa de Kiara era tan tierna… Val tuvo que frotarse el pecho con la mano para aliviar la sensación que estaba experimentando en el corazón.
Tuvo que recordarse incluso que debía respirar.
–Volveré por la mañana. Solo una noche más –le prometió Kiara.
–No, mami… –susurró la niña frunciendo el ceño–. Te quiero ahora…
–Ay, cariño… –murmuró Kiara. Los ojos se le llenaron de lágrimas y la sonrisa le tembló en los labios.
La niñera apareció en la pantalla para distraer a la pequeña. Se despidieron rápidamente y le prometieron a mamá volver a llamarla antes de que fuera la hora de irse a la cama.
Cuando la llamada terminó, Kiara se apretó el teléfono contra los pechos, conteniendo el aliento para recuperar la compostura.
–¿Ves? –le preguntó, fingiendo esbozar una alegre sonrisa–. No necesito que me hagas sentir culpable. Ya me siento así permanentemente, muchas gracias.
Metió el teléfono en el bolso y se dirigió hacia la puerta.
–Kiara….
«¿Quieres ser padre?».
No sabía en realidad lo que quería más allá de lo que le dijo a continuación:
–Quiero a mi hija.
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