E-Pack Bianca octubre 2020
Cap�tulo 11
Capítulo 11
VARIOS días después de volver de Nueva York, Alex se observó desnuda en el espejo empañado del cuarto de baño. Sentía algo raro. Su vientre y sus senos estaban tensos, pesados. Igual que el resto de su cuerpo
¿Sería por el estrés de los últimos meses o era algo totalmente diferente?
No parecía posible. Ya antes de conocer a Vincenzo tomaba la píldora y tras casarse, habían dejado de usar preservativos.
Alex habría querido hablar con Greta, pero se había ido. Igual que los demás. La villa ya no les pertenecía: era de Vincenzo. Y algún día sería de Charlie.
Súbitamente estuvo segura: también le pertenecería al bebé que esperaba.
Esperó un segundo, pero en lugar del pánico que asumió que sentiría, la invadió una profunda calma a pesar de que era consciente de que en aquel mismo momento, Vincenzo, Leo, Massimo y Greta estaban en las oficinas centrales de BFI, manteniendo una reunión de urgencia: la junta iba a emitir un voto de no-confianza contra Leo y Vincenzo sería elegido presidente de Brunetti Finances Inc.
Y aunque sufriera por verlos partir, sentía el alivio de saber que la guerra de Vincenzo había llegado a su fin. Y de que, a pesar de todo, los Brunetti no lo odiaban por ello.
Por fin podrían concentrarse en el futuro. Y cuando formaran una familia, una vez Vincenzo tuviera todo lo que quería, a ella, a Charlie, al bebé, tal vez abriría su corazón lo bastante como para entender lo que los Brunetti significaban para ella. Porque si Vincenzo lograba dejar ir el pasado, sería libre.
Alex sonrió a su imagen, sintiendo que todo era posible. Y esa confianza hizo que la esperanza prendiera con fuerza en ella.
Vincenzo subió las escaleras de la villa en busca de su esposa. Todos los representantes del mundo financiero de Milán estaban en el jardín, celebrando su victoria, alabándolo, buscando su favor.
Pero en lugar de disfrutar de su nueva posición, estaba inquieto porque Alex apenas había hecho acto de presencia, ni cuando había vuelto de la reunión ni durante la fiesta.
Su irritación se diluyó en cuanto entró y la vio en la terraza con un vestido rosa, el cabello suelto soplado por la brisa y la gargantilla de diamantes que él le había comprado el día anterior.
Sin embargo, la expresión tensa de su rostro le indicó que era infeliz y Vincenzo se sintió corroído al instante por la culpa.
–¿Ya estás contento? –preguntó ella con aspereza.
Él se encogió de hombros, poniéndose en guardia.
–Alessandra, esta noche quiero celebrar, bella, no tener una pelea.
Ella asintió. Daba la sensación de estar protegida por un muro de aristas.
–Yo también quería celebrar tu victoria. Hasta he pensado en ella como una liberación del pasado que te haría mío, solo mío.
–Lo soy, bella. Ya te lo he dicho.
–Solo bajo tus condiciones, V. Aun así, estaba contenta por ti. Y ansiaba contarte la noticia que llevo queriendo compartir todo el día contigo.
Quería… –una lágrima rodó por su mejilla–. Lo quería todo.
Vincenzo se acercó a ella sintiendo que el terror lo ahogaba.
–Alessandra, sabías que esto iba a suceder, bella.
–Sí. De hecho, les pedí a Leo y a Massimo que te perdonaran, les conté lo mal que lo habías pasado con tu madre, lo que habías tenido que luchar.
Hasta me reconcilié con el hecho de que siguieras tu camino. Y a pesar de todo… te amo, V. Más que a nada en el mundo. Y por eso esto me duele tanto.
Sus palabras fueron como puñetazos en el pecho de Vincenzo.
Alessandra lo amaba. El suelo se abrió bajo sus pies y no supo a qué asirse.
–Alessandra…
Ella se alejó de él.
–Siempre pensé que podría salvar a Leo, a Massimo y a Greta de ti. Pero no lo necesitaban, porque aun después de que se lo hayas arrebatado todo, están bien. Eres tú quien ha perdido todo lo que importa, quien necesita ser salvado.
Vincenzo se sintió como si lo abofeteara.
–Yo no necesito que me salven.
Alex siguió hablando como si no le hubiera oído.
–Eso es lo más importante que he aprendido en este tiempo. Nadie puede salvarnos. Por más que haga, no puedo salvarte de ti mismo. Uno tiene que quererlo. Y confiar en que, en el proceso, alguien a quien amamos y que nos ame, esté a nuestro lado. Alguien que crea en nosotros cuando estamos tan ciegos que no vemos el camino –llorando, posó la mano en la mejilla de Vincenzo y continuó–: Tú lo hiciste por mí, me hiciste ver que debía quedarme y luchar. Me…
Sollozando, Alessandra se refugió en su pecho, pero Vincenzo no fue capaz de abrazarla porque sentía que se estaba ahogando.
–Alessandra, dime qué ha pasado.
–Tenías razón cuando decías que yo no comprendía la magnitud del daño que Greta os causó aquel día. No llegué a darme cuenta del rencor que debías de sentir cada vez que la veías. Poseer todo esto y no poder decirle a tu madre…
–Alessandra, hace tiempo que sabes todo esto. ¿Qué ha pasado?
Ella alzó la cabeza y, llevándose la mano al vientre, dijo:
–Estoy embarazada.
El golpe dejó a Vincenzo mudo unos segundos.
–¿Cuándo te…?
–Increíble, verdad. En lugar de aterrarme al ver el resultado del test, me he emocionado al pensar que tú y yo hubiéramos creado una vida. Pensaba que el universo me estaba dando lo que quería: una familia, un hijo del hombre al que adoro. Tenía todo lo que podía desear.
–Si es una buena noticia, ¿por qué lloras?
–Estaba tan exultante que he decidido perdonar a Greta por lo que te había hecho. En cuanto la he llamado he notado que algo iba mal y finalmente me ha contado que la amenazaste, exigiéndole su apoyo a cambio de mi felicidad. Su amor por mí y el mío por ti han sido tu moneda de cambio, ¿verdad, V? ¿Te das cuenta de lo espantoso que es eso?
–Alessandra, escúchame. Mi victoria hoy en BFI…
–Ya te he escuchado bastante. Se acabó, V. He perdido toda confianza en este matrimonio. Me prometiste que nunca me usarías en su contra, que me mantendrías al margen de tu guerra infernal, y no has cumplido tu palabra.
Has usado el sentimiento de culpabilidad de Leo y Massimo por lo que te hicieron otros para poder echarlos de aquí. Crees que el amor es una debilidad que se puede manipular. Nunca creerás en el amor porque llevas demasiado tiempo envenenado. Y aunque yo pudiera soportarlo, ni Charlie ni este bebé merecen eso.
–¿Así que vuelves a huir?
–No, me niego a aceptar menos de lo que merezco. Merezco estar con un hombre que reconozca que el amor es importante, en la misma medida que el bebé y Charlie merecen crecer con un padre capaz de amarlos.
Vincenzo retrocedió, dolido.
–¡Yo amaré a nuestro hijo! –dijo con vehemencia.
–¿Sí? ¿Le dirás lo que le has hecho a tus hermanos, le hablarás de sus primos? ¿Qué legado quieres dejarle, V, de amor o de odio y venganza?
–No hagas esto, Alessandra –dijo él con una desesperación que estuvo a punto de quebrarla–. ¿Vas a renunciar a Charlie?
–No. Ganaré su custodia porque tú me vas a ayudar a hacerlo. Nuestra relación ha acabado, pero no ante el mundo. Al menos hasta que Charlie esté conmigo. Espero que te quede suficiente honor como para cumplir tu palabra. En cuanto a criarlo, cuento con mi familia. Leo y Massimo me apoyarán.
–¿Y nuestro hijo?
–Haré lo que haga falta para protegerlo. Incluso de ti. Pero en cualquier caso, estoy segura de que no serías capaz de separar a una madre de su hijo.
–¿Vas a dejarme y aun así tienes esa fe en mí, bella?
–Sí. Porque solo te estás castigando a ti mismo. Veo el dolor con el que observas la complicidad que hay entre Leo y Massimo y que te admira la profundidad del amor que Greta siente por mí. Pero la gente que te ha rodeado todos estos años y en la que te has apoyado ha vivido obsesionada con la destrucción de los Brunetti. Para soportarlo, te has convertido en una isla, y yo no soporto ver cuánto sufres, cómo te consumes por culpa del dolor y la culpabilidad. Querías hacerte con este imperio, V. Ya lo tienes.
Pero no me tienes a mí.
Vincenzo la miró iracundo.
–Al menos no mientas diciendo que me amas, bella.
–Te amo con todo mi corazón. Tanto que solo quiero tu felicidad. Pero, al contrario de lo que crees, el amor no es una debilidad, V. A pesar de lo que me duele el corazón, jamás lo consideraría una debilidad.
Y con esas palabras, Alex se fue, dejando a Vincenzo con las manos vacías.
Vincenzo se repetía una y otra vez esas palabras mientras se paseaba por la villa con una botella de whisky entre los dedos. Por primera vez en su vida estaba completamente borracho. Deambulando de habitación en habitación, entró en la cocina, en la que la semana anterior habían resonado las risas de Natalie y de su hermano pequeño, que había ido de visita, y Neha se había quejado de las patadas que le daban los gemelos; pasó al salón, con su impresionante piano; salió a la galería en la que colgaban los retratos de sus antepasados.
«Mi padre me dijo toda la vida que no les llegaba a la suela de los zapatos, que nunca lo haría lo bastante bien. Afortunadamente, Natalie me convenció de que era mejor no pertenecer a semejante grupo de monstruos», le había dicho Massimo en una de sus charlas nocturnas, cuando Vincenzo se paseaba por la villa y se había encontrado a su hermano menor haciendo lo mismo.
Solo pensar en él, Vincenzo se sintió invadido por la emoción y tuvo que admitir el vínculo y el afecto que había desarrollado con el joven genio de la tecnología.
Aun peor fue tener la sensación de que algunos de aquellos ancestros Brunetti lo miraban a él con aprobación. ¿Sería él el genuino heredero del cruel legado de Silvio Brunetti? Había odiado a su familia y había usado ese odio como fuerza propulsora toda su vida. Pero en lugar de la sensación de victoria que debía haberle proporcionado ejecutar la venganza, se sentía tan vacío como aquella maldita casa.
Incluso se paseó por el laboratorio de Massimo y por el invernadero que Leonardo había transformado en despacho y que, tal y como Alessandra le había contado, había pertenecido originalmente a su madre, la primera mujer de Silvio, que había huido en mitad de la noche dejando solo con
aquel monstruo a su hijo de cinco años Y mientras lo recorría, imaginó allí a Leonardo y a Neha haciendo planes para sus hijos… en un espacio que, una vez más, se había quedado vacío.
Vincenzo cerró la puerta del invernadero a su espalda y volvió a la casa.
Ya no recordaba cuántas veces había hecho ese mismo recorrido. Y por todas partes veía a Alessandra riendo, llorando, bromeando con Massimo, abrazando a Leonardo. Se sentía como un fantasma, un espectro maldito.
Había conseguido todo aquello que soñaba, pero había perdido lo único sin lo que no podía vivir; el amor de Alessandra, su alegría, su presencia.
Había estado solo toda su vida, pero aquella soledad era diferente; era más profunda y la padecía un hombre distinto; alguien que debía haberse detenido a reflexionar hacía mucho tiempo, pero que no lo había hecho por temor a lo que pudiera encontrarse.
El ruido de pisadas le hizo volverse con el corazón acelerado y una expectante ansiedad. A la luz de la luna vio dos siluetas justo antes de que se encendiera la araña del techo, cegándolo. Posó la mano en el piano para no perder el equilibrio.
Parpadeó con fuerza y al abrir los ojos dejó escapar un exabrupto.
Massimo estalló en una carcajada y Leonardo esbozó una sonrisa.
–¿Qué demonios queréis? –preguntó Vincenzo airado.
–Hemos venido a ver cómo estabas –dijo Massimo, observando su aspecto desaliñado con una sonrisa socarrona–. Leo, tengo que admitir que me alegro de encontrarlo así. Casi me compensa por lo que nos has hecho, Vincenzo. Casi.
Vincenzo volvió a jurar.
–¡Salid de mi casa!
Leonardo se acercó a él con una sonrisa de desdén en sus labios tan similar a la suya que Vincenzo ya no pudo negar su parecido con él, el hombre que, de haber sucedido las cosas de otra manera, habría sido el perfecto modelo de hermano mayor al que imitar.
–Mi mujer está a punto de dar a luz, desagradecido bastardo, y aquí me tienes, en mitad de la noche, asegurándome de que estás bien porque me lo ha pedido.
Massimo volvió a reír.
–Como ves, nuestro hermano mayor está un poco nervioso. No poder controlar los tiempos del parto le está volviendo loco –Leo gruñó y
Massimo continuó–: Por eso me ha suplicado que me lo trajera. Y Natalie se ha quedado en casa porque no habría dejado que Leo te diera una paliza para ver si reflexionas.
Vincenzo se frotó la cabeza intentando comprender de qué o de quién hablaban.
–¿Quién ha insistido en que vinierais a ver cómo estaba? No os referís a Neha, ¿no?
–¡Tu mujer, quién va a ser! –rugió Leo–. La mujer a la que has destrozado el corazón y a la que no te mereces.
–¡Me ha dejado! –dijo Vincenzo abatido–. Y tienes razón, no me la merezco. Me dio una oportunidad y la desaproveché… La he alejado de mí, he destruido con mis propias manos lo que sentía por mí.
El comentario que iba a hacer Massimo se diluyó en sus sorprendidos labios.
Vincenzo sintió que le flaqueaban las rodillas, se dejó caer al suelo y apoyó la cabeza en las manos. ¿Qué había hecho? ¿Para qué quería la villa, la maldita empresa o el mundo, si le faltaba Alessandra? Alzó la mirada, sintiendo que el miedo lo agarrotaba.
–Lo he ganado todo y lo he perdido todo en una sola jugada.
Leo y Massimo se arrodillaron a su lado, y Vincenzo se sintió avergonzado y vulnerable.
–¿Cómo es posible que hayáis venido aquí después de que os he echado de vuestra propia casa?
–Quizá no podamos llegar a comprender cuánto has sufrido, lo que tiene que ser ver a tu madre perder la cabeza. Pero los actos pueden rectificarse, V –dijo Massimo, usando la abreviación que solo usaba Alessandra–. Estás a tiempo de demostrar que la fe que Alex ha puesto en ti está justificada.
–Hemos venido porque sí sabemos lo que es tener que renacer de las cenizas de nuestros propios actos. No los de nuestros padres, Vincenzo –
dijo entones Leo–. Ni los de Greta. Los nuestros. Tú eres quien está dejando ir a la mujer a la que amas.
Vincenzo se puso en pie.
–Ve a por ella solo sí vas a darle todo lo mejor que hay en ti –añadió Leo, adoptando un tono de advertencia.
–Alex no merece menos –dijo Vincenzo.
«Tenemos que querer ser salvados y confiar en que alguien a quien amamos, nos ame y nos apoye».
¡Tenía tanta razón! Vincenzo solo podía rezar para que Alessandra siguiera dispuesta a permanecer a su lado.
–Yo te aconsejaría que hicieras algún gesto dramático –dijo Massimo, dándole una palmada en la espalda.
Vincenzo se frotó los ojos y miró a los dos hombres cuyo perdón tenía que suplicar. Pero no en aquel momento.
–Como esta sea el tipo de psicología barata que Alessandra cree que me he perdido por no formar parte de vuestras vidas, voy tener que decirle que se equivoca… No necesito que dos bastardos Brunetti me digan que he metido la pata. Hasta el fondo.
Massimo rio.
–Hemos venido a decirte que has elegido a una mujer que está dispuesta a perdonarlo todo si… si te arrastras lo suficiente, V.
–Massimo tiene mucha experiencia en eso, así que podrá darte clases –
bromeó Leo.
Vincenzo los miró.
–Esto no es fácil para mí. No he pedido nada a nadie en toda mi vida…
Nunca… –calló bruscamente–. Sea lo que sea lo que voy a decir, Alessandra debe ser la primera en oírlo.
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