E-Pack Bianca octubre 2020
Cap�tulo 5
Capítulo 5
FUE EXACTAMENTE como había sido la vez anterior. Kiara sintió que los envites del cuerpo de Val contra el suyo le escocían, pero gozó con las sensaciones. La posesión a la que él la estaba sometiendo, el poder de su cuerpo ondulante sobre el de ella mientras le recorría la fuerte espalda, las caderas y el trasero con las manos…
Sentía que tenía los sentidos sobrecargados de sensaciones, pero le encantaba. El placer, el gozo que se estaba apoderando de ella mientras volaban sobre las olas del placer carnal eran incomparables. Las defensas de Kiara no existían, pero nunca antes se había sentido más libre. Soltó todas las ataduras que la ceñían, al unísono con él de un modo que jamás había experimentado con nadie de ninguna otra manera.
El orgasmo surgió repentino y potente dentro de ella, obligándola a dejar escapar un grito de sorpresa de la garganta.
Val se echó a reír y le hundió la mano en el cabello, sin detener el ritmo al que la estaba sometiendo.
–Podemos mejorarlo. Quiero que llores de placer… Es tan bueno…
Le agarró las manos y se las levantó por encima de la cabeza mientras la estiraba indefensa debajo de él. Mientras tanto, la boca de Val recorría curvas y recovecos, encontrando todas las zonas erógenas de su cuerpo y haciéndole gemir al sentir que el placer se acercaba de nuevo.
El clímax tensó de nuevo su cuerpo, más fuertemente aún que el anterior.
Y el siguiente fue todavía mejor.
Kiara dejó escapar palabras de súplica, de exigencia para que le diera más. Se olvidó por completo de quién era. Lo único que importaba era el hombre que la tenía sobre la cama. Era suya, completamente suya.
Eso debería haberla aterrorizado y así lo hizo, más tarde, cuando recuperó los sentidos y se dio cuenta del poder que Val tenía sobre ella. Sin embargo, por el momento, gozó.
–Odio la isla –dijo Val, horas más tarde, cuando salieron del dormitorio agotados y hambrientos, para llamar al servicio de habitaciones y regresar a la conversación que había precedido a lo ocurrido sobre la cama.
Kiara lo miró mientras se remangaba el albornoz, asombrada por la vehemencia del tono de su voz.
–La odio –reiteró él–. No regresé ni siquiera cuando mi padre se estaba muriendo allí. ¿Qué te hace pensar que voy a hacerlo mañana?
–¿Tu hija?
–Mi hija puede venir a mí. Eres tú la que quiere regresar. ¿Por qué? ¿Por tu estudio?
–Sí, pero puedo volver sola –contestó mientras se tomaba un poco de arroz al azafrán.
–No tengo miedo, bella.
–En ese caso, ven conmigo –le desafió ella.
Val lanzó un bufido por tanta audacia y extendió la mano para colocársela a un lado del cuello. Aquel acto tan posesivo fue suficiente para caldear de nuevo la sangre de Kiara.
Comprendió en aquel momento que la tenía a su merced. El sentido de la obligación que tenía hacia Niko no era nada comparado con el dominio que Val podía ejercer sobre ella con tan solo una mirada o una sensual caricia sobre la nuca.
–¿Comprendes que ahora eres mía? Respeto a la artista que hay dentro de ti, por lo que voy a concederte este regalo, pero solo traerás lo que sea verdaderamente tuyo. En mi casa no entrará nada de ese hombre.
Los ojos de Kiara se llenaron de lágrimas. No lo comprendía, pero el odio que Val sentía hacia Niko era tan palpable que Kiara se sentía desleal por los años que había pasado con él.
–Da las gracias.
– Grazie –susurró ella.
–Me gusta escuchar el italiano en tus labios. Estás muy hermosa con los ojos soñolientos y la barbilla arañada por mi barba.
Entonces, apartó su silla y se levantó. Tenía el albornoz abierto y su pecho y su estómago habían quedado al descubierto, lo mismo que la gruesa excitación que tenía entre sus poderosos muslos.
Kiara se perdió.
Val sintió que el corazón se le helaba al ver la enorme mansión y que seguía endureciéndose aún más cuando el helicóptero aterrizó en sus inmediaciones, exactamente como lo había hecho cuatro veces al año cuando él era niño. El enorme edificio de tres plantas estaba tan imponente como siempre, pero parecía más pequeño de lo que él lo recordaba.
–¿Listo? –le preguntó Kiara.
Val le había comprado un vestido nuevo y sí, había sido su manera de marcarla como su propiedad, pero también había querido verla con colores más alegres. El verde acentuaba sus ojos oscuros y hacía que su piel oscura reluciera.
Tal vez era el sexo. Pocas mujeres igualaban su apetito, pero, después de que se habían agotado mutuamente hasta caer profundamente dormidos, ella se había vuelto hacia él aquella misma mañana y había deslizado las manos sin dudarlo por debajo de las sábanas para despertarlo.
«No te hagas de rogar», le había suplicado ella, llena de deseo.
–Estar aquí no requiere valentía –replicó por fin–. Se trata más bien de contener las ganas de vomitar.
–No me refería a eso. ¿Estás listo para…?
La puerta se abrió y salió una mujer con una niña en brazos.
–Hemos oído el helicóptero.
–¡Mamá! –exclamó Aurelia lanzándose como una bala hacia Kiara–. ¡Te chado de menos!
–¡Ay, cielo! –repuso ella tomando a la pequeña en brazos y estrechándola con fuerza–. Yo también te he echado de menos…
Val no estaba listo. Ver a Aurelia en una pantalla no lo había preparado para el aura de alegría en estado puro que parecía irradiar de ella mientras se aferraba a Kiara con brazos y piernas y las dos intercambiaban un beso.
–Ahora se queda conmigo –le dijo Kiara a la mujer, que Val dedujo que debía de ser la niñera–. Tú puedes ocuparte de las maletas.
La mujer asintió y desapareció.
–¿Adónde fuiste? –le preguntó Aurelia a Kiara. Se había acomodado sobre su cadera.
–¿Te acuerdas que te dije que la tía Scarlett iba a tener un bebé? Se llama Locke.
–Quiero verlo.
–Me dijo que me mandaría luego una fotografía. Ahora, quiero que conozcas a otra persona. Es…
Kiara se quedó con la boca abierta, sin saber qué decir, al darse cuenta de que Val y ella no habían hablado sobre cómo lo presentaría a la niña.
–Papá –dijo Val. Se sintió como si la tierra temblara bajo sus pies.
Kiara tardó un instante en sonreír.
–Vamos a ir con papá a su casa –comentó.
Aurelia lo miró, aún abrazada al cuello de su madre, mientras parecía decidir lo que pensaba de él.
Por su parte, Val estaba experimentando un poderoso sentimiento de posesión. No era propiedad, sino una sensación que jamás había experimentado antes. Probablemente era lo que debería haber sentido hacia su padre o su madre, una sensación de parentesco o de pertenencia. Nunca lo había experimentado con tanta fuerza hacia ellos, pero, cuando miraba a Aurelia, sabía que la niña formaba parte de un colectivo abstracto al que los dos pertenecían. Ella era suya.
–Tengo que recoger algunas cosas de mi estudio –le dijo Kiara a Aurelia–. ¿Quieres ir a enseñarle a papá tu tobogán?
Aurelia asintió y los dos atravesaron la casa para dirigirse a la puerta lateral. Kiara, por su parte, se dirigió a la antigua casa de invitados y dejó la puerta abierta. Val se fijó inmediatamente en el pequeño gimnasio que la niña tenía a su disposición, junto con una piscinita, que en aquellos momentos estaba vacía y una mesa de picnic. En aquel momento, un gato apareció y se frotó contra su pierna.
Niko jamás les había proporcionado nada ni remotamente parecido ni a Javier ni a él. Los primeros recuerdos que Val tenía eran de jugar los dos hermanos con una pelota o de aprender a nadar en las frías olas del mar, porque aprender en una piscina «era de blandos». Siempre habían tenido tareas que realizar en el viñedo, como recoger uvas o sarmientos y habían tenido que escuchar interminables sermones sobre cómo heredarían todo aquello y que necesitaban aprenderlo todo desde abajo.
Cada conversación con Niko había sido totalmente unilateral y sobre un único tema: el futuro y lo que esperaba de ellos. No había valido que fueran lo que eran en aquellos momentos. Niko ni siquiera había tenido en cuenta que eran niños. Tampoco había estado nunca presente de un modo que importara…
Val se dio cuenta de que él tampoco había estado presente. Entonces, giró la cabeza y vio que la sala de juegos estaba vacía. Aurelia había desaparecido.
–¡Aurelia, no!
El grito fue tan fuerte e imperioso que detuvo en seco el corazón de Kiara. Ella dejó caer al suelo lo que tenía entre las manos y salió corriendo.
Vio que Val se dirigía rápidamente hacia la piscina.
La verja estaba abierta y Aurelia estaba allí de pie, totalmente paralizada.
Cuando ella vio a Kiara, empezó a llorar desesperadamente y levantó los brazos, echando a correr hacia ella.
Kiara no se detuvo hasta que no tuvo a su hija en brazos. Aurelia se aferraba a ella con toda la fuerza de la que disponía.
–Estás bien, tranquila –murmuró Kiara mientras le frotaba cariñosamente la espalda–. Ya sabes que no puedes entrar en la piscina sin un adulto –
añadió. Su propio corazón le latía con fuerza.
Por lo que ella sabía, Aurelia no podía abrir el pestillo. O había crecido mucho en los últimos dos días o el mozo que se ocupaba del mantenimiento de la piscina había cometido una negligencia y la había dejado abierta.
–Aparté los ojos de ella un segundo –musitó Val mientras se acercaba a ellas.
Kiara trató de calmar a Aurelia, pero le costó mucho mantenerse ella misma tranquila.
–Escucha, cielo. Papá pensó que te ibas a hacer daño. No quería asustarte.
–Eso también va por mí.
–Tienes razón, pero tal vez deberías ajustar el volumen de tu voz a uno apropiado para una niña de dos años. Me has asustado a mí con tus gritos.
Val esbozó un gesto de contrariedad con los labios y miró a Aurelia, que evitaba a toda costa mirarlo a él. Aún no había parado de llorar y su
pequeño cuerpo seguía temblando. Entonces, su expresión se tiñó de remordimiento y de preocupación.
–Se me paró por completo el corazón.
–Bienvenido al mundo de los padres –susurró ella, sin dejar de frotarle la espalda a la pequeña, que poco a poco se iba tranquilizando–. Estamos trabajando en lo de disculparnos –añadió. Entonces, obligó a la pequeña a mirarla–. ¿Te gustaría decirle a papá que sientes mucho haberlo asustado?
–No, mamá… –musitó la niña mientras se echaba de nuevo a llorar.
–Aurelia, lo siento –le dijo Val en voz muy baja y llena de sinceridad.
Levantó la mano como si deseara tocarla, pero dudó en el último segundo y la bajó–. No debería haber gritado, pero temía que te fueras a caer en el agua. Puede que vuelva a gritar si tengo miedo por ti, pero no estoy enfadado. Te prometo que nunca, nunca, te haré daño. Te ruego que no me tengas miedo.
Kiara estaba bastante segura de que Val nunca se había disculpado con nadie. Sintió que se deshacía por dentro y que las rodillas se le doblaban tanto que casi no podía mantenerse en pie.
–¿Tienes algo que decirle a papá? –le preguntó a la niña.
–Lo ziento –respondió Aurelia levantando por fin el rostro, que estaba totalmente cubierto de lágrimas.
Con la misma naturalidad como si lo llevara haciendo desde el momento en el que había llegado a la Tierra, la niña se zafó de los brazos de Kiara y se dirigió a su padre para darle un abrazo.
Val la tomó entre sus brazos muy sorprendido y luego dejó escapar un suspiro.
Kiara sintió que sus defensas se hacían pedazos al observar el impacto que el amor que Aurelia había ofrecido tan generosamente tuvo sobre Val.
Algo brilló en sus ojos antes de que los cerrara, pero no logró ocultar sus sentimientos mientras estrechaba a su hija contra su pecho. Parecía haber rescatado a Aurelia de la piscina.
O tal vez Aurelia lo había rescatado a él.
Kiara se llevó una mano al pecho y trató de evitar que el corazón se le rompiera contra las costillas. Aurelia había colocado la cabeza sobre el hombro de Val y se había metido dos dedos en la boca. Aún le caían las lágrimas por las mejillas, pero parecía haberle entregado su confianza a su padre.
Ocho horas más tarde, Val quitó el dibujo de Kiara de donde había estado colgado entre dos puertas dobles que conducían al balcón de la habitación principal. Agarró con fuerza el marco, pero no se permitió dejarse llevar por los recuerdos. Lo colocó en una estantería de su vestidor y se frotó las manos. Se sentía furioso consigo mismo por haberse visto obligado a ocultar que, no solo había guardado el dibujo, sino que lo había enmarcado y lo había colgado en su dormitorio.
Le parecía mostrar debilidad ante Kiara. Aún estaba tratando de recuperarse de lo que había experimentado con Aurelia. Sabía que su reacción en la isla había sido exagerada, pero, en el momento en el que se dio cuenta de que la niña se había metido en el recinto de la piscina, se había sentido totalmente aterrorizado. Se había convencido de que no conseguiría evitar que se ahogara.
Tal vez la niña ya no estaba a su lado, pero aún sentía el peso de su cabeza sobre el hombro. Durante el viaje, le había permitido que se acurrucara encima de él como un gatito y que le mostrara sus cuentos y sus juguetes favoritos. Val sabía que ella se podría convertir en un punto vulnerable para él. No podía soportarlo y menos aún que Kiara supiera lo que le estaba ocurriendo. En su rostro, aparecía una sonrisa cada vez que Aurelia decía papá con su voz aguda y musical.
–Oh… Hmm…
Kiara entró y se detuvo en seco al verlo parado en medio de la habitación.
–Estaba buscando mis cosas. La criada me dijo que esta es mi habitación.
Un alocado anhelo se apoderó de él al verla. Aquella era otra debilidad, nacida de una noche de pasión con ella, una sensación que había minado su sensación de independencia y de autonomía.
–Esta es nuestra habitación. Nuestra cama –respondió mientras señalaba el amplio colchón con un gesto de cabeza.
–¿Pero no hay otro dormitorio aquí? –le preguntó mientras buscaba una puerta que conectara los dos dormitorios. Solo vio la que conducía al cuarto de baño y la del vestidor. La habitación tenía una acogedora zona de estar y un escritorio, pero la decoración era predominantemente masculina.
–Compré esta casa después de mi divorcio y no esperaba volverme a casar.
–Bueno, yo solo he venido a cambiarme –comentó mientras se indicaba el hombro del vestido, que estaba manchado por las lágrimas de Aurelia.
Val le indicó el vestidor. Kiara dudó. Entonces, cerró la puerta del dormitorio y se quedó cerca de ella.
–Siento lo del berrinche de Aurelia. Son muy comunes a su edad, pero ella normalmente no se pone así. Creo que fue una combinación de haberme echado de menos con las nuevas caras que ha visto hoy –explicó. Aurelia había gritado como una poseída cuando Kiara trató de entregársela a la niñera para que se la llevara a echarse la siesta–. Probablemente andará un poco desubicada hasta que encontremos nuestra rutina aquí.
–He visto berrinches mucho peores por parte de mi madre y por mucho menos.
Kiara soltó una carcajada, pero él siguió completamente serio.
–Bueno, me alegro que no te haya influido en la opinión que tienes de ella. Es muy pequeña y aún está tratando de hacerse su sitio en el mundo.
De hecho, yo también estoy tratando de encontrar mi sitio. Esto debe de parecerte una invasión de tu espacio.
Val se encogió de hombros.
–De niño, tuve que acostumbrarme a muchas sorpresas. Aprendí a adaptarme muy rápidamente.
–Pues ni te cuento de la sorpresa que es ver cómo tu hija y su madre se instalan en tu casa apenas veinticuatro horas después de saber que tienes una hija.
Además de dos niñeras y un gato.
–Prefiero actuar y no reaccionar.
–No sabía qué esperar, pero tu casa es muy bonita –dijo Kiara mientras recorría la estancia, tocándolo todo delicadamente–. Es muy luminosa, decorada con colores muy acogedores.
–A mi madre le gusta tener un proyecto entre manos. A pesar de que tiene muchas faltas, el mal gusto no es una de ellas.
–Me aseguraré de felicitarla cuando la vea.
–No la vas a ver. Voy a evitar que venga hasta que haya aprendido la lección de no volver a ocultarme nada.
La expresión de Kiara se volvió sombría.
–¿Y yo? ¿Me vas a castigar también por haberte ocultado la existencia de Aurelia?
–Nuestro matrimonio es matar dos pájaros de un tiro.
Val descubrió que no estaba bromeando sobre aquello. Estaba resentido con ella por lo que había hecho, no tanto por haberle ocultado a su hija, sino por haberle dado una. Podía soportar que su vida fuera a cambiar, pero no que él estuviera cambiando. Eso no era culpa de Aurelia, pero Kiara sabía lo que estaba haciéndole, provocándole cosas. Sentimientos.
Ella frunció el ceño y Val se preparó para que volviera a negarse a casarse con él. Kiara le sorprendió preguntándole con dignidad.
–¿Sabes lo que me resulta sorprendente sobre ti y sobre mí? Que los dos estamos decididos a ser lo que más odiamos sobre nosotros mismos.
Después de que mi madre muriera, yo no le importaba a nadie. Traté de encajar en algún sitio, pero no lo conseguía. Los sutiles rechazos se hicieron demasiado insoportables para mí. Decidí que la amistad estaba demasiado valorada y llevé mi introversión a su grado máximo. Era muy solitaria, pero me sentía a salvo. Por ello, hay una parte de mí que prefiere que me odies y que me bloquees. Pero luego, me digo que tratar de tener una relación contigo es algo inútil. Puedo negarme a casarme contigo y retirarme detrás de mis murallas. Mientras tanto, tú quieres que yo crea que atarme a ti es una cadena perpetua porque eres un hombre terrible.
–No soy bueno.
–¿Por qué no? Es decir, entiendo que otras personas te dijeron que no lo eras y que te enfadaste con Niko y que hiciste lo que creíste que tenías que hacer y cortaste todo vínculo con él. Sin embargo, ¿por qué es la amargura y la tristeza un lugar tan cómodo para los dos? Tengo que creer que tienes alguna cualidad que te redima, Val. Si no, ¿por qué iba yo a estar aquí? Y tú tienes que creer que siento verdaderos remordimientos y que quiero que me perdones por haberte ocultado la existencia de Aurelia. Si no, no tenemos esperanza alguna. Y una vida sin esperanza es un lugar muy oscuro.
–Te advertí sobre lo de nadar con monstruos marinos… –susurró él mientras se acercaba a ella. Entonces, le colocó la mano sobre el cuello y sintió que ella tragaba saliva–. Te prometo que seré amable con nuestra hija porque es una niña, pero la ternura que tú crees que existe dentro de mí es imaginaria. Nunca perdonaré a las personas que me hicieron daño –añadió
mientras deslizaba el pulgar sobre el labio inferior de ella–. No volveré a confiar en ellos.
–Entonces, ¿tú… qué? ¿Te vengarás odiándome y no amándome? –
preguntó ella con voz temblorosa.
–Eso supondría que tengo fuertes sentimientos hacia ti. No. Tú me importas tanto solo porque me da increíble placer ver cómo te rindes a la pasión. Por lo tanto, exigiré esa clase de compensación de ti una y otra vez, porque me gusta. Sin embargo, jamás te ofreceré ni un solo trozo de mi alma.
–¿Y si le digo no a eso?
–¿Acaso puedes? –le preguntó él mientras permitía que su mirada bajara hasta los senos de Kiara, que temblaban mientras ella jadeaba presa de una creciente excitación.
Él lo necesitaba. Necesitaba ver que ella se sentía indefensa contra la fuerza de la lujuria que ardía entre ellos. Esta era tan fuerte también en él que apenas le permitía respirar.
Levantó la mano y rozó los nudillos contra el pezón que se erguía contra la copa del sujetador y la tela del vestido. Ligera, muy ligeramente, tanto que el único sonido que se escuchó fue el roce de la piel contra el lino. Un silencio que se iba extendiendo cada vez más mientras él movía los dedos arriba y abajo, hasta que ella dejó escapar un tenue sonido y le agarró la muñeca para detener la caricia.
–Eso es… –susurró. Un pequeño sollozo se le escapó de los labios.
–¿Demasiado? –le preguntó mientras bajaba la mano para colocarla sobre la cadera–. ¿O acaso no es suficiente?
Kiara apretó los ojos con fuerza, presa de una sensual batalla.
–Ven aquí, pequeña sirena –le dijo él en tono de burla–. Deja que el monstruo pegue un bocado.
Val la mordió. Suavemente apretó los dientes contra el cuello hasta que ella se echó a temblar, arqueándose y suspirando contra él. Entonces, Val le mostró exactamente cuánta penitencia iba a imponerle.
La venganza de Val fue la más poderosa por sus tortuosas caricias que provocaron que Kiara se abandonara por completo. Val la besó hasta que ella apenas se pudo mantener en pie, pero él la hizo mantenerse ante él, con
la falda levantada hasta la rodilla, las muñecas inmovilizadas en una de sus fuertes manos y colocadas a la espalda mientras él le bajaba las braguitas solo lo suficiente para saborearla hasta que ella comenzó a gemir de placer.
Entonces, la hizo arrodillarse sobre los cojines del sofá y se colocó detrás de ella, hundiéndose perezosamente en su cuerpo mientras ella se agarraba con fuerza al respaldo. La llevó hasta tales niveles de éxtasis, que a Kiara no le importó si la gente oía sus gemidos de placer a través del lago.
Después, la llevó a la cama, la desnudó y le lamió cada centímetro de su cuerpo, hasta que ella se convirtió en un vibrante cuerpo lleno de deseo. A continuación, volvió a penetrarla y la hizo alcanzar de nuevo el orgasmo. A pesar de todo, no había terminado. La levantó en brazos, la dejó sobre la cama y él se sentó en el borde. Luego, la colocó encima de su regazo.
En ese momento, Val fingía amarla. La acariciaba, la turbaba y la excitaba hasta que ella volvía a gemir de placer. Su grueso sexo la llenaba.
Cada movimiento iba sujeto por sus fuertes brazos. Val trataba de contener su propio orgasmo mientras la provocaba a ella hasta los límites de la resistencia al placer.
Solo cuando ella comenzó a mesarle el cabello con los dedos sin parar de gemir, Val permitió que ella se tumbara de nuevo sobre su espalda y se hundió fuertemente en ella, manteniéndola sobre ese doloroso momento de la insoportable excitación.
–Por favor, Val…
–Pronto, bella –susurraba él, temblando del agotamiento y del esfuerzo por mantener el control–. Cuando yo diga. No antes…
–No puedo, no puedo… –gemía ella. Estaba tan cerca que se sentía a punto de morir. Kiara deseaba alcanzar el orgasmo desesperadamente, pero se resistía. Por él. Porque Val lo deseaba.
–Ahora –gruñó él con un profundo movimiento de las caderas.
El mundo se iluminó por una luz cegadora. La visión se volvió blanca y ella gritó en silencio cuando el orgasmo explotó dentro de ella. Sintió una oleada tras otra de un intenso placer, poderoso y exquisito, mientras sentía un potente calor dentro de ella y escuchaba el grito desgarrado con el que Val pronunciaba con voz triunfante su nombre.
Kiara se levantó de la cama y se metió en la ducha mientras que Val dormitaba. Había esperado que él se reuniera con ella en la ducha. Lo deseaba, a pesar de que sentía que él la había destruido.
Se duchó sola y, al terminar, cuando se estaba secando, oyó su voz. Entró en el vestidor por la puerta del cuarto de baño y descubrió que estaba lleno de ropa de su talla, pero ninguna de las prendas le resultaba familiar. Aún con el albornoz oscuro que olía a Val, salió para encontrarlo en el balcón, compartiendo queso y fruta con Aurelia mientras le enseñaba cómo se decía en italiano uva, naranja y melocotón.
–¿Ves? Ya te dije que ella se reuniría con nosotros –dijo en cuanto Kiara salió al balcón.
–Hola, cielo –saludó Kiara a su hija afectuosamente y luego le mostró a Val la ropa que llevaba en la mano–. Estas prendas no son mías.
–Lo son.
–¿Dónde están las que yo traje?
–Ya te dije lo que sentía sobre las cosas que entraban en mi casa –repuso él evitando utilizar el nombre de Niko. Entonces, miró a Aurelia para valorar cómo reaccionaría la pequeña si escuchaba el nombre de su abuelo–. No le voy a pedir lo mismo aquí a la ratoncita. De todas maneras, se le quedarán pequeñas enseguida, pero tú te pondrás lo que yo te compre.
Si Aurelia no hubiera estado presente, Kiara tal vez habría reaccionado menos reflexivamente, pero la presencia de la niña la obligó a contar hasta diez antes de contestar.
–Por eso solo traje prendas que me había comprado con mi dinero –
replicó–. Tengo algunos ingresos de algunas pinturas y otros trabajos que he realizado. No es nada del otro mundo, pero tampoco lo son mis gustos. Eso significa que no tengo que depender de que nadie me mantenga. Ni siquiera tú.
–Pero yo quiero que dependas de mí –comentó él, adoptando un tono similar de conversación a pesar de que los dos estaban enzarzados en una lucha de poder.
–Sé lo que quieres.
Consumirla.
Había sido evidente por el modo en el que le había hecho el amor. Kiara lo podía soportar en la cama, pero no iba a permitir que él le arrebatara toda su independencia, una independencia que tanto le había costado ganar.
–Soy un gurú de la moda, Kiara –observó él como si se lo estuviera explicando a una niña pequeña–. Esto significa que estoy sometido a un escrutinio constante por mi aspecto. Mi esposa debe de ser una embajadora de la moda, lo mismo que yo –añadió. Val llevaba puesta una sencilla camiseta blanca sobre un par de pantalones de lino. Mostraba una elegancia relajada que ella nunca podría alcanzar.
Sintió que se le hacía un nudo en el estómago.
–¿Te das cuenta de que la industria perdería su mente colectiva si nos casamos? ¡Y he dicho si nos casamos! Yo no soy en absoluto un icono. Si tu reputación es tan importante para ti, no podrías haber escogido a una persona peor.
–Creo que he dejado más que claro que yo nunca hago lo que me dicen.
Si quiero que mi esposa tenga curvas, las tendrá. El mundo de la moda tendrá que ajustarse a ello.
Dios santo… Si Kiara pudiera tener una décima parte de su confianza…
Miró las ropas que tenía en la mano.
–Klaus es mi diseñador de confianza. Un genio. Hice que lo trajera todo y quiero ver cómo lo ha hecho con las pocas indicaciones que le he dado.
Va a enviar a un equipo para tomarte bien las medidas.
–Y yo prometo ser muy cortés cuando explique que este tipo de cosas no son de mi estilo.
–¿Cómo lo sabes si no te las has probador? Me sorprendes, Kiara. ¿Cómo te sentirías si la gente despreciara tus cuadros sin ni siquiera mirarlos?
En eso tenía razón. Kiara apretó los labios y se dio la vuelta para regresar al vestidor, decidida a odiar la ropa que tenía que ponerse.
Maldito Val y maldito su diseñador… El corte, de algún modo, definía su figura, de manera que parecía más alta y más proporcionada. Había algo fresco y llamativo en la paleta de colores. Resultaba femenina sin ser cursi.
Le hacía sentirse segura de sus curvas, con autoridad, pero a la vez muy sensual.
Con esa clase de prendas, no habría manera de pasar desapercibida. Kiara no estaba segura de cómo se sentía al respecto.
Regresó al balcón y Aurelia la miró con la boca abierta.
–¡Ay, mamá! ¡Estás muy guapa!
–Gracias, cielo –murmuró. Sin embargo, era la opinión de Val la que esperaba escuchar con anticipación.
Volvía a hacerlo. Se dio cuenta de que la mirada crítica de Val la recorría de la cabeza a los pies. Estaba tratando de encajar, de ser algo que no era, de tratar de ganarse una aceptación que no terminaba de llegar.
–Haré que Klaus quite este botón –comentó Val mientras miraba la abertura que Kiara tenía en la falda, pero sin ni siquiera tocarla–. Distrae de una visión que, por otro lado, es perfecta. ¿Te gusta?
La miró a los ojos.
–Yo no lo pintaría –dijo.
Sin embargo, le gustaba. Se sentía cómoda y la textura era muy agradable. Además, le gustaba que le hiciera sentirse bonita. Y le gustaba que a Val le gustara.
De algún modo, tenía que apartarse del borde de aquel abismo. Si no, podría terminar dejando que él la dominara por completo, tal y como evidentemente era la intención de Val.
Sin embargo, obedeció cuando él la llamó con el dedo y se inclinó para rozar los labios de Val con los suyos.
– Grazie –susurró contra sus labios.
El sabor de Val se apoderó de ella, tan irresistible como él mismo.
OceanofPDF.com