E-Pack Bianca octubre 2020

Varias Autoras · Capítulo 16 de 49

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E-Pack Bianca octubre 2020

Cap�tulo 3

Capítulo 3

AQUELLAS palabras eran como kriptonita para Kiara. Tal vez ella había revelado su debilidad cuando mencionó que no tenía familia. Aún estaba turbada por el modo en el que él había ignorado la pobreza que ella había tenido que soportar toda su vida. Una pobreza tanto material como emocional.

No debería haberse sorprendido por el comportamiento de Val. Niko le había advertido que era un hombre despreciativo e iracundo, que había aprendido el fino arte de la manipulación en las rodillas de su madre.

Incluso Scarlett había dicho de él que era un desafío y un hombre intencionadamente difícil.

Aquella no había sido su experiencia la noche en la que lo conoció. Se había mostrado arrogante, sí, pero después había alabado el talento de Kiara. La había animado muy generosamente para utilizar la notoriedad que él tenía para que ella pudiera abrirse camino en el mundo del arte.

No fue hasta que se casó y Evelina se mostró tan poco inclinada a ayudarla cuando empezó a preguntarse si se había equivocado en la imagen que se había hecho de él. Entonces, lo que le contaron Niko y Scarlett la había ayudado a darse cuenta de que era mejor seguir el deseo de Niko y mantener a Aurelia en secreto.

Val tenía derecho a estar enfadado por eso, pero…

–¿Me estás diciendo que vas a enfrentarte a mí por ella?

Se sobresaltó al pronunciar aquellas palabras. Lucharía a muerte por mantener a su hija a su lado.

–Ya te he dicho que quiero casarme contigo. La quiero en mi vida.

–¿Estás seguro? –le preguntó. Kiara no era una mujer de mucho carácter, pero, en lo que se refería a su hija, era muy protectora–. Porque yo estaría dispuesta a casi cualquier cosa para darle a Aurelia un buen padre. Sin embargo, también estaría dispuesta a hacer todo lo que pudiera para evitar darle un mal padre.

Mirar a Val a los ojos era un acto de valentía cada vez que lo intentaba.

No era tan valiente como fingía ser, pero aquella afirmación no era un farol.

Era un juramento sentido.

–¿Cualquier cosa?

–Yo… yo estoy dispuesta a permitirte que la conozcas –respondió ella–, pero tienes que estar seguro de tu nivel de compromiso. No voy a permitir que entres en su vida solo para que desaparezcas si las cosas no salen bien.

–¿Ha ocurrido ya eso? ¿Con otros hombres?

–¿Te refieres a Niko? –replicó ella–. Sí. Aurelia no lo vio mucho en las últimas semanas. Apenas estaba consciente. Ella está confusa y no hace más que preguntar cuándo va a volver.

–Sabes que me refiero a amantes –gruñó Val.

Ella le ofreció la cínica sonrisa que estaba aprendiendo de él.

–No creo que estemos lo suficientemente avanzados en nuestra relación como para poder hablar de tus amantes y de los míos.

–Nosotros somos amantes… –susurró él. El tono aterciopelado de su voz le acarició los oídos, haciendo evocar recuerdos de los momentos que habían compartido.

–Éramos –repuso ella, a duras penas.

–Soy vidente de muchas cosas, Kiara, en especial de la naturaleza humana –comentó él mientras se terminaba su copa y dejaba el vaso sobre la mesa. Entonces, utilizó la mirada para atizar el deseo que se estaba apoderando de ella–. Tú quieres volver a mi cama.

El deseo pareció despertar un poco más y enredarse en el abdomen de Kiara. Sin embargo, ella consiguió responder.

–Ahí está la arrogancia de la que tanto he oído hablar.

Sus palabras eran como el humo, sin consistencia para apoyar su desafío.

–Sé distinguir las mentiras con la misma facilidad que tú eres capaz de ver dibujos en un lienzo en blanco. Mírame a los ojos y dime que no quieres tener sexo conmigo.

Kiara lo intentó, pero no pudo. Se le hizo un nudo en la garganta. Bajó un poco la mirada, hasta el pecho de Val, y vio cómo el vello del pecho se le adivinaba por la abertura del cuello de la camisa. Su ojo de artista comenzó a catalogar formas y ángulos. La tensión de la tela sobre sus bíceps, los fuertes huesos de la muñeca. La suavidad de los vaqueros. La arruga del bolsillo y el abultamiento de la bragueta. La tela ceñía los fuertes músculos y dejaba entrever la piel a través de la rasgadura que tenía por encima de la rodilla.

Vio que Val se dirigía hacia ella hasta que la punta de una de sus botas negras se colocó entre las uñas pintadas de sus pies. La otra bota encajonó el pie derecho.

El calor irradiaba de él. Las brasas que Kiara parecía tener dentro de su cuerpo estaban al rojo vivo. Las chispas saltaban de ellos como si un fuelle las estuviera aventando y convirtiendo aquel deseo latente en una conflagración.

–¿Preferirías un matrimonio platónico? –le sugirió él, en un tono ronco y sensual, el mismo que había utilizado cuando estaban en la cama.

Kiara frunció la boca para contestar, pero se dio cuenta de que una negativa sería la aceptación del matrimonio que él le ofrecía. Era un hombre muy hábil y peligroso. Muy seductor y muy astuto.

–¿Y bien? –insistió. Entonces, colocó una mano sobre el cuello de Kiara.

El pulso de ella se aceleró. La presión de la mano de Val contra su piel hacía que los latidos del corazón se hicieran eco en su cabeza.

No podía ver lo que había en los ojos de él. Lo único que veía era su boca. Podría dibujarla en sueños, aquel labio inferior grueso, poderoso y los picos bien definidos del superior. Las fotografías no hacían justicia a la suavidad de aquella piel ni al modo en el que se oscurecían cuando la lengua los humedecía.

Quería sentir aquella boca sobre su piel, anhelaba gozar con ella para conseguir los tres años que llevaba deseándolo. Sin embargo, la boca de Val se endureció de satisfacción antes de caer sobre la de ella.

Sus labios llegaron en una apasionada caricia que sabía a whisky y a triunfo. Se apretó contra la boca de ella, colocándose de un modo perezoso y seguro de sí mismo para exigir la plena posesión, llevando el deseo de Kiara hasta un fuego explosivo e inagotable.

Ella se tambaleó débilmente contra él y se dejó llevar por las profundidades de la pasión, la clase de sentimiento que ella solo había experimentado antes en una ocasión. El repentino y puro deseo le hizo sentirse embriagada, tal vez porque no estaba respirando. No le importaba.

El pensamiento racional la abandonó y abrió la boca un poco más, para darle la bienvenida, para profundizar el beso y tomar avariciosamente todo lo que él le ofrecía y poder así saciar su sed.

Los brazos de Val la rodearon y Kiara sintió que su cuerpo se fundía deliciosamente contra el de él, firme y poderoso. Val la estrechaba con fuerza, pero Kiara deseaba aún más. Más pasión. Más sensaciones, más caricias de las fuertes manos moldeándole la espalda. Su potente aroma penetraba en su cerebro como si fuera una droga.

Le mesó los cabellos sin control con una mano. Con la otra, le rodeó el cuello y se levantó de puntillas para tratar de incrementar la presión de aquel beso hasta el punto del dolor. Necesitaba una sensación más aguda para apaciguar la profundidad del deseo que sentía. Necesitaba a Val en su totalidad. Y rápido.

La lengua de él se enredó con la de ella. Aquella intrusión la dejó sin aliento y tensó cada centímetro de su piel. Los pezones le dolían y la pasión se había apoderado tan fuertemente de su vientre que tuvo que controlarse para no gemir de dolor.

Con un gruñido, él deslizó las enormes manos desde las caderas hasta por debajo del trasero. Entonces, tiró hacia arriba, levantándola prácticamente del suelo contra su cuerpo y haciendo que sintiera su deseo. Después, se frotó contra ella mientras su cuerpo entero se tensaba.

Kiara se dejó llevar por las sensaciones. Solo recuperó la consciencia cuando él, descaradamente, le sorbió el labio inferior y mordió la sensible parte interna. Entonces, la soltó y levantó la cabeza.

Kiara vio sus ojos, entornados con gesto burlón, pero poseyendo al mismo tiempo un brillo salvaje que la atraía profundamente. El pulso le vibraba de tal manera entre los muslos que estuvo a punto de entregarse a él. Sin embargo, cubrió el labio inferior con el superior para aliviar el dolor que él le había provocado. Tenía la piel muy sensible y la libido completamente recuperada después de su maternidad.

Le colocó las manos sobre el pecho y él, muy lentamente, la soltó hasta que Kiara quedó por fin sobre el suelo. Tuvo que agarrarse los antebrazos

para mantener el equilibrio. Aún se sentía sin aliento, mareada. Y

tremendamente mortificada.

«Mírame a los ojos y dime que no quieres tener sexo conmigo».

No podía. No en aquel momento. Casi podía oler la satisfacción que se desprendía de Val. No podía negar cómo había reaccionado y se sentía avergonzada. Sabía que, si él no se hubiera detenido, podría estar de camino a otro embarazo no planeado.

–Hay diferentes niveles de deseo –consiguió decir. Entonces, se soltó los brazos y se apartó.

Cuando estuvo a una distancia segura, se dio la vuelta y lo miró. Fue como meterse en el centro de un fuego ardiendo. Los ojos le dolían y los pulmones trataban de conseguir aire, pero no había cosa que más deseara que volver a adentrarse en aquel infierno.

–Por supuesto que me siento atraída por ti. Dime una mujer que no lo esté. Sin embargo, no quiero sentirme atraída. No quiero comportarme descuidadamente cuando lo que necesito es forjar una relación madura con el padre de mi hija. Mírame a los ojos y dime que yo sería tu amante en el verdadero sentido de la palabra. Entonces, hablaremos de si tenemos sexo.

O de si nos casamos.

Kiara vio que Val retrocedía tanto mental como físicamente. Aquel inconfundible rechazo le dolió, pero, al menos, sabía exactamente lo que aquello había sido: una lección. Nada más.

Tomó su bolso y trató de impedir que él viera lo dolida que aquel rechazo le había dejado.

–¿En qué hotel está tu madre? No quiero encontrarme accidentalmente con ella. En realidad, me quedaré en el hospital hasta que haya noticias.

–Te quedarás aquí conmigo –respondió Val inmediatamente.

–No. De ninguna manera –dijo Kiara con una tranquila dignidad que ocultaba una profunda cautela y tal vez incluso dolor. Fuera lo que fuera, Val comprendió que era el temor a que él siguiera presionándola sobre el sexo–. Hay dos dormitorios.

Lo dijo a su pesar, con la libido aullando contra su piel. Aquel beso…

Hacía tres años que no se había sentido tan vivo. Quería más. Y lo quería en aquel momento.

El delicado temblor de los dedos de Kiara reveló el profundo deseo que ella aún seguía sintiendo a pesar de sus esfuerzos por recuperar la

compostura.

Aquella pasión había intrigado a Val desde el primer momento que se conocieron. Ella parecía una observadora de la vida, pero solo hacía falta un beso para entrar en la esencia de la vida que bullía dentro de ella.

Tanto en aquel momento como hacía tres años, todo se había desmoronado cuando ella lo arrastró a su mundo de pura y desatada sensualidad. Val nunca había experimentado algo similar con nadie. Eso le turbaba.

Y a ella parecía aterrorizarla.

Había ciertas líneas que, incluso en su patético modo de comportarse, Val no estaba dispuesto a cruzar. No pagaba por tener sexo, no lo forzaba y no mentía para conseguirlo. De hecho, aquella sinceridad tan brutal era el núcleo de su reputación.

–Es demasiado pronto para ir a cenar –comentó–. Vamos a comprarte material para pintar –añadió mientras se dirigía hacia la puerta.

–¿Por qué? –replicó ella sin moverse.

–Me temo que tú comprometerás mi virtud si seguimos aquí.

Kiara se sonrojó.

–Simplemente yo podría marcharme. Podemos seguir con esto en otro momento.

–Dijiste que pintar es tu manera de afrontar las cosas. Te relajarás más si tienes un bloc y pinturas entre las manos.

–¿Y por qué quieres que me relaje? ¡Ah, vale! Esto es como cuando un militar ofrece una buena comida como modo de tortura para conseguir que la víctima de su interrogatorio confíe en él.

–Me entiendes perfectamente.

–Te aseguro que no me vas a ganar con un pincel y un lienzo.

–¿Preferirías quedarte aquí para discutir los términos de nuestro matrimonio? –le preguntó él. Al ver que ella contenía la respiración, se sintió profundamente gratificado.

–Me da la sensación de que lo que yo prefiera no importa.

–Eres una mujer inteligente. ¿Quieres que busque yo la tienda o…?

–Sé dónde hay que ir.

–Ya me parecía.

El dueño de la tienda saludó a Kiara como si fuera una hija para él. Le preguntó si estaba buscando algo en particular.

–Da la casualidad de que estaba en la ciudad y he venido a curiosear.

Kiara hablaba griego, un idioma que Val también dominaba a la perfección, pero él prefería utilizar el italiano, su lengua materna.

El dueño de la tienda la animó a tomarse su tiempo y ella comenzó a husmear entre las estanterías.

Val iba detrás de ella, feliz de observar mientras ella tocaba los pinceles y abría cajones para oler las pinturas pastel.

–Mentí –dijo ella con una sonrisa–. Se me puede comprar con lápices baratos y una bolsa de papel. Soy una niña en una tienda de golosinas en estos momentos y seguramente tendré un berrinche cuando insistas en que ha llegado la hora de marcharse.

–Háblame de tu exposición. Más importante, ¿voy a estar yo en ella?

Ella guardó silencio por un instante.

–Nunca he compartido tus dibujos con nadie.

–¿No?

La paradoja de Kiara era que parecía sincera, pero se comportaba de maneras que iban directamente en contra de lo que él esperaba. Aquello hacía que Val quisiera dudar de ella, pero en realidad no había mentido sobre las razones que la habían llevado a aceptar la ayuda de su padre. ¿Por qué iba a mentir entonces sobre algo que era tan pequeño en comparación?

–¿Por qué no? –insistió él.

Ella lo miró de un modo que parecía como si le hubiera clavado un gancho en el pecho y lo transportó tres años atrás en el tiempo, hasta el momento en el que ella se había colocado sobre él a horcajadas. El suave algodón de su falda le había rozado los muslos desnudos mientras él la colocaba más profundamente contra su regazo. Bajo el suave aroma a carboncillo que ella tenía en los dedos, había una fragancia más profunda, más terrenal, sobre su piel. Algo que le recordaba a hierba y a la humedad que quedaban impregnadas en el mismo aire de Venecia.

No ocultó el lascivo recuerdo que estaba tomando forma en su mente.

Recordaba vivamente las caricias, gemidos y gritos de placer que habían compartido aquella noche. Era una película que recordaba con mucha más frecuencia que el resto de sus fantasías relacionadas con el placer.

Un profundo rubor se impregnó en las mejillas de Kiara cuando lo miró a los ojos. Val había esperado que ella se diera la vuelta, pero no fue así.

Kiara se limitó a decir:

–Niko no quería que nuestro vínculo se hiciera público hasta después de su muerte. Y, por favor… recuerda que tal vez Niko me comprara los materiales, pero yo hacía el trabajo. Cuando vendo algo, quiero que la gente compre lo que yo he creado, no que intenten adquirir el objeto que he representado, en este caso tú.

–De eso se trataba precisamente. No te faltaba talento, Kiara. Solo visibilidad y recursos. Por eso te dije que me utilizaras a mí.

–No estaba segura de que quisiera que nuestro vínculo se hiciera público.

Es decir, si los vendía para poder criar a tu hija, alguien podría haberse imaginado que Aurelia era tuya. Y dado que esas imágenes eran lo único que tenía de su padre, no podía decidir si estaba bien venderlas.

–¿Guardaste mis dibujos desnudo como recuerdo para nuestra hija? Me siento muy halagado –dijo en tono irónico.

–Te estoy diciendo que había muchos factores a tener en cuenta. Cada acto tenía repercusiones muy serias. También, nuestra noche juntos era algo íntimo.

–Ni siquiera sé lo que significa esa palabra.

El nacimiento ilegítimo de Val había sido titular en la prensa y el capital inicial de su fortuna personal lo había ganado gracias a la ropa interior. Su reputación de chico malo había sido tan valiosa como sus penetrantes ojos grises y su físico perfectamente proporcionado.

La reacción de Kiara no tenía sentido. Parecía querer proteger su aventura con Val, lo que sugería que la noche que ambos habían compartido había sido especial para ella en algún sentido. O tal vez se avergonzaba de ello…

De repente, sintió la garganta muy seca.

–He tratado de pintarlos en lienzo en muchas ocasiones –murmuró ella con gesto ausente–. Al óleo y con acuarelas. Incluso con pintura acrílica y pasteles. Nada quedaba bien. No sé por qué –añadió frunciendo el ceño–.

He podido hacerlo con otros bocetos. Estoy muy contenta con el de Aurelia.

Kiara sacó su teléfono móvil, lo desbloqueó y se lo entregó a Val.

–Desliza hacia la izquierda y verás los bocetos. Mi agente los está enmarcando para exponerlos con las pinturas terminadas como

representación del proceso creativo.

La pequeña imagen del boceto rebosaba del incontenible espíritu de la niña. Había una docena de dibujos realizados desde ángulos diferentes, pero en todos ellos aparecía haciendo pompas de jabón. Entonces, Val miró el óleo y amplió la imagen para ver cómo Kiara había captado los reflejos de la luz en las pompas de jabón y en el brillo de los ojos de Aurelia.

Experimentó el orgullo que Kiara sentía hacia su pequeña.

–Quiero todos estos dibujos –le dijo.

El gesto de aprobación de Kiara cambió. Recuperó rápidamente su teléfono.

–No están a la venta. No voy a permitir que nadie se quede tampoco con ella.

Dos horas más tarde, se dirigían a la mejor mesa de un restaurante que había en lo alto de un edificio, con vistas a la Acrópolis.

El sol aún tardaría un par de horas en ponerse, pero un toldo les protegía de sus rayos y de la ligera brisa que llegaba desde el mar. La ciudad se extendía a sus pies y el Partenón relucía en lo alto de su mitológica gloria.

Kiara había estado a punto de caer presa del pánico después del beso, pero luego se había relajado. No se había sentido presionada por la presencia de Val mientras compraba, dado que él se había limitado a permitir que recorriera los pasillos a su conveniencia. Después, cuando llegó el momento de pagar los materiales, él se mostró inflexible a la hora de abonar lo que, principalmente, habían sido compras compulsivas. Por ello, se sentía en deuda con él, lo que seguramente había sido la intención de Val.

Lo miró con incertidumbre y sintió que se le hacía un nudo en el estómago. Él la estaba observando con los ojos entornados. La luz le creaba sombras en el rostro, acentuando su magnífica estructura ósea.

–Deberías haber traído algunos de tus nuevos juguetes.

Kiara había dejado todas sus compras en el coche.

–Solo conseguiría ensuciarme las manos y no poder comer, pero muchas gracias por habérmelas comprado –añadió–. Entre lo de ser madre, preparar mi exposición y la mala salud de Niko, no he podido disfrutar de un momento libre desde hacía mucho tiempo –comentó. Entonces, miró su

teléfono mientras lo ponía encima de la mesa–. Todavía no hay noticias de Scarlett.

–¿Y por qué tenemos que estar pendiente de ella? –le preguntó Val secamente–. Es una mujer adulta que está en el hospital haciendo algo que es completamente natural. Vamos a por Aurelia y vayámonos a Italia.

–¿Estás de broma?

–No estoy diciendo que tener a un niño sea algo divertido o fácil, pero casi todas las mujeres pasan por ello. No parece que nadie podamos hacer nada mientras lo tiene.

–¡Vaya! Me alegro de haber tenido a Scarlett a mi lado en vez de a ti cuando parí. Yo estoy muy preocupada por ella por el hecho de que solo tenga a tu hermano –comentó. ¿Era Javier tan falto de compasión como Val?

–¿Acaso querías que yo hubiera estado a tu lado?

Vaya.

–Hmm… –dijo–. Supongo que un poco.

–¿Por qué? –quiso saber él, asombrado.

–Es exactamente lo que yo me estoy preguntando ahora mismo –replicó ella mientras tomaba un poco de agua.

Val rechazó la carta de vinos y pidió unos entremeses variados.

–Dime una cosa –le preguntó él cuando el camarero los dejó solos–. Yo pensaba que una curiosidad morbosa era lo que llevaba a los hombres a estar en el paritorio. ¿De qué sirve que haya más gente aparte de los profesionales médicos?

–¿Estás tomándome el pelo? ¿Has estado alguna vez realmente enfermo o se te ha roto un hueso o te has quedado impedido de alguna manera de modo que quisieras salir físicamente de tu cuerpo, pero no podías hacerlo?

–Si así era como te sentías, ¿de qué te habría servido yo?

–Bueno, es aterrador sentirse así –dijo. Entonces, esperó a ver si él estaba de acuerdo con ella.

Nada. Val parecía estar hecho de granito. Completamente imperturbable.

Al ver que ella no seguía hablando, Val la miró por fin y dijo:

–Yo no podría haber cambiado lo que tú estabas pasando.

–No, pero… Cuando Scarlett me dio la mano y habló en mi nombre cuando yo no podía, eso significó mucho para mí. Todo el proceso es muy poco digno. Ella se portó genial, pero creo que una mujer que tenga

intimidad física con su pareja, probablemente se siente mucho menos incómoda en esos momentos. Además, la pareja tiene tanta parte en el bebé como la madre, así que supongo que el parto es un poco más como un trabajo en equipo.

Kiara recordó aquellas intensas horas.

–Scarlett estaba preocupada por Aurelia, por supuesto, pero no del modo en el que yo lo estaba. Me sentía muy sola. No podía evitar pensar que la única otra persona que podría sentirse tan preocupada como yo por su nacimiento sería su padre.

Val la miraba atentamente. Parecía pendiente de todas sus palabras, lo que la perturbaba a ella profundamente, haciendo que todo lo que ella decía le pareciera aún más personal y profundo.

–Parecía que iba a durar eternamente y, justo cuando pensé que no podía más y que tenía que rendirme, nació. La pusieron sobre mi pecho. Parecía una ranita –añadió. Los ojos se le habían llenado de lágrimas–. Scarlett se puso muy contenta, pero pensé que tú también podrías haber estado conmigo. Todo lo que he hecho en mi vida ha sido un esfuerzo en solitario, pero te necesitaba a ti para conseguir que ella naciera y quería mostrártela para que vieras lo que habíamos hecho…

Se secó los ojos con el borde de la servilleta. Entonces, le lanzó una advertencia.

–Si dices algo irónico o despreciativo en estos momentos, me levantaré y me marcharé. Nunca más volverás a verme.

Val guardó silencio.

En aquel momento, llegaron los entremeses, lo que le ofreció a Kiara la oportunidad de recuperar el control mientras el camarero les hablaba como si fueran turistas. Les identificó los spanakopita y los dolmades, las albóndigas de cordero y el pulpo a la plancha y después describió los tipos de queso y las aceitunas, y los platillos de tzatziki, hummus y tapenade.

Val y ella se sirvieron en platos más pequeños.

–Por eso estoy preocupada por Scarlett –resumió Kiara, aún con la voz quebrada por la emoción–. Si Javier no le está dando el apoyo que necesita, quiero hacerlo yo.

Val dejó escapar un sonido de incredulidad, que ella tomó como afirmación de la incapacidad de su hermano para ser de utilidad a nadie.

–¿Es eso prejuicio o debería preocuparme de verdad? –le preguntó ella dejando el tenedor sobre la mesa.

–A Javier le encanta jugar a los héroes. Dará la talla.

Aquella cínica afirmación no tranquilizó en absoluto a Kiara, pero estaba segura de que Scarlett la llamaría si la necesitaba.

–¿Estás disgustado porque ella esté teniendo un hijo de él? –le preguntó.

Sentía curiosidad por la animadversión que sentían los dos hermanos.

¿Cómo era posible que fuera tan profunda, tan irrevocable?

–No les deseo nada malo, si es eso lo que me preguntas.

–No me refería a eso. Scarlett quiere mucho a tu hija, si eso significa algo para ti.

–No –replicó él–. Mis sentimientos hacia Scarlett son ambivalentes. Ella hizo su trabajo para un hombre al que yo odiaba. Eso significaba a menudo que era muy insistente cuando yo quería que ella se marchara, pero era mejor hablar con ella que con él. No me alegro de que esté asustada o que sienta dolor, pero tampoco experimentaré felicidad alguna cuando llegue su bebé. En cuanto a Javier, él no tiene poder de afectarme en modo alguno.

Ya no.

–¿Por qué lo odiabas tanto? A Niko, quiero decir. Y a Javier también, supongo.

–Mi padre esperó hasta el último minuto posible para cortar con mi madre. Por supuesto, una mujer con un gramo de orgullo se habría marchado cuando él le dijo que estaba prometido con otra mujer, pero ella siguió lanzándose sobre él y Niko se lo permitía.

–Niko me dijo que ella dejó de tomar anticonceptivos sin decírselo, esperando quedarse embarazada antes de que se casara con Paloma, para que se casara con ella. ¿Lo amaba?

–No. Solo quería su dinero. Niko buscaba una esposa respetable que no le hiciera escenas en público y que tuviera un estatus social adecuado y una buena fortuna. Cuando mi madre consiguió quedarse embarazada y tuvo una prueba positiva de embarazo que enseñarle, él ya se había aplicado todo lo que había podido para hacerle un heredero a Paloma. Su embarazo se confirmó días después de que regresaran de la luna de miel.

–Ella se divorció de él cuando se enteró de que tu madre estaba embarazada, ¿verdad? ¿Y no pensó Niko en casarse con tu madre en aquel momento?

–Mi madre esperaba que lo hiciera, por eso me tuvo. Sin embargo, Niko sabía que ella utilizaría esa ventaja sobre Paloma. No. Decidió reconocernos a los dos como sus herederos y tratarnos «igual». Le dio a mi madre exactamente lo que le daba a Paloma, una casa y una asignación para que me mantuviera, lo que molestó tremendamente a Paloma, dado que ella habría tenido derecho a mucho más si hubiera permanecido casada. Sin embargo, ¿cómo podría haberlo hecho en medio de tanta humillación pública?

–¿Te habría gustado que Niko se casara con tu madre?

–Me habría gustado que cortara con ella de verdad cuando él le dijo que se había prometido con otra mujer en vez de seguir acostándose con ella.

Me habría gustado que le hubiera dado su dinero de una sola vez, en vez de nombrarme a mí como igual de Javier y dejar colgando la promesa de que parte de su dinero me terminaría llegando a mí. Me habría gustado que me hubiera mantenido separado de Javier en vez de enviarnos a los dos al mismo internado, donde el hijo legítimo estaba en un pedestal y el bastardo era tratado como basura por todos los profesores y los demás alumnos. Mi padre debería haber escogido a Javier en vez de dejar que nuestras madres se pelearan sobre cuál de nosotros se merecía más su fortuna. Javier era legítimo, pero yo soy dos días mayor que él. Ni mi madre ni Paloma quieren olvidarse de ese tipo de detalles irrelevantes.

Kiara se quedó atónita.

–La mitad que Aurelia va a heredar es una cifra escandalosa. ¿De qué diablos sirve pelearse por todo?

–Estaban peleándose por él, Kiara. Y a él le gustaba. Su ego se alimentaba de los celos de mi madre y de sus intentos de seducción mientras estaba prometido con Paloma. Las peleas entre ambas durante el divorcio y después le gustaban aún más. Nos manejaba como si fuéramos marionetas. Le encantaban esos primeros años cuando nuestras madres intentaban por todos los medios que su hijo fuera el favorito. Nos envió juntos al internado para demostrar que nos trataba igual a los dos, pero nos comparaba todo el tiempo. Se cebaba en Javier si yo sacaba mejores notas en matemáticas y luego lo hacía conmigo si Javier destacaba en deportes.

Tuve un fuerte dolor de estómago durante tres años seguidos, tratando de convertirme en lo que él quería sin saber lo que era realmente. Fue un infierno.

Eso no se parecía en nada al Niko que Kiara conocía, pero solo había conocido a su nieta y eso había provocado que el sol siempre se dirigiera a ella.

Había parecido furioso de que sus hijos lo hubieran obligado a desheredarlos. La impresión que ella había tenido era que Niko no había sabido cómo afrontar aquella división, pero entonces, cuando lo pensaba de verdad, recordaba que la idea que él tenía de responsabilizarse de la distancia entre ambos hermanos había sido decir siempre que Evelina y Paloma habían ejercido demasiada influencia. Kiara nunca le había oído admitir ningún fracaso como padre, algo que ella ya sabía perfectamente que era imposible. Los errores de Kiara ocurrían prácticamente a diario.

Seguramente, reconocer sus propias meteduras de pata habría sido un comienzo.

–Yo creía que eras un niño mimado –admitió ella–. Antes, cuando te dije que tenías el lujo de poder darle la espalda. Ahora veo que no es justo.

–Dejé de considerar lo que era justo o no cuando me di cuenta de la pervertida versión de justicia que yo estaba viviendo.

–¿Por eso empezaste a comportarte como un rebelde?

–Sí. Mi madre me había estado presentando a desfiles de moda prácticamente desde que nací. Un día, tuve un berrinche. La había visto hacerlo mil veces y sentía una verdadera ira contenida. A los trece años,

¿quién no la tiene? Sin embargo, principalmente la estaba emulando a ella.

Fue una sensación increíble. Al comportarme como si hubiera perdido el control, lo gané. La gente empezó a prometerme toda clase de cosas. Me negué a volver a trabajar hasta que el dinero que ganara fuera directamente a mi propia cuenta, y no a la de mi madre. Ella estuvo a punto de renegar de mí. Y, por supuesto, yo fui a ver a mi padre.

–¿Y qué hizo Niko?

–Me dijo que, si quería trabajar, debería trabajar para él. Javier y yo teníamos que ir a la empresa durante las vacaciones escolares. Esa experiencia me enseñó la importancia de contratar a un administrador decente y de prestar atención a lo que la gente hacía con mi dinero, así que no fue tiempo perdido, supongo. Sin embargo, tener mi propio dinero me permitió decirle a Niko que se fuera al infierno. Le dije lo mismo cada vez que hablábamos hasta la noche antes de que nos conociéramos en Venecia.

Después de ese momento, emparentó por matrimonio con la familia de los rivales de Niko en los negocios y construyó firmemente un muro entre su padre y él que nunca había sido derribado.

Kiara sabía que Scarlett había estado en contacto con Val unas cuantas veces a lo largo del año anterior para que él supiera que la salud de Niko estaba debilitándose. Val rechazó todas las invitaciones que ella le hizo para que fuera a visitar a Niko.

–¿No te arrepientes de no haberte reconciliado con él? –le preguntó suavemente.

–No.

–¿Aunque él no tenía toda la culpa? Tu madre… lo siento, pero me parece que ella tiene también algo de responsabilidad. ¿Cómo es posible que hayas mantenido una relación con ella y no con tu padre?

Val se tomó un instante para considerar su respuesta, lo que le hizo sospechar a ella que la respuesta sería incompleta.

–Hasta hoy, ella creía que yo aún era su salvoconducto para, al menos, la mitad de la fortuna de mi padre. Eso hizo que se comportara muy bien conmigo. Ahora, dado que ya no tiene posibilidad, en especial porque tú y yo vamos a casarnos, ella se convertirá en nuestra peor pesadilla.

–¿Y yo voy a compartir a mi hija con un desconocido en el que apenas confío? Dios, ¿cómo me voy a resistir?

–No puedes. A los dos nos gusta el sarcasmo. Somos prácticamente almas gemelas.

–El matrimonio nunca ha estado en mi lista de objetivos –afirmó sinceramente–. Cuando era una niña, veía cómo las chicas más guapas eran las que llamaban la atención de los chicos y me preguntaba qué era lo que se sentía, pero en las pocas ocasiones en las que tuve una cita, no hacía más que desear que se terminara para poder ponerme de nuevo a dibujar. Eso hizo que me diera cuenta de que no estaba hecha para las relaciones serias e íntimas.

–¿Es así como te sientes ahora?

–¿Es esto una cita? –replicó.

–Dado que lo preguntas, tendré que esforzarme un poco más –susurró él.

Le recorrió el rostro con la mirada y, cuando se detuvo en los labios y senos, fue una invitación puramente carnal.

Kiara no podía alcanzar su nivel de relajación en aquella situación. El corazón volvió a darle un vuelco antes de decirle la verdad.

–Soy una adicta al trabajo totalmente empedernida –admitió–. Siempre me siento obligada a estar con mi arte, sino estoy con Aurelia, claro está.

Ella es la mayor de mis prioridades. Eso hace que esta conversación sea una prioridad, por lo tanto, esto no es una cita. Es una cena de trabajo.

–Nos vamos a casar. Eso normalmente empieza con una cita.

Y termina con… Kiara se atragantó.

–No esperaba que tú me propusieras matrimonio.

–¿Y cómo esperabas que reaccionara?

–Que te enfadaras sobre el dinero. Pensaba que lucharías para conseguirlo. Es mucho dinero. También pensaba que te enfadarías por haber tenido a mi hija después de todo y que nos dirías que nos fuera bien en la vida.

–Estoy enfadado. No habrá más secretos entre nosotros cuando estemos casados. Todo lo que necesites, te lo proporcionaré yo. Por lo que a mí respecta, podemos arrojar el dinero al fondo del mar. Para mí, esto marca un antes y un después. ¿Lo comprendes?

Tan implacable… Kiara no se atrevió a señalar que había escuchado una orden muy similar en labios de Niko cuando le hizo prometerle que le ocultaría a Val la existencia de Aurelia.

–Mira, significa mucho para mí que quieras conocerla, pero lo del matrimonio…

–Kiara, no soy un hombre que se avenga a los convencionalismos. El matrimonio es una estúpida costumbre social que no sirve para ningún propósito sensato, al menos que yo vea. Sin embargo, significa algo para el resto del mundo. Ser ilegítimo no fue algo divertido para mí. Había personas que se aseguraban de que yo sufría por algo que no era culpa mía.

No voy a sentenciar a mi hija a esa experiencia cuando hay una solución tan fácil. Reclamar a Aurelia como mi heredera no es suficiente. Tú y yo tenemos que casarnos. ¿Acaso basta para ti que ella sepa simplemente quién soy yo? ¿Dónde estaba tu padre cuando tu madre murió? ¿Por qué te quedaste huérfana?

–Yo no sé nada sobre mi padre –admitió ella. Tenía la mirada baja, para no traicionar sus sentimientos–. Tal vez mi madre me habría hablado sobre él cuando yo hubiera sido mayor, pero solo me dijo que era alguien a quien

amaba y que pensaba que regresaría algún día, pero no fue así. Cuando la perdí, le dije a todo el mundo que era huérfana para no tener que revelar que no habían estado casados. Sin embargo, nunca se burlaron de mí por ello.

No, la gente había expresado pena o tal vez algo de asombro por el hecho de que pudiera existir una persona que no tuviera a nadie en su vida. Sin embargo, ella había sentido la no existencia de su padre de otras maneras más sutiles. En ocasiones, había pensado que, si al menos hubiera tenido su apellido, habría había algo entre ellos. Un pequeño vínculo.

–Podría comprender que nos casáramos por mero formalismo, por el bien de Aurelia –dijo ella con cautela–. Tal vez nos podríamos divorciar después de un año o así.

–No. Ya me he divorciado una vez. No creía que me molestara, pero el sentimiento del fracaso es intolerable. Más importante es que no quiero repetir la historia. No quiero que Aurelia viva en dos casas que están enfrentadas. No te voy a dar la oportunidad de ponerla en contra de mí.

–El hecho de que creas que yo haría algo así es razón suficiente para que no nos casemos –dijo ella muy tensa–. No quiero vivir con alguien que no confíe en mí y que no me respete. ¿Y tú?

Val frunció los labios y entonces miró hacia el horizonte.

–Al menos eres entretenida.

–En realidad, soy muy aburrida. No soy de salir mucho. No me preocupa nada de lo que esté pasando en el mundo ni lo que es moda. Si leo, son novelas románticas, algo que no creo que esté entre tus temas favoritos. Y

lo mismo me pasa con las películas. Mi capacidad para relacionarme en una fiesta se limita a describir mis procesos creativos, sobre los que odio hablar por miedo a ponerlos en peligro. De hecho, si hablas en serio sobre el matrimonio, tendrás que prepararte para dos temas de conversación: que el tiempo me permita trabajar al aire libre y cómo te va con los deberes de Aurelia. Yo tuve tantos problemas en el colegio que te nombro ahora mismo responsable de esos asuntos.

–Las fiestas están demasiado valoradas –replicó él mientras se reclinaba cómodamente en su silla–. De lo de los deberes no me importa ocuparme.

¿Ves? Ya vamos haciendo progresos. Yo viajo mucho. Supongo que eso te agrada. Tú fuiste a Venecia para saciar tu vena creativa, ¿no?

–Si mi exposición va bien, necesitaré nuevas fuentes de inspiración –dijo ella mientras trataba de imaginarse cómo sería el matrimonio con él–.

Supongo que podríamos viajar contigo hasta que Aurelia empiece el colegio.

–Bueno, irá a un internado.

–Eres adorable cuando te equivocas –replicó ella mientras pinchaba con fuerza una albóndiga. Estaba dispuesta a pelear aquello con todas sus fuerzas–. Aurelia irá a un colegio normal. Aún no he decidido a cuál.

–Estás muy sexy cuando te pones agresiva –observó él. Le quitó el tenedor y se comió la albóndiga que ella había pinchado–. Eso me gusta. Y

lo sabes.

«Móntame…».

Kiara había sabido cómo funcionaba el sexo en su sentido más teórico, pero no se había dado cuenta de cómo era capaz de hacerse con el control del acto y gozar con ello. Una oleada de sensualidad se apoderó de él cuando recordó cómo ella se movía encima de él mientras la cama crujía.

Entonces, ya habían hecho el amor dos veces y estaba algo dolorida, pero la seguridad en sí misma que mostraba lo provocaba. «Una vez más». Hasta que la colocó encima de él.

«Móntame», la había animado. «Así no te haré daño».

Kiara había estado a punto de matarlos a ambos, decidida a sacar cada gramo de placer de la experiencia. Cuando ella se desmoronó sobre él presa del profundo orgasmo que los había poseído a ambos, cayó encima de su cuerpo y los corazones de los dos…

–¿Qué estás pensando, cariño? –le preguntó él en un tono de exagerada intimidad.

Sabía perfectamente adónde habían ido los pensamientos de Kiara. Él la había enviado allí a propósito, probablemente para desarmarla después de lo segura de sí misma que ella se había mostrado.

El rubor que cubría sus mejillas se transformó en un gesto de profunda mortificación.

–¿Por qué estaba yo allí aquella noche? –preguntó. Aquella cuestión llevaba años mortificándola–. En la red, dice que odiabas el mundo del modelaje y que lo dejaste en cuanto tuviste dinero para dedicarte a otras cosas. ¿Por qué te ofreciste a posar para mí?

–Quería que subieras a mi habitación –respondió él como si fuera evidente.

–¿Pero por qué? Porque incluso cuando pensé que me pagabas por el sexo, no tenía sentido que me lo hubieras pedido a mí. Había profesionales mucho más experimentadas si eso era lo que querías. Eso no es lo que era, bien –añadió levantando la mano–. Además, la clase de mujeres con la que tú te sueles relacionar son altas ejecutivas o famosas, no estudiantes de arte empobrecidas, sin sofisticación alguna y un poco más rellenas de lo que a ti te gusta.

–¿A cuál de los dos estás insultando?

–Sé lo que soy, Val. No me gustaba ser el patito feo de niña, pero no me importa haberme convertido en el patito feo de mayor en vez de haberlo hecho en un hermoso cisne, que son las mujeres habituales para ti. Había mujeres flirteando contigo en el restaurante aquella noche, así que, ¿por qué me llevaste a mí a tu habitación? ¿Fue la emoción de escoger una virgen?

–¿Cómo has dicho?

La voz de Val restalló de tal manera que el resto de los comensales se volvieron para mirarlos. Él miró enojado a su alrededor antes de dirigirse de nuevo a Kiara, en voz más baja, pero con la misma intensidad.

–¿Y cómo diablos se supone que yo podía saber eso?

–Pensaba que era evidente…

Kiara tenía que admitir que el acto no le había dolido. Había estado muy excitada y la penetración había sido más un momento de placer y estimulación que otra cosa.

–Estabas tomando la píldora –le recordó él–. Eso me llevó a pensar que… ¿Estás diciéndome la verdad ahora?

–¿Y por qué iba a mentirte?

–No lo sé… –gruñó. Entonces, se levantó y dejó unos billetes encima de la mesa–. No vamos a seguir con esta conversación aquí.

–¿Podemos ir al hospital?

–¿Para que Javier y yo podamos comparar notas sobre cómo hemos terminado en la misma situación? No.

–Hay un parque al lado del hospital. Está muy agradable a esta hora del día. Muy tranquilo. De verdad que quiero ir a ver cómo está Scarlett.

Val terminó cediendo y diez minutos después su chófer los dejaba frente a unas puertas de hierro forjado que daban paso a un pequeño santuario

donde las familias podían llevar a sus parientes enfermos para que tomaran un poco de aire fresco.

En aquellos momentos, el parque estaba vacío. Kiara había acudido allí en diferentes ocasiones con Niko, pero en aquel momento no tenía una manita que se aferraba a la suya mientras caminaban por el borde del estanque. Se sentía a la deriva sin su hija, por lo que se le escapó un suspiro de melancolía.

–¿Y tú…? –empezó Val. Su voz se tensó un instante y volvió a intentarlo–. Cuando te invité a que subieras a mi habitación y te dejé claro que me iba a desnudar, quise que ello significara que iba a hacer mucho más que modelar para ti. Dije que quería ver dónde nos llevaba la noche…

–Yo sabía en dónde me estaba metiendo. No era tan inexperta –comentó ella mientras bajaba la cabeza con timidez.

–Sin embargo, me permitiste que te sedujera, aunque no habías hecho el amor antes. ¿Por qué?

–Me sentí halagada –admitió ella–. No suelo atraer la atención de hombres tan guapos y tan sexis y…

–Deja de hablar de ti como si no fueras atractiva.

Kiara cerró los ojos.

–Te ruego que no pienses que estoy buscando cumplidos. Estoy contenta con mi aspecto normal. Me gusta la comida y no veo motivo alguno para sudar en el gimnasio cuando prefiero estar pintando. La vida de una supermodelo me parece estar demasiado valorada.

–Lo está –afirmó él–. La mayoría de la gente delgada que conozco tienen desórdenes alimentarios. Mi madre está completamente loca porque siempre tiene psicosis sobre lo que come.

–¿Y tú? ¿El encanto que tú exhibes es natural o hay algo similar?

–Odio el mundo del modelaje. Cuando me di cuenta de que me estabas dibujando, asumí que tú sabías quién era yo y estuve a punto de marcharme, pero tu intensidad despertó mi curiosidad. Quería ver lo que pasaba, por eso te invité a cenar.

En realidad, después de estar veinte minutos inmóvil, él se había acercado y le había dicho que los modelos tenían derecho a una compensación y le pidió a Kiara que lo invitara a cenar. Por supuesto, él había terminado pagando porque eligió uno de los restaurantes más caros.

Val la miró del mismo modo en el que lo había hecho aquella noche, de un modo que despertaba sensaciones en ella, por lo que Kiara se sintió muy tímida y femenina. Hermosa. Sexy.

–Deberías haberme dicho que nunca habías hecho el amor.

–¿Y habrías querido acostarte conmigo a pesar de todo?

–Sí, aunque no tres veces. ¿Te hice daño?

–Un poco… En realidad… –susurró arrugando la nariz y mirando hacia el estanque con las mejillas ruborizadas de vergüenza–. ¿Podemos dejarlo en que fue una experiencia agradable hasta qué pensé que me habías pagado por ello?

–Experiencia agradable… Nunca antes me habían aplicado esas dos palabras. Esto, Kiara –añadió con una voz tan rica como el vino tinto, una voz profunda e íntima, que la envolvía. Durante un segundo, ella se sintió como si los dos estuvieran perfectamente alineados. Iguales y opuestos. El yin y el yang–. Esta es la razón por la que te pedí que subieras a mi habitación aquella noche.

–¿A qué te refieres? –preguntó ella asombrada.

–Química –respondió él–. ¿Has tenido otros amantes?

Ella se cruzó de brazos y se miró los pies.

–Aún no he tenido tiempo de crear mi perfil online para las aplicaciones de citas.

–Entonces, yo… Aquella noche… Es la única experiencia que tienes. Y

hoy me besaste como… Un hombre decente no se aprovecharía de ti seduciéndote de nuevo, pero yo no soy un hombre decente, Kiara. Eso ya lo sabes, ¿verdad? Voy a utilizar esta atracción para meterte en mi cama y ponerte un anillo en el dedo. Así terminará todo.

–¿Te puedo hacer una pregunta?

Val la miró.

–¿Quieres más hijos?

–No –respondió él tajantemente, tanto que ella se quedó sin palabras–.

¿Y tú?

Kiara asintió.

–No me gustó ser hija única.

–Los hermanos no lo son todo.

–A vosotros os envenenaron desde muy niños el uno contra el otro –dijo ella mientras se acercaba un poco más a Val–. ¿Le has dado a Javier una

oportunidad últimamente?

–No. Ni pienso dársela.

–No quiero que Aurelia aprenda ese odio.

–Por eso no tendré otro hijo. Tú ya la estás utilizando a ella para manipularme.

–¿Para qué, has dicho? ¿Te refieres a lo de reconciliarte con tu hermano?

Eso queda entre tú y él. Hazlo o no lo hagas, me da igual. Sin embargo, mi trabajo como madre es enseñarle a Aurelia cómo ser un ser humano decente. Ser modelo de comportamiento para que aprenda la amabilidad y la capacidad de perdón. Si solo le vas a enseñar cómo odiar, no lo voy a permitir. No podrás ejercer como padre.

Un músculo se tensó en la mejilla de Val. Entonces, Kiara sintió remordimientos por lo que había dicho. No se pegaba una patada a un perro por ser un perro.

–¿Entiendes que ser padre es más que darle un apellido, una casa y tres comidas diarias? –le preguntó más suavemente–. Esto no es un ultimátum, Val. Es una elección que tienes que tomar. Si quieres que me case contigo, tienes que querer también tener una relación con Aurelia. No puedes permitir que ella forme un vínculo emocional si no es correspondido. Eso es cruel y lo sabes. Ella necesita toda la compasión, el afecto y el respeto que puedas darle. Tendrás que escuchar y llegar a un compromiso. Eso era lo que faltaba entre Niko y tú, ¿verdad? Por eso eres tan amargado y malevolente. ¿De verdad esperas que yo consienta que mi hija se convierta en alguien como tú?

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