E-Pack Bianca octubre 2020

Varias Autoras · Capítulo 42 de 49

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E-Pack Bianca octubre 2020

Cap�tulo 7

Capítulo 7

HESTER vio cómo su marido derramaba encanto en todos los asistentes, haciendo que la espera para saludarlos valiera la pena. Su habilidad le fascinaba, y tan centrada estaba en él que no vio a sus primos hasta que los tuvo delante, con sus sonrisas postizas y apuñalándola con la mirada.

Todo el barullo de la estancia retrocedió cuando Joshua, Kimberly y Brittany la miraron.

–Gracias por la invitación –fueron las palabras de Brittany, mientras Kimberly hacía una especie de reverencia cargada de desprecio.

Hester seguía sin poder hablar. No habían cambiado lo más mínimo.

¿Cómo era posible que lograran que se sintiera tan inepta y pequeña, incluso en aquella circunstancia?

–Ha sido un placer –intervino Alek para llenar el silencio y le tendió una mano a Joshua–. Os agradecemos que hayáis podido uniros a las celebraciones de un día tan especial para nosotros.

Los tres se quedaron mudos ante el encanto implacable de Alek, y Hester vio aliviada cómo seguían hacia la zona donde se celebraba el banquete.

Estaba bien que se hubieran callado, pero no había sido ella quien los había silenciado. Alek le dio la mano y se pegó a ella en una muestra de protección que estaba disfrutando demasiado.

–Le he pedido a Fi que hiciera correr el rumor de que nos vamos a retirar pronto –le dijo casi al oído cuando salieron a la pista de baile–. Y lo vamos a hacer.

–Bien.

Menos de treinta minutos más tarde, tomaban los corredores que conducían a sus apartamentos.

–Tendrás que quedarte conmigo esta noche –dijo él–. Dormiré en…

–¿En el sofá?

–Algo así.

–Hemos sobrevivido.

–Yo creo que hemos hecho algo más que sobrevivir. Hemos triunfado.

¿Has visto sus caras? Les ha encantado –sonrió satisfecho.

–Genial.

Miró a su alrededor para distraerse. El apartamento de Alek era parecido al suyo, pero aquel había sido amueblado con piezas modernas.

–Me iría directa a la cama –murmuró.

–¿Eso es lo que quieres?

Hester se quedó inmóvil. No podía ni tragar.

–Tranquila, Hester. No pasa nada. Quédate con el dormitorio, la segunda puerta a la izquierda.

Debería haber sentido alivio, pero lo que sintió fue un hondo pesar.

Apenas había dado un par de pasos en el dormitorio cuando se dio cuenta de que tenía un problema que no podía solucionar. Salió de nuevo al salón.

Alex estaba exactamente donde lo había dejado.

–Voy a necesitar ayuda para quitarme este vestido –dijo–. Me lo ajustaron puesto –añadió, mordiéndose un labio–. Lo siento.

–No pasa nada –contestó él, acercándose–. Déjame ver.

Se dio la vuelta, tremendamente consciente de que estaba conteniendo el aliento cuando sintió que pasaba la mano por una costura.

–Voy a necesitar unas tijeras o algo…

–Podrías utilizar tu espada ceremonial –intentó bromear para aligerar la atmósfera, pero no funcionó. Nada podía aliviar la tensión que sentía.

–O los dientes.

Intentó controlar un estremecimiento, pero sus manos se quedaron quietas sobre su piel.

–Espera –dijo él con una voz extraña–. Tengo tijeras en el baño. No querría estropearlo –añadió.

Hester cerró los ojos.

–No voy a volver a ponérmelo, así que no pasará nada si tiene algún corte.

Él se quedó en silencio un momento más.

–Lo expondrán en el museo del palacio.

–¿En serio? –incluso estando de espaldas a él, su magnetismo la sofocaba. –Necesito salir de este vestido –rogó, desesperada–. No puedo respirar.

–Entonces, te vamos a sacar.

Sintió un tirón.

–He arrancado un botón. Lo siento.

Le oyó respirar y contener el aliento. A continuación, de nuevo el ruido del tejido al rasgarse. El vestido se aflojó, y ella sujetó la seda contra su pecho y despacio se volvió a mirarlo.

Estaba tan cerca, tan quieto, con tanta intensidad. Y ella tenía que quedarse quieta también si no querría correr a sus brazos como una desesperada…

–Hester… solo para que quede claro: no te robé ese tercer beso para que lo captaran las cámaras. He sido muy egoísta y sé que debería disculparme, pero creo que tú lo has disfrutado tanto como yo –explicó, tan cerca que sentía su aliento en la piel–. Y me gustaría pensar que quieres que lo vuelva a hacer, sin pensar en ese estúpido contrato. Sin limitaciones. Creo que quieres que lo haga y yo, como hay sol que quiero besarte.

Alek no se movió, pero estaba en lo cierto. Quería que volviera a tocarla.

Ansiaba sentir la electricidad que la había abrasado en aquel beso, demasiado breve.

–Sí.

–¿Sí?

Sabía que en su interior estaba batallando consigo mismo, como ella.

–Sí, quiero –susurró, y aquella promesa fue más sincera que la que le había hecho en la iglesia. Fue a ella de inmediato. Hester no sabría decir cómo ocurrió, pero se encontró con la pared en la espalda, él besándola y ella besándolo a él con toda su alma, y todo lo que había estado conteniendo durante tanto tiempo salió en tromba. Toda la necesidad. Todo el calor.

–Pídeme que pare –gimió él–. ¿O quieres que siga? Porque ya sabes lo que quiero yo, Hester. Y aunque me gustaría pensar que sé lo que tú deseas, necesito oírtelo decir.

Hester lo deseaba, pero no lograba ponerlo en palabras.

–Hester… soy más fuerte que tú. Te tengo prisionera contra la pared.

Podría…

–Está bien.

–¿Está qué?

–Maravillosamente bien –se corrigió rápidamente–. Por favor, Alek…

Necesitaba sus caricias, necesitaba que la tomase completamente. Lo quería todo de él solo por aquella noche, porque estaba tan cansada de estar sola. No se había dado cuenta hasta que él entró en su vida y le hizo desear todas aquellas cosas imposibles.

–¿Por favor, qué? Dímelo, Hester. Necesito que me lo digas.

Y se quedó inmóvil y en silencio, esperando.

–Estoy cansada de no sentir nada –le dijo casi sin voz–. Quiero sentirme bien, y así me siento bien. Quiero sentir más, más de esto. Contigo.

–Bien –contestó, y sus pupilas se dilataron.

Alek soltó su cintura para sujetarla por las muñecas. Ella seguía sujetando el vestido y entendió lo que iba a pasar. Suavemente tiró de sus brazos y el maravilloso vestido cayó al suelo. El cuerpo era tan ajustado que no había necesitado llevar sujetador debajo, y sus ojos como brasas se clavaron en los suyos un momento antes de bajar. Un hambre salvaje y fiera se reflejó en su expresión, un hambre que era un eco de la que ella estaba sintiendo, y con un gemido ronco se apoderó de su boca. Incapaz de resistirse, Hester se apoyó en la pared. La intensidad de las sensaciones que estaba despertando en ella con cada respiración, con cada contacto de su lengua y caricia de sus manos la hizo estremecerse, y arqueó la espalda, perdida en aquel deleite. Casi le daba miedo lo increíble que era todo aquello.

–Alek –no podía soportarlo más–. Alek…

–Sí –murmuró sin aliento–. Dime.

Pero lo que salió de sus labios fue pura incoherencia, abrasada de calor y de luz, de sensaciones burbujeantes de placer y deseo. Él deslizó la mano bajo sus braguitas de seda y tuvo que sujetar sus caderas con fuerza para poder darle placer, para hacer que llegase a lo más alto de aquella increíble sensación. Y siguió acariciándola hasta que ella se estremeció en sus brazos y gritó la agonía del éxtasis.

–Eres tan caliente –dijo, tomándola en brazos para llevarla a la cama como si no pesara nada–. Sabía que lo eras.

No le importaba lo que pudiera saber. Solo necesitaba sentirlo más cerca.

Sentirlo más.

–Alek.

Se colocó sobre ella. Nunca había estado tan cerca de otro ser humano, y no quería que terminase aún, no ahora que acababa de empezar a descubrirlo, y subió una mano a su pecho con intención de reconocerlo.

–Puedes tocarme –dijo, respirando hondo–. Donde quieras. Como quieras.

Quería que lo tocase tanto como ella deseaba que él lo hiciera. Aquello era dar y recibir. Deseo y hambre. Lo ayudó a quitarse el traje, disfrutando de ir descubriendo su cuerpo magnífico. Acarició cada centímetro de su belleza, deteniéndose sobre una cicatriz de bordes irregulares en una nalga.

No quería preguntarle qué había ocurrido, pero él la abrazó con una sonrisa, y ella se olvidó de la pregunta en el ardor de sus besos. La había encerrado en una mazmorra de deseo, en el corazón del palacio. Era una prisionera de la sobrecogedora lujuria que despertaba en ella.

–Por favor –gimió.

–Necesito que me digas lo que quieres que haga.

–Pensaba que no te gustaba que te dijesen lo que tenías que hacer –

contestó, estremeciéndose al sentir que deslizaba una pierna entre las de ella.

–Por ti puedo hacer una excepción –sonrió, mirándola a los ojos y atormentándola con un movimiento lento y delicioso de sus caderas–.

¿Quieres que te bese?

–Sí.

Y de tal modo lo hizo que ella arqueó la espalda, incapaz de resistirse a lo que le demandaba su cuerpo. Siguió besándola en el cuello, en el pecho, mordió y sorbió, bajando cada vez más.

–¿Quieres que te toque? –preguntó sobre su vientre.

Y la acarició, atormentándola sin tregua, hasta que ella comenzó a retorcerse ya que, a pesar de que había llegado al éxtasis un momento antes, aquel vacío que sentía dentro era insoportable.

Entonces se le acercó para mirarla a los ojos.

–¿Quieres tenerme dentro de ti?

–Sí –contestó. Lo quería todo.

–¿Estás segura?

–Esto es como un sueño, Alek. Solo por esta noche.

–¿Un sueño? –preguntó, y negó con la cabeza–. Esto no es un sueño del que te puedas despertar y dar marcha atrás.

–No digas nada más –protestó. Nunca se había abierto a nadie del modo en que lo había hecho con él, y todo lo que deseaba era tenerlo. Ya–. No lo estropees. Y no te detengas –añadió–. Sí, quiero tenerte dentro.

Entonces sonrió y volvió a besarla hasta que ella gimió, hasta que fue incapaz de pronunciar una sola palabra. Hubo una breve pausa en la que vagamente se dio cuenta de que se estaba poniendo protección, pero en unos segundos volvió a estar sobre ella, grande y pesado, una sensación maravillosa, deslizó las manos bajo sus nalgas y la inmovilizó. Hester contuvo el aliento al sentir su pene rozándola.

–Hester… –susurró.

–Sí, Alek.

Era lo que quería. A él.

Hester tembló. Era tan grande y tan fuerte que de repente se sintió desbordada. Pero él se movía tan despacio, con tanto mimo, y su beso fue para ella como el oxígeno que necesitaba para vivir. Fue entonces cuanto todo se derritió dentro de ella y él se deslizó despacio, de modo que quedaron tan unidos como era posible. Necesitaba que se movieran y él la animó a seguir su ritmo suave, intenso y húmedo, a bailar con él una danza que no conocía, pero cuyo ritmo entendía sin saberlo. Su respiración se hizo más bronca cuando ella se agarró a sus nalgas, entendiendo mejor aquel intercambio, el encuentro y la retirada. Juntos se movieron más deprisa, más allá… hasta que ella gritó con un placer insoportablemente hermoso.

Cuando él se unió a ella, todo fue luz, calor y gozo.

Y al final, cuando ya no pudo moverse más, él se tumbó a un lado, llevándola consigo, y volvió a besarla en una intimidad a la que aún no estaba acostumbrada pero que anhelaba con desesperación, tanta que bastó con otro beso largo para que sus caderas iniciaran de nuevo aquel baile.

–Oh, Hester… –murmuró él, deslizando las manos por su cuerpo–. Eres increíble.

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