E-Pack Bianca octubre 2020
Cap�tulo 5
Capítulo 5
HESTER apretó un poco más su clutch nuevo. El vestido era adecuado, podía caminar bien con aquellos zapatos color nude de medio tacón, y había practicado para no parpadear con las luces de las cámaras. Todo iba a salir bien. Tenía una entrevista de televisión, una salida pública, y de vuelta al palacio. Había estado practicando, preparando la interpretación de su vida: el recorrido por el pasillo central de la capilla, subir y bajar del carruaje. Y
luego, otro baño en la piscina. Pero Alek no había vuelto a aparecer allí.
En aquel momento, la estaba esperando en el pasillo. Siempre sentía mariposas en el estómago al verlo, pero era la quemazón que experimentaba un poco más abajo lo que suponía para ella un verdadero problema. Aún no comprendía cómo había podido confesarle lo de su virginidad. Alek la miró de arriba abajo, serio.
–Te has dejado el pelo suelto –dijo al fin–. Me gusta.
–Me alegro mucho. Tu aprobación es lo más importante para mí –le hizo decir la tensión.
–Excelente –sonrió como un lobo, pasando por alto su sarcasmo–. La tienes. Sabía que ibas a estar a la altura.
Apretando los dientes, deseó no reaccionar a su sonrisa, pero no consiguió bloquear un calor que se le arremolinaba por dentro.
–¿Preparada para darme la mano?
–¿Por si me da por salir huyendo? –replicó–. Buena idea.
De la mano la hizo entrar en una enorme estancia llena de maravillosas esculturas y libros, donde la guio a una mesa de madera iluminada por una lámpara.
–Ven, tienes que elegir una cosa.
Boquiabierta contempló las bandejas de terciopelo colocadas cuidadosamente sobre la mesa.
–¡Madre mía!
No sabía qué decir. Había docenas de anillos increíbles: solitarios de diamantes, zafiros, rubíes, esmeraldas y otros que no había visto nunca.
–Espero que alguno te valga –dijo él, frunciendo el ceño–. Tienes las manos pequeñas.
–¿Es que has atracado todas las joyerías en cien kilómetros a la redonda?
–No. Todos son joyas del cofre del palacio –sonrió–. Luego por la tarde elegirás una tiara para la boda. Ahora no tenemos tiempo, y además se supone que es un secreto. ¿Cuál te gusta?
–Cualquiera de ellos. Todos son preciosos.
Era imposible decidir.
–¿Quieres que te ayude? –se ofreció, con una sonrisa en la voz que ella fue incapaz de devolver.
–Elige tú.
–Debes llevar algo que te guste de verdad. Te lo mereces, Hester –añadió, y ella entonces lo miró–. No tengas miedo a equivocarte. Puedes elegir lo que quieras.
Intentaba ofrecerle seguridad, pero aquello era demasiado. Perlas, diamantes, esmeraldas, zafiros, rubíes… estaba atónita y muda, completamente desbordada por su delicadeza, pero casi era peor saber que Alek era consciente de lo poco acostumbrada que estaba a que nadie le preguntara sus preferencias, o le ofreciera hermosas habitaciones para dormir, o le hiciera elegir entre las maravillosas creaciones de los mejores diseñadores o de los mejores joyeros.
–¿Por qué no empiezas probándote alguno para ver si te queda bien?
Eligió el más próximo y tomó su mano. Estaba fría.
Hester permaneció inmóvil mientras él le probaba el primer anillo, se lo quitaba rápidamente y elegía otro. La enorme esmeralda oval era enorme.
El aro del rubí cuadrado era demasiado grande… mientras probaba y descartaba, seguía manteniendo asida su mano como si de verdad temiese que fuera a huir. Y no andaba desencaminado, porque su temperatura estaba subiendo y la respiración se le aceleraba por segundos.
–¿Te sientes incómoda, Hester?
–Claro –contestó ella, intentando parecer despreocupada, pero su voz fue apenas un susurro. Estaban demasiado pegados, y su imaginación se había desbocado, leyendo demasiado en cada mirada, en cada palabra–. Me va a dar miedo ir a cualquier parte con algo así en la mano. ¿Y si lo pierdo?
–Solo tendrás que llevarlo a los eventos de hoy y a la ceremonia. El resto, permanecerá bien guardado en el cofre.
Bien. Mucho mejor así.
–¿Tienes un color favorito? –preguntó, mientras contemplaba el efecto de otro en su mano.
Ella negó con la cabeza, demasiado azorada para hablar.
–Bien, entonces voy a decidir yo, y no vas a poder decir nada de nada.
Se habría echado a reír de no ser por el efecto tan intenso que provocaba en ella. Con movimientos exagerados, se colocó de tal modo que ella no pudiera verse la mano y siguió probándole anillos, cada vez más despacio, hasta que le puso otro y se quedó más tiempo con él. Por fin se volvió hacia ella con una sonrisa.
–Ya está.
Y con una reverencia, se dio la vuelta y sostuvo su mano por las yemas de los dedos.
–¿Qué te parece?
Hester se quedó mirando sin decir nada porque, aunque su corazón latía desaforado, el cerebro se le había quedado sin nada que decir. Era magnífico. Un solitario de oro con la piedra tallada en forma de lágrima, de modo que no brillaba exageradamente, ni era llamativa, pero la luz se reflejaba con una profundidad que no había creído posible para un mineral.
Podía perderse mirándola. Era exquisita, delicada y la conmovió intensamente.
–¿Hester?
–Está… bien –dijo. Sabía que su respuesta era totalmente inadecuada, casi rayando la grosería, pero le resultaba imposible articular los pensamientos incoherentes que se revolvían en su cabeza en un torbellino de confusión. Esperaba una broma, pero su rostro se iluminó con una sonrisa, y a ella el corazón se le paró. Aquellos hoyuelos iban a ser su perdición.
–Sí, lo está –dijo él, y pasándole un brazo por la cintura, la condujo hacia la pesada puerta que había al otro lado de la estancia–. Me alegro de que te
guste.
Al otro lado de la puerta, el periodista esperaba con solo dos personas más: un cámara y un especialista de sonido. Hester se acomodó en el borde del sofá con la esperanza de que no se le notasen demasiado los nervios.
Alek se sentó a su lado y tomó su mano. Era tan consciente de su calor, de su fuerza, y aquella sonrisa que era capaz de derretirlo todo y a todos…
pero, de algún modo, aquello terminó. Él se reía y solo soltó su mano para estrechar la del presentador.
–Lo has hecho bien –comentó Alek mientras la acompañaba de vuelta a su apartamento.
Hester no era capaz de recordar ni una sola de las respuestas que había dado a las preguntas, empeñados como estaban sus pensamientos en tomar una dirección peligrosa.
–Uy, sí. He estado increíble. Creo que no he dicho más de tres palabras.
–¿Es que andas buscando un cumplido? ¿No te ha bastado con eso? –se detuvo y se colocó delante de ella–. Pídeme más. No tienes ni idea de lo mucho que deseo que me pidas más –sonrió–. Vaya, has vuelto a quedarte callada.
–Porque te gusta mucho coquetear.
–¿Sí? Puede que sea cierto, pero no por eso tienes que asumir que no pienso lo que digo –apretó su muñeca–. Se te está acelerando el pulso.
–De miedo que tengo.
–Mentirosa –sonrió.
–Eres un engreído.
–Quizás porque tú has perfeccionado el arte de mirarme como si me adoraras –rio.
–¿No tenemos que ir a esa visita?
–Dentro de una hora –contestó, acercándose–. Es tiempo suficiente para que…
–Que me cambie de ropa, cierto.
Y prácticamente salió corriendo a su apartamento, en el que le esperaban sus estilistas.
–¿Estás nerviosa?
Salían por las puertas del palacio dejando atrás filas y filas de cámaras.
–¿Tanto se me nota?
–Sinceramente, todo el mundo debe imaginar que lo estás, de modo que no es malo. A la gente le gusta ver rasgos humanos en los demás.
Tomó su mano y le dedicó una sonrisa.
–¿Así te perdonan los pecados?
–¡Estar nerviosa no es un pecado! Es normal. A todo el mundo le pasa.
–¿Incluso a ti?
–Incluso a mí. ¿Te sorprende que pueda sentir cosas normales, Hester?
Alek estaba masajeando suavemente su muñeca, y la sensación de peligro alimentada por las corrientes de calor que estaba experimentando salió a la superficie.
–Así que vamos a visitar el ala pediátrica –confirmó, aunque sin necesidad. Solo quería recordar el trabajo y dejar de mirarlo a él. ¿Desde cuándo se dejaba seducir por la belleza física? Siempre había intentado no juzgar a las personas por su aspecto–. ¿No te parece que es un poco cínico utilizar a los niños enfermos para vendernos como pareja?
–Creo que a la mayoría de estos niños les espera un camino difícil, así que ¿por qué no van a poder pasarlo bien un rato? Prefiero estar una hora con ellos que con magnates de la industria que me creen incapaz de estar a la altura del legado de mi padre.
–¿Crees que la gente no te toma en serio?
–Soy el príncipe playboy, ¿no?
–Vaya… ¿y por qué será que piensan eso?
–Lo sé. Si supieran que ahora tengo una novia pura e inocente que me va a redimir…
–Muy gracioso.
Ella ya había revisado su opinión al respecto. No le había costado darse cuenta de que Alek tenía en cuenta a su país y a su pueblo prácticamente en cada decisión que tomaba.
Parecía haber un millar de personas esperando tras las vallas de seguridad, y todo el mundo tenía una cámara o un móvil en alto. Al pasar junto a ellos se alegró enormemente de llevar un vestido largo y de la firmeza con que le habían sujetado el pelo. Alek soltó su mano para que
pudieran interactuar con las personas que los aguardaban a la puerta del hospital y Hester recibió un pequeño ramo de flores de manos de una niña.
Alek recibía atención y la absorbía como un agujero negro, llevándose con él a todos y todo, y seguía avanzando, cada vez más poderoso, pero sintió que la gente también la observaba a ella, la valoraba, la juzgaba.
Ojalá diera la talla. Tras recorrer el ala, acabaron en el aula del hospital, en el que había unos cuantos niños dibujando. Uno de ellos, sentado a la mesa del fondo, parecía necesitar más de la atención y el control de la profesora, y allí se fue.
No buscó establecer contacto con la profesora sino que se sentó a la mesa, tomó papel y comenzó a dibujar en silencio. El niño tampoco dijo nada, hasta que los dos fueron a escoger la misma pintura.
–Creo que es un color muy bonito –dijo ella, animando al niño a usarla.
–Es mi favorito –dijo el pequeño.
–También es mi color favorito –dijo ella en voz baja–. Pero no se lo digas a nadie.
Cuando alzó la mirada, se encontró con los ojos de Alek. No se había dado cuenta de que estaba al lado.
–Ya tenemos que irnos, Hester –dijo–, pero volveremos.
Mientras los llevaban de vuelta al palacio, Alek se giró en su asiento para mirarla. Había montones de cámaras en el camino. Esa debía ser la razón.
–Lo has hecho muy bien. Otra vez.
Ella inclinó exageradamente la cabeza para aceptar el cumplido.
–¡Lo digo en serio! –se rio, y tomó su mano para jugar inconscientemente con el anillo, en un gesto intolerablemente dulce–. Conseguir que alguien sonría o responda, establecer una conexión con ese niño que sin duda lo estaba pasando mal… has sido muy hábil.
–No ha sido habilidad. No tenía ni idea de qué hacer. Solo se me ocurrió darle tiempo para que se tranquilizara.
–Entonces es tu amabilidad natural –dijo, sin volverse hacia los periodistas que blandían sus cámaras–. Le dijiste tu color favorito. ¿O ha sido una mentirijilla para que se sintiera bien?
–No. Es la verdad.
–Has podido decirle a él algo que no pudiste decirme a mí.
–¿Herí tus sentimientos? –se sorprendió.
–Sí.
Tenía que estar de broma.
–Solo quería ser amable con él –se explicó, y respiró hondo–. Hay personas que se llevan toda la atención, ¿no? Los más ruidosos, o los que tienen la confianza suficiente para sonreír y llamar. Yo me siento mal por los que permanecen callados, los que no presionan o actúan, que están tan ocupados siendo buenos, educados, o teniendo miedo que… que a veces necesitan saber que alguien los ha visto.
–¿Fuiste tú uno de esos niños? –le preguntó él–. ¿Uno de los que son tan buenos que se vuelven invisibles?
–¿Buena, pero no lo bastante buena? No, yo no era así.
–Pues tampoco te veo pidiendo lo que quisieras delante de todo el mundo.
–No, tampoco.
–¿Berrinches? –sugirió–. ¿Tampoco? Pues entonces no sé qué más decir.
En la seguridad del coche, consciente de haber tenido éxito aquella mañana y sabiendo que lo peor del día ya quedaba atrás, se sintió lo bastante relajada para contestar.
–Yo era de los niños que se escapan.
–¿Lo dices en serio?
–Sí.
–¿Y te iban a buscar para llevarte de vuelta a casa?
–Tenían que hacerlo. Yo era una cría y ellos tenían una imagen que mantener, pero yo no dejaba de intentarlo.
–¿Conseguiste alguna vez que no te encontraran?
–Al final, sí.
Quería darle la espalda y mirar por la ventana para ponerle fin a aquella conversación, pero sus ojos negros estaban tan llenos de preguntas, tan llenos de compasión, que no tuvo la fuerza suficiente para volverse.
–¿Huirás de aquí si tampoco te gusta?
–No. Ahora soy adulta y llegaré hasta el final –sonrió–. Creo que es mucho más probable que seas tú el que me destierre como hizo tu antepasado con su reina rebelde.
Fue un alivio que también él se echase a reír.
–Tendría que desterrarte a su castillo. Te llevaré después de cenar. Esta noche será un coche de lunas tintadas, y mañana, la carroza de cristal.
–¿El elemento de cuento?
–Exacto.
Tras otra cena dedicada a la preparación y los planes, fueron conducidos al castillo en el que Hester pasaría su última noche como mujer soltera.
–Bienvenido al hogar de la reina Aleksandrina –declamó Alek cuando las enormes puertas de madera se cerraron tras ellos.
Hester conocía bien la historia de Aleksandrina. Su matrimonio había tenido lugar tras la coronación del rey, y fue tal desastre que se promulgó una ley estipulando que cualquier futuro príncipe tendría que estar casado antes de ser nombrado rey.
–¿La reina rebelde que desafió a su esposo y decidió construirse un castillo al otro lado de la ciudad? Debió ser una mujer increíble.
–¿Sabes que me pusieron mi nombre por ella? –sonrió.
–¿En serio? –se sorprendió–. Creía que no la apreciaban demasiado. ¿Y
no quieres vivir aquí?
Se subió la pequeña mochila y contempló maravillada las constelaciones talladas en la madera de los artesonados. Mientras el palacio era brillante y sobrio, el castillo era todo curvas hechas a mano y verdor. Resultaba más delicado y muy femenino. Además, tenía un elemento salvaje: estaba construido sobre un acantilado.
–Hay un túnel que conduce directamente a la playa. Te lo enseñaré. Se dice que era así como la reina metía a sus amantes en el castillo sin que el rey se enterase.
–¿Amantes, en plural?
–Al parecer, era insaciable.
–¿Y dices que te pusieron el nombre por ella?
Alek se rio.
–Mi madre siempre dijo que esos rumores solo estaban destinados a quitarle poder, ya que ella era mucho mejor reina que él rey, y que no lo podía soportar.
–Me da la impresión de que tu madre también era una mujer de valía –se atrevió a decir, aunque presentía que el tema de su madre era coto vedado.
–Sí, lo era –dijo, y se volvió hacia una puerta–. Ven a ver el salón de baile.
Estaba claro que no iba a decir más, y ella precisamente entendía bien que quisiera proteger sus recuerdos.
–¡Guau! –exclamó al ver aquel magnífico salón de madera labrada y arañas de cristal–. Es… yo…
Alek se acercó y le rozó la mejilla.
–A veces te cuesta trabajo expresar lo que sientes, ¿verdad? –preguntó, y sintió el roce liviano de su mano en la cintura, tan ligero que de no ser por la electricidad que le corría por las venas, no habría podido estar segura.
–¿Por qué…?
–Vamos a practicar nuestro primer baile.
–¿En serio vamos a tener que bailar? ¡Yo no sé bailar, Alek! –gimió–. No voy a poder hacerlo.
–Tú relájate y sígueme –sus hoyuelos aparecieron–. Saldrá bien.
Hester puso una mano en su pecho con intención de impedir que se acercase más, pero las yemas de los dedos le ardían con la tentación de acariciar. No estaban bailando. Se habían quedado quietos y muy juntos, casi sin respirar, casi sin parpadear. El tiempo se evaporó sin saber cómo.
Alek estaba más cerca aún, y ella se perdió en la profundidad de sus ojos oscuros y en la energía que desprendía y que la rodeaba.
–¿Por qué intentar resistirse? –susurró.
Sabía, qué duda cabe. Estaba viendo el irresistible deseo que le ardía dentro.
–¿Resistirse a qué? –se obligó a decir por puro instinto de protección.
–A lo inevitable.
–Me niego a ser algo inevitable. ¿O es que crees que me estoy perdiendo algo increíble solo porque no me dejo llevar por tus flirteos?
–Creo que es interesante que te parezca tan importante.
–Puede que quiera que sea algo significativo.
–¿Y crees que yo no? –preguntó, frunciendo el ceño–. Pues te equivocas.
Hay algo en ti que… se me está metiendo bajo la piel.
–¿Cómo una bacteria o un hongo?
–Un hongo, no –se rio–. ¿Estás intentando apartarme?
–Ya sabes que sí.
–Me encanta que sientas la necesidad de hacerlo. Me hace pensar que estoy empezando a romper esa armadura tuya llena de pinchos.
–Así que ahora soy un puercoespín, ¿eh? Y yo que creía que eras irresistible.
–¿Sabes qué pienso? Pienso que has decidido que soy un mujeriego perverso y terrible. Me gusta el sexo, sí, y puede que si lo probaras, descubrirías que no es tan horrible. Pero te empeñas en mantenerme a distancia y en no explorar el hecho de que tengamos esta química tan increíble –se acercó un poco más–. Chispas, Hester. Cada vez que nos tocamos o que nos vemos, saltan chispas.
Ella apartó la mirada.
–Creo que no es buena idea traspasar los límites de nuestro contrato. Eso es todo.
–Un contrato que recoge dos besos –sonrió.
–Y solo dos. Y ambos en público.
–Pero es que eres mucho más divertida de lo que imaginaba, Hester.
–Pues me alegro, dado que vivo para complacerlo, milord.
Alek se rio. Ojalá no hiciera eso. Aquella combinación de risas y seriedad era tan seductora que volvía su cerebro de gelatina.
–Yo no… –dio un paso atrás. Tenía que poner distancia de aquella intensidad.
Él permaneció donde estaba.
–¿Tienes miedo de mí?
–Sorprendentemente, no.
Estaba demasiado afectada para mentir.
–Entonces, ¿qué es lo que te preocupa?
–La prensa, los troles de Internet –dijo. Le resultaba mucho más fácil hablar de cualquier otra cosa que de las emociones que despertaba en ella.
–Eres una mentirosa, Hester. Lo que dices no es cierto. Nunca te habrías puesto en la línea de fuego si de verdad te preocuparan. Dime cuál es la verdadera razón.
–Las palabras pueden hacer mucho daño –adujo.
–Es posible. Dependiendo de quién las diga, ¿no?
Tenía razón, y de pronto unos recuerdos indeseados se materializaron en su cabeza.
–Puedes contármelo –dijo él, serio de pronto–. Sé que eres áspera, y que nunca estás dispuesta a creerte ni el cumplido más sincero. También sé que no dejas entrar a muchas personas en tu vida –hizo una pausa–. Sé que esto
es un acuerdo, y que estoy pagando tu compañía. También sé que puedo tomarte el pelo, pero puedes confiar en mí. Espero que lo hagas y que, en algún momento, puedas decirme por qué te has visto en la necesidad de encerrarte tras unos muros tan altos.
Sabía que no debía permitir que el pasado determinase su futuro, y aunque no tenía un verdadero futuro con él, estaban el aquí y el ahora, y no quería seguir mintiéndole.
–Porque traicionaron mi confianza.
Alek esperó. Sabía que no tenía que explicárselo si no quería, pero se estaba mostrando paciente y receptivo.
–Tienes razón. No me preocupan demasiado las cámaras, las multitudes o los comentarios en la red. Lo que me preocupan son mis tres primos. No debería haberlos invitado.
–¿No os veis mucho?
–Hace años que no los veo. Sé que nadie es perfecto, pero ellos casi lo son –dijo. No quería explicarle lo débil y vulnerable que se había sentido.
Además, quizás no todo fuera culpa de ellas–. Yo, no. Yo era como un trol en el reino de los elfos. Ellas eran de una élite deportista y extrovertida, y a mí me gustaba leer en un rincón. La relación era imposible.
–Pero ¿en qué sentido te traicionaron? –preguntó sin comprender.
Tragó saliva.
–Con palabras.
No era una mentira, pero tampoco toda la verdad.
–Han aceptado la invitación. De hecho, están aquí –dijo él tras un silencio–. Los he alojado en un hotel, y les he pedido expresamente que no hablen con los medios, pero no puedo amordazarlos. Si se han dejado seducir por alguna exclusiva…
–Lo sé –se humedeció los labios–. Sé que no puedes controlarlo todo.
Por supuesto que habían aceptado la invitación. ¿Quién rechazaría un viaje en jet privado para asistir a algo con un perfil tan exclusivo en el increíble Triscari?
–Siento no poder hacerlo –dijo él–. Y siento que te hicieran daño, pero yo no voy a hacer lo mismo. No te estoy diciendo nada que no sienta de verdad. Cuando hablo de nuestra inevitabilidad, Hester, no pretendo halagarte. Simplemente estoy siendo sincero.
El problema era que su sinceridad resultaba tan encantadora, tan seductora que, aunque era un hombre arrogante y confiado, tenía la impresión de que ni siquiera se daba cuenta de su potencial.
–En nuestro contrato sigue habiendo solo dos besos –insistió.
–Lo sé bien, te lo prometo. Y también te prometo que los recibirás.
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