E-Pack Bianca octubre 2020

Varias Autoras · Capítulo 44 de 49

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E-Pack Bianca octubre 2020

Cap�tulo 9

Capítulo 9

HESTER contempló la mansión de tejado a dos aguas ubicada en el centro de una gran extensión de hierba verde salpicada de árboles vetustos.

–No creía que pudiera haber algo más hermoso que el palacio o el castillo, pero esto es…

–Muy distinto.

–Cierto. Es…

–¿Qué? –se puso delante de ella y la miró a los ojos–. Dime lo que piensas.

Era imposible negarle nada cuando lo tenía tan cerca.

–No parece una residencia de reyes. Es más un hogar.

Un hogar hermoso y lleno de lujo, pero cálido y acogedor.

–Era mi casa –contestó–. Mi madre la diseñó y mi padre hizo que la construyeran antes de que yo naciese.

–¿Creciste aquí?

–Mi madre quería estar aquí siempre que era posible –asintió–. Al colegio teníamos que ir en la ciudad, claro, pero veníamos siempre en vacaciones. Era el lugar donde podíamos ser libres.

Hester se sentía fascinada y honrada al mismo tiempo porque la hubiese llevado a un lugar que era tan especial para él.

–Mi padre nunca volvió después de la muerte de mi madre –miró a un punto en la lejanía–, porque ella falleció aquí.

Y echó a andar. Obviamente no quería seguir hablando de ello.

El interior de la casa era mucho más personal que el palacio. Sofás amplios y cómodos conferían al espacio una atmósfera completamente

distinta, con lo que se apoderó de ella la sensación de estar entrando en algo íntimo y personal.

–Desde luego te gustan los caballos –comentó cuando llevaban ya un rato en silencio y había reparado en que, a través de todas las ventanas, se podía ver a aquellos hermosos equinos pastando.

–¿No has montado nunca? –preguntó, sonriendo.

–No tengo la coordinación suficiente. He visto a Fiorella en vídeo montando, y lo hace maravillosamente bien.

–Le gustan los saltos. Yo prefiero el polo. Ven –dijo, conduciéndola a la escalera–. Desde el primer piso, la vista es preciosa. El personal va a estar fuera un par de noches, así que estamos completamente solos.

El teléfono emitió un timbre corto y se detuvo a leer el mensaje.

–Es sesión continua para ti, ¿no?

–Supongo que para ti también –contestó mientras escribía rápidamente su respuesta–. Los estudiantes deben contactar contigo a cualquier hora para que les eches una mano con sus trabajos. Y la correspondencia de Fi es interminable.

–Me gusta estar ocupada. En la oficina siempre me quedaba hasta muy tarde.

–¿En la oficina? ¿La de la universidad?

–No. Una oficina de asesoramiento de la ciudad. Ayudo a la gente a cumplimentar impresos oficiales y cosas así.

–¿Es ahí donde enviaste el primer paquete de dinero?

–Sí –sonrió–. Una contribución benéfica.

–Yo tenía la impresión de que era algo más. Me parecía personal.

–Bueno, tienes razón –confesó–. Les pedí que se lo hicieran llegar a una madre joven y a su hija. Lucia está sola, y está intentando ofrecerle una vida mejor a su hija. La niña suele sujetarle el bolso a la madre como yo hacía con la mía.

Alek absorbió la información. La confianza que estaba empezando a florecer en los ojos de Hester era muy frágil, pero no pudo resistirse a buscar más.

–Háblame de ella. De tu madre.

–Háblame tú de la tuya –respondió, mirándolo con curiosidad.

Alek sonrió. La pregunta era justa.

–Se llamaba Aurora y era de una familia noble del continente. Mi padre la vio montando en un evento ecuestre y se enamoró de ella. Era una enamorada de los caballos, así que mi padre construyó estos establos para que pudiera iniciar un programa de cría. Fue su regalo de bodas.

–¡Vaya!

–Sí. Les costó trabajo tenerme a mí, y Fiorella tardó también en llegar, así que no voy a negarlo. Fui un niño mimado.

–A todos deberían mimarnos alguna vez –sonrió–. Sobre todo nuestros padres, ¿no te parece?

Alek sintió una calidez especial en el pecho y la tomó de la mano para mostrarle la terraza del segundo piso.

–Mi madre me transmitió su amor por los caballos –dijo, animándola a que se sentara en el sofá desde el que se tenía la mejor vista del mundo: un campo lleno de caballos, su bosque favorito y el mar azul al fondo–. Tenía un don con ellos. Mi padre siempre estaba muy ocupado y no dejaba nunca de ser el rey. Mi madre vivaracha y él, la pantalla para su luz.

–Por lo que dices, estaban muy bien juntos.

Estiró las piernas y la acercó más a su costado.

–Sí. Ella lo suavizaba, lo mantenía humano. Pero luego enfermó, y todo fue muy rápido. Mi padre no podía reducir sus compromisos, o no quería admitir lo que estaba ocurriendo. No quería hablar de ello conmigo, pero yo ya tenía catorce años y no era idiota, así que me quedé aquí con ella. Le acercaba los caballos a la ventana y hablábamos del programa de cría…

Aquel año falté varios meses al colegio.

–¿Y Fiorella?

–Iba y venía. Era pequeña y mi madre quería protegerla. Yo también.

Salía a pasear a caballo durante mucho rato cada día, y yo me sentaba con mi madre a leerle. Pero el deterioro fue más rápido de lo que ninguno de nosotros esperaba. Yo quise llamar a los especialistas que la trataban, a mi padre, pero ella no me lo permitió. Estuvimos solos los dos.

El horror de aquella mañana, la rabia contra su indefensión, volvió a surgir, rompiendo la caja en la que la había tenido guardada todos aquellos años.

–No pude ayudarla. No pude hacer nada.

–No es cierto, Alek. Estuviste ahí con ella. No estuvo sola. ¿No es lo mejor que se puede hacer?

No podía contestar.

–Nada ni nadie puede detener a la muerte, y estar sola en ese momento debe ser aterrador. Pero no lo estuvo porque te tenía a ti. Y en ese momento, lo es todo.

La luna había salido ya cuando se volvió a mirarla, y sus ojos brillaban con luz propia. Aquella mujer sabía lo que era el aislamiento, lo entendía bien. Y tenía razón. Una sensación de paz le curó el alma como lo habría hecho un bálsamo en una herida antigua.

Nunca había vuelto a pensar en aquel momento. Solo pensarlo le dolía.

Pero en aquel instante, el recuerdo se formó despacio en su cabeza y, por una vez, dejó que ocurriera.

–¿Y luego, qué pasó? –preguntó ella un momento después.

Él la miró sin comprender.

–Después. Tu padre, Fiorella… ¿cómo lo asimilaron? ¿Tu padre no vino a buscarte?

–No volvió a poner el pie en esta casa. Se quedó en el palacio, y le llevaron el cuerpo allí. También hizo que me llevasen a mí.

Él no quería irse. Quería quedarse escondido allí para siempre.

–Desde entonces luchaba por venir siempre que podía porque no quería que se cerraran los establos. La gente tenía trabajo aquí, y estaban los animales…

–Y era el proyecto de tu madre.

–Cierto –suspiró–. Estaba enamorado de este lugar, y no quería perder su legado.

Pero había sido duro volver y ver aquella pequeña habitación de la planta baja en la que había pasado sus últimos días. Había sido horrible estar allí solo cuando ella se había marchado para siempre y su familia estaba a punto de desintegrarse.

–¿Y Fiorella?

–La mantenían ocupada, lejos de aquí. Pero mi padre se refugió en el trabajo, y se volvió aún más estricto y controlador en todos los sentidos.

Supongo que fue su manera de sobreponerse.

–¿Y tú? ¿Cómo te sobrepusiste?

Él se encogió de hombros

–¿Estás pensando en mi vida social? –preguntó, y curiosamente que pudiera pensarlo le dolió–. Es posible. No significaba nada para mí.

–Puede que ese fuera precisamente el sentido. Si no significaba nada, no podía hacerte daño, ¿no?

–No te voy a mentir. Me gustaba.

–Es que no podría ser de otro modo–sonrió–. Cuando uno está sufriendo, hace lo que sea para sentirse mejor aunque sea solo un rato.

Quizás tenía razón. Puede que hubiera sido más que un modo de escapar.

Se sentía atrapado entre la frustración y el dolor, y le había gustado ser el príncipe playboy. Le gustaba que nadie esperase que sentara la cabeza. Pero luego murió su padre, y ese estúpido requerimiento le había obligado a crear una relación que nunca había querido tener.

–No tienes por qué disculparte –le dijo–. Fue lo que fue. Yo decidí encerrarme, pero ni tú ni yo estábamos necesariamente en lo cierto o equivocados. Solo fue un modo de enfrentar un momento muy difícil.

–Sí.

–Y ahora llevas los establos –continuó–. Ese es otro modo de enfrentarte a ese momento: dando continuidad a su legado. Mantener vivo algo que ella amaba.

Alek tragó saliva. No podía hablar.

–Y has liberado a Fiorella de la carga de la monarquía.

–Por supuesto. Fue fácil. No tenía por qué estar atrapada aquí, en Triscari, como…

–Como tú.

–Fue el destino. Un accidente de nacimiento que tengo que manejar del mejor modo posible.

–¿Te preocupa no ser capaz de hacer bien tu trabajo?

–¡Pues claro que me preocupa no ser lo bastante bueno! Ser el primogénito significa que acabarás siendo rey, un trabajo de veinticuatro horas al día que empieza desde que naces y que acapara hasta el último minuto de tu vida. No digo esto para despertar compasión. Sé que soy un privilegiado y quiero hacer lo mejor para mi país.

–Y lo estás haciendo porque te adoran. Te piden opinión constantemente y confían en tus respuestas. Todo el mundo te quiere, y saben que haces lo mejor para el país porque te preocupas. No eres un hombre egoísta, Alek –

hizo una pausa–. Has dado tu vida por el deber.

–¡Vaya! Y yo que creía que solo era un bribón.

–Y seguramente lo eras cuando tenías la oportunidad, pero te has dedicado a hacer el trabajo que te han impuesto, y el trabajo que has querido hacer para honrar el recuerdo de tu madre. Y por otro lado, también estás construyendo el legado de tu padre siendo un buen rey. Pero eres algo más que una corona…

–Lo sé –la interrumpió, apartándole el cabello de la cara–. No te preocupes demasiado por eso, que tengo un ego perfectamente sano.

En realidad, no estaba tan convencida de eso.

–Pero, vivir con el dolor, te empuja a aislarte.

Él la miró sorprendido.

–Yo no…

–Sí, tú sí. Por tu madre. Por la vida que nunca vas a poder tener.

Y, de algún modo, durante aquella conversación, su propia soledad se había abierto.

–Yo sufro por la vida que habría podido tener de no ser por el accidente –

le confió–. Estaba en la biblioteca, leyendo feliz, mientras esperaba que me recogieran. No llegaron nunca, y no volví a mi casa. Me llevaron a la comisaría y, unas horas después, mi tío se presentó a por mí. Cinco horas de avión y aterrizamos en un sitio que no conocía, para enfrentarme a unas personas que no me querían.

Alek le dedicó una mirada llena de compasión, y quiso compartir más con él, porque no todo había sido horrible. En muchos sentidos, también había sido afortunada.

–Mis padres se escaparon y se casaron por amor –sonrió, deleitándose en el romance–. Él era el penúltimo hijo de su familia, destinado a ocupar su lugar en la sociedad. Su familia era muy esnob. Mi madre era nueva en la ciudad, y habían ido a parar al barrio equivocado. Es decir, que no tenía el caché adecuado. Se conocieron en el instituto, y fue un amor joven y verdadero, pero cuando ella se quedó embarazada, la familia de mi padre se opuso frontalmente, así que se escaparon. Vivían cambiando de sitio, con trabajos temporales, sin apenas dinero para pagar el alquiler y la comida, luchando por salir a flote y por retenerme con ellos. Pero lo lograron. Se querían el uno al otro y me querían a mí. Decidieron que no podían tener más hijos y… no te voy a mentir. A mí también me mimaron –sonrió.

–Ay, cariño, cuánto me alegro de oír eso.

–Sí. No teníamos nada pero lo teníamos todo, ¿sabes? Y nunca fuimos a conocer a su familia, así que después del accidente, cuando yo aparecí, el resentimiento seguía presente. Yo no encajaba. Además, me parecía más a mi madre que a mi padre. Tenía sus ojos de serpiente, y eso era en parte lo que le cautivó, así que por ello yo era mala. Pero, aunque estaban decididos a hacer lo correcto, nunca tuvieron una sola palabra buena que decir de mi madre y siguieron quejándose del egoísmo y la debilidad de mi padre. Yo no pude decirles lo maravillosos que eran los dos, porque no querían escuchar y nunca me habrían creído. Al final, el único modo de sobreponerme que encontré fue encerrar mi pena, hacer como si no existiera

–movió la cabeza–. Lo daba todo en los estudios con la esperanza de encontrar el camino, y así fue, pero para entonces, cuando llegué a la universidad, ya me había acostumbrado a mantener a distancia a todo el mundo. Guardaba mis tesoros en la caja y me iba a dar largos paseos.

–¿Pasear era tu forma de sentirte bien? –se sorprendió.

–Sí. Pero en un par de ocasiones, me escapé.

–No deberías pensar que escaparte es algo de lo que avergonzarse. O que es una cobardía.

–¿Tú crees que no? ¿No piensas que debería haber plantado cara, o conseguir que me escuchasen?

–¿Y cómo ibas a hacer eso cuando ellos eran multitud y tú solo una?

Creo que lo que hiciste fue en realidad más valiente. Escapar de los abusos y buscarte la vida por ti misma. Mucha gente no habría tenido el valor o la capacidad de hacer lo que hiciste sin contar con ningún apoyo.

Alek no sabía que se podía sentir tremendamente contento y tremendamente desconcertado al mismo tiempo. Se sentía tranquilo e insatisfecho a un tiempo. Así no era como tenía pensado pasar la velada. Se había imaginado que estarían en la cama hacía ya horas, que la habría desnudado y que los dos habrían disfrutado ya varias veces. Pero, en lugar de eso, habían compartido algo todavía más íntimo que el orgasmo.

Y de alguna manera, era incapaz de dejar de hablar.

–Cuéntame más. ¿Cómo se llamaban?

Hester contestó, y le hizo también más preguntas. Compartieron viejas anécdotas que ni siquiera sabía que recordaba, y rieron por ellas. Cuando las estrellas estaban ya en el cielo, se acurrucaron en el sofá y siguieron hablando.

Una vieja herida que creía tener enterrada había salido de nuevo a la superficie sin apenas esfuerzo. Quería resistir, liberarse de nuevo. El cansancio empezaba a hacer mella y miró el horizonte. En cuanto amaneciera, saldría a montar. Necesitaba sentir esa liberación, la libertad absoluta del viento en la cara, el quedarse sin aire en los pulmones en el salto, el correr más rápido que nunca, el creer que podía volar. Sí, necesitaba hacerlo. Necesitaba escapar, montar, correr, sentirse libre.

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