E-Pack Bianca octubre 2020
Cap�tulo 6
Capítulo 6
KIARA había sabido que aquel periodo después del fallecimiento de Niko sería algo complicado y que tal vez no pudiera pasar tanto tiempo en su estudio como deseaba. Sin embargo, no había contado con tener que transformar una casa de invitados en un estudio, además de las reuniones con los arquitectos, diseñadores de ropa, decoradores y abogados, que habían acudido para redactar un acuerdo prematrimonial.
No hacía más que decirle a Val que no estaba lista para comprometerse, mientras él le contestaba:
–Estaré preparado cuando tú lo estés.
Luego, inevitablemente, le hacía el amor y le mostraba exactamente lo que ella ganaría si se convertía en su esposa.
Kiara estaba tratando desesperadamente de conservar su autonomía, tratando de imaginarse el lugar que ocuparía en el mundo de Val, pero le estaba resultando muy difícil.
Su estudio era habitualmente el lugar que la ayudaba a restaurar su paz.
Su santuario y el lugar en el que meditaba sobre sus problemas para volver a salir entera. El nuevo estudio tardaría un tiempo en estar preparado, pero Val había insistido en que ella siguiera adelante con el diseño y lo materiales a pesar de que todavía no había accedido a casarse con él.
¿Y si al final no lo hacía?
Desperdiciar el dinero no parecía preocuparle. Incluso estaba haciendo que Klaus le diseñara su vestido de novia.
Tal vez Val pensaba que, si ella se hacía un estudio totalmente a su gusto, le resultaría imposible resistirse a casarse con él. Pero no se daba cuenta de que todas aquellas reuniones se estaban interponiendo entre ella y su
pintura. El hecho de que no estuviera pintando la ponía nerviosa de un modo que no había experimentado en años, al menos no después de que Aurelia naciera y ella se hubiera visto totalmente abrumada por sus nuevas responsabilidades.
Al menos aquel día, Val se había ido a Milán para realizar algunas gestiones. A ella le daba la sensación de que él estaba terminando con los preparativos para la boda, pero agradecía la oportunidad de organizar su estudio en un espacio que pudiera utilizar. Y después iba a usarlo. Se iba a pasar unas cuantas horas con los pinceles y un lienzo. Después, decidiría si quería quedarse allí con él o regresaba a Grecia.
El modo en el que Aurelia estaba estableciendo un vínculo con su padre era todo lo que Kiara había deseado siempre para ella. Val se mostraba muy paciente con ella. Afirmaba no tener ni un ápice de ternura en él, pero sus duros rasgos se suavizaban cada vez que veía a la niña. Se estaba convirtiendo en un padre fantástico.
Todo aquello ponía el mundo de Kiara patas arriba. Sabía que Val era un buen hombre, pero él solo ofrecía pequeños destellos y se negaba a mostrarse a sí mismo. Ella quería odiarle por ello, pero se sentía demasiado atraída por el lado de su personalidad que sí le permitía ver, el del viril y generoso amante. Aquello le daba una sensación de unidad y cercanía que había anhelado toda su vida. Como si hubiera encontrado su media naranja.
El lugar al que pertenecía.
Sin embargo, resultaba desmoralizador sentirse sin defensas cuando él siempre lo controlaba todo, desde el sexo que compartían hasta la cadencia de los días. Después de sus encuentros físicos, él se retiraba sin palabras de afecto o ternura. Tal vez la felicitaba y realizaba interminables peticiones a los empleados en su nombre, pero Kiara estaba segura de que habría hecho lo mismo por cualquier otra mujer que hubiera compartido su cama.
Dado el modo en el que él protegía su corazón, Kiara sabía que no podía ofrecerle el suyo. Solo conseguiría que él lo destruyera, pero le resultaba difícil. Tanto que no sabía si sería posible seguir así toda una vida…
– Scusami… –le dijo una tímida criada tras llamar a la puerta–. La signora Casale ha venido a verla –añadió la doncella.
Kiara sintió que el corazón le daba un vuelco. Al menos Aurelia estaba segura en la planta superior de la casa. Habían disfrutado de una preciosa
mañana en la piscina y la pequeña estaba agotada, por lo que estaba viendo la televisión y comiendo algo con la niñera.
Kiara dudaba que fuera una coincidencia que Evelina se hubiera presentado justo cuando Val no estaba en la casa. Se negaba a darle a Evelina la impresión de que se sentía intimidada, aunque en realidad así era.
–¡Qué maravillosa sorpresa! –mintió mientras entró en la sala. Evelina estaba allí con un gesto amargado en el rostro–. ¿Te apetece que tomemos un té en la terraza?
Su posible suegra llevaba puestos unos zapatos de altísimo tacón, una falda lápiz y una expresión de malicia en el rostro. Cuando se dirigían al exterior, era una torre al lado de Kiara.
–La casa es muy hermosa. Val me dijo que la decoraste tú… –le comentó Kiara mientras se acomodaban en el salón exterior.
–Sí. Tengo muchos contactos que están encantados de asistirme en cualquier momento. Muchos de ellos en París –replicó Evelina mientras cruzaba elegantemente las piernas–. Según he oído tienes una pequeña exposición allí la semana que viene.
La implicación era evidente y Kiara sintió que el estómago le daba un vuelco.
–Así es. ¿Quieres que mi agente te envíe una invitación? –sugirió haciéndose la tonta, como si no estuviera claro que estaba siendo amenazada de un modo muy eficaz.
–Eso no será necesario. Soy muy conocida en esos círculos. Soy bienvenida donde desee ir. Muchos dirían que mi aparición puede conseguir o acabar con el éxito de un evento. Estoy dispuesta a hablar a los críticos sobre ti. Sería una pena que tu trabajo les resultara deficiente… o que ni siquiera se molestaran en asistir.
Kiara sintió que se le hacía un nudo en la garganta y que los ojos se le llenaban de lágrimas de rabia e impotencia. Trató de contener aquella sensación. No podía ceder a la histeria. Intentó pensar.
–No quisiera que sintieras la necesidad de interferir –dijo por fin. Vio que una criada se acercaba con el servicio del té y le indicó que se marchara–.
Supongo que esta visita tiene que ver con el testamento de Niko. Te ruego que comprendas que yo no tuve nada que ver con lo que él escribió en ese documento.
–No soy ninguna estúpida. Llevo sola desde que tenía quince años.
Comprendo que una mujer tiene que cuidar de sí misma y esto ha sido un buen intento. Estoy impresionada. Sin embargo, he hablado con mi abogado y él está de acuerdo conmigo con que Val tiene derecho a la fortuna de Niko. Si renunciaras a ella, yo me aseguraría de que tu exposicioncita sea bien recibida.
–Val no quiere el dinero de Niko –le recordó suavemente.
–Val no sabe lo que quiere –replicó Evelina–. Y ciertamente, eso te incluye a ti. No te vas a casar con él.
–Aún no he accedido a hacerlo –contestó Kiara–. Carga con mucho equipaje emocional.
–Tú… –dijo Evelina, conteniéndose como una tormenta antes de estallar–. Te destruiré.
La ira estaba coloreando el rostro de Evelina por debajo de su perfecto maquillaje. Kiara se estaba quedando sin opciones. En realidad, tenía algo que Evelina quería y que podía cederle. Le costaría, pero…
–Tal vez tenga una solución. Val no quiere que yo me quede la asignación que se me ha dado. Quiere mantenernos él solo. Había pensado en invertir ese dinero en bienes inmuebles como herencia para Aurelia. Se me podría persuadir para que te permitiera elegir esa vivienda y dejar que la ocuparas sin coste para ti. Estamos hablando de una cantidad bastante generosa.
Le dijo a Evelina de cuánto dinero se trataba. Los ojos de la mujer aún brillaban de ira, pero la boca le temblaba mientras trataba de calcular cómo reaccionar a aquella propuesta.
–Eso es si me caso con él. Aún no he accedido –añadió Kiara rápidamente–. Puedo marcharme de aquí y vivir holgadamente, o tú y yo podemos discutir sobre el dinero de Niko hasta que las ranas críen pelo.
Será caro y, francamente, yo diría que debes de estar cansada ya de esa pelea.
–Me subestimas –le aseguró Evelina.
–Bien, pues decídete sobre lo que te conviene más, pero mi oferta sigue en pie. Por supuesto, si me caso con Val y nuestro matrimonio termina…
me veré obligada a echarte para que yo pueda vivir allí con Aurelia.
–Estás comprando mi apoyo a tu matrimonio –afirmó Evelina secamente–. Me estás chantajeando para que me mantenga al margen de esto.
–Yo lo veo como una inversión inteligente para el futuro de mi hija…
–Veo que has aprendido bien de Niko. ¿Le vas a hablar a Val sobre este acuerdo?
–Sí –respondió ella. No se imaginaba ocultándole algo así–. Si lo que te preocupa es que él te quite la asignación que te da, haré todo lo que pueda para convencerle de que siga haciéndolo.
Evelina no sabía si podía confiar en ella. Kiara lo sabía. Quería suspirar de impaciencia, pero se limitó a sonreír tan dulcemente como lo hacía con Aurelia cuando la niña se ponía terca.
–Eres la única abuela de mi hija. Ella no existiría si Niko y tú no hubierais engendrado a Val. Creo que es justo que tú vivas cómodamente.
Tal vez, cuando llegue el momento, tú puedas llevar a Aurelia a las mejores boutiques de París, dado que ciertamente no es mi punto fuerte. ¿Qué dices?
¿Trato hecho?
Val estaba esperando a que Kiara y él se hubieran casado para anunciar que tenía una hija. Y estaba seguro de que se casarían. El futuro de Aurelia y su bienestar eran demasiado importantes. Cualquier reticencia que Kiara pudiera tener se podría solucionar después.
Las dudas de Kiara le estaban matando, en especial porque se veían acompañadas por una reticencia que, muy a su pesar, le estaba afectando más de lo que quería.
Por la noche, ella era completamente suya y se abandonaba totalmente al placer que se daban el uno al otro. Después, se pasaba el día marcando pequeñas distancias con él. Si daba la casualidad de que ella estaba riendo o jugando con Aurelia, su humor cambiaba cuando él entraba en la habitación. A lo largo de la comida, se mostraba muy animada mientras hablaba y, de repente, se mostraba fría, como si lamentara haberse mostrado amable con él. Siempre cambiaba el enfoque de una conversación desde sí misma a su hija, evitando los intentos de Val de saber más sobre ella.
Val podía soportar un desafío evidente, pero ella se dejaba llevar por la mayoría de sus dictados a menos que se refirieran a Aurelia. Entonces, se enfrentaba a él con tranquila lógica. Él solo se daba cuenta de que había estado a la defensiva cuando bajaba los hombros después de hacer que él aceptara su decisión.
A Val no le gustaban los enemigos silenciosos que lo mantenían en ascuas. En realidad, no quería considerarla una enemiga. Estaba demasiado intrigado con ella.
La tenía físicamente cerca a cada oportunidad que tenía. La desnudaba para que no hubiera barreras entre ellos, insaciable por ella y por su particular locura. Vínculo. Lo que había entre ellos estaba empezando a ser una adicción. Aquella mañana la había dejado durmiendo para demostrar que podía hacerlo.
Se marchó a Milán, decidido a ser su antiguo yo. Muy pronto, la noticia de su compromiso llegaría a los titulares de las publicaciones habituales y atraería a los paparazis.
Era algo sucio presionarla de aquella manera. Era exactamente la clase de táctica cruel por la que era famoso, por lo que no comprendía la razón de que hubiera despertado su conciencia. Él era así.
Era un hombre implacable, que carecía completamente de empatía o compasión. A pesar de eso, le había comprado un regalo a su hija. Él nunca hacía regalos, y solo había recibido un regalo de verdad en toda su vida, aunque en realidad lo había robado. El dibujo de Kiara.
El espacio vacío que había en su dormitorio solo era evidente para él, pero se sentía molesto cada vez que buscaba el dibujo y no lo encontraba.
Era lo mismo que le ocurría cuando buscaba a la mujer risueña que lo había dibujado y solo se encontraba con una expresión contenida e inescrutable en el hermoso rostro de Kiara.
Mientras conducía de regreso a casa, pensó que tal vez estaba siendo demasiado duro con ella. Tal vez Kiara tenía razón. Tal vez él tenía que perdonarla por haber vivido con su padre. Tal vez entonces ella no se mostraría tan reacia a casarse con él.
Entonces, se enteró que ella había tenido visita mientras él estaba fuera.
La identidad de aquella visitante fue como sangre en el agua para un tiburón.
Kiara aún se sentía turbada. Seguía cuestionándose si había tomado la elección correcta.
Así era. Por Aurelia. Eso lo sabía. Sin embargo, aquella situación la estaba poniendo a prueba más severamente que ninguna otra cosa en su
vida. Sus propias necesidades se contraponían con las de su hija y Kiara ya no sabía si estaba perdiendo, ganando o cayendo en una trampa.
Dado que aún estaba allí en Italia después de su conversación con Evelina y no en un avión de regreso a Grecia, sentía que había perdido su única oportunidad de escapar de allí.
No le gustaban los enfrentamientos y mucho menos jugar con una profesional. Las manos aún le temblaban cuando por fin colocó su caballete. Los temblores prometían un resultado horroroso cuando tomaba un pincel entre las manos, pero estaba decidida. Si al menos pudiera pintar algo, podría encontrar el equilibrio y todo saldría bien. Podría enfrentarse a la nueva vida en la que se había embarcado por accidente.
–¿Has visto a mi madre hoy?
El gruñido de la voz de Val fue tan inesperado y letal que ella estuvo a punto de derribar el caballete.
–Estás en casa –dijo mientras se giraba hacia la puerta abierta.
–¿Sorprendida? –replicó él mientras entraba en el estudio y cerraba la puerta con un gesto un poco agresivo–. Ni se te ocurra decirme que no puedo entrar en tu estudio.
Kiara tenía el corazón desgarrado debido a todos los conflictos y cambios a los que había tenido que enfrentarse desde que Niko falleció. En aquel momento, sintió que este sufría un poco más cuando Val se acercó a ella.
¿Aquel era el hombre con el que iba a casarse?
–No sabía qué hacer aparte de ofrecerle un té.
–Un té –replicó él en tono de mofa.
–¿Y qué se suponía que tenía que hacer? ¿Darle con la puerta en las narices?
–Sí.
–Ojalá lo hubiera hecho –replicó mientras colocaba un lienzo sobre el caballete–. Te aseguro que no fue una visita para darme la bienvenida a la familia.
–¿Y vio a Aurelia?
–No –contestó ella cruzándose de brazos. No había tenido que tomar aquella decisión porque Evelina tampoco había pedido conocer a su nieta.
–Entonces, ¿de qué hablasteis las dos? –le preguntó Val, algo más calmado–. Porque ella no está aquí. Eso significa que consiguió lo que buscaba. No te atrevas a decirme que te vas a marchar –le advirtió.
Kiara sintió que le hervía la sangre. Val la estaba tratando como si fuera una delincuente. Como si ella hubiera orquestado aquella reunión. Ella había sido la víctima.
–Quería destruir mi exposición –replicó.
–Ya sabes que puedo revertir todo el daño que ella haga.
–¡No, no lo sé! –exclamó ella–. Cada vez que me doy la vuelta, tú estás buscando una nueva manera de castigarme por haber confiado en tu padre.
Perder mi exposición sería la máxima venganza y, probablemente, te haría muy feliz. Así que no, Val, lo he arreglado yo sola, pero gracias de todas maneras.
–¿Cómo?
–La he comprado con el dinero de Niko, por supuesto. Le dije que tú no querías que tocara ese dinero, pero que yo creía que debía invertirlo para el futuro de Aurelia. Le dije que si encontraba una finca adecuada que se revalorizara con el tiempo, invertiría esos fondos en comprar una casa para mi hija y que ella podría utilizarla mientras viva.
Val la miró asombrado.
–También le dije que, si nuestro matrimonio fracasaba por alguna razón, como podría ser la de una suegra metomentodo, yo tendría que echarla para que Aurelia y yo pudiéramos vivir en esa casa. Le recomendé que era mejor que pensara a largo plazo en el futuro y que decidiera qué batallas eran importantes para ella.
Val lanzó una maldición. Entonces, habló con lo que parecía una reticente admiración.
–Aprendes rápido. Muy bien hecho.
Kiara había estado luchando por su existencia.
Se dio la vuelta para buscar su bata.
Val aún estaba bastante molesto de que su madre se hubiera presentado allí sin que la invitaran y de que Kiara le hubiera permitido pasar. Aún más irritante le resultaba el hecho de que Kiara hubiera estado sola. Eso le indicaba que tenía un topo en su casa. Rodarían cabezas por ello, pero aún no había terminado con Kiara.
Prefería estar enfadado con ella. Resultaba más fácil mantenerla a distancia cuando había resentimiento entre ellos, pero ciertamente la
protegería contra todo daño. Si Kiara no lo creía, parecía haberla convencido el hecho de que aún siguiera allí, dada la malvada amenaza que su madre había utilizado para hacerla huir.
Aquella muestra de lealtad abría grietas en las defensas que tenía contra ella.
–Ven aquí –le dijo. Quería sentir el contacto de su cuerpo.
–Pensaba que por fin podría pintar un poco…
Su atractivo cuerpo, con el atractivo trasero enfundado en unos vaqueros cortos, desapareció cuando se puso lo que parecía una vieja bata de laboratorio cubierta por innumerables gotas de pintura. Empezó a abrochársela, pero Val le detuvo las manos.
–Vamos, bella. Dame un beso y hagamos las paces. Haré que merezca la pena… –susurró mientras le acariciaba el reverso de las manos con los pulgares y sonreía.
–¿Acaso estamos peleando? Pensaba que esto era nuestra convivencia normal, donde tú me culpas por los actos de tus padres y yo pongo las necesidades de mi hija por delante de la mías –replicó ella. Apartó las manos y se desabrochó los botones que ya se había abrochado–. Sin embargo, si lo que quieres es sexo, por supuesto. Tengamos sexo. ¿Por qué si no me iba a haber enzarzado en una batalla mano a mano con tu madre si no era para seguir teniendo sexo contigo?
–Si no quieres tener sexo…
–¡Siempre quiero tener sexo! –exclamó ella dejando caer la bata–. Pero también necesito pintar, Val. No he tenido un pincel en las manos desde que Niko murió y eso me está matando.
–Estás aquí todos los días. ¿Qué has estado haciendo?
–De todo menos pintar. He estado desembalando y organizando mis cosas. Haciendo bocetos de cómo deberían exhibirse mis pinturas en la exposición, respondiendo correos… ¿Sabes que he tenido que escribir una descripción de cada una de ellas? ¿Y que tengo que corregirlas? La descripción del artista no era lo suficientemente buena, por lo que tengo que revisarlas. Yo pinto porque no sé cómo expresarme con palabras.
Estaba temblando. Los ojos le brillaban llenos de lágrimas.
–Kiara…
–No te atrevas a decirme que me calme –le advirtió ella levantando un dedo–. Esto no es una rabieta. Es un ataque de nervios –añadió mientras se
limpiaba la parte interna de la muñeca para enjugarse las mejillas–. Solía pintar cuando Aurelia dormía, pero ahora estás tú. El sexo y esto. La culpa.
El odio por las elecciones que he hecho. La exigencia de que cambie completamente mi vida mientras lo único que deseo realmente se aleja cada vez más de mí.
Se aferró el pecho y trató de respirar. Miraba a su alrededor con ojos extraviados, como si no supiera dónde estaba.
–Si esto es lo que deseas, si tu castigo es castigarme a mí hasta el punto de conseguir que me rompa, ya lo has conseguido, Val. Si no puedo pintar, voy a partirme en dos. Seré como tu madre y tú. Un ser humano herido incapaz de amar. Y tendré que decirle a Aurelia: «lo siento, pero mamá es un caído más en la guerra de Niko».
Las últimas palabras de Kiara golpearon a Val como un martillo y se hicieron eco dentro de él.
Quería decirle que se calmara. Quería agarrarle los brazos y recordarle que le estaba construyendo un estudio. Por supuesto que quería que ella pintara. Él no era un ser humano tan herido. La experiencia le había hecho madurar hasta convertirse en un hombre más sabio.
–¿Por qué sigues vestido? –añadió ella con voz mordaz–. Haz tu magia.
Hazme olvidar por qué yo quería pintar.
Val, conscientemente, contuvo el impulso de levantar los brazos para tomarla entre los suyos. Todo su ser ansiaba abrazarla y estrecharla con fuerza hasta que ella dejara de temblar. Hacer que aquellas lágrimas desaparecieran con sus besos y conseguir que aquella triste oscuridad desapareciera.
Quería echarle a su madre la culpa de todo aquello. Una visita suya dejaba a cualquiera lleno de veneno, pero no todo era culpa de Evelina.
También estaba él que, tratando de controlar lo que estaba ocurriendo entre ellos, estaba aplastando el espíritu de Kiara.
Sabía lo que tenía que hacer y eso iba en contra de todo lo que él era.
Nunca se apartaba de una pelea. Sin embargo, si no la dejaba estar en aquellos momentos, le haría el amor hasta que ella estuviera tan débil que no pudiera ni levantar un dedo.
Kiara jamás se lo perdonaría. Val estaba seguro de eso. Algo quedaría roto entre ellos de tal manera que jamás podría volver a repararse.
–Yo cenaré con Aurelia y la meteré en la cama esta anoche. Quédate aquí todo el tiempo que quieras.
Val salió y cerró la puerta tras ver la asombrada expresión en el rostro de Kiara. Aquello había sido lo más duro que había hecho en mucho tiempo.
El canalla que habitaba en él lo empujaba a regresar y afirmar su autoridad.
Sin embargo, algo había prendido dentro de él, una pequeña brasa a la que no era capaz de ponerle nombre. Tenía un poco de calor, fuera lo que fuera. Justo lo suficiente para aliviar la gélida frialdad que rodeaba su corazón.
Kiara se metió en la cama después de medianoche. Estaba agotada, pero completamente despierta, vibrando de excitación. Revivida.
Se había empapado con el olor del lienzo y de las pinturas de óleo. Había hecho bailar su pincel con los colores, dirigiendo una sinfonía. Se había deslumbrado con los colores y se había perdido en un mundo donde las personas dañinas no podían tocarla. Donde sus sentimientos eran libres y no tenía que guardarlos en cajas que los reprimían.
No podía recordar la última vez que se había sentido así mientras pintaba hasta llegar a terminar el lienzo. No era que el resultado final mereciera la pena, pero sería para siempre su favorito por su reclamación de aquel nuevo mundo y, por lo tanto, por haberse reclamado a sí misma.
En aquellos momentos, se sentía muy agradecida a Val por haberle dado aquello. Cada vez que salía a tomar un poco el aire y pensaba en Aurelia, recordaba que ella estaba con su padre. Dejarla a su cuidado era muy diferente que dejarla con las niñeras. Darle a Val y a Aurelia tiempo para formar un vínculo era tan importante como el tiempo que ella pasaba a solas con su hija.
Incluso había hecho que le llevaran algo para picar mientras pintaba.
¿Estaba despierto? Se deslizó un poco más cerca de él y encontró piel desnuda. El abdomen se tensó cuando ella deslizó las manos por los firmes músculos y el vello. Val contuvo la respiración.
Él no dijo nada y tampoco ella. Kiara se limitó a estirarse junto a él con un suspiro de felicidad. Ella estaba tan desnuda como él, dado que el camisón nunca duraba mucho tiempo, pero aquella noche era ella la instigadora. Deslizó la boca sobre la de Val una vez mientras se apretaba
contra él y luego deslizó los labios entreabiertos por la garganta y los hombros.
Las fuertes manos de Val le agarraron y la colocaron plenamente encima de él. Entonces, separó las piernas para acoger las de ella y Kiara se levantó ligeramente para darle espacio a la potente erección. Kiara utilizó todo su cuerpo para acariciarle, disfrutando con el tacto de su fuerza y el aroma de su piel, los movimientos de las posesivas manos sobre la espalda, los costados y el trasero.
El deseo se deslizó como miel sobre su piel y ella dejó que se vertiera sobre él. Se vertió sobre él junto con la energía que ella había acumulado mientras estaba pintando.
Fue deslizándose por su cuerpo, arrastrando la sábana, hasta que encontró la firme columna que tanto la excitaba. Allí estaba la esencia de él, salada, sugerente y fiera. Ella deslizó la lengua y jugó con su erótica forma, acogiéndolo en su boca y tirando después, para empezar luego a mover la cabeza de arriba abajo marcando el ritmo que sabía que a él le gustaba.
Val gruñó y separó las piernas, mientras enredaba los dedos en su cabello y la apartaba cuando estaba a punto de perder el control. Entonces, tiró de ella hacia arriba para besarla y colocarla debajo de él, hundiéndose en su cuerpo.
Ambos gruñeron y gimieron de placer. Las sensaciones eran tan placenteras que Kiara pensó que estaba a punto de morir, pero era diferente.
Val estaba con ella en aquel lugar donde la realidad dejaba de existir. Así había sido aquella noche en Venecia, dos almas perdidas que se habían encontrado la una a la otra en la oscuridad y que estaban celebrando el fin de su soledad.
Kiara enredó los tobillos sobre la espalda de Val y sintió que los dedos de él se le clavaban con fuerza en el trasero, tanto que seguramente le dejaría marcas. No le importaba. Solo quería que él estuviera más profundamente dentro de su cuerpo. Que formara parte de ella, del modo en el que Kiara estaba convirtiéndose en parte de él.
Los dos alcanzaron el orgasmo al mismo tiempo, llenos de angustia y de éxtasis, de pérdida y de descubrimiento. Un final, pero también un principio.
Val la tuvo entre sus brazos toda la noche, un hecho del que Kiara solo fue consciente cuando él se soltó de ella al llegar las primeras luces del amanecer.
Kiara parpadeó llena de confusión cuando él salió del vestidor unos segundos más tarde, aún desnudo, pero con algo entre las manos. Era del tamaño de un pequeño cojín, pero plano y brillante. Se dirigió a la pared para colgarlo en ella.
Kiara lo contempló atónita. No había necesidad de poner un clavo en la pared. Val estaba volviendo a colocar algo que ya había estado allí. Se incorporó sobre un codo y miró más atentamente. Entonces, estuvo a punto de pellizcarse en el brazo para asegurarse de que no estaba soñando.
–No digas ni una palabra –dijo él mientras lo ponía recto con un ligero toque del dedo–. Ni una palabra.
Kiara se mordió los labios. Lo miró como si fuera un viejo amigo, que la llenaba de nostalgia y de alegría. Lo miró fijamente, tanto que se perdió en los recuerdos de aquella noche y no se dio cuenta de que Val se había acercado a ella para sentarse a su lado sobre la cama. Tenía un estuche de terciopelo entre las manos.
–Quería darte esto anoche durante la cena –dijo. Kiara lo sintió como un reproche, pero él negó con la cabeza–. No te estoy reprendiendo nada. He trabajado con bastantes creativos como para apreciar su temperamento y conocer su valor. Quiero conservar a la artista que hay en ti, Kiara. Tu capacidad para sacar la belleza de la nada, para encontrarla donde no existe, es un don –susurró mientras le acariciaba suavemente la mejilla con el pulgar–. Después de anoche, veo que hay ventajas en darte tiempo para encontrarte a ti misma.
Kiara recordó lo segura de sí misma que se había mostrado la noche anterior al regresar a la cama y se sintió algo avergonzada. Entonces, Val se inclinó sobre ella y le robó un beso que estuvo a punto de prender de nuevo la llama entre ellos. Sin embargo, antes de que dejaran que la pasión se apoderara de ellos, Val se retiró y abrió el estuche.
–Dios mío…
–Val, qué bonito… –la corrigió él con obscena arrogancia. Kiara se habría reído, pero estaba demasiado hechizada por los tres anillos.
El de compromiso era un enorme diamante de corte princesa que reflejaba los incipientes rayos de sol. La alianza de platino estaba engastada
con diamantes más pequeños intercalados con…
–¿Son ónices? –le preguntó.
–Diamantes negros. Duros y oscuros como mi corazón.
Ciertamente, Val había hecho todo lo posible para convencerla de que así era, pero también le había revelado que el órgano en cuestión tenía reflejos dorados.
Kiara sacó el anillo más grande y se lo colocó en el dedo.
–¿Y tú te pondrás este anillo?
–Si te casas conmigo, sí. ¿Lo harás, Kiara?
Ella sintió que entraba en caída libre.
Tal vez Val sabía lo que estaba haciendo. Él había estado tratando de convencerla de que no tenía elección, que tenía que casarse con él por el bien de Aurelia. Kiara se lo había creído. Sin embargo, claro que había elección y a ella le daba la sensación de que era tan importante para él que lo eligiera como lo era para ella hacer que aquella decisión fuera por voluntad propia.
Consideró que tenían una hija juntos y una relación íntima que no mostraba señales de agotarse. Val respetaba su arte y había guardado su dibujo. Había hecho que se lo enmarcaran con todo el cuidado que se merecía un maestro de la pintura.
Se dio cuenta también de que lo más importante era que se estaba enamorando de él. Tal vez él terminara desilusionándola. De hecho, estaba segura de que le rompería el corazón, probablemente en más de una ocasión.
Sin embargo, su necio corazón anhelaba entregarse a él.
–Sí, lo haré.
El triunfo se reflejó en la mirada de Val justo antes de besarla. Ella creyó oír que el pequeño estuche caía al suelo junto a la cama. La alianza más grande, la de Val, se deslizó de su dedo para caer entre las sábanas. Val no le dejó recuperarla. La colocó de nuevo sobre el colchón y ella sintió que se deshacía de gozo contra él.
Entonces, un ligero sonido le hizo levantar la cabeza. Ella miró a la mesilla donde dejaba su teléfono todas las noches.
–Seguramente Aurelia ya está despierta –comentó él.
–¿Qué tal se portó anoche? –le preguntó ella mientras le acariciaba suavemente la incipiente barba.
–Si te digo que bien, ¿me creerás? –replicó. Entonces, miró a su mesilla de noche–. Por cierto, eso me recuerda que tengo que encontrar un zoo con elefantes. Hoy tenemos una cita.
Decir que Val fue relajándose en los días posteriores, sería casi una exageración, pero las espinas de su personalidad dejaron de ser tan afiladas, al menos en lo que se refería a Kiara. Sin embargo, despidió sin piedad al chef que fue quien había informado a Evelina que Kiara estaba sola aquel día. Una semana más tarde, el resto de los empleados seguían comportándose con sumo cuidado.
Sin embargo, una mujer llamada Consuelo había aparecido en la casa cuando regresaron del zoo. Ayudó a Kiara a reescribir su declaración y las descripciones de sus cuadros. También llevó un fotógrafo a su boda para que fuera testigo del evento y así poder preparar un comunicado de prensa.
–Podemos organizar una boda más especial más tarde si lo deseas –le dijo Val mientras esperaban en el Registro Civil.
–Dios santo, no. Solo pensar que me van a hacer fotos hoy me está causando ansiedad –replicó ella. Aunque tal vez la ansiedad se la provocaba casarse con Val.
Val llevaba un traje por primera vez desde que estaban juntos y su aspecto debería haberse etiquetado como mercancía peligrosa. Iba todo de negro, con un traje hecho a medida especialmente para la ocasión. La americana era estilo esmoquin con las solapas de brocado de raso, pero tenía un delicado diseño que le daba un aire más moderno. Debería haber resultado algo extravagante, pero en Val quedaba elegante y estiloso, como él siempre era.
Se había afeitado y rezumaba tanto sex appeal que Kiara sintió que las rodillas se le doblaban.
Ella, por su parte, había confiado en Klaus. Él le había asegurado que no estaría trabajando para Val si no tuviera mejor ojo que su jefe para las texturas, el color, las líneas y las formas.
El vestido de novia era el colmo de la simplicidad. Le llegaba hasta las rodillas y tenía los hombros al descubierto. Era de seda con un ligero tono amarillo limón. El color hacía que su piel oscura resultara más luminosa y la diáfana sobrefalda era lo suficientemente generosa como para poder
recogerse sobre su brazo. Flotaba y se movía con Kiara y le hacía sentir como una princesa.
Cuando Val la vio, se quedó sin palabras durante un largo instante.
Entonces, le tomó la mano e hizo que girara lentamente sobre sí misma.
–Lo sabía… Sabía que estarías… –susurró. Entonces, le dio un beso en la mejilla para no estropear el maquillaje de sus labios con un beso.
Habría sido un día perfecto si no hubiera sido por un único detalle.
Scarlett no estaba presente. Cuando le dieron el alta en el hospital, se había marchado directamente a España con Javier. Kiara estaba tratando de sobreponerse al hecho de tener tan pocas noticias de su amiga. A pesar de todo, la echaba mucho de menos.
Le envió una foto de Aurelia con su elegante vestido y ella recibió una de Locke profundamente dormido y ataviado con un pijamita que parecía un esmoquin. Scarlett le adjuntó un mensaje que le hizo esbozar una triste sonrisa.
Estamos ahí contigo en espíritu.
Por lo demás, la boda fue perfecta en todos los sentidos. Breve, pero íntima. Los votos no fueron muy sentimentales, pero cuando ella los dijo en voz alta y oyó que Val los repetía, sintió que había una promesa en ellos.
Después de que intercambiaran los anillos, Val se inclinó a besarla y ella sintió que una luz resplandeciente la llenaba de la cabeza a los pies. Aquella era una verdadera oportunidad. Un verdadero comienzo.
O eso esperaba ella.
En lugar de luna de miel, volaron a París con unos días de antelación. A pesar de que se encontraban en la ciudad más romántica del mundo, fue todo lo contrario. Kiara tenía reuniones y se sentía muy nerviosa la mayor parte del tiempo. Solo conseguía dormir porque terminaba agotada por los numerosos orgasmos que Val le proporcionaba.
Dado que su matrimonio ya se había anunciado, los paparazis los perseguían sin piedad. Su determinación para conseguir una fotografía de Aurelia rayaba en lo criminal. Kiara sentía que, si una sola persona más le preguntaba cómo se habían conocido Val y ella, empezaría a gritar.
Las entrevistas para los medios eran un infierno, pero Consuelo la había preparado muy bien hasta para las preguntas más ridículas.
Después del día de la visita de su madre, Val había estado en contacto con el agente de Kiara. Habían reestructurado la exposición para convertirlo en un evento mucho más exclusivo. La mayoría de las entrevistas se realizaron antes de que nadie pudiera ver un solo cuadro. En aquellos momentos, horas antes de la inauguración oficial, el trabajo de Kiara había sido desvelado por fin para los críticos. Los fotógrafos estaban en una sala.
Sus retratos más íntimos de Aurelia y de Scarlett embarazada permanecían ocultos.
Le resultaba difícil concentrarse, en especial porque su esposo estaba entre el grupo de personas que avanzaban con parsimonia por los pasillos antes de que llegaran los visitantes. O no. Tal vez sería mejor que no fuera nadie. Si los críticos y los coleccionistas decidían que odiaban su trabajo, quería que hubiera el menor número de gente posible que fueran testigos de su humillación.
Cuando se sentó en el asiento trasero del coche de Val para regresar al hotel y prepararse para la gran noche, se sentía muy nerviosa.
–Te estás encerrando de nuevo en ti misma, bella. No me gusta.
–Estoy muy nerviosa…
–¿Por qué?
–¿Que por qué dices? –le preguntó ella riendo con incredulidad–. ¿Y si no les gusta? Todo ese trabajo, tantos años…
Val se inclinó sobre ella y le apretó con fuerza la mano.
–¿Quieres que te diga lo que pensé cuando lo vi todo por primera vez?
–No –mintió ella apretándole la mano también con tanta fuerza que seguramente le estaba clavando las uñas.
–Tu trabajo es profundo. Al detenerme frente a cada una de las pinturas, sentí lo que sentiste tú cuando lo pintaste. Curiosidad. Frustración. Alegría.
La Aurelia es… –susurró mientras se llevaba a los labios la mano de Kiara y le besaba los nudillos–. Tu amor por ella no tiene límites, ¿verdad?
–¿De verdad crees que alguien va a experimentarlas de ese modo? –le preguntó ella horrorizada–. Porque eso hace que me sienta desnuda. No creo que pueda soportarlo.
–En ese caso, ven aquí… Deja que te demuestre que estar desnuda tiene sus ventajas…
Cuando se bajaron del coche en el aparcamiento subterráneo, Kiara no pudo ni siquiera mirar al chófer, que estaba fumando a una discreta
distancia. Tales eran las consecuencias de ser la esposa de un hombre incorregible como Val Casale.
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