E-Pack Bianca octubre 2020
Cap�tulo 9
Capítulo 9
SOY TUYO, bella».
Alessandra se aferró a esas palabras mientras Vincenzo la depositaba en la cama y la devoraba con los ojos. Las sábanas estaban frías bajo su piel en contraste con el calor que emanaba de él. Durante unos agónicos segundos, se limitó a mirarla mientras ella, apoyada en los codos, le sostenía la mirada.
«Como no lo he sido nunca de nadie».
Contuvo el aliento al posarle él las manos en las rodillas y abrírselas para hacerse hueco entre ellas. La seda del vestido sonó suavemente contra las sábanas cuando Vincenzo la tomó por las nalgas y tiró de ella hacia el borde de la cama hasta que sus caderas le rozaron la parte interior de los muslos.
Sus dedos la asieron para alzarla levemente de manera que su erección quedara en contacto con la parte más íntima de Alex.
Ella se movió hacia delante instintivamente y asió las sábanas y gimió cuando Vincenzo se meció contra ella, dibujando círculos eróticos que la llevaron al delirio.
Atrapándola en su anhelante mirada, retiró la tela de sus bragas, pasó los dedos por sus húmedos pliegues y describió círculos en torno a su parte más sensible.
–Por favor, V.
–¿Es esto mejor que tu nuevo amiguito tecnológico? –bromeó él.
Entonces le sujetó las rodillas y se inclinó sobre ella, como un guerrero a punto de atacar. Jadeante, Alex musitó:
–No te conté cómo acabó la experiencia.
–¿Cómo? –Vincenzo le pasó la lengua por los labios y presionó su abdomen contra sus húmedos pliegues. Ella se deslizó arriba y abajo y él la imitó, gimiendo de placer–. Cuéntamelo ahora, Alessandra.
Alex abrió los ojos y sonrió.
–Alcancé el orgasmo, sí. Pero me faltaron tus palabras susurradas al oído, tu cuerpo presionando el mío, el calor de tu piel… Ninguna sensación se puede comparar a esa, V; ninguna en el mundo.
La sonrisa de satisfacción que le dedicó Vincenzo fue tan resplandeciente que cegó a Alex. Y entonces él deslizó la mano por su vientre de nuevo para acariciar el pulsante lugar donde se acumulaban todas sus terminaciones nerviosas, describiendo eróticos círculos con el pulgar antes de meter un dedo en su interior.
–¡Cuánto he echado de menos esta húmeda cueva! –dijo él con una mirada abrasadora–. Gime por mí, bella.
Sus dedos volvieron a moverse con un hipnótico ritmo que prendió una llamarada en Alex. Cuando él se inclinó a besarla, ella se asió a él, retorciéndose bajo su peso, buscando mantener el tempo.
–Dime qué necesitas –dijo él, tal y como había hecho cada vez que hacían el amor, animándola a hacer nuevos descubrimientos sobre lo que le gustaba–. Dime qué quieres, tesoro.
–Tócame aquí –dijo ella, asiéndose los tersos senos.
–Bájate los tirantes.
Alex levantó las manos automáticamente. Lentamente, con movimientos que hicieron que los ojos grises se volvieran acero líquido, deslizó cada dedo índice por debajo y los bajó hasta los codos antes de alargar las manos hacia Vincenzo.
–Antes quiero tocarte –dijo con voz ronca, consciente de que en cuanto él la acariciara la lanzaría a una espiral de sensaciones, de necesidad y placer.
Y quería asegurarse de que él perdía la cabeza tanto como ella.
–¿No me has torturado bastante, bella? –preguntó él, moviendo su dedo dentro y fuera de ella.
Alex le sujetó la muñeca.
–No quiero solo participar. Quiero tomar de ti.
Él la besó bruscamente.
–¿Crees que no me he dado… a ti? –le susurró contra los labios.
–Pero no será suficiente hasta… –dijo ella, besándole el cuello.
Vincenzo no la dejó terminar porque intuía que iba a decir: «hasta que me des tu corazón». Ella no se atrevió a mirarlo por temor a ver la respuesta en sus ojos. Y él… Por primera vez desde que lo conocía, Vincenzo esquivó su mirada; perdió la batalla, si no la guerra.
Con la mirada velada por las pestañas, él le tomó las manos y se las llevó a la camisa, diciendo:
–Haz lo que quieras conmigo, princesa.
Alex decidió entonces que iba a entregarse plenamente, que construiría la familia que nunca había tenido.
Sin titubear, desabrochó la camisa de Vincenzo y se la quitó, recorriendo a continuación su torso con manos ávidas y percibiendo cómo la respiración de él se entrecortaba. Entonces se incorporó e hizo el mismo recorrido con sus labios
Vincenzo sabía a sudor y a sal y a algo deliciosamente masculino que le hizo gemir. Entonces lo mordisqueó y él emitió un profundo gemido. Alex le desabrochó el cinturón y el pantalón. Y él siguió dejándole el control.
Todo pensamiento se borró de la mente de Alex cuando le bajó los pantalones e instintivamente tomó su endurecido sexo en la mano. Él exhaló sonoramente. Acero envuelto en terciopelo, su sexo se alargó y endureció aún más. Como hombre, seguía siendo el mismo al que había conocido: dulce y guapo; pero en su interior, su determinación vengativa era inamovible. Si lo que quería era la aniquilación, ella se la daría.
Cerró el puño y lo movió arriba y abajo, tal y como había hecho cuando descubrían sus cuerpos mutuamente en los primeros días, como exploradores de una tierra desconocida. Entonces no había ningún enfrentamiento entre ellos, sino solo el deseo de proporcionarse placer. Pasó el pulgar por el extremo de su sexo, imitando la dulce tortura a la que él la había sometido. Él echó la cabeza hacia atrás y gimió. Pero ella quería más, quería que renunciara a todo control, dejarlo rendido y vulnerable.
–¿Cuál es tu fantasía más oculta? –preguntó, sintiendo su sexo palpitar al imaginar el de él en su interior.
–Esta –dijo él, apretando los dientes y acariciándole los labios con el pulgar mientras le tiraba del cabello para que lo mirara–. Tú así… Toda mía.
–¿Qué quieres que te haga? –Alex se puso de rodillas y se inclinó hacia adelante.
Aproximando su rostro al sexo de Vincenzo, sopló. Él contrajo los músculos.
–Hazlo –musitó.
–¿El qué? –ella retrocedió y parpadeó provocativamente–. Pídemelo amablemente.
–Tómame en tu boca –dijo él en tono de desesperación.
Alex lo hizo. Separándole los muslos, le lamió de abajo arriba. Él masculló un juramento que le hizo sentirse poderosa. Entonces lo tomó en su boca y él la sujetó por la cabeza al tiempo que le daba instrucciones con voz ronca y entrecortada.
Alex no supo cuánto tiempo le entregó el poder sobre su cuerpo, si fueron minutos u horas. Con cada movimiento de sus labios, mientras sujetaba su sexo por la base, los gemidos que escapan de la garganta de Vincenzo eran música para sus oídos.
–Basta, bella –exclamó él en cierto momento.
Y Alex se encontró echada sobre la espalda, con el vestido recogido a la cintura y Vincenzo mirándola como si fuera a devorarla.
Con el cabello esparcido sobre las blancas sábanas y los ojos brillantes, Alessandra era el ser más hermoso que Vincenzo había visto en su vida. Sus senos desnudos con los pezones oscuros, las largas piernas torneadas, el vello que ocultaba la cálida humedad en la que estaba ansioso por hundirse… Y aquella sensual boca que lo había acariciado y lamido hasta llevarlo al borde del paroxismo… Si aquella noche Alessandra le pedía algo, no podría negárselo. Ningún pensamiento lógico podía aclarar la niebla de deseo que nublaba su mente.
Pero nada podía compararse con cómo la miraban sus ojos: como si fuera su único salvador; como si lo necesitara tanto como respirar.
Terminó de quitarse los pantalones y tomándola por las nalgas la atrajo hacia sí. Le recorrió la suave piel del interior de los muslos y luego subió las manos a sus firmes senos, sustituyéndolas entonces por sus labios, mordisqueando y chupando. Con cada roce de sus dedos, Alessandra alzaba las caderas y él se endurecía un poco más.
Cuando finalmente la besó, los dos jadeaban y gemían. Vincenzo empezó el recorrido inverso. Cuando tiró de sus pezones con los dedos, tal y como sabía que le gustaba que hiciera, ella se arqueó como si la alcanzara un rayo.
–Por favor, Vincenzo, por favor. Necesito tu boca ahí –dijo, pero no como una súplica, sino como una exigencia.
Siempre le había gustado eso de ella: exigía placer con tanta fiereza como lo daba.
–Encantado, cara mia – dijo. Y cerró sus labios en torno a sus sensibles pezones.
Un temblor recorrió a Alessandra. Sujetando la parte baja de su cuerpo, Vincenzo alternó entre un seno y otro hasta que sus pezones brillaron endurecidos a la luz de la luna. Entonces la tomó por las nalgas y basculó sus caderas hacia él.
–Mantén los ojos abiertos, bella –dijo. Quería que viera el efecto que tenía sobre él.
Frotó su sexo contra la húmeda entrada de Alex y la erótica caricia los hizo gemir. Un estremecimiento recorrió el cuerpo de Vincenzo cuando la penetró profundamente. Ella gritó y él se detuvo.
–¿Te he hecho daño?
–No –dijo Alex. Relajándose para acomodarlo–. Había olvidado cuánto me llenas.
Sonriendo, alzó las caderas para salir a su encuentro y Vincenzo supo que aquel era el hogar que llevaba buscando toda su vida. Pero no era solo placer lo que experimentaba al tiempo que se mecía a una velocidad creciente dentro de ella. No había palabras para expresar lo que sentía.
La primera vez también había tenido aquella sensación de llegar a casa.
Nunca había sentido tal perfección de emociones: excitación y deseo, placer y calidez, satisfacción y paz. Todo ello lo había encontrado en los brazos de Alessandra. Solo que no lo había visto. Y ya era demasiado tarde.
Cuando estaba dentro de ella olvidaba sus metas, su ambición, sus ansias de venganza, todo. Cuando ella tomaba su rostro entre sus manos. Cuando empujaba sus caderas contra las de él. Cuando lo atraía hacía el tejido esencial de su vida, de sus seres queridos, de su familia, de su generoso corazón…
–Más, V, por favor –gimió ella, contrayéndose en torno a él, enredando sus piernas alrededor de su cintura.
Cada pequeña contracción interna apretó y succionó a Vincenzo. Cada milímetro del cuerpo de este podía sentir el de ella. Pero sabía que la
rendición de Alessandra tenía un precio. Y aunque no lo pidiera en ese momento, lo haría en el futuro. Pero para entonces, él ya no podría pagarlo.
¿Cómo podía haber olvidado lo transformador que era el sexo con Vincenzo y la magia que creaban juntos? Era lo que la había conducido a casarse con un hombre a quien apenas conocía.
Alex protestó al sentirse vacía cuando Vincenzo salió de ella, pero un instante después él volvía a abrazarla, a acariciarla, a invadirla. Ella gimió sonoramente, dando la bienvenida a la fricción de su endurecido sexo.
Vincenzo la elevó, sentándola sobre su regazo a horcajadas. Ella se asió a su cuello, acarició su sudorosa espalda. El roce de sus senos contra su pecho, la intimidad de mirarse a los ojos exacerbó su placer en una nueva dimensión. Vincenzo estaba duro y pulsante en su interior, su aliento le calentaba cada milímetro del cuello, su aroma, una combinación sudorosa y masculina, le embriagaba los sentidos. Sus bocas se encontraron de nuevo en una devastadora comunión. Alex quería aferrarse a él como si así pudiera apoderarse de su corazón. Habría querido permanecer así para siempre, dejar transcurrir el tiempo hasta la eternidad.
Ocultó el rostro en su hombro y su piel caliente y sudorosa despertó una explosión de sensaciones en su lengua.
–Mírame, bella.
Ella apretó los ojos por temor a que Vincenzo pudiera ver en ellos hasta qué punto lo necesitaba.
–Por favor, V, sigue. Necesito llegar –gimió.
–No pienso moverme hasta que me mires –dijo él en tensión. Y le susurró contra la sien–: Me he acostumbrado a verme en tus ojos, Alessandra, a ahogarme en tu mirada.
Ella alzó la cabeza bruscamente al percibir el anhelo en sus palabras. Y
lo besó entrelazando su lengua con la de él, mordisqueando sus labios…
hasta que no supo dónde acababa ella y dónde empezaba él. El corazón de Vincenzo latía violentamente contra su pecho, su cuerpo sudoroso la reclamaba con cada embate y ella ascendía y descendía rítmicamente mientras el deseo se intensificaba en su vientre.
Dejó que los gemidos y los aromas de sus cuerpos la guiaran hasta que la abandonó todo pensamiento racional. Vincenzo musitó:
–Así, Alex. Sígueme.
Y entonces la presionó contra la cama, aprisionándola con el empuje de sus caderas mientras ella cabalgaba sobre él en una frenética búsqueda del placer mutuo. Alex le mordisqueó el brazo y gimió:
–Más deprisa, V.
Y levantó las piernas hasta apoyarlas en los hombros de él, de manera que la pelvis de él le rozaba con cada movimiento el punto exacto de su pulsante sexo.
–Tócate, bella. Llega conmigo –dijo él.
Y Alex deslizó la mano del pecho de él al vértice entre sus muslos.
Entonces fijó la mirada en Vincenzo y la emoción que vio en sus ojos la impulsó más allá del límite. Con un profundo gemido se movió una y otra vez contra él hasta alcanzar un clímax febril que se prolongó en sucesivas oleadas, al tiempo que Vincenzo intensificaba sus embates antes de desplomarse sobre ella con un prolongado gemido. Alex se abrazó a él con fuerza, como si la unión física garantizara algo más. Como si…
No. No había un más allá. Aquello era todo lo que necesitaba. Había elegido quedarse con él y mantendría su decisión pasara lo que pasara.
Vincenzo permaneció sobre ella largamente, en un relajado silencio.
Hasta que musitó:
–¿Estás bien?
Ella lo miró sonriente y contestó:
–Mejor que bien.
Y él la beso apasionadamente.
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