E-Pack Bianca octubre 2020
Cap�tulo 8
Capítulo 8
KIARA se quedó estupefacta. ¿Abogados?
El amor que ella sentía no era una mentira. Era tan grande como el horizonte. Tan amplio como el cielo al que Val ascendió en su helicóptero segundos más tarde mientras ella estaba allí, paralizada por la agonía, sintiendo cómo las cortantes hélices del helicóptero fileteaban sus emociones. Val no quería su amor. Ni a ella tampoco.
Notó que algo se movía a sus espaldas. Se dio la vuelta y vio que Javier se dirigía hacia el porche mientras que Scarlett desaparecía en la casa.
–Javier –le dijo con la voz entrecortada–, tienes que darme una explicación.
Él se detuvo y se pasó la mano por el rostro.
–Ni siquiera sé qué pensar… –dijo mientras observaba el cielo, donde el helicóptero era ya tan solo un punto en el cielo.
–¿De qué? Lo amo. Está sufriendo. Lleva décadas sufriendo.
Javier bajó la cabeza. El peso de la culpabilidad le hizo bajar los hombros.
–Había una profesora… Sí –dijo cuando ella abrió los ojos de par en par–. Tienes que recordar el aspecto que tenía Val a los trece años. La imagen que proyectaba. No es culpa –se apresuró a añadir y a levantar una mano para que ella no lo interrumpiera–. Solo estoy tratando de explicarte cómo una mujer tres veces mayor que él podría haber visto a un joven, y no a un adolescente. Aunque eso no excusa su comportamiento.
Kiara se tapó la boca y sacudió la cabeza. Estaba segura de que no quería escuchar el resto, pero, por el bien de Val, tenía que hacerlo.
–No sé mucho, solo rumores. Pensé… –añadió. El remordimiento pareció grabar arrugas más profundas en su desfigurado rostro–. Como hombre, veo que estuvo mal. Si los papeles hubieran sido a la inversa, no hay duda alguna de que un hombre que persiguiera a una niña de trece años habría sido asqueroso. En aquellos momentos, dada nuestra edad y nuestra historia… Me avergüenza decir que el hecho de que se liara con una profesora parecía algo que Val fuera capaz de hacer. Siempre se mostraba muy seguro de sí mismo, Kiara. Hasta hace un momento, no me cabía en la cabeza que él no hubiera querido hacer algo así.
–Bueno, pues parece que estabas equivocado –replicó ella tratando de controlar la ira y sufriendo por Val–. ¿Es eso lo que te dijo Niko? ¿Y es por eso por lo que Val piensa que no le respaldaste cuando te necesitaba?
Javier hizo un gesto de indefensión con la mano.
–Mi padre me preguntó si pasaba algo entre ellos. Yo le dije la verdad, que no había visto nada, solo había oído que los otros chicos se metían con él porque la profesora flirteaba abiertamente con él en clase.
–¿Y qué hizo Niko? ¿Hizo algo? –le preguntó desesperadamente.
Javier respiró profundamente.
–Dijo que suponía que Val era ya un hombre y me preguntó que cuándo me iba yo a convertir en uno.
Kiara escuchó atónita. ¿Por qué le sorprendía después de todo lo que había escuchado sobre Niko?
–Es repugnante –murmuró–. ¿Estás diciendo que creía que había ocurrido y que pensaba que no estaba mal? ¿Trató de detenerlo?
–La profesora siguió dando clase después de que a él lo expulsaran, así que no creo que le dijera ni una sola palabra a nadie al respecto.
–Tengo que irme a casa…
No era de extrañar que a Val le hubiera costado perdonarla por el hecho de que ella hubiera tenido buena relación con su padre. Ni ella misma podía soportarse en aquellos momentos. Sin embargo, su corazón dio un vuelco al recordar por qué estaba allí.
–Javier, tenemos que hablar sobre Scarlett…
Él se detuvo con un pie puesto sobre los escalones que conducían al porche y le lanzó otra mirada de impaciencia.
–Sé que ella no quiere casarse, pero se van a venir a casa conmigo.
–No se trata de eso. Necesita un médico.
A Val no le quedaba nadie a quien odiar. Nadie a quien castigar. Se había marchado a Londres, donde fingía trabajar. Le había dicho a su asistente personal que no le molestara, pero, cuando llamó su madre, Evelina, siempre en su línea, convenció a la joven para que pasara la llamada.
–Tu esposa se está preguntando dónde estás –le dijo Evelina.
–En ese caso, dale este número.
–Parece que, en lo que a ti respecta, es muy blandita. Yo estoy más versada en tratar contigo cuando estás de mal humor.
–Bueno, nadie podría acusarte a ti de poseer un gramo de ternura, ¿no te parece?
–Puedes decir lo que quieras, Val, pero, ¿de verdad vas a tirar por la borda un matrimonio que tiene todas las posibilidades de tener éxito a largo plazo?
–Supongo que estarás refiriéndote a lo del dinero de papá. No puedes echarla a la calle porque ella te echaría a ti.
–A lo que me estoy refiriendo es que es una magnífica aportación a nuestra familia. ¿Quién se iba a imaginar que poseía tanto talento?
–Yo. Yo lo sabía. A ver, madre, ¿qué es lo que quieres?
–Quiero que vayas a casa con tu esposa, por supuesto.
Val también lo quería. No podía aplacar aquella necesidad, pero no sabía cómo enfrentarse a ella.
–No está en casa. Está en la isla.
–Está en tu casa –le informó Evelina como si él debiera saberlo–. Lleva allí días, esperando que regreses. No ve tus faltas y es mucho más paciente con tu comportamiento de lo que te mereces. Val, ha llegado el momento de que dejemos el pasado atrás.
–¡Ja! ¿De verdad acabas de decirme eso? ¿Tú?
–Sabes muy bien por qué tuve que pelear tan duro por todo lo que tengo.
Lo que no puedo comprender es por qué tú peleas tan duro por arrojar todo lo que tienes.
«Sabes por qué», le quería gritar Val. Sin embargo, habían tenido aquella conversación una vez y a él no le había gustado la respuesta de su madre.
Le había hecho sentirse más indefenso y asqueado con la vida.
–Adiós, madre.
–Ve con ella.
Val colgó el teléfono. Como en realidad le habría gustado hacer lo que su madre le había pedido, lanzó un juramento al techo, odiando que sus tendencias autodestructivas ya no lo ayudaran como antes. Había habido una vez en la que ir en la dirección opuesta le había resultado lo más satisfactorio del mundo.
Ya no era tan sencillo. No. Si de verdad quería quemar su matrimonio, debería haber regresado junto a Kiara y haberlo hecho bien. Debería haberle mostrado su alma y dejar que ella le mandara a paseo de una vez por todas.
Kiara comprendió por fin por qué nunca había podido pintar a Val. No había sabido nunca exactamente lo que sentía por él.
Por fin lo sabía. Lo amaba tanto que la engullía como un embrujo, obligándola a hacer que él apareciera en el lienzo. Tardó días en conseguir que los bocetos le salieran bien, trabajando a partir de los que tenía de Venecia, un puñado de fotos en el teléfono y sus recuerdos, construidos a lo largo de los dos meses que llevaban casados.
Cuando llegó el momento de representarle en el lienzo, consideró la expresión afectuosa que tenía al mirar a su hija y la mirada seductora que le dedicaba a menudo a ella. Al final, se había decantado por la expresión austera. Aquel era el hombre que mejor conocía, el que guardaba sus pensamientos y sus sentimientos ocultos bajo una máscara de innegable belleza, una máscara que ocultaba profundos sufrimientos, desilusiones y traiciones.
–¡Papá!
Kiara sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho. Soltó el pincel y fue corriendo a la puerta de su estudio justo a tiempo para ver cómo Val se inclinaba sobre Aurelia y la tomaba en brazos. La niñera observaba la escena con gesto incómodo, pero Kiara le indicó que se quedara. Quería que se llevara a la niña para que Val y ella pudieran a hablar por fin.
–¡Te he chado de menos!
–Yo también te he echado de menos a ti…
–¿Podemos ir a bañarnos, per favore?
–Más tarde –le prometió él con una triste sonrisa. Entonces, le dio un beso en la nariz–. Después de que comas y te eches una siesta, y si haces las
dos cosas sin protestar. ¿Trato hecho?
–Trato hecho –dijo la niña muy seria.
– Grazie. Ahora, vete con tu niñera. Tengo que hablar con mamá.
Aurelia le dio otro beso a su padre y dejó que él la pusiera en el suelo de nuevo para poder marcharse a casa.
La mirada inescrutable de Val chocó con la de Kiara. Ella se sintió asombrada al ver que él la estaba mirando con el mismo anhelo que había mirado a Aurelia, como si también la hubiera echado de menos.
–Ha estado preguntando por ti –dijo ella.
–Recibí los mensajes. Pensaba que habíamos acordado no utilizar el chantaje emocional.
–Cierto.
Kiara volvió a entrar en el estudio y sintió que Val la seguía. Él, al ver su propia imagen, contuvo la respiración. Lanzó una maldición y se pasó la mano por el rostro. Parecía derrotado y… conmovido a la vez.
–Veo que has estado ocupada –dijo, mientras observaba muy atentamente el lienzo.
–Te echaba de menos y quería verte. Yo…
–Me amas. Sí, ya lo veo, Kiara.
Las duras palabras le atravesaron dolorosamente el corazón.
–Las cosas que sientes siempre aparecen en todos tus lienzos. Lo veo, lo oigo y lo siento, pero no puedes amarme. No tanto. No… –se interrumpió mientras se agarraba la cabeza con las manos, torturado por lo que estaba sintiendo. Se sentó en el sofá que había en el estudio.
–Claro que te amo, Val… –afirmó ella mientras se sentaba junto a él–. Te amo tanto que me duele por dentro, como si fuera una herida abierta. No me importa que tú no sientas lo mismo. Espero que sientas algo, pero…
–Kiara…
–Me imagino por qué el amor te parece una mentira cuando las personas que se suponía debían amarte te defraudaron. Más de una vez. Yo no quería hacerlo.
–Javier te lo contó…
–Solo lo que sabía, que resultó no ser mucho. Le dijo a Niko que había rumores, pero no sabía más. Siento mucho lo que te ocurrió, Val, y que Niko no hiciera nada por ti. Estuvo muy mal y no fue culpa tuya.
–¿No? Yo no la rechacé exactamente –suspiró atormentado–. Yo estaba vendiendo sexo a las cámaras. Lo sabía. Todo lo que me rodeaba me decía que yo debería querer lo que ella me ofrecía, por lo tanto me dejé llevar y sentí náuseas.
–Eras demasiado joven e inexperto como para saber cómo debías actuar o lo que debías sentir. No es culpa tuya. Ella era la adulta. Era responsabilidad suya ver que comportarse de aquella manera estaba mal y comprender que no debía hacerlo. Niko debería haberse dado cuenta.
Debería haber hecho que la despidieran. O que la arrestaran.
Val dejó escapar un sonido ahogado y dijo:
–Mi padre creía que era un maldito héroe por haber perdido mi virginidad tan joven. Se sentía orgulloso.
–Niko se equivocaba. No te culpo por odiarlo, Val. Los padres deben mantener protegidos a sus hijos, no ponerlos en las garras de los depredadores –afirmó ella frunciendo el ceño–. ¿Se enteró tu madre?
La desesperación se apoderó del rostro de Val.
–Me dijo que cómo creía que había llegado ella a ese estatus social.
Insistió en que así era como se jugaba.
–Dios mío…
–Exactamente. ¿Has tenido tú alguna vez…?
–He tenido mis dificultades, sí. Nada violento, tan solo atención no deseada –respondió con un suspiro.
–Por eso la apoyo. Económicamente. Por eso sigue siendo parte de mi vida, aunque me vuelve loco. Estoy totalmente seguro de que lo que yo pasé no fue nada comparado con lo que ella tuvo que afrontar en diferentes etapas de su vida. Se niega a hablar de su padrastro y se mudó sola a París con quince años. Si es egoísta e incapaz de sentir un vínculo real con nadie, estoy seguro de que tiene sus razones.
–Eso es muy triste.
–Sin embargo, me hizo ver algo. Mientras estaba empeñada tratando de salvar mi matrimonio para que tú no le quitaras el dinero que le estás dando.
Por cierto, eso no estuvo nada bien.
–Estaba muy preocupada por ti. ¿Y qué fue lo que te dijo?
–Me hizo fijarme en el hecho de que había tenido que luchar mucho para dejar de ser la víctima. Ella nunca lo ha dicho con tantas palabras, pero he tenido tiempo de darme cuenta de lo mucho que mi padre se aprovechó de
ella, exactamente lo mismo que todos los hombres con los que se ha encontrado a lo largo de su vida. Estaba a punto de cumplir los treinta, preocupada de que su carrera pudiera empezar a desvanecerse, cuando mi padre dijo que iba a romper con ella para casarse con Paloma. Ella hizo lo único que pensaba que podía hacer para tener poder. No estoy de acuerdo con ello, pero entiendo por qué lo hizo. Entones, aparecí yo. Nací rodeado de poder y dinero. De influencia. Y, como me sentí una víctima, me pasé años tratando de alejarme de ello. Eso no tiene sentido.
–Estabas furioso. Es comprensible.
–Pero yo me había convencido de que no sentía nada. Y luego está lo de las emociones. No se puede elegir lo que uno siente. Es todo o nada. Tienes que aceptar lo bueno y lo malo, pero cuando lo malo es realmente malo…
–Sí, lo comprendo. Tienes que protegerte.
–Quiero hacerlo, pero cuando algo parece bueno, resulta difícil resistirse para que no ocurra. Como lo que siento por ti… –musitó mirando al techo–.
No hay palabras suficientes, Kiara. Ojalá supiera pintar. Ojalá pudieras ver lo que yo veo cuando te miro. Cuando te toco.
Oh. Kiara le tomó la mano y él se la agarró con fuerza, inyectando una sensación de alegría en estado puro directamente hacia su corazón.
–No es justo que yo diga que el amor es una mentira. Dije eso porque nunca lo había experimentado, por lo que pensaba que no existía. Entonces, Aurelia…
Los ojos de Val estaban húmedos cuando la miró. Entonces, Kiara tampoco pudo contener las lágrimas. Intercambiaron una dulce sonrisa. Los dos estaban tan enamorados de su hija que solo ellos podían entender la intensidad del amor que Aurelia inspiraba.
–Es maravillosa, ¿verdad? –susurró Kiara.
–Es pura magia. Y tengo que darte a ti el mérito por ello porque la pureza que hay en ella no vino de mí.
–Por favor, no hables de ti de esa manera.
–He seguido siento un bastardo en muchos sentidos –susurró mientras se llevaba la mano de Kiara a los labios.
–Y yo he seguido amándote exactamente como eres. Y mucho.
–Te amo, Kiara. Me gusta que tomes tu propio dolor y lo conviertas en algo muy hermoso. Me gusta que el afán de batalla sea tu último recurso, no
el primero, aunque seas capaz de recurrir a ello cuando es necesario. Adoro que seas capaz de provocar un terremoto en mí cuando estamos en la cama.
–Igual que tú haces conmigo.
–Adoro que tú hagas que el sexo entre nosotros sea maravilloso. Eso es muy valioso para mí. Tú eres muy valiosa para mí.
Kiara ya no pudo contener las lágrimas. Además, sintió una fuerte presión el pecho y en la garganta, una presión que, a pesar de todo, le hacía muy feliz.
–No creo en el destino, pero sí creo que tú eres la única mujer que podría haberme sacado de la oscuridad de este modo. Quiero ser un hombre mejor para merecerte. Te amo con todo mi ser y ya no voy a seguir resistiéndome.
Voy a entregarme a lo que tenemos.
Val la colocó sobre su regazo y la hizo tumbarse en el sofá. Entonces, la besó.
–Y yo voy a entregarme a ti. Tenemos que ponernos al día con el sexo.
Llevamos una semana de retraso.
Se levantó lo suficiente para desabrocharle los botones de la bata.
–Recuerda que tienes que guardar un poco de energía para nadar esta tarde –le bromeó mientras le mesaba el espeso cabello con los dedos.
–¿Quién tuvo la estúpida idea de prometer eso?
–No lo sé. Un hombre que es mucho más generoso y considerado de lo que quiere que la gente piense.
–Tengo una imagen que proteger –susurró colocándose entre los muslos de Kiara.
–Bueno, pues ese corazón tan dulce será nuestro pequeño secreto. Ahora, hablando de guardar secretos… –comentó mientras él le mordisqueaba suavemente la garganta.
Val levantó bruscamente la cabeza y la miró atónito.
–¿Estás embarazada?
–¿Qué? No. Solo iba a pedirte que cerraras las contraventanas para que la gente no vea lo que está pasando aquí. Pero espera un minuto –añadió antes de que él pudiera levantarse–. ¿Querías que yo estuviera embarazada?
–Pues creo que sí –admitió él tras considerarlo un instante–. Me siento un poco desilusionado. Sin embargo, creo que es mejor que dejemos esa conversación para cuando tengamos más tiempo –añadió. Entonces, se levantó para cerrar las contraventanas–. En estos momentos, solo me
quedan dos horas antes de tener que meterme en la piscina con Aurelia y quiero aprovecharlas al máximo.
Y así lo hicieron.
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