El demonólogo
Capítulo 8
II
EL LAGO DE FUEGO
8
E l dolor tiene un color. También tiene otras características que —ahora lo sé— en conjunto conforman una especie de personalidad. Una figura hostil que llega a tu vida y se niega a marcharse o a sentarse en otro lugar que no sea a tu lado, o a dejar de susurrarte al oído el nombre de aquellos que han fallecido. Ahora bien, más que todo esto, para mí el dolor se expresa principalmente como un color. El mismo descorazonador color turquesa que decoraba las paredes de la cocina de la cabaña en la que pasábamos los veranos y en la que, después de vernos obligados a vender nuestra casa en la ciudad, vivimos hasta que, un día de julio, mi padre se adentró en el bosque con una fotografía de mi hermano y una escopeta y nunca regresó.
Es el color de mi madre llorando de pie junto al fregadero, de espaldas a mí. El color de mi padre sentado toda la noche a solas a la mesa de la cocina, levantándose únicamente para descolgar un teléfono que no ha sonado y contestar «¿Diga?». El color del río en el que se ahogó mi hermano.
Y ahora todo Nueva York está bañado en ese color. Lo veo por todas partes. Asoma aquí y allá, llamando mi atención como una campaña publicitaria de guerrilla que no promociona nada. Un doloroso color turquesa que lo cubre todo como una acuarela extendiéndose desde el punto en el que el pincel ha tocado el papel. Veo la ciudad a través de un gel de color aguamarina: el edificio Chrysler, la maraña de taxis y la cuadrícula de profundos cañones que conforma el Midtown están teñidos de un barniz subacuático. Incluso el reverso de mis párpados parece estar retroiluminado por la tristeza. Es el color del interior de las residencias de ancianos y de los servicios de las estaciones de autobuses. El color del Gran Canal.
Han pasado dos días desde que regresé de Venecia. Cinco desde que Tess cayó de la azotea del hotel Bauer a las aguas del canal. Habría vuelto antes, pero la policía estaba buscando su cadáver. No lo encontraron. Al parecer, no es extraño que los cadáveres de las personas que se ahogan en los canales venecianos desaparezcan arrastrados por sus engañosas corrientes (más fuertes de lo que uno podría pensar). Suelen ir a parar a la laguna y, de ahí, al mar Adriático. Y luego están todos los apuntalamientos, túneles y alcantarillas subacuáticas de la ciudad misma, toda una red de huecos invisibles en los que un cadáver puede quedar atrapado. Los submarinistas de la policía estuvieron rastreando los canales en busca de Tess, pero no encontraron nada, lo cual no pareció sorprender a nadie (la nuestra apenas fue una noticia merecedora de una escueta mención y una fotografía de los submarinistas saltando al canal con un gondolero al fondo).
Nadie sugirió que pudiera seguir viva. Yo mismo no lo creo posible. Pero no podía no preguntarlo, y no dejé de hacerlo. A modo de respuesta, siempre obtuve la misma mirada. La que uno dedica a alguien privado de sus facultades a causa de una conmoción cerebral y ante cuya pregunta, por tanto, no hay respuesta posible salvo una mirada compasiva.
Finalmente, pues, no encontraron a Tess y, tras cancelar la búsqueda (no sin prometerme que se mantendrían en contacto conmigo), me animaron a regresar a casa, pues no había nada más que pudiera hacer en Venecia. Nunca me he sentido más desleal que cuando embarqué en el avión y abandoné el cadáver de mi hija en algún lugar de las aguas venecianas.
Obviamente, he hablado con Diane. Lo hice por teléfono cuando todavía estaba en Italia y he vuelto a hacerlo otra vez aquí en Nueva York. Y O’Brien me ha dejado múltiples mensajes telefónicos prestándose a hacerme compañía. He declinado su ofrecimiento vía SMS. En vez de aceptar invitaciones de consuelo, me he pasado el tiempo colapsando el contestador telefónico de la policía de Venecia con consultas a todos los departamentos que puedan tener alguna relevancia en la búsqueda de víctimas de ahogamientos. Eso, y deambulando por la ciudad turquesa. Pensando en Tess.
Deambulando.
Puede que a eso se refiriera la voz cuando dijo lo que me esperaba. Vagabundear sin rumbo tan cerca de los muertos como puede estar un ser vivo. Callejear de Wall Street a Harlem y luego abajo otra vez, dando rodeos aleatorios, pasando desapercibido y manteniéndome ausente como un fantasma.
Y, mientras lo hago, los recovecos de mi mente no pueden evitar realizar conexiones imposibles.
Es un principio de locura. La culpa resulta tan insoportable que le estruja a uno el cerebro. Pensar estas cosas supone abandonar el mundo y, si uno termina creyéndolas —aunque solo sea parcialmente—, ya no regresará.
Ser consciente de esto no me impide seguir pensándolas.
Quizá la voz que salió de la boca de Tess era una presencia independiente, un espíritu que tomó control de su cuerpo durante los últimos veinte minutos de su vida. Quizá esa fue la razón por la que su mano se soltó de la mía. Quizá mi hija no se suicidó (tal y como el forense y las autoridades inevitablemente concluyeron una vez que los relatos de los testigos despejaron las sospechas que había sobre mí), sino que fue asesinada desde dentro. Quizá la voz pertenecía al demonio que el hombre de la silla dijo que me visitaría.
«No, seguro que no llegaremos a ser amigos. Pero sin duda la nuestra será una relación estrecha».
Puede que yo trasladara esa presencia de la casa de Santa Croce al hotel y que, una vez allí, pasara al cuerpo de Tess. Eso explicaría algunas cosas. Como por qué me sentí repentinamente enfermo tras escapar de aquella casa y luego otra vez bien una vez de vuelta en nuestra habitación del Bauer. O por qué vi cerdos chillando en la calle. O por qué Tess subió a la azotea. También por qué lo último que mi hija me dijo fue que fuera a buscarla. Y por qué no han encontrado su cadáver.
Hasta aquí he llegado.
No. No es cierto. He ido mucho más lejos.
¿Y si los rasgos de personalidad que compartimos Tess y yo, como la —por lo general disimulable— marca de nacimiento de la melancolía, no consisten en un simple temperamento, sino en una indicación de haber sido elegidos desde el principio? Si estuviera en un aula y la pregunta la hiciera un alumno, sé perfectamente qué precedente recitaría de memoria: Marcos, 9. Otro ejemplo de Jesús expulsando al demonio de un alma afligida. Esta vez, un muchacho. El padre de este le pide al Salvador que alivie a su hijo de un espíritu maligno que suele echarlo «al fuego y al agua, para matarlo».
El agua…
Suicidio. Provocado por un demonio.
Jesús le pregunta al padre desde cuándo le pasa eso al muchacho. Y el padre le contesta que desde niño.
He aquí otra definición de deambular: la posesión de unas emociones tan grandes que se requiere de la superstición para describirlas. Al fin y al cabo, esta es la esencia de mi campo de estudio. El miedo —a la muerte, a la pérdida, a ser abandonado— es la génesis de las creencias en lo sobrenatural. Para alguien como yo, darse cuenta de que, de repente, está considerando los mitos de los primitivos solo puede significar que está siendo presa de un brote psicótico de algún tipo. Considero esto tan verificable como los números de la calle por la que avanzo o la hora que da mi reloj. Estoy proponiendo que un demonio se ha llevado a mi hija. Debería detenerme y decirlo en voz alta varias veces, para oírlo. Es una de esas teorías que justifican encerrar a alguien en el psiquiátrico de Bellevue para que permanezca una larga temporada en observación.
De modo que sigo adelante, rodeado por gente de tez verde azulada sobre edificios azul verdosos.
Y sin sentir prácticamente nada.
Es decir, echo de menos a Tess. La lloro. Estoy desconsolado. Pero «echar de menos», «llorar», admitir que uno está «desconsolado» son palabras tan inadecuadas que casi resultan ofensivas. No consiste en encontrar un modo de seguir adelante. No consiste en estar enojado con Dios. Consiste en morir. Consiste en querer estar muerto.
Lo único que mis sentidos registran son los niños. Siempre ha sido así. Seguramente no existe ningún padre que vea a los niños de otros jugar y no piense en los suyos propios. La risa, las invitaciones a perseguirlos, la angustia ante una herida en la rodilla o un juguete roto. Todo nos recuerda a cómo nuestros hijos hacían las mismas cosas; las particularidades que, de forma simultánea, los hacían iguales y distintos de los demás niños del mundo.
Ante mí veo a una niña jugando al escondite con su madre en medio de las rocas y los árboles cercanos a Turtle Pond, en Central Park. Recuerdo jugar a lo mismo con Tess. Siempre que se escondía —incluso si era en nuestro apartamento—, no podía evitar sentir un fugaz pánico al buscarla en los lugares habituales y no encontrarla. «¿Y si, esta vez, ha desaparecido de verdad? ¿Y si se ha escondido tan bien que buscarla detrás de los árboles, debajo de las camas o en los cestos de la ropa sucia no es suficiente?».
Y entonces, justo cuando el pánico comenzaba a hacer que se me formara un nudo en la garganta, aparecía al oír mi primer aviso de rendición: «¡Está bien, me doy por vencido!».
Esta vez, Tess está escondida y no va a regresar.
Pero me ha pedido que no me dé por vencido.
«Ven a buscarme».
Me detengo junto a una verja de hierro y observo cómo la madre busca a su hija. Finge que ha dado con su escondite y, de puntillas, se acerca a un arce y asoma la cabeza: «¡Te pillé!». Sin embargo, la niña no está ahí, e inmediatamente la madre comienza a preocuparse y a pensar que esta vez el juego no es un juego.
«¡Mamá!».
De repente, la niña sale corriendo de los matorrales que rodean la orilla del estanque. La madre la coge en brazos y los pies de la pequeña se agitan en el aire. Entonces la mujer me ve. Un hombre solo junto a la verja. Es la primera vez que alguien registra mi presencia desde que regresé a Nueva York.
Aparto la mirada, avergonzado por mi inadvertida invasión de su privacidad. Pero la madre ya se aleja con la niña en brazos. Protegiéndola de un hombre al que le falta con claridad una parte esencial. Alguien que no está del todo presente, pero que precisamente por ello parece todavía más peligroso.
Alguien que deambula.
El día turquesa da paso a una noche turquesa. Regreso a mi apartamento y me preparo unas tostadas. Les unto mantequilla y las corto en tiras, tal y como le gustaban a Tess. Luego las rocío con azúcar de canela. Finalmente, sin embargo, las tiro a la basura sin probarlas siquiera.
Me sirvo un vodka con hielo y, mientras doy vueltas por el apartamento, advierto que la luz de la habitación de Tess está encendida. En la pared, sobre la cama, hay un póster de El rey león (la llevamos tres veces al espectáculo de Broadway; en dos ocasiones por su cumpleaños y otra por Navidad). También unos dibujos con ceras que elogié sinceramente e hice enmarcar. Junto a la cómoda, en el suelo, se pueden ver también varios animales disecados y unos juguetes que ignoraba desde hacía tiempo, pero a los que todavía quería lo suficiente como para no desterrarlos al armario. La habitación de una niña en plena transición de la infancia a las turbias confusiones de lo que sea que viene después.
Estoy a punto de salir de la habitación cuando veo el diario de Tess sobre la mesilla de noche (lo dejé ahí al regresar de Venecia, devolviéndolo al lugar en el que solía dejarlo ella después de hacer sus anotaciones). Nunca pensé en leerlo mientras estaba viva. El miedo a que descubriera mi traición era mucho mayor que cualquier curiosidad que pudiera sentir por sus pensamientos secretos. Ahora, sin embargo, la necesidad de oírla, de traerla de vuelta, pesa más que cualquier discreción.
Una entrada de cine marca la página del día en que viajamos a Venecia, lo que significa que debió de escribirla mientras estaba en el avión.
Papá no se da cuenta de que puedo ver con cuánto empeño está
intentándolo. Sus «forzadas» sonrisas, el bombo que le da a todo lo que
vamos a ver. Puede que esté emocionado, pero sigue llevando la Corona
Negra.
Hoy puedo verla más que nunca. Es como si se estuviera moviendo.
Como si hubiera algo vivo en ella, haciendo un nido. Reptando a su
alrededor.
En parte se debe al problema con mamá. Pero también nos está
esperando algo que él desconoce por completo. La Corona Negra viene con
nosotros. Él la lleva puesta pero no sabe que está ahí (¿cómo puede NO
saberlo?).
Puede que aquello que se encuentra al otro lado también quiera
conocerlo a él.
De lo único de lo que estoy segura es de que quiere conocerme a mí.
A esto le sigue más o menos una página sobre el vuelo y el trayecto del vaporetto al hotel. Finalmente, llego a la última entrada del diario, fechada el día en que se cayó al canal y escrita en nuestra habitación del Bauer mientras yo me encontraba en la casa de Santa Croce.
Está aquí.
Ahora papá también lo sabe. Puedo sentir lo asustado que está. Y también que está hablando con él AHORA MISMO. No lo dejará en paz. Le gusta que estemos aquí. Casi lo hace feliz. Puede que nos hayamos equivocado al venir, pero mantenerse lejos no
habría servido de nada. Nos habría encontrado de todos modos. Aquí o allá.
Antes o después.
Mejor que esté sucediendo ahora, porque estamos juntos. Puede que así
podamos hacer algo. Si no, es mejor que se nos lleve al mismo tiempo. No
me gustaría ser quien se quedara atrás. Y si tenemos que ir AHÍ, no quiero
ir SOLA.
Viene a por nosotros.
Vienen a por nosotros.
Las páginas del diario revolotean al caérseme de las manos.
«Fue a Venecia para plantarle cara».
Tras apagar la luz y cerrar la puerta, corro hasta el cuarto de baño y me arrodillo ante el retrete para vomitar.
«Fue con la intención de ponerse la Corona para que yo no tuviera que llevarla nunca más».
Cuando puedo, regreso a la cocina para servirme otra copa y advierto que la puerta de Tess está abierta y la luz encendida.
Es un apartamento antiguo, pero nunca ha habido una corriente de aire que llegara a abrir una puerta. Tampoco hemos tenido nunca problemas eléctricos. La única explicación, pues, es que no debo de haber cerrado la puerta ni apagado la luz.
Apago la luz. Cierro la puerta. Comienzo a alejarme.
Y me detengo.
Estoy a unos pocos pasos de la habitación de Tess y puedo oír claramente el ruido del pomo al girar y el chirrido de las bisagras.
Me vuelvo a tiempo de ver cómo se enciende la luz. Estaba apagada. De repente, la habitación se ilumina con un parpadeo.
—¿Tess?
Mis labios pronuncian su nombre antes de que el desconcierto se apodere de mi cabeza. De algún modo, sé que esto no es ninguna alucinación. Ni un sueño. Se trata de Tess. Está en su habitación. Puede que sea el único lugar en el que puede hacer acopio de la fuerza necesaria para contactar conmigo y decirme que todavía está aquí.
Corro hasta la habitación y entro con los brazos y los dedos extendidos, como si intentara agarrar algo.
—¡Tess!
Dentro no hay nada salvo el vacío refrescado por el aire acondicionado. Aunque la luz sigue encendida, ella ya no está aquí.
Tal y como los reporteros criminales suelen decir sobre sus fuentes, soy un «testigo altamente creíble». Me doctoré en la Universidad de Cornell, tengo un puñado de premios académicos, he publicado artículos en las revistas críticas más respetadas de mi campo y poseo un historial médico libre de problemas mentales. Es más, soy un tipo insistentemente racional, un aguafiestas con todo lo que respecta a lo fantástico. Toda mi carrera está basada en la duda.
Y, sin embargo, aquí estoy. Viendo lo invisible.
Cuando me despierto por la mañana hay cuatro mensajes en mi contestador. Uno de Diane en el que me pide, con el tono de un cobrador de facturas, que me ponga en contacto con ella cuanto antes para «resolver una cuestión pendiente». Otro del detective de Venecia con el que más en contacto he estado, y en el que me informa de que no hay noticias nuevas. Y dos de O’Brien exigiendo verme (el segundo de los cuales me advierte de que «te vas a volver loco ahí solo, sin hablar con nadie. Y con eso me refiero a mí»).
Como es la madre de Tess, y en tanto que esta mañana solo me siento capaz de mantener una única conversación, me recuesto en la cabecera de la cama y decido devolver la llamada de Diane. Hasta que su teléfono comienza a sonar no me doy cuenta de que he dormido en la habitación de Tess.
—¿Hola?
—Soy David.
—David.
Dice mi nombre, el de su marido durante trece años, como si fuera el de una oscura especia que no recuerda si ha probado alguna vez.
—¿Es un mal momento?
—Una pregunta estúpida.
—Sí, lo es. Lo siento.
Respira hondo. No se trata de la vacilación de alguien reacio a causarle daño a otro, sino, de nuevo, la pausa de un cobrador de facturas preparando el discurso adecuado para una subcategoría concreta de delincuente.
—Quería hacer oficial la separación —dice—. Comenzar el proceso.
—¿El proceso?
—De divorcio.
—Ah, claro.
—Puedes utilizar a Liam si quieres —añade, refiriéndose al abogado de Brooklyn Heights que se encargó de nuestros testamentos—. Yo ya he hablado con otro.
—Algún tigre del Upper East Side que se lleve por delante al gatito Liam.
—Puedes elegir al abogado que quieras.
—No pretendía acusarte de nada. Solo estaba siendo… yo mismo.
Profiere un sonido que parece una risita, pero no lo es.
—No entiendo la urgencia —digo.
—Esto ya ha durado demasiado, David.
—Lo sé. Y no me opongo. Seré el cornudo más servicial y condescendiente de la historia del derecho matrimonial del estado de Nueva York. Solo pregunto, ¿por qué esta mañana? Menos de una semana después de que haya desaparecido Tess.
—Tess no ha desaparecido.
—Todavía la están buscando.
—No, no lo hacen. Están esperando.
—Yo todavía estoy buscando.
Silencio. Y luego:
—¿Esperando qué?
«Puedes volverte tan loco como tú quieras. —Mi O’Brien interior acude al rescate—. Pero no hace falta que le hagas saber a Diane que has perdido la chaveta».
—Nada —digo—. Estoy diciendo tonterías.
—¿Hablarás con Liam? ¿O con quien sea? ¿Pondrás en marcha la solicitud?
—Lo haré. Mi diligencia no tendrá parangón.
—Muy bien. De acuerdo, pues.
Ella también está sufriendo. No es que me haya dado ninguna muestra de ello. Supongo que será Will Junger quien esté ofreciéndole consuelo y pagando los platos rotos (aunque no parece de los que están dispuestos a hacer esas cosas durante mucho tiempo). En cualquier caso, Diane es la madre de Tess y su hija ha desaparecido. La situación debe de estar destrozándola tanto como a mí.
Aun así, no puedo evitar preguntarme si no estaré equivocado. En su voz se percibe pérdida, y determinación. Pero también una horrible satisfacción. No por el hecho de que Tess ya no vaya a regresar a casa, no me refiero a algo tan monstruoso como eso, sino por el hecho de que fuera yo quien estuviera allí cuando sucedió. Que sea culpa mía.
—No me importa si me culpas o si me odias. No me importa si nunca volvemos a hablar —digo—. Pero has de saber que intenté salvarla. Que no la solté. Que no me quedé de brazos cruzados. Luché por ella.
—Sé lo que estás intentando…
—Todos los padres dicen (o al menos piensan) que darían la vida por sus hijos. Si se vieran en la situación, no sé si lo harían. Pero yo sí.
—¡Pero no lo hiciste!
Su grito se oye tan alto y nítido que he de apartar el auricular de la oreja.
—No diste tu vida por la suya —dice—. Todavía estás aquí, y ella no.
«Estás equivocada en una cosa —quiero contestarle—. No estoy aquí».
En vez de eso, me dispongo a despedirme recordando el tiempo que pasamos juntos y la única cosa que hicimos bien, la única cosa de la que nunca nos arrepentiremos, pero ella cuelga.
¿Quién acude a la iglesia un día entre semana por la tarde? Borrachos, vagabundos, adictos de todo tipo. Los perdidos que solo pueden culparse a sí mismos. Lo sé porque estoy entre ellos. Rezando por primera vez en mi vida adulta.
O intentando rezar. La iconografía, el silencio, los vitrales, todo parece demasiado forzado. Sí, es una iglesia: se supone que debe ser así. Pero no me siento más cercano a la santidad de lo que me sentía hace un rato en la calle Cuarenta y tres.
—¿Se ha cortado la línea?
Me vuelvo y veo a un hombre ligeramente entrecano de unos cincuenta y tantos años. Lleva el traje arrugado y su pelo anda necesitado de un corte. Diría que se trata de un hombre de negocios —o de un antiguo hombre de negocios— perteneciente a la clase de los borrachos.
—¿Cómo dice?
—Su línea de rezo. Con el Mandamás. ¿Lo ha puesto en espera? A mí me lo hace constantemente. Y a menudo se corta la llamada.
—Ni siquiera he marcado el número.
—Mejor. Si lo hubiera hecho, lo único que habría oído es «Pulse “1” para milagros; “2” para escoger el caballo ganador en Belmont; “3” para “lamento lo que he hecho… pero no lo suficiente como para no volver a hacerlo”…».
—Para eso, mejor voy a ver a mi psiquiatra.
—¿Sí? ¿Es buena escogiendo caballos?
Ella. ¿Acaso son mujeres la mayoría de los psiquiatras? ¿O conozco a este hombre? ¿Quizá nos conoce a O’Brien y a mí?
—No apuesta —digo.
—¿No? Bueno, ya sabe lo que dicen. No puedes ganar si no juegas.
Cuando apoya los brazos en el respaldo del banco, advierto un olor a desodorante aplicado recientemente. Un tosco perfume con el que pretende ocultar una fragancia más terrosa.
—No quiero meterme donde no me llaman, pero parece algo perdido, amigo —dice.
En su mirada se advierte auténtica preocupación. Y luego caigo en la cuenta: es uno de esos misioneros callejeros. Un reclutador de la iglesia ataviado con ropa civil que se dedica a merodear por los bancos del templo.
—¿Trabaja aquí?
—¿Aquí? —Mira a su alrededor como si hasta ahora no se hubiera dado cuenta de dónde estamos—. ¿Aquí tienen trabajos?
—No estoy de humor para que me ofrezcan la posibilidad de salvación, si es eso lo que hace usted.
Él niega con la cabeza.
—¿Cómo dicen esas camisetas? «¿Me ha confundido con alguien a quien las cosas le importan una mierda?». Simplemente he visto un espíritu afín aquí sentado y he pensado en saludarlo.
—No pretendo ser antipático, pero preferiría estar solo.
—Solo. Suena bien. Es difícil encontrar un momento de paz donde yo vivo. Es un auténtico pandemonio. No se puede siquiera pensar. Y créame, amigo, soy un pensador.
Otra vez esa palabra. La misma que O’Brien utilizó para describir la estación Grand Central. El infierno de Milton.
«Pandemonio».
—Me llamo David —digo, y le ofrezco la mano.
Después de una pausa, él me la estrecha.
—Encantado de conocerlo, David.
Espero que me diga su nombre, pero se limita a soltarme la mano.
—Creo que voy a ir tirando —digo, y me pongo en pie—. Solo he entrado aquí para refugiarme un rato del sol.
—No lo culpo. Personalmente, soy un gato de interiores.
Voy hasta el pasillo y, tras despedirme con un movimiento de la cabeza, me dirijo hacia las puertas abiertas. Al otro lado puedo ver cómo resplandece el sol.
Mientras me alejo, el hombre comienza a recitar parte de un poema con el murmuro piadoso de un rezo:
—«¡Cuánto odio, oh sol, tus rayos que me traen recuerdos del estado desde donde caí!».
Milton. Las palabras de Satán.
Giro sobre mis talones y corro hacia el banco en el que está sentado con la cabeza agachada y las manos juntas en señal de reverencia. Lo agarro por el hombro y tiro de él con fuerza.
—¡Míreme!
El tipo se aparta con un reflejo defensivo y en su rostro se dibuja la mueca de alguien que se prepara para recibir un golpe. No es el hombre que estaba sentado aquí hace un momento. Se trata de un sacerdote. Joven y afeitado. Con el rostro enrojecido en señal de alarma.
—Lo siento —comienzo a decir al tiempo que retrocedo—. Lo he confundido con otra persona.
En cuanto regreso al pasillo, la expresión del joven sacerdote cambia. Su sorpresa deja paso a una sonrisa.
—Estoy listo para oír su confesión —dice.
Su risa me sigue hasta la calle.
Otra vez la misma voz. Estoy seguro. Mientras me alejo de la iglesia de St. Agnes de camino a la avenida Lexington, me apoyo un momento en la entrada de un bar irlandés para recuperar el aliento. La misma presencia que pasó de mi cuerpo al de Tess y que me habló en la azotea del Bauer. Citó El Paraíso perdido, tal y como acaba de hacer el hombre de la iglesia. Y la Mujer Delgada también lo hizo, aunque no estoy tan seguro de que esta fuera una encarnación de la voz —el ser al que he comenzado a referirme como Innominado—, sino más bien una representante humana en la tierra. Por alguna razón, yo tenía que ir a Venecia, al 3627 de Santa Croce, para que el Innominado se introdujera en mi vida, y el trabajo de la Mujer Delgada consistía en asegurarse de que aceptaba la invitación. Lo cual sugeriría que no trabajaba para la Iglesia o una de sus agencias, como supuse equivocadamente.
«¡Cuánto odio, oh sol, tus rayos…!».
En el poema de Milton, es Satán quien pronuncia esas palabras. Maldice la luz del día por ser un doloroso recordatorio de su estado, de todo lo que ha perdido en su autoimpuesto exilio en la oscuridad. ¿Se trata acaso del Innominado? ¿Es este el Adversario? El hombre de la silla —o la pluralidad de voces que hablaba a través de él— dijo que no sería al «maestro» a quien pronto conocería, sino a «alguien que se sienta a su lado». En El Paraíso perdido, eso significa los ángeles caídos que conforman el consejo estigio del infierno, que dirige el propio Satán. Son trece y, según el poeta, cada uno de ellos posee una personalidad y unas habilidades características. Todo indica que el Innominado es uno de ellos. Uno de los demonios originales expulsados del cielo. Un ser capaz de modificar de manera convincente su apariencia y de adoptar la forma humana (el anciano del avión, el borracho de la iglesia).
Aunque, claro está, puede que estos solo sean pálidas sombras de personas que ya han fallecido. Quizá el Innominado está limitado a habitar el cuerpo de aquellos que se encuentran en el infierno.
Ahora ya es definitivo. He perdido la chaveta.
En vez de estar de duelo por Tess, me entretengo creando distracciones góticas, puzles miltonianos, diálogos demoníacos; cualquier cosa salvo afrontar lo inafrontable. Estoy utilizando la cabeza para proteger el corazón, y eso es un engaño y un deshonor a la memoria de Tess. Ella se merece un padre que la llore, no que se refugie en una elaborada red de sandeces paranoides. Seguro que los psicólogos tienen un término para eso, aunque cobardía podría valer.
Al llegar a mi apartamento, escucho los mensajes del contestador automático. Tengo tres. Un par de muestras de simpatía de colegas de la universidad y dos de O’Brien, que me advierte seriamente de que si no la llamo pronto se verá obligada a tomar cartas en el asunto.
¿Por qué no llamo a O’Brien? La verdad es que no lo sé. Cada vez que mi dedo se acerca al botón de marcación rápida para hacerlo, pierdo la voluntad de pulsarlo. Quiero hablar con ella. Y verla. Pero lo que deseo se ve negado por otro propósito, una influencia que puedo sentir en mis venas como si fuera un molesto y frío peso ajeno a mí. Una especie de dolencia hormigueante que, por encima de todo, no quiere que O’Brien se acerque a mí.
Y, además, estoy ocupado.
Abro el botiquín y cojo el frasco de zolpidem que dejó Diane. Lleno un vaso de agua y voy al dormitorio de Tess. Me siento en el borde de su cama y, una a una, me trago las píldoras.
«¿Suicidio? ¿Con pastillas para dormir? Una cobardía y un cliché».
O’Brien está aquí conmigo, pero a una gran distancia. Suficientemente lejos para ignorarla.
«¿Te veré, Tess, cuando haya terminado?».
«Sí. Te está esperando —dice una voz que no es la mía ni la de O’Brien—. Vamos, profesor. Beba. Trague. Trague. Beba».
No creo lo que me dice, pero no puedo resistirme.
Bebo. Trago.
Crac.
Una foto enmarcada ha caído al suelo. Sobre la alfombra y entre los tablones de madera del suelo centellean trozos de cristal. Lo extraño es que el clavo sigue en la pared, y el alambre del que colgaba el marco está intacto.
Sé perfectamente de qué fotografía se trata, pero voy hasta ella de todos modos. Me agacho y le doy la vuelta.
Tess y yo. Riendo en la playa, cerca de Southampton, hace dos veranos. En la fotografía no se ve pero, a nuestros pies, el castillo de arena que hemos hecho lo está derribando el oleaje de la marea. Lo divertido son nuestros intentos por salvarlo, apuntalando las murallas con más arena y achicando el patio con las manos. La fotografía muestra el placer de estar juntos bajo el sol, de vacaciones. Pero también la alegría de emprender una tarea con alguien a quien uno quiere, incluso si esa tarea excede tus posibilidades.
—¿Tess?
Está aquí. No solo en el recuerdo que la fotografía evoca. Ha sido ella quien la ha tirado al suelo.
Me arrastro hasta el cuarto de baño y me meto un dedo en la garganta. Vacío mi estómago de agua del grifo teñida de rosa por los tranquilizantes. Cuando tiro de la cadena, la cosa pesada que había en mi sangre se va con ellos.
Durante un momento, permanezco reclinado en la pared de baldosas con las piernas extendidas. Si no me muevo, me resulta fácil fingir que este no es mi cuerpo. Ninguna orden podría hacer que alguna parte de mí se moviera.
«Ven a buscarme».
Vuelvo a ser el antiguo David, el hombre de inacción que Diane seguramente hizo bien en abandonar. Porque todavía queda algo por hacer. Una tarea ciertamente imposible: encontrar y rescatar a alguien muerto —o medio muerto— del limbo más oscuro.
Está, por ejemplo, la cuestión de no saber siquiera por dónde empezar.
Me meto en la ducha completamente vestido. Las referencias librescas y los fragmentos de poemas se deslizan por mi piel como si fueran aceite. Pronto no quedará nada.
Salvo la sensación de que no estoy solo.
Abro los ojos bajo el agua caliente. El vapor no solo ha empañado las paredes de cristal de la ducha, sino que además la espesa neblina ha invadido todo el cuarto de baño.
No hay nada, pero sigo mirando de todos modos.
Y, de repente, veo aparecer a Tess.
Temblando de hambre y de miedo, y con la piel amoratada por el frío. Extiende la mano hacia mí, pero el cristal la detiene. Oscuras líneas surcan las palmas de sus manos cual viejos mapas.
—¡Tess!
Ella abre la boca para decir algo, pero unos brazos la rodean y vuelven a llevársela hacia la niebla.
Unos brazos demasiado largos y grotescamente musculados para ser humanos. Oscurecidos por un pelo grueso como un pelaje. Y con las uñas manchadas de tierra como las de una bestia.