El demonólogo

Andrew Pyper · Capítulo 25 de 26

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El demonólogo

Capítulo 23

III

 

A TRAVÉS DEL EDÉN

23

 

B lanco. Luego, poco a poco, el mundo vuelve a cobrar forma ante mis ojos. Estoy sentado en un coche junto al río. Delante de mí veo una furgoneta con matrícula de Ontario. UN MUNDO POR DESCUBRIR.

Sangre.

Su visión acelera la percepción de los demás detalles que me rodean: el volante con la marca Ford en el claxon, el iPhone en el salpicadero, el cuchillo de cazar mojado sobre las tazas de café vacías. Y un intenso dolor que, a medida que aumenta, va cambiando de forma, como si improvisara.

«Te han cortado el pulgar. Véndatelo».

Una voz en mi cabeza. Atenta pero apremiante.

«Detén la hemorragia o volverás a desmayarte y ya no te despertarás».

Es la voz de Tess. No sabía que era una experta en primeros auxilios. No soportaba la visión de la sangre. Ahora mismo, en cambio, parece saber de lo que está hablando.

En el asiento trasero veo mi bolsa abierta. Dentro hay ropa interior, camisetas de algodón y un tubo de pasta dentífrica sin el tapón. El gel azul se ha vertido y ha manchado unos calcetines arrugados. Cojo una de las camisetas y me vendo la herida con ella. La sangre se filtra y en el algodón aparece un mapa de islas ensanchándose.

Cojo el iPhone y, con la otra mano, marco el 911. Un pitido me indica que no ha podido establecerse la conexión. «No hay cobertura».

Por alguna razón, abro otra aplicación del móvil. Entro en el dictáfono y repaso el listado de grabaciones. Cuando finalmente encuentro la que busco, la reproduzco.

Se oye el rugido del viento que entra por las ventanillas bajadas de un coche en marcha. Luego una voz. Se impone al ruido de fondo como si estuviera al mando de este.

«¿Crees en Dios?».

Es una voz joven y femenina, pero no pertenece a una niña. Está hecha de ausencias. No hay inflexiones ni vacilaciones. Que no haya nada que decir sobre ella es lo que la hace inhumana.

«No sé si existe o no. En caso afirmativo, nunca lo he visto».

Soy yo quien dice eso. Percibo un familiar tono cortante a causa de los efectos corrosivos del dolor. También algo nuevo. El amargo regusto del miedo.

«Pero he visto al diablo. Y puedo asegurarte que sin duda es real».

Las llaves cuelgan en el contacto, pero cuando las hago girar el motor no arranca. Las bujías. El Perseguidor no mentía.

Empujo la puerta del conductor con la rodilla y pongo los pies en el suelo. Hay algo aquí que no puedo dejar atrás. Algo que he de descubrir.

En las primeras tres zancadas todo va bien. Luego se me doblan las rodillas, caigo hacia delante y doy con la mejilla en el suelo. Vuelvo a ponerme en pie antes incluso de ser consciente de intentarlo. Rodeo la cabaña y me dirijo hacia el cadáver que hay en la puerta trasera.

Mi amiga.

La serenidad de su rostro sugiere lo que pudo sentir al final. Algo como dicha. O puede que también lo esté malinterpretando. En sus ojos abiertos de par en par también se intuye una expresión potencialmente burlona. ¿No podría su sonrisa ser lo que queda de una risa cruel? ¿Regocijo ante la idea de lo que me espera en el borde del río?

Porque ahí es adonde mis pies me llevan a continuación. En dirección a la corriente gris. El agua choca y baña las rocas que sobresalen en la superficie como calaveras blanqueadas.

«… llamas que luz no dan, sino visibles tinieblas».

La corriente ha arrastrado el cuerpo del Perseguidor unos pocos metros. El agua zarandea sus piernas de un lado a otro como si estuvieran refrescándose del calor.

Me arrodillo junto al cadáver. Cojo las llaves de su bolsillo y luego pongo una mano en su pecho inmóvil. Busco un pulso que sé que no encontraré. Aun así, tengo la certeza de que se va a dirigir a mí.

De repente, abre los ojos.

Un lento deslizamiento de párpados que me niego a aceptar a pesar de estar viéndolo. Luego sus labios se abren con el ruido de unas páginas de libro pegadas.

Me inclino, acerco el oído y oigo un húmedo estertor. El ruido que hace al coger aire parece el de un montón de arena cayendo en un pozo.

Me dice algo. Ya no es la voz del hombre, sino la de un mentiroso al que no tengo más remedio que creer.

El hombre muerto susurra una única palabra y todo vuelve a mí.

—Pandemonio…

Me dirijo al sur en la furgoneta del Perseguidor. Solo pienso en no salirme de la carretera. No debo volver a caer inconsciente.

El letrero del hospital más cercano me lleva hasta la localidad de Parry Sound. Entro en urgencias tambaleándome y cuento que he tenido un accidente mientras llevaba a cabo una reforma casera. Me preguntan algunos detalles y les ofrezco vagas respuestas sobre una sierra circular. El médico señala que el corte parece demasiado «anómalo» para eso, pero yo suplico que me den morfina y me gano unas risas al decir que anómala será la reacción de mi esposa cuando se entere de todo esto.

Me preguntan por el paradero del pulgar y me quedo un momento callado antes de decirles que «seguramente la corriente ya se lo ha llevado hasta el lago». Admito que no lo recuerdo bien. En cualquier caso —añado—, ya da igual, ¿no? Lo que se ha ido se ha ido. No es más que un pulgar. Tampoco lo utilizaba mucho para escribir mensajes con el móvil.

Después de coserme y vendarme, el médico dice que debería permanecer en observación al menos una noche, pues he perdido mucha sangre. Me invento a un hermano que vive cerca. En estos momentos, le explico, está de camino al hospital para recogerme. ¿Hay algún inconveniente en que me vaya con él?

Veinte minutos después estoy en el aparcamiento. Espero que nadie del hospital me vea subir a la furgoneta del Perseguidor.

Temo que, de un momento a otro, suene la sirena de una patrulla de policía, pero las calles están vacías. Finalmente llego a la autovía y acelero en dirección a la ciudad y, más allá de esta, hacia la frontera. Si es que llego tan lejos.

Pronto habrá más gente tras de mí. No porque esta noche alguien vaya a encontrar los cadáveres de O’Brien y el Perseguidor (ni mañana por la mañana; seguramente no lo harán hasta que llegue la temporada de caza), sino porque los jefes del Perseguidor deben de estar esperando una llamada diciéndoles que el trabajo se ha llevado a cabo. Al no tener noticias suyas, enviarán a alguien a ver qué ha pasado. Y cuando descubran lo que descubrirán, pasarán al plan B y me buscarán por todos los medios a su disposición. Lo cual incluye la policía. O algo peor.

Con lo que descubran en la cabaña, sabrán que estoy a punto de hacer lo que el demonio me ha pedido. Es probable que haya llegado más lejos que nadie antes. Y si bien al principio solo querían seguirme para descubrir en qué consistía mi búsqueda, ahora querrán liquidarme.

Podría esconderme e intentar esperar a que las cosas se calmen. Pero eso tiene unos cuantos inconvenientes obvios. Uno, me encontrarían. Dos, a cada hora que permaneciera desaparecido, la desesperación por el documento de la gente para la que trabajaba el Perseguidor iría en aumento, así como sus esfuerzos por encontrarlo. Y tres, si existe alguna posibilidad de recuperar a Tess, tiene que ser ahora. Porque a las 18 horas, 51 minutos y 48 segundos de esta tarde se habrá ido para siempre.

Lo que significa que he de llegar a Nueva York tan rápido como pueda.

«Pandemonio…».

Podría ir al aeropuerto de Toronto y coger el primer vuelo a Nueva York, pero las fronteras de los aeropuertos son más duras que las de los puentes. Cámaras, comprobación de pasaportes, aduanas. Cuando uno está huyendo —no importa de quién—, los aeropuertos son una mala idea.

Eso me obliga a seguir en la carretera. Y estoy conduciendo el vehículo de un hombre muerto. Un hombre al que he asesinado.

Rodeo el centro de Toronto y dejo atrás las torres de los bancos y los espigados edificios de apartamentos para tomar la carretera que conduce a la frontera. En dos ocasiones adelanto coches de la policía de Ontario, pero no me están buscando. Esta buena suerte no seguirá si intento cruzar el puente Rainbow conduciendo una furgoneta alquilada a nombre de George Barone, o cualquiera que sea el alias bajo el que la haya registrado. Y no creo que dejen pasar a la gente a pie. Y menos a un tipo con la americana manchada de sangre y un pulgar cercenado recientemente.

En Grimsby, veo una tienda de conveniencia y compro aspirinas, seis latas de Red Bull, unas gafas de sol, un sándwich de ensalada de huevo y, en una sección de ropa que consiste en un único estante contiguo a los exhibidores de chicles, una gorra de

los Red Sox, una camiseta en la que pone GO [18] ! L EAFS ! G O ! Y una cazadora de nailon Goodyear Racing Team. Todo útil, pero todavía he de reemplazar la furgoneta.

En cuanto dejo atrás St. Catherines, llego a una intersección rural y salgo de la autopista. Luego tomo varios caminos de forma aleatoria. Finalmente me meto en un huerto de cerezos, dejo la furgoneta junto a un canal de irrigación y la tapo lo mejor que puedo con unas cuantas ramas caídas. Luego me dirijo hacia una granja ante la cual hay un maltrecho Toyota. De puntillas, me acerco a la puerta lateral de la casa mientras recito mentalmente una oración (dirigida a O’Brien, descubro mientras lo hago).

Funciona. La puerta se abre y accedo a un recibidor lleno de abrigos y botas, mitones de niños y palos de hockey sobre hielo apoyados contra la pared.

A los granjeros les gusta tener perros, ¿no? Si a este también, es cuestión de segundos que me descubra. En ese caso, no tendré otra opción más que correr tres kilómetros hasta la autopista y luego… ¿qué? ¿Hacer autoestop para cruzar la frontera?

Recito mentalmente otra oración dirigida a O’Brien.

No hay ninguna llave en ninguno de los bolsillos, lo que me obliga a subir un tramo de escaleras para ir a la cocina. Una vez allí, miro en el cuenco de la fruta, en el jarro repleto de monedas que hay junto al teléfono, y palpo los rincones oscuros de la encimera.

En el piso de arriba, oigo cómo un cuerpo grande se da la vuelta en la cama y luego otro de igual tamaño hace lo propio para ser abrazado por el primero. O quizá se ha acercado para susurrarle «¿Has oído eso?».

«El frigorífico».

Se me ocurre de golpe, si bien no tengo claro quién diantre puede guardar cosas de valor en el frigorífico.

Nadie. Sí hay gente, sin embargo, que pega a la puerta una hilera de ganchos de plástico de los que cuelgan sus llaves.

Salgo de la casa, meto las llaves en el contacto y arranco el coche.

Cuando llego al final del sendero de la propiedad, bajo la ventanilla. No oigo ni ladridos ni disparos de escopeta. Todo indica que mi allanamiento de morada ha sido un éxito. Al menos hasta que, dentro de un par de horas, el señor y la señora Huerto de Cerezos se despierten y descubran que su Toyota Camry del año 2002 ha desaparecido.

Normalmente, en el puente hay que hacer cola hasta que llega el turno de acercarse a la cabina del oficial de aduanas, mostrar el pasaporte y soportar el escrutinio que lo hace sentir a uno como si ocultara bolsas de heroína en los asientos del coche en vez de llevar una botella o dos en el maletero. Cuento con eso para preparar la historia que he de contar y algunas respuestas a las posibles preguntas.

«—Este coche no es suyo, señor.

»—Trabajo en el huerto de cerezos. Me han enviado a hacer un recado antes de que comencemos a trabajar.

»—¿A Estados Unidos?

»—Sí.

»—¿A buscar qué?

»—Escaleras. Para recoger las cerezas.

»—¿Es que no hay escaleras en Canadá?

»—¡Claro que sí! Pero no son tan buenas como las estadounidenses».

Esta vez, ni siquiera me molesto en rezar.

Cuando llego a la aduana, no hay ninguna cola. Bajo la ventanilla y levanto la mirada hacia un tipo de unos cincuenta y tantos años con la piel tan fina como la de un fumador compulsivo. Además de receloso, parece profundamente infeliz.

—¿Nacionalidad?

—Estadounidense. Y canadiense. Tengo ambas.

—¿Ah, sí? —Parpadea—. ¿Qué le ha pasado en el pulgar?

Se inclina por el borde de la ventanilla de su cabina y observa con interés mi mano vendada.

—Un accidente. Me lo he cercenado —digo.

—¿Cómo?

—Recogiendo cerezas.

Asiente y, al instante, su expresión vuelve a ser de aburrimiento, como si toda esta conversación fuera exactamente la misma que mantiene una docena de veces todas las noches.

—Vaya con cuidado —dice con tristeza, y acto seguido cierra la ventanilla para protegerse del frío.

En vez de la interestatal I-90, decido tomar carreteras secundarias. Al llegar a Batavia, abandono el Toyota detrás de un Pizza Hut. Luego voy con mi disfraz —gafas de sol, gorra y con el cuello de rayas de la cazadora Goodyear alzado— hasta una tienda de coches usados que acaba de abrir y uso la tarjeta de crédito para comprar el Charger rojo que tienen expuesto. Diez minutos después, tiro el mapa de carreteras al asiento trasero y tomo la I-90. Decido que es más probable perderse por carreteras secundarias que ser detenido en la ruta más directa a Manhattan.

Las malas noticias las recibo en un área de servicio de las afueras de Schenectady en la que me detengo para buscar mi nombre en el navegador del móvil.

El primer resultado del navegador provoca un aullido de mis intestinos: «Profesor de Columbia, principal sospechoso en espeluznantes asesinatos». Pienso si abrir la página para leer toda la noticia, pero me doy cuenta de que la conozco mejor que nadie.

Salgo del Charger y me alejo de él.

Los coches usados quedan descartados, pues en cuanto haga una compra, mi Visa me delatará. No me queda otra opción más que caminar hasta el barrio residencial más cercano y abrir la puerta de la primera casa que encuentro sin mirar siquiera por la ventana si hay alguien dentro. Las llaves están sobre la mesa del comedor. El ruido de la cisterna de un inodoro en el sótano me indica que tengo un segundo, quizá dos.

No necesito más.

Menos de una hora y media después, estoy suficientemente cerca de Nueva York para abandonar también este coche y subir a un tren de la línea Hudson. Me uno a los tipos con gabardina y traje en busca de asiento que se ocultan detrás de su Times o su teléfono móvil a la espera de llegar a sus cubículos o cajas acristaladas.

Mantengo el cuello de la cazadora alzado y la gorra calada hasta los ojos. También me paso todo el trayecto mirando por la ventanilla para que mi rostro solo pueda ser visto por los pocos peatones que hay en las calles.

A cada kilómetro estoy más cerca de ti, Tess.

Y, con un helador frío que me sobreviene como un virus, también más cerca de aquel que te retiene.