El demonólogo

Andrew Pyper · Capítulo 17 de 26

Páginas del PDF

El demonólogo

Capítulo 15

15

 

A veriguar la dirección de la granja de las hermanas Reyes resulta ser tan fácil como abrir el listín telefónico que hay en la habitación del motel y consultar un mapa en mi iPhone. No está lejos. Al parecer, apenas a diez kilómetros de aquí. Si salgo ahora llegaré antes del almuerzo.

No obstante, está el problema del Perseguidor, desde luego. Si me sigue hasta la granja, no solo lo alertaré acerca del misterio de las hermanas, sino que ello podría significar una provocación lo suficientemente grande para que su cliente decidiera dar la orden de liquidarme. He de descubrir si he hecho bien o no viniendo a Linton. Pero sin que él me siga.

Me paso un rato dándole vueltas a esto hasta que miro por la ventana de la parte delantera y veo el Crown Victoria del Perseguidor aparcado a unos cinco o seis metros del Mustang. Parece que ahora también se hospeda aquí. Y no le importa que yo lo sepa.

Consciente de que lo más probable es que esté vigilando todos mis movimientos, me dirijo a recepción y pido un destornillador y una cubitera. Lleno esta de agua. De camino a mi habitación (con pinta de ser un tipo cualquiera que quiere añadir unos cubitos a su refresco), me detengo al lado del coche del Perseguidor. Utilizo el destornillador para abrir la tapa del depósito de gasolina y vierto el agua de la cubitera dentro.

Luego salgo corriendo.

Permanezco un momento detrás del volante del Mustang a la espera de que el Perseguidor salga de su habitación —primero lo hace sin prisa, luego se alarma al observar la tapa del depósito de gasolina en el suelo— y así poder ver bien su mirada de furia.

La situación ha cambiado, parece decir. Se han terminado las amenazas con perros. Y las advertencias. Cuando llegue la orden, no solo la llevará a cabo, sino que se tomará su tiempo.

Pero no puedo entretenerme más, sobre todo porque aprieta a correr. Hacia mí. Con los brazos extendidos hacia delante como si estuviera dispuesto a atravesar el parabrisas con ellos.

Piso a fondo el acelerador y paso por su lado a toda velocidad. Giro en otra dirección a propósito y luego rodeo el edificio para dirigirme hacia el sur y salir del pueblo sin ser visto. No tardará en conseguir otro coche.

Pero el mío ya está en marcha. Alejándose.

El trayecto desde el sur de Linton al cruce de carreteras con Strasburg es corto. Luego conduzco otros tres kilómetros más en dirección oeste hasta la granja de las hermanas Reyes. En este momento, no parece haber muchos cultivos. Los campos que hay a cada lado del camino de gravilla han sido arados pero no sembrados, de modo que en la tierra solo asoman hierbajos dispersos. Eso hace que la granja destaque más de lo que habría hecho de no estar en esas condiciones. Parece un juguete de tablones blancos que sobresale en el horizonte infinito.

Es la misma casa —y el mismo horizonte— que Tess dibujó en su diario.

Frente a la granja, un árbol solitario y, apoyado en el tronco, un rastrillo con el mango agrietado a causa de su larga exposición al sol. Bajo el alero más alto de la casa, pegado a la madera, hay un nido de avispas gris con un agujero negro en la base del que entran y salen furiosamente los insectos. En el suelo, a lo largo del camino de entrada, crecen abundantes hierbajos llenos de espinas cual alambres de púas. Es como si toda la granja y el trabajo que antes se realizaba en ella se hubiera interrumpido años atrás y ahora estuviera convirtiéndose en otra cosa. Una vuelta a la maleza incontrolada.

Y aquí estoy yo, abriéndome camino hasta el porche con una mueca de aprensión en el rostro.

Tess había visto todo esto. Y sabía que vendría.

«Pobre PAPÁ».

La puerta de entrada está entreabierta. ¿La policía? ¿Un vecino que ha venido a dejar un cesto de huevos? Por alguna razón, no esperaba tener que compartir el tiempo con Delia Reyes. Al llamar al marco de la puerta mosquitera, comienzo a planear las formalidades que diré. Cuanto más tarde en entrar, más probabilidades habrá de que alguien aparezca y me detenga.

Estoy a punto de volver a llamar cuando la puerta se abre y aparece una mujer enjuta y ataviada con lo que parecen varias capas de viejos jerséis y una falda que le llega a los tobillos. Lleva el largo pelo recogido con una goma que deja las puntas quebradizas y encrespadas como las cerdas de una escoba. Tiene unos grandes y vivaces ojos castaños que parpadean con humor.

—¿Señora Reyes?

—¿Sí?

—Me llamo David Ullman. No soy de la policía. Ni tampoco trabajo en ningún periódico.

—Me alegro de oírlo.

—He venido hasta aquí para hablar con usted.

—Diría que ya lo está haciendo.

—Iré al grano, entonces. Creo que hace poco ha sucedido algo inusual en esta casa.

—Así es.

—A mí me ha pasado algo parecido, y me gustaría hacerle algunas preguntas.

—¿También ha perdido a alguien?

—Sí.

—A alguien cercano.

—A mi hija.

—Dios mío.

—Por eso he venido hasta aquí y me he presentado de improviso en su puerta.

Ella abre entonces la mosquitera.

—Considérese invitado.

La cocina es amplia y fresca. En el centro hay una mesa de madera maciza que parece utilizarse tanto para cocinar como para comer. Un viejo frigorífico resopla y carraspea en un rincón. El fregadero cuenta con dos pilas esmaltadas. Una maceta con una cinta cuyas hojas hacen lo posible para tapar la luz de la ventana decora la encimera. En conjunto, se trata de una vieja cocina de Dakota limpia y digna de un museo. Un lugar acogedor si no fuera por las paredes de color turquesa. El color de la melancolía. Del dolor.

Me detengo junto a la mesa y la mujer pasa a mi lado para ocupar el asiento en el que estaba sentada cuando he llamado. Al menos eso es lo que pienso al ver la solitaria taza de café que sostiene entre las manos. Al mirar mejor la taza, sin embargo, advierto que no solo parece vacía, sino limpia, como si la mujer la hubiera cogido del estante para jugar o a modo de atrezo.

—Paula Reyes —dice ofreciéndome la mano.

Cuando se la estrecho, caigo en la cuenta del nombre que ha dicho.

—¿Paula? Pensaba que había desaparecido.

—Así era. Pero he vuelto a aparecer, ¿no lo ve?

—¿Qué le sucedió?

Pasa un dedo por el borde de la taza.

—Pues no lo sé muy bien. ¿Qué le parece? —dice, y se contesta a sí misma con una breve carcajada—. Debí de golpearme en la cabeza o algo así. ¡Cosas de la edad! Lo único que recuerdo es que esta mañana he cruzado esa puerta mosquitera y he visto a Delia sentada en la silla en la que usted está ahora, tomando café con esta misma taza. Nos hemos abrazado y luego se ha puesto a hacerme unos huevos como si no hubiera pasado nada.

—¿Esa es la taza de Delia?

—Así es.

—Está vacía.

—Se ha terminado el café.

—Pero no parece haber sido utilizada.

Mira el fondo y luego me mira otra vez a mí.

—Es verdad —asiente.

—¿Se encuentra bien?

No parece oír la pregunta.

—¿Tiene usted alguna hermana, señor Ullman? —me pregunta.

—No. Tenía un hermano… Cuando era pequeño.

—Bueno, entonces sabrá qué lugar en el corazón de uno ocupan parientes tan cercanos. No hay modo de limpiar esa mancha, ¿verdad? —Niega con la cabeza—. Los lazos sanguíneos son demasiado fuertes.

Al mencionar la sangre, advierto por primera vez las manchas del jersey más exterior de la mujer, un cárdigan cuyos bolsillos cuelgan. Hay una salpicadura en el centro. Y restos de tierra aquí y allá. También debajo de las uñas.

—¿Qué es eso?

Ella baja la mirada y limpia la sangre y la tierra con el dorso de la mano.

—La verdad, no sé cómo ha llegado esto aquí —dice, aunque creo detectar un cierto temblor en su voz—. Cuando una trabaja en una granja, deja de preguntarse cómo puede mancharse de tierra y otras cosas.

—No parece que en esta granja nadie haya hecho nada desde hace mucho.

Sus ojos me miran directamente, ya sin cordialidad.

—¿Nos está llamando vagas a mi hermana y a mí?

—No quería decir eso. Perdóneme.

—Soy de las que les cuesta perdonar, señor Ullman —dice sonriendo de nuevo—. ¿Quiere que lo haga? Póngase de rodillas.

No sé si lo dice en serio o no. Algo en su sonrisa sugiere que esa última observación no era una broma, sino una orden. No tengo otra opción más que fingir que no la he oído.

—Las voces que escuchó… —digo—. Las que insistían en que bajara al sótano.

—¿Sí?

—¿Qué le decían exactamente?

Sopesa esto con el ceño fruncido. Parece estar rememorando un pasado muy lejano, como si le hubiera preguntado el nombre del chico que se sentaba a su lado en el jardín de infancia.

—Es curioso —contesta por último—. Aunque sé que eran palabras, no las recuerdo como tales. Era más bien un sonido que provocaba una determinada sensación en mi interior.

El zumbido de oídos que sentí de camino a Linton. «Un sonido que provocaba una determinada sensación en mi interior».

—¿Podría describirlo?

—Algo terrible. Habría preferido doblarme por la mitad con náuseas. O que me atravesaran el dorso de la mano con un clavo.

—Porque es doloroso.

—Porque es algo que te abre en canal y hace las cosas más claras a pesar de estar envueltas por la oscuridad en vez de iluminadas por alguna luz. Es una oscuridad en la que se ve mejor que con cualquier luz.

«Llamas que luz no dan, sino visibles tinieblas que solo servían para descubrir escenas de infortunio».

—Esta puede parecerle una pregunta algo extraña —digo—. ¿Ha leído alguna vez El Paraíso perdido, de Milton?

—Me temo que no leo mucho. Aparte de las Sagradas Escrituras, claro está. Estoy demasiado ocupada con el día a día.

—Por supuesto. ¿Podemos volver a esa sensación que ha mencionado? ¿Qué vio en esa oscuridad visible?

—Lo que podría ser la verdadera libertad. Sin reglas, sin vergüenza, sin amor que lo contenga a una. Una libertad parecida a un viento frío en pleno campo. Parecida a la muerte. A la nada —asiente—. Sí, creo que eso lo define bien. La libertad de no ser nada.

Sé algo sobre eso. Es la sensación que llevé del 3627 de Santa Croce al hotel Bauer. La enfermedad que contagió a Tess. Y que la hizo caer de la cornisa. «Parecida a la muerte». Pero peor. Una muerte no natural porque es más definitiva que la muerte. «A la nada».

—¿Dónde está Delia ahora, Paula?

—Bajó al sótano justo antes de que apareciera usted.

—¿Al sótano?

—Dijo que tenía que arreglar algo. Ahora que yo había regresado.

—¿Le importa si bajo y hablo con ella?

—Adelante. Pero yo no voy a acompañarlo.

—¿Por qué no?

—Porque tengo miedo —responde mirándome como si fuera diota—. ¿Usted no?

No le contesto. Me limito a alejarme de la mesa en dirección a la puerta cerrada que, por alguna razón, sé que no conduce a un armario, ni a una despensa, ni tampoco a una escalera trasera al primer piso, sino al amplio sótano que hay bajo la casa.

Paula observa cómo cojo la manija y abro la puerta. Noto su mirada en la espalda, impulsándome hacia delante. Su dedo recorre ahora el borde de la taza con tal rapidez que la cerámica emite un vacilante sonido de advertencia.

Un interruptor enciende un par de bombillas del sótano, pero desde aquí arriba no puedo verlas. Apenas distingo dos delantales amarillos que están tirados en el suelo de cemento. De repente, la bombilla de la izquierda se apaga. No con el estallido que hacen al fundirse, sino más bien de un modo titubeante, como si no terminara de hacer conexión. Podría arreglarlo acercándome a ella y enroscando el casquillo hasta el fondo. Pero esa es una perspectiva menos apetecible que mantener el ojo en el haz de luz de la derecha restante.

Cuando llego al final de la escalera, puedo ver algunas de las cosas que la bombilla ilumina. Mesas de trabajo contra la pared repletas de herramientas, tijeras de podar, frascos llenos de tuercas y tornillos, viejas latas de pintura apiladas en frágiles torres, bolsas de basura de papel amontonadas en un rincón y con la base negra a causa de la progresiva licuación de su contenido.

De ahí procede el olor que inunda el lugar. Una penetrante y fuerte podredumbre decididamente orgánica. Como el cosquilleo que uno siente en la parte posterior de la garganta al oler azúcar glas quemado.

No veo a Delia. Puede que se encuentre en la parte oscura de la izquierda, pero en realidad no podría verla aunque estuviera sentada en el suelo tejiendo calcetines. Y, ahora que lo pienso, si estuviera aquí, antes de que yo accionara el interruptor de la luz habría estado completamente a oscuras.

¿En qué estaba pensando al confiar en una anciana manchada de sangre y tierra que ha estado diez días desaparecida y no sabe dónde ha estado? ¿Una anciana con el don de oír cosas que el resto del mundo daría lo que fuera por no tener que oír nunca? Una mentirosa, pues en esa taza nadie ha tomado café esta mañana. En la cocina tampoco olía a café, ni había ninguna cafetera en el fogón.

En realidad, no he llegado a creerla, pero me he visto obligado a dispensar las consideraciones que requiere la confianza. El lado negativo de mi apresuramiento, sin embargo, es la posibilidad de haber caído directamente en una trampa. Porque en efecto esto lo parece. ¿En la puerta no había un pestillo nuevo y reluciente? La anciana ya debe de estar deslizando el pasador. Con rapidez, retrocedo y coloco el pie en el primer escalón para volver a subir…

—Aquí.

Una voz como la de Paula —pero que no es la suya— hace que me detenga de golpe. Compruebo entonces que la puerta al final de la escalera del sótano sigue entreabierta, tal y como la he dejado.

Al volverme, oigo un ruido metálico en el suelo. Y entonces la veo. Delia Reyes. Arrastra una palangana boca abajo hasta la luz y se sienta encima con un suspiro de cansancio.

—Buenos días —digo.

—¿Es de día? Cuando uno deja de ver el sol pierde la noción del tiempo.

—Estaba con la luz apagada.

—¿Ah, sí? Supongo que si uno pasa el tiempo suficiente en un lugar termina viendo las cosas igual de bien a oscuras.

En un primer momento, interpreto el encorvamiento de su cuerpo y los párpados caídos como signos de cansancio, la postura que sigue a la finalización de una tarea física. Sin embargo, lo que ha dicho me indica que estoy equivocado. A pesar de su amabilidad, sus débiles y raquíticas palabras están marcadas por una tristeza inmensurable. Lo sé porque así oigo yo mi propia voz.

—Me llamo David Ullman. He venido a…

—Lo he oído —me interrumpe, y levanta la mirada hacia el techo—. Bueno, medio oído.

—Debe de estar encantada. Con que haya vuelto Paula.

La mujer se vuelve hacia mí.

—¿Es usted real?

—Que yo sepa, sí.

—¿Qué es lo que ha hecho usted?

—Perdone, no estoy seguro de…

—Si está aquí, es que debe de haber…

Se queda callada y se pasa la mano por la cara como si retirara una tela de araña.

—¿No tiene frío aquí abajo? —me pregunta.

—Un poco —digo, aunque lo cierto es que, en los últimos minutos, la temperatura del sótano parece haber descendido unos diez grados o más.

Delia se frota los hombros.

—Esta casa siempre ha sido fría. Ni siquiera en verano se caldeaba del todo. El calor nunca llegaba a todos los rincones. Era como si las habitaciones mismas odiaran que los rayos del sol las tocaran.

Se dispone a ponerse en pie, pero cambia de idea. Su mente parece haberse trasladado a un momento concreto de otra época.

—En agosto, Paula y yo siempre llevábamos abrigo —dice—. ¡Y la mañana de Navidad nos teníamos que tapar con bufandas hasta las orejas!

Su risa recuerda a la de su hermana, pero a diferencia de la de esta, más que diversión transmite pérdida.

—Al menos se tenían la una a la otra —digo.

—Quizá. Aunque tal vez se puede llegar a estar demasiado unido a alguien.

—¿Por qué dice eso?

—Gemelas. Cuando una se pasa sesenta años en una fría casa con alguien idéntico como única compañía, puede acabar perdiendo el juicio.

Me acerco a ella. Es lo que la mujer parece requerir. Una mano en el codo para ayudarla a ponerse en pie. Alguien que le diga que todo ha terminado, que no hace falta que siga mortificándose aquí abajo, en la pestilente oscuridad. Sin embargo, en cuanto doy un paso, levanta un dedo para detenerme. Tengo la extraña sensación de que no solo quiere terminar su pensamiento, sino evitar que me acerque demasiado.

—En numerosas ocasiones recé para que desapareciera —dice—. Es vergonzoso, pero cierto. Incluso de niña, a veces imaginaba que se le quedaba el brazo atrapado en la trilladora, o que se quedaba dormida al volante al volver del pueblo, o que se atragantaba al comer un estofado. Visualizaba esas escenas. ¡Cosas en verdad terribles! Pero, al mismo tiempo, tan perfectamente naturales. Simples accidentes.

Está llorando. De algún modo, consigue mantener el llanto separado de su voz, como si estuviera realizando una especie de acto de autoventriloquía. Habla y solloza al mismo tiempo.

—¿Por qué deseaba que sucedieran esos accidentes?

—¡Para poder estar al fin sola! Estaba harta de ser la mitad de un todo, o lo que la gente nos ha llamado durante toda la vida: el Dúo Terrible, las Gemelas Reyes o las Chicas. Quería ser yo misma. —Traga saliva, pero continúa hablando sin aclararse la garganta, de modo que su voz es todavía más baja—. Recé, pero el cielo nunca hizo nada. De modo que comencé a rezar en la otra dirección. Y esta vez, algo contestó.

—Deberíamos salir de aquí —digo.

—¿Salir? ¿Por qué?

—Su hermana ha regresado, ¿recuerda?

—Maté a mi hermana.

—No, Delia. Está bien.

La anciana niega con la cabeza.

—La maté.

—Pero acabo de hablar con ella. Paula ha regresado. Está aquí.

—Esa… cosa no es Paula.

—Entonces ¿quién es?

—Lo que contestó a mis plegarias.

La anciana levanta la mano y señala algo situado a mi espalda.

No hay elección posible. No puedo permitir que la haya.

Doy media vuelta y comienzo a caminar hacia la oscuridad con las manos alzadas para poder localizar a tientas el interruptor de cordel de la otra bombilla. Justo cuando tengo la sensación de que he avanzado demasiado, noto su cosquilleo en la mejilla. Sigo entonces el cordel con los dedos hasta la bombilla y la enrosco bien. El calor que desprende me indica que está encendida antes de que la misma luz lo haga.

Las hermanas están sentadas una al lado de la otra en el rincón, con la espalda contra la pared del fondo. Se encuentran al límite del alcance de la luz, de modo que sus rostros están iluminados, pero débilmente. Lo suficiente, eso sí, para ver que son reales. Como también lo es la escopeta que descansa sobre el regazo de Delia, o la oscura y reciente mancha que hay en los ladrillos, o la boca abierta en la que colocó el cañón. También los restos de Paula, recubiertos de la tierra y las raíces del suelo del que ha sido exhumada, o su piel amoratada e hinchada.

Entre la visualización de esa imagen y la comprensión de su significado pasan unos cuantos segundos. Y es en ese lapso de tiempo cuando el resto de mi cuerpo reacciona y se da la vuelta, evitando con ello vomitar ahí mismo.

—¿Por qué la trajo aquí? —le pregunto a Delia, que ahora se frota la nariz con un nudillo.

—La voz me pidió que lo hiciera.

—Dígame su nombre.

—No tiene.

—Ellos pensarán que lo hizo usted.

—Y así fue.

—Pero la voz le dijo que lo hiciera.

—Me dijo que podía hacerlo.

—Pero todo lo que acaba de contarme…, la cosa con la que he hablado en la cocina, sus plegarias, nadie llegará a saberlo.

—Usted sí.

Ahora es la otra bombilla la que parpadea y se apaga. La Delia con la que he estado hablando vuelve a la oscuridad.

—Es consciente de que usted también matará, ¿verdad? —dice ella. Ahora está mucho más cerca.

—No…

—Eso es lo que la voz quiere. Que usted sepa lo que hace. Mostrarle que usted también puede hacerlo. Que crea. Que mate.

La anciana está tan cerca que incluso en la oscuridad puedo distinguir el perfil de su rostro a centímetros del mío. El marfil manchado de su sonrisa.

Retrocedo y comienzo a subir la escalera. Al principio lentamente, para no tropezar, luego a toda velocidad. Mi respiración se vuelve un esforzado jadeo. Cruzo corriendo la cocina —la taza de café sigue ahí, la silla está vacía— y salgo de la casa en dirección al coche.

Me alejo deprisa de la granja por el sendero que conduce a la carretera. Al girar bruscamente para tomar la curva, el guardabarros le da un toque al buzón y la puertecilla de este se abre. Cuando, doscientos metros más adelante, le echo un vistazo por encima del hombro, tengo la sensación de que se trata de una figura que avanza a trompicones hacia mí con la boca abierta.