El demonólogo

Andrew Pyper · Capítulo 11 de 26

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El demonólogo

Capítulo 9

9

 

T ras cambiarme de ropa y aclararme —al menos parcialmente— la cabeza, cojo la cámara digital que el médico me dio en Venecia y descargo la filmación que hice del hombre de la silla en mi ordenador portátil. Hasta que termino no soy consciente de la razón por la que lo hago.

«Esto es importante».

Todavía no sé por qué. Pero es en lo único en lo que insistió el médico: «Para usted». Quienquiera que estuviera dándole instrucciones quería que yo lo tuviera, que enfocara al hombre de la silla y grabara lo que hacía y decía. ¿Para qué si no me dieron una cámara en primer lugar?

Así pues, ¿qué hizo y dijo el hombre?

Miro la grabación en la pantalla de mi portátil. Su realidad resuena en mí de un modo que ni las noticias o el documental más gráfico han hecho nunca. Es como un impacto físico en el pecho que me obliga a reclinarme en el sofá. No son solo los perturbadores sonidos y las imágenes. Hay algo en el efecto de la grabación que es distintivo de su contenido. ¿Cómo decirlo? Una especie de aura que emana del dolor que lo origina. Un subliminal atisbo de caos. Una Corona Negra.

Están las voces, las palabras, los torturados forcejeos del cuerpo. Pero lo único que anoto en mi cuaderno es la lista de ciudades y números que, según la voz, serán relevantes el 27 de abril. Pasado mañana.

Nueva York 1259537

Tokio 996314

Toronto 1389257

Fráncfort 540553

Londres 590643

La presencia me ofreció esto a modo de anticipo de lo que está por venir. Una instantánea del imperceptible futuro que, si está en lo cierto, demostrará sus habilidades, su poder. Su realidad.

La grabación avanza y he de cerrar los ojos cuando el rostro del hombre se convierte en el de mi padre. Eso no evita, sin embargo, que oiga su voz.

«Deberías haber sido tú».

Por terrible que resulte interpretar sus palabras, no puedo evitar la sensación de que se refiere a algo todavía peor que el deseo de que me hubiera ahogado yo en vez de mi hermano.

Rebobino la grabación. Vuelvo a reproducirla. Esta vez mantengo los ojos abiertos.

Contemplo su imagen en la pantalla y no tengo la menor duda de que se trata de mi padre, que me habla desde dondequiera que fuera cuando lo enterramos. Y me está revelando un secreto que todavía no puedo comprender. Una invitación a ir en su busca, casi tan irresistible como la de Tess.

Cuando la grabación termina, cierro el portátil y vuelvo a guardarlo en su bolsa de viaje de piel. Luego meto la cámara en un viejo saquito de joyas de Diane y coloco ambas cosas en un maletín. Pienso en dejarlo en el estante más alto de mi armario, pero algo me dice que requiere un lugar más seguro. En mi apartamento no hay escondites suficientemente buenos.

Salgo a la calle con la absurda idea de ir a una casa de empeños y comprar unas esposas para atármelo a la muñeca. Mientras me dirijo a una, sin embargo, se me ocurren mejores ideas. Lo que he de hacer es esconderlo en un lugar al que no pueda acceder hasta el día 27, cuando la predicción que contiene demuestre ser verdadera o falsa sin que yo pueda alterarla de ningún modo.

¿Hay cajas de seguridad suficientemente grandes para un maletín? Durante las siguientes tres horas descubro que, si uno está dispuesto a pagarlas, los bancos tienen cajas de seguridad suficientemente grandes para un coche.

Y también que, por dinero, hacen prácticamente lo que haga falta. Por ejemplo, tanto si uno tiene una cuenta en un banco como si no, puede guardar sus pertenencias en la caja de seguridad de una cámara que solo puede abrirse con un código numérico propio. Yo elijo una sucursal del Midtown en la que nunca había entrado antes. Mediante un documento preparado por el entrecano socio sénior de un prominente bufete de abogados, se estipula que ningún empleado del banco (ni el director de la sucursal) permitirá que nadie pueda acceder a la caja de seguridad hasta el 27 de abril. Luego el director firma copias para el banco, el bufete de abogados y otra para mi bolsillo. Este documento es una garantía escrita de que la caja no se abrirá durante al menos noventa y nueve años a no ser que me presente yo (o alguien con un permiso firmado por mí y el código numérico). Me ofrecen incluso una taza de un café más que decente mientras espero a que se haga todo.

De vuelta a casa, llamo a un tipo que conozco del servicio técnico de la Universidad de Columbia. Tras una breve e insustancial cháchara sobre el calor que hace, le hago algunas preguntas. En concreto quiero saber si es posible alterar la fecha en la que se ha realizado una grabación descargada en un disco duro, o bien hacer desaparecer cualquier registro de que la descarga ha tenido lugar.

Se queda un momento callado, y no puedo evitar imaginar la conversación que debe de tener lugar en su cabeza:

«Pregunta: ¿Por qué querría saber eso un profesor de literatura?

»Respuesta: Porno».

Finalmente, me contesta que no. Sería «jodidamente difícil» borrar por completo el registro de una descarga o cambiar la fecha en la que ha tenido lugar. «Esas cosas siempre dejan rastro», añade a modo de guiño verbal; una advertencia para la próxima vez que quiera mirar algo sucio en internet sin que mi esposa lo descubra.

Lo que no le digo es que mi esposa me ha abandonado. Ni tampoco que no quiero borrar la descarga. Lo que quiero es asegurarme de que la fecha de la grabación descargada a mi portátil dice lo mismo que la fecha de la grabación misma: que el documento recoge acontecimientos —en los que se mencionan unas ciudades y unos números determinados— que sucedieron antes del 27 de abril.

Como un mago mostrando que no lleva nada escondido en las mangas, me siento como si hubiera hecho todo lo posible para establecer las condiciones de un truco auténtico. Si soy capaz de averiguar qué significan las ciudades y los números, y si se corresponden a una realidad verificable, la magia de la grabación será real.

Y, tal y como dice el sacerdote Guazzo en su Compendium Maleficarum, si los milagros son el modo que tiene el Salvador de demostrar su identidad, la magia es la forma mediante la cual el demonio demuestra la suya.

Más tarde, me dirijo a otra iglesia: la nuestra (si bien solo de forma nominal, pues nuestra asistencia se ha limitado a tres de las últimas cinco nochebuenas y a una donación desde la cuenta personal de Diane). Se trata de la iglesia de St. Paul y St. Andrew, en la calle Ochenta y seis oeste. La escogió Diane por su congregación progresista y su denominación confusamente inofensiva (metodista unida). Es una comunidad que elegimos pero a la que, en la práctica, no pertenecemos.

Hoy, sin embargo, sirve a un propósito. El funeral de Tess. Lo ha organizado Diane a toda velocidad, y me avisó ayer en un correo electrónico en el que decía cosas como «curación», «proceso» o «aceptación». He venido por ella, para ofrecer un frente paternal unido. Es lo que se hace en ocasiones como esta: hacer acto de presencia.

No obstante, ahora que estoy aquí me doy cuenta de que no puedo entrar. Desde el otro lado de la calle de la torre octogonal del edificio (cuyo aspecto —advierto hoy por primera vez— resulta amenazadoramente veneciano), veo a colegas con trajes oscuros, amigos periféricos y miembros de la familia extendida de Diane cargando coronas funerarias por los escalones y a través de las puertas de la iglesia, amplias y oscuras como una garganta. Unirme a ellos supondría admitir que Tess está muerta. Si no lo está, eso la alejaría de mí. Y si lo está, no necesito la ayuda de seudodesconocidos para recordar quién era.

Veo cómo el último de ellos se guarda el teléfono móvil en el bolsillo y entra en la iglesia. Antes de que comience a alejarme, sin embargo, Diane sale a la calle. Debía de estar en la puerta, recibiendo a los invitados, dejando que le dieran palmaditas en el dorso de la mano y contestando cosas adecuadas que con tanta credibilidad sabe repetir. Ahora, mientras el órgano comienza el preludio, ha salido a echar un último vistazo. A ver si yo aparecía.

En su rostro no se percibe nada. Es una expresión más honesta que la ofrecida a los que están dentro. Me doy cuenta de que es esa sensación de vacío lo que le resulta intolerable, y que el funeral de hoy forma parte de su esfuerzo por intentar rellenar ese espacio. Con actividades, con palabras, con el ajetreo de ir de acá para allá.

Levanta la palma de la mano como si quisiera enseñarme las líneas que la surcan y me invitara a leer su significado. Es un medio saludo, o quizá solo un movimiento del brazo accidental o involuntario. Luego vuelve a entrar en la iglesia y las puertas se cierran desde dentro.

Cuando llego a la calle de mi apartamento, advierto que hay alguien esperándome en la puerta del edificio.

O, mejor dicho, cerca de la entrada hay un hombre de unos treinta y tantos años de pie con las manos en los bolsillos que levanta de vez en cuando la mirada hacia el tráfico como si esperara un taxi pero que, cuando aparece uno, le da la espalda como si hubiera cambiado de parecer. Y lo cierto es que, cuando lo veo tras doblar la esquina de la avenida Columbus, no advierto indicación alguna de que me esté aguardando. No lo había visto nunca. Y, al menos a esta distancia, resulta completamente anodino: camisa blanca de algodón remangada, vaqueros de fin de semana, pelo oscuro y corto. No es alto pero sí robusto. Diría que se trata de una complexión acostumbrada a dar y recibir golpes. Puede que sea exmilitar. Y puede que desempeñe uno de los rudimentarios trabajos a los que se dedican tantos antiguos soldados en Nueva York: conductor de limusinas, seguridad personal, portero, camarero.

¿Qué lo hace destacar, pues? La falta de distinción. La postura. La manera en que lleva la camisa por dentro. La calculada mueca de su labio inferior. Es alguien que ha sido entrenado para no destacar. Y, teniendo en cuenta las visitas que he recibido esta última semana, si un hombre como este se halla junto a la puerta de mi casa, es que me está esperando a mí.

Curiosamente, cuando me acerco a él no parece reparar en mí. No me habla hasta que ya lo he dejado atrás.

—¿David Ullman?

—¿Quién es usted?

—Me llamo George Barone.

—No me suena.

—No debería.

Me lo quedo mirando un momento.

—Es vos vir aut anima? —le pregunto en latín. «¿Es usted hombre o espíritu?».

No parece comprender la pregunta. Ni tampoco sorprenderse porque me haya dirigido a él en una lengua muerta.

—¿Puedo invitarlo a un café? —dice—. La calle no es el mejor lugar para conversar.

—¿Quién dice que estamos conversando?

—Estoy seguro de que en este vecindario hay muchas cafeterías. Me encantaría que me llevara a su favorita —responde, ignorando mi pregunta y acercándose a mí hasta que su hombro está junto al mío. De lejos, debemos de parecer una pareja de viejos amigos decidiendo si se dirigen a la derecha o a la izquierda para ir a tomar algo.

—¿Por qué debería hablar con usted? —le pregunto.

—Es por su bien.

—¿Quiere ayudarme?

—Yo no diría tanto.

Normalmente, tras un encuentro como este con un desconocido me largaría. Ahora, sin embargo, he de abrir todas las puertas y aceptar todas las invitaciones. Aunque no parezca que estas vayan a conducir a nada bueno.

Para llegar hasta Tess, tendré que decir que sí a todo.

«Es un viaje que debes hacer tú mismo».

—Claro que sí —digo—. Por ahí hay una buena cafetería.

Caminamos hacia el oeste en dirección a la avenida Amsterdam y, una vez allí, entramos en The Coffee Bean, donde encontramos una mesa junto a la ventana. El hombre que se llama a sí mismo George Barone me invita a un cappuccino, pero él no pide nada.

—Una úlcera —me explica cuando me trae el café y se sienta delante de mí.

Se muestra relajado y amigable; o más bien aparentemente relajado y amigable. No soy ningún experto en la cuestión, pero hay algo en este hombre que sugiere capacidad de violencia y la disposición a llevar a cabo encargos impensables. Lo que lo delata es el hecho de que me preste atención únicamente a mí. Ninguna chica guapa —o chico atractivo— que pasa cerca de nuestra mesa atrae su mirada. Cuando a un camarero se le cae al suelo una bandeja con tazas, ni siquiera parpadea. Su atención es como la de un ave de presa.

—El estrés —digo— suele ser el causante de las úlceras.

—Mi médico dice otra cosa.

—¿Ah, sí? ¿Qué dice?

—Café. Cigarrillos. Alcohol. Me recomienda que evite los placeres.

—Lamento oír eso.

—No lo lamente. Me mantiene despierto.

—¿A qué se dedica, señor Barone? ¿Para qué se mantiene tan despierto?

—Soy autónomo.

—¿Escribe?

—No.

—¿Se dedica a algo más práctico, pues?

—Persigo. Digámoslo así.

—Un perseguidor profesional. ¿Y su presa actual soy yo?

—Solo indirectamente.

Se queda un momento callado, como si fuera yo quien debiera decirle algo a él. Doy un trago a mi café. Lo remuevo. Añado azúcar. Vuelvo a removerlo.

—¿Es usted un asesino? —pregunto por último.

—¿Todavía está usted vivo?

—Que yo sepa, sí.

—Entonces no se preocupe al respecto.

—¿Qué debería preocuparme, pues?

—Nada. Si me ayuda, nada de nada.

Toca la mesa con la punta del dedo, recoge un grano de azúcar y se lo queda mirando como si estuviera determinando la calidad de un diamante cortado.

—El hombre que vio en Venecia —dice—, ¿sabe quién era?

—¿Qué sabe usted de eso?

—En algunos aspectos, bastante. Aunque solo conozco los detalles que me han de ayudar en mi tarea. Estoy seguro de que tiene usted preguntas que no puedo responder.

—¿Para quién trabaja?

—Como esa, por ejemplo.

—¿La Iglesia? ¿Sabe quién envió a esa mujer a mi despacho?

—No sé nada de ninguna mujer. Solo estoy al tanto de nosotros dos. Aquí. Ahora.

Y es cierto. Solo está al tanto de nosotros dos. Su relajada concentración anula el resto del mundo como si se tratara de la mirada de un hipnotizador.

—Eso es muy budista —digo.

—¿Ah, sí? Ni idea. No soy más que un monaguillo de Astoria con un trabajo pendiente.

—De modo que es usted una especie de matón del Vaticano.

—Espero que no esté siendo irrespetuoso.

—¿Para quién iba a trabajar si no? ¿Acaso el diablo contrata matones, perdón, perseguidores como usted? En cualquier caso, me pagaron un billete en primera clase, ¿sabe? Ignoro cuánto le pagan a usted por acosarme, ha de pedir un aumento.

—Se lo vuelvo a preguntar —dice, haciendo caso omiso de mi ataque—. ¿Sabe quién era el hombre del 3627 de Santa Croce?

—¿Era? ¿Qué le ha pasado?

—Suicidio. O, al menos, eso es lo que han dictaminado las autoridades. Últimamente sufría depresión y su comportamiento era extraño y errático. Luego desapareció por completo. Un caso bastante fácil de resolver.

—¿Cómo murió?

—De forma dolorosa.

—Explíquese.

—Ingestión tóxica. Ácido de batería, para ser precisos. Algo de lo que no es fácil tragar un litro, aunque tu objetivo sea morir. Créame, eso quema.

—Puede que lo ayudara alguien.

—Muy bien. Parece que por fin comienza a entenderlo, profesor.

—Usted cree que fue asesinado.

—No en el sentido convencional.

—¿Cuál es el sentido no convencional?

—Juego sucio —dice, y la expresión que ha utilizado lo hace sonreír—. Lo más seguro es que hubiera juego sucio.

—Lo hizo usted.

—No, yo no. Algo mucho peor.

Noto que mis rodillas comienzan a repiquetear bajo la mesa y me lleva un segundo volver a separarlas.

—No ha contestado a mi pregunta —dice entonces el Perseguidor.

—Se me ha olvidado que había hecho una.

—¿Sabe quién era?

—No.

—Entonces déjeme decírselo. Era usted.

—¿Cómo dice?

—El doctor Marco Ianno.

—Ese nombre me suena.

—Lo suponía. Era profesor, como usted. Daba clases de Estudios Bíblicos en la Universidad de Sapienza desde hacía varios años. Dos hijos. Casado. Muy apreciado en su país natal por su defensa de la Iglesia (aunque, curiosamente, él no era miembro). Sus textos tratan sobre la necesaria relación entre la imaginación humana y la fe.

—Parece una de mis clases.

—Vuelve a dar en el clavo. Está claro que no dan esos doctorados a cambio de nada.

—¿Por qué me está contando todo esto? ¿Ha venido a hacerme una advertencia?

—No soy ningún mensajero.

—Entonces ¿qué quiere de mí?

Presiona el grano de azúcar de su dedo contra la mesa y se oye un pequeño crujido.

—Si no me equivoco, tiene usted un documento —dice.

—Tengo muchos. Debería ver mi despacho.

—Puede que sea un documento escrito, o quizá una fotografía. Mi apuesta, sin embargo, es que se trata de un vídeo. ¿Estoy en lo cierto?

No contesto. Él se encoge ligeramente de hombros, como si estuviera muy acostumbrado a esta reticencia inicial.

—Sea lo que sea —continúa—, cogió usted algo en esa habitación de Venecia y me gustaría que me lo diera.

—A ver si lo adivino. Me va a ofrecer por ello una suma astronómica que escribirá en esta servilleta.

—No. Es el problema de la contabilidad, deja rastros de papel. De esta transacción no puede quedar ninguna huella.

—¿Y se supone que debo entregarle esa cosa, ese documento, sin más?

—Así es.

—¿Cuál es mi motivación?

—Posiblemente, evitar el destino del profesor Ianno. Y a mí, claro está. Evitarme a mí.

—Váyase al infierno.

En su rostro se produce una fugaz transformación. Sucede tan deprisa que, por un momento, creo haberlo imaginado. Una especie de tic en lo alto de su mejilla. Su disposición ha cambiado.

—Esta no es la manera más inteligente de actuar, David.

—Hubo un tiempo, no hace mucho, en el que un tipo como usted diciendo las cosas que está diciendo me habría asustado. Ya no.

—Le sugiero que reconsidere eso.

—¿Por qué?

—Porque debería asustarlo. Y, si no lo hago yo, hay otras cosas. Cosas verdaderamente extraordinarias.

—Las que mataron a Marco Ianno.

—Sí.

—¿Controla usted esas cosas?

—No. Nadie lo hace. Pero parecen estar interesadas en usted.

Levanto mi taza, pero la visión del café fangoso y la isla flotante de leche me provoca una arcada.

—El hombre de esa habitación estaba mentalmente enfermo —digo—. Era vulnerable a que lo convencieran a realizar cosas imposibles.

—Todos somos vulnerables. —El Perseguidor casi sonríe—. Quizá nadie más que usted.

—Ianno se suicidó.

—Eso mismo dicen de Tess. Y, con toda probabilidad, también lo dirán de usted.

—¿Me está amenazando?

—Sí. Lo estoy haciendo.

Me pongo en pie. Al hacerlo, mis rodillas golpean la mesa y tumban la taza de café. El cappuccino, todavía caliente, se vierte y cae sobre las piernas del hombre. Debe de haberlo quemado, pero ni siquiera parpadea. Cuando me dispongo a marcharme, me coge de la muñeca.

—Deme el documento.

—No sé de qué me está hablando.

Puedo notar cómo los demás clientes se vuelven hacia nosotros. Él, en cambio, no parece advertirlo.

—No me ha entendido bien —dice con lentitud y paciencia—. No soy una molestia a la que simplemente puede dar la espalda.

Me suelta la muñeca. Espera que me vaya, pero en vez de eso me inclino hacia él hasta que nos separan apenas unos centímetros.

—Me da igual lo que haga. No pienso darle nada —repongo—. Cuando uno pierde lo que yo he perdido, se aferra a lo que le queda. En mi situación actual, ya no necesito protegerme, pues ya no tengo nada que proteger. Así que adelante. Venga a por mí. Y dígales a sus jefes que se jodan, ¿de acuerdo?

Y me marcho.

Recorro una manzana y media de la avenida Amsterdam y luego doblo la esquina para tomar mi calle. En ningún momento vuelvo la vista atrás, pero sé que, incluso después de que yo haya girado en la esquina, el tipo sigue observándome.

Estoy tan seguro de ello como de que yo conocía al doctor Marco Ianno.