El demonólogo
Capítulo 17
17
—¿ Café? C
Al principio no la reconozco. Ha perdido peso. Y tiene la piel pálida
como la tiza. El cambio es tan sorprendente que, durante uno o dos segundos, confundo a O’Brien con la Mujer Delgada.
—Estás aquí.
—En cetrina carne y hueso.
—¿Cómo me has encontrado?
—¿Cuántos Scotsman Inn crees que hay en Wichita?
—¿Has venido en avión?
—Un autobús no parecía el mejor uso que podía hacer de mi tiempo.
—¡Dios mío, Elaine! ¡Estás aquí!
—Sí, lo estoy. ¿Te vas a tomar el café o qué? Me estoy quemando la mano…
Cojo la taza. Y me quemo la maldita mano.
O’Brien entra en la habitación. Cierra la puerta tras ella, se deja caer sobre la cama y se tumba con los brazos y las piernas abiertas sobre las sábanas húmedas.
—Sudores nocturnos —observa al tiempo que se incorpora—. Los conozco bien.
—¿Cómo estás?
—¿Cómo se me ve?
—Muy bien. Como siempre.
—David, si siempre hubiera tenido este aspecto me habría suicidado hace mucho.
Me siento a su lado en el borde de la cama y tomo su mano entre las mías.
—Estás más delgada —afirmo.
—Y eso que como, pero dentro de mí hay un pequeño monstruo avaricioso que se lo traga todo. Sería casi fascinante si no me estuviera sucediendo a mí.
—¿Deberías estar aquí? Sin tus médicos, quiero decir.
—Ya te he dicho lo que pienso sobre mis médicos. Y he traído conmigo todo lo que la medicina moderna puede ofrecerme. —Y, tras decir eso, saca un frasquito de píldoras del bolsillo de sus vaqueros—. Morfina. Si te portas bien, te daré un poco.
—De momento tengo suficiente con el café, gracias.
—Este café sabe a caca de rata hervida.
—Así que eso es lo que es.
Le doy otro trago. Casi vuelvo a escupirlo cuando O’Brien comienza a reír, y me uno a ella. Cuando un minuto entero después volvemos a recobrar la compostura, he de limpiarme el café que me ha salido por la nariz y O’Brien tiene las mejillas encendidas a causa del tremendo ataque de tos que le sobreviene.
—Un momento —digo—. Me prometiste que no vendrías.
—No es cierto. Prometí que no te pediría si podía venir.
—De modo que has cogido un vuelo nocturno…
—… Y he atravesado la noche para acudir en tu rescate.
—No necesito que me rescaten.
—Eso es discutible. En cualquier caso, sin duda me necesitas a mí.
Eso no puedo discutírselo.
—¿Sabes qué, O’Brien? He de decir que tengo miedo.
—¿De qué, exactamente?
—De perder a Tess.
—Pero no solo de eso, ¿verdad?
—No, no solo de eso. También de todas las cosas que he visto. El Innominado, al que creo que me estoy acercando, el tipo que me está siguiendo…
—Y de algo más, estoy segura…
—¿El qué?
—Temes que yo tenga razón. Que hayas perdido la chaveta. Que no seas más que un tipo que necesita ayuda.
—Sí. Quizá eso también.
—Deja que sea yo quien se preocupe de eso durante un rato, ¿de acuerdo?
—Ese es el problema. Ahora que estás aquí, también estoy preocupado por ti.
O’Brien se acerca a la ventana, descorre las cortinas medio centímetro y echa un vistazo al aparcamiento y al cielo turquesa.
—Dejemos las cosas claras —dice cuando se vuelve hacia mí. Por alguna razón, en la penumbra la enfermedad es más evidente que a plena luz. Se puede ver hasta qué punto una parte de ella ya se ha disuelto en las sombras circundantes—. ¿Me estás escuchando?
—Te estoy escuchando.
—Este es el último viaje que voy a hacer. No sé cuánto me queda, pero puedo decirte una cosa: iré hasta el mismísimo final contigo. No sé exactamente por qué, pero esto es tan importante para mí como para ti.
—Quiero que vivas. Que te pongas bien y…
—Pero no voy a hacerlo, David. Y está bien. Solo necesito que comprendas que no estoy buscando compasión, ni a alguien que me enjugue la frente o que escuche los maravillosos recuerdos de mi infancia. Estoy aquí por mis propias razones. De modo que cuanto más tiempo pases preocupándote por mí y no del asunto que tenemos entre manos, más me vas a cabrear.
Me acerco a ella y la envuelvo con mis brazos.
—Me alegro de que estés aquí —digo.
—Con cuidado, que me salen moratones.
—Lo siento.
Se aparta de mí, mira hacia otro lado y se suena la nariz.
—Deberíamos ponernos en marcha —afirma.
O’Brien comienza a caminar hacia la puerta, pero la sujeto por el codo. El hueso es como un liso cojinete.
—¿Por qué has venido? —le pregunto.
Me mira directamente a los ojos.
—Para ayudarte —responde.
—¿A volver a Nueva York?
Coloca ambas manos debajo de mi mandíbula y acerca mi cara a la suya para que solo pueda verla a ella.
—Te prometo una cosa —dice—. Se han terminado las preguntas, las dudas y las charlas de psicoanalista. Estoy contigo, ¿lo has entendido?
—¿Conmigo en qué?
—En la búsqueda de Tess. Y, cuando la encontremos, la llevaremos de vuelta a casa.
Tess.
Casa.
Oír esas dos palabras en la misma frase, dichas por alguien que parece creer que es posible unirlas, que merece la pena intentar unirlas, resulta suficiente para desatar la gran cantidad de emociones que en los últimos días he acumulado en mi interior. Y rompo a llorar. Lloro como no recuerdo haberlo hecho nunca. Durante un rato, permanezco en medio de la habitación número 12 del Scotsman Inn de Wichita inclinado y llorando como un descosido, con las mejillas rojas y sin dejar de sorberme la nariz.
Es todo un espectáculo. Pero O’Brien no permite que dure mucho.
—Dame las llaves —dice—. Yo conduciré.
Mientras O’Brien mantiene los ojos en la carretera, se lo cuento todo. O casi todo. Dejo fuera lo del diario de Tess, que por alguna razón me parece algo demasiado privado para compartir. Pero sí le hablo de la Mujer Delgada. Y del profesor atado a una silla en Venecia. De la predicción de los resultados de las bolsas mundiales. Del Perseguidor. Del Innominado apareciendo en diferentes formas (si bien siempre la de alguien muerto). Del edificio Dakota. Del «estado de la luz del sol». Y de Tess, comunicándose conmigo en silencio.
Y de que solo tenemos dos días y medio hasta la luna nueva.
O’Brien no me interrumpe ni una sola vez ni me hace ninguna pregunta. Me deja hablar e ir apilando hechos sobre interpretaciones, y estas sobre imposibilidades. Cuando termino, pasan varios kilómetros antes de que hable.
—¿Hacia dónde crees que te están conduciendo esas pistas? —pregunta.
—No lo sé exactamente. Sospecho que más cerca del Innominado.
—¿Para qué? ¿Destruirte?
—Probablemente, eso podría haberlo hecho ya.
—¿Estás seguro? Esa autoestopista te atacó.
—No me lo recuerdes —digo tapándome involuntariamente la cara con las manos.
—Entonces ¿cómo estás tan seguro de que no te quiere muerto?
—Probablemente sí lo quiere. Pero más adelante. Todavía no.
—¿Todavía no? ¿A qué está esperando? —O’Brien hace un amplio movimiento con la mano para señalar el interior del coche, repleto de envoltorios de comida rápida y tazas de café de plástico, así como el mapa de carreteras desplegado sobre mi regazo—. ¿Por qué te hace seguir migas de pan por todo el país?
Recuerdo entonces lo que la voz introductoria me dijo en Venecia a través de la boca de ese hombre: no somos enemigos, sino cómplices.
—Para pedirme que sea parte de algo —indico.
—¿Me estás diciendo que ese demonio tiene un propósito para ti?
—Así es, pero no me ha dicho cuál es.
—El documento. Está en tu poder. Y, si es lo que dices, demuestra algo que hasta la fecha únicamente había existido en la imaginación de la gente. Piénsalo bien.
—Ciertamente, se trata de algo importante.
—Es algo enorme —dice O’Brien dándole una palmada al salpicadero—. Los demonios son reales y existen entre nosotros. No metafóricamente, sino de forma literal. Es asombroso.
—Desde luego, me vería obligado a reescribir todas mis clases.
—Esto le hace preguntarse a una cuál es su objetivo.
—San Juan diría que nos están preparando.
—¿Para qué? ¿El gran final?
—Eso viene un poquito después. Primero toca el descenso a los infiernos. El Apocalipsis. El anticristo.
—Muchas gracias, don Pesimista.
—Estamos hablando de la Biblia, no de una novela de Danielle Steel.
Conducimos un rato en silencio, ambos intentando disimular los escalofríos que nos provocan nuestras conclusiones.
—Está bien. No especulemos más —dice finalmente O’Brien—. Digamos que, ahora mismo, ese documento que está en tu poder supone el mayor descubrimiento en materia religiosa y de historia social de, al menos, los últimos dos mil años.
—Estás consiguiendo que me duela la cabeza.
—Creo que eso también forma parte de ello —afirma, animándose—. El hecho de que seamos incapaces de asimilarlo. Es como esos ufólogos o como se llamen a sí mismos. Los de la teoría conspirativa del Área 51.
—Roswell.
—¿Quién sabe? Puede que tus pistas nos conduzcan ahí. ¿Aparece «Roswell» en alguna de las Obras completas de Milton?
—¿Adónde quieres ir a parar?
—Presta atención. ¿Qué es lo que dicen siempre quienes aseguran que los alienígenas construyeron las pirámides? ¿Por qué creen que las visitas de los extraterrestres constituyen un inmenso secreto que el gobierno no nos permite conocer?
—Dicen que perderíamos la cabeza.
—Así es. Se desataría el pánico. El Dow Jones caería a cero. Se desataría la anarquía global. Todos se esconderían en sus refugios atómicos. Los demás violarían y saquearían. Supondría el fin de los tiempos. ¿Para qué condicionar nuestros actos? ¿Para qué preocuparnos por la moralidad o la ley? ¡Están aquí! Los hombrecillos verdes nos van a sondar, o a diezmar, o a convertir en matorrales.
—¿Crees que sucede lo mismo con los demonios?
—No. No creo que el gobierno sepa más sobre Satán y su cohorte que cualquier alumno de la escuela dominical.
—Entonces ¿cuál es el significado del documento?
—Verificación. Legitimidad. Existen todo tipo de textos religiosos, todo tipo de creencias. Pero no hay pruebas. Nadie cree siquiera que sean posibles.
—Por eso lo llaman fe.
—Exactamente.
—Salvo que ahora sí hay una prueba.
—Así es, siempre y cuando David Ullman abra la caja de seguridad de su banco en Manhattan. Y si sus implicaciones son las que pienso, tu documento convertiría el vídeo del cadáver de un extraterrestre en una bolsa de plástico en una noticia de tercera.
Me inclino hacia delante para mirar por el espejo retrovisor de la puerta del acompañante. Busco en la carretera la rejilla del radiador rectangular del Crown Victoria.
—Por eso el Perseguidor lo quiere —digo yo.
—Y quizá el Innominado quiere lo mismo.
—¿Por qué? Me enseñó lo que quería. No cogí nada, me lo dieron.
—Puede que se trate de eso.
—No lo pillo.
—Tenemos que asumir que, a pesar de todo su poder, el Innominado tiene limitaciones.
—No puede adoptar la forma de los vivos. Solo la de los muertos.
—Y esa es muy grande. Si tiene un mensaje para el mundo, necesita un mensajero.
—Un discípulo.
—Algo así. Un demonio no puede aparecer por la televisión y presentarse, del mismo modo que Dios tampoco puede hacerlo (al menos, que nosotros sepamos, ninguno de los dos ha seguido ese camino).
—Me ve como un potencial portavoz.
—¿Por qué no? Eres perfecto. Profesor de Columbia especializado en esas cosas. Listo. Sin vínculos con el gobierno ni pinta de querer obtener un provecho personal. Yo te elegiría.
Le hablo entonces a O’Brien del profesor Marco Ianno, la identidad del hombre de Venecia. Un hombre muy parecido a mí.
—Puede que fuera candidato para el mismo trabajo —concluye O’Brien.
—El Innominado cogió algo de Ianno, no sé si a su hija, a su esposa o a su amante, y él fue tras ello como yo ahora de mi hija. Al final, sin embargo, no quiso llevar a cabo el encargo.
—O el viaje fue demasiado duro para él.
—¿Qué quieres decir?
—Puede que todo esto (los fantasmas, las señales, el tipo que te persigue) sea una prueba. Para ver si eres la persona adecuada.
—En el Antiguo Testamento, el diablo le sirve a Dios para probar la fe humana — digo—. Viene a ser como el sargento de armas del Padre celestial.
—El Libro de Job.
—Ese sería el ejemplo principal, sí. Un buen hombre que soporta pérdidas y aflicciones y, al hacerlo, demuestra su amor por Dios.
—Eso sí que es amor.
—En cualquier caso, el quid de esas historias no consiste en lo que Job o quien sea tiene que soportar. Tampoco en la fe. Desde una perspectiva demonológica, es Satán quien recibe una lección, no los hombres.
—Y ¿cuál es esa lección?
—Que el hombre puede superar el mal sin necesidad de fuerzas sobrenaturales. Solo con amor.
—Está bien. Entonces vendrías a ser un Job de nuestra época.
—Salvo que en ese caso no se trata de una plaga de llagas, ni he perdido mis bueyes y mis camellos. Es una prueba para ver si soy capaz de llegar a Tess sin venirme abajo.
—Y ¿cómo crees que va?
—El cuerpo es débil…
—… Pero el corazón es fuerte.
—Yo no diría tanto. Pero sigue latiendo. Eso es todo lo que pido.
Al cabo de más o menos una media hora, el café matutino que hemos tomado antes nos impele a buscar unos servicios, pues ambos necesitamos orinar. Aparcamos en la siguiente área de descanso, un edificio hecho de bloques de hormigón situado en medio de un bosque de álamos. Yo termino antes que O’Brien y, mientras espero a que salga, dispuesto a ocupar mi turno al volante, oigo el lejano ruido de unos forcejeos. El golpe seco de las extremidades contra vidrio templado. Un hombre susurrando órdenes a una mujer. Los gritos ahogados de esta.
El aparcamiento del área de descanso es estrecho y alargado, una franja de pavimento diseñada para serpentear cuidadosamente entre los árboles. Eso dificulta saber de dónde proviene el ruido, izquierda o derecha. Es una sensación más que un juicio lo que me empuja a ir detrás del edificio en el que el aparcamiento linda con el bosque y termina en un claro con unas cuantas mesas de picnic. Una sensación de que el lugar en el que el asalto está teniendo lugar es la vieja y solitaria camioneta Dodge.
Incluso mientras estoy corriendo los cincuenta metros que me separan de la camioneta, la opción de ignorar lo que oigo se me pasa por la cabeza: «Posiblemente, lo que está ocurriendo dentro de ese Dodge es un crimen de algún tipo. Y los crímenes requieren denuncias, declaraciones a la policía, abrir expedientes. Un crimen nos retrasaría».
Aunque pienso todo eso, no vacilo. Están hiriendo a alguien. Alguien está siendo raptado.
Los sonidos son más discernibles cuando me detengo a unos pocos metros de la camioneta. Gruñidos y ladridos agudos como los de unos animales hambrientos peleando por la última carne de la cacería.
Quienquiera que esté dentro no ha advertido mi presencia. Eso me permite acercarme y mirar por la ventanilla de la puerta del acompañante, que está entreabierta.
Un hombre y una mujer. El hombre es mayor que ella, a juzgar por la camisa de rayas y los pantalones chinos a la altura de las rodillas. Su pelo canoso parece necesitado de un corte y unos inapropiados rizos rebotan contra la nuca. De la mujer que hay debajo solo se ven los pálidos brazos y una melena de pelo cobrizo en el asiento. Sus pecosas manos se agarran a la espalda de él en una muestra de dolor, resistencia o deseo.
Al principio parece imposible determinar la existencia de consentimiento alguno. Los sonidos que ambos profieren aumentan entonces de volumen y se convierten en algo parecido a chillidos de hiena, desconsiderados y crueles. Me he equivocado cuando he creído oír órdenes. En ellos no hay ningún discurso, ni nada remotamente humano. Sus cuerpos están fundidos en plena agonía.
Me acerco lo suficiente para colocar mis manos en el borde de la ventanilla abierta. He de hacer algo. Permanecer aquí inmóvil me convertiría en cómplice. En un voyeur.
En cuanto abro la boca para hablar, reconozco de quién se trata.
—¡Eh!
Al oír mi voz, se detienen de golpe. Es como si eso fuera lo que estaban esperando, no la consumación del acto. Esto último ya no les resulta posible, pues están muertos. Y ahora están aquí únicamente por mí.
El hombre vuelve la cabeza mientras el resto de su cuerpo permanece inmóvil. Su taimado rostro me sonríe por encima del hombro con una mueca de triunfo.
—Pobre David —dice Will Junger—. ¿No puedes ni siquiera follarte a esa zorra enferma que va ahora contigo?
Quiero apartarme, pero mis manos se niegan a soltar la puerta. He de quedarme el tiempo suficiente para oír lo que tienen que decir.
Y, sin embargo, la siguiente voz no la pronuncian los pálidos labios de Will Junger, sino la chica que asoma por debajo. Es la autoestopista. Raggedy Ann.
—«Vivid lo que podáis, feliz pareja» —dice, y sonríe dejando a la vista sus dientes negruzcos.
Finalmente suelto la puerta dispuesto a salir corriendo, pero el hombre que antaño fue Will Junger comienza a sufrir una metamorfosis, y me quedo para ver en quién se transforma. El sutil cambio de los rasgos de su rostro que no lo convierte exactamente en otra cosa, pero que aun así revela lo que se escondía en su interior.
—¿Quién eres?
El Innominado contesta con el mismo tono de falsa erudición que siempre utiliza. Pronuncia claramente las palabras, pero estas suenan débiles e inanimadas.
—«No conocerme a mí alega que sois unos desconocidos».
Empiezo a retroceder, pero el Innominado extiende el brazo y me agarra de la mano. Al tocarme, siento un intenso dolor, eléctrico y mareante como una oleada de angustia destilada. Más que su fuerza, lo que me retiene es vislumbrar la enormidad de su pérdida.
Dice lo mismo —y exactamente con la misma voz— que Will Junger la última vez que lo vi en la escalinata de la biblioteca Low Memorial un cálido día de primavera, al final del curso:
—Hoy va a hacer calor.
Al tocar su mano, también puedo ver a Tess.
El mundo real —el aparcamiento del área de descanso, la herbosa zona de picnic, el bosque de arces, el cielo azul— se oscurece como si una cortina de terciopelo ocultara un escenario. Luego, de la negrura aparece una figura femenina. Avanza con las manos alzadas como si buscara a tientas una salida. O quisiera zafarse de un ataque.
—¡Tess! —grito desde miles de kilómetros de distancia.
Pero me oye. Me oye y echa a correr…
La cortina negra se abre y vuelve a aparecer el mundo real. Ahora soy yo quien echa a correr. Me alejo del Dodge en dirección al edificio de los servicios y O’Brien, que viene hacia mí renqueando y gritando algo que no puedo oír.
Cuando llego a su lado, la rodeo con un brazo e intento alejarla de la camioneta, pero ella me sorprende con la firmeza de su mirada.
—¿Has visto algo?
—En la camioneta.
Echa a andar hacia ella. Está claro que le duele la cadera y que tiene las rodillas agarrotadas. Aun así, lo hace más rápido de lo que cabría esperar.
—¡Elaine!
Llega a la camioneta e inmediatamente se asoma a la cabina. Introduce medio cuerpo antes incluso de ver qué es lo que la espera ahí dentro.
Corro hacia ella para intentar sacarla. No llego a ver lo que hay detrás de su cuerpo. Ni tampoco oigo nada, salvo a ella diciéndome que la suelte de una maldita vez.
Lo hago. Ella se aparta y deja a la vista una cabina vacía. No hay nada en el asiento, excepto un arrugado paquete de cigarrillos.
—Se han ido —digo.
—No he visto salir a nadie.
—No sé cómo, pero estaban aquí. Y ahora ya no.
—¿Tal cual?
—No te he pedido que miraras. De hecho, no te he pedido que…
—¡Eh! ¿Quién diantre sois vosotros?
O’Brien y yo nos volvemos para ver a la persona que nos ha hecho la pregunta. Del bosque emerge un hombre de mediana edad ataviado con un traje que le va algo pequeño. Al lado, una mujer con el brillo de labios corrido se acomoda la falda. Ambos se quitan asimismo las hojas que se les han quedado pegadas a la camisa y el pelo.
—Estábamos…
—¿Qué cojones creéis que estáis haciendo en mi camioneta?
—Solo comprobando una cosa —afirma O’Brien.
—¿Ah, sí?
—Hemos oído… un ruido —añado—. En el interior.
—Un ruido —repite el hombre, alejándose inconscientemente de la mujer de rostro brillante, que parece no saber si soltar una carcajada o ir a orinar.
—Un momento —dice el hombre—. Un jodido momento. ¿Trabajáis para mi mujer?
—¿Qué?
—¿Es que ha contratado detectives o algo así?
—No. No, no. Esto no es más que…
—¡Será zorra!
O’Brien ya está retrocediendo. Rodea mi brazo con el suyo y ambos nos disculpamos repetidamente en voz baja. Luego damos media vuelta y nos alejamos tan deprisa como nuestro paso nos lo permite.
Cuando llegamos al Mustang, comienzo a explicarle lo que he visto en la camioneta, pero ella ya ha abierto la puerta y se mete en el coche.
—Conduce —dice—. Mejor cuéntamelo todo sin que un tipo que se está follando a su secretaria me cosa a disparos.
Volvemos a incorporarnos a la carretera interestatal. Cada tanto, compruebo por el espejo retrovisor que el Dodge no nos sigue. Mientras, O’Brien revisa los correos electrónicos y los mensajes de voz en su móvil.
—¿Esperas alguna llamada?
—Es un tic nervioso —dice—. Cuando estoy nerviosa comienzo a jugar con los botones de esta cosa.
—Ese tic lo tiene todo el mundo…
Finalmente, O’Brien recobra la compostura y me pregunta qué he visto en la camioneta.
—A Raggedy Ann. ¿Recuerdas la autoestopista de la que te he hablado?
—Sí. La inolvidable Ann. Pero no estaba sola, ¿verdad?
—No vas a creer lo que voy a decirte.
—Ya es demasiado tarde para que comiences una frase con eso.
—Ann estaba haciendo cosas con alguien. Cosas muy sucias.
—Creía que estaba muerta.
—Y lo está. Y tengo la sensación de que el hombre con el que estaba haciendo esas cosas también lo está.
O’Brien permanece absorta en la pantalla de su teléfono móvil. Luego se sorbe la nariz y yergue la espalda en el asiento. Sus ojos relucen con una especie de excitación histérica.
—Dime quién era —exige.
—Will Junger.
Suelta un suspiro tan hondo que lo tomo por un gemido de dolor.
—Déjame preguntarte una cosa —consigue decir.
—Tú dirás.
—¿Has mirado el teléfono móvil hoy?
—No. He estado sentado a tu lado todo el día. ¿Me has visto hacerlo?
—No.
—¿Qué importancia tiene eso?
—El último correo que he leído me lo ha enviado Janice, del Departamento de Física de Columbia.
—¿Qué dice?
—Un accidente de automóvil. Anoche. Un coche chocó con la estructura de un puente en la autovía de Long Island —relata, y vuelve a respirar hondo—. Will Junger ha muerto hace cuatro horas.