El demonólogo
Capítulo 12
12
U na vez tuve un profesor que, durante una de sus peroratas (sin relación alguna con el tema de la clase y posiblemente alimentada por el alcohol), afirmó que si se le preguntara al norteamericano medio la razón de por qué luchó en la última guerra europea y este contestara con absoluta honestidad, su respuesta podría resumirse en algo como «Una cafetería Denny’s con servicio las veinticuatro horas en cada ciudad». Todo el mundo se rio. En parte porque era verdad.
Brindo, pues, por la hamburguesa con queso fundido Big Daddy Patty (del menú
especial «¡Una de queso!»)[3] con aros de cebolla que me tomo a las 23.24 horas en el Denny’s de Rothschild, Wisconsin. Y por las sonrientes camareras con jarras de café pegadas a las palmas de sus manos. Y también por un lugar limpio y bien iluminado, un oasis de fritanga en la carretera. Por la libertad.
No soy yo mismo.
Después de haber conducido todo el día y de haber dejado atrás los estados de Ohio, Illinois e Indiana mientras pasaba de vociferantes predicadores evangelistas a Lady Gaga en la radio AM (aunque al final la he apagado para dejarme llevar por largos y ominosos silencios), me siento famélico y solo. Denny’s mitiga ambas cosas.
—¿Más café? —pregunta la camarera con la jarra ya medio inclinada sobre mi taza.
Necesito más cafeína tanto como un golpe de bate en la cabeza, pero acepto. Lo contrario podría parecer maleducado, o incluso antipatriótico.
De repente, noto la vibración de mi teléfono móvil en el bolsillo. El ratón se despierta en su nido de pelusas.
—He estado pensando —dice O’Brien cuando contesto.
—Yo también. No siempre es algo bueno. Créeme.
—Quiero sugerir una cosa.
—¿Una copa helada con jarabe de arce y beicon?
—¿De qué estás hablando?
—No me hagas caso.
—David, creo que estás creando tu propia mitología. —Permanezco en silencio y le doy un sorbo al café. Sabe a óxido líquido—. Está claro que todo esto es una ilusión. Estoy segura de que para ti tiene una apariencia muy real, pero no por ello deja de ser una ilusión.
—Entonces has decidido que estoy loco.
—He decidido que estás de luto. Y ese luto ha llevado a tu mente en una dirección determinada hasta un lugar en el que el dolor puede ser asimilado.
—Ajá.
—En tus clases hablas de mitos, ¿verdad? Es algo que enseñas, vives y respiras: la historia de los esfuerzos de la humanidad para encontrarle un sentido al dolor, a la pérdida, al misterio. Ahí es donde te encuentras. Eso es lo que estás creando activamente. Una ficción que entronca con una tradición de ficciones previas.
—¿Sabes qué, O’Brien? Estoy cansado, ¿podrías hacerme un resumen?
Ella suspira. Mientras espero a que continúe, echo un vistazo por la ventana. El aparcamiento está iluminado como si fuera a celebrarse un acontecimiento deportivo —un partido de fútbol, por ejemplo— entre las camionetas y los monovolúmenes. Aun así, hay algunos rincones oscuros a los que no llega la luz. En el más lejano se puede ver aparcado un coche de policía. El perfil oscuro de la cabeza del conductor es visible en la ventanilla. Un agente echándose un sueñecito.
—¿Te acuerdas de Cicerón? —dice O’Brien.
—Personalmente, no. Es unos dos mil años anterior a mi época.
—Él también era padre.
—Tulia.
—Eso es, Tulia. Su querida hija. Cuando murió, Cicerón se quedó destrozado. No podía trabajar ni pensar. Incluso Julio César y Bruto le enviaron cartas de condolencia. Nada lo consolaba, de modo que comenzó a leer todo lo que llegaba a sus manos sobre la superación del dolor y la aceptación de la fría certeza de la muerte. Filosofía, teología, puede incluso que algo de magia negra. Al final, sin embargo…
—«Mi pesar supera todo consuelo».
—Un punto extra por la cita correcta, profesor. Las lecturas no ayudaron. Cicerón no encontró ningún hechizo que pudiera devolverle a su hija Tulia. Final de la historia.
—Salvo que no es el final de la historia.
—No. Porque ahí es donde nacen los mitos. En el punto en el que los hechos terminan y la imaginación ocupa su lugar, disfrazada como hecho.
—La lámpara ardiente.
—Así es. En el siglo XV, alguien excavó la tumba de Tulia en Roma y encontró… ¡una lámpara encendida a pesar de todos los siglos que habían pasado!
—El amor imperecedero de Cicerón.
—Imposible, ¿verdad? Un fuego literal no podría arder tanto tiempo. Pero uno figurado, sí. Para todos aquellos que alguna vez han perdido a alguien querido (es decir, todo el mundo), el símbolo resulta suficientemente poderoso y útil para que el mito perdure. E incluso para que sea tomado por cierto.
—Estás diciendo que soy Cicerón. Salvo que, en mi caso, en vez de llamas eternas, invento espíritus malignos que me envían a realizar una búsqueda imposible.
—Esa no es la cuestión. La cuestión es que eres padre. Lo que estás experimentando, todos esos sentimientos…, es algo normal. Incluso las señales secretas y las profecías lo son.
—Aunque no sean reales.
—Y no lo son. Estoy prácticamente segura de que no lo son.
—Prácticamente. Has dicho prácticamente segura.
—He tenido que hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque eres tú.
El policía que dormitaba en el aparcamiento se despierta. Veo cómo alza la cabeza, ajusta el espejo retrovisor y se frota los ojos. Pero todavía no arranca el coche. Ni desciende del vehículo.
—Hay un problema con tu analogía.
—¿Sí?
—Yo no aseguro haber encontrado una lámpara ardiente de varios siglos de antigüedad. Todo lo que he visto ha sido con mis propios ojos. Y, siendo estrictos, nada de ello es científicamente imposible.
—Quizá no. Tampoco puedo saberlo. No me has contado qué has visto… Pero mira adónde te ha llevado. Estás atravesando el país en busca de las pistas que te está dejando… ¿quién? ¿Tess? ¿La Iglesia? ¿Un demonio? ¿Un ángel? Y ¿para qué? Para recuperar a tu hija de las garras de la muerte.
—Yo no he dicho eso.
—Pero es lo que estás pensando, ¿verdad?
—Algo así.
—Y no digo que esté mal. Al contrario, es normal. ¿Cuántas conferencias sobre Orfeo y Eurídice has dado? ¿Una docena? ¿Dos docenas? Tiene sentido que, en estos instantes de sufrimiento, tu cerebro evoque esa vieja historia y la rehaga a su manera.
—Entonces ¿he emprendido un viaje al inframundo?
—Yo no he dicho eso. Lo has dicho tú. Vas en busca de la persona a la que más querías. Se trata del viejo anhelo de ir más allá de los límites de la mortalidad.
—Orfeo tenía una lira con la que encantó a Hades. ¿Qué tengo yo? Una cabeza llena de ensayos.
—Tienes conocimientos. Y conoces el territorio, aunque este sea completamente inventado.
—Eres lista, O’Brien.
—Entonces ¿regresarás a Nueva York?
—He dicho que eres lista, no que tengas razón.
La luz del coche patrulla se enciende. Ilumina suficientes detalles del interior del vehículo como para darme cuenta de que estaba equivocado. Aunque es uno de esos Crown Victoria que utiliza la policía, no pertenece al cuerpo. Y la persona que está sentada tras el volante tampoco es un agente. Se trata de Barone. El Perseguidor. Y me está sonriendo por el espejo retrovisor.
—Tengo que colgar —digo poniéndome en pie y dejando un billete de cincuenta sobre la mesa.
—¿David? ¿Qué sucede?
—Orfeo ha de ponerse en marcha.
Cuelgo y me dirijo hacia la puerta de la cafetería. Antes de salir, oigo la voz de la camarera. Hace un comentario que, a pesar de los buenos modales característicos del Medio Oeste, suena como una severa orden.
—¡Que tenga un buen viaje!
Pero no es así. A pesar de estar agotado, conduzco durante toda la noche, tomando salidas al azar y aparcando de vez en cuando en senderos de granjas con las luces apagadas para confirmar que ya no me sigue nadie.
Parece funcionar. Cuando las primeras luces del amanecer aparecen en el horizonte, ya no veo ninguna señal del Perseguidor. Eso me permite consultar el mapa y planear el trayecto hasta Dakota del Norte. Decido seguir por carreteras secundarias y evitar las interestatales. No dormiré. Utilizaré la adrenalínica energía de la que dispone uno cuando se pasa toda la noche sin dormir y veré hasta dónde llego.
El problema es que este tipo de cosas tienen efectos secundarios. Sudor pastoso. Indigestión. Y visiones.
Como, por ejemplo, la persona que veo en el arcén de la carretera. Una chica con el dedo pulgar extendido, la señal universal del autoestopista. El problema es que la niña es Tess.
Piso el pedal a fondo para dejar cuanto antes la visión atrás. Al pasar por su lado intento no mirarla, pues sé que no puede ser Tess y que, si no es ella, lo más probable es que se trate de algo desagradable. El Innominado ataviado con una máscara pesadillesca porque sí, por el mero dolor que causa.
Y, sin embargo, cuando echo un vistazo por el espejo retrovisor, todavía está ahí. No es Tess, sino una chica unos pocos años mayor que mi hija. Con pinta de estar más asustada que yo.
Finalmente detengo el Mustang y la chica viene corriendo por el arcén: una Dora la Exploradora sucia y con la mochila golpeándole la cadera. Siento el impulso de volver a arrancar. Aunque ella no esté implicada en lo que O’Brien considera mitos ilusorios, nada bueno puede surgir del hecho de recoger a alguien en las carreteras secundarias de Iowa. Estoy rompiendo la regla neoyorquina de no involucrarme.
Cuando vuelvo a mirar por el espejo retrovisor —ahora la chica ha aminorado el paso y se acerca andando— advierto que tiene el característico rostro inexpresivo de quien ha pasado demasiado tiempo a solas. Intentando escapar. A cada paso que da, se parece menos a Tess. Diría que tiene más cosas en común conmigo.
Abre la puerta y se deja caer en el asiento del acompañante antes incluso de mirarme. Y, cuando lo hace, no mira mi cara, sino mis manos. Parece sopesar si son capaces de hacer daño.
—¿Adónde vas? —pregunto.
Ella mira la carretera.
—Hacia delante.
—Eso no es un lugar.
—Supongo que no estoy segura de adónde voy.
—¿Estás metida en algún lío?
Ella me mira a la cara por primera vez.
—No me lleves a la policía.
—No lo haré. No, si no quieres que no lo haga. Solo necesito saber si estás herida.
Ella sonríe dejando a la vista una sorprendente hilera de dientes amarillos.
—No en el sentido de necesitar un hospital.
Y entonces echa un vistazo por el espejo retrovisor como si también la estuvieran siguiendo. Arranco el Mustang y no vuelvo a mirarla hasta que hemos recorrido más de un kilómetro.
—Tienes aspecto de padre —dice.
—¿Lo dices por el pelo canoso?
—No. Simplemente lo tienes —repone, y luego añade—: De hecho, te pareces a mi padre.
—Es curioso, porque tú te pareces a mi hija. Aunque ella es más pequeña. ¿Cuántos años tienes?
—Dieciocho —responde. Y ahora, dentro del Mustang, ya no se parece en nada a Tess, lo que convierte el hecho de que lo haya dicho en una mentira.
—¿Todavía vives con tu familia? —pregunto.
Pero ella ya no me está escuchando. Ha cogido el iPhone que yo había dejado en el portavasos del coche y está tocando la pantalla. Cada vez que se enciende una aplicación, sus dedos dan un respingo como si nunca hubiera visto nada igual.
—Es un teléfono —digo—. ¿Quieres hablar con alguien?
Ella lo piensa un momento.
—Sí.
—Adelante. ¿Sabes su número?
—No tienen número.
—¿Las líneas telefónicas no llegan al lugar en el que viven?
Hace un leve chasquido que bien podría ser una risa reprimida ante mi comentario. Luego sigue jugando con la pantalla, desenvolviéndose entre las aplicaciones cada vez más deprisa, como si estuviera aprendiendo rápidamente las posibilidades del aparato. Eso me da la oportunidad de observarla sin que lo advierta. Tiene el cabello pelirrojo y lo lleva recogido en una coleta. Pecosa. Va vestida con un
sucio vestido veraniego de lunares rosas. Es una muñeca. Una Raggedy Ann[4] de tamaño natural. No sin cierta vergüenza, se me ocurre que es como si un fetiche hubiera cobrado vida. La Granjera Pecosa. La Muñeca de Trapo Sucia. A esta chica le falta algo que ha sido ocupado con detalles vagamente sexuales.
Cierra una ventana del teléfono y se vuelve hacia mí. Cuando sus ojos se encuentran con los míos advierto por primera vez un brillo en ellos. Me hace sentir como si me hubiera pillado en mitad de algún acto lujurioso, entregándome a una perversión privada. Y su mirada me dice que no pasa nada. Que mi secreto está a salvo consigo.
—¿Crees en Dios? —me pregunta de pronto.
Una cristiana renacida. Puede que esta chica no sea más que eso. Una inofensiva creyente que hacía autoestop de camino a algún encuentro cristiano. Eso explicaría su tono de voz apagado, así como su mirada a la vez observadora y ensombrecida. Su extraño aspecto de muñeca sería, pues, una consecuencia de su fe.
—No sé si existe o no —contesto—. En caso afirmativo, nunca lo he visto.
Ella se me queda mirando con fijeza. No exactamente decepcionada por mi respuesta, solo a la espera de oír el resto.
—Pero he visto al diablo. Y puedo asegurarte que sin duda es real.
Tarda un momento en reaccionar. Como si esto fuera una llamada de larga distancia con interferencias y estuviera esperando a oír mis palabras. Al final vuelve a hacer un leve chasquido.
Y yo poso otra vez mi mirada en la carretera. El Mustang ha invadido el carril contrario y corrijo la trayectoria.
—¿Qué apariencia tiene? —pregunta.
«No se parece a nadie en especial. Como tú», casi digo.
Cuando siento la calidez en mi regazo, al principio creo que me he meado encima. Estoy agotado, he tomado demasiado café y la sensación de calor se extiende por mis piernas de forma imparable.
Sin embargo, cuando bajo la mirada esperando encontrarme una oscura mancha en los pantalones vaqueros, lo que veo es la mano de la chica. Tengo la bragueta abierta. Y ella, su mano dentro.
—Crees con esto de aquí —dice colocando el dedo índice de su mano libre en mi sien.
La voz ya no es la suya, sino la que salió de la boca de Tess en la azotea del Bauer. Viva e inanimada al mismo tiempo.
—Ahora has de creer con esto otro —afirma el Innominado al tiempo que me aprieta la entrepierna.
Le aparto la mano de inmediato pero, al hacerlo, sin querer doy un volantazo y, tras invadir el arcén, el coche gira bruscamente hacia el otro lado y comienza a bambolearse de un carril a otro. Frenar ahora me haría perder el control del coche y, a esta velocidad —la aguja se acerca a los cien kilómetros por hora—, nos saldríamos de la carretera. Lo mejor será intentar estabilizar el vehículo y luego frenar poco a poco. Suelto a la chica para poner ambas manos en el volante y procurar compensar con la parte delantera del coche la inercia de la parte posterior.
Cuando por fin he conseguido controlar el coche y comienzo a frenar, la chica me clava las uñas en un lado de la cara. Eso es lo que provoca el derrape.
El cielo.
El asfalto.
La luna.
Todo da vueltas a nuestro alrededor.
Finalmente nos quedamos parados en medio de la carretera. Si aparece algún vehículo chocará con nosotros antes de tener la oportunidad de frenar.
La muchacha está como loca. No deja de chillar y de gruñir como un animal rabioso. O como el hombre de la silla en Venecia. La empujo hacia la puerta del asiento del acompañante y se golpea la cabeza contra el marco. Como si no lo hubiera siquiera notado, vuelve a arremeter contra mí. Ahora va a por mis ojos.
Intento defenderme como puedo. Mis puñetazos la alcanzan parcialmente en la mandíbula, las costillas y la oreja. Al final, cuando parece tranquilizarse, me inclino por encima de sus piernas y abro la puerta.
Vuelvo a incorporarme al notar el mordisco.
Sus dientes se clavan en mi nuca. No sé si el grito que se oye lo da ella o lo doy yo. El intenso dolor me proporciona una descarga de nuevas fuerzas. Suficientes para empujar a la muchacha por la puerta. Oigo el carnoso impacto de su culo con el asfalto de la carretera.
Luego vuelvo a colocar las manos en el volante y arranco.
Pero la chica viene conmigo.
En los dos segundos que he tardado en poner de nuevo el coche en marcha, ha conseguido colocarse de pie y agarrarse a la ventanilla abierta de la puerta del acompañante. Ahora la estoy arrastrando a un lado del coche. La puerta se abre y sus pies alcanzan la gravilla del arcén. Luego vuelve a cerrarse y la chica se golpea contra el lateral del vehículo.
Piso el pedal a fondo.
El Mustang acelera.
La chica deja escapar un grito.
—¡Por favor! —Es una nueva voz. No la falsa que pertenecía a Raggedy Ann. Ni la del Innominado. Es la auténtica voz de la chica. La que tenía cuando estaba viva. Estoy completamente seguro. De algún modo, esas dos palabras han conseguido sortear la muralla de la muerte para pedirme una ayuda que no puedo proporcionarle.
Es una impresión que confirmo al volverme hacia ella. La chica sigue aferrada a la puerta abierta. Pero no aminoro la velocidad. Porque ella ya está muerta. Ya pertenece a él.
—¡Ayúdame!
Ella sabe que no puedo. Ha conseguido nadar hasta la superficie solo para encontrarse con un desconocido que se está ahogando como ella.
Aun así, le extiendo una mano. Y ella me la coge. Suelta la izquierda de la manija de la puerta y la extiende sobre el asiento del acompañante para aferrarse brevemente a la mía. Tiene la piel tan fría como un trozo de carne guardado en lo más profundo de un congelador.
Aun así, no la suelto.
Sus piernas ensangrentadas rebotan en el asfalto como una cuerda de latas atada en el guardabarros de un coche de recién casados. Me mira a los ojos e, incluso antes de que se suelte de la puerta, advierto cómo su mirada vuelve a ensombrecerse. Quienquiera que fuera en vida regresa bajo el agua. Vuelve a ser una marioneta animada. Una mera cáscara de mejillas pecosas.
Y, de pronto, desaparece.
Las uñas de su mano arañan el lateral del coche intentando encontrar algo a lo que agarrarse. Cuando la rueda trasera del Mustang pasa por encima de ella, se oye un nauseabundo ruido seco.
Paro el coche.
Salgo del vehículo y lo rodeo. Me arrodillo para mirar debajo del chasis y echo un vistazo a las cunetas que hay a cada lado de la carretera. La chica no se ve por ningún lado.
Me paso la mano por la nuca. Tengo sangre. El iPhone todavía funciona y la aplicación del dictáfono que activó la chica sigue en marcha.
Rebobino la grabación y la reproduzco.
«¿Crees en Dios?».
Quienquiera que fuera ha estado aquí. No forma parte de un mito inventado. No es una ilusión. Toda la conversación está grabada.
«… y puedo asegurarte que sin duda es real».
Apago la grabación para no oír la verdadera voz de la chica pidiendo ayuda, algo mucho más aterrador que el tono vacío del Innominado.
La idea de borrar el archivo se me pasa por la cabeza. Quiero hacerlo más que ninguna otra cosa.
En vez de eso, le asigno el nombre de «Ann» y lo guardo.