El demonólogo
Capítulo 14
14
L a total ausencia de lugares emblemáticos o de interés convierte el viaje a Linton en algo parecido al infierno. No me refiero a algo como las abarrotadas cavernas en llamas de las pinturas de Giotto, sino a un lugar de tormento en el que el aburrimiento es el principal castigo.
Y, sin embargo, al girar hacia el sur y tomar la autopista 83 en dirección a Linton, tengo la creciente sensación de que he hecho bien en venir aquí. O, mejor dicho, de que he hecho mal en hacerlo.
Es una inquietud que el benigno paisaje de campos de cereales recién sembrados y las extensas granjas no pueden camuflar del todo. Una especie de sonido. Una nota de alta frecuencia que nunca llega a desaparecer por completo.
Al principio lo atribuyo al canto de las cigarras, pero cuando cierro todas las ventanillas sigue siendo audible. Pensaría que se trata de una especie de zumbido de oídos si no oyera algo en él. Palabras. Un indiscernible monólogo o lectura en un tono de voz fuera del alcance del oído humano. Un susurro dirigido al mundo. Y cuyo mensaje comienzo a entender a medida que me acerco a la granja de las hermanas Reyes.
Cuando llego a Linton, está todo recubierto por una grisácea luminosidad crepuscular. La escasa luz parece acentuar las banderas medio abandonadas que cuelgan de las fachadas de la mitad de los negocios y las enormes cintas de apoyo a las tropas que adornan troncos de olmos y escalinatas de porches. Es demasiado tarde para ir a la granja de las hermanas Reyes. Así pues, primero voy a un Hot Spot a buscar una pizza hawaiana para llevar. Luego consigo una habitación en el extremo más alejado del Don’s Motel y me doy una ducha de agua bien caliente. En cuanto termino, enciendo el televisor y me paso un rato zapeando entre noticias de hambrunas y concursos de talentos. Finalmente, me voy a la cama.
Nada más dormirme, me vuelvo a despertar. O, al menos, esa es la sensación que tengo a pesar de que el radiodespertador de la mesilla de noche indica que son las 3.12. La única luz es el pálido resplandor del aparcamiento que se filtra por debajo de las cortinas. Y no se oye ningún sonido. No hay, pues, ninguna razón para que me haya despertado.
En cuanto pienso eso, oigo el chirrido de un muelle metálico y el impacto de la piel sobre la goma. Es un sonido infantil. En un parque.
Se trata de alguien saltando en una cama elástica, una y otra vez. Lo hace sin entusiasmo. Sin risas ni gritos.
Me levanto y echo un vistazo por la ventana delantera, a pesar de que sé que desde ahí no veré nada. El sonido procede de la parte trasera del edificio del motel.
… Riiic-TIC. Riiic-TIC. Riiic-TIC…
El saltador sigue saltando. Desde el cuarto de baño se oye todavía más alto. La cama elástica parece encontrarse al otro lado de la ventana de ventilación abierta. Las cortinas de nailon se hinchan y se deshinchan repetidamente, como si los saltos fueran el sonido de la respiración de la noche, el herrumbroso soniquete de sus inspiraciones y espiraciones.
Descorro las cortinas y noto la brisa en mi rostro. El marco de la ventana es demasiado pequeño. Si quiero ver algo más que un trozo de césped y los pantanos que hay más allá, he de pegar la nariz a la mosquitera.
… Riiic-TIC. Riiic-TIC…
Miro a la derecha. Ahí no hay nada.
Me pego tanto a la mosquitera que esta se sale del marco. Saco la cabeza y apoyo el cuello en el alféizar.
… Riiic-TIC…
Miro a la derecha. Ahí está.
Veo a Tess. Tiene los brazos extrañamente rígidos y los pies descalzos tan planos como dos tablones de madera recortados. Flexiona las rodillas al caer sobre la cama elástica y esta vuelve a enviarla hacia arriba, siempre a la misma altura.
Se trata de su cuerpo, pero no parece tener el control del mismo. Sí el de su rostro, en cambio: es mi hija quien me mira confundida y aterrada, sin estar segura de por qué está aquí ni de cómo dejar de saltar. Me mira fijamente porque es lo único que conoce. Lo único que la mantiene ligada a este mundo.
Abre la boca pero no emite sonido alguno. Aun así, puedo oírlo.
«Papá…».
Intento salir por la ventana pero el espacio es demasiado pequeño para mis hombros. Decido entonces volver a meter la cabeza y corro hacia la puerta. Salgo del motel. Mis pies descalzos impactan con fuerza contra el asfalto del aparcamiento y, al doblar la esquina, se deslizan por la hierba cubierta de rocío.
No me detengo ni siquiera al ver que Tess no está ahí. Cuando llego a la cama elástica, extiendo las manos sobre su superficie en busca de algún rastro de ella.
Luego rodeo el edificio por si la veo. Llego al pantano y me meto hasta la cintura en un fango del que emana azufre.
Obviamente, no está aquí.
Obviamente, sigo buscando.
Me paso más o menos una hora recorriendo el perímetro del motel. No dejo de gritar su nombre cada pocos minutos, ni siquiera cuando un cliente del establecimiento abre la puerta para advertirme de que está dispuesto a hacerme callar a la fuerza si no lo hago yo de una vez. En un momento dado, se me hace un nudo en la garganta y los gritos de su nombre dan paso a las lágrimas. Soy un loco cubierto de barro que deambula por la noche, aullando a la media luna.
No fue lo que uno consideraría una buena noche.
Por la mañana, voy al pueblo a desayunar a un lugar llamado Harvest Restaurant & Grill. Aparco en la calle de enfrente. Cuando me dirijo a la puerta, se me acerca un chucho meneando la cola para que lo acaricie. Le deseo que pase una feliz mañana y responde lamiéndome la muñeca.
—Vigílame el coche, ¿de acuerdo? —le digo, y el perro se me queda mirando como si me entendiera. Se sienta en la acera y observa cómo me alejo con las orejas erguidas cual tipis en lo alto de su cabeza.
Una vez dentro, me siento a una mesa cercana a la cocina y de espaldas a la puerta. Esa es la razón por la que, un minuto después, no veo al hombre que se sienta delante de mí y arroja el The New York Times del día anterior sobre la mesa.
—He pensado que le apetecería tener noticias de casa —dice el Perseguidor.
Me vuelvo. Ninguno de los demás clientes parece encontrar nada raro en esa repentina aparición. ¿Por qué habría de parecérselo? Dos desconocidos que viajan y desayunan juntos. En cierto modo, esa afirmación es más o menos cierta.
—Me ha encontrado —indico.
—Nunca he llegado a perderlo.
—Y una mierda.
—Está bien. He tenido que hacer algunas llamadas para darle alcance.
—¿Llamadas a quién?
Se lleva el dedo índice a los labios.
—Secreto profesional.
La camarera se acerca a la mesa, nos sirve café a ambos y nos pregunta qué queremos. Yo señalo el plato especial número 4, la «comilona del granjero».
—Hagamos un brindis —dice el Perseguidor sin apartar sus ojos de mí al tiempo que le devuelve el menú a la camarera.
Se me ocurre que, ahora que ha vuelto a encontrarme, este hombre pretende matarme. No ahora, en esta cafetería. Pero sí en Linton. Es algo extraño pero, más que mi inminente muerte, es la idea de morir en Dakota del Norte lo que me sorprende. Siempre había supuesto que mi anodina vida terminaría en mi propia casa, sedado para no sentir dolor alguno, y recitando poemas en mi lecho de muerte. Recibir un disparo en Paletolandia pertenece a la historia de otro hombre. Aunque, claro, ahora mismo estoy viviendo la historia de otro hombre.
—Eh, Dave —dice—. Aquí, míreme.
¿Debería salir corriendo? ¿Ponerme en pie y salir pitando de aquí y confiar en llegar al Mustang antes de que el Perseguidor lo haga a su Crown Victoria?
Perdería. Puedo esquivar a este hombre durante algún tiempo —ya lo he hecho, pues, de lo contrario, no estaría aquí—, pero al final volverá a encontrarme. Y hará lo que tenga que hacer.
—No pienso dárselo.
—No pasa nada. Mi cliente me ha dado otras instrucciones.
A pesar de que no puedo dejar de mirar el póster de un cazador disparando a un pato que hay en la pared, justo encima del refrigerador de las tartas, vuelvo la mirada hacia el Perseguidor. Compruebo entonces que su expresión es casi amigable.
—¿Y eso?
—Se ha vuelto usted interesante —responde.
—Debería verme después de un par de copas.
—A mi cliente le gustaría saber adónde se dirige.
—A ningún sitio en particular.
El Perseguidor le da un sorbo a su café. Se diría que el sabor le recuerda a la úlcera, pues deja la taza en el platillo de golpe, como si hubiera visto una araña dentro.
—Sus instrucciones —añado—. Ha dicho que han cambiado.
—Temporalmente. Por supuesto, nuestro principal interés sigue siendo obtener el documento.
—Que todavía no había mencionado.
—Sabemos que no lo lleva encima. También que sabe dónde se encuentra, y que al final me lo revelará. Ese momento, sin embargo, ha sido pospuesto temporalmente.
—¿De cuánto tiempo dispongo?
—Diría que no mucho.
—Su cliente es impaciente.
—Eso es algo que tenemos en común.
Llega la «comilona del granjero», un nido de huevos revueltos con varios tipos de carnes típicas de desayuno: salchichas envueltas en beicon sobre un lecho de jamón. El Perseguidor se lo queda mirando con indisimulada envidia.
—¿Quiere un poco? —le ofrezco.
—Eso es una bomba para las arterias.
—Todos vamos a morir algún día.
—Sí, pero ¿adónde irá al día siguiente, profesor?
Le da un mordisco a su tostada y una lluvia de migas cae sobre la fórmica.
—¿Por qué se ha sentado aquí conmigo? —digo—. Si solo me está siguiendo, limítese a hacerlo.
—Me he sentado con usted para hacer hincapié en la gravedad de la situación. No estoy seguro de que lo haya entendido todavía.
—Lo he hecho.
—¿De verdad? Entonces dígame: ¿qué está buscando aquí?
—No es cosa suya.
—Es personal. Ya lo entiendo. Mi cliente ha visto a gente en situaciones parecidas. Gente que se encuentra ante una puerta abierta. Una puerta que usted debería cerrar. O de la que debería huir. La mayoría de la gente lo hace. A veces, sin embargo, algunos creen que pueden cruzarla, echar un vistazo y comprar un souvenir en la tienda de regalos que hay a la salida. Las cosas nunca salen bien.
—Un momento —digo al tiempo que sopeso si desde donde estoy sentado podría alcanzar el cuello de su camisa—. ¿Usted sabe quién la retiene?
—¿Lo ve? A eso me refiero. Va usted detrás de algo que debería dejar en paz.
—¿Ese es el consejo de su cliente?
—No, ese es mío. A mi cliente solo le interesa tener lo que usted tiene y, si es posible, saber lo que usted sabe.
—Entonces, esa preocupación que dice usted sentir por mí, ¿es cosa únicamente suya?
—Estoy dispuesto a hacer lo que me paguen por hacer, profesor. Lo que haga maldita falta. Pero, como ya le dije, en el fondo no soy más que un monaguillo de Astoria.
Coge otra tostada, pero esta vez no parece tener ganas de comérsela.
—Intentémoslo de nuevo, David —dice—. ¿Qué lo trae a Linton?
—La temporada de caza.
—Está usted buscando a su hija Tess.
—¿Sabe dónde está?
—Ni lo sé, ni quiero saberlo, la verdad.
—Entonces ¿qué sabe?
—Que ya no está entre nosotros. Que usted piensa que puede arreglar eso. No es algo inaudito, desde el punto de vista de mi cliente. Aunque lo cierto es que a usted se lo considera un caso ligeramente especial.
—Por el documento.
—Porque aquello que usted cree que retiene a su hija ahora está interesado en usted. Esa es, para empezar, la razón por la que tiene usted el documento.
—¿Me está diciendo que estaba predestinado a tenerlo?
—¿Acaso creía que se debía únicamente a lo listo que es usted?
La camarera se acerca para rellenar nuestras tazas. Tarda unos segundos más de los que debería. Echa un buen vistazo. No al mercenario que hay al otro lado de la mesa, sino a mí. De repente, he comenzado a sudar y me tiemblan las manos.
—Usted y yo tenemos distintos objetivos —continúa diciendo el Perseguidor en cuanto la camarera se va—. Aun así, si lo consideramos con atención, y no tenemos en cuenta algunos de los medios, lo cierto es que ambos buscamos el mismo fin, David.
—Pero usted no puede devolverme a mi hija.
—Y ¿cree que él sí?
—¿Él?
—Él. Ella. Ello. Ellos. Siempre he pensado en el diablo en términos masculinos. ¿Usted no?
—¿Qué tiene que ver el diablo con todo esto?
—Todo. Él es la razón por la que está usted atravesando el país. Y la razón por la que se aferra a lo que yo quiero. Y también la razón por la que Tess ya no está con usted.
De repente siento un mareo tan fuerte que he de agarrarme al borde de la mesa para no caerme de la silla. Estoy diciendo demasiadas cosas. Y escuchando demasiadas cosas. Al Innominado no le gusta.
—Él…
—Diga, profesor.
—Tiene a mi hija.
—Quizá —se encoge de hombros—. Si es así, nunca la recuperará.
—Necesito hablar con él.
—Es un mentiroso, David. El diablo miente. Quiere algo de usted. Y, ahora mismo, sea lo que sea que esté usted haciendo, está a punto de dárselo.
—Usted también quiere algo de mí.
—Sí, pero yo quizá pueda ayudarlo.
—¿Puede devolverme a mi hija?
—No.
—Entonces no puede ayudarme.
Me levanto de la mesa y me voy. A medida que me alejo del Perseguidor, voy recuperando el equilibrio. ¿Qué va a hacer? ¿Detenerme en medio de la cafetería en plena hora punta matutina?
Eso es exactamente lo que hace.
En cuanto abro la puerta, me agarra del hombro y me obliga a volverme. Sus labios están tan cerca que casi me rozan la oreja.
—Esta mañana me he comportado como un caballero —dice clavándome con fuerza los dedos en el músculo del hombro—, pero cuando llegue el momento no vacilaré. ¿Me ha entendido?
Me suelta un instante antes de que yo deje escapar un grito de dolor y me empuja a un lado para salir primero.
Debo de haber recorrido el trayecto hasta el Mustang con la cabeza gacha, porque no reparo en el perro hasta que ya estoy abriendo la puerta del conductor. Está tumbado en el capó. Un espeso charco de sangre se extiende lentamente en dirección a los faros. Tiene los ojos abiertos, todavía en alerta.
«Haré lo que haga maldita falta».
Tras rodear su cuerpo entre mis brazos, levantarlo y dejarlo con cuidado en la calle, me quedo completamente empapado en sangre. Está tan caliente como el agua de la ducha sobre mis mejillas y mi cuello.
Considero la posibilidad de meterlo en el maletero y dirigirme a una ferretería para comprar una pala y cavar un agujero en algún lugar para enterrarlo, pero al final lo dejo donde está. Acurrucado contra el bordillo, mirando inexpresivamente el sol de la llanura.
«¿De cuánto tiempo dispongo?».
«Diría que no mucho».
Me deslizo tras el volante y levanto la mirada hacia el sol. Arde.
Una vez de vuelta en el motel, me siento en el borde de la cama y me pregunto qué diantre estoy haciendo aquí. Esto no es del todo exacto: sé perfectamente qué estoy haciendo, pero no cómo debo hacerlo. En la improbable posibilidad de que esté haciendo bien al seguir a un auténtico demonio por varios estados, ¿cómo se supone que debo enfrentarme a él? No tengo agua bendita ni crucifijos. Tampoco puñales de oro con el sello de garantía de Roma. No soy más que un profesor con el carné del gimnasio caducado, no el arcángel Miguel vociferando desde las alturas.
Y, sin embargo, el Perseguidor tiene razón. El demonio que busco parece estar interesado en mí. Se ha molestado en adoptar formas humanas para acercarse a mí; la última vez, se transformó en la chica que me acarició la entrepierna en el coche. En el poema de Milton se advierte acerca de esto: «Pues los espíritus a su placer pueden cambiar de sexo, o asumir ambos».
¿Y cuál era el mensaje de Raggedy Ann? Que todavía he de creer más. No solo con la cabeza, sino con el cuerpo.
«Y la Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros…».
La palabra de los evangelios cuenta la historia de Dios y de su Hijo. Pero también es una historia de tentaciones, pecados, obstrucciones, demonios… ¿Y si todo eso no fueran solo alegorías sino una historia literal, el relato de unos actores ejecutando unas acciones verificables que tuvieron lugar hace mucho tiempo y cuyo alcance llega al presente? Desde luego, ahora, después de lo que he visto, me veo obligado a aceptar que es posible y pensar que todas las palabras e historias que he estudiado son materiales y se encuentran en el mundo. No serían, pues, meras historias.
«Ahora has de creer con esto otro».
Destino. El factor que determina dónde termina un personaje en las obras sobre las que doy clase y que uno no creía que pudiera afectar al hombre moderno. Ahora bien, ¿y si la presunción moderna fuera errónea? ¿Y si buscar este demonio hubiera sido mi destino desde que las becas me sacaron de mi mundo de paredes turquesas y me ofrecieron la posibilidad de emprender una carrera como intelectual?
Es cierto que, cuando llegué a la universidad, lo que me sorprendió no fueron los círculos adinerados ni las hermosas debutantes, sino la abundancia de posibilidades. Mi devoción era la literatura, de eso no tenía duda alguna. Ahora bien, ¿por cuál de sus muchos túneles descendería? Tuve breves escarceos con Dickens, James o los románticos. Finalmente, para mi atea sorpresa, la Biblia ocupó un lugar inamovible en mi mesa de estudio. Y, poco después, lo hizo Milton. A pesar de que su verso blanco parecía defender lo indefendible, al leerlo por primera vez su poema me hizo llorar. Me reconocí en ese villano que intenta dejar atrás su pasado y busca una salida de la oscuridad y el sufrimiento mediante su intelecto y la palabra.
«¿Qué importa que el combate se perdiera? No todo se ha perdido».
Recuerdo mis noches de estudiante en la biblioteca Uris de Cornell, leyendo esos mismos versos y decidiendo: «Es esto». Un llamamiento dirigido directamente a mí realizado por alguien que, como yo, iba por libre y no buscaba el triunfo a través del optimismo, sino de la negación. Decidí entonces que dedicaría mi vida a comprender las razones de ese personaje, Satán, y con ello las mías propias, pues también yo había caído en desgracia y estaba solo.
Aunque nunca se lo dije a nadie, a veces veía a alguien más conmigo en la biblioteca. Una presencia que parecía animarme a profundizar más en la línea de estudio elegida. Al menos, así es cómo interpreté las visiones de mi hermano ahogado. Lawrence. Lo veía sentado al final de la mesa, balanceando las piernas y goteando agua, o desapareciendo detrás de la esquina de una estantería y dejando tras de sí un rastro de agua de río verdosa. Sin embargo, lo que tomé como un estímulo puede que en realidad fuera una advertencia. Quizá Lawrence se me aparecía para demostrarme que las personas fallecidas —tanto las que conocimos en vida como las imaginadas en los libros— no están nunca tan muertas como nosotros querríamos creer.
Ahora bien, si este viaje que he emprendido es mi destino, ¿cuál es mi papel en él? Siempre me he sentido ajeno al devenir de las cosas, poco más que un inofensivo experto en historia cultural, un intérprete de un lenguaje desconocido. Puede que la Mujer Delgada se acercara más de lo que creía al describir mi auténtica vocación. «Demonólogo», dijo. Recuperar a Tess requerirá que aplique los estudios de mi vida de un modo práctico que nunca antes había considerado. He de comenzar a tomar en serio la mitología del mal.
El primer paso consiste en determinar qué versión de la demonología estamos tratando. ¿Nuevo o Antiguo Testamento? ¿Los shedim judíos o los demonios platónicos (espíritus intermediarios, ni dioses ni mortales, sino algo intermedio)? Platón, ahora que lo pienso, definió daimon como «conocimiento». El poder demoníaco no procede del mal, sino de saber cosas.
En el Antiguo Testamento, los satanes (pues sus apariciones casi siempre están pluralizadas) deambulan por la tierra poniendo a prueba la fe del hombre en su capacidad de devoto sirviente de Dios. Incluso en el Nuevo Testamento, el mismo Satán es una de las creaciones de Dios, un ángel descarriado. ¿Cómo? Por el abuso del conocimiento. No es la oscuridad la materia de la que está hecho el anticristo, sino la inteligencia. La clarividencia.
Como, por ejemplo, conocer los índices de las bolsas mundiales con una semana de antelación.
Está claro que, con ello, mi demonio quería hacer alarde de su poder. Demostrar su intelecto, así como su capacidad de poseer, de robar.
Ello.
Él. Ella.
El Innominado.
En todos nuestros encuentros (de la Mujer Delgada a Raggedy Ann), la presencia se ha negado a proporcionar un nombre. Es otra forma de burlarse de mí. Pero también una de sus vulnerabilidades. Según el rito oficial del exorcismo de la Iglesia católica, utilizar el nombre del demonio en su contra es un modo de negar su autoridad.
He de encontrar alguna forma de averiguar la identidad del demonio. Cuando lo haga, puede que descubra qué es lo que quiere. Y, con ello, que encuentre a Tess.
Si afronto la cuestión considerando todas las posibilidades y teniendo en cuenta las figuras demoníacas de todas las creencias y tradiciones folclóricas, me será imposible señalar un sospechoso. Mi demonio me ha elegido a mí. A un «miltonista». Sus continuas citas de El Paraíso perdido no pueden ser accidentales. Es la versión del universo demoníaco a través de la cual quiere ser observado.
Lo cual nos conduce al pandemonio. Las cámaras del consejo en las que, según Milton, Satán reúne a sus discípulos para debatir el mejor modo de debilitar la ley de Dios.
Moloc.
Chamós.
Baal.
Astarot.
Tamuz.
Astoret.
Dagón.
Rimmón.
Osiris.
Isis.
Horus.
Belial.
Mi Innominado se encuentra entre estos. Y solo tengo tres días para averiguar cuál de ellos es.
Si hemos de creer a la voz que habló a través de Marco Ianno, podemos eliminar a Satán de la lista. Y el hecho de que organizara una introducción, una especie de fanfarria previa a su aparición, dice algo de su carácter. Es orgulloso. Arrogante. Teatral. Las citas de Milton proporcionan algo más que pistas. Demuestran que la presencia también se considera a sí misma erudita. Una afinidad conmigo, pero también una rivalidad.
Tendré que descubrir el nombre del Innominado interpretando su personalidad. Milton otorgó unas características determinadas a los miembros del consejo estigio; un modo de distinguirlos y, en cierto modo, de «humanizarlos».
Eso es lo que haré, pues. Trazar el perfil de este demonio.