El demonólogo

Andrew Pyper · Capítulo 21 de 26

Páginas del PDF

El demonólogo

Capítulo 19

19

 

N os turnamos al volante durante toda la noche. Uno duerme, el otro conduce. Luego aparcamos y cambiamos de asiento. No hablamos. Al menos no al principio. El aire cálido del golfo azota las ventanillas. Los neumáticos canturrean en busca de una melodía olvidada.

—Ese era el tipo que te perseguía, ¿no? —pregunta O’Brien finalmente.

—Sí.

—Te habría matado.

—Y a ti también en cuanto hubiera terminado conmigo.

—¿Podemos considerarlo autodefensa, señoría?

—No necesitamos celebrar ningún juicio.

—Vamos, sígueme la corriente.

—Está bien. La causa queda sobreseída.

—Solo prométeme una cosa.

—Lo que sea.

—No me preguntes qué se siente al hacerlo.

—De acuerdo.

Pero luego, en cuanto termina la petición de Hotel California que ha realizado un oyente de la AM, O’Brien coloca una mano sobre la mía y dice:

—Lo terrible es lo fácil que resulta. Si te das a ti misma una razón, matar resulta condenadamente fácil.

Se ríe nerviosamente mientras suena Bad Moon Rising. Luego llora durante la mitad de Stairway To Heaven.

No volvemos a hablar sobre ello, lo que significa que hemos asumido la necesidad de nuestros actos y nos hemos perdonado a nosotros mismos. O eso, o que el demonio que buscamos ya forma una parte mayor de nosotros de lo que nos gustaría creer.

Al amanecer, ya hemos alcanzado Florida y desayunamos en un Waffle House que hay justo a las afueras de Tallahassee. Mientras me como mi torrija glaseada, O’Brien busca en mi iPhone alguna razón por la que Jupiter pueda ser nuestro destino.

—¿Qué estamos buscando exactamente? —pregunta, y hace una mueca al dar un trago a su amargo café—. ¿Rituales de sectas? ¿Bebés que han nacido con garras?

—Nada tan obvio. Solo una noticia que no tenga mucho sentido.

—Parece que hay cada vez más. Siempre había creído que se debía a la progresiva banalización de internet.

—Puede. O quizá efectivamente hay cada vez más.

O’Brien lee en voz alta algunas noticias sobre sucesos que han tenido lugar recientemente en la costa este de la zona central de Florida, una gran cantidad de las cuales resultan ser tan extrañas como entretenidas: una gata que consiguió regresar a su casa tras ser abandonada en el arcén de la carretera a quince kilómetros («Sin duda, ahora nos la quedaremos», prometió el dueño). Un hombre que ganó dos loterías multimillonarias en semanas consecutivas («¿Lo primero que haré? ¡Pagar mi maldito camión!»). Un tiburón que le arrancó el pie a un turista australiano («Supe que algo no iba bien cuando subí al barco y la gente comenzó a gritar»). Pero nada que parezca tener el sello del Innominado.

—Tendremos que investigar cuando lleguemos —digo. Pero O’Brien no me escucha. Está absorta con lo que sea que esté leyendo en la pantalla del móvil—. ¿Has encontrado algo?

Ella termina de leer la noticia mientras yo le indico a la camarera que nos traiga más café.

—Sucedió hace solo dos días.

—Cuando yo estaba en Wichita —digo—. El día que obtuve la pista de «¡Cuánto odio, oh sol, tus rayos…!».

—Lo que significa que estaba sucediendo al mismo tiempo que tú recibías la señal. Hay una relación de simultaneidad.

—¿Me vas a hacer un resumen o voy a tener que leerlo yo mismo?

O’Brien coge su vaso de zumo de naranja, pero, al ver la pulpa que flota en la superficie, en vez de llevárselo a los labios vuelve a dejarlo sobre la mesa.

—A decir de todos, eran unos buenos chicos —comienza—. Lo que hace que todavía resulte más inverosímil. Y peor.

Una escuela de primaria del extremo occidental de Jupiter conocida por su implicación en la comunidad, sus notas altamente estandarizadas, así como su estrecho vínculo con grupos eclesiásticos locales. Niños que en su mayoría se conocen desde preescolar. Chicos y chicas de clase media-alta procedentes de, en palabras de O’Brien, «el corazón de la Norteamérica amada por Dios».

Tercero de primaria. Unos niños de ocho años juegan en el parque infantil que hay detrás de la escuela antes de ir a cenar y después de que los profesores se hayan ido a casa y los chicos mayores a dondequiera que pasen las horas vespertinas. En principio, la tarde no parece deparar nada destacable. Sin embargo, en algún momento entre las 15.40 y las 16.10, hora en la que el primer adulto llegó a la escena, siete de los niños atacaron a uno de sus compañeros de juegos. Un chico cuyo nombre no ha sido revelado por la policía. Alguien a quien tanto los padres como los profesores, así como los mismos atacantes, aseguraron tener en estima. Un niño sin ninguna singularidad racial, religiosa o demográfica, y que había crecido en Jupiter como todos los demás. Aun así, está en coma a causa de los golpes con rocas y ramas de sicomoro, amén de puñetazos y patadas, que le propinaron sus compañeros.

Animales. Esa palabra suele aparecer a menudo en las noticias. «Actuaron como animales», dice un vecino o un concejal del pueblo. Pero tal y como corrigió la madre de uno de los acusados, «los animales no hacen algo así sin razón».

Los investigadores han considerado distintas posibilidades (uso de drogas, acoso escolar, bandas), pero se han visto obligados a concluir que la violencia no estuvo provocada. Un chalado local ha planteado la posibilidad de que se trate de un envenenamiento de algún tipo, una especie de nube de gas que hubiera provocado en los niños un ataque de locura temporal, pero como es natural no hay prueba alguna que corrobore dicha afirmación. La psicóloga de la escuela confiesa que el acontecimiento escapa a su capacidad profesional, una observación con la que O’Brien está de acuerdo.

—Un niño de ocho años no le hace eso a otro compañero —dice, y se obliga a dar un trago del zumo para la tos que le sobreviene.

—Y ¿qué me dices de aquellos dos chicos ingleses, los que asesinaron al niño pequeño que se encontraron en un centro comercial?

—Se trataba de una dinámica entre esos dos niños. Y su víctima fue un desconocido, alguien al que consideraron poco más que el sujeto de un experimento. Aquí estamos hablando de siete niños, tres chicos y cuatro chicas. Todos involucrados. Y la víctima era amiga suya.

—¿Qué dicen los niños al respecto?

—Nadie recuerda mucho, salvo el hecho de hacerlo. En cuanto a la razón, todos dicen lo mismo.

—¿Qué?

—«Toby me dijo que lo hiciera».

La estancia en la que nos encontramos comienza a dar vueltas. Un carrusel de plásticos de color naranja y amarillo.

Toby. El mismo que vino del Otro Lugar para visitar a Tess. El mismo que tiene un mensaje para mí.

«Un chico que ya no es un chico».

—¿Quién es Toby? —consigo decir después de hacer ver que toso para expulsar algo que se me ha quedado en la garganta.

—Buena pregunta. Nadie lo sabe.

—¿Qué saben sobre él?

—Todos los niños dicen que es alguien nuevo que no va a la escuela pero que apareció esa tarde y habló con ellos. Diez minutos después, los había convencido a todos para que le dieran una paliza a su amigo.

—¿La policía lo está buscando?

—Por supuesto. Pero no tienen ninguna pista. ¿Crees que lo encontrarán?

—No.

—Porque…

—Porque no existe ningún Toby. O, mejor dicho, ya no existe.

O’Brien y yo nos quedamos mirando un momento. Entre ambos se da entonces un silencioso entendimiento. Si antes era solo uno de los dos quien estaba loco, ahora ya lo somos los dos.

—¿Dieron los niños alguna descripción de Toby? —pregunto al tiempo que dejo en la mesa dinero en efectivo para pagar la cuenta.

—He ahí otra cosa extraña. Ninguno de ellos fue capaz de ofrecer ningún detalle físico suficientemente preciso, de modo que el dibujante de la policía no ha podido realizar un retrato robot. En lo que sí coincidieron todos fue en su voz. Todos declararon que Toby era un niño, pero utilizaba palabras de adulto. Sonaba como un adulto.

—El tipo de voz a la que no se le puede decir que no —asiento—. Sí, me suena.

Conducimos por la carretera I-10 en dirección a Jacksonville. Cuatro carriles que se extienden sobre una pila de gravilla que impide que nos hundamos en el pantano o nos perdamos en el enmarañado bosque que hay a cada lado. Luego vamos hacia el sur por la I-95 y pasamos por delante de incontables salidas a centros turísticos, «oportunidades» residenciales y restaurantes de bufé. El océano Atlántico está a pocos kilómetros al este.

Y todavía no sé qué se supone que debo hacer. Ni dónde encontraré al Innominado.

Esa es la razón por la que, salvo para poner gasolina o ir al baño, no nos detenemos hasta llegar a Jupiter. Una vez ahí, atravesamos la ciudad hasta que llegamos al océano, una muy publicitada pero largamente cuestionada playa de olas marrones. Aparcamos y, sin decir nada, O’Brien sale del Mustang, se quita los zapatos junto al coche y comienza a caminar hacia el agua con un paso algo rígido mientras yo la contemplo sentado en el capó. El aire posee una salobre fragancia a agua salada y algas y —ya sea dentro del automóvil o fuera— un lejano pero constante olorcillo a comida frita.

O’Brien se mete en el agua sin quitarse la ropa ni remangarse los pantalones. Lo hace como si no tuviera la intención de volver a salir. Se me ocurre que debería ir con ella por si tuviera algún problema, la arrastrase la resaca o simplemente resbalara y se cayera, pero entonces se detiene. Permanece con el agua a la altura del pecho. Cada nueva ola la levanta y luego vuelve a depositarla en la arena mientras a su alrededor borbotea la espuma.

Tarda un rato en regresar al coche. La ropa, empapada, se le pega al cuerpo dejando a la vista su delgadez. Parece alguien que acaba de llegar nadando a la orilla tras pasar varios días aferrado a los restos de un naufragio.

—Es la última vez que disfrutaré del mar —dice cuando se sienta a mi lado.

—No digas eso.

—No estoy siendo dramática. Me he limitado a escuchar el agua, y eso es lo que me ha dicho. Ha resultado reconfortante, la verdad. Como si fuéramos dos viejos amigos despidiéndose.

Quiero negar que eso es lo que le está pasando mientras permanecemos bajo el sol después de un largo trayecto en coche. Negar que incluso ahora, en este preciso instante de placer casi olvidado, se está muriendo. Pero tiene razón, y ahora no es el momento para consuelos vacuos. Cuando me dispongo a rodear el vehículo para ir al maletero a coger la toalla que nos llevamos del motel tras la apresurada e incompleta limpieza de anoche, O’Brien me agarra de la muñeca.

—Es posible que fracasemos. Lo sabes, ¿verdad?

—Soy plenamente consciente de ello.

—Lo que estoy diciendo es que esto a lo que nos enfrentamos es más fuerte que nosotros, David. Es anterior al tiempo y prácticamente omnisciente. Nosotros, en cambio, ¿qué somos?

—Un par de ratones de biblioteca.

—Fácilmente aplastables.

—¿Eso pretende ser un discurso de motivación? Porque, si lo es, no está funcionando.

En vez de reír, O’Brien me aprieta la muñeca todavía más fuerte.

—Yo también he estado oyendo una voz —dice—. Comenzó después de que regresaste de Venecia, pero en estos últimos días que he pasado en la carretera contigo, e incluso en las últimas veinticuatro horas, se ha vuelto más clara.

—¿Es el Inn…?

—No, el Innominado no. Es algo bueno, a pesar de todo. Y, aunque lo llamo voz, en realidad no habla. Más bien me ilumina. Sé que suena ridículo, pero no sé describirlo de otro modo.

—Y ¿qué te dice?

—Que es posible soportar cualquier cosa siempre que no se esté solo.

Me besa en la mejilla y luego limpia el rastro de agua que me deja en la piel.

—El diablo, o al menos este con el que estamos lidiando, no comprende lo que sientes por Tess —afirma O’Brien en un tono de voz tan bajo que casi parece un susurro—. Cree que comprende el amor. Ha leído todos los versos de todos los poetas, pero lo suyo es mera imitación. Esa es nuestra ventaja (si bien muy pequeña).

—¿Eso es lo que la voz que oyes te ha dicho?

—Más o menos.

—No mencionaría por casualidad cómo podríamos usar esa pequeña ventaja de la que disponemos, ¿verdad?

—No —dice O’Brien al tiempo que baja del capó del coche y comienza a tiritar a pesar del intenso calor—. Sobre eso de momento no ha dicho ni mu.

La escuela primaria de Jupiter es un edificio bajo de ladrillo amarillo con la bandera de las barras y las estrellas colgada del asta que hay en la zona de recogida (TIEMPO MÁX MIN E AVISA GRÚA . 5 . S). La imagen misma de la normalidad norteamericana. También, cada vez más, el telón de fondo de los relatos de horror de los reporteros televisivos. El tipo solitario con la bolsa de lona. La nota de despedida de la víctima de acoso. El secuestro en el camino de regreso a casa.

Hay un par de furgonetas de telediarios locales aparcadas en la calle, pero a primera vista no se ve ninguna cámara. Nos detenemos junto al bordillo y, de repente, suena el timbre de la escuela. Al mismo tiempo, las puertas se abren y empiezan a salir los niños, exhaustos tras un día repleto de terapeutas y sombrías asambleas en el gimnasio. En ese momento, aparecen de la nada los equipos de televisión, pasan junto a los padres que esperan ansiosamente a sus hijos y les plantan a los niños un micrófono en la cara.

«¿Cuál era el ambiente hoy en la escuela?».

«¿Cómo llevas lo que ha sucedido?».

«¿Conoces a los niños que han hecho esto?».

Y las respuestas de los pequeños, en parte afligidas, pero también sobreactuadas.

«Es como una película».

«Hay mucha gente que está sufriendo de verdad».

«Eran unos niños normales».

Al cruzar la calle y unirnos a la muchedumbre, me acerco a una niña que parece tener unos ocho o nueve años. Me inclino adoptando una postura de receptor de béisbol o de policía comprensivo. Con ello pretendo señalar que soy un adulto amigable. Y ella viene directamente hacia mí como si le hubiera enseñado una placa.

—Soy el agente Ullman —digo—. Solo quería hacerte una o dos preguntas.

Ella se vuelve hacia O’Brien, que le sonríe.

—No pasa nada —le dice ella.

—¿Conoces a los niños que han pegado a su compañero de clase?

—Sí.

—¿Podrías recordarme el nombre del niño herido?

—¿Recordarte el nombre?

—Sí —digo al tiempo que doy unas palmaditas en los bolsillos como si hiciera ver que he perdido el bloc de notas—. Mi memoria ya no es lo que era.

—Kevin.

—¿Kevin qué más, pequeña?

—Lilley.

—¡Eso es! Y ¿recuerdas si esos niños que le hicieron daño a Kevin mencionaron alguna vez a otro niño llamado Toby?

La chiquilla entrelaza las manos y las levanta por encima de la cintura. Es un gesto de vergüenza.

—Todo el mundo conoce a Toby —dice.

—¿Cómo es?

—Como nosotros. Pero distinto.

—¿En qué sentido?

—No pertenece a nadie. No va a la escuela. Hace lo que quiere.

—¿Algo más?

Lo sopesa por un momento.

—Huele un poco raro.

—¿Ah, sí? ¿A qué?

—Como a tierra.

Los agujeros de su nariz se dilatan al recordar el olor.

—¿Alguna vez te ha dicho algo? —pregunto.

—Sí.

—¿Cosas malas?

Ella entorna los ojos.

—No. Pero me hacían sentir mal.

—¿Recuerdas alguna de las cosas que te ha dicho?

—La verdad es que no —responde con los brazos rígidos por el esfuerzo de intentar rememorar alguna palabra específica—. Era como si no hablara. O como si lo hiciera yo conmigo misma.

La niña vuelve a levantar la mirada hacia O’Brien y rompe a llorar.

—Ya está. Ya ha pasado —digo al tiempo que extiendo la mano hacia la chiquilla para consolarla—. No te…

—¡No la toque!

Me vuelvo y veo a un hombre que atraviesa el césped de la escuela. Es un tipo enorme y cabreado que va ataviado con una camiseta de la talla XXXL de los Miami Dolphins. La tela de color turquesa resplandece con el balanceo de sus brazos.

—No hace falta que… —comienza a decir O’Brien, pero deja la frase inacabada. ¿Cómo podría terminarla? «¿No hace falta que le parta la cara a mi amigo?».

La niña corre hacia su padre, que se cierne sobre mí al llegar a mi lado. Los demás padres se han vuelto hacia nosotros. Algunos incluso se han acercado un poco para ver mejor.

—¿Quiénes sois? —me pregunta.

—Periodistas.

—¿Para quién trabajáis?

—El Herald —dice O’Brien.

El padre se gira hacia ella y luego vuelve a mirarme a mí.

—Ya he hablado con el tipo del Herald —dice—, lo que significa que sois un par de mentirosos de mierda.

No se lo discutimos. O’Brien no está en condiciones de evitar lo que está a punto de suceder, y a mí no se me ocurre cómo puedo colocarme rápidamente fuera del alcance de sus brazos y sus piernas para evitar los golpes. Los tres nos quedamos un momento callados en una mutua aceptación de lo inevitable.

Y es entonces cuando me doy cuenta de que me he equivocado en lo que respecta al enfado del tipo. Este no se debe a que estuviéramos hablando con su hija. De hecho, ni siquiera está enfadado. En realidad, está asustado por lo que su hija le ha contado sobre Toby, el niño que no existe. El niño que les ha dicho a ella y a sus compañeros de clase que pensaran lo más terrible que se les ocurriera y luego lo hicieran realidad.

—Mi hija ha desaparecido —le digo al hombre en un tono de voz lo suficientemente bajo para que solo él y su hija puedan oírme. El tipo se queda todavía más quieto de lo que estaba—. Estoy buscando a mi pequeña.

Algo en su rostro evidencia que no solo me cree, sino que intuye que mi búsqueda tiene algo que ver con Toby, la paliza de los niños en el parque y todas esas cosas que no alcanza a comprender y que han hecho pedazos su —hasta entonces— más que aceptable mundo floridiano. Lo intuye sin llegar a entenderlo del todo. Por eso se abraza todavía más fuerte a su hija y se marcha.

Eso me permite regresar al Mustang. O’Brien me sigue a escasa distancia. Los rostros de los padres, los niños y los repeinados periodistas contemplan nuestra retirada con la gratitud de quienes saben que, por mal que estén las cosas para ellos, para nosotros todavía están peor.

Puede que se deba a que O’Brien tiene peor aspecto que la mayoría de los pacientes, pero resulta increíblemente fácil acceder a la sala de enfermería del centro médico de Jupiter, asegurar que somos parientes de Kevin Lilley, preguntar por él — supuestamente confidencial— número de su habitación y obtener las indicaciones necesarias para llegar a la cama del paciente de la unidad de cuidados intensivos más famoso de Florida.

Se encuentra en la tercera planta. Una vez en el ascensor, ambos nos preguntamos qué diantre podemos esperar descubrir de un niño en coma.

—Una señal, quizá —sugiere O’Brien.

—¿Como un 666 o un pentagrama?

—No sé, David. Eres tú quien nos ha traído aquí. ¿Qué estás buscando?

«Otra señal. La última».

—Lo sabré cuando lo vea —digo.

Seguimos de suerte: cuando llegamos a la habitación de Kevin, no hay rastro alguno de padres compungidos ni visitantes revoloteando alrededor. La enfermera que está cambiando la vía intravenosa del niño nos dice que acaban de irse a casa hace solo un instante.

—¿No van con ellos? —nos pregunta.

—Venimos de Lauderdale —explica O’Brien, como si eso contestara todo lo que alguien pudiera querer saber sobre nosotros.

Un momento después nos quedamos a solas con Kevin, rodeados de máquinas que pitan y resoplan. El niño está tan abotagado y pálido que parece estar mudando de piel. Es como si estuviera a punto de quedar a la vista el nuevo niño que hay debajo. Su cabeza es lo más preocupante. Una gran cantidad de gasas le envuelven el cráneo y protegen su cerebro en los puntos en los que el hueso está fracturado. Lo más difícil de mirar, sin embargo, son sus párpados. Gruesos y relucientes como el linóleo.

—¿Kevin?

O’Brien me sorprende dirigiéndose al niño en primer lugar. Durante el trayecto hasta el hospital no ha dejado de decir que le parecía poco útil venir aquí, y puede que tenga razón. Sin embargo, la compasión que siente por el pequeño hace que intente ponerse en contacto con él, por más que este esté en un lugar tan lejano y desconocido como aquel en el que se encuentra Tess.

Las máquinas emiten un pitido. Kevin respira y los tubos que le han colocado en los agujeros de la nariz sorben como pajas en un vaso vacío. Pero no oye nada.

—¿Por qué? —susurra O’Brien al tiempo que le acaricia las mejillas.

«Para demostrar que están entre nosotros. Que siempre han estado entre nosotros».

—No lo sé —contesto.

—¿Nos ha traído para que veamos esto?

«La corrupción del hombre. Su mayor logro. Una obra maestra en marcha».

—No lo sé —vuelvo a decir.

O’Brien se acerca a la ventana. Las nubes vespertinas se acumulan en el horizonte cual pensamientos confusos. En unas pocas horas, el hospital pasará a estar supervisado por el escaso personal del turno de noche. Y Kevin seguirá aquí, a solas con las tarjetas de familiares que le desean una pronta recuperación amontonándose sobre la mesilla de noche y un ramo de flácidos globos en el alféizar de la ventana.

—No me conoces —digo situándome a un lado de la cama—, pero yo también he hablado con Toby.

Una parte de mí —la estúpida, cada vez más entregada a un infantil pensamiento mágico— espera que eso provoque una señal del niño, no en vano yo soy el centro de esta misión a la que me ha enviado el Innominado. Soy la llave de todas las cerraduras. La verdad, sin embargo, es que todo el mundo ha perdido alguna vez a alguien sin el cual cree que ya no podrá vivir. Todos creemos en algún momento que nuestros ruegos al cielo, nuestros oscuros mantras, provocarán un milagro.

—¿Kevin? Soy el hombre del que Toby te ha hablado —digo inclinándome para estar más cerca de su oído. Su piel huele a desinfectante—. Tengo una hija pequeña, no mucho mayor que tú. A ella también le ha pasado algo malo. Por eso he venido desde muy lejos para verte.

Nada. Quizá menos que nada. Ahora que estoy tan cerca, su respiración suena poco profunda. Su conexión a la vida es menor todavía de lo que me había parecido en un principio.

Entonces lo toco.

Coloco mi mano encima de la suya y se la levanto un centímetro. La sostengo sin apretar. Ayudo a su antebrazo a realizar un sencillo movimiento que difícilmente volverá a hacer por sí mismo.

Sin embargo, cuando dejo de moverme, su mano sigue haciéndolo.

Un dedo, el índice, se extiende parcialmente y me señala.

Me acerco más a él. Mi oreja casi toca sus labios. Estoy lo bastante cerca para oír su voz. Es tan baja que solo alguien que conozca los versos de memoria podría entender lo que dice.

Incluso mientras pronuncia las palabras —de forma vacilante, esforzándose para recordar la secuencia precisa—, me doy cuenta de que él también las ha memorizado. Es algo que Toby le ha pedido que hiciera. Está siendo el mejor estudiante posible.

—«Un antro horrible, por todos los lados acosado por un gran horno en llamas, llamas que luz no dan, sino visibles tinieblas».

La nariz sorbe en los tubos con más fuerza que antes, una mejoría casi muda tras el esfuerzo realizado. Luego vuelve a quedarse dormido (sin estarlo exactamente).

O’Brien me toca el hombro. Cuando me pongo derecho, me doy cuenta de que ella no ha oído lo que Kevin ha dicho.

—Deberíamos irnos —dice.

Comienza a caminar hacia la puerta, pero yo me vuelvo hacia la cama y le susurro a Kevin unos versos de otro libro:

—«Aunque un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón»[9].