El demonólogo
Capítulo 16
16
C onduzco hacia el sur. Me parece la dirección menos predecible. El este es el lugar del que provengo, la dirección lógica de retirada. Y al norte está Canadá, una opción nada deseable. Cuando dejé ese país hace ya mucho tiempo, tracé una línea entre el lugar del que procedía y aquello en lo que podía reinventarme como ser humano. Ahora mismo ya me las estoy viendo con suficientes espíritus como para que fantasmas largo tiempo enterrados me hagan una visita.
De modo que adiós, Dakota del Norte, y hola, Dakota del Sur. Justo cuando ya pensaba que nunca había habido una razón más innecesaria para una frontera, cruzo la de Nebraska, un estado que se parece a Dakota del Norte todavía más que la propia Dakota del Norte. Finalmente, llego a Kansas. No se diferencia en especial de los anteriores estados, pero tiene cierto renombre: Dorothy, Totó y parques de casas móviles arrasados por los tornados. También hay algo en la apariencia de los campos (o en la del día) que me recuerda a la famosa secuencia de Con la muerte en los talones, de Hitchcock, en la que Cary Grant esquiva como puede los ataques de la avioneta fumigadora mientras se pregunta en qué diantre se ha metido. Una de las películas favoritas de O’Brien.
Su recuerdo me oprime el corazón. La echo mucho de menos. Es increíble cómo un trayecto por las llanuras puede multiplicar la soledad de un viaje ya de por sí solitario.
Estoy terrible e increíblemente asustado.
La carretera puede despejar la mente, pero también traer recuerdos de forma aleatoria, desordenada y descuidada, arrojándolos al parabrisas con tanta fuerza que el impacto lo sobresalta a uno.
Como ahora, por ejemplo. Mi primera acampada con Tess.
A Diane no le iba mucho lo que ella llamaba «el aire libre», así que no nos acompañó a las montañas de Adirondack para enseñarle a Tess, que por entonces tenía cinco años, algunas de las cosas que yo había aprendido en mi infancia en el norte de Ontario: hacer un fuego, almacenar comida en lo alto de un árbol para mantenerla lejos del alcance de los osos o la colocación de la muñeca para remar realizando un movimiento en «J».
Durante el trayecto, jugamos al «veo, veo» y recompusimos algunos de los versos jocosos de carácter escatológico que Diane nos prohibía decir en casa («Había una vez
una niña llamada Dotty / que tocaba la bocina cuando se sentaba en el orinal»).[6] Lo cierto es que estaba preocupado. Por la lluvia, por los mosquitos, por si Tess no se lo pasaba bien… Tenía miedo de que mi hija, nacida en Nueva York, no aceptara las incomodidades con las que se encontraría al pasar un par de noches en el bosque. Y, lo más importante, no quería fallar. Temía regresar a casa con una niña con manchas en la piel por culpa de la hiedra venenosa y prometiéndole que no volvería a intentar eso.
Pero lo cierto es que nos lo pasamos genial. Recuerdo a Tess quieta como una estatua durante al menos una hora en un campo de arándanos, haciendo ver que era una «flor gigante», hasta que las mariposas monarcas se fiaban y se posaban en sus zapatos. También nuestros baños nocturnos en el lago, con el movimiento de nuestros cuerpos desbaratando el reflejo de la luna sobre la superficie del agua. O el tiempo que pasamos perfeccionando la rotación del palo necesaria para asar de forma uniforme las nubes de azúcar.
Pero todo esto lo rememoro más tarde, después del recuerdo que me deja sin aliento mientras conduzco a través de campos interminables.
Al segundo día, Tess me pidió que la despertara en mitad de la noche para poder ver lo que yo había descrito como «auténticas estrellas». Ella no creía lo que le había contado sobre la Vía Láctea y los cielos en los que un bordado de luz surcaba la oscuridad. Puse la alarma de mi reloj a las tres de la madrugada y, cuando llegó la hora, abrimos la tienda de campaña, salimos afuera y levantamos la mirada. La cúpula celeste estaba iluminada.
Ninguno de los dos dijo nada. Al cabo de un rato, regresamos a la tienda y volvimos a dormir. Por la mañana, nos despertamos exactamente a la misma hora, nos miramos y nos echamos a reír. No era una risa de ni sobre nada. Ni un pensamiento compartido en silencio. Simplemente, ambos recibimos el amanecer con espontánea gratitud.
Esto es lo que casi me obliga a parar para recobrar el aliento y que las manos dejen de temblarme: incluso cuando estaba sucediendo recuerdo haber pensado claramente «Nunca has sido tan feliz».
Y era cierto.
Todavía lo es.
Una hora antes de llegar a Wichita, me detengo en una estación de servicio y entro en una cabina que huele a mostaza y a gases.
—Mírame —dice O’Brien cuando descuelga—. Sentada junto al teléfono como una adolescente sin cita para el baile de graduación.
—¿Quieres ir al baile de graduación conmigo, Elaine?
—Ni por asomo. No pienso perdonarte nunca.
—¿Por qué no?
—No has llamado, Nemrod.[7]
—Hacía tiempo que no me llamaban eso.
—¿De verdad? Entonces recuperemos el tiempo perdido. ¿Dónde estás, Nemrod?
—En Kansas.
—¿En qué parte de Kansas?
—A las afueras de Wichita. Probablemente pasaré aquí la noche. Hace un par de kilómetros he visto un anuncio de un motel llamado Scotsman Inn. He pensado que
podía probar su [8] haggis .
—Haggis en Kansas.
—Di eso rápido tres veces.
—¿Qué tal en Dakota del Norte?
«Bien, supongo. He hablado con un demonio que había adoptado la forma de una anciana y luego he mantenido una conversación con el fantasma de su hermana gemela. He sido el primero en descubrir los restos de su asesinato-suicidio, y luego he huido sin llamar a las autoridades. ¡Ah, sí! Un sicario —o algo así como un sicario— va detrás de mí porque cree que poseo pruebas innegables que demuestran la existencia de los demonios. Cosa que es cierta».
—Raro —digo.
—¿Has descubierto… algo más?
—Eso creo, sí.
—¿Qué?
«El demonio que estoy buscando quiere que sea testigo de su influencia en los asuntos humanos. Quiere que sea su apóstol».
—No estoy seguro de que lo fueras a entender —digo.
—Inténtalo.
—Creo que Tess está procurando ponerse en contacto conmigo, igual que yo con ella.
—Ajá. Eso es bueno, ¿no?
—A no ser que no la encuentre.
Se hace un silencio mientras ambos sopesamos el significado de lo que acabo de decir.
—¿Algo más? —dice ella finalmente.
—Creo que he descubierto cómo opera la presencia, el Innominado. Busca una puerta, un acceso al corazón de alguien: tristeza, dolor, celos, melancolía… Encuentra una abertura y entra.
—Los demonios afligen a los débiles.
—O a quienes piden ayuda sin importar quién se la preste.
—¿Y luego qué?
—Derriba la muralla entre lo que uno se imagina haciendo y aquello que nunca haría.
—Te das cuenta de que acabas de describir tu propia situación, ¿verdad?
—¿Por qué lo dices?
—Un hombre afligido que ahora está haciendo algo que en condiciones normales no haría.
—No es aplicable a mi caso.
—¿Y la diferencia cuál es?
—El Innominado no quiere poseerme. Quiere que siga siendo yo mismo, o al menos mi mejor parte.
—¿Con qué finalidad?
—Eso no lo sé exactamente.
—Muy bien —dice O’Brien, y oigo cómo coge aire.
—Hay algo más.
—Dime.
—Tengo razón.
—¿Sobre qué?
—Sobre todo. Estoy más que seguro de que, si bien lo que está sucediendo a mi alrededor es una locura, yo no estoy loco.
—Tener ideas delirantes no lo convierten a uno en loco.
—Quizá no. Pero yo pensaba que lo estaba. Hasta ahora. —Cojo aire y, de repente, siento cómo el cansancio se deposita en mis huesos de golpe. He de apoyar la palma de la mano en el cristal de la cabina para no perder el equilibrio—. No estoy seguro de adónde he de ir a continuación.
—Estás esperando una señal.
—Al menos podrías intentar disimular tu sarcasmo.
—No estoy siendo sarcástica. Es solo que resulta muy difícil hablar de esto sin sonar involuntariamente sarcástica.
Se hace un silencio. Cuando al final O’Brien vuelve a hablar, su charla animada ha sido reemplazada por su voz de médica. Si no puede burlarse de mí durante un minuto entero, es que debo de estar en peor estado del que pensaba.
—Suenas como si estuvieras en las últimas, David.
—Lo estoy.
—¿No crees que sería buena idea posponer esta búsqueda durante un tiempo? Así podrías descansar y reagruparte…
—Eso tendría sentido si me importara mi bienestar, pero no es así. Cuelgo de un hilo muy fino. Y no puedo soltarme.
—¿Aunque te conduzca a un lugar peligroso?
—Eso ya lo ha hecho.
Desde la cabina, veo los coches que entran y salen del aparcamiento. Todos sus conductores me echan un vistazo. A mí, un tipo necesitado de un afeitado hablando en una cabina. Hace apenas cinco años, habría parecido un vendedor ambulante que llamaba a su esposa. Ahora, en la época de los teléfonos móviles, soy una curiosidad posiblemente criminal. Un drogadicto de mediana edad conversando con su camello. Un cliente llamando a una prostituta. Un terrorista nacional.
—Hay cosas en este mundo que la mayoría de las personas no llegan a ver —me oigo decir—. Nos hemos acostumbrado a no verlas, o a fingir que no lo hacemos. Pero hay una razón por la que todas las religiones tienen demonios, por sofisticados o primitivos que sean. Algunas creencias tienen ángeles, otras no. Un dios, dioses, Jesús, profetas: la figura de la autoridad definitiva es variable. Hay muchos tipos de creadores. Pero el destructor siempre tiene la misma forma esencial. Desde el principio, el progreso humano se ha visto desbaratado por facinerosos, mentirosos, profanadores. Autores de plagas, locura, desesperación. La demoníaca es la única verdad universal en todas las experiencias religiosas del hombre.
—Eso puede que sea verdad, en lo que a observación antropológica respecta.
—Es verdad porque es algo generalizado. ¿Por qué tantas creencias comparten ese aspecto desde hace tanto tiempo? ¿Por qué la demonología es más común que la reencarnación, los sacrificios, el modo en el que oramos, las casas de adoración en las que nos congregamos o la forma que el Apocalipsis adoptará al final de los tiempos? Porque los demonios existen. No como mera idea, sino aquí, en la tierra, en el mundo real.
Se me hace un nudo en la garganta y me doy cuenta de que estoy resollando como si apenas pudiera respirar. O’Brien permanece callada. No sé si está digiriendo lo que he dicho o si simplemente está alarmada por lo pirado que estoy. Algo en su silencio me deja claro que o la he ganado o la he perdido del todo.
—He estado pensando mucho en ti —dice finalmente.
—Yo también. ¿Cómo te encuentras?
—Dolorida. Con náuseas. Viene a ser como una resaca. Una resaca crónica sin la diversión de la noche anterior.
—Lo siento, Elaine.
—No lo sientas. Solo escúchame.
—Lo estoy haciendo.
—No estoy intentando hacerte sentir culpable, pero no sé cuánto tiempo me queda. Y tú eres mi mejor amigo. Deberíamos estar juntos.
—Lo sé.
—Pero estás en Wichita.
—Sí.
—Wichita está muy lejos.
—Estoy siendo muy mal amigo. Soy consciente de ello. Y sabes que si pudiera estaría contigo. Pero tengo que…
—Tienes que hacer esto. Y lo acepto. He renunciado a intentar convencerte de lo contrario. Solo quiero pedirte algo.
—Adelante.
—¿Se te ha ocurrido que quizá las fuerzas a las que te estás enfrentando están procurando aislarte?
—¿Qué quieres decir?
—Crees que estás haciendo lo correcto dejándome de lado, pero quizá es una equivocación. Quizá este distanciamiento forma parte del plan del demonio. Piénsalo bien. Si solo se tratara de hacerte creer en él, podría hacerlo en Nueva York. Pero te ha conducido muy lejos de casa. Lejos de mí.
—¿Qué otra elección tengo?
—Llevarme contigo.
—No puedo arriesgarme a que sufras algún daño.
—Me estoy muriendo, por el amor de Dios. Ya es un poco tarde para eso.
—Escúchame bien, Elaine. Voy a pedirte que me hagas una promesa.
—De acuerdo.
—No vuelvas a pedirme que te lleve conmigo. Me resulta muy difícil decirte que no. Pero he de hacerlo.
—Ahora me toca a mí.
—Está bien.
—Dime una cosa: ¿por qué los hombres creen que han de actuar como superhéroes autodestructivos siempre que surgen problemas?
—Es el único modo mediante el que sabemos demostrar nuestro amor.
Los coches vienen y van. Es algo que también se puede decir sobre Estados Unidos. Dan marcha atrás, aparcan, se unen al tráfico. Resultaría una idea tranquilizadora si en uno de esos coches, en algún lugar de la interminable noche de la pradera, no estuviera el Perseguidor.
—Debería colgar —digo.
—No vas a decirme quién va detrás de ti, ¿verdad?
—No.
—Pero alguien va detrás de ti…
—Sí.
—Una persona real. Un ser humano.
—Absolutamente real.
—¿Está ahí?
—Todavía no, pero está de camino.
—Entonces vete, David. Y ten cuidado —dice y, para mi sorpresa, cuelga. Es una prueba más efectiva de que me cree que cualquier declaración.
Subo al Mustang y conduzco hacia Wichita. Se hace de noche sobre la carretera interestatal tan bruscamente como si alguien hubiera tirado de un enchufe. Pienso en encender la radio, pero, cada vez que lo hago, oigo algo —una canción, un anuncio de coches usados, un pronóstico meteorológico— que me recuerda a Tess.
El infierno es conducir de noche en busca de una niña desaparecida.
Encuentro el Scotsman Inn sin buscarlo. Como no podía ser de otro modo, el motel carece de vistas, de encanto o de cualquier cosa escocesa. Es perfecto.
Doy vueltas de un lado a otro de la habitación mientras espero a que llegue la pizza de Domino’s que he pedido. Después de tirarla toda a la basura salvo una única porción, enciendo y apago el televisor tres veces, pero no consigo bajar el volumen lo suficiente para evitar los desagradables gritos y sollozos del horario de máxima audiencia.
Finalmente, voy al coche, abro el maletero y cojo el ejemplar de El Paraíso perdido de mi despacho. El papel está ajado tras años de escribir en los márgenes y de lecturas en atriles. Es lo más cercano a un amigo que tengo en Kansas.
Pero esta noche no me ayuda. El libro rechaza todos mis intentos de internarme en el familiar lenguaje. Las palabras, sin amarre que las sujete, se alejan de mí. Es como si el libro mismo hubiera cobrado vida y adoptara un nuevo propósito. Mientras miro la página, el poema se reescribe a sí mismo, las letras se reorganizan como si fueran fichas de un juego de Scrabble y componen aleatoriamente profanidades y blasfemias.
Me levanto de la silla y dejo el libro abierto en el asiento. Luego me meto bajo las sábanas y espero a que me venza el sueño. No tarda mucho.
O quizá no estoy dormido cuando me vuelvo y la veo.
Tess.
Sentada en la misma silla que acabo de dejar libre. Con mi ejemplar de El Paraíso perdido en las manos.
Me mira fijamente y abre la boca. Pronuncia palabras que no puedo oír, solo leerlas en sus labios. Por alguna razón, no parece que se trate de un discurso ni que esté intentando entablar una conversación conmigo. Por eso sostiene el libro: aunque no lo está mirando, en realidad está leyendo sus páginas en voz alta.
«Tess…».
El sonido de mi voz me despierta. También provoca que ella desaparezca. El libro está boca abajo en la silla, tal y como lo he dejado.
En el sueño —si es que es lo que ha sido—, Tess me estaba mirando. Pero sus palabras procedían del libro que tenía en las manos.
Mi ejemplar de El Paraíso perdido descansa sobre la silla que hay junto a la puerta, exactamente en el mismo lugar que lo he dejado antes de irme a la cama. Pero la página por la que está abierto es otra. Alguien lo ha cogido mientras yo dormía y ha vuelto a colocarlo boca abajo abierto por la página 109.
Leo y, casi al instante, llego a los versos que Tess me ha recitado: «¡Cuánto odio, oh sol, tus rayos que me traen recuerdos del estado desde donde caí!».
La sentida queja de Satán contra la luz del sol, una de las muchas cosas a las que dio la espalda cuando emprendió su ambiciosa rebelión contra Dios y sus creaciones. Sentir la luz no hace sino recordarle lo que una vez tuvo. Es una metáfora de su dolor. En cierto modo, me atrevo a decir —ahora, aquí, en la habitación número 12 del Scotsman Inn de Wichita, Kansas— que todo el poema es la historia de la imposible cólera de Satán contra su propia muerte, inevitable y amenazadora.
Pero ha sido Tess quien ha escogido esos versos. No solo es Satán, sino mi hija, quien vive en un lugar privado de luz solar. Y ha sido ella quien, mediante un esfuerzo inimaginable, ha venido de noche a mi habitación para coger el libro y hablarme en un código que esperaba que yo pudiera comprender. Quizá solo estaba haciendo lo que su captor le indicaba. O quizá era el mismo Innominado con la forma de Tess. Pero no lo creo. Todavía no se ha hecho pasar por ella. ¿Por qué no? Porque todavía no la tiene del todo.
Hace un momento, ella estaba sosteniendo el libro que tantas veces había intentado leer y posteriormente abandonado, pretendiendo ver qué veía yo en él pero frustrándose ante la densidad de las palabras, las alusiones múltiples y los significados superpuestos. Ahora me doy cuenta de que en esas ocasiones quizá entendió más cosas de las que yo creía, pues me ha recitado esos versos sin mirar la página. Se los sabía de memoria.
Y estaba aquí. Eso es lo importante. Estaba aquí.
Ahora bien, ¿podré volver a encontrarla?
«¡Oh, sol…!».
El sol brilla en todas partes a lo largo del día. No importa lo claro o nublado que esté, ni lo larga que sea la noche. Debe de haber algo en la idea de «sol» que todavía no pillo. Algo que implique un «lugar».
Ciertamente, hay un «lugar» en el pasaje. Satán no cae del cielo, sino de un «estado». Una condición del ser. En mi caso, puede que se trate de una localización. Como Dakota del Norte.
El estado del sol.
O Florida.
El «estado de la luz del sol».
Está traído por los pelos, pero también lo estaban las conclusiones que saqué del hecho de que el taxista me dejara delante del edificio Dakota, y al final resultaron no estar desencaminadas. Además, ¿qué otra cosa puedo hacer?
Vuelvo a quedarme dormido. Esta vez del todo. No sueño con nada, solo tengo una sensación de creciente calor. Se propaga por mi cuerpo en oleadas como una especie de manta fluida e inasible.
Y entonces me despierto.
El pánico me atenaza. Una pesadilla que no recuerdo llega a su impensable final. La almohada está húmeda por la combinación de sudor y lágrimas. Es tarde. Las 11.24. He dormido toda la noche y parte de la mañana. Aun así, me siento más aplatanado que descansado.
Esa es la razón por la que, cuando llaman a la puerta, la abro sin echar antes un vistazo por la mirilla. Ni preguntar quién es.
Tanto si pertenece a los vivos como a los muertos, estoy listo para oír lo que quiere decir.