El demonólogo

Andrew Pyper · Capítulo 13 de 26

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El demonólogo

Capítulo 11

11

 

N o llamo a nadie. ¿A quién podría llamar? Diane no tiene por qué saberlo. Y aunque Tess no está, puede que ella ya lo sepa. Luego está O’Brien, a la que acabo de dejar plantada. Le enviaría un SMS para avisarla de que no llegaré, pero estoy en el metro en dirección a mi despacho de la universidad. Una vez ahí, cojo rápidamente la única cosa que puede serme de utilidad aparte de las tarjetas de crédito: libros. Me apresuro a reunir unos cuantos volúmenes sobre demonología de mi biblioteca personal y los meto en un maletín de piel. El Paraíso perdido, La anatomía de la melancolía, la Biblia del rey Jacobo, y un mapa de carreteras de Estados Unidos, sin relación alguna con los demás libros pero igual de necesario.

Dejo atrás el campus y, en el mismo barrio de Harlem, me compro un coche. Alquilar resultaría más barato, pero temo que mi paradero sea más fácil de localizar si estoy obligado por Budget o Avis a devolver su propiedad en algún lugar. Y hay una tienda de coches usados en la calle Ciento cuarenta y dos, cerca de un buen restaurante mexicano (en el que también preparan buenos margaritas y al que O’Brien y yo hemos ido varias veces). Resulta que se puede pagar el importe completo con tarjeta de crédito y no me piden identificación alguna cuando utilizo el nombre de John Milton en los formularios de registro.

Seguramente, lo mejor sería comprar un coche lo más anodino posible, uno japonés de cuatro puertas y de color gris o beige. En vez de eso, sin embargo, opto por un Mustang negro. No un modelo antiguo, sino uno nuevo, más voluminoso. Tiene dos años y, aparentemente, apenas doce mil kilómetros. Lleva los tapacubos cromados y los asientos tapizados con un estampado de leopardo. Sutil como coche de traficante de drogas, pero sin duda llamativo para las autopistas y las carreteras secundarias de la Norteamérica de hoy. Nunca he conducido un coche como este —nunca he sido muy de coches, la verdad—, pero ahora, mientras deambulo entre Mercedes embargados y enormes todoterrenos, la contradicción de alguien como yo, con sus gafas de montura metálica y sus pantalones Levi’s anchos (una apariencia de permanente estudiante universitario, solía decir Diane) y un deportivo macarra me resulta atractiva. Es algo divertido. Si Tess estuviera aquí, también se lo parecería. Y se apresuraría a sentarse en la piel de imitación del asiento del acompañante y me diría que pisara el pedal a fondo. Así que eso hago en su honor. Quemo rueda y me dirijo hacia el sur en dirección a mi apartamento. Una vez ahí, meto algo de ropa en una bolsa. También el diario de Tess.

Luego enfilo de vuelta hacia el norte, salgo de Manhattan por el puente de George Washington y tomo la I-80 en dirección oeste, la primera de una red de carreteras interestatales que, con los letreros de ¡BUENA COMIDA! De las cafeterías y los de ¡NIÑOS ESTANCIA GRATUITA! De los moteles, viene a ser en sí misma un mundo propio repleto de signos de exclamación. Una pavimentada entrada a espacios cada vez más abiertos y despoblados. Cambio las certezas inamovibles de Nueva York por las infinitas posibilidades de ciudades y pueblos menos estirados, las llanuras olvidadas. Dakota del Norte. El estado ignorado.

Ni por asomo llegaré hoy mismo, claro está. El cansancio acumulado me derriba en cuanto cruzo la frontera con Pensilvania, y comienzo a buscar un lugar en el que descansar. También desde el que llamar a O’Brien. No se merecía ese plantón, y probablemente esté preocupada. Sin embargo, tenía que salir de la ciudad inmediatamente, una urgencia que se ha visto alimentada por la aparición del Perseguidor y la oportuna pieza del puzle que ha supuesto el edificio Dakota.

Veo uno que parece estar bien. Área de picnic sin hierba, unos cuantos papeles de hamburguesa cayendo de los cubos de basura llenos hasta los topes. Me detengo en un extremo del aparcamiento y llamo a O’Brien.

—¿Estás bien? —me pregunta nada más descolgar. La preocupación de su tono triplica mi sentimiento de culpa.

—Sí. Siento de veras no haber aparecido esta tarde.

—Entonces has entendido mi código.

—Oh, sí. Ha estado bien, por cierto.

—Me estoy sonrojando.

—Iba hacia el centro cuando… he tenido que cambiar de idea.

—¿Qué ha pasado?

¿Cómo contestar a eso?

—He recibido una señal —digo.

—¿Una señal? ¿Te refieres a una señal celestial?

—Oh, no, celestial no.

—David, ¿podrías decirme qué diantre te está pasando?

¿Cómo contestar a eso? ¿Con la verdad? ¿La imposible verdad que me creo a medias pero que no me he permitido decir en voz alta o siquiera considerarla seriamente?

—Creo que Tess podría estar viva —afirmo.

—¿Es que has tenido noticias? ¿La ha encontrado la policía italiana? ¿La ha visto alguien?

—No, no, nadie la ha visto.

—¡Oh, Dios mío, David! ¿Se ha puesto en contacto contigo? —A continuación, su tono de voz se oscurece—. ¿Es un secuestro? ¿La ha raptado alguien?

«Sí, alguien la retiene».

—Nadie me ha llamado —digo en cambio—. La policía todavía no ha encontrado nada. De hecho, más o menos ha abandonado su búsqueda. Básicamente, ahora están esperando que aparezcan sus restos. Creen que está muerta.

—¿Y tú no?

—Parte de mí cree que sí. Pero hay otra parte que está comenzando a creer lo contrario.

—Entonces ¿dónde está?

—En Italia, no. Y aquí tampoco.

—Está bien. Imagina que estoy sosteniendo un mapa. ¿Dónde debería mirar?

—Buena pregunta.

—¿No lo sabes?

—No. Pero tengo la sensación de que está viva, aunque sin estarlo realmente, esperando a que vaya a buscarla.

O’Brien respira hondo. Parece un suspiro de alivio. O quizá solo está haciendo el acopio de energía necesario para comenzar una sesión de terapia con un amigo que, con esas últimas palabras, ha confirmado estar loco de atar.

Al final, resulta ser otra cosa. Está reajustando su mente para poder seguir mi línea de pensamiento. No es que haya aceptado lo que le estoy diciendo. Simplemente, ha adoptado el modo de diagnosis.

—¿Te refieres a su espíritu? —comienza a decir—. ¿Es como un fantasma?

—No creo, no. Eso implicaría que está muerta del todo.

—Entonces se encuentra en el purgatorio.

—Algo así.

—¿Te lo ha dicho ella?

—Ayer intenté suicidarme —respondo, y lo digo con total normalidad, como si acabara de confesar que me he lavado los dientes.

—Oh, David.

—No pasa nada. Tess lo impidió.

—¿Te refieres a su recuerdo? ¿Pensaste en ella y no pudiste hacerlo?

—No. Tess lo impidió. Tiró al suelo una foto que colgaba de la pared para hacerme saber que estaba allí. Y que yo debía hacer algo.

—¿Y qué es?

—Seguir señales.

—¿Cómo funciona eso exactamente?

—No hay nada exacto en ello.

—Entonces ¿cómo funciona inexactamente?

—Creo que debo abrir mi mente y utilizar lo que sé sobre mí mismo y sobre el mundo. Todo lo que he estudiado y enseñado, todo lo que he leído. Pensar y sentir al mismo tiempo. Abrir la tapa de mi imaginación para poder ver lo que me han enseñado a no ver (a mí y a todos).

—La oscuridad invisible —dice ella.

—Sí, puede que el lugar al que me dirijo sea el infierno. Pero si lo es, es posible que ahí también se encuentre Tess.

O’Brien vuelve a suspirar. Esta vez, sin embargo, sé lo que es. Un escalofrío.

—Lo que dices me está asustando —repone.

—¿Qué parte? ¿El hecho de que yo crea que Tess quiere que la busque en el inframundo? ¿O que sea un enfermo mental y me haya largado de Nueva York?

—¿Puedo decir que ambas cosas?

Se ríe un poco después de añadir eso. No porque sea divertido, sino porque acaba de oír algunas cosas de las que cualquier persona en su sano juicio se reiría.

—¿Dónde estás ahora? —pregunta.

—En Pensilvania. En la carretera.

—¿Crees que Tess está ahí?

—Estoy conduciendo. Buscando señales que me acerquen a ella.

—¿Y vas a encontrarlas en Pensilvania?

—En Dakota del Norte, espero.

—¿Y eso?

—Es complicado. Me sentiría algo idiota si te lo contara.

—Si te digo la verdad, David, ya pareces algo idiota.

—Gracias.

—En serio. No sé qué pensar de todo esto.

—Que estoy loco.

—Puede que no del todo. Pero he de decir que estoy preocupada por ti. ¿Oyes lo que te digo?

—Sí, yo también estoy jodidamente preocupado.

Se hace un silencio. Oigo cómo O’Brien se prepara para ir a donde tenga que ir.

—¿David?

—Sí.

—¿Qué pasó realmente en Venecia?

—Tess se cayó —respondo. He decidido que ya le he contado demasiado—. La perdí.

—No me refiero a eso, sino a qué os llevó allí en primer lugar. A por qué Tess hizo lo que hizo. Tú lo sabes, ¿verdad? No crees que se tratara de un suicidio.

—No, no lo creo.

—Entonces cuéntamelo.

Quiero hacerlo, pero la historia de la Mujer Delgada, el hombre de la silla y la voz del Innominado puede que resulte demasiado inconcebible. Me arriesgaría a alienar el frágil vínculo que todavía mantengo con O’Brien, y necesito que esté de mi lado. Además, está la cuestión de su seguridad. Cuanto más sepa, en mayor peligro la estaré poniendo.

—No puedo —digo.

—¿Por qué no?

—Simplemente no puedo. Todavía no.

—Está bien, pero contéstame a una pregunta.

—Tú dirás.

O’Brien respira hondo. Lenta y ruidosamente. No parece querer hacerme ninguna pregunta pero, al mismo tiempo, no puede apoyarme si no la hace.

—¿Has tenido algo que ver con lo que le ha pasado a Tess?

—¿Algo que ver? No te entiendo.

—¿Le has hecho… daño, David?

Por desconcertante que me resulte esa pregunta, inmediatamente entiendo por qué me la hace. Mi discurso sobre señales, espíritus y purgatorios podría deberse a mi sentimiento de culpa. Sin duda, O’Brien lo ha visto antes en su consulta. El insoportable peso de conciencia que busca alivio a través de la fantasía.

—No, no le he hecho daño.

En cuanto lo digo, me doy cuenta de que, en cierto modo, eso no es verdad. ¿No fui yo quien trasladó al Innominado de Santa Croce al hotel? ¿No estaría ahora Tess aquí si yo no hubiera aceptado el dinero de la Mujer Delgada? No le hice daño a mi hija, pero me siento culpable de todos modos.

—Lo siento —dice O’Brien—, pero tenía que preguntártelo. Para despejar todas las dudas.

—No es necesario que te disculpes.

—Es que me cuesta digerir todo esto que me estás contando.

—Ya lo sé, pero déjame decirte algo.

—¿Sí?

—No envíes a los tipos de la bata blanca a por mí, por favor. Sé cómo debe de sonar todo lo que te estoy contando, pero no intentes detenerme.

Esto no debe de ser fácil para ella. Lo advierto por el tiempo que tarda en calcular los riesgos de hacer una promesa como esa. Para ella, supone una responsabilidad en caso de que me suceda algo malo. O —se me ocurre ahora— si yo le hago algo malo a alguien.

—Está bien —dice finalmente—. Pero tienes que llamarme, ¿de acuerdo?

—Lo haré.

Quiere saber más cosas, pero no me hace más preguntas. Eso me da la oportunidad de preguntarle cómo se encuentra, qué le han dicho los médicos y si siente algún malestar. Aparte de «cierta rigidez por las mañanas», me dice que está bien.

—Y a quién narices le importan los médicos —añade—. Me han recetado suficientes opiáceos para entretener durante un mes a una docena de pacientes en rehabilitación. Los médicos han terminado conmigo. Y yo con ellos.

Tratándose de O’Brien, sé que habla en serio. Piensa gestionar con la mayor dignidad posible tanto su enfermedad como —cuando llegue el momento— su muerte. Aun así, al hablar sobre el cáncer, advierto que bajo la superficie de sus palabras se esconde un afilado tono de rabia. Parece que ambos hemos decidido cabrearnos con los ladrones invisibles que se han colado en nuestras vidas.

—Voy a regresar a la carretera —digo cuando me doy cuenta de que ya no quiere hablar más del tema.

—Espero que encuentres lo que buscas.

—Aunque se trate de un milagro.

—A veces los milagros resultan ser verdaderos. A veces hay agua en el desierto.

—Te quiero, O’Brien.

—Dime algo que no sepa —responde, y cuelga.

Llego al «cinturón de hierro» de Pensilvania, y la interestatal pasa cerca de los suburbios de ciudades formadas alrededor de papeleras y fundiciones. Carteles desvaídos anuncian ¡UN LUGAR GENIAL PARA VIVIR! Y me sugieren que HAGA UNA VISITA E ALEGRARÁ DE HABERLO HECHO … ¡S! Comienza a atardecer y veo cómo el sol se esconde por detrás de las chimeneas y de la línea de árboles.

En un momento dado, una mariquita aterriza sobre el salpicadero. Las ventanillas están cerradas y no la había visto antes. Y, sin embargo, aquí está, mirándome fijamente.

Como casi todo ahora, me hace pensar en Tess, un recuerdo cuyas posibilidades de relectura me sorprenden. Lo que dice sobre ella. Sobre nosotros. Las cosas que mi hija debía de ser capaz de ver desde prácticamente el mismo principio y que para mí resultaban invisibles.

Una vez, al poco de cumplir cinco años, Tess me pidió que dejara encendida la lámpara para dormir. Hasta entonces, nunca había dado muestras de tener miedo de la oscuridad. Cuando le pregunté al respecto, negó con la cabeza con la típica frustración de «No lo pillas, papá».

—No es la oscuridad lo que temo —me corrigió—, sino lo que hay en ella.

—Está bien. ¿Y qué hay en la oscuridad que te da tanto miedo?

—¿Esta noche? —Lo sopesó, cerrando los ojos como si evocara una imagen en su mente. En cuanto la tuvo, volvió a abrirlos—. Esta noche, una mariquita.

No «la cosa que vive debajo de la cama». Ni las arañas o los gusanos. Una mariquita. Intenté contener la risa, pero ella me pilló de todos modos.

—¿Qué te hace tanta gracia?

—Nada, cariño. Es solo que…, ¿mariquitas? Son muy pequeñas. No pican. Y tienen esos topitos tan monos.

Tess me miró con una intensidad tal que borró la sonrisa de mi rostro.

—No es el aspecto de una cosa lo que la hace mala —dijo.

Le prometí que no había mariquita alguna en el apartamento, ni buena ni mala. (Estábamos en mitad del invierno. Por no mencionar que nunca había visto una desde que vivía allí, ni, ya puestos, en ningún otro sitio de Manhattan).

—Te equivocas, papá.

—¿Ah, sí? ¿Cómo estás tan segura?

Ella tiró de la manta hasta la barbilla y se volvió hacia la mesilla de noche. Al seguir su mirada, vi una mariquita sobre su superficie. Un momento antes no estaba allí.

Creyendo que se trataba de un juguete, o del caparazón seco de algún bicho muerto hacía tiempo —y colocado ahí por Tess mediante algún ingenioso juego de manos—, me incliné para verla mejor. Cuando mi nariz estuvo a unos pocos centímetros, el bicho se volvió hacia mí y abrió su caparazón para probar sus alas negras.

—A veces, los monstruos son reales —dijo Tess, tras lo cual se dio la vuelta y me dejó a solas con la mariquita mirándome—. Aunque no lo parezcan.

El Mustang comienza a dar sacudidas y yo me despierto con un grito ahogado: he invadido el arcén de gravilla. Ha llegado el momento, pues, de buscar un lugar en el que pasar la noche. El siguiente pueblo es Milton, de 6650 habitantes. Otra señal. O una coincidencia sin significado. Estoy demasiado cansado para decidirlo.

Veo un Hampton Inn justo al lado de la carretera (¡DESYNO CNTNTL GRATS! ¡TV CBLE!). Me registro, compro un paquete de seis cervezas y una hamburguesa y me voy a comer a mi habitación, con las cortinas corridas. Fuera, se puede oír el discontinuo rumor de la carretera interestatal, y en las paredes resuenan anuncios de televisión.

Cuando Tess era más pequeña, uno de los juegos al que solíamos jugar juntos era «caliente/frío». Ella elegía algún objeto del apartamento y se lo decía a Diane al oído (su princesa de guiñol, el exprimidor de la cocina). Entonces yo tenía que adivinarlo guiándome únicamente en sus indicaciones de «¡Caliente!» o «¡Frío!». A veces, el objeto elegido era ella misma. Yo me acercaba lentamente a ella con los brazos extendidos como un ciego. «¡Calien-te! ¡Calieeen-teee! ¡Más caliente! ¡Al rojo vivo!». Mi premio era un abrazo y su risa mientras le hacía cosquillas sin piedad.

Ahora, aquí estoy, en Milton, Pensilvania. Buscando en la oscuridad.

—¿Caliente o frío? —le pregunto a la habitación.

El silencio trae consigo una nueva oleada de preocupación. Y una comezón en el intestino que la hamburguesa doble con beicon y queso no consigue calmar. Echar de menos a alguien es como tener hambre. Un insaciable vacío en el interior. Si me quedo aquí pensando en ella, se me tragará.

Y todavía no puedo desaparecer.

Voy al coche a buscar el diario de Tess. Esta vez, comienzo desde el principio. Muchas de las cosas sobre las que escribe son las que cabría esperar de una niña de su edad. La normalidad de sus observaciones (los «atontados» chicos de su clase, la pérdida de su mejor amiga cuando esta se mudó a Colorado, las humillaciones a las que el profesor de matemáticas, «que huele a cebolla», los somete en la pizarra) suponen un alivio para mí. Cuanto más traten sobre esas cosas las entradas de su diario, más podré contemplar la posibilidad de que era tal y como parecía. Una chica lista a la que le gustaba encerrarse en sus libros, defensora de los ratones de biblioteca como ella, feliz en todas las cuestiones importantes.

Y, sin embargo, rememorar momentos de felicidad puede tener un contraefecto. Saber que no solo forman parte del pasado sino que ya no podrán repetirse me causa un dolor indescriptible.

Seguramente soy la única niña de la escuela a la que le gusta ir al médico

y al dentista y al tipo que te mira los ojos. No porque me gusten los

dentistas o los médicos o los de los ojos. Es porque la mayoría de las veces,

cuando papá viene a buscarme para alguna de esas cosas, termino

saltándome las clases.

Esto comenzó hará un año o dos. Papá tenía que llevarme al dentista y,

cuando terminamos, en vez de llevarme de vuelta a la escuela nos tomamos

el resto del día libre y fuimos a visitar la Estatua de la Libertad. Recuerdo

que en el transbordador hacía tanto viento que su gorra de béisbol de los

Mets con la mancha de sudor en el borde que tan NERVIOSA pone a mamá

salió volando y cayó al río. Papá hizo ver entonces que saltaba al agua para

recuperarla y una mujer pensó que lo iba a hacer de verdad y se puso a

gritar como una posesa. Después de tranquilizarla, papá me dijo que solo

un idiota se tiraría al Hudson para recuperar una gorra de los Mets. «Si

fuera de los Rangers, todavía…».

Después de eso, comenzamos a saltarnos clases a propósito. Así es como funciona el engaño:

Papá viene a buscarme —sin previo aviso, así que nunca sé cuándo va a

pasar— y no decidimos qué hacer hasta que llegamos a la calle. La

mayoría de las veces nos limitamos a pasear por la ciudad, mirando cosas

y charlando. Papá lo llama «hacer de turistas en nuestro propio patio

trasero». Yo, «deambular por Nueva York». Tanto da el nombre. Es lo

MEJOR.

De momento, este año hemos ido a una calle del barrio de Chelsea repleta

de galerías de arte (¡en una de ellas había la escultura de un hombre al que

le crecían flores en el trasero!), hemos dado no una ni dos, sino TRES

vueltas en coche de caballos por Central Park y también hemos hecho un

picnic vietnamita de pasta en pleno puente de Brooklyn.

Esta semana nos hemos unido a una cola sin saber para qué era. Ha

resultado ser la del Empire State Building. Yo no había estado nunca ahí

arriba. Papá tampoco.

—Lo he visto en fotos —dijo él.

—Verlo en fotos no es lo mismo —respondí yo. Tras más o menos una hora de espera, entramos en el ascensor y

subimos al mirador desde el que se ve todo Manhattan. El parque, los dos

ríos, y lo que parecían pequeños televisores en Times Square.

Es raro lo tranquila que parece la ciudad desde allí arriba. Lo que en la

calle es ruido se convierte en una especie de zumbido. Algo sintonizándose.

Cuesta decir si está a punto de aullar como un animal o de cantar como un

ángel.

Sigo leyendo. No estoy seguro de qué es lo que busco. Más cosas, supongo. Más cosas sobre ella. Cosas que ya conocía, así como otras que no.

Y las encuentro.

Hay un chico que últimamente viene a visitarme a menudo. No en este

mundo, sino en el Otro Lugar. Un chico que ya no es un chico.

Se llama TOBY.

Está tan triste que casi resulta demasiado duro estar con él. Pero él dice

que ha de venir a vernos porque algo Muy Malo del lugar del que proviene

tiene un mensaje para papá. Y TOBY debe entregárselo.

TOBY dice que lo siente. Que le gustaría poder pasar el rato conmigo y

mostrarme que no es más que un niño, como yo. Una vez me dijo que le

gustaría besarme. Pero sé que, si la cosa esa se lo pidiera, me arrancaría la

lengua con los dientes si lo hiciéramos.

No conozco a ningún Toby. Y, por más que no quiera conocer a este, sé que pronto lo haré.

«Tess es como tú», dijo O’Brien. Pero mi hija llegó a aceptar a sus demonios — nuestros demonios— de un modo que yo nunca podría haberlo hecho.

Hasta ahora.

En la siguiente página hay un dibujo. Como yo, a Tess se le daba mejor escribir y hablar que dibujar, y la imagen que ha abocetado aquí es rudimentaria. Al mismo tiempo, resulta tanto más sorprendente por su simplicidad. Los pocos detalles que la distinguen y la convierten en algo más que «un hombre fuera de una casa» indican la intención que hay detrás. De un vistazo, advierto que Tess ha presenciado esa escena antes. O se la han mostrado.

Un horizonte plano. Tan amplio que va de una página a otra, a pesar de que en la segunda página no parece haber nada más que la línea recta y un cielo completamente abierto. Sirve para aislar el contenido todavía más.

En la primera página se ve una casa cuadrada con un árbol solitario en el jardín. Un camino de gravilla recto conduce a ella. Bajo el punto más alto del tejado a dos aguas hay un enorme nido de avispas. Un rastrillo descansa apoyado en el árbol. Y también estoy yo. Acercándome a la puerta de entrada. La boca está dibujada con una sola línea, como queriendo acentuar la gravedad de la situación, o quizá el dolor que siento.

Solo hay dos palabras en la página. Escritas con tinta oscura bajo mis pies, como si fueran un sistema de raíces.

Pobre PAPÁ.

Cierro el diario con manos temblorosas.

La televisión. Ahora lo entiendo. La aplastante soledad de las habitaciones de motel es lo que hace que todo el mundo encienda inmediatamente la televisión al entrar.

Zapeo hasta que doy con la CNN. Aquí está: la gran distracción norteamericana. Luego abro una lata de cerveza Old Milwaukee y contemplo ensimismado las pantallas partidas y las noticias de última hora sobreimpresionadas. Recuentos de cadáveres, celebridades que entran y salen de rehabilitación, ingresos de taquilla. Las cabezas parlantes transmiten tanta información que parecen figuras del museo de cera de Madame Tussauds ingeniosamente animadas.

No miro ni escucho realmente las noticias. De repente, sin embargo, algo llama mi atención.

Tardo un momento en volver completamente en mí y darme cuenta de que lo que me ha llamado la atención no es una noticia pasajera ni el nombre de nadie, sino unos números. Una serie de dígitos que aparecen sobreimpresionados en la parte inferior de la pantalla. Cada uno de ellos va precedido por una ciudad. Se trata de los índices de distintas bolsas del mundo a su cierre el 27 de abril.

… NYSE 12 595,37… TSE 9963,14… TSX 13 892,57… DAX 5405,53… LSE 5906,43…

Nueva York. Tokio. Toronto. Fráncfort. Londres.

«El mundo quedará marcado por nuestros números».

Y así ha sido.

Ahora bien, ¿qué significa esto? Es una prueba. Eso es lo que me prometió el hombre de la silla. Aquel día la voz que deseaba ser conocida como un colectivo de demonios no quiso decir qué demostrarían los números. Cuando llegara el momento estaría claro. Es decir, ahora. La predicción exacta de los índices de las bolsas a su cierre demuestra que la voz tenía razón. Predijo una serie de acontecimientos más allá de cualquier posibilidad razonable de coincidencia o engaño; algo que un hombre en un ático de Venecia, cuerdo o no, jamás podría hacer. Y pasando con ello una de las pruebas del hermano Guazzo. La que determina que la voz es inhumana.

Y real.

Me pongo en pie y tiro la lata de cerveza al cubo de la basura, en cuyos bordes rebota antes de entrar y vierte algo de espuma. Comienzo a caminar de un lado para otro. Me lavo las manos en el cuarto de baño y voy hasta la puerta para echar un vistazo a la carretera por la mirilla.

El Innominado hizo una promesa.

«Cuando veas los números, tendrás solo hasta la luna nueva».

La luna misma no es una unidad de tiempo. Forma parte de un ritmo; es una forma de medir el tiempo. El comienzo del ciclo es la luna nueva, el momento en el que su superficie es más oscura. Lo más cerca de la ausencia total de luz solar a la que llega el mundo. Por eso tiene un papel tan importante en el mundo de la hechicería y fue una herramienta tanto para los adivinos bíblicos como para los magos egipcios. Y para los demonios también. Entre otras cosas, es un modo de predecir la muerte de una persona. Recuerdo de mis lecturas un método en particular según el cual los judíos moravos contemplaban la luna nueva entre las bifurcaciones de la rama de un árbol. En un momento dado, aparecía el rostro de un ser querido. Si las hojas de la rama caían, es que estaba destinado a morir.

Así pues, la próxima luna nueva será la hora más oscura para mí también. El momento en el que Tess quedará fuera de mi alcance para siempre.

«La niña será mía».

Cojo el móvil y abro en internet una página con un calendario lunar detallado. Busco entonces el día de la próxima luna nueva. Leo el resultado dos veces. Y luego una tercera, lentamente. La fecha, la hora, el minuto y el segundo exactos quedan inscritos en mi memoria.

Si no la encuentro antes, mi hija morirá a las 18 horas, 51 minutos y 48 segundos del 3 de mayo.

Dentro de seis días.