El demonólogo
Capítulo 21
21
H asta que cruzamos la frontera de Florida con Georgia, O’Brien no se atreve a preguntar si estoy seguro de que Toby nos ha indicado que vayamos a Canadá. —No fue Toby —le digo.
—Entonces ¿cómo lo sabes?
—Me lo dijo Kevin Lilley.
—David, eso es imposible.
—¿Por qué?
—Pues porque no puede hablar.
—A mí me dijo algo.
—Yo no lo oí.
—Es que no era un mensaje para ti.
Por un momento, en su expresión se dibuja una mueca de envidia. Intenta ocultármela volviéndose hacia la ventanilla del acompañante, pero la veo de todos modos. Uno no logra obtener tantas becas, premios y cátedras de investigación como ella sin ser competitivo.
—Belial obligó a Kevin a memorizar algo que él consiguió susurrarme —digo con la esperanza de atraer de nuevo la atención de O’Brien con la pregunta implícita. Funciona.
—El Paraíso perdido —dice—. ¿Qué versos?
—«Un antro horrible, por todos los lados acosado por un gran horno en llamas…».
—«… llamas que luz no dan, sino visibles tinieblas».
—Esos mismos.
—No lo entiendo. ¿Vamos a una mazmorra? ¿A un horno?
—Desde luego, no a un ático con terraza.
Le explico que al principio yo tampoco lo entendía. En los versos no había ninguna palabra que indicara un destino ni ninguna referencia velada a alguna ciudad o estado. De lo que sí estaba bastante seguro era de que, en cualquier caso, tendría algo que ver conmigo. Algo que la despedida de Toby confirmó.
«Tu verdad, David».
—Si es algo personal para ti, entonces también lo es para mí —reflexiona O’Brien en voz alta—. «No conocerme a mí alega que sois unos desconocidos», ¿recuerdas?
—Sí.
—¿Cómo pueden nuestras dos vidas conducir a la misma verdad?
—No lo sé. Pero sí creo saber dónde sucederá.
En los versos que recitó Kevin, Satán está contemplando el infierno, su casa. También su prisión. Un lugar que recibe el nombre de mazmorra, pero que suele describirse más bien como un lago de fuego.
—En cuanto caí en la cuenta de eso, supe que ya lo tenía —digo.
—Genial, pero yo todavía necesito ayuda.
—Lago. Fuego. De niño, durante una de las muchas épocas que mi padre estuvo desempleado a causa del whisky, vivimos un par de años en una cabaña.
—Una cabaña a la orilla de un lago —añade O’Brien, golpeando el salpicadero con el puño—. Deja que lo adivine: la cabaña sufrió un incendio.
—Casi. Una cabaña a la orilla de un río. Un río que desemboca en un lago
llamado Fireweed.[14]
—El río en el que se ahogó tu hermano.
—Nunca te he contado que se ahogó.
—Pero tengo razón, ¿verdad?
—Sí.
—Está bien —dice, y su tono de voz va disminuyendo hasta convertirse en un quebradizo susurro—: Considérame convencida.
Le pido a O’Brien que conduzca un rato y finjo que duermo en el asiento trasero. En vez de eso, sin embargo, abro el diario de Tess en el punto en el que lo dejé la última vez. Leo sus palabras casi tanto por lo que expresan como por su forma misma. Las redactó su mano. Son el rastro de una presencia que prácticamente puedo invocar y tocar.
Papá siempre me cuenta cosas de cuando era niña. Cosas que no recuerdo
porque era demasiado pequeña, pero que ahora parecen recuerdos propios.
Las he oído múltiples veces.
Como esta:
Cuando todavía no había cumplido siquiera dos años, me metía en la
cama de mi mamá y mi papá por las mañanas. Mi papá siempre era el
primero en levantarse. Para que mamá pudiera seguir durmiendo,
normalmente era él quien me llevaba al baño, me preparaba los cereales, etc.
Dice que era su parte favorita del día. Pero le he oído decir lo mismo sobre los
cuentos que me cuenta antes de dormir. Y sobre ver mi cara cuando me
recogía en el jardín de infancia. Y sobre las veces que tomamos sándwiches
de atún en el mostrador de la cafetería. Y sobre peinarme después de un
baño.
Bueno, la cosa es que él se despertaba primero y yo estaba ahí.
Mirándolo. A pocos centímetros de su cara. (Papá siempre dice que era
suficientemente cerca para saborear mi aliento. ¿A qué sabía? A pan recién
hecho, dice).
Cada día le hacía la misma pregunta:
«¿Eres feliz, papá?».
«Ahora lo soy», me contestaba siempre.
Lo curioso es que todavía quiero preguntarle lo mismo. Incluso ahora.
No solo porque quiero saber la respuesta. Quiero poder hacerlo feliz solo
haciéndole la pregunta. Respirar cerca de él y que él lo note y que eso sea
suficiente.
Luego, tras unas cuantas entradas como esa, llego a algo extraño.
Unas inserciones que no concuerdan con lo que las precede o las sigue.
Una segunda voz más poderosa que la primera.
Papá cree que puede huir de lo que lo persigue. Quizá ni siquiera lo ve, o se
dice a sí mismo que no lo hace. Tanto da. Va a por él de todos modos. Igual
que viene a por mí.
Una vez vi un documental sobre los osos pardos. En él se decía que si te
encuentras con uno no debes salir corriendo, sino permanecer quieto y
dirigirte a él. Si corres, creerá que eres una presa. Comida.
Quienes salen corriendo nunca se salvan.
Si le plantas cara, en cambio, demuestras al oso que no estás asustado.
Así puedes ganar algo de tiempo. Encontrar un modo de escapar de verdad.
Cuando llegue el momento, no saldré corriendo. Lo miraré directamente
A LA CARA. Puede que sea suficiente para darle una oportunidad a papá.
Porque si el oso no atrapa a uno de los dos, nos atrapará a ambos.
¿Cómo sabía Tess todo eso? ¿Cómo podía ver algo que me había esforzado en ocultar tan bien que ni siquiera yo mismo podía verlo? Siempre fui consciente de nuestra cercanía, de la cantidad de información tácita que compartíamos solo con estar sentados a la misma mesa o al mirarnos en un espejo retrovisor. Aun así, no creía que fuéramos más especiales que otros afortunados padres e hijas igual de unidos.
Al parecer, mi hija era capaz de leer señales mucho más profundas. Como la melancolía que compartíamos, la carga de esa Corona Negra que, para nosotros, era la puerta por la que otras cosas entraban y salían. Unas entidades que suelen llamarse espíritus, pero que resultan más peligrosas y voluntariamente destructivas que las etéreas apariciones que esa palabra implica. Se trata de seres separados hace tiempo de sus cuerpos, pero tan virulentos en su búsqueda de una nueva piel que no solo son indiferentes al daño que causan, sino que obtienen placer de ese dolor que provocan al ocupar un cuerpo vivo durante un tiempo. Lo que luego dejan detrás ya nunca vuelve a ser lo mismo: personas que caminan entre nosotros con las miradas vacías y sin reparar en los demás.
Todo eso me hace pensar en mi padre. Lo que nos marca a Tess y a mí también lo marcó a él. Ya era un hombre afligido antes incluso de haber perdido nada, y sufría sin ninguna señal aparente para ello. Intentó huir del oso que lo perseguía poniendo distancia con nosotros, su familia, o trasladándose de un pueblo a otro, o entregándose al alcohol. Pero al final, como dice Tess, quienes salen corriendo nunca consiguen salvarse.
Puede que yo también haya estado corriendo desde entonces. Pero ya no pienso hacerlo más.
Llamo a mi esposa desde un cubículo de los servicios de caballeros de un KFC.
No es que tenga nada que decirle —hay demasiadas cosas que no puedo contarle—, pero sí siento la inevitable compulsión de intentarlo. Que lo haga mientras permanezco sentado en un retrete con la tapa bajada y leo distraído algunos de los grafitis más sucios que jamás he visto me parece extrañamente apropiado.
Oigo la voz de Diane. No ha cambiado la grabación del contestador automático desde antes de Venecia, de modo que en su voz todavía se puede advertir un tono desenfadado y casi coqueto. Ahora sería distinto.
«Este es el contestador automático de Diane Ingram. Por favor, deja un mensaje.»
—Hola, Diane. Soy yo. No sé si podré volver a llamar antes de…
«¿Antes de qué? Algo definitivo, sea lo que sea. Debería despedirme, pues. Aunque puede que ya sea demasiado tarde para ello».
—Lo siento… ¡Mierda! Si te hubieran dado cinco centavos cada vez que me has oído decir eso, ¿verdad? Supongo que no hay otro modo de expresarlo. Lo abarca todo. Tess. Tú y yo. Will. Me he enterado de lo del accidente y, lo creas o no, también lo siento.
De repente, la puerta del cuarto de baño se abre y alguien entra para lavarse las manos. Oigo cómo abre el grifo del lavabo y por debajo de la puerta del cubículo veo que un poco de agua cae al suelo.
—Diane, escucha, hay… —comienzo a decir bajando el volumen, pero la idea de que alguien me oiga cuando ni siquiera yo sé qué voy a decir hace que me quede callado.
Espero a que la persona que está en el lavabo termine. Pero no lo hace. El agua sigue impactando con fuerza en el lavabo, y la que cae al suelo ha comenzado a formar pequeños charcos en las baldosas.
—Solo espero que encuentres un modo de volver a ser feliz —susurro—. Espero no haberte arrebatado también eso.
«¿También?». ¿Qué he querido decir con eso? ¿Que además de la felicidad le he arrebatado los años malgastados en nuestro matrimonio? ¿A su hija?
El tipo que se está lavando las manos se aclara la garganta y, tras suspirar ruidosamente, comienza a reír.
Abro de golpe la puerta del cubículo. El agua sigue fluyendo y el vapor ha empezado a empañar el espejo, pero no hay nadie.
A continuación, salgo al pasillo y me pego a la pared para sentir su fría realidad en mi mejilla. Algunas de las personas que se encuentran sentadas a las mesas de plástico comiendo pollo en hondos cubos se vuelven hacia mí sin dejar de masticar. En sus rostros puedo ver lo que piensan: «Drogas», o «Loco», o «Mantente alejado de mí».
Miro el móvil y cuelgo. He dejado un mensaje de casi tres minutos. La primera mitad es una disculpa tartamuda, luego se oye un torrente de agua corriente y, para terminar, la risa de algo muerto. «¿Qué pensará Diane? Seguramente llegará a la misma conclusión que los comensales que me están mirando ahora: “No se puede hacer nada por un tipo así”».
Lo gracioso es que pretendía parecer cuerdo y resultar reconfortante.
Al llegar a Tennessee, O’Brien se pone a cantar los pocos compases de Chattanooga Choo
Choo[15] que recuerda. El verdadero Chattanooga se encuentra al otro lado de otra serie más de moteles de carretera, fábricas cerradas con candados y barracas de almacenamiento que vemos desde la carretera. Más allá de estas calles de mala muerte hay una ciudad de verdad. Barrios con familias que se mantienen a flote con las mismas alegrías o que sufren los mismos crímenes que los vecindarios en los que hemos vivido nosotros y que, por ello, consideramos más reales. Gente que, hasta donde yo sé, podría estar llevando a cabo parecidas búsquedas imposibles. Hablando con los muertos y rezando a quienquiera que los escuche.
«There’s gonna be a certain party at the station…»[16].
Pronto, la zigzagueante cinta de asfalto asciende por los montes Apalaches, pero nadie aminora la marcha. Es una auténtica negación colectiva de camiones de carga y abismales acantilados. Y nadie más indiferente que nosotros. Nos turnamos al volante durante la noche, alimentándonos de tacos y productos hechos a base de pollo que remojamos con café casi sólido de tanto azúcar.
De vez en cuando, O’Brien me pregunta por mi padre, algo que me hace recordar algunas cosas más de las que le cuento.
Como murió cuando yo todavía era un niño, tan solo puedo evocar algunas instantáneas aisladas. Como el enrarecido ambiente a causa de su decaído estado de ánimo los meses previos al accidente de mi hermano, un comportamiento que, a la luz de mis experiencias recientes, adquiere mayor relevancia. O el hecho de que, a pesar de no haber sido nunca un hombre religioso, de repente comenzara a leer la Biblia de principio a fin (y que volviera a comenzar cuando había terminado). O sus largos silencios: de pronto, dejaba de hacer lo que estuviera haciendo —cortar el césped, o remover el café instantáneo por la mañana— y parecía escuchar instrucciones que nadie más podía oír. Y su apariencia. Eso más que ninguna otra cosa. De vez en cuando lo pillaba mirándome a mí, su hijo, no con orgullo o afecto, sino con un extraño apetito.
A O’Brien solo le cuento algunas cosas. Su depresión. Su alcoholismo. Los trabajos perdidos. Su insistencia para que yo no fuera como él. Algo que, hasta hace poco, creía haber conseguido.
—Pero en ti hay más cosas suyas de las que habías imaginado —dice O’Brien—. Por eso vamos en su busca.
—Aunque está muerto.
—Eso no parece estar evitando que regrese, ¿verdad?
—No es el único.
No se lo he contado todo a O’Brien.
No solo porque temo que no me crea. No lo he hecho porque es algo entre Tess y yo. Revelarlo supondría correr el riesgo de romper el delgado hilo que todavía nos une a mi hija y a mí. Y hablar de ello en voz alta permitiría que Belial supiera que ese hilo existe.
No le he contado, por ejemplo, todas las razones por las que tenemos que ir a la vieja cabaña a orillas del río. Tampoco lo de la entrada del diario de Tess en la que hablaba del «sueño que no es un sueño».
«De pie en la orilla de un río de fuego».
Tess se encuentra al otro lado del río, donde ni mi hermano ni yo nos atrevíamos a ir cuando éramos niños. No hablábamos de ello, pero sabíamos que era un lugar malo. Ahí los árboles crecían torcidos y sus hojas no regresaban en primavera, con lo que el bosque siempre parecía hambriento.
Es el mismo lugar que Belial me enseñó cuando estábamos sentados en los columpios de Jupiter. El parque infantil rodeado por un bosque oscuro en el que acecha una bestia.
«La frontera que separa este lugar del Otro Lugar».
Y mi hija está en el lado equivocado. Oyendo cómo la llamo a gritos. Contemplando cómo la corriente del río arrastra el cadáver de mi hermano.
«Unos brazos tiran de mí. Su piel sabe a tierra».
Implorándome que la salve.
«No mediante palabras pronunciadas con la boca, sino procedentes directamente del corazón y transmitidas a través de la tierra, de modo que únicamente los dos pudiéramos oírlas».
No me había dado cuenta de que era eso. De que ella es el ruido que a veces oigo por debajo del zumbido de oídos, el parloteo de las tertulias de la radio y el soñoliento aire que entra por las ventanillas.
Llegamos a Ohio y tomamos la carretera I-90 en dirección a Toledo, de modo que ahora avanzamos por la orilla sur del lago Erie, plano como un papel de aluminio a estas horas de la noche. La ironía de un letrero del municipio de Eden hace que salgamos de la carretera interestatal y estacionemos en una esquina del aparcamiento de un restaurante Red Lobster para dormir media hora, aunque solo O’Brien reclina el asiento hacia atrás y cierra los ojos.
Mientras oigo la pesada respiración de mi amiga, hojeo Anatomía de la melancolía, de Burton. Voy pasando distraídamente las páginas con el pulgar cuando, de repente, se abre una con un punto de lectura que no recordaba. Se trata de una fotografía con las esquinas enroscadas y los bordes amarillentos por el tiempo. En ella aparezco yo.
O, al menos, eso es lo que creo al principio. Un segundo después, me doy cuenta de que se trata de mi padre. Es la única fotografía que tengo de él. Lo sé porque hace tiempo destrocé todas las demás. El shock de nuestra semejanza me deja ligeramente sin aliento, y comienzo a resollar igual que O’Brien.
Debía de tener prácticamente la misma edad que yo ahora cuando se adentró en el bosque con la escopeta Mossberg de calibre 12 que su padre le había regalado, se metió el cañón en la boca lo suficientemente hondo para poder alcanzar el gatillo con la mano libre, y se disparó. En la fotografía, tomada pocas semanas antes del accidente de mi hermano, su expresión podría parecer de satisfacción paternal. La sonrisa cansada del padre al que su esposa ha ido a buscar al trabajo y al que luego esta ha sentado en un sillón delante de la chimenea para poder tomar un retrato del sostén de la familia en la plenitud de su vida.
Pero un examen más atento revela el esfuerzo realizado por el sujeto y el fotógrafo: los ojos vidriosos y tristes, la «relajada» pose de los hombros y las manos entrelazadas. Un hombre cualquiera cuya tristeza casi desesperada era evidente en los detalles, como las marcadas ojeras o los nudillos enrojecidos por la psoriasis.
Estoy a punto de abrir la puerta del coche y tirar la fotografía cuando, de repente, reparo en la única sección subrayada en las páginas marcadas:
«El diablo es un espíritu y tiene medios y oportunidades para relacionarse con nuestros espíritus y —a veces de forma disimulada, otras más abrupta y abiertamente— sugerir pensamientos diabólicos a nuestros corazones. Insulta y tiraniza en la melancolía y, en especial, en las enajenaciones mentales».
¿Por qué ese pasaje? No recuerdo que tuviera ningún significado especial en mi investigación, ni tampoco lo he citado nunca en ninguna de mis clases. Aun así, en su momento debió de llamarme la atención. Y coloqué la única fotografía de mi padre entre las páginas para marcar el punto a pesar de que en todos estos años no he vuelto a leerlo.
Presciencia. Eso debió de ser. Leí esas palabras —«melancolía», «enajenaciones mentales», «diablo»— y envié un mensaje que por aquel entonces no podía comprender a mi yo futuro. Reconocí a mi padre en la observación de Burton. Un hombre razonablemente prometedor, bendecido con más suerte que muchos otros, pero aun así desgraciado, testigo de la muerte de un hijo y víctima de un violento suicidio.
¿Cómo llegó Robert Burton, un ermitaño académico de principios del siglo XVII, a saber tanto sobre esas cosas? He aquí una posible respuesta: posiblemente por la misma razón que yo, un ermitaño académico del XXI, sé tanto sobre ello ahora. Experiencia personal.
Un ataque de tos despierta a O’Brien. Vuelvo a meter la fotografía entre las páginas y cierro el libro.
—¿Quieres que conduzca? —pregunta al ver las nubes que ensombrecen mis ojos.
—No. Descansa —respondo, y arranco el Mustang—. Yo conduciré el resto del camino.
No sé si O’Brien sigue pensando en el Perseguidor, pero yo desde luego sí. En cualquier caso, ninguno de los dos ha vuelto a mencionarlo. Supongo que tampoco serviría de nada. O’Brien me salvó la vida haciendo algo que apenas unos días atrás habría resultado impensable. Se levantó de la cama al oír cómo el tipo forzaba la cerradura, cogió la única arma que encontró en la habitación del motel y se pegó a la pared de la puerta con la esperanza de que el Perseguidor no la viera. Luego, cuando se percató de que él se disponía a atacarme con el cuchillo, hizo lo que hizo.
Es difícil saber si sigue pensando en ello. Puede que esté preocupada por si envían a otra persona a por nosotros. O quizá, como yo, se limita a calcular el poco tiempo que queda.
Cuando cruzamos la frontera en las cataratas del Niágara todavía es de noche. Ante la insistencia de O’Brien, aparcamos el coche y bajamos un par de minutos para pasear por la orilla del agua y mirar desde la barandilla la fluida caída del ancho río. La explosión de agua en la base de la cascada forma una neblina que asciende con una agitación más propia del humo que del agua.
—Es como si estuviéramos cayendo por las cataratas dentro de un barril, ¿verdad? —dice O’Brien con la vista puesta en la caída de agua.
—Sin el barril.
Ella me coge de la mano.
—Sea lo que sea lo que encontremos, dondequiera que vayamos, estoy preparada — asegura—. No lo digo con temeridad, sino… con claridad.
—Tú siempre tienes la mente clara.
—No me refiero a la mente, sino a todo lo demás.
—Ya somos dos.
—Eso no es cierto. Tú tienes a Tess.
—Sí. Salvo por Tess. Ella es la única cosa que tengo clara. —Abrazo a O’Brien—. Y tú también.
Cuando la neblina comienza a helarnos la piel tras haberse filtrado por nuestra ropa, decidimos volver al Mustang y retomar el camino. Avanzamos por la orilla occidental del lago Ontario, a través de los huertos de melocotones y los viñedos de la península, y luego por la creciente densidad de ciudades periféricas e industriales que hay antes de llegar a Toronto. En cuanto atisbamos las torres de esta ciudad, volvemos a girar hacia el norte. Pasamos por nuevos suburbios que parecen viejos y luego por ondulados campos de cultivos.
Un par de horas después, los múltiples carriles se reducen a una incierta carretera de arboladas curvas y repentinos salientes de piedra. Dejamos atrás los lagos Muskoka con sus multimillonarias urbanizaciones de verano y sus campos de golf privados y, más adelante, los lagos más pequeños y baratos que hay a continuación. Al poco, estamos recorriendo las miles de curvas que atraviesan kilómetros y kilómetros de tierras despobladas. El hilo de asfalto se extiende a través de un paisaje de bosques interminables que no deja más opciones que avanzar o dar media vuelta. Lo cual, en nuestro caso, significa que no hay opción alguna.
Ya amanece cuando nos detenemos en el arcén y salgo del coche con las rodillas entumecidas para abrir la verja metálica de la carretera que conduce al lago Fireweed. Lo de «carretera» resulta algo exagerado: se trata de un sendero sin mantenimiento que atraviesa la maleza. Apenas los dos surcos de las ruedas en la tierra y un montón de ramas dándose la mano en el hueco. Las copas de los árboles son tan espesas que oscurecen el camino con una luz verdosa.
—¿Falta mucho? —pregunta O’Brien cuando regreso al coche.
—Medio kilómetro. Puede que un poco más.
O’Brien se inclina hacia mí. Al principio, creo que lo hace para susurrarme algo al oído, pero en vez de ello me besa. Me da un auténtico beso, casi apasionado, en los labios.
—Ha llegado el momento de ver lo que el demonio quiere que veamos —indica.
En las últimas horas, la piel de sus mejillas y de su barbilla se ha consumido todavía más. Kilos perdidos a pesar de nuestra dieta a base de hamburguesas con queso y batidos de vainilla. Y, sin embargo, aquí sigue. La esencia de Elaine O’Brien, lo que queda de ella, mirándome directamente a los ojos.
—Yo…
—Ya te dije que ya lo sé —dice, y vuelve a sentarse derecha en el asiento, con la mirada puesta en las sombras de los árboles—. Ahora arranca de una vez.