El demonólogo
Capítulo 4
4
E stoy sobrevolando el Atlántico a más de nueve mil metros de altitud. Soy el único pasajero en la cabina de primera clase con la luz de lectura encendida. Tess duerme a mi lado con su diario personal cerrado sobre el regazo. Por primera vez desde que la Mujer Delgada vino a verme, permito que mi mente reflexione sobre lo que puedo encontrarme en Venecia.
Estas últimas horas me han lanzado tal variedad de bolas con efecto que me ha resultado difícil decidir cuál atrapar y devolver primero: la enfermedad terminal de mi mejor amiga, el fracaso definitivo de mi matrimonio o el hecho de que la emisaria de una supuesta agencia de la Iglesia me ofrezca un montón de dinero por visitar… ¿Qué es exactamente lo que voy a visitar? El único aspecto que citó explícitamente fue mi conocimiento de la obra de Milton. No, ni siquiera eso. Se refirió a mí como demonólogo.
Tampoco aquí, en nuestro Boeing, me siento cómodo contemplando esa línea de pensamiento, por absurda que sea, de modo que decido volver a la lectura. Una pila de libros pertenecientes al género que, en el fondo, me gusta más: las guías de viajes.
Soy uno de esos ratones de biblioteca que conocen los lugares más por haber leído sobre ellos que por haberlos visitado. Y lo cierto es que, en general, prefiero leer sobre ellos que visitarlos. No es que no me guste viajar, pero cuando lo hago suelo ser demasiado consciente de mi condición de extranjero. En mayor o menor medida, e independientemente de donde me encuentre, siempre me siento como un intruso entre los nativos.
Aun así, tengo ganas de llegar a Venecia. Nunca he estado allí, y su fantástica historia y celebrado encanto es algo que me apetece compartir con Tess. Espero que la belleza del lugar la saque de su actual estado de ánimo. Puede que la espontaneidad de esta aventura y la magnificencia del destino sean suficientes para que sus ojos vuelvan a brillar.
Así pues, sigo leyendo sobre las sangrientas historias de los monumentos de la ciudad y las guerras libradas por tierras, negocios o religión. Asimismo, tomo nota de los restaurantes y lugares que tienen más posibilidades de gustarle a Tess. Seré el guía turístico más informado y personalizado que pueda.
El viaje ya ha sido para ella algo emocionante. Esta mañana le ha contado a Diane nuestros planes (su madre ha hecho unas pocas preguntas al tiempo que calculaba las inesperadas horas con Will Junger que esto le proporcionaría), luego hemos hecho las maletas a toda velocidad y hemos ido al banco para cambiar dólares (e ingresar en mi cuenta el cheque de la Mujer Delgada, cosa que he podido hacer sin contratiempo alguno). Durante el trayecto en limusina hasta el aeropuerto JFK no hemos dejado de reír en el asiento trasero como dos compañeros de clase haciendo novillos.
Como no he tenido tiempo de llamar a O’Brien, le he enviado un mensaje de texto desde el aeropuerto. Antes de hacerlo, he sopesado cuántos detalles del viaje debía contarle. Describir a la Mujer Delgada mediante el teclado de un teléfono móvil en el vestíbulo de primera clase ha resultado ser imposible, y lo mismo ha sucedido con los parámetros de mi «asesoramiento» en el «caso», sobre el cual únicamente me han revelado mi extremadamente generosa compensación. Al final, me he limitado a escribir lo siguiente:
Me voy a Venecia (la de Italia, no la de California) con Tess. Vuelvo dentro de un par de días.
Ya te contaré.
Su respuesta ha llegado casi de inmediato:
¿Cóoomoooooo?
Me pongo en pie para estirar las piernas. El sibilante zumbido del avión resulta tan relajante como un útero mecánico. Esto, y los pasajeros dormidos a cada lado, me proporciona la extraña sensación de que soy un fantasma transatlántico que atraviesa el espacio a toda velocidad; el único espíritu en vela de la noche.
No obstante, hay otro. Entre los cubículos de los cuartos de baño que hay al final del pasillo veo a un anciano que está mirándose distraídamente los zapatos. Cuando me acerco levanta la vista y, como si reconociera a un inesperado acompañante, sonríe.
—¡No estoy solo! —dice a modo de bienvenida con un acento encantadoramente italiano. Unas suaves arrugas surcan su rostro, apuesto como el de un actor de anuncios.
—Estaba leyendo —digo a mi vez.
—¿Sí? A mí también me gusta mucho leer —responde—. Los grandes libros. La sabiduría del hombre.
—En mi caso, solo se trata de guías de viaje.
Se ríe.
—¡Esos libros también son importantes! Uno no debe perderse en Venecia. Ha de saber encontrar el camino.
—Todos los libros que he leído dicen que precisamente perderse en Venecia es uno de sus mayores encantos.
—Deambular, sí. Pero ¿perderse? Eso es distinto.
Mientras reflexiono sobre lo que ha dicho, el anciano me pone una mano en el hombro. Es fuerte.
—¿Qué lo lleva a Venecia? —pregunta.
—Un trabajo.
—¡Un trabajo! ¿Acaso es usted un ladrón?
—¿Por qué dice usted eso?
—Todo en Venecia es robado. La piedra, las reliquias, los iconos, las cruces de oro de todas las iglesias. Todo procede de otro lugar.
—¿Por qué?
—Porque allí no hay nada. Ni bosques, ni canteras, ni granjas. Esa ciudad es una afrenta a Dios, construida únicamente por el orgullo humano. ¡Se sostiene sobre el agua! ¿Cómo podría un acto de magia como ese complacer al Padre celestial?
A pesar del devoto significado de sus palabras, de algún modo su tono transmite lo opuesto, como si fueran una especie de broma. No parece preocupado en lo más mínimo por las ofensas del «orgullo humano» ni por el disgusto del Padre celestial. Al contrario, esas cosas parecen excitarlo.
Mira a los pasajeros dormidos por encima de mi hombro.
—La bendita inocencia del sueño —comenta—. Lamentablemente, el consuelo de su olvido ya no me visita.
Luego posa la mirada sobre Tess.
—¿Su hija? —pregunta.
De inmediato, tengo la certeza de que me he equivocado con este tipo. No es un anciano encantador que ha entablado casualmente una conversación con otro insomne. Está interpretando un papel, esconde sus verdaderas intenciones. Y también la razón por la que se encuentra aquí ahora, conmigo.
Considero varias respuestas («No es cosa suya» o «Ni siquiera la mire»), pero al final opto por dar media vuelta y regresar a mi asiento. Mientras me alejo, oigo cómo entra en el cubículo del cuarto de baño y cierra la puerta tras de sí. Todavía está dentro cuando llego a mi asiento.
Finjo que leo sin perder de vista la puerta del cubículo. A pesar de permanecer alerta durante más o menos una hora, no lo veo salir.
Finalmente voy al baño y llamo a la puerta. Está abierta. Cuando la abro, no hay nadie dentro.
Venecia huele.
¿A qué? Es difícil de decir, pues se trata de un olor a ideas más que a algo en particular. No es un olor a comida, ni a cultivos, ni a fábricas, sino a imperio, a historias superpuestas, a la inblanqueable mancha de la corrupción. En el Nuevo Mundo, cuando una ciudad huele, uno puede identificar su origen. La azucarada peste de las zonas industriales y sus papeleras. Las castañas asadas y los efluvios de las cloacas de Manhattan. En Venecia, en cambio, nuestras narices norteamericanas se encuentran ante el desconocido hedor de majestuosas abstracciones. Belleza. Arte. Muerte.
—¡Mira!
Tess señala el vaporetto que viene a recogernos para llevarnos a nuestro hotel por el Gran Canal. No ha dejado de repetir «¡Mira!» desde que hemos aterrizado. Y con razón: hay muchas cosas que mirar, muchos detalles en las fachadas de los edificios. Existe el peligro constante de perderse nuevas muestras de magnificencia. Estoy más que feliz de mirar aquello que me señala mi hija y compartir con ella la excitación de descubrir un mundo distinto.
El vaporetto se abre camino entre barcos de reparto y góndolas y, casi al instante, perdemos de vista toda muestra de modernidad.
—Es como Disneylandia —comenta Tess—, solo que de verdad.
Le cuento entonces algunas cosas que he aprendido en el curso intensivo que he hecho en el avión. Ahí está el gris Fondaco dei Turchi con sus impresionantes ventanales. Y más allá, la Pescheria, en cuyo vestíbulo neogótico se celebran las subastas de pescado desde el siglo XIV («Huele como si parte de ese pescado llevara a la venta desde entonces», observa Tess). Aquí, el Palazzo dei Camerlenghi, en cuya bodega encarcelaban a los evasores de impuestos.
En lo que parecen apenas unos pocos minutos, el Gran Canal se estrecha y pasamos por debajo del puente de Rialto, tan repleto de turistas que temo que se nos caiga encima una avalancha de cámaras digitales, gafas de sol y piedra tallada. Luego el canal tuerce y vuelve a ensancharse de nuevo. Pasamos por debajo del Ponte dell’Accademia, menos transitado, y el curso del canal llega finalmente al Bacino di San Marco, más grande y más allá del cual se adivina la reluciente amplitud de la laguna.
El vaporetto aminora la marcha y se dirige hacia el muelle de nuestro hotel, Bauer Il Palazzo. Al llegar, unos mozos con ropa de botones dorados amarran el bote, transportan nuestro equipaje al interior del hotel y le ofrecen una enguantada mano a Tess para que desembarque. En una hora, nos hemos trasladado del anónimo espacio de un aeropuerto internacional a la particularidad casi inimaginable de uno de los mejores hoteles de Venecia (y, casi, de toda Europa).
Tess permanece en el muelle, tomando fotografías mentales de las góndolas, la laguna, la torre del reloj de San Marcos, de mi cara de fascinación…
—¿Te alegras de haber venido? —le pregunto.
—No seas tonto —contesta al tiempo que enlaza su brazo con el mío.
La Mujer Delgada no bromeaba.
—Este lugar está muy bien —confirma Tess al advertir el reluciente suelo de mármol marrón del vestíbulo del Bauer y las cortinas de las ventanas, confeccionadas con telas Bevilacqua y Rubelli—. ¿Quién paga todo esto?
—No estoy del todo seguro —confieso.
Después de registrarnos, subimos a nuestra habitación para cambiarnos. A nuestras habitaciones, quiero decir: dos dormitorios, dos cuartos de baño y un elegante salón con puertas correderas de cristal de tres metros que dan a un balcón con vistas al Gran Canal.
Nos duchamos, nos cambiamos y nos dirigimos al restaurante de la azotea para cenar. Desde nuestra mesa, vemos a un lado la laguna y, al otro, la plaza de San Marcos. Tal y como decía una de las guías turísticas, es el mejor mirador de todo Venecia. Y el más alto.
—¿Sabes cómo llaman a este restaurante? —digo—. Il Settimo Cielo. Adivina qué significa.
—No sé italiano, papá.
—El séptimo cielo.
—¿Porque está en la séptima planta?
—Has ganado la Muñeca Pepona.
—¿Qué es una Muñeca Pepona?
—Da igual.
Llega la cena. Salmón asado para mí y espaguetis alla limone para Tess. Comemos vorazmente, como si pasarnos las últimas dos horas mirando a nuestro alrededor nos hubiera abierto un apetito feroz.
—¿Qué es eso? —pregunta Tess señalando la cúpula blanca y las elegantes columnas de la basílica de Santa Maria della Salute, al otro lado del canal.
—Una catedral —respondo—. Una de las iglesias que construyeron a causa de la peste del siglo XVII, de hecho.
—¿A causa de la peste?
—La construyeron para protegerse de la peste negra, la terrible enfermedad que se llevó por delante a casi la mitad de la población de la ciudad. Por aquel entonces no tenían las medicinas necesarias para combatirla, así que pensaron que lo único que podían hacer era construir una iglesia y esperar que Dios los salvara.
—¿Y lo hizo?
—La peste finalmente remitió. Pero lo habría hecho con iglesia o sin ella.
Tess enrolla una gran cantidad de espaguetis en su tenedor.
—Pues yo creo que fue Dios. Aunque tú no opines lo mismo —dice ella con decisión y, tras tomar un generoso bocado, mastica y me sonríe al mismo tiempo.
A pesar del cansancio, antes de ir a dormir decidimos dar un breve paseo por la maraña de callejones que rodean el hotel. Mi sentido de la orientación es mayor de lo normal (consecuencia del estudio de los mapas de las guías), y visualizo mentalmente nuestro trayecto: tres irregulares lados de un cuadrado y de vuelta al hotel. Sin embargo, al poco de partir, los giros se vuelven inesperados, y llega un punto en que el callejón se divide en los dos fondamente de un canal, lo que me obliga a tomar una decisión improvisada: ¿izquierda o derecha? Aun así, me mantengo fiel a la idea de seguir un cuadrado imaginario y regresar al Gran Canal, aunque nos lleve más tiempo.
Media hora después, estamos perdidos.
Pero no pasa nada. Tess está conmigo. Ajena a mis cálculos internos y a mis intentos de identificar norte y sur. El anciano del avión estaba equivocado: perderse en Venecia es tan maravilloso como dicen las guías turísticas. Todo depende de quién te acompañe. Con Tess, podría estar perdido para siempre. Entonces, con una punzada de emoción, caigo en la cuenta de que, mientras esté con ella, nunca estaré realmente perdido.
Cuando estoy a punto de renunciar a mi masculinidad y preguntarle a alguien cómo regresar al hotel, llegamos a la puerta del Harry’s Bar. «En la década de 1950, Hemingway tenía aquí su propia mesa». Es algo que leí en una de las guías y que me viene a la cabeza junto con algo más útil: una imagen del mapa de la zona. No estamos muy lejos. Seguramente, nunca lo hemos estado. El Bauer se encuentra a la vuelta de la esquina.
—Ya hemos llegado —le digo a Tess.
—Nos habíamos perdido, ¿verdad?
—Quizá un poquito.
—Se te notaba en la cara. Cuando piensas, a veces haces esto —dice, y frunce el ceño.
—Tú haces lo mismo.
—Claro que lo hago. Soy como tú, y tú como yo.
La simple verdad de esa observación hace que me detenga, pero Tess sigue adelante y, como si fuera ella la guía, me conduce hasta las puertas del hotel.
Al día siguiente, mi plan es hacer un poco de turismo y, por la tarde, visitar la dirección que me dio la Mujer Delgada. Luego, una vez libre de responsabilidades oficiales, mi intención es disfrutar con Tess del resto del día y de mañana. Sin embargo, en cuanto embarcamos en una góndola privada, y mientras Tess disfruta de la travesía del largo bote por los canales, comienzo a sospechar que he cometido un error. Debería haberme ocupado primero del trabajo (sea el que sea este), pues las especulaciones sobre qué diantre debe de ser lo que quieren que analice se convierten, ya en el desayuno, en una irritante preocupación. Durante las últimas veinticuatro horas, lo extraño del encargo había supuesto un aliciente y me había distraído de las desagradables novedades de la realidad. Consideraba el episodio algo que podría contar en clase, una anécdota que sería celebrada en los cócteles de los congresos. Ahora, sin embargo, bajo la bruma dorada de la luz veneciana, las mariposas del estómago se han convertido en guerreras abejas que no dejan de dar vueltas y de picarme.
¿Cómo lo llamó la Mujer Delgada? Un caso. Un fenómeno. No se trata, pues, del análisis de un texto recién descubierto o de la interpretación de un verso (el único trabajo de campo para el que, en principio, alguien podría solicitar mis servicios). Ella acudió a mí por mis conocimientos del Adversario, uno de los muchos nombres que el diablo recibe en la Biblia. «Documentación apócrifa sobre actividades demoníacas en el mundo antiguo…».
Como es obvio, no puedo comentar nada de esto con Tess, así que me limito a interpretar lo mejor que puedo el papel de alegre guía turístico. Mientras lo hago, no dejo de decirme a mí mismo que este día no se aleja tanto de lo normal, y que no debería temer lo inusual únicamente porque me saque de mi hábitat de biblioteca, estudio y seminario. De hecho, puede que más días así hubieran conseguido que estuviera más presente en mi matrimonio, tal y como Diane deseaba. La excitación te da vida.
Pero lo cierto es que, para cuando el sol se encuentra en lo más alto y sus rayos caen en perpendicular sobre la vieja ciudad, más que excitación siento miedo.
Comenzamos en el Palacio Ducal. La plaza de San Marcos está muy cerca del hotel y, en cuanto llegamos a su amplia extensión, nos maravillamos ante la inmensidad del edificio. Lo que decía una de las guías era cierto: la larga hilera de columnas de la planta baja provoca la ilusión de que las paredes superiores están flotando. No esperaba que el edificio fuera tan grande. Ahora bien, por muy elegante que sea su construcción, todas estas toneladas de piedra sugieren historias ocultas de penurias, sufrimiento y vidas perdidas.
Entre esas vidas perdidas, le cuento a Tess, estaban las de los hombres condenados a los que traían aquí para ofrecerles una última oportunidad de salvarse.
—¿Por qué estaban condenados? —me pregunta.
—Porque habían hecho algo malo y tenían que ser castigados.
—Pero ¿primero los traían aquí?
—Eso cuenta la leyenda.
—¿Y qué más dice esa leyenda?
Le cuento lo de la columna. Según la guía, se encuentra en la fachada del edificio que da a la cuenca de San Marcos, frente a la isla de San Giorgio. Es la tercera, la de la base de mármol gastada a causa de todos los prisioneros y los turistas curiosos que, durante siglos, han intentado lo imposible. El desafío consiste en colocar las manos detrás de la espalda (para simular las de los prisioneros, que estaban atadas) y, subidos a su base y con la espalda pegada a la columna, dar una vuelta completa a esta. Para los condenados suponía una cruel oferta, pues según la leyenda nadie nunca había conseguido hacerlo.
Tess opina que debería intentarlo yo primero. Cuelgo los pulgares del cinturón, me pongo en pie sobre el borde de la base e intento dar un paso, pero resbalo.
—No puedo —digo.
—¡Ahora me toca a mí!
Con una sonrisa, Tess sube a la base de la columna y comienza a avanzar arrastrando lentamente los pies. Yo lo filmo todo con la cámara de mi iPhone, esperando capturar su caída. En vez de eso, veo cómo desaparece por detrás de la columna y, un momento después, vuelve a aparecer por el otro lado. En su rostro, la sonrisa ha sido reemplazada por una expresión en blanco que tomo por intensa concentración. Vuelvo a guardarme el iPhone en el bolsillo.
Cuando llega al punto de partida, se queda mirando fijamente el agua como si las olas le estuvieran susurrando instrucciones.
—¡Tess! —Con mi exclamación pretendo celebrar su logro, pero también que su mente regrese de dondequiera que se haya ido—. ¡Lo has conseguido!
Desciende de la base de la columna. En cuanto parece recordar quién soy yo y dónde se encuentra, vuelve a sonreír.
—¿Qué he ganado? —pregunta.
—Un lugar en la historia. Al parecer, nadie antes lo había conseguido.
—¿Y la salvación? ¿También la gano?
—Eso también. Vamos —digo cogiéndola de la mano—. Resguardémonos del sol.
Cruzamos la ya abarrotada plaza hasta la basílica. El abrasador sol hace que incluso este breve trayecto resulte agotador. Aunque también es posible que la temprana hora a la que nos hemos levantado después del largo vuelo me haya debilitado más de lo que esperaba. En cualquier caso, cuando entramos en la fresca catedral, tengo la sensación de avanzar inclinado, como si estuviera en la cubierta de un barco.
En parte para recuperar el equilibrio, me detengo y señalo el mosaico que decora la cúpula. Las imágenes cuentan la historia de la creación: la invención divina de la luz, Adán en el Paraíso, la serpiente tentando a Eva, la Caída. La simplicidad de las imágenes resulta sorprendente, sobre todo en el contexto de la abrumadora arquitectura bizantina del edificio. Es como si los constructores hubieran pretendido distraerlo a uno de los verdaderos materiales de la fe, en vez de representarlos. Y, sin embargo, en las paredes interiores de la cúpula se encuentra la conocida historia del Génesis, relatada mediante ilustraciones casi como de libro infantil, y su efecto me deja sin aliento.
Al principio, creo que se trata meramente de una respuesta estética: el sobrecogimiento ante un imponente logro artístico. Pero no es su belleza lo que me subyuga. Es su sublimidad. La desconcertante presencia de la serpiente y sus implicaciones no solo para la icónica «Eva», sino para las dos personas reales representadas en el mosaico, un hombre y una mujer caídos en desgracia no por un símbolo, sino por el mal que el reptil encarna físicamente. Su longitud de escamas verdes. Su lengua bífida.
De repente, en la silenciosa tumba de la iglesia, oigo un susurro. Los ojos de la serpiente no miran a la chica que extiende la mano hacia la manzana, sino a mí.
—¿Papá?
Tess me sostiene con las manos.
—¿Qué pasa?
—¿A mí? —contesta ella—. ¿Qué te pasa a ti? Te estoy sosteniendo.
—Lo siento. Me he mareado un poco.
Ella frunce el ceño. Sabe que no le estoy contando todos los detalles y está decidiendo si necesita oírlos ahora o no.
—Regresemos al hotel —propone—. Así podremos descansar antes de tu cita.
«Es tu hija —me dice la imagen mental de O’Brien mientras Tess me conduce al bullicio de la plaza—. Sabe más de lo que podrías llegar a ocultarle jamás».